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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


jueves 29 de julio de 2010

Entrevista a un poeta que podría ser, con perdón, uno mismo



Acudió a la cita. Puntual. La entrevista era a las tres. Se había vestido en tonos verdes y blancos (y breves matices de rojo), a juego con el verano. Y allí estaba, en la entrada de los estudios de radio. Todos aquellos fluorescentes impactaron negativamente en su ánimo. Presentaciones de rigor, sonrisas a discreción, palabras y más palabras. Lo de siempre. ¿Qué hacía él allí? Pero ya era tarde.

De pronto la primera pregunta:

- ¿Qué es para usted la poesía? (Caramba, aquel tipo no se andaba con rodeos).
- Para mí la poesía es… el ser de las cosas.

Y prosiguió la breve entrevista.

- ¿Por qué escribe usted poesía?
- Es sencillo. La escribo por aquello de aprovechar la inopia de mis días, o la mía propia. Y dar cuanto antes con su misterio.
- ¿Es mero entretenimiento?
- Mucho mejor: es el fundamento de todo lo demás. Su armonía y conocimiento.
- ¿Juego de palabras?
- El parchís es un juego. La poesía es asunto del alma, que se expresa en un sutil requiebro que esas palabras hacen al silencio.
- ¿Qué sentido tiene hoy leer poesía?
- Probablemente este que le digo: encontrar un sentido más profundo a la rutina, poder ver más nítida la maravilla.
- ¿Por qué hay tantas personas que dicen no entender la poesía?
- En parte por la desgracia de unos sistemas educativos que orillan la sensibilidad en la cuneta de lo ineficaz o de lo raro. Y en parte por una falta de esfuerzo espiritual, e intelectual, en captar el aliento infinito de nuestras vidas.
- ¿Dónde está la poesía?
- En el mes de julio, entre las sábanas del amor conyugal, en la filigrana de la espuma de las olas, al abrir una ventana, en la caricia del agua, en la femenina cintura, entre las ramas de unos chopos, en esos ojos que nos miran…
- ¿Considerarse poeta no es algo muy pretencioso?
- Ser poeta, querido amigo, es aprender a ser hombre y cantárselo a los demás. Ser poeta es darse cuenta del alma.
- ¿Merece la pena?
- Sí, siempre y cuando se sea lo suficientemente humilde y perspicaz.
- ¿Alguna razón más?
- Es una buena manera de sondear el corazón de Dios, el gozo de la belleza o el sentido del dolor. Por ejemplo.
- ¿Qué libro nos aconsejaría?
- Primero el de la vida, que está a nuestro alrededor. Y el de esa otra que está en nuestro interior. Debemos aprender a contemplar sin prisas los juegos de nuestros hijos, los labios de nuestra mujer o el color de los geranios. Pero sí, es cierto, un buen libro de poemas ayuda a descifrar la realidad, a mantener erguida la voluntad, a calibrar el ritmo o la cadencia de la esperanza. Los Salmos, san Juan de la Cruz, Lope, Rubén Darío, Eliot, Juan Ramón, Rilke, Claudio Rodríguez…
- Dígame un título, el primero que le venga a la cabeza.
- La Epístola moral a Fabio, de Andrés Fernández de Andrada. Y si se me permite otro, el Testamento del Pájaro Solitario, de José Luis Martín Descalzo.
- Gracias por estar aquí. Y esperemos que sus palabras cundan.
- No quisiera resultar pretencioso, pero ya me gustaría. Por el bien de todos. Por el alma de cada uno.

miércoles 28 de julio de 2010

¿Qué puedo hacer por los demás?





¿Qué puedo hacer por cada una de las personas que conozco, que están a mi lado o se me acercan? ¿Qué puedo hacer por los que están más lejos, confundidos en el desencanto de la soberbia y del dinero? Siento una gran impotencia, y la conciencia muy clara de mi propia fragilidad. Escribo para darme, para sacar el alma de mi mismo y orear un poco entre los demás el amor que me ha sido dado. Escribo para que cada uno lea lo que más necesite y vean en estas palabras algún destello de Dios en sus vidas. A pesar mío.

