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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




lunes, 31 de diciembre de 2007

Sobre el amor y la soledad


Se han dicho cosas muy elevadas sobre el amor.
Pulidas, emotivas, brillantes... Palabras
que ayudan en los momentos más duros
de una vida que desconoce el sentido de tanto dolor.
O de tanta pasión, o hastío.
Apuramos su placer en el silencio
de la mística actitud del alma,
o en la perfección de un cuerpo desnudo.

Pero en ocasiones la más alta primicia
del amor es el requiebro de la soledad,
su ternura, esa necesidad que todos tenemos
de que nos dejen un poco en paz.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Las personas

En las grandes superficies o en los variopintos comercios apenas miro lo que está a la venta. Miro a las personas con las que me cruzo. También me ocurre paseando por la calle o suspendido en un paso de cebra. Observo sus gestos y escucho algunos retazos de las conversaciones. Es la gran novela de la vida. La estructura narrativa es compleja y se mueve en multitud de planos y elucubraciones. Los sentimientos, la potencia espiritual de unas manos o de unos ojos, el drama de unos gritos, o el diálogo más sencillo de unas palabras amigas.

Una mujer dice a su acompañante masculino: - “Yo se lo diría de una vez por todas”. ¿A quién? ¿Qué le diría? ¿Con qué objeto? Quizá a un hijo rebelde que no acepta la convivencia familiar y a quien hay que dar un ultimátum. O a una cuñada estrambótica y celosa que no les deja en paz. O a la esposa, de la que se quiere separar. Tal vez. Y en un semáforo del centro de la ciudad escucho a un chico joven y vestido en alegres tonos, que va con una chica deslumbrante en la esbelta intensidad de su cuerpo: - “Nunca nadie te querrá como yo”, mientras subraya su afirmación con una agarrada en el trasero. ¡Imbécil! ¿Nadie? ¿Nunca? Y pienso en los hombres que darían la vida por ella.

El paseo prosigue. Merodeando por escaparates y precios. Hay pocas personas que caminen con pausa. La aceleración es tremenda. Y te encuentras caras conocidas. Como los chicos del semáforo. Ella mirando blusas, y él mirándole a ella. Después de todo igual hacen una buena pareja. Quien más y quien menos hemos necesitado tiempo para calibrar la ternura del amor. Y delante de nosotros, en la fila, dispuestos para pagar un regalo más, hay un grupo de italianos. Hablan con desparpajo y cariño de España, pero se quejan del frío y de la densa nebbia. La cadencia musical de su idioma hace que vuelva a pensar en Roma, o en aquella profesora de italiano en la universidad que se llamaba Carla. ¿O era Fiorella, o Elena? No recuerdo bien el nombre, pero cuando decía prego entornaba un poco los párpados, y fruncía los labios con dulzura en la primera sílaba para ofrecerlos abiertos en la segunda, como esperando un beso.

Me limito a contemplar y ser contemplado, a escuchar y ser escuchado. A comprenderme en los demás. Puede que sea un defecto literario, yo que sé. O simple curiosidad. O que soy más receptivo. O sensitivo. El caso es que ahora mismo, en el silencio de la noche, sin pretenderlo, escucho la voz nítida y muy enfadada de una vecina: - “¡¡Joder, siempre tengo que hacerlo yo todo!!”. Hasta sus pasos oigo, y un portazo. E imagino a su joven marido, o pareja, desencajado en el silencio de la habitación, esperando que pase la tormenta para abrazar el mutuo perdón por su cintura y abrir nuevas expectativas.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Cosas sin importancia



Acabo de tender por la casa una colada de ropa. Podrá considerarse una estupidez que lo escriba, pero es que me parece un hecho importante en mi vida. Por la felicidad que supone en su sencillez cotidiana. Una colada más, una oportunidad más para descubrir nuevas palabras o escudriñar algunos versos de memoria. Media hora dedicada a trasegar con camisas, sábanas, toallas… El tacto de su humedad me ha recordado hoy cuando acompañaba a mi abuela al lavadero de su pueblo. Era en verano y era en la infancia. La ropa y yo sobre un viejo carretillo de madera roja, cuya única rueda de hierro dejaba por la calle el eco oxidado de su sonido.

Otras mujeres ya estaban allí, arrodilladas frente a la corriente del agua. A mí me gustaba descalzarme del polvo y sumergir los pies en los líquidos pliegues de su brillo. Estaba muy fría. La abuela me daba una prenda cualquiera y yo la lavaba con aquel enorme jabón de tajo, que se me escapaba de entre las manos como si fuera hielo. Todavía escucho las carcajadas de aquellas mujeres, casi todas vestidas de negro, cuando la muerte vestía de luto y el olvido no tenía tanta prisa. Y yo las salpicaba con mis juegos… Hablaban entre ellas de sus maridos e hijos, y de las cosechas.

El tacto de la humedad de las prendas logra que se me arruguen las yemas de los dedos, mientras las ordeno. Y las pongo en los radiadores, porque fuera hay niebla. Las camisas las cuelgo en perchas. Y me quedo contemplándolas con fijeza, ahí, sin cuerpo, vacías. Son el reflejo de los días, de los colegios, de los juegos, de mi trabajo. En ellas está el roce de otras vidas. El abrazo, la palmada en la espalda o en el hombro, el brusco agarrón del fútbol… O esa huella de tinta que no se acaba de ir del todo. ¡Qué importantes son estas cosas sin importancia! Porque las haces con alma, y casi siempre sin ganas.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Sobre "El mal de Montano"


Ya no lo recordaba. Pero hace unos años, cuando se publicó la novela El mal de Montano de Enrique Vila-Matas (Anagrama, 2002), escribí una pequeña nota para "Identidades", el suplemento cultural del diario El Peruano, de Lima. No, ya no lo recordaba; y un buen amigo me hace llegar el texto. Al releerlo me entran ganas de volver a leer la novela. Y lo voy a hacer (y animo a que ustedes hagan lo mismo). Esa novela que es todo un homenaje a la literatura, y de la que podemos sacar un buen montón de títulos para leer. Esa novela que tuve que haber escrito yo y que por alguna misteriosa razón que se me escapa acabó escribiendo Vila-Matas. Pero la lectura no deja de ser una apasionada reescritura. Y aquí está lo que entonces escribí:

Enrique Vila-Matas ha hecho de su vida toda una estupenda narración que envuelve al lector con su visión desbordante. Su escritura nos precipita en una muy detallada tradición, así como en una perspectiva desde la cual nuestra realidad adquiere verdadera conciencia, tanto en cuanto es interpretada a la luz de la literatura, que la redime y completa. Una luz que ya iluminó con fuerza, por ejemplo, a Cervantes y a don Alonso Quijano que, gracias al mal de Montano -“estar enfermo de literatura”- fueron capaces de soñar y hacernos soñar una esperanza que va mucho más allá de los textos y del tiempo. El entramado de sus páginas es, sobre todo, la síntesis de un cúmulo de lecturas, de un hombre que intenta entender al francés Paul Valéry, al suizo Robert Walser, al estadounidense John Cheever, al portugués Fernando Pessoa y al polaco Witold Gombrowicz. Las citas abundan, como una guía necesaria, como el pentagrama sobre el que se inscribe una melodía que le trasciende e inquieta, como la oportuna ganzúa que le sirve para ir desentrañando paso a paso el misterio de una existencia que no acaba de comprender del todo.

Enrique Vila-Matas ofrece su testimonio, convirtiendo una novela en el mejor ejercicio crítico, filológico y moral que he leído en años. Su argumento no es otro que su propia vocación de escritor. Sus personajes, en cambio, son voces que glosan su propia voz. Los personajes de El mal de Montano somos también cada uno de nosotros, y cada uno el que reescribe, en cierta manera, este diario novelado que se demora en apariencia -sin orden pero con gran concierto- en una profunda reflexión sobre el hecho literario. Y digo en apariencia porque lo que el autor nos transmite, en este ir y venir de la realidad a la ficción y de la ficción a la realidad, es mucho más que excelente literatura, es un código en el que se dibuja el verdadero rostro de nuestra identidad. ¿La literatura nos aparta de la vida? Al concluir la lectura de El mal de Montano uno cree que no, que en realidad la reivindica, la dignifica y la reinterpreta en el impulso que supone su visión.

Carta a Giacomo Leopardi

Querido Giacomo:

Esta tarde me he acordado de ti. Ha sido repentinamente. Como sé que te gustan las minucias, te diré que estaba sentado en el salón-biblioteca, leyendo el periódico. En concreto el artículo de un plumilla bastante espeso, que despotricaba sobre naderías políticas. Puedes imaginar mi abulia para derrochar el tiempo así. Al lado tenía una biografía de Julio César que se me resiste. El libro es bueno, pero tendrá que esperar. Tú sabes de eso. Y, como te digo, me acordé de ti, mi buen Leopardi.

