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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


viernes 10 de julio de 2009

Dos escritores más para el verano: Dostoyevski y Bradbury



Una de las cosas que más me fascina de la literatura es su variedad. Y las formas tan distintas para plantearse los asuntos claves que atañen a toda la humanidad. El misterio de la vida, la indagación de lo desconocido, la entraña de Dios, la vigilia de los días, el sentido del dolor, la felicidad como destino (y el drama o fracaso que tantas veces lleva consigo), el vértigo de la duda existencial, el paso -y el peso- del tiempo y la muerte… ¡Son tantas las variantes, los personajes, las perspectivas! El amor a la literatura es un don muy especial; un don que nos hace auscultar la vida, sondearla, interpretarla, socavarla, soñarla. En un libro puede el lector hallar su propio sueño o su propia vida. O viajar a la pesadilla del horror. Poemas y elegías, novelas y cuentos, ensayos, tragedias y comedias, entrevistas, biografías, memorias y diarios. Parábolas, fábulas, paradojas y metáforas de una realidad que no nos satisface del todo (o nada), o de la que no acabamos de entender el sentido. Hay también quién se pregunta: “¿Qué sentido tiene la literatura?”. Si es que lo tiene, si es que las palabras no son un espejismo, un dislate que no nos lleva a ningún sitio. O resulta todo una forma de pasar el rato, de no pensar; o de pensar hasta la locura. ¡Tantas veces he creído que sobre todo la literatura es un desahogo, una confesión y una confidencia! Para el autor y para el lector. Una terapia del alma, que nos procura algo de paz y de concierto. Sosiego, calma y silencio. Propio conocimiento. Vacuna contra la más agresiva barbarie (aunque no siempre nos mantiene inmunes de vicios). Sentir el viaje del tiempo. De las horas, de los días y de las semanas. Sentir, sentir, sentir… Vivir… Ser conscientes de estar vivos y del poder transformador de la palabra cuando está preñada de alma.

Algo que ocurre con dos autores que de una manera u otra llevo siempre conmigo. Tan distintos y tan geniales. F.M. Dostoyevski y Ray Bradbury. En común tienen que cada vez resultan para el lector más novedosos, no pasan de moda, y que tienen cierto aliento profético los dos. De todas formas no vengo aquí a buscar comparaciones. Vengo a destacar unos libros. A Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) se le conoce sobre todo por dos de ellos. Y con justicia. Tanto Fahrenheit 451 como Crónicas marcianas son dos hitos indiscutibles de la literatura universal. Pero esto no es todo lo que escribió. Y te sorprendes leyendo Ahora y siempre (Minotauro), libro que reúne dos relatos cortos de Bradbury: “En algún lugar toca una banda…” es más autobiográfico, con cierto poso de nostalgia, donde recrea la vida de un pequeño pueblo, Summerton -Arizona-. Un tipo salta del tren y cae en medio de ese pueblo perdido. “Porque sí”, sin razón alguna. Y se pregunta: -“¿Soy feliz?”. Y comienzan los rumores, y unos diálogos extraordinarios. El relato está dedicado a Katharine Hepburn. “Leviatán 99” está a su vez dedicado ‘con gran admiración’ a Herman Melville. De hecho se trata de un viaje sin retorno al fondo más profundo del espacio persiguiendo un cometa blanco. El comienzo del relato es el mismo de Moby Dick. Es todo un continuo guiño literario. Los dos nacen de guiones. El primero de un guión cinematográfico y de un poema -cuyo primer verso le da título-; el segundo de la resaca que le quedó al autor después de trabajar en Irlanda durante un año el guión de Moby Dick para John Houston, de un ‘sueño radiofónico’ y del hechizo de Shakespeare.