Quiero poner a su disposición todo lo que soy y tengo: quizá un poco de tiempo, un e-mail, alguna sonrisa o el ritmo de mis versos. Quiero abrazar a mis amigos para siempre, pero también a aquellos que conozco menos o a los que todavía no han hecho acto de presencia. Y decirles que la felicidad está, por ejemplo, en el efecto que toma el balón de fútbol cuando lo golpea tu hijo. O en el afecto de Dios cuando abrimos los ojos en medio de la lluvia y vemos las gotas como a cámara lenta. Esos instantes en los que lo invisible se devana entre nuestras manos sin apenas darnos cuenta. Y lloramos de belleza.

Amigos que podáis leer estas líneas, tengo pocas certezas en mi vida, pero una de las más importantes es que el inicio de la felicidad está en aprender a querer a los demás. A todos. Tal y como son. Es entonces cuando percibes de manera muy distinta los días, y en las horas se abre un resquicio a la elocuencia de la luz. Escuchad: son los otros, que nos hablan. Escuchad su confidencia o el parpadeo incesante de sus anhelos. Aunque no os lo digan necesitan de alguien que escuche su frustración o su herida. O su gozo. Y cada uno seremos entonces como esa orilla que recoge el rumor de las almas. Mientras sopla la brisa dentro del pecho y logramos que el mundo sea un poco mejor.

martes 27 de julio de 2010

Carta a los obispos de España (con todos mis respetos)




Muy señores míos:


Bueno, señores obispos de mi cada vez menos religiosa España, ¿qué pasa?, ¿qué ocurre? Les escribo por lo siguiente. La emisora COPE anda en horas muy bajas -lo pasado, pasado está, pero sigo sin comprenderlo-, y ahora que el canal televisivo Popular parecía retomar el vuelo, y ser entretenido además de formativo, y tener gancho, con programas que habían hecho doblar la audiencia en apenas un mes, leo que todos fuera, que se acaba, que fin, que vale. Que nada, que no les gusta. Parece ser que el estilo “tan religioso” que estaba imprimiendo María+Visión, pues como que no, como que era causa de cierta urticaria y sarpullido en algunas de sus excelentísimas reverencias que Dios guarde y libre de todo mal. ¿Por? Habrá que explicarlo. Habrá que dar razones a los telespectadores. Digo. Explicarlo clarito. Pues corren el peligro de que el asunto se enmarañe, se infecte, y se acabe pensando -yo no me lo puedo creer- que se trata más bien de una maniobra en busca de pasta, de liquidez, de peculio. Eso no puede ser verdad. Ay, mis amados y entrañables obispos de España…, pues no lo entiendo. Sinceramente, no entiendo nada. Cada vez les entiendo menos y será por eso que intento rezar más por ustedes. Lo digo de verdad, no crean. ¿No estamos a lo que estamos? ¿No son nuestro “negocio” las almas? ¿No es nuestro afán la santidad personal y del personal? ¿O es que entre tantas reuniones, consejos, seminarios, o vistosas teologías, estamos perdiendo de vista lo fundamental?

Y no se engañen -aunque ya sé que lo saben igual es bueno recordarlo- lo fundamental es la Eucaristía y el Inmaculado Corazón de María. La intimidad con ellos: la vida de oración. La adoración, la perspectiva de la Providencia. Lo digo y lo remacho: Dios y Su Madre bendita. Oración y sacramentos. ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué ha cambiado desde hace unas semanas a esta parte para que de pronto María+Visión no sea una buena opción para Popular TV? ¿Qué se ha torcido? ¿Qué nuevos intereses han entrado en juego? No me fío, no me fío. Y me asusta la ingenuidad -quiero pensar que se trata de ingenuidad- de algunos de ustedes, pero sobre todo lo que más miedo me da es que los obispos de mi patria no estén a la altura de la santidad que debieran, y que es lo que nos pide a todos Cristo. Es el quicio, lo único, el todo. Es por eso que rezo, y por lo que ahora escribo. Porque seamos claros: ¿de que nos sirve a los católicos un obispo que no sea santo? Yo se lo digo: absolutamente de nada. Sobra. Como sobran tantos y tantos entramados clericales y celotipias y deslealtades con el Papa. Ahora toca lo de Popular María+Visión. Y yo me pregunto: ¿en qué baso yo mi fe? ¿En qué la basan ustedes? Cuando toman una decisión, ¿en qué piensan?, ¿en qué deben de pensar? Supongo que en las almas y en la voluntad de Dios. Con visión sobrenatural, digo. Con fe.

