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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




martes 21 de febrero de 2012

Las primeras emociones del día




Una caricia te despierta del sueño.
Sientes la vida
en su estremecimiento. (–“Buenos días").
Lo primero que ves es el silencio
de todos esos libros,
y luego su pelo, en rebeldía
por su espalda y tu deseo.
¡Qué plenitud su piel tan blanca!
¡Qué regocijo el estar con ella!
(–“Siempre me tendrás contigo”).

Asistes atónito a su pureza
mientras se viste con aparente indiferencia.

lunes 20 de febrero de 2012

Decidme algo, por favor



Por favor amigos, decidme algo,
decidme que merece la pena
vivir de amor, vivir de poemas.
Decidme que no pierdo el tiempo con las palabras,
que es de verdad la belleza. Por favor,
decidme, porque a veces dudo,
y no siempre tengo fuerzas en el alma.
Decidme que es verdad la poesía.

domingo 19 de febrero de 2012

Se eleva mi canto





Se eleva mi canto, y mi corazón amante.
La mirada se eleva, pronta, hacia el techo,
hacia esa bóveda blanca. Mirada ensoñada
de palabras titubeantes, de silencios
inmóviles en cualquier escarpia,
o en el fluorescente, con su luz y su desgana.

La vida es un no saber
muy bien qué hacer con tu vida.
Pasmado en los espejos o en las alfombras
o haciendo fila en la usura de un banco.

Y miras una paloma cebada de viento.
Y esas piernas
con las que camina la belleza.
Mi canto: una mirada que no deja
de contemplar los semáforos,
un alma absorta de almas.

Mi vida es mi canto. Resquicios
de palabras y de geranios, y esos cuadros
naranjas de Joaquim Mir, y esos pensamientos de Mafalda.
Este canto que intento, esta vida que intento.
Y las ramas sin hojas de algún haiku,
y las rosas color fuego, y los versos
de agua de algún río, o de alguna orilla.

Se eleva mi canto
porque estoy enamorado,
y no puedo más, y lo escribo,
y te lo digo a ti, lector: no puedo más,
me va a explotar el alma. ¿Y qué hago
con tanto canto como se me queda dentro?

Repaso los brillos y los libros, y me fijo más
en los mendigos, en sus ojos limpios.
¿Dónde voy? ¿Dónde iba?
¿Dónde vamos todos? ¿Hacia qué lugar,
hacia qué sitio?

Entro en el templo, entro en ella,
y me adentro en el silencio, y contemplo
sus manos en las mías, de rodillas.
Contemplo el cielo en cada vena, en cada caricia
y en cada esquina de mi existencia.

Mi pobre canto, y mi pobre vida,
que sólo aspira a ser feliz, más feliz aún,
con palabras o sin palabras, pero siempre con poesía.
Con ese almendro en flor metido en el alma,
y con esos versos de luz
que el mismo Dios escribe en el agua.

sábado 18 de febrero de 2012

Jesús clavado en la Cruz



Jesús clavado en la Cruz. ¡Cuántas veces habremos oído estas palabras! Y como sucede con frecuencia, cuando algo se repite una y otra vez termina por perder su sentido, o simplemente nos acostumbramos. Clavado en la Cruz. ¡Clavado! No sabría explicar muy bien por qué pero siempre me he sentido atraído por la Cruz. Y desde hace algún tiempo, muy especialmente. De hecho, a menudo hago oración fijándome en Jesús crucificado y sintiendo Su dolor. A veces le acompaño en la subida al Gólgota, sufro a su lado, intento llevar durante unos momentos su Cruz, pero no puedo cargar con semejante peso y sufrimiento. Lloro con Él. Intento aliviar su sufrimiento de alguna manera.


Clavado. Jesús, mi Jesús, era (y es) Dios, pero era (y es) hombre como yo. Lo que quiere decir que sufría el dolor físico como nosotros lo sufrimos. Cuando llegó a lo alto de la colina, tumbaron la Cruz que había arrastrado en el suelo. Y a Él sobre ella. Ya llegaba malherido después de tanto latigazo, tanto insulto y tanto abandono. Estaba seguramente muerto de miedo por lo que le esperaba. Me duele imaginarlo, revivirlo. Pero quiero hacerlo. Quiero estar a su lado en esos momentos de horror y soledad. Obligaron a nuestro Jesús a tumbarse sobre la Cruz. Tomaron una de sus manos y con un clavo, y un martillo, le atravesaron para clavarle a la Cruz. Imagino sus gritos de dolor y su desgarro. Lloro. Cojo el crucifijo en mis manos y beso sus heridas. Ahora la otra mano. ¡Qué dolor! Y sangrando y lleno de dolor, aún tuvo que soportar que con otro clavo le atravesaran los pies. Más dolor, más sufrimiento, más desgarro.