Y voy con Dostoyevski. La editorial Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores hace muchas cosas buenas, aunque también edite libros del montón. El negocio. Pero hay dos cosas que sobresalen por encima de todo: la colección de poesía y las obras completas. No es la primera vez que lo digo. Y lo digo, y lo escribo, porque es necesario que sean cada vez más los lectores que lo sepan. Y dentro de la colección de completas personalmente he tenido tres alegrías mayúsculas: Pío Baroja, Elias Canetti y, desde hace pocos días, Dostoyevski. De momento del autor ruso se ha publicado un único volumen: "Novelas y relatos (1846-1849)". Es decir, desde sus inicios con Pobres gentes (1846) hasta El pequeño héroe. El plan de la obra completa son ocho volúmenes, de los cuales los primeros cuatro darán cobijo a novelas más breves y relatos, para rematar con los últimos cuatro donde estará su obra más cuajada. Desde Los demonios hasta Diario de un escritor, que será la última entrega. La edición corre a cuenta de Ricardo San Vicente, y recoge en su mayor parte la que hiciera en su momento la editorial Vergara de la mano de Augusto Vidal, que en paz descanse. Su trabajo resultó memorable. Tradujo algunas de las obras, dirigió la labor de otros traductores, revisó textos y escribió un ensayo magistral, "El hombre y el artista", que aquí aparece como la mejor introducción posible. En ella está la erudición, los datos, el estudio concienzudo, pero sobre todo está el alma de Dostoyevski, la emoción que late en sus obras (desde el principio, en el que ya destaca su trato preferente por los más pobres y los humillados), donde el lector conoce y profundiza en aspectos increíbles de la naturaleza humana. Lo he dicho y lo sostengo: Dostoyevski es mi escritor favorito. Por encima de cualquier otro. Es el Homero moderno. Épica del sufrimiento. El más espiritual y el más humano. Dios y la conciencia. El amor como máxima riqueza. La pobreza llena de ternura, el dolor y las pasiones, la lucha de ser hombre y ser digno. Para que nada sea en balde. Leer a este escritor en el siglo XXI es más necesario que nunca. Sobre todo hoy, cuando acecha la barbarie.

jueves 9 de julio de 2009

Sucedió en una biblioteca (cuento diminuto)



Abrió el libro y, en ese preciso instante, cerró los ojos y comenzó todo.




Nota bene: Este minicuento o microrelato o cómo lo quieran llamar lo encontré entre las páginas de una vieja traducción de Heródoto consultada por mí en una lejana biblioteca que no he vuelto a visitar, en un papel del tamaño de una tirita. Dilucidar si se trata de una apacible siesta del sujeto -visto lo que se le avecinaba con el libro de marras que debía leer (¿por compromiso?)-, o de un síncope o infarto repentino producto de los años, de las cavilaciones, y de una vida excesivamente sedentaria, son dos posibilidades nada desdeñables. Sería algo creible y de lo más habitual en el tiempo en el que suponemos estar viviendo, cuando la realidad de este vivir es muy incierta (aunque eso daría para otro cuento). ¿No podría ser, me pregunto, el necesario recogimiento antes de comenzar a leer, un homenaje a la literatura, a lo que significa para él? O pudiera ser una clave o cifra, una señal que indicara a otro lo que fuese. O quizá se tratara de un guiño a Dios. Para mi sorpresa los hay que se inclinan por ver aquí un asesinato en toda regla. El individuo ha escogido su libro con mimo, se sienta y cuando lo abre para dar comienzo a su lectura, cierra inexplicablemente los ojos, y ahí se acaba todo, o comienza otra dimensión distinta. La explicación más plausible la dejo para los perspicaces lectores. No sería raro que se nos escapara algún detalle de suma importancia. La imaginación tiene estas cosas. A mí lo que más me hace pensar es que ese breve texto estuviera escondido en un volumen de la "Historia" de Heródoto, tan amante de citar en su obra a los poetas.

miércoles 8 de julio de 2009

Espacio sagrado



De pronto, al volver una esquina, te quedas parado en la calle, boquiabierto. Como si ya nada importara o como si todavía quedará todo por descubrir. Ahí está lo que buscabas. El cielo está ardiendo en una íntima incandescencia. Y digo íntima porque ese resplandor naranja es como una bocanada de Dios que se apodera de tu alma, y te respira. Las nubes -como dice Borges- son nuestra imagen, y se difuminan en una belleza tal que caes rendido de amor (esto lo digo yo). El día se concentra en un único punto de despedida. Crisol de luz o de vida, no sé. Y se rinde el propio juicio, y la soberbia, y la vanidad, en este ímpetu celestial que tiene algo que ver conmigo, seguro, pero que nunca acertaré a expresar con palabras, por más que me empeñe y viva mil vidas distintas. Dominio de ángeles y poetas, ámbito de santidad, espacio sagrado, embeleso, algunos versos de Neruda. No sabes qué hacer con la mirada, tan encendida ahora y hace un rato tan apagada. En silencio admiras, yo diría que rezas y das gracias. Caminas lleno de enigmas. Buscas un papel y un lápiz, para tomar nota, pero ¿qué vas a escribir? Esta caligrafía no se escribe con tinta. Miras. No es el sol, no son las nubes. Ni siquiera es la luz naranja empapada de fuego, y con ese ribete de color violeta. ¿Qué es lo que me llama de esta liturgia ígnea donde se clausura el día? ¿Qué es lo que prende en el alma? Porque en el breve intervalo entre la luz y la noche -himno de colores- ocurre mi vida, o quizá tendrá lugar mi muerte, que es una pequeña parte de la vida, y que desemboca en esta puesta de sol que augura una existencia infinita.

