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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


miércoles 25 de noviembre de 2009

“¿Me amas?”




Ni caso. Pasan los días, me afeito
con parsimonia todas las mañanas, escojo
el champú adecuado y me lavo sin pensar en nada.
Sólo al cabo de una eternidad me vienes a la cabeza, Dios,
y me quedo a medias de una oración cualquiera,
pensando que tengo que plancharme una camisa
o qué pereza es la vida. A medias de Tu presencia,
pues me encandilan sus besos e imagino la belleza,
femenina y desnuda, tan hermosa...
Sólo rezo fantasías y esbozos de sueños.
A medias me quedo de Tu amor -¿me amas?-,
que celoso me reclama con ternura.
Y yo ni caso. Limpio el vaho del espejo
y sólo me veo a mí, día tras día. Yo,
el centro de un reflejo cada vez más viejo.
Me llamas… Y bostezo una jaculatoria
antes del primer bocado a la magdalena.

martes 24 de noviembre de 2009

“Por qué creo”, de Vittorio Messori (con Andrea Tornielli)



“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no nuestra”. (San Pablo a los Corintios).



Cuando un alma nos deja entrar en su interior sentimos que no somos tan distintas unas personas de otras. Sí, hay matices importantes desde luego, y la personalidad de cada uno condiciona la continua elección que nos propone la vida. (Podemos elegir, que es uno de los grandes misterios). Pero hay un fondo con el que te identificas. Tal vez por caminos distintos llegas a la misma convicción o anhelo. En Por qué creo, de Vittorio Messori (LibrosLibres) asistimos a una verdadera, consciente, íntima y voluntaria confesión. Su razón de vida se nos va exponiendo con claridad y contundencia. Y su razón de vida no es otra que el mismo Cristo. Messori nos cuenta de su conversión al catolicismo, de aquel primer y fundamental encuentro que tanto se resiste a ser expresado con palabras -desde el laicismo y hedonismo más rampante-, pero esa conversión es cosa de toda una vida, del día a día, sin desmayo ni vacaciones. Y lo abarca todo. La vida religiosa como totalidad, como coherencia, como santidad. En lo poco y en lo mucho. En el monasterio y en el ajetreo de la familia; en la calle y en la política; en el trabajo profesional de cada cual, "santificado y santificante". En Cristo y por Cristo.

El libro nos comunica la intimidad de la vida cristiana de Messori, con su piedad y particulares devociones. Pero también nos cuenta otras muchas cosas, como bien podría esperarse de una personalidad tan rica como la suya. Sus inquietudes, esperanzas, análisis, libros… Libros y más libros. Siempre presentes. Propios y ajenos. Lector atento y apasionado. Estudioso concienzudo. El libro es una autobiografía en toda regla. La forma dialogada la dota de dinamismo, pero también de una mayor confidencia. Messori nos habla de él, pero a su vez es como si asumiera la socrática mayéutica para que nosotros, los lectores, vayamos también descubriendo nuestras propias dudas, desmayos y verdades. Ya en el año 1997 publicó un libro que complementa a éste que llevamos entre manos: Algunas razones para creer, que en España apareció en el 2000 en Planeta Testimonio, y de la mano también de Alex Rosal, que por entonces dirigía aquella colección.

Vittorio Messori tiene un don especial para llegar a la gente. A los cultos y a los menos cultos. Y más cuando se trata de libros como estos, de carácter oral, en los que predominan una naturalidad e inmediatez que te parece que eres tú mismo el que estás hablando con él. Esa cercanía, ese de tú a tú, es impagable. Y así vamos escuchando, más que leyendo. Y no son pocas las ocasiones en que nos gustaría meter baza y comentar algo. Por qué creo es autobiografía del alma (que nos hace desear unas memorias en toda regla, aunque a él no le guste la idea), pero también un lúcido análisis intelectual de la condición cristiana. Con multitud de avatares en los que nos vemos involucrados. Hay naturalidad expositiva como he dicho antes. Eso no quita que la erudición aparezca, porque en él la cultura, las lecturas, el estudio, es algo muy vivido. Las citas son como acentos que remarcan o subrayan la vida. Por ejemplo ésta tan preciosa del “comecuras” Víctor Hugo: “Para divisar a Dios, el ojo necesita a menudo la lente de las lágrimas”. Y aparecen también -¡qué gratísima sorpresa!- “los extraordinarios aforismos de Gómez Dávila”. Y constantemente su amado Blaise Pascal, “aquel a quien debo, no mi fe -ya que ésta sólo Dios puede darla-, pero sí la comprensión de su dinámica y el más eficaz bagaje de pruebas”. (Sugiero la edición de Cátedra de los Pensamientos del escritor francés).