¿Qué tal por Recanati? Sé que te defiendes de la vida parapetado entre todos esos miles de libros, leyendo para no morir de hastío o de falta de cariño. Pero sé también que paseas últimamente tu alma entre las musas de la poesía, y que andas escribiendo esas reflexiones del Zibaldone. Como te conozco bien, procura no ser demasiado pesimista, e intenta no frecuentar en exceso el arrabal de la melancolía. Giacomo, el sufrimiento físico, la incomprensión y la excesiva soledad han marcado tu carácter, y han acentuado tu escepticismo, y tus miedos. Y te comprendo. Porque a veces uno sólo encuentra consuelo en la literatura. Aunque sepamos que no es del todo verdad. ¿O sí?

Y ya no sé si estoy hablando de ti o de mí. Perdóname. El caso es que te recuerdo con frecuencia. El caso es que quisiera salir ahora mismo hacia Recanati para darte un gran abrazo y charlar contigo horas y horas, de lo divino y de lo humano. Pasear juntos por esos campos y colinas, y poder escuchar de tus labios las primicias de algunos versos, mientras contemplamos el cielo, el temblor de los árboles o los ojos de esas jóvenes campesinas. Porque nos conviene pasear a los dos. Esta vida sedentaria es un placer, sí, pero en exceso es insano. Y lo sabes tan bien como yo.

Giacomo, la última vez que paseamos juntos te insistí mucho en que el hombre no es un ser huérfano de felicidad (y te pido disculpas por mi pesadez). Ya sé que no te voy a cambiar, que te empeñas en verlo todo demasiado oscuro; pero fíjate bien, en esa cosmovisión tuya de desamparo existencial, en esa noche, encuentro yo la fisura por donde la luz lucha por abrirse paso. Y esa fisura se manifiesta en tu poesía. Me conmueven estos poemas tuyos. En no pocos parece que hubieras recibido la visita del mismo Dios, o de alguno de sus ángeles. No te rías. Eres más tú que nunca, desprendido de glosas eruditas, oteando esos espacios infinitos que yo leo en tu corazón.

“Los secretos del corazón / son a veces tan profundos / que no se pueden penetrar fácilmente (…)”, has escrito. Y en esos versos que leo, veo la verdad de mi amigo Leopardi. ¡Ay, tu corazón! Tantas veces enamorado, tantas veces traicionado. Tan necesitado de afecto sincero, de esa ternura que aprendo de memoria en tus poemas. Pero no estás solo. Jamás permitiré que lo estés. Mientras viva seguiré leyéndote. Y queriéndote. ¡Qué más da que tú murieras en 1833 y yo naciera en 1963! Es el misterio de la amistad, y de la literatura. Por eso te escribo aquí. Porque estás vivo.

Un muy fuerte abrazo.

jueves, 27 de diciembre de 2007

La mejor novela de 2007

Vida y destino, de Vasili Grossman (Galaxia Gutenberg) es sin duda la novela del año. Incluidas las españolas. A pesar de tratarse en cierta manera de una reedición, pues obra en mi poder la vieja traducción que Seix-Barral hizo del francés. Pero aquí estamos ante una obra nueva, una verdadera revelación que los lectores agradecerán. Traducida directamente del ruso por Marta-Ingrid Rebón, en un español preciso que transmite a las mil maravillas la emoción original.

Vida y destino, como ocurre con todas las grandes obras de la literatura universal, es un compendio de la existencia humana. Una narración de marcado acento épico, la batalla de Stalingrado, en el preludio de su drama, la tragedia de las vidas que se ven inmersas en ella y las consecuencias de tanto horror. Quedan al desnudo los totalitarismos más sanguinarios del siglo XX. El comunismo estalinista y el nazismo hitleriano se nos muestran en toda su crueldad. El mal es aquí un Apocalipsis que tiene su contrapunto en las más variadas y conmovedoras historias que Grossman (1904-1964) nos cuenta en una novela con vocación de plenitud.

En esta novela está la muerte en todas sus variantes; el holocausto, el gulag, la tortura más diabólica, pero también está la redención del amor y la resurrección de la esperanza. Entre sus líneas hay palabras que describen la ternura de una forma tan emotiva que el lector siente la poesía que enhebra a tantas almas buenas atrapadas en el dolor, o el arrepentimiento de otras que no acaban de comprender tanta iniquidad. Confieso que he llorado en algunas páginas. Ese niño perdido, esa madre envenenada por el gas, ese hombre roto… Aquí está toda la humanidad. En algún rincón de esta novela estamos también nosotros.

El corresponsal de guerra que fue Grossman nos ofrece detalles y matices que hace que analicemos con más detenimiento el sentido de las cosas. Que aprendamos a valorar el vigor espiritual del hombre cuando no cede a la esclavitud del mal, o cuando se enfrenta a la muerte, o cuando anhela el vuelo de su más íntima libertad de conciencia. Vida y destino es una reflexión que trasciende el tiempo del siglo XX y el espacio de una parte de Rusia. Su narración se compara a Guerra y paz, de León Tolstoi (Cátedra), o al Doctor Zhivago, de Boris Pasternak (Catedra). Con razón. Incluso al Archipiélago Gulag, de Soljzhenitzin (Tusquets). Desde luego es un testimonio desgarrador del sufrimiento ocasionado por la prostitución del poder. Y a la vez la manifestación de ese otro poder -de mayor fuerza- que reside en el amor.

Las mil y pico páginas de esta novela son una obra maestra literaria porque nos trasciende y nos ayuda a comprender mejor la condición humana y el corazón de la Historia. Una lectura necesaria.
Pd. No puedo dejar de citar otras grandísimas novelas no escritas en español (de éstas me ocuparé próximamente): Europa Central, de William T. Vollmann (Mondadori); Diario de un mal año, de J.M. Coetzee (Mondadori) y El hombre del salto, de Don DeLillo (Seix Barral). Por ejemplo.

El tiempo no pasa


El tiempo no pasa, permanece en mí. Acodado en la mesa se apoya en la conciencia de lo que soy, en el ahora de todo lo que ha sido o ha de venir. El tiempo no pasa, se condensa en la mirada con la que miras el alma de las personas, o la fantasía de sus pensamientos. Te sorprendes acuciado por la belleza que se adentra en tu vida, y tomas asiento para poner en orden las palabras que necesitas. El tiempo no pasa, está aquí, compacto y universal, en la oscuridad de esta fría madrugada.

martes, 25 de diciembre de 2007

Evidencias


La niebla se expande hoy entre una luz que atardece.
Una luz que se encoge por el frío de las sombras.
Los árboles están vacíos de brisa, en quietud
inquietante. La niebla embalsama luz, y el alma
de la tarde, en sobrenatural melancolía.
Apenas veo ya nada de lo que era antes.
El mundo está desapareciendo de tristeza;
y toda esta niebla es el luto de nuestro olvido
de Dios, y de la felicidad de la belleza.
Nada quiero. Sólo el resplandor de nuestros cuerpos
entrelazados al placer de algunos enigmas.
Y esas miradas acuciantes, y aquellos sueños…

En Belén


Acabo de llegar a Belén. Una tierra bastante inhóspita. Es noche cerrada desde hace un buen rato. Me cruzo con algún tipo mal encarado. Pero aparte de eso las callejuelas de este pueblo carecen de vida. Es un mal sitio para perderse. Mi ropa está llena de polvo mezclada con sudor de días y necesito un buen baño. ¿Dónde ir? Miro a mi alrededor. Nada. De pronto una carcajada surge de la oscuridad. Viene de una vieja casa de dos plantas. Me acerco. Sobre la puerta un letrero. Desconozco el lenguaje escrito de estas tierras, pero reconozco el olor a carnero asado.

Llamo a la puerta. Insisto con más fuerza. El golpe seco de un cerrojo y una estrecha franja de luz al abrirse la puerta. Una nariz judía se asoma. Creo que huele mi miedo, y mi hambre, y mi frío. - “Lo siento, pero aquí no cabe nadie más. Y menos si es pagano”. De nada sirve mostrarle unas monedas y apelar a su caridad. La puerta se estrella contra mi pagano rostro. E instintivamente toco la madera -que debe ser de tiempos de Salomón- y apoyo en ella mi frente.

Hay veces que a uno le faltan del todo las fuerzas, que está a punto de desfallecer y de rendirse. Pero en esos momentos de mi vida siempre ocurre algo inesperado, un golpe de fortuna, o la amorosa providencia del buen Dios. El caso es que una mano se posa en mi brazo. Una mano que adivino misericordiosa. Me vuelvo. Es un pastor, un tipo sencillo. - “¿Señor, no tiene donde pasar la noche?”. Ni responder puedo. - “Venga conmigo”. La verdad es que me da igual donde me lleve.