En este desierto espiritual y desmembramiento moral en el que se está convirtiendo España la sed de Dios es acuciante (igual que se multiplican los espejismos). Salta a la vista. Cualquiera de nosotros se da cuenta en su actividad cotidiana laboral, o con su familia y amigos, o con otras personas con las que coincidimos. Cualquiera lo ve, lo percibe. Hablas de Dios, de tu experiencia, y se te quedan con el alma abierta en pleno bar o en el AVE. Les digo esto porque esa es la realidad. Esta misma mañana un joven profesional me decía: “me estás abriendo nuevos horizontes”. (Lo sé, es el Espíritu Santo, no me voy a colgar medallas que no me corresponden). Pero es que un poco antes me había dicho: “La vida es un asco”. Y así continuamente. Por eso en este ambiente desacralizado e hipermaterialista María+Visión no sobra en España. Por eso me extraña esta medida tan inhóspita. Señores obispos, la gente necesita referencias claras, transparentes; necesitan que se les hable de vida interior y de piedad, de la confesión y del rosario. Con garbo y esperanza. ¿Quieren subarrendar Popular TV a una empresa más generalista y más boyante en el pago? Estupendo. ¿Y el alma? ¿Y las almas y su conversión? ¿Y la recristianización de lo que nos toca: de Occidente, de Europa, de España? ¿Y la santidad? ¿Dónde queda Dios en todo este asunto? ¿Y María?

Espero que sepan lo que hacen. Cuentan con mi oración por sus personas e intenciones, aunque no acabe de entender ciertas actitudes y decisiones.



lunes 26 de julio de 2010

El apostolado como identidad cristiana



Todos somos apóstoles. En un bar, en el trabajo, en la familia, en el taxi, en el hospital o en el gimnasio. Allá donde vayamos o estemos. Todos somos Cristo. Una gran parte de las personas que nos rodean necesitan que les digan algo de Dios, que de manera atractiva y con naturalidad saquemos a relucir las cosas del alma. No hay que ser un gran orador, ni tener dinero, ni ser licenciado o graduado en nada. Basta con ser hijo de Dios y dejarse llevar por Su Amor hasta el corazón del amigo, de los demás, que esperan unas palabras llenas de cariño y resolución y milagro. Y doctrina. Sin adoctrinar con pesadez y a desmano, ya me entienden. Hablar. Escuchar. Escuchar. Hablar. Ser conscientes de nuestra vocación divina, de que el Espíritu Santo transita por nuestras palabras o miradas. Podrán decir lo que quieran, pero la gente tiene unas ganas tremendas de Dios. Se nota. Lo dicen de muchas formas. Incluso mandándonos a paseo o siendo reacios al principio.

El apostolado es el natural impulso de alguien que trata a Cristo. Impulso sobrenatural en lo de cada día, en lo normal. somos imagen de Su amor. Lo extraño es que nos quedáramos callados o al margen, o nuestro ejemplo fuera insípido o a la moda, siempre tan inane como decadente. ¿No somos cristianos? ¿No somos Cristo? Leamos el Evangelio. Jesús no perdía oportunidad. Y no resultaba pesado ni molesto, ni beatorro ni clerical. Hablaba del Padre, del amor, del perdón, de oración, de misericordia… Y curaba. Y quiere seguir curando. A través de nosotros. ¿A qué esperamos? Tenemos que estar prontos los cristianos, más espabilados. Mostrarnos como somos: enamorados de Cristo. Pero sin extravagancias. El apostolado no es asunto exclusivo de curas y obispos. Ellos ya se preocuparán de su ministerio, de estar en los confesionarios más de lo que están, de cuidar la liturgia y la obediencia al Papa, de ir al grano del alma y de la fe en las homilías (sin disquisiciones patéticas), de ayudarnos a caminar con seguridad y piedad y fidelidad a la Iglesia. El apostolado no es una profesión, ni una amalgama de reuniones extrañas o estadísticas. El apostolado es personal, de cada uno, y nace del corazón. Un corazón que se va identificando con el querer de Dios a través de la oración, de la mortificación de los apetitos (vivimos tiempos de excesivos antojos) y del cumplimiento del deber.