El reconocimiento explícito del don de la gracia es el estribillo de todas estas páginas. Sobre todo teniendo en cuenta que es la primera vez que cuenta -es la gran exclusiva- qué ocurrió en y durante su conversión. Y vas leyendo y tomando notas. Y te parece escuchar a Cristo: “¿Me amas?”. Sin querer rezas, vibras y pides de nuevo perdón mientras lees. Y Messori es una buena fuente de ideas a las que dar vueltas. Una que me viene a la cabeza es cuando dice que “es ilusorio pensar que, si existen ‘vicios privados’, se puedan ejercer, en cambio, las ‘virtudes públicas’”. Algo tan actual, tan de siempre. Es decir, la coherencia de vida.

Le comenta a su entrevistador, o a cada uno de nosotros, sus lectores: “El sentido de este diálogo nuestro podría ser el intento de entender por qué un hombre posmoderno puede llegar a decir, con humildad y a la vez sin dudas: ‘Aprieta el gatillo, pero no puedo renegar de mi fe por una razón simple, pero para mí irrefutable: porque es verdadera…’”. Desde luego no se anda con chiquitas ni con medias tintas. La fe exige una completa entrega, una confianza absoluta en la Providencia ordinaria de Dios. Y este libro lo atestigua, en la brega de un hombre -periodista para más señas- enamorado de Cristo.

lunes 23 de noviembre de 2009

“Las aventuras del caballero Trenk”, de Kirsten Boie



Todavía me parece escuchar la voz de mi madre. El cuento era lo de menos. Lo que importaba era la voz. Fuera de la casa rugía el viento y todo era inhóspito, sombrío y sospechoso. Pero aquella voz transmitía un refugio y una aventura. La voz de una madre contando un cuento a su hijo es el mejor libro -porque está vivo-, y no hay sonido igual. Bien tapado escuchaba y miraba atento a mi alrededor, dispuesto a defenderme de cualquier peligro que rondara por la habitación. Aquella voz transmitía valentía, y me regalaba la espada con la que yo guiaba a mis ejércitos. Y cuando todo terminaba, en la oscuridad de mi cuarto comenzaba lo mejor. Yo soñaba, continuaba, prolongaba la acción. ¡Ay, esos cuentos de la infancia que afianzan los sueños y a los que uno siempre quiere volver! Porque con los años se pierde nitidez en la mirada, y uno se acobarda, y no encuentra la espada o la imaginación. Dicen que se madura, pero el caso es que la narración de nuestras vidas está necesitada de una voz que nos cuente la verdad de las cosas.

Uno crece, pero el corazón cada vez añora más la niñez y primera juventud. En el fondo es por eso que leemos. Es una búsqueda constante de certezas, de cariño y de acción. Leemos porque no queremos dejar de soñar, y queremos volver a escuchar aquella voz y empuñar la espada de nuevo y cabalgar sin descanso hasta el mismo centro del alma. Leemos porque estamos desvalidos ante tantos peligros como acechan nuestros días -ahí fuera sigue todo demasiado inhóspito y sombrío-, y necesitamos volver a contemplar la felicidad como en realidad es. Por eso leemos. Para ser valientes de una maldita vez y enfrentarnos al dragón que ruge en nuestro interior.

