(Para Mario Medina)
“Que todo lo consigue quien a sí mismo se vence:
Pero quién es el guapo (o guapa)
que no desea nada, que se pone a ello,
que le traen al fresco las mil minucias
que se nos ocurren a cada momento.
Austeridad discreta, vida
frugal, pasar con lo imprescindible,
sin crearse rocambolescas necesidades.
Ay, con la de objetos tan apetecibles,
y el dinero, y esa chica (o ese chico). Y esa ropa
y esas vacaciones. (Parece que va contra natura).
¿Cómo no voy a desear nada? ¿Cómo voy a vivir
sin hacer realidad todas mis fantasías?
El mundo es un descomunal escaparate
de coruscantes deseos.
“Todo lo posee quien nada desea”.
Esos juegos de palabras
serán muy profundos, pero no está la vida
de la gente para muchos jeroglíficos.
¿Quién entiende este galimatías tan místico?
Pero se puede pensar un poco, considerarlo
con cierta dosis de silencio. Veamos. El asunto
está en la sobriedad de hábitos y costumbres.
Que predomine el alma.
Que la inteligencia y la voluntad
están para lo que más conviene
a la felicidad del sujeto,
sin dejarnos llevar por la apetencia,
por la concupiscencia de los sentidos
o de la imaginación, siempre tan floreciente.
Optar por llevarnos la contraria
de cuando en cuando, hacernos fuerza.
Un poquito de sacrificio enrecia.
Por aquí se asoma la virtud -¡oh, sí, las virtudes!-
de la templanza, sin ir más lejos,
que nos puede venir muy bien
para un mejor gobierno del alma,
para una visión más plena
de nuestro propio ser, de su existencia.
Puede que sean muchos los que malvivan
de antojos, para una vida -se supone-
lo más agradable posible. Placentera,
matizarán otros. Que bastantes penas, etcétera.
Que tampoco es para tanto, vamos.
Pero me fijo en la palabra “todo”,
y luego en la palabra “nada”.
“Todo lo posee quien nada desea”.
¿A que “todo” se refiere la frase? ¿Y a qué “nada”?
“Todo lo posee…”. ¿Qué significa ese “todo”?
Quizá se trate de una plenitud
de estirpe espiritual. ¿Ese “todo”
será el colmo del gozo, de una alegría
que no está en la frivolidad,
ni en el consumo, ni en esas elucubraciones
y ensoñaciones y brillos y escaparates?
Instintivamente huimos de la exigencia
que conlleva dominar los más variados apetitos.
La tensión es fuerte, dura es la pelea
sobre tan prolífica tentación.
El corazón pesa a base del acopio de tantas cosas:
caprichos vagos, vanidad o florituras.
Y sólo se asciende en el desprendimiento.
“Todo”. “Nada”. “Todo”. ¿De qué se trata?
¿De quién se trata? Dios, el alma. El alma en Dios.
El vuelo, la felicidad, la gracia.
Y vamos profundizando. ¿Conformarnos?
No, no. Amar. De eso se trata.
Amar a Dios y tener señorío sobre uno mismo.
Pureza, mansedumbre, mesura.
Sin fraudulentos arrebatos de vacíos y tristeza.
El contento no es asunto de dinero,
de patrimonio, o de colmar cualquier apetencia.
Ese “todo” es la forma de afrontar la vida
-la nuestra en primer lugar- y la conciencia.
Ese “todo” es saber esgrimir con valentía
el alma en los desplantes de los días;
en saber poner buena cara al asco,
a la privación o a la desgracia.
Ese “todo” radica en considerar la “nada” que somos,
aunque pueda parecer que no nos falta de nada,
o que somos algo (¡maldita ilusión!).
Y podemos seguir ahondando otro poco más:
no desear “nada” es desearlo “todo”.
Y no es una fácil paradoja o juego de palabras.
Es aspirar a la esencia, al alma de todo,
al amor donde germina “todo”, y donde todos
podemos llegar a encontrar la felicidad
que anhelamos desde cualquier perspectiva.
Sin cortapisas ni pecados
que lastren por más tiempo el corazón
en el progresivo vuelo
de ternura y santidad que es la sabiduría.
(Pintura de Paul Klee)
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