martes 7 de julio de 2009

Orgullo gay: concupiscencia y adefesio




No sé si será muy guay el orgullo, pero yo más bien creo que es gente que lo pasa fatal -más tarde o más temprano- en su dislate sexual, en esa polvareda de melindres y carnavales grotescos. Con todos mis respetos y todo lo demás. Podrán decir lo primero que se les ocurra, saltar como locas, desnudarse en plena vía pública, despotricar, mofarse de lo más santo, frotarse la entrepierna o tener la complacencia política y mediática por intereses de poder o vil metal o mala leche. Porque en definitiva son personas manipuladas. En primer lugar por la dictadura de sus apetitos e instintos más rudimentarios, y luego por esa hez y ese haz de canallas que jalean el desenfreno y tergiversan el cariño, y quieren volver del revés la naturaleza. El espectáculo es lamentable, la jodienda un signo evidente de la decadencia que hace que nuestra sociedad sea cada vez más rudimentaria y más triste. Tan vulnerable, vamos. ¿Quieren hacernos creer que esto es lo normal, que seremos más felices si prescindimos de cualquier límite y nos entregamos a cualquier tipo de experimento carnal? ¿Quieren hacernos creer que esto es todo, que la felicidad se basa en el sexo sin más? ¿Quieren hacernos creer que somos deficientes espirituales? ¿De qué orgullo estamos hablando? ¿Orgullo de ser esclavos y memos, de pensar con el pito y demás sintonía genital? ¿Es este el modelo de progreso? ¿Orgullo de lo mediocre, de lo peor, del abismo? ¿Orgullo del infierno? Sinceramente lo digo: me da mucha pena. Pueden pensar de mí lo que quieran. Es lo de menos. Lo único cierto es que el hombre no es toda esta mierda, por más que se disfrace de bonito y se depile y reciba gratificaciones de munícipes o gobiernos.

lunes 6 de julio de 2009

Sé pocas cosas



Aparte de libros, ¿sé aconsejar sobre algo más? Es una pregunta que me hago. Y lo primero que me respondo es que no me gusta nada lo de aconsejar a los demás. Eso de meterme en libertad ajena como que no me acaba de convencer. Esto no quiere decir que cada palo aguante su vela y que yo a lo mío y sanseacabó. No. Tampoco se trata de llevar las cosas a su extremo. Pero cuando alguien te pide consejo o te plantea unas determinadas dudas te ves a ti mismo más precario que de ordinario. Piensas lo del refrán: “consejos doy que para mí no tengo”. ¿Quién soy yo para decirle nada a esta persona que es mucho mejor que yo? Y suelo derivar la consulta a otros individuos más doctos e instruidos, en virtudes e inteligencia. Que no, que no es por quitarme a la gente de encima. Mira que se es malpensado. Podría, pero no. Se trata de una especie de pudor que hace que me resista todo lo posible a decirle a alguien lo que tiene que hacer o decir o manifestar. Ha habido quien me ha dicho que soy especialista en literatura, o que tengo cierta facilidad para llegar al corazón. Pamplinas. Soy un simple apasionado de la vida, un enamorado de casi todo lo que está a mí alrededor. Eso sí. Y Dios por encima y por dentro y apuntalando el alma y saliéndome al encuentro. A lo que iba. Que no, que no me agrada aconsejar. E insisto con el interrogante del comienzo: libros aparte, ¿sé aconsejar sobre algo más? Lo pienso y no se me ocurre nada. ¿Sobre la educación de los hijos? Por favor, si yo soy el primero en acabar a gritos y soltar improperios a diestro y siniestro (si me oyeran). Será por aquello de la hartura. ¿Sobre el amor amor? Me parece excesivo que yo ande diciendo vaguedades cuando hay libros tan cabales sobre ello. Y cuando me atrevo, lo único que me sale es mi propia vida, a borbotones. Dudo que sirva, pero es lo único que tengo (y ni eso, porque en realidad no es mía). Siempre he sido bastante reacio a las teorías, a la mera enumeración de reglas, patrones y estadísticas. Vida, principio vital, fe de vida; a ser posible en un tono de amable confidencia, de biografía del alma. ¡Ay, el alma! No hago más que nombrarla y esbozarla sobre la página. Canta el poeta nicaragüense Salomón de la Selva: "¡Señor, se me va el alma! / Fuera de los sentidos, con alas prodigiosas, / abarca en su volar el universo (...)". El mundo son las almas, aunque sólo veamos cuerpos y materia. Y puedo asegurar que las percibo por la calle, en los libros o buceando bajo el agua. Son ellas con las que dialogo y convivo, las que me preguntan y encandilan. ¿La vida? El alma, su meollo. Y llenarla de Dios, de paz, de orquídeas. Pero he acabado yéndome por las ramas. Como suelo.