Me gusta alternar muchos tipos de libros. Y no dejo de leer títulos que supuestamente van dirigidos a los más jóvenes, pero que bien pueden ser para las buenas gentes de cualquier edad. Y si uno tiene hijos pequeños o no tan pequeños la oportunidad es mayor. Y el solaz. Te das cuenta, en definitiva, que eres el que eras y que si te desprendes de todas esas pamplinas de adulto que tanta consideración merecen, descubres todavía a ese chaval estupendo y un tanto ingenuo y larguirucho que quería cambiar el mundo. Leyendo Las aventuras del caballero Trenk, de la escritora alemana Kirsten Boie (Salamandra) te das cuenta de esto y de mucho más. Según leía hubiera dado cualquier cosa para que este cuento fuera uno de los que me hubiera contado mi madre. Trenk de los Milgolpes es un chaval feliz, pese a las dificultades de su familia. Son muy pobres y están al servicio del malvado Wertolt el Cruel (que necesita un repaso pero que tampoco es tan malvado). Trenk es valiente y tiene un gran sentido de la justicia. Sueña con cambiar las cosas. Y como está dentro de un cuento muy bien pensado, acabará por conseguirlo.

Trenk se rebela. Quiere demasiado a su familia como para dejar que siga todo igual. Es valiente, no se arredra ante nada ni nadie. Quiere ir a la ciudad y, no se sabe muy bien cómo, acabar siendo un caballero como Dios manda, y enfrentarse al dragón del miedo y hacer de su mundo un mundo mucho mejor. Sin tanta pobreza ni tanto pánico. Pero en los cuentos, como en los sueños, todo es posible y acaba bien (si es que la persona que lo escribe es competente y no aguafiestas). No es cosa de poca monta los amigos que nuestro héroe va haciendo, de los que aprende un montón; y sobre todo el haber conocido a una chica estupenda -un tanto chicazo en apariencia pero más dulce de lo que se piensa- llamada Thekla de Granhonor, que maneja el tirachinas como nadie. Trenk se ruboriza y siente ese cosquilleo tan especial que nos gusta sentir a todos. Por lo menos una vez en la vida. Para que dure hasta el final del cuento y más allá. Porque esto de los cuentos no termina cuando cerramos el libro. ¡Qué va! Hay personas que no se enteran, o no quieren enterarse. Total, que merece la pena conocer las aventuras de Trenk. La escritora cumple, hace bien su trabajo (acompañado el texto de unas ilustraciones preciosas de Bárbara Scholz). Hoy más que nunca necesitamos caballeros competentes y buenos como Trenk y su descendencia. Lo digo porque sigue habiendo mucha pobreza y necesidad de justicia.

El libro Las aventuras del caballero Trenk es formidable. Desde los 10 años en adelante bien se puede leer. Yo tengo 46 y me lo he pasado fenómeno, sin contar todo que he aprendido, para intentar poner remedio a las cosas que vienen mal dadas. Porque dragones hay a montones. Todos los días en el periódico te encuentras unos cuantos de la peor calaña. ¿O no?

domingo 22 de noviembre de 2009

El jarrón de Praga





En el centro de la mesa,
sobre el tapete de encaje
que teje minuciosa la memoria,
estaba su origen y materia: cristal de Bohemia.
Traslúcida y frágil filigrana,
envergadura de la vida y del arte.
Miraba a su través: caleidoscopio de figuras
talladas por la luz con destreza.
Y dentro del vidrio yo veía
unas pequeñas burbujas de aire.

sábado 21 de noviembre de 2009

Análisis y comentario del libro “Tríptico romano”, de Juan Pablo II el Grande (y II)



La eterna visión y la eterna expresión”. El libro Tríptico romano supone, ante todo, una conexión de esencias, que diría Max Scheler, una vía de acceso a la misma intimidad de Dios, donde “Dios es la luz y el objeto del alma” (san Juan de la Cruz, Llama de amor viva). El poeta, en cada verso, hace un acto teologal explícito. Fe, esperanza y amor moldean el lenguaje en lo más íntimo de su oración y en la tradición de una literatura perfectamente asumida después de muchos años de lecturas. (Estudiar la personalidad de Juan Pablo II como lector -influencias y preferencias- es un trabajo que está por hacer). Pero ¿se trata de una “poesía teologal”? Boccaccio, en su Vida de Dante -lo cita Steiner-, dice: “Mantengo que se puede decir que la teología y la poesía son en realidad casi la misma cosa; incluso diría más; que la teología no es más que un poema de/sobre Dios”. Juan Pablo II interpreta la poesía como lo que en realidad es: un cúmulo de gracias personales, un don que transforma lo inmanente en vertical percepción de la presencia de Dios. Cada palabra actúa, en sí misma, también como una hermenéutica del silencio divino. El lenguaje en el que el texto está escrito no es la poesía, no su más completa entidad, unidad e inspiración. Quiero decir que lo que el lector “lee” es apenas una parte del todo, pues en poesía tan importante como lo que se ve es lo que no se percibe a simple vista o en primera lectura; lo que está en el blanco margen de lo no dicho, lo que se intuye. (De ahí que sea cada lector el que complete cabalmente el texto). “Pues eso es un poema: el estribillo del alma”, escribe Gadamer.

