En las ciudades un flujo constante de personas avanzan por sus calles. Todos llevamos bolsas con regalos espectaculares. Nos abrimos paso como podemos, sumergidos en ese zigzag de vértigo. Todos los comercios están abiertos, y los ojos, que miran sin descanso. Tropiezas, pides perdón, avanzas de nuevo un poco, pierdes de vista a alguno de tus hijos. -¡Allí, allí!”. Y alcanzas con tu mano su abrigo, en un suspiro de cansancio.
Tiendas de cosas imposibles que sabes quedarán apartadas en un rincón del tiempo. Cosas para nada. Ahora, en un aroma de incienso, ves un kit muy completo de esencias zen. Relajación asegurada. Y un jardín japonés de apenas veinte centímetros cuadrados. La paz mental vende bastante. Pero lo que más me llama la atención son la ingente cantidad de libretas. En todos los tamaños y colores. Con las cubiertas repujadas en perlas y sicodélicos adornos. O encuadernadas en ricas telas doradas de organza, o en unas hojas de otoño. Páginas y más páginas en blanco, dispuestas a que alguien confiese en ellas algo de la verdad que lleva dentro. Y tú las imaginas llenas de poemas.
Sales de nuevo a la calle. -“Todavía nos queda…”. Siempre queda algo más. Pero tú te fijas en la sinfonía de colores, en la trepidación de las almas. Sabes que este consumo imparable tendrá su resaca. Cuando nos encontremos a solas con nosotros mismos, los bolsillos llenos de nostalgia, la mirada fija en las burbujas de una copa de cava, y unas tremendas ganas de que todo esto acabe.
El asunto es que Dios ha nacido. Eso es lo que celebramos; aunque parezca mentira, entre tantos renos, papanoeles, espumillón y duendes. Y tal vez te acuerdas de rezar aquella oración que te enseñó tu madre. Y sientes, en esas palabras, el comienzo de una felicidad en la que habías dejado de creer.





6 comentarios:
A pesar de todo este ruido consumista es cierto: es Navidad. Y pasa desapercibido casi el hecho más importante: que nace Cristo. Deberíamos poner un poco de oración en este día, y sacrificio. Que Dios nació pobre, en una covacha que nadie quería.
Tuve un día exactamente así. como lo retratas. Eres un observador nato y lo expresas con detalles.
A pesar del barullo escuchamos a Dios, o lo leemos mediante poetas de la palabra como usted.
Me preocupa mucho la borrachera consumista, yo incluida. Confieso que me relaja gastar, comprar de todo, y me cuesta centrarme en una actitud más sobria.
Totalmente de acuerdo en su descripción tan bella y acertada.
He puesto estos dias un niño Jesús a la entrada de casa. Esta lejos de cualquier ventana, pero hoy cuando me he levantado temprano he visto como jugaba con el único rayo de sol que llegaba hasta El.
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