domingo 5 de julio de 2009

Un solo amor




Un buen amigo me dice nada más verme: “Un hombre y una mujer, enamorados, ¿son dos amores o un solo amor?”. La cuestión no es baladí, ni es un mero juego de palabras. Pienso que se trata de una misma realidad amorosa que se inspira y concibe en la comunión de dos personas distintas. Unidad en la diversidad. Un mismo don que brota del encuentro de dos miradas. Dos enamorados en la unión de un solo amor. Un amor que no puede darse sin la complementariedad de ambas personalidades y ambos sexos en mutua donación. No son dos amores. Son dos vocaciones individuales que se entregan a un solo destino de perfección. El amor es un camino que se recorre en común y en la misma dirección, cada uno embebido en el otro, puliendo poco a poco la ternura en las diferencias de carácter o cambiante perspectiva de las cosas, y salvando las consabidas distancias con el perdón. La imagen del beso viene pintiparada para ilustrar todo esto que digo. El beso es único -como el amor-, pero son dos los que se besan. Dos almas que se entregan la una a la otra para fundirse en una misma carne impregnada de alegría y de pureza. Sólo así puede el amor ser debidamente amor: amando. Sin egoísmo o cualquier otro turbio disfraz de pega. Un hombre y una mujer. Una mujer y un hombre. Las manos se buscan y las caricias van cincelando la figura de ese único amor que transforma la materia en luz, en un incendio de sed y cielo. Ya sé, ya sé que se me desvía el discurso y que me voy por las nubes poéticas. ¡Qué le vamos a hacer! Cada uno es como es. Pero el que experimenta un amor así sabe que a partir de un determinado momento su vida ha dejado de ser suya, que ya no se pertenece. Y es así como se alcanza la felicidad, la plenitud de un amor que no es tuyo ni mío, de un amor que enhebra y resume el corazón de los dos.

sábado 4 de julio de 2009

¿Qué hago con la desgana?



Ayer por la tarde no tenía ganas de nada. Ocurre, pasa. ¿El calor? No sé. Comencé a cabecear en el sillón sin mucha convicción. Un libro infantil en el regazo y la mirada en el ventilador. ¿Qué libro? XXL y la banda de los Swoonarie, de Márquez & Lamerla (SM-Barco de vapor). El ventilador giraba con fuerza 3. Las cortinas cobraban vida y mis papeles estaban todos por el suelo. Atonía manifiesta, dejadez, pereza. Pensaba… Dejémoslo estar, no es el momento. Un poco de discreción conviene. Observaba los montones de libros por leer y escuchaba el galope del tiempo mientras huía. Dejándome allí, cavilando atemporales fantasías. Infame turba -en expresión de Góngora que recoge Pablo García Baena- de necios despropósitos. Ocurre, pasa. Esa desgana cíclica en tu vida. La ves llegar por el pasillo de tu casa o en la espera de no se sabe muy bien que suceso inverosímil. Avanza, te envuelve... Está vacía. Giraban en el ventilador caricias y besos furtivos, y una brisa imaginaria dentro de un paisaje más imaginario todavía. Ofrenda de imágenes y mentiras. Adelfas y laureles, pífanos, sauces y ruinas. Las panteras que se escondían entre las páginas de El corsario negro, al acecho de los más incautos piratas. Arenas movedizas y reptiles que están en todos los sitios. Aturdida memoria, desgana, ensueños. La ropa blanca y una toalla de Walt Disney del color del arrebol. Hoy, como ayer, me levanto y abro la ventana, y extiendo la vista hasta donde alcanzan mis sueños.