El lenguaje tiene sus fronteras, por si solo no puede significarnos. Su imperfección linda con aquello que resulta ser infinito, en una desproporción tal que puede ocasionar en el poeta cierta parálisis creativa. “Pero es decisivo que el lenguaje -dirá Steiner en su obra Lenguaje y silencio- tenga sus fronteras (…), que dan prueba de una presencia trascendente en la fábrica del universo. Por no poder ir más lejos, porque el habla nos defrauda tan maravillosamente, experimentamos la certidumbre de un significado divino que nos supera y nos envuelve. Lo que está más allá de la palabra del hombre nos habla elocuentemente de Dios. (…) Donde cesa la palabra del poeta comienza una gran luz”. Hay una muda melodía que nos lleva a pie de página y desde allí nos hace contemplar una visión. La metáfora es precisamente el instrumento del que se sirve el poeta para que lo invisible pueda intuirse, el bisturí capaz de alumbrar un significado completamente nuevo. Cada imagen dota al poema de un conjunto de signos que van mucho más allá de la fonética y de la sintaxis. Se trata de una semántica que es ya experiencia metafísica, visión, profecía. El poeta toma conciencia de la fragilidad del lenguaje, penetrando en un dominio en el que el propio lenguaje -como muy bien observa Jean Baruzi- aparece como un extraño.

En el umbral de la Capilla Sextina”. “Meditaciones sobre el libro del Génesis en el umbral de la Capilla sextina” -segundo capítulo de Tríptico romano-, está divido en cuatro partes muy significativas, que son a la vez confidencia y meditación. “Primer vidente”, “Imagen y semejanza”, “Presacramento” y “Juicio”. Por si solos estos títulos son imagen de un contexto bíblico, de una realidad íntimamente ligada a una fenomenología de carácter religioso. Todo ello acompasado en un ritmo versicular y metafísico, que procuran al poema una densidad (pre)meditada, una nostalgia de los grandes anhelos del espíritu y del corazón. Cada verso tiene la impronta de una experiencia interior: es relectura, diálogo, interrogante. Las imágenes que intentan aprehender lo inefable -“el Libro espera la imagen”, dirá-, se suceden con la precisión y pasión que caracterizan a todo gran poeta. La obra de arte es génesis y cifra de una verdadera liberación, de una revolución que es revelación.

En “Primer vidente” se refiere a Dios como primer Poeta, como primer Artista. Los videntes son los poetas, los artistas de todos los tiempos, a quienes Juan Pablo II invocará en el verso 32 del poema como testigos de su anhelo, de su amor a Dios, de la salvación del mundo. Las imágenes de este proceso de conocimiento de lo inefable se suceden, son el estribillo de un canto que es encarnadura de lo infinito: “espacio inexpresable”, “verdadero, bueno y bello”, “Verbo eterno”, “umbral invisible”, “umbral del Libro”, “desde el asombro hasta el asombro”… En el poema “Imagen y semejanza”: “El principio es invisible”, “el final es invisible”, “espacio de la existencia”, “verdaderos y transparentes”… Juan Pablo II tiene la audacia de considerar la obra de arte como presacramento -“lo invisible se expresa en lo visible”-, como antesala de la más perfecta común unión (comunión) con Dios. En el poema “Presacramento” más imágenes, en este gradual desvelamiento de lo inefable: “Indecible”, “plenitud de la verdad, del bien y de la belleza”… En el poema “Juicio”: “cumbre de la transparencia”, “el Principio y el Final”… En Miguel Angel el poeta cifra la santidad de la belleza, y en su Juicio Final toda la magnitud de lo que muy bien se podría llamar Poética de la salvación. Por ello Juan Pablo II lo pone de testigo: porque en el umbral de la muerte, que es nuestra Vida, debemos aprender a interpretar los signos que nos ofrecen los poetas (debe recordarse que Miguel Ángel también lo fue), los artistas; aquellas almas que en su visión dan fe del sentido sobrenatural de nuestra existencia.