Por el camino me habla de un niño que ha nacido y que es rey. Ni le escucho apenas. Estoy ensimismado mirando el cielo y sus estrellas. Una de ellas me lleva llamando la atención desde hace unas cuantas leguas. Brilla muchísimo más, es más grande que las demás y es como si estuviera en la vertical de este pueblucho de mala muerte. El pastor me observa a su vez, y sonríe. Y me cuenta una historia de ángeles y de ese rey o Mesías. Y de otros reyes que han venido del Oriente.

Le pregunto donde está ese rey que acaba de nacer. Entonces acelera el paso. Salimos de Belén y nos adentramos en las tinieblas. Yo sigo contemplando la estrella. Tanto mirar al cielo hace que tropiece y caiga al suelo un par de veces. O quizá tres. De pronto el pastor me dice: - “Escuche”. Y escucho. Un cántico de voces muy cercanas. Tras una loma se hace la Luz. Es una cueva, con un buen fuego. Distingo a varios personajes. Nos acercamos sin hacer ruido. Se me han olvidado el hambre, el sueño, el frío y el mal humor.

Unos pastores cantan con toda su buena intención. Pero yo sólo miro a un niño en el regazo de su madre. - “Es Dios”, me susurra mi pastor. Me acerco un poco más. Atrevido. Un hombre joven viene hacia mí. – “Bienvenido, me llamo José. Ven al fuego”. Y voy. La madre me sonríe, como si me esperara. Caigo de rodillas ante el fuego. Es como si hubiera llegado a mi casa. La mujer se levanta y pone en mis brazos al niño. - “Soy Miriam. Sostén a mi hijo Jesús un momento, mientras te preparo algo de cenar”. ¿Qué me pasa? ¿Qué ocurre? Mi alma nunca ha sentido un gozo semejante. Mis correrías han encontrado al fin su destino. Sí, aunque todavía no lo entiendo del todo, esta es mi casa, y esta es mi familia. Y me quedé dormido allí, junto al Niño.

lunes, 24 de diciembre de 2007

A pesar del barullo



En las ciudades un flujo constante de personas avanzan por sus calles. Todos llevamos bolsas con regalos espectaculares. Nos abrimos paso como podemos, sumergidos en ese zigzag de vértigo. Todos los comercios están abiertos, y los ojos, que miran sin descanso. Tropiezas, pides perdón, avanzas de nuevo un poco, pierdes de vista a alguno de tus hijos. -¡Allí, allí!”. Y alcanzas con tu mano su abrigo, en un suspiro de cansancio.

Tiendas de cosas imposibles que sabes quedarán apartadas en un rincón del tiempo. Cosas para nada. Ahora, en un aroma de incienso, ves un kit muy completo de esencias zen. Relajación asegurada. Y un jardín japonés de apenas veinte centímetros cuadrados. La paz mental vende bastante. Pero lo que más me llama la atención son la ingente cantidad de libretas. En todos los tamaños y colores. Con las cubiertas repujadas en perlas y sicodélicos adornos. O encuadernadas en ricas telas doradas de organza, o en unas hojas de otoño. Páginas y más páginas en blanco, dispuestas a que alguien confiese en ellas algo de la verdad que lleva dentro. Y tú las imaginas llenas de poemas.

Sales de nuevo a la calle. -“Todavía nos queda…”. Siempre queda algo más. Pero tú te fijas en la sinfonía de colores, en la trepidación de las almas. Sabes que este consumo imparable tendrá su resaca. Cuando nos encontremos a solas con nosotros mismos, los bolsillos llenos de nostalgia, la mirada fija en las burbujas de una copa de cava, y unas tremendas ganas de que todo esto acabe.

El asunto es que Dios ha nacido. Eso es lo que celebramos; aunque parezca mentira, entre tantos renos, papanoeles, espumillón y duendes. Y tal vez te acuerdas de rezar aquella oración que te enseñó tu madre. Y sientes, en esas palabras, el comienzo de una felicidad en la que habías dejado de creer.

No debimos dejar de escribir cartas

Recibí ayer una postal de Miguel D’Ors, en donde me dice “que últimamente estás muy callado (por escrito)”. Y es verdad, tiene razón. Lejos quedan aquellos años en los que escribía dos y tres cartas… al día. En los que mi forma de expresión preferida eran aquellas misivas a los amigos. Afirmación de mi cariño por ellos, desahogo de emociones, indagación intelectual y búsqueda de una forma de decir. Escribía deprisa, apurado por una vida en la que respiraba a base de lecturas.

El mismo Miguel D’Ors me incluyó en un poema, entre sus amigos grafómanos. Y mírenme ahora, casi se me ha olvidado el escribir a mano. No compro sellos ni sobres, y los amigos son una dirección más de correo electrónico. Mensajes cortos y largos silencios. Entre tanto arroba punto algo me he dejado por el camino aquellas cuartillas donde la amistad no paraba de narrar sus más curiosos avatares, y las mil y una glosas de tantos poemas y tantas obras literarias, que era lo que en realidad me importaba. Y no el trabajo en aquella fúnebre oficina.

Libros por doquier, o el amor que hacía brillar aquella tinta tan negra en aquella página femenina. Un amor que recuerdo inspiró a Jaime Siles nada menos que un soneto, “Himno a Venus”, que forma parte de su libro Semáforos, semáforos, de 1990: Amor bajo las jarcias de un velero, / amor en los jardines luminosos, / amor en los andenes peligrosos / y amor en los crepúsculos de enero. Así reza el primer cuarteto. ¡Qué cosas! Y es que las cartas son como una larga enumeración de nuestras vidas. Sucesos que pasean por la acera del alma y que van aflorando a la escritura.

Miguel tiene razón. He dejado de escribir cartas, he dejado de tratar con la habitual intimidad a mis amigos de otras ciudades. Y me arrepiento. Es cierto que ando mal de tiempo; que la familia, el trabajo, la lectura y lo que escribo no dejan apenas resquicio para nada; pero también es cierto que podría hacerlo, que debería hacerlo. Ya Pedro Salinas escribía en su Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar, que las tentaciones son muchas. En definitiva: las excusas. Todo lo que nos parece imposible en la vida es en realidad un elaborado entramado de excusas. ¿O no?

En ese sustancioso ensayo se preguntaba Salinas, y nos preguntaba: ¿Porque ustedes son capaces de imaginarse un mundo sin cartas? ¿Sin buenas almas que escriban cartas, sin otras almas que las lean y las disfruten, sin esas otras almas terceras que las lleven de aquellas a estas, es decir, un mundo sin remitentes, sin destinatarios y sin carteros? ¿Un universo en el que todo se dijera a secas, en fórmulas abreviadas, de prisa y corriendo, sin arte y sin gracia? Él se refería a los telegramas de entonces, pero nuestra lectura de hoy nos habla de los correos electrónicos, de los mensajes en sus más variados soportes tecnológicos. Porque sin darnos cuenta perdemos algo más que una buena costumbre, perdemos la capacidad de hilvanar nuestros pensamientos con cierta solvencia. Y nuestros sentimientos. Vamos perdiendo los matices de nuestra humanidad y educación. Sin darle casi importancia.

El alma necesita expresarse. Necesita de su gramática y de su caligrafía. De su arte. Y la carta es uno de los mejores instrumentos para ello.

domingo, 23 de diciembre de 2007

¡Feliz Navidad!

Para todos ustedes, que me leen, en una suerte de especial privilegio que nunca hubiera soñado. Para todos ustedes, amigos, que gustan de acudir a mi escritorio para compartir algunas historias menudas -o poemas-. Para todos ustedes, que puede que estén cansados de ir y venir sin acabar de encontrar nada de verdadero provecho. Para todos ustedes, que buscan el alma y la altura de la vida, en la dimensión más exacta de la felicidad. Para todos ustedes, amigos, que regresan a casa cada día pensando en la mirada de sus hijos, o en un beso sin prisas. Para todos ustedes, que se asoman conmigo a la hermosura que florece en mi terraza. Para todos ustedes, cuando sin saberlo escriben versos en el embeleso del abrazo de la noche. Para todos ustedes, amigos, que van descubriendo que a veces el amor duele, y que el dolor ama. Para todos ustedes, amantes de la literatura y de los libros, de esa lectura que se inclina sobre las páginas y toma posesión del silencio. Para todos ustedes, queridos amigos, cuando abren por la mañana muy despacio las palabras y escuchan en la brisa la presencia de Dios, que acaba de crear el mundo.