Abandonado por sus amigos. Seguramente se sintió terriblemente solo. Perdido. Beso sus pies, mis lágrimas bañan la cruz, le susurro palabras de ánimo, le digo que el Padre le espera, que no le ha abandonado… Me mira y veo miedo en sus ojos; acaricio su cabeza: “tranquilo, Señor, que el Padre está aquí, contigo, y también tu Madre y tu amigo Juan, y aunque yo no soy nada, también estoy a tu lado. Y te quiero. Y te voy a tomar de la mano y hasta que te vayas con el Padre permaneceré a tu lado.” Si el Cielo me da fuerzas para ello.

Ahora alzan la Cruz. Jesús gime de dolor y yo siento en lo más profundo de mi corazón y de mi alma un profundo desgarro. No dejo de llorar. Pero sigo ahí, mirándole, acompañándole, diciéndole que le quiero más que a nada en esta vida, que no le dejaré solo jamás. Respira con dificultad, se le están encharcando los pulmones. Su tremenda agonía dura horas… Jesús grita, y sus gritos atraviesan desesperados el aire: “¡Padre, por qué me has abandonado?”. Pero es el dolor del hombre el que habla, el que duda… Y yo, más que nunca, más que en cualquier otro momento de Su vida, me quedo enamorado de su humanidad.

Jesús hombre. Vulnerable. Asustado. Solo. Desamparado. Yo quiero estar con Él, no separarme de su lado. Pero el Padre no se separa de su Hijo querido, al que nosotros, los hombres, hemos cosido a la Cruz. Le está esperando con los brazos abiertos. “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.” Y aparece Jesús-Dios, que todo lo comprende, todo lo perdona y que nos ama de forma incondicional, absoluta. Y yo no dejo de llorar por ese Amor tan grande a los que le hemos abandonado, traicionado, torturado y clavado vilmente a una cruz. Lloro y le amo. Y le acompaño y ruego al Padre que me deje llevar un trocito de su Cruz, que quiero compartir Su dolor, que siempre querré acompañarle en su agonía. Porque Jesús es mi Vida.

viernes 17 de febrero de 2012

Des choses de la vie, de l'amour et de la poésie y II


El silencio de la habitación y la multitud de libros. Y unas bufandas desprendidas de su cesto. Y una margarita fucsia de trapo... Cuando lo más nimio se torna imprescindible. Y otro vistazo al silencio y a las cortinas naranjas. Me llama la atención la rara postura de un papel en el suelo, y una vieja edición de "Los cinco" (que lleva conmigo desde niño), y la ternura de la que está hecho el mundo, si se sabe mirar con detenimiento.

Podéis guardaros el periódico. Dejadme leer mi libro. Es una novela estupenda de mi amiga Lola Beccaria. "Zero". Sí, sí, ahora voy, un momento. Esa manía de llamarme justo cuando estoy leyendo. Por Dios, dejadme un poco. E imagino un banco con un poco de sol y con mi libro. Y levantar la vista al pasar de página, y ver una bandada de estorninos o de nubes. Y luego cerrar los ojos mientras respiro profundamente. Que ya voy... Esta búsqueda del personaje, esta insistencia de la autora y del lector en pos del alma y de la trascendencia de la vida y de su literatura. Bajad por favor esa música. Línea a línea voy viviendo, y leo la estupenda novela de Lola.

Porque hay cosas que se necesitan decir. Pero hay muchas otras -infinidad, diría yo- que, en su no-decir, es como mejor se entienden y se explican.

Soy feliz. Sólo dos palabras, y tantos latidos y miradas, y tanto silencio contemplando las cosas. Soy feliz. ¿Cómo decirlo más claro? Y recurro a la poesía, a un abrazo o a una sonrisa. Es una certeza y una alegría. Es... no sé, lo es todo. Es una plenitud de amor, es una inefable caricia. Soy feliz, sí, pero no sé explicarlo, tendréis que perdonarme. Es algo inaudito, algo increíble. Siento que no depende de mí, que me es dado. Soy feliz, y sólo sé repetirlo. Pase lo que pase, escriba lo que escriba.

Está más cerca de la sabiduría una persona sencilla y buena -más o menos lectora- que otra que exclusivamente basa su inteligencia en los libros o en las notas a pie de página del mundo.

A media tarde la mirada se me pone impresionista, con pinceladas de luz desvaída y otras de nostalgia.