Es muy importante señalar también la continua y fecunda intertextualidad de las Sagradas Escrituras en Tríptico romano. Son constante referencia -vida de la vida del poeta-, cuando no trampolín que impulsa hacia el Origen, y vertebración de todo el libro. Un libro de poesía que no deja de ser -al igual que el Juicio Final de Miguel Ángel- una maravillosa catequesis y un asombroso testamento espiritual. La Palabra, una vez más, resucita en nosotros (humildes lectores) el íntimo gozo de vivir en profundidad, con todas sus consecuencias.

viernes 20 de noviembre de 2009

Análisis y comentario del libro “Tríptico romano”, de Juan Pablo II el Grande (I)


"la belleza salvará al mundo"
Dostoievsky, El idiota
(citado por J.P.II en su Carta a los Artistas)

Pórtico necesario. La personalidad de Juan Pablo II sigue atrayendo. Sin discusión. Hasta los más alejados de la Iglesia Católica reconocen el carisma que le era intríseco; su ejemplo, su magisterio, y su santidad (algo evidente y que en breve será reconocido solemnemente). Es muy difícil permanecer indiferente ante un hombre así, ante un hombre cuya biografía -y hasta el mismo momento de su muerte- nos deja exhaustos de coherencia, de lealtad, de sacrificio. Cualquiera de sus escritos -que no son precisamente pocos- es necesario seguir teniéndolo en cuenta con rigor intelectual y espíritu audaz. Y con piedad. Aquí no valen modas. Vale el querer ahondar en la esencia del hombre desde el amor de Dios. En Juan Pablo II el Grande vida y obra formaban una unidad indivisible, un entramado de luz capaz de afrontar el signo de los tiempos con un lenguaje que merece la pena estudiar y comprender. Aquél hijo de Polonia que sufrió en carne propia la ocupación nazi primero y la soviética después; que fue obrero, actor y seminarista clandestino; que ejerció su sacerdocio en la universidad, en los barrios más humildes y en el resplandor de las montañas que tanto amó. Aquél profesor de filosofía, estudiante de filología polaca y dramaturgo, y perspicaz teólogo. Aquél hombre que vino del Este de Europa, que fue elegido sucesor de San Pedro para sorpresa de todos y que estuvo a punto de morir por ello en atentado terrorista, y que fue el principal causante de la caída del muro de Berlín. Aquél voraz lector, que pensaba dialogando -siempre con el Rosario en la mano-, que conversaba con los filósofos Hans-Georg Gadamer (autor precisamente de un texto memorable sobre “Los límites del lenguaje”) o Emmanuel Levinas. Aquél Papa de todos que proclamaba la llamada universal a la santidad y el regreso a un humanismo genuino, y que bajaba a la basílica de San Pedro para confesar anónimamente a los fieles. Aquél hombre, digo, era también poeta. Y no debe sorprendernos.

Poética, misterio y lenguaje. Lo inefable ronda al ser humano desde sus comienzos, desde que el amor engendra su entidad, desde el nacimiento a una luz que es preludio e imagen de otro fulgor mucho más necesario e interior. El misterio es parte de nosotros mismos (el poeta Rilke pensaba que no podíamos vivir sin ellos), es la piedra angular donde se asienta el sentido y el temblor de una vida que anhela lo absoluto. ¿Qué misterio mayor, por ejemplo, que el de nuestra libertad? La inteligencia persigue, a lo largo y ancho del tiempo, diversas pistas e indicios que sugieren una pronta pero siempre insuficiente solución; y la voluntad es la gimnasia espiritual que dota de musculatura a una comprensión que vacila innumerables veces en el vértigo de una existencia que sabemos frágil e incompleta. Por lo tanto el hombre necesita algo más, necesita hacerse con la clave que descifre el enigma, el misterio de tanta inquietud en medio de un mundo enloquecido por la oquedad de tantas y tantas palabras. Ése “algo más” es el núcleo que nos impulsa e interesa, que nos lleva a contemplar las cosas con mirada nueva, con mirada de artista.