A todos les deseo una muy feliz Navidad, y un 2008 en el que el tiempo nos desvele lo infinito. Sin tapujos.

Ensimismado...



En mi biblioteca. Y en su centro una mesa. Dentro de ella almireces, el mar en el interior de unas caracolas, pequeños juguetes del XIX (de cuando Galdós era niño), un libro encuadernado en nácar, pulidas piedras de color lapislázuli, las llaves de nuestro primer coche, búhos, una máscara del rostro de Jaime con once años, abrecartas de cinco continentes, el mechero con el que se encendían los ojos de mi abuelo, un cenicero de plastilina, un plato de porcelana inglesa en donde Jane Austen debía de comer el puding, fósiles, un trozo de madera labrada que perteneció a una puerta de algún hogar de China… Cosas hechas de tiempo. Teselas del misterio en el que pienso. Y sobre el cristal de la mesa el reflejo de un sueño y la belleza de Audrey Hepburn, que me mira.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Los viejos atlas


Cada libro
es un atlas
donde buscas
la memoria
más precisa
de tus sueños.

"Cerca de la Montaña Kumgang", de Antonio Colinas

Nos quejamos de todo. Estos días de que llueve, o de que hace frío. Y pensaba… Pensaba que donde más llueve y donde más frío hace no es en la calle. Más bien es en el corazón de muchas personas, inmersas en su particular sufrimiento. Y escribo esto a sabiendas de que habrá alguien que me llame cursi o similar. ¿Les digo la verdad? Me da absolutamente igual lo que piensen o digan. Yo observo las miradas, y escribo lo que veo. Y lo que veo son almas que tiritan de miedo, o de tedio. Otra cosa es que lo disimulen con dinero, o con vanidad, o con fútbol, o con gastronomía, o...

El cambio climático no es nada en comparación con el agujero negro que engulle la esperanza. El cambio más dramático que afecta al mundo no es metereológico, es de cariz espiritual. Ese vacío que absorbe a las almas en un estado de creciente amargura o tristeza. ¿Pesimista? A mí la gente me lo dice. O me lo escribe. Se ven incapaces de hacerse con un poco de felicidad. Es un sinsabor continuo, algo que no les permite vivir en paz. ¡Cuántas veces comenzamos hablando de literatura y terminamos hablando de esta carencia!

Y he comenzado a escribir estas líneas inspirado por la lectura de Cerca de la Montaña Kumgang (Amarú ediciones), el último libro de Antonio Colinas (1946). Un libro que en realidad son dos libros, aunque los dos tienen una unidad esencial entre vida y obra, en esa armonía tan característica en los textos del poeta de La Bañeza (León). La primera parte -que da título al libro- es un diario de viaje por las dos Coreas, a la vez que una serie de reflexiones y apuntes que van interiorizando lo contemplado, lo leído (en poetas coreanos), lo vivido… Como nexo siempre la poesía, “La sed de quien desea eterna plenitud”. Y la ineptitud de las ideologías, y esa búsqueda del centro del alma donde está Dios. "El centro del centro".

La prosa de Antonio Colinas es verdaderamente poética. Sin desperdicio alguno. Su musicalidad, su cadencia, su ritmo, lleva al lector a un disfrute, a un conocimiento muy especial, en una ascesis del lenguaje que va depurándose en el silencio, en el temblor del viento, en esa luz que otorga vida. Y en este libro esto tiene su culminación en la segunda parte: Geometrías del fuego. ¿Poemas en prosa? Poemas, y ya está. Es más: un único poema de amor que se abre en un abanico de 16 movimientos. Un poema donde el cuerpo de la amada se precipita en una canción, en una continua presencia. Otra vez esa aspiración hacia la unidad. Vida y obra. Lenguaje y silencio. Cuerpo y alma. Masculino y femenino... En definitiva: amor.

Geometrías del fuego es un libro que se incorpora a su poesía, más belleza que acrecienta el caudal de El río de sombra (Visor), donde podemos encontrar toda su obra poética. Cerca de la Montaña Kumgang está más cerca de títulos como Tratado de armonía o Nuevo tratado de armonía (los dos en Tusquets). Libros donde la sensibilidad del autor nos ayuda a ir descubriendo en nuestro entorno el rostro de la Luz.

Cualquiera de estos libros serán un maravilloso presente en estos días tan entrañables, donde todos de algún modo, queremos recomenzar y aprender a contemplar.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Hemos perdido la capacidad de asombro

Vivimos en un estado tan superficial de vida que no somos conscientes ni de nuestro respirar. Damos por supuesto que esta vida puede ser vivida de la forma que más se acomode a nuestra endeble voluntad. Vivimos de apetencias, de impulsos que duran lo que dura el capricho de turno o el humo de un cigarrillo. Ensimismados en el yo egoísta, no vemos lo mejor de los demás. Y con el tiempo nuestra capacidad de asombro se difumina en el olvido de lo que verdaderamente importa: el amor. La vida es un constante enamoramiento o no es. Un darse, en un progresivo descubrimiento de las maravillas que nos rodean. Pero nuestras almas están aturdidas de comodidad, saturadas de cosas, de avaricia y soberbia, de impureza y deslealtad. Y hemos llegado al punto en el que somos incapaces de demorarnos en el asombro de una inteligencia coherente, o de una sensibilidad que vaya un poco más allá de las compras de Navidad.

Sí, el asombro de una rosa, o de la lluvia. El asombro de un buen libro o poema. El asombro -siempre nuevo- de los besos de nuestra mujer, o de esa mirada que nos desnuda del yo el alma. El asombro de la belleza de un cuadro de Isabel Guerra, o de esa luz que incide en el agua. El asombro de la honradez y del estudio. Nos hablan de cultura por mil sitios, en una constante propaganda mercantil y política. Es una cultura del entretenimiento, sin más. De pasar los ratos de nuestras vidas en una afasia espiritual que nos impide darnos cuenta de la plenitud trascendente del hombre. Esa plenitud que sobre todo se manifiesta, insisto, en el amor por los demás.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Lo que nadie sabe de los Reyes Magos


Para Jaime, Cristina y Juan



Casi nadie sabe que los tres Reyes Magos además de gobernar sus territorios de Oriente, y de ser grandes sabios en astronomía, en botánica, en matemáticas y en medicina -entre otras materias-, eran muy aficionados a la literatura, a recoger historias y leyendas, e incluso a componer ellos mismos cuentos y poemas. Sí señores, Melchor, Gaspar y Baltasar eran poetas. Lo cual no es de extrañar, dada su afición a pasar horas y horas contemplando la inmensidad del cielo y a calibrar el alma de los hombres.

Lo que casi nadie sabe es que los tres ya se conocían antes del asunto de la gran estrella. Aquella que descubrieron casi al mismo tiempo y que les llevaría ante la presencia de la eternidad: Dios hecho niño. El caso es que se conocían por asuntos de libros, de los pergaminos y rollos de entonces. Poseían tres de las mejores bibliotecas de aquella época. Era tal su pasión que llegó un momento en que dejaron de lado a intermediarios y mensajeros, e incluso a los siempre beneficiosos espías. Y comenzaron a cartearse entre ellos.

Al principio, el asunto de dichas epístolas era de naturaleza exclusivamente bibliófila. Se intercambiaban libros raros, se informaban sobre la posible localización de una traducción árabe de la Metafísica de Aristóteles en una casa de apuestas de Roma, o de cualquier tema similar. Todo lo que pudiera ser susceptible de lectura les interesaba sobremanera. Y entre carta y carta, disposición y disposición, escribían algunos poemas.

Gaspar era un hombre de extremada sensibilidad y le daba más por lo lírico. Su cántico causaba una gran emoción en quien le leía o escuchaba, y se centraba mucho en la naturaleza, en la belleza de la luz cuando jugaba al escondite con las cosas. Melchor y Baltasar le admiraban. Gracias a su poesía ese intercambio epistolar fue haciéndose más íntimo, se fue llenando de confidencias y ahondamientos. Se contaban sus anhelos más profundos, sus deseos más rotundos. Eran ya amigos.

Por eso, poco a poco fueron interesándose más en la religión, en la existencia de Dios, en la necesidad que el hombre tiene de ser feliz, de buscar la plenitud de su ser. Cada vez hablaban más del alma… Pero el mal acechaba las fronteras de sus reinos y el corazón de sus habitantes. Baltasar era el más piadoso de los tres. Estudiaba las religiones y ninguna le satisfacía del todo. Pero rezaba. Y lo hacía con frecuencia sirviéndose de los poemas de su amigo Gaspar o de otros poetas. Poetas persas, babilonios, hebreos, indios, griegos, romanos, egipcios… Cada verso lo leía y releía, era un grito de amor que lanzaba al cielo.