La lucha por la santidad es en gran parte ayudar a los demás. Estar muy atentos a las necesidades del prójimo. A sus problemas. Esas conversaciones sencillas, pero profundas. Confidencias. Diálogos inesperados tal vez. Nos esperan. Porque ansían encontrarse con Cristo. Al menos con alguna pista de Su paradero. Porque todos estamos hartos de fantasmagorías, mentiras y falsedades. Tanta oquedad de vida, tanto vacío o soledad deja para el arrastre a cualquiera. Uno no es hijo de Dios en balde, aunque no sea precisamente cristiano ejemplar y sea un asiduo pecador. Pero Dios cuenta con todo eso y nos quiere ahí, en el meollo del mundo y de Su providencia. Justo ahí, en ese trabajo, en esa familia tan estridente, en ese autobús que tomamos todos los días, en la universidad, en la piscina… En donde sea allí estamos nosotros. Y Cristo con nosotros. Y de pronto alguien se acerca y nos narra su vida, o ciertos aspectos de su amargura o tristeza. Y pasa que uno se ve un canalla, mucho peor que cualquiera. En el apostolado uno se emociona muchas veces. Recibes más que das. De Dios y de los demás. Todos estamos en los rudimentos del amor. Todos estamos comenzando, aprendiendo a tratar a Cristo, o a indagar sobre Él. Uno cree que está ayudando a alguien y recibe, por ejemplo, una gran lección de humildad, o de clarividencia sobrenatural.

El apostolado cristiano se basa en nuestra vida de piedad, en una vida interior que lucha, en la amistad cada vez más íntima con Dios. (Ojo, y también en nuestro salero o simpatía). Y llega un momento en que no podemos reprimir ese Amor, esa luz. Se nos sale por los ojos. Puede que no seamos conscientes del todo, pero es así. Creer. Creer en el Amor. Creernos a Dios del todo, sin componendas ni retraimientos. Del todo: entero, crucificado y resucitado, Trino y Uno, hijo de Su Madre Inmaculada y Esposo de Su Iglesia. Escuchar el corazón de la gente y mostrarnos como somos: a Dios gracias cristianos, católicos, orgullosos de nuestra fe. Mostrarnos con nuestro carácter y aficiones y pasiones, tal cual, pero hijos de Dios: responsables, rezadores, corredentores. Leo en un libro de piedad esta confidencia de Jesús: “Vendrán a ti para oírte hablar de Mí”. Bien, vale, de acuerdo. Es cierto. Sin embargo, ¿vamos a permitir que tengan que venir a nosotros las almas? Tomemos un poco la iniciativa. Vamos. Vayamos nosotros. Amemos con más énfasis. Nos aguardan. Sin afectaciones, como somos.

domingo 25 de julio de 2010

Santidad



Los santos. Personas como yo (bueno, desde luego mejores que yo). Gente normal, que paseaba por las calles de la mano de sus hijos, o que celebraba los goles de la vida, o que me recomendaban un libro, o... A algunos los conocí. Recuerdo a Nacho, a mi lado, estudiando juntos la historia o hablando de literatura. Tan jovial, con aquella sonrisa rubia de la que no se desprendía nunca. Murió a los pocos meses, en otra ciudad, mientras yo esperaba que entrara por la puerta de un momento a otro. Y Manuel, poeta, hombre culto, con el que tanto y tanto hablé de Dios y de poesía. Todo le sorprendía, todo le parecía una estupenda novedad que debía traducir cuanto antes a palabras. Su funeral fue para mí alegre (y me da igual que suene raro). Se lo dije a su madre y demás familia, porque yo seguía -y sigo- hablando con él de Dios y de poemas. Y don Vicente, un cura que bautizó mi ser de una ternura infinita. Con él lloraba mi impotencia ante la vida, en largos abrazos que duran todavía. Le besé en la frente cuando estaba muerto, con la certidumbre de que me miraba. Y José Luis, mi querido maestro en cualquier aspecto de la maravilla. Era un erudito de la luz y de María -la madre de Dios-, del derecho y de la belleza. Su magisterio era un universo de emociones a media voz. Homero, Roma, el imperio persa, Andalucía… Lo hilvanaba todo en una serena alegría, en una sabiduría de amor que me dejó en herencia, y que yo cultivo como puedo. Y mi madre… ¡Mi madre! ¿Comprendéis? ¿Qué puedo decir de ella? Es todo lo que yo soy. Murió para que yo viviera, o fuera más consciente. La añoro más que a nadie, y hablo con ella con frecuencia. Todos son santos. Lo sé. Todos ellos rezaban con su vida, con su ejemplo, con su buen humor, con su dolor, con su cariño... Eran personas como yo, de a pie, que descubrieron la alegría en el horario, en el trabajo, en los amigos, en la familia. ¿Qué es la santidad? Es la Poesía que hay dentro de los días, es el amor de Dios cuando toma en vilo nuestras vidas. Y las resucita. Y las mima de nuevo.