Sin embargo, ¿cómo expresar lo inefable, lo indecible, lo invisible? ¿Cómo aprehender la armonía que hace de cada hombre un ser único e irrepetible? ¿Cómo creer en la belleza, en el bien, en la verdad, cuando el hombre ha perdido -o se desentiende- no ya una fe sobrenatural si no incluso la fe en sí mismo? Asistimos pues al profundo misterio de la Poesía (que no deja de ser un atisbo de la fe), al necesario alumbramiento de lo insondable a través del instrumento que es el lenguaje. “No es la Poesía simple y adventicio adorno de la realidad de verdad -decía Heidegger-, ni transitoria exaltación espiritual, entusiasmo o entretenimiento. La Poesía es el fundamento y soporte de la historia”. (La cursiva corre de mi cuenta).

Dios le dijo a Adán que pusiera nombre a los animales (Gen.2, 19-20), y desde entonces no hacemos si no eso: nombrar, desvelar el sentido, ensamblar sentimientos, que diría Antonio Machado. El lenguaje crea, es “imagen y semejanza” del poder creador de Dios, del Verbo. En él expresamos el candente impresionismo del alma y buscamos con apasionado celo una cierta redención. El lenguaje está preñado de esperanza, de ternura, pero también de dolor. En sí mismo su trazo es un laberinto que necesita del hilo de Ariadna que es la oración, para llegar al centro de nosotros mismos y anular así el yo, ese peligroso y muchas veces sórdido Minotauro que nos quiere arrebatar lo más preciado y mejor. Juan Pablo II entendió muy bien todo esto, y supo que el lenguaje es un don para el conocimiento, para el escrutinio de una verdad que permanece demasiadas veces oculta en el torbellino de lo absurdo y del griterío. Su poética -el criterio que rige sus versos- es diáfano: el hombre debe aprender de nuevo a ser humano. Sólo así aprenderá a valorar lo divino. Dirá en su brillante Carta a los Artistas: “La belleza es cifra del misterio y llamada a lo trascendente. Es invitación a gustar la vida y a soñar el futuro”. Toda su obra tiene así una radical coherencia moral, una ontología positiva que cartografía las fuentes de una renovación, de un continuo asombro que se manifiesta en evidente trascendencia estética que sublima lo cotidiano, lo poco, y hasta lo más vulgar.

jueves 19 de noviembre de 2009

En el parque (reencuentro)



El parque fue mi verdadera universidad. Un parque muy grande que hay en la ciudad donde vivo. Entre aquellos profesores -ningún verdadero maestro esa es la verdad-, y la lectura apacible y el vuelo de los gorriones y la flora con su polen y las chicas tan pujantes, la elección era fácil. Y allí me iba, con los libros recién comprados o con otros que traía de casa o de la biblioteca de la facultad. Te sentabas en el banco de aquella aula magna llena de cielo y de luz y de brisa, y comenzabas a apreciar las cosas, a tomar minuciosos apuntes con la mirada. Arrancabas una flor o briznas de hierba, e invertías el tiempo en contemplar embebido el movimiento de los álamos o el agua que salía de los caños de una fuente cercana. Aprendí mucho por entonces. Eran clases magistrales que no podía perderme. Hacía como que leía la mayoría de las veces. Cualquier sonido me llevaba a otra parte, o el silencio, o la imagen de unas piernas femeninas que se trenzaban delante de mí, justo al otro lado del parterre, acompañadas de un suave vaivén que no cesa desde entonces. Los años pasan, pero no pasa la felicidad del instante. Todo a mi alrededor era una cátedra de vida, y entornaba los ojos y entreveía el reverso de la realidad, su luz constante. Y quería escribir versos que acertaran a decir la gracia donde yo estaba inmerso. Esa extraña costumbre de las palabras, ese temblor, ese intento por aprehender la belleza. O su reflejo. Y cuando hoy vuelvo por allí y me siento en el mismo banco, ya no sé qué pensar de esos gorriones, de esas flores o de esas chicas. Las palabras son más humildes y los caños de la fuente están secos.