Y en ese cielo fue donde un día vio Baltasar la gran estrella. Grande, hermosa como ninguna otra. Tomó el cálamo en su mano y con gran urgencia escribió a sus amigos Gaspar y Melchor. Después de unas semanas en idas y venidas de correos veteranos montados en briosos corceles, decidieron reunirse. Y fue así como comenzó la gran aventura de sus vidas. Se sintieron llamados por algo que trascendía sus reinos, su sabiduría, sus pergaminos… Melchor era el más erudito en astronomía, pero también en la cultura del pueblo judío. Había estudiado detenidamente la Torá, por lo visto un conjunto de libros de inspiración divina, compuesto en su cuerpo central por cinco supuestamente escritos por un tal Moisés. Había también libros de otros profetas menores, y otros más, donde destacaba el de los Salmos, escritos por el rey David. En algún lugar de esa obra judía se hablaba de un Mesías que redimiría al mundo de toda maldad y pecado.

Aquel viaje fue increíble. ¡Dios entre los hombres! Y todas las conversaciones convergían en ese niño que iba a nacer. Los tres Reyes Magos fueron los primeros apóstoles de Jesús de Nazareth. Recorrieron sus propios reinos, y otros más, hablando, escribiendo y cantando sobre ese niño. Eran portadores de la esperanza, de una fe recién nacida. Mientras Gaspar no dejaba de componer poemas... El último que quedó con vida fue Baltasar. Reunió todas las cartas que se habían escrito entre ellos, y los miles de versos de Gaspar, y los libros sobre astronomía de Melchor. Y se pasaba los días rezando poesía y leyendo los Salmos judíos a la luz de la mirada de Jesús.

Vivió tantos años que supo de su muerte en una cruz. Comprendió. Y escribió una larga epístola al prefecto de Roma en Palestina. Nadie sabe lo que llego a decirle. Dentro de esa carta había otra más. Al prefecto le rogaba le fuera entregada a Miriam, la madre del ajusticiado. Y se dispuso a bien morir. El alma se le escapaba por todos los poros de su piel. Deseaba unirse a aquel Dios niño al que una vez acarició y besó. Y en su agonía lo vio ante él. “Baltasar, soy yo, Jesús”, le dijo, “he resucitado y vengo a buscarte”. Melchor y Gaspar a su lado, glorificados. Los que estaban a su alrededor vieron como sus ojos lloraban, y como un resplandor milagroso envolvía su cuerpo.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Mi amigo Antonio Díaz ha muerto


Ha muerto en Granada. Rodeado de su familia. Con el cielo abierto de par en par. Ha muerto Antonio… Pero eso es imposible, no me lo creo. ¿Morir tú, un hombre que vive del alma? ¿Morir tú, poeta? Que no, que no me lo creo... Y aquí es cuando me paro un tiempo postrado ante las palabras. Porque no sé que decir Antonio. No sé que decirte. Y el silencio sin querer reza… Y escribo puntos suspensivos como quien llora lágrimas negras… Antonio, amigo, poeta, mago. Me has pillado de improviso, sin tiempo para hacerme a la idea de que a partir de ahora tu presencia es de otra manera.

Antonio, no nos dejes de tu mano. De esa mano que escribía la magia del mundo. De esa mano que acariciaba la alegría de tus nietos o las rosas del Generalife. Y ahora que ya has visto el rostro de Dios, haz el favor de no abandonar la poesía. Por los que te queremos. Para que podamos sentir en la brisa la eterna melodía que escuchas, o leer en la luz el reflejo de tu dicha. Mientras paseamos por el Sacromonte o el Albaycín, o por la Carrera del Darro…

Ya estoy menos triste. Me consuela tu felicidad. Saber que estás muy vivo y que ves lo invisible. Y que nos ayudarás en lo que nos parece imposible, en este largo esfuerzo que es la vida.

Antonio, sin ti, ¡qué vacía se queda Granada! Y yo me quedo aquí, contigo, sin palabras. En un abrazo.

Los mejores libros infantiles y juveniles de 2007

La literatura de los más jóvenes está conociendo un auge sorprendente. Y no se trata de algo meramente circunstancial o de mercado. Se trata de libros de calidad, de colecciones exquisitas, de autores memorables. Los ejemplos se multiplican en nuestras estanterías. Y no sólo los leen niños y adolescentes. Los adultos nos hemos convertido en lectores habituales de este tipo de literatura. No es que nos estemos infantilizando, es que sencillamente apreciamos un buen libro allá donde esté. Sin ningún desdoro o prejuicio bobo.

Hay que reconocer que desde que apareció en 1997 Harry Potter y la piedra filosofal, de J.K. Rowling (editado en español por Salamandra) el fenómeno de la literatura juvenil entró en una dimensión distinta. Te encontrabas -y te encuentras- chavales leyendo en cualquier lugar los libros de la serie, prefiriendo la lectura a cualquier juego. (Yo he sido testigo con mis hijos). Fue un impulso indudable. Por otra parte, y mucho antes, un escritor llamado J.R.R. Tolkien -literariamente a años luz de los demás- había construido los cimientos y desarrollado las coordenadas de unos mundos que han influido en una gran parte de la literatura juvenil, y de fantasía, posterior a él. Yo no tengo ninguna duda de que El Señor de los Anillos (Minotauro) es una obra maestra de la literatura universal.

¿Y qué decir de la excelencia que atesora C.S. Lewis y Las Crónicas de Narnia (Destino)? Leer El león, la bruja y el armario -que es el segundo volumen de dichas Crónicas- es adentrarse en una espectacular alegoría del alma del mundo, de nuestro mundo actual. La fantasía como acción redentora de nuestra gélida esperanza, de la insatisfacción del hombre. Aslan es trasunto del León de Judá. Las profecías hablan... Y la magia de la escritura nos entretiene, pero también nos hace reflexionar.

¡Son tantos los buenos libros! No puedo dejar de pensar en la colección del Barco de Vapor (SM) o en la de El duende verde (Anaya), con tantos títulos excelentes. O en El castillo encantado, de E. Nesbit (traducido por Anne-Hélène Suárez para Alba Editorial). O en la trilogía de las Memorias de Idhún, de Laura Gallego. O el precioso libro que es Corazón de tinta, de la autora alemana Cornelia Funke (traducido por Rosa Pilar Blanco y editado por Siruela), así como su continuación Sangre de tinta. Y esperando estoy la próxima aparición de Muerte de tinta, que hace muy poco apareció en Alemania. Pero vayamos con los libros de este año.

Es difícil elegir un solo libro entre tanta maravilla. Para mejor libro infantil tengo cinco aspirantes (siempre hablo de libros que he leído). Los cinco son algo muy especial, y se los aconsejo de principio a fin. Son: El viaje de los Reyes Magos, de Federico Fernández de Buján, con ilustraciones de Juan F. García Espínola (Libros Libres); Abecedario de arte, un paseo por el Museo Thissen, de Carlos Reviejo y Ana Moreno Reborditos (SM); A las buenas y a las malas, antología de cuentos adaptados por Teresa Durán (Anaya); Pinocho, de Carlo Collodi, ilustrado por Mattotti y traducido por Armanda Rodríguez Fierro (Valdemar); y Regreso al Reino de la Fantasía, de Geronimo Stilton, en traducción de Manuel Manzano (Destino). Y la verdad, me quedo con A las buenas y a las malas. Teresa Durán ha llevado a cabo en ese libro un trabajo de lo más perspicaz. Un recorrido por culturas distintas y autores distintos. Desde Gutierre de Cetina a J.M. Barrie, pasando por Lope de Vega o Arthur Conan Doyle. La edición es un continuo regocijo. Sus hijos lo agradecerán. Como todos ustedes.

Para chavales a partir de 12 años o entrados ya en alocada adolescencia, he recogido siete títulos. Personalmente son los siete que más me han gustado, aunque la cuestión del gusto… ya saben. Son los siguientes: Cuentos completos (1826-1828), de Wilhelm Hauff (Siruela, en traducción de Juan José del Solar y de Antón Dieterich); la tercera entrega de “La llave del tiempo”, que es La ciudad infinita, de Ana Alonso y Javier Pelegrín (Anaya); la segunda entrega de “El Ejército Negro”, que es El Reino de la oscuridad, de Santiago García-Clairac (SM); el tremendo éxito que está siendo El niño con el pijama de rayas, de John Boyne (traducido por Gemma Rovira para Salamandra); Cuentos populares rusos, de A.N. Afanásiev (traducción de Isabel Vicente para Anaya); Los hijos de Húrin, libro que Tolkien dejó en apuntes y que su hijo Christopher ha resuelto con gran acierto (Minotauro); y por último el muy original Skulduggery Pleasant, un detective para morirse, de Derek Landy (traducción de Xohana Bastida y editado en SM).

