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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


martes 18 de diciembre de 2007

Posible inicio de un relato

I

Un viaje. Pongamos que a Atenas. Tienes que salir ahora mismo. Vía Madrid. No, no has ganado ningún concurso ni es una estúpida broma. El coche te espera a la puerta de tu trabajo. Te llevará a la estación de tren. ¡Venga, levántate! Tu familia está avisada. Saben que un asunto urgente te reclama a orillas del mar que surcaba Odiseo, rey de Ítaca, o el poeta Giorgos Seferis, natural de Esmirna. Deja tus libros a un lado. Te basta la luz que guiará tu viaje. Olvida los vértigos y los miedos. Y tu equipaje será la memoria. Basta y sobra. Ahora tomas el coche, y luego el tren, y más tarde el avión. Sobrevolarás ciudades y el resplandor de los delfines, peligrosos bajíos y playas donde desembarcaba la tempestad de los ejércitos de Roma. No apartes el alma de la ventanilla. Contempla sin cesar el rostro de las nubes e, insisto, no temas. Creerás que vas sólo, pero no lo estás. Nadie lo está cuando viaja hacia Oriente.

Ya has llegado a suelo griego. ¿Ves? No te ponen obstáculos. Al salir del aeropuerto toma un taxi que te lleve al centro de la ciudad. No te entretengas en las ruinas de los siglos ni en el rumor de las palabras. Luego te subes al tranvía que va hacia El Pireo, y una vez allí buscas una vieja barcaza que se llame Anémona. Está un poco destartalada pero servirá para que llegues a la isla Ikaria. Te preguntas qué te espera allí mientras sientes la respiración del mar bajo tus pies. (Respiración es precisamente el significado de Anémona). Respiras la brisa azul, el cielo azul, y el azul de cada ola. Hasta tu pensamiento es azul, salpicado de tanta belleza. Hace unas horas estabas entre papeles, en una habitación mínima, enclaustrado en la rutina, y ahora todo a tu alrededor es horizonte. Todo en tu interior es horizonte. La mirada no basta para abarcarlo todo. Por eso cierras los ojos, surcando así el piélago de una felicidad que no conocías.

Atardece. La luz se transforma en algo que debe ser sinónimo de Dios. Como poco. Es un cinemascope sobrenatural, lleno de matices incandescentes que flotan en el agua. La verdad es que no quisieras llegar a Ikaria. Estás mejor aquí, en el movimiento de esta frágil barcaza. Parece como si el mar respirara y el alma se expandiera en un conocimiento inefable. Los labios te saben a sal, como en las playas de tu infancia. ¿Será un sueño todo este viaje? ¿Será un exceso de literatura? Pero ese resplandor es real. Como lo es esta música de agua, que diría tu amigo Siles. Quisieras escribir, plasmar en tinta algunos de esos líquidos destellos. Pero nada tienes. Nada. O quizá lo tengas todo, en esta soledad marina. Ya es de noche. Las sombras y la luna. Y la fosforescente espuma. Y las estrellas.

De pronto la Anémona reduce su marcha. En su senescente traqueteo se acerca a unas luces. Un cabo surge de la oscuridad y se van perfilando unas figuras, y un embarcadero. Y un poco más allá un edificio blanco. Todavía no sabes que vas a vivir allí durante unos meses. Te descalzas y pisas la arena. Unos hombres, apenas vestidos de luna, te indican el camino hacia la casa.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Vas a seguir? Yo ya me he quedado con la mosca detrás de la oreja.

Anónimo dijo...

Lo mismo digo. Espero cuanto antes el capítulo II.

Napoles dijo...

Esto podría ser el comienzo de una novela estupenda.