Todo es mejor de lo que parece. (Conclusión optimista después de leer el periódico y hablar con mis hijos).

Según pasa el tiempo se me hace más y más acuciante la necesidad de soñar. Lo siento, no puedo vivir sin mis sueños. Sin ellos ¿qué sería de mi vida? ¿Acaso escribiría o leería sin parar? Cada vez que me veáis asomado a una ventana, a una mirada, o a una palabra, es que estoy sencillamente soñando, viviendo de verdad.

Un buen día (o bien entrada la noche) de abril de 1984, el poeta Miguel d'Ors se interrogó con decisión lo que sigue, o puede que con titubeante melancolía: "¿Quién soy?". Vamos, lo que todos nos preguntamos de cuando en cuando, por aquello del tedio o de la incertidumbre, o por si tuviéramos uno de esos escasos momentos de lucidez, que nunca se sabe. Pero mientras yo me quedo mirando la penumbra del pasillo o se me pone la existencia un tanto inhóspita, a Miguel d'Ors le vino al alma -y luego a la pluma de tinta azul- uno de sus más hermosos poemas. "¿Quién soy? / -Este intervalo de misterio / entre la rosa ardiente que corto para ti / y la rosa sombría que mi mano te tiende".

Me gusta la poesía imperfecta, porque la vida lo es: poesía... e imperfecta. Esa es su grandeza. Y su delirio.

El ser es en plenitud cuando se enamora, cuando su vida vive de amor.

jueves 16 de febrero de 2012

Nada





Nada,
sólo que acabo de abrir la ventana,
y he sentido en el alma
un golpe de viento y algunas estrellas.

miércoles 15 de febrero de 2012

Des choses de la vie, de l'amour et de la poésie I


Sin ternura no hay amor. Sin ternura el alma no percibe la caricia de Dios, ni la poesía que es la entraña del mundo.

Apenas se valora en los hombres la virtud de la piedad. Pero, junto a la humildad, creo que son el quicio de las más grandes obras. Incluidas las poéticas. Sobre todo las poéticas. Un hombre piadoso sabe dar con el silencio adecuado para descifrar la belleza o entender el significado del dolor. Un hombre piadoso escribe la "Iliada", o la "Divina comedia", o los "Cuatro cuartetos", o las "Elegías del Duino". Ese hombre escribe la palabra porque ve el alma de lo que sucede. Porque comprende que el hombre es ese canto, esa plegaria.

Hace mucho tiempo que dejé de contar mi vida por años. La cuento por libros (leídos y releídos), o por los amigos más queridos, o por paisajes y colores imprevistos.

En el fondo toda inquietud humana es una inquietud amorosa.

Se me acumulan los poemas en esa tenaz esperanza de dar en la Poesía.

Este inconformismo, el perfeccionar a toda costa el alma, ese beso que dejaste ayer en el altar de su Vida, el artículo y el poema, el abrazo al amigo, la agenda que se llena de piropos (en esa necesidad de escribirlo todo), y este no querer quedarte en la literatura.

Sueño con un inmenso valle de sublime verdor. Sobre sus riscos el vuelo del alma, que se desliza por el aire. La mirada se extasía, cautiva de tanta belleza que fluye como himno o salmo. Danzan las nubes entre una nostalgia azul. ¡Qué fulgor el de Dios! Y el cielo se derrama en luz sobre mi vida.

Cuanto más amo, más quiero.

Un desconocido amigo, desde no sé qué lugar del mundo, me acaba de escribir esto en uno de mis blogs: “Y gracias Señor por Guillermo Urbizu, que nos acompaña cada día con su buena escritura y nos muestra cosas buenas y nos enseña a ser mejores, y siempre, siempre, nos habla de Ti. Sigue bendiciéndoles a él y a su familia”. ¿Qué más puedo pedir? Reconozco mi anonadamiento y emoción.

Sin ternura no hay amor. Sin ternura el alma no percibe la caricia de Dios, ni la poesía que es la entraña del mundo.

Apenas se valora en los hombres la virtud de la piedad. Pero, junto a la humildad, creo que son el quicio de las más grandes obras. Incluidas las poéticas. Sobre todo las poéticas. Un hombre piadoso sabe dar con el silencio adecuado para descifrar la belleza o entender el significado del dolor. Un hombre piadoso escribe la "Iliada", o la "Divina comedia", o los "Cuatro cuartetos", o las "Elegías del Duino". Ese hombre escribe la palabra porque ve el alma de lo que sucede. Porque comprende que el hombre es ese canto, esa plegaria.