Bueno, aunque la decisión es complicada, pienso que el mejor libro juvenil de 2007 es El Ejército Negro, El Reino de la oscuridad, de Santiago García-Clairac, (SM), por su muy personal interpretación del valor de la literatura y de la lectura -de la vida misma- a la luz de la fantasía. Ya he hablado otras veces de él, pero es que creo que es un libro ejemplar. Y mis hijos mayores han votado en el mismo sentido.


Y ahora elijan ustedes su favorito y lean con sus vástagos en Navidad. Es una muy buena oportunidad para adquirir o consolidar todavía más el necesario hábito de la lectura.

martes, 18 de diciembre de 2007

Te deseo


Me amas más, estoy seguro, pero yo te deseo
todo lo mejor y más amable, lo más dulce
y lo más tierno. Te deseo
esa felicidad que tan pocos hallan en sus vidas. Te deseo
cualquier detalle que pueda hacerte sonreír de belleza. Te deseo
una piel más fina para descifrar los sueños. Te deseo
el amor que yo miro en el interior de las palabras…

Posible inicio de un relato

I

Un viaje. Pongamos que a Atenas. Tienes que salir ahora mismo. Vía Madrid. No, no has ganado ningún concurso ni es una estúpida broma. El coche te espera a la puerta de tu trabajo. Te llevará a la estación de tren. ¡Venga, levántate! Tu familia está avisada. Saben que un asunto urgente te reclama a orillas del mar que surcaba Odiseo, rey de Ítaca, o el poeta Giorgos Seferis, natural de Esmirna. Deja tus libros a un lado. Te basta la luz que guiará tu viaje. Olvida los vértigos y los miedos. Y tu equipaje será la memoria. Basta y sobra. Ahora tomas el coche, y luego el tren, y más tarde el avión. Sobrevolarás ciudades y el resplandor de los delfines, peligrosos bajíos y playas donde desembarcaba la tempestad de los ejércitos de Roma. No apartes el alma de la ventanilla. Contempla sin cesar el rostro de las nubes e, insisto, no temas. Creerás que vas sólo, pero no lo estás. Nadie lo está cuando viaja hacia Oriente.

Ya has llegado a suelo griego. ¿Ves? No te ponen obstáculos. Al salir del aeropuerto toma un taxi que te lleve al centro de la ciudad. No te entretengas en las ruinas de los siglos ni en el rumor de las palabras. Luego te subes al tranvía que va hacia El Pireo, y una vez allí buscas una vieja barcaza que se llame Anémona. Está un poco destartalada pero servirá para que llegues a la isla Ikaria. Te preguntas qué te espera allí mientras sientes la respiración del mar bajo tus pies. (Respiración es precisamente el significado de Anémona). Respiras la brisa azul, el cielo azul, y el azul de cada ola. Hasta tu pensamiento es azul, salpicado de tanta belleza. Hace unas horas estabas entre papeles, en una habitación mínima, enclaustrado en la rutina, y ahora todo a tu alrededor es horizonte. Todo en tu interior es horizonte. La mirada no basta para abarcarlo todo. Por eso cierras los ojos, surcando así el piélago de una felicidad que no conocías.

Atardece. La luz se transforma en algo que debe ser sinónimo de Dios. Como poco. Es un cinemascope sobrenatural, lleno de matices incandescentes que flotan en el agua. La verdad es que no quisieras llegar a Ikaria. Estás mejor aquí, en el movimiento de esta frágil barcaza. Parece como si el mar respirara y el alma se expandiera en un conocimiento inefable. Los labios te saben a sal, como en las playas de tu infancia. ¿Será un sueño todo este viaje? ¿Será un exceso de literatura? Pero ese resplandor es real. Como lo es esta música de agua, que diría tu amigo Siles. Quisieras escribir, plasmar en tinta algunos de esos líquidos destellos. Pero nada tienes. Nada. O quizá lo tengas todo, en esta soledad marina. Ya es de noche. Las sombras y la luna. Y la fosforescente espuma. Y las estrellas.

De pronto la Anémona reduce su marcha. En su senescente traqueteo se acerca a unas luces. Un cabo surge de la oscuridad y se van perfilando unas figuras, y un embarcadero. Y un poco más allá un edificio blanco. Todavía no sabes que vas a vivir allí durante unos meses. Te descalzas y pisas la arena. Unos hombres, apenas vestidos de luna, te indican el camino hacia la casa.

lunes, 17 de diciembre de 2007

El mejor libro del año 2007

En mi opinión el libro más sobresaliente del 2007 en español son las Obras Completas de Pedro Salinas (Cátedra, Biblioteca Aurea) en tres volúmenes. En el primero se recoge su poesía, su narrativa y su teatro. En el segundo sus ensayos. Y en el tercero su Epistolario. Es una obra imprescindible. Su edición es un hecho cultural que hay que destacar. Ahí tienen a uno de los más grandes poetas europeos del siglo XX; a un ensayista clarividente y atinado, con una prosa sin tacha; y a uno de los mejores escritores de cartas que yo he leído. Sin ninguna duda.

El alma de todo este proyecto ha sido Emilio Pascual, al que todos los lectores deberíamos darle las gracias porque, además de lo estrictamente literario, ha logrado reducir costes hasta conseguir, sin merma ninguna de la edición, un precio increíble. Lo cual es digno de tener muy en cuenta, porque a nadie le sobra el dinero.

Gracias también a Jaime Salinas, y a Enric Bou, y a Montserrat Escartín Gual, y al profesor Andrés Soria Olmedo. Y a María Lacalle, que desde su departamento de Prensa en Cátedra, nos ha hecho vibrar a todos. Es un trabajo magnífico, de verdad. Por eso no tengo empacho ninguno en decir que es el libro del año 2007. Y la mejor manera de celebrarlo es comprar estos tres volúmenes. Y leerlos a conciencia.

Y como complemento ideal les aconsejaría leer la biografía escrita por Jean Cross Newman, Pedro Salinas y su circunstancia (Páginas de Espuma). Aunque seguimos a la espera de una biografía más definitiva.

domingo, 16 de diciembre de 2007

La magia del poeta



Para Antonio Díaz, poeta y mago


Un buen poeta siempre tiene magia. Pero no una magia cualquiera. Es algo distinto y su alma sostiene en pie la mirada del que lee. O resucita los colores para el que sólo respira en blanco y negro. Palabra a palabra crea un ritmo, y en ese ritmo un sentido, y en ese sentido el significado más íntimo del misterio que nos habita. Palabra a palabra saca del silencio eso, su alma, y la pone boca arriba, contemplando la altura. Y el poema se hace luz. Eran sólo palabras y ahora es su vida.

Antonio, amigo mío, poeta y mago de Granada. Ahora, en tu enfermedad, puede parecerte que eres menos mago, o que la poesía apenas era mera distracción verbal. Pues yo te digo que es todo lo contrario. Hoy eres más poeta que nunca. Hoy te necesitamos más que nunca. Porque tu corazón acaricia en tus manos el amor de tu familia y porque puedes crear belleza con lo que piensas. Amor y belleza. En ese dolor que estremece tu cuerpo y tu memoria germina la eternidad del poema, o ese aroma único de la infancia.

Antonio, en tu amor está tu magia. Y tu alegría, y la luz del cielo, y el deseo de vivir, y la literatura. Piensa una palabra. Sólo una. Puedo darte algunas ideas. Madrugada, estrella, claridad, cumpleaños, diván, leyenda, esperanza… Bueno, piensa la que quieras. ¿Ya? Ahora deletrea tus sueños en ella. Sin prisa. Y aparta de ella la tristeza o esa inoportuna melancolía. Sueña en esa palabra la naturaleza de Dios, o el cabello de tu mujer o la historia del mar. Poco a poco se abrirá paso la perspectiva de una sonrisa. Y una felicidad enorme trascenderá tu cuerpo herido, y tu habitación, y tu ciudad, y tu destino.

Antonio, dame tu mano. Me dicen que no ves, pero tu visión es tu vocación de poeta, esa magia que has ido derramando a lo largo de tu vida sobre los demás. Esa nitidez con la que contemplas todavía la caída de la nieve, o la espuma iridiscente de las olas, o la traviesa mirada de tus nietos. Me dicen que no hablas, pero son muchos los que aún escuchamos el eco de tu alma, y leemos tu bondad y tus libros. La poesía, amigo mío, es la ternura de Dios para con nosotros. La poesía es su presencia. Es saber descubrir esa maravilla en la calle, en el trabajo o en la enfermedad. Entre estas sábanas tibias que ahora arropan tu silencio.

