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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


domingo 30 de diciembre de 2007

Las personas

En las grandes superficies o en los variopintos comercios apenas miro lo que está a la venta. Miro a las personas con las que me cruzo. También me ocurre paseando por la calle o suspendido en un paso de cebra. Observo sus gestos y escucho algunos retazos de las conversaciones. Es la gran novela de la vida. La estructura narrativa es compleja y se mueve en multitud de planos y elucubraciones. Los sentimientos, la potencia espiritual de unas manos o de unos ojos, el drama de unos gritos, o el diálogo más sencillo de unas palabras amigas.

Una mujer dice a su acompañante masculino: - “Yo se lo diría de una vez por todas”. ¿A quién? ¿Qué le diría? ¿Con qué objeto? Quizá a un hijo rebelde que no acepta la convivencia familiar y a quien hay que dar un ultimátum. O a una cuñada estrambótica y celosa que no les deja en paz. O a la esposa, de la que se quiere separar. Tal vez. Y en un semáforo del centro de la ciudad escucho a un chico joven y vestido en alegres tonos, que va con una chica deslumbrante en la esbelta intensidad de su cuerpo: - “Nunca nadie te querrá como yo”, mientras subraya su afirmación con una agarrada en el trasero. ¡Imbécil! ¿Nadie? ¿Nunca? Y pienso en los hombres que darían la vida por ella.

El paseo prosigue. Merodeando por escaparates y precios. Hay pocas personas que caminen con pausa. La aceleración es tremenda. Y te encuentras caras conocidas. Como los chicos del semáforo. Ella mirando blusas, y él mirándole a ella. Después de todo igual hacen una buena pareja. Quien más y quien menos hemos necesitado tiempo para calibrar la ternura del amor. Y delante de nosotros, en la fila, dispuestos para pagar un regalo más, hay un grupo de italianos. Hablan con desparpajo y cariño de España, pero se quejan del frío y de la densa nebbia. La cadencia musical de su idioma hace que vuelva a pensar en Roma, o en aquella profesora de italiano en la universidad que se llamaba Carla. ¿O era Fiorella, o Elena? No recuerdo bien el nombre, pero cuando decía prego entornaba un poco los párpados, y fruncía los labios con dulzura en la primera sílaba para ofrecerlos abiertos en la segunda, como esperando un beso.

Me limito a contemplar y ser contemplado, a escuchar y ser escuchado. A comprenderme en los demás. Puede que sea un defecto literario, yo que sé. O simple curiosidad. O que soy más receptivo. O sensitivo. El caso es que ahora mismo, en el silencio de la noche, sin pretenderlo, escucho la voz nítida y muy enfadada de una vecina: - “¡¡Joder, siempre tengo que hacerlo yo todo!!”. Hasta sus pasos oigo, y un portazo. E imagino a su joven marido, o pareja, desencajado en el silencio de la habitación, esperando que pase la tormenta para abrazar el mutuo perdón por su cintura y abrir nuevas expectativas.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Es parte de una novela? Me ha gustado mucho la forma de narrar que tienes.

Anónimo dijo...

Cuidado uillermo, no te vaya a leer la vecina y se nos enfade!

Laura dijo...

Hay un narrador pujante en tu forma de escribir. Con esa precisión que te regala tu sentido poético de la existencia. ¿Verdad?

Anónimo dijo...

Aquí una de tu gremio.Yo paseo poniendo nota,suben puntos si van cargados de bolsas,o llevan de la mano a un niño,o de la cintura a su chica...suben puntos si sonríen,si miran al cielo,si me miran a los ojos o si,por no mirar al suelo, tropiezan.Cuando abren la boca unos suben,otros bajan,qué se le va a hacer.Si merecen la pena me vuelvo para evaluar al completo y me río.
No creas que soy una nosequé,lo hago por no llorar,que es muy violento ir llorando por la calle en un pueblo donde todos te conocen.