sábado 24 de julio de 2010

Lo inesperado




Las palabras dicen cosas inesperadas.
Su significado me sorprende
en cualquier momento de la infancia.
Como ahora, que recojo la mesa. Súbitas
engarzan mi espera a su sentido.
Abro la ventana de la cocina
para no dejarme nada dentro de ellas (o de mí mismo).
¡Qué cielo tan naranja! Memorizo su silencio
mientras lleno las botellas de agua.

viernes 23 de julio de 2010

Una conversación estival (II, -de rebajas-)



- Esto ya no es lo que era.
- Nada lo es.
- Es verdad, nada.
- Disculpe la intromisión.
- Nada, nada.
- ¿Busca algo?
- Pues no lo sé.
- Aquella blusa está bien.
- ¿La morada?
- Sí, la morada a rayas.
- Está muy poco rebajada.
- Pero es tan bonita...
- Apenas hay dos tallas.
- Abusan de la gente.
- Las rebajas ya no son lo mismo.
- Ni las rebajas ni nada.
- Tiene razón señora.
- ¡Qué vestido!
- Le sienta bien.
- ¿No es muy corto?
- Usted es delgada.
- ¡Si supiera lo que me sobra!
- No exagere mujer.
- Y ya no le digo lo que me falta.
- Usted está bien como está.
- No sé…
- Ya me gustaría a mí, con esa figura.
- Poca cosa.
- ¿Qué le parece esta americana?
- Ideal.
- Mire, mire estos zapatos.
- Un primor.
- ¿Y esta camisa?
- Una delicia.
- Uy, uy, uy, ¡este bolso me llama!
- ¿No es de nueva temporada?
- ¿Y qué más da?
- Bueno, mujer, es precioso, de lujo.
- Como nosotras. ¡Qué tacto tiene!
- ¡Si la oyera mi marido!
- Nosotras nos lo merecemos todo.
- Incluido un buen marido.
- Ja,, ja, ja. Es cierto.
- Nos lo hemos ganado.
- Me gusta todo.
- Podría estar más rebajado.
- Me lo llevaría todo.
- Toma, y yo.
- Las rebajas son una buena medicina.
- La mejor.
- Se olvida una de los problemas.
- ¡Y que lo diga!
- Es imposible no comprar nada.
- Aunque ya no es lo que era.
- Desde luego que no.
- Fíjese el precio de este sombrero.
- Aún le queda madurar un poco.
- Sí, es todavía caro.
- ¿Qué tal me sienta?
- Estupendo.
- Me tienta demasiado.
- Pues déjelo.
- No puedo.
- Venga mujer, tampoco es para tanto.
- Mañana ya no estará aquí.
- Habrá otros.
- ¿Sabe?
- ¿Qué?
- Que me llevo el sombrero.
- Yo prefiero esta falda.
- ¿Dónde estaba?
- Me gusta su vuelo.
- No hay otra.
- Me gusta su caída.
- No hay otra.
- Me gusta así de naranja.
- ¡Qué suerte ha tenido!
- ¡Cómo me favorece!
- No sé si ir a la planta de caballeros.
- A mí se me ha acabado el tiempo.
- A mí casi el presupuesto.
- Pues entonces nada.
- Mi marido se conforma con poco.
- El mío no se preocupa por la ropa.
- Con lo que se disfruta.
- Con lo que relaja.
- Aunque estas rebajas son pésimas.
- Y que lo diga.
- Con la de problemas que tiene la vida.
- Y los que nos da el gobierno.