Nadie puede vencer tus sueños Antonio. Ni nada. Pon en pie las palabras más bellas que recuerdes, o las más cotidianas. Ellas serán tu impulso. Ellas construirán el poema más perfecto y la oración más hermosa. Y se obrará el milagro.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Retornelo


Para Jaime Siles


Hay palabras que siempre vuelven
no se sabe bien el por qué.

Vuelven una vez y otra vez
en prosa o verso, en el vaivén

de una vida que quiere ser
la misma vuelta del revés.

Alma, cuerpo, caricia, fe,
son algunas, las puedes ver

escritas en los besos de
un hombre que bebe tu sed,

que te quiere y quiere volver
contigo a la entraña del ser.

Hay palabras que siempre vuelven
no se sabe bien el por qué.

viernes, 14 de diciembre de 2007

San Juan de la Cruz, patrono de los poetas

Hoy es San Juan de la Cruz, patrono de los poetas. Parece obligado decir algo. ¿Sobre el mismo San Juan? ¿Sobre la poesía? ¿Sobre otros poetas? En primer lugar felicidades a todos. Y no sólo a aquellos que escriben con precisión sus versos. También quiero hacer extensiva esta felicitación a tantos escritores -y no escritores- con alma de poetas. Es decir, gente que percibe el rumor de la belleza, o gente que aguza los sentidos para trascender la apariencia. Personas que anhelan expresar con palabras o con un abrazo el ser de las cosas. Ese reflejo súbito en el espejo, el atardecer en el color de una naranja o el ritmo pendular de esas piernas. Personas que ven lo invisible en la zozobra del dolor, o cuando cierran los ojos durante un beso. O mientras cuidan a sus hijos, o hacen la comida, o toman un café con los amigos.

Y a propósito de San Juan de la Cruz recuerdo ahora un libro y un poema. Un libro excelente de José Jiménez Lozano: El mudejarillo (Anthropos, 1992), en el que el autor hace su particular recorrido por la vida del místico y su entorno, en una prosa de tono lírico que sobrecoge precisamente por su sencillez y su identificación con la humildad y serenidad del santo. Un librito que releo muy a gusto siempre que puedo.

Y el poema que recuerdo pertenece al Libro de la mansedumbre (Tusquets, 1997), de Antonio Colinas. Se titula “Juan de la Cruz sestea en el pinar de Almorox”, y tiene la particularidad de que me está dedicado. Pero eso es lo de menos. Concluye así: (…) Para encontrar la senda extraviada / se adentrarán sus ojos en lo oscuro / como en maraña de espinos.

Tal vez una buena forma de celebrar este día sería leer algunos versos del poeta de Fontiveros. Por ejemplo su Cántico, que principia así: ¿Adónde te escondiste, / Amado, y me dejaste con gemido? / Como el ciervo huiste / habiéndome herido; / salí tras ti clamando y eras ido. O comprar -y leer- El río de sombra. Treinta y cinco años de poesía, 1967-2002, (Visor Libros, 2004), de Antonio Colinas.

De libros más recientes quiero volver a sugerir la madurez poética de José Carlos Llop en La avenida de la luz (Lumen). Una poesía donde el paso del tiempo y la muerte tienen su elegía, y el amor a los seres queridos su requiebro. Dentro de un culturalismo nada pedante ni frío; es más, necesario. Fundido a su propia vida. A nuestra vida. Un gran libro de un gran poeta que, además, escribe una prosa digna de mención. Pero de una de sus novelas que llevo entre manos ya hablaré aquí otro día.

Un poeta que descubrí gracias a los buenos oficios de Jaime Siles es Yves Bonnefoy (Tours, 1923). Un poeta extremadamente culto (estudió Matemáticas y Filosofía), un poeta en el que la cultura y el rigor del pensamiento son el cauce por el que discurre el caudal inmenso de la existencia humana. Sus versos analizan la metafísica de lo visible en un lenguaje que sugiere, en su tonalidad, algunas certidumbres. El poeta traduce la vida, la rumia, la regenera. Para que en esos versos resuene lo absoluto. Y nada mejor para introducirse en la poesía de Bonnefoy que hacerse con Tarea de esperanza. Antología poética (Pre-textos), en la gran traducción de Arturo Carrera.

Por último quiero hacer mención de Pulir huesos. Veintitrés poetas latinoamericanos (Cículo de Lectores/Galaxia Gutenberg). Una muy sugerente muestra de poetas nacidos entre 1950 y 1965, en edición de Eduardo Milán, que certifica la gran calidad y pujanza de la poesía latinoamericana.

La vida, más o menos


Se afianza el frío en las manos mientras escribes. Y el dolor de cabeza hace que tus ojos aprieten sus párpados hasta las lágrimas. Apoyas tu frente en el cristal de la ventana, y luego las sienes, intentando encontrar algún alivio. Las batas de los niños duermen lánguidas en sus perchas. Observo el polvo de la terraza y el sol en la fachada de las casas. Cada vez hay más sombra, y más tristeza. Y las ramas están con menos hojas. Se van encendiendo algunas luces tras las cortinas. Estudiantes, un matrimonio que gesticula y una chica colocándose bien la falda. Bueno, pues esto es más o menos la vida. El frío, el dolor, las lágrimas, la familia, la luz, la falda… Eso, y el belén, y una mazurca muy suave de Chopin, y la fiebre de mi mujer que duerme en el sofá. Y estos libros que ahora no tengo ganas de leer.

jueves, 13 de diciembre de 2007

No me olvido



Para Fernando y Raúl, in memoriam

Han pasado los días. Dos jóvenes guardias civiles asesinados por la única inquisición que hoy nos queda en España: la nacionalista. (La islamista es foránea, aunque nos afecte). Un nacionalismo que enfermó de megalomanías y concibió en su seno el cáncer terrorista. En un terrorismo ciego y analfabeto que ejecuta por sobrevivir a su propia desesperanza. Porque ellos saben que no tienen esperanza. Por más que se revistan de hábitos gudaris o salgan al escenario de su particular infierno y griten cuatro soflamas. Matan porque hace mucho tiempo que se les olvidó pensar. Matan porque hace mucho tiempo que no saben hacer otra cosa que trapichear con el odio. Mirad sus caras. El mal les consume a ojos vista, les arruga el corazón y la mirada. Es la fealdad del condenado a no ser nada de por vida.

Matan cuando en realidad ellos son los muertos. Miradles enroscados en su serpiente. Están poseídos por los demonios y por la fantasía. Están condenados a la hechicería ideológica más primitiva. Deambulan en una actitud tribal, inmolando el sacrificio ritual de su perversión moral. Y la sangre sigue derramándose, incontinente, silenciosamente... Hablan de nacionalismo, de independencia. Cuando sólo se trata de una mitología travestida en secta. Para ellos y para los que les apoyan desde su más que culpable mudez, o chivatazo, o malformación política (o cualquier otro tipo de posibilismo) sólo tengo mi desprecio.

Dos guardias civiles asesinados. Fernando Trapero, 24 años. Raúl Centeno, 23 años. Parece que la costumbre o el paso del tiempo relaja un tanto el diapasón del alma. Otros muertos. Otra cosa. Otra noticia. No nos equivoquemos. Porque ocurrió. Fernando y Raúl siguen vivos en el cariño y el agradecimiento de todos. Para ellos mi respeto y mi oración. Sus asesinos sin embargo murieron el día que entraron en ETA a jugar a la estrategia con Satanás. Y su peor maldición es saber que hagan lo que hagan hieden a mierda. A esa mierda que destilan los cobardes y los zombis.

Nocturno


Toda la belleza es curva.
Nos lo demuestra la luna
con su mirada desnuda.
O basta con tu cintura
blanca en esta luz nocturna.
Toda la belleza es curva.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Cosas varias

Sí, insisto en la literatura de Alejandra Pizarnik. Como insisto en la literatura de Pedro Salinas, de Jane Kenyon, de Jaime Siles, de Claudio Magris, de Adam Zagajewski, de Enrique Vila-Matas, de Antonio Colinas, de Elias Canetti, de Miguel de Unamuno, de Ciril Connolly, de Joseph Brodsky, de Miguel D'Ors, de Léon Bloy, de Thomas Stearns Eliot, de Claudio Rodríguez... Y de tantos más.

Con respecto a Alejandra Pizarnik aquí sólo he hablado de sus Diarios. Pero aprecio mucho alguno de sus relatos y todavía más su poesía, con esa intimidad tan rota -"frases desolladas"-, tan tímida y ardiente, que tanto me recuerda a Paul Celan. (Lo recuerdo: toda su obra está editada en Lumen).

* * *

Y me escribe un buen escritor, el artífice de El Ejército Negro (SM). Lo transcribo aquí porque sinceramente creo que su trilogía permanecerá, porque nos trasciende en la grandeza de la literatura. Su libro es un homenaje a la escritura y a todos los lectores. Dice:

"Hola, soy Santiago García-Clairac. Acabo de leer la reseña que Guillermo ha hecho sobre Ejército Negro 2 y creo que debo darle las gracias por sus elogiosas palabras. Como gran periodista que es, me hizo una extraordinaria entrevista el año pasado, sabe prestar atención a los detalles, que de eso están hechos los libros. Pero ahora se supera con el análisis de "El Reino de la Oscuridad". Así que, ahí va mi agradadecimiento y mi afecto. Saludos, amigo".

* * *

Fe de lectura. Un pedigrí, de Patrick Modiano (Anagrama). Es una de esas pequeñas joyas literarias con las que uno se topa de cuando en cuando. Una autobiografía de sus primeros años de vida. Infancia, adolescencia y primera madurez. Años de formación del carácter, de expansión de los sentimientos y aficiones y lecturas, de curiosidad por la tragedia de la guerra y postguerra, y los personajes que bullen a su alrededor. Un libro escrito con desgarro, donde la memoria enhebra la intimidad del tiempo, y su sufrimiento, en una prosa admirable.



martes, 11 de diciembre de 2007

Evocaciones


Pasan los años: yo sólo lo recuerdo
JOSÉ CARLOS LLOP


Añoro muchas cosas. Para empezar el jardín de Velintonia, 3 de Vicente Aleixandre, o las vías del tren donde ponía aquellas monedas. O cuando estaba en la compañía de el Empecinado, de escondite en escondite, y cabalgábamos de noche. Y aquellas pipas con sal en las que se pasaban los veranos. Añoro la primera vez del mar y la primera lectura de Salgari. Las navidades en las que estábamos todos, o el asalto a la fortaleza de Le Muy, en el que cayó a mi lado Garcilaso, herido de muerte. Añoro esa futura novela de Enrique Vila-Matas, en la que soy un personaje que habla de libros con Hemingway en un rincón del Harry’s Bar de Venecia. Y esos paseos a orillas del murmullo del río Duero, o la presencia de Inocencio Ruiz Lasala en su librería, hablándome de cuando era niño y aprendía a leer en la calle. Añoro México, a Juanita, el lago de Chapala y los colores de las casas de Querétaro, que parecen pintadas por Diego Rivera y Alfred Sisley. Y los geranios rojos de mi madre. Y el orden de la biblioteca de Javier Marías. Añoro el paisaje de Los Llaos, cerca de San Vicente de la Barquera, en su bruma matinal y en el destello de su epifanía. Y la esgrima de los mosqueteros y D’Artagnan. O el refugio secreto de Los tres investigadores. Añoro leer a Cernuda o Conrad con quince años. Y el sauce de aquellos versos, que arrancaron de cuajo. Y el agua del pozo. Y los silencios de mi abuelo…

Los libros de mi cartera (Pizarnik, Besson y G. Bustelo)

Les voy a contar algunos de los secretos de mi cartera. No la de bolsillo, siempre tan vacante de dinero como ahíta de facturas y tarjetas. Eso sí, con un billete de cien pesos mejicanos que me regaló Carina, una buena amiga de por allá. Y ahí siguen. En fin, que de lo que quería escribir es de mi cartera magna, la que guarda libros, agendas que apenas uso, y un montón de papeles, catálogos y cartas de poetas (la última de Pablo García Baena). Su peso supone siempre un equilibrio, y una fuerza que me mantiene firme al suelo mientras miro la sabiduría de las avutardas, en su altura, o en el interior del aire.

Hoy llevo poca cosa en mi cartera, en lo que a libros respecta. Sigo releyendo a Alejandra Pizarnik, como si quisiera adentrarme más y más en su vida, como si quisiera borrar el tiempo e intentar algún consuelo… Como si fuera posible todavía poner algo de ternura en su sufrimiento. “Terror más allá de mí”, escribe. Y reconozco que me duele leer esto. Porque soy lector responsable, de alguna manera co-autor de su propia obra. (Todos lo somos). Y por ello necesito seguir leyendo el esfuerzo literario -y por lo tanto espiritual- de Pizarnik. Para apoyarnos mutuamente en la esperanza. Y en el silencio universal del miedo, que diría Luis Rosales.

Para acercarse al lado más humano de un poeta, uno debe servirse sobre todo de su obra, leyendo y releyendo, recitando de memoria las heridas de su alma, esos versos que son como los cantos rodados por donde sigue discurriendo el caudal de su vida, en su crecida o cuando andaba un poco más seco. Pero también nos podemos servir de alguna acertada biografía. O incluso de alguna novela que recree una determinada circunstancia. Y eso es lo que me está pasando con Arthur Rimbaud. Porque les voy a ser sincero: no creo en los llamados poetas o escritores malditos. Son poetas y escritores. Y punto. Si su literatura es mala eso ya es otra cosa. Y en eso sí creo.

Rimbaud no es un poeta fácil. Sus poemas -plagados de hallazgos literarios y de iluminaciones boquiabiertas- son el apunte de un continuo desasosiego y desarraigo, de ese terror que intuyó Alejandra Pizarnik. Más allá de uno mismo, pero también dentro de uno mismo. Yo siempre he leído la obra de Rimbaud como un intento desaforado de saciar su alma, ese instinto de libertad absoluta que le consumía. Creyó encontrarlo en la amistad, hasta en la lujuria o en cualquier otro exceso; creyó encontrarlo en la literatura… hasta que se hartó de tanto silencio como respuesta, y emprendió un viaje que en realidad estaba muy cerca de una huida. Pero volvió enfermo, y se encontró con un mundo todavía hostil, y con su madre arisca y la piedad de su hermana… Y aquí entra en juego una buena novela de Philippe Besson (traducida por Manuel Talens): Los días frágiles (Alianza Literaria). En forma de diario va relatando su hermana la vuelta de Arthur a Francia, a Marsella, en esa última temporada en el infierno que fue su vida. Y asistimos a los postreros días, a sus últimos sentimientos... ¿Ficción? Tal vez algo de todo aquello sucediera así. El chispazo de las breves frases de Besson, dejan vislumbrar fragmentos que inspiran una buena parte de la verdad. Como en un telegrama de urgencia, como una última voluntad.

Y, por último, llevo en mi cartera una novela de Gabriela Bustelo que he terminado de leer hace un rato: La historia de siempre jamás (El Andén) en un claro juego de alusiones y elusiones con ese otro "país de nunca jamás". Desde el verano voy acarreándo el libro de un lugar a otro. No acababa de encontrar el momento. Siempre se cruzaban otros libros. Al principio estuve tentado de marginarla -la avalancha de libros es tal que obliga a una selección que puede acarrear algunas injusticias, lo sé-, pero la recuperé a tiempo. La lectura veraniega de un artículo de la escritora en la revista Telva me convenció de una cosa: esta mujer escribía bien. Tenía que leer su novela.

Y aquella decisión fue acertada. La historia de siempre jamás podríamos decir que es de intriga. Un millonario progre al que intentan asesinar con el arsénico que tomaba su mujer para la leucemia. Hay que hallar al culpable. Pero la novela es mucho más. Esa trama es el esqueleto sobre el que se arma la musculatura y los nervios de una acción más sutil sobre la condición humana y social. Sobre el poder y la soledad que lleva consigo, sobre una relación familiar cada vez más frágil y condicionada, sobre la política subcontratada al dinero, sobre la manipulación como táctica empresarial y económica… ¿Es posible el arrepentimiento, un vislumbre de conciencia? La novela se contrae en los vicios (se ha hecho de ellos virtud), pero alcanza toda su grandeza en el mensaje de unos valores no del todo perdidos. A través de unos personajes muy bien delineados psicológica y narrativamente, y un dominio impecable de los diálogos. Lo que logra una lectura muy agradecida. De fondo el esperpento español. Que junto a la picaresca y al sentimiento trágico de la vida conforman nuestra identidad. Literaria o no. En fin, una novela que no debe pasar desapercibida. Y por muchas más cosas que el lector irá descubriendo.

Y en mi cartera ya no cabe un folio más. Está a rebosar. Mañana los libros serán otros, aunque seguirá Alejandra Pizarnik.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Crepúsculo


Ves las canas del tiempo a la caída de la tarde.
Y las acaricias sin prisa, contemplando su cuerpo.

Paisaje urbano


Neones encendidos, el parpadeo de bombillas
en código de fingida alegría.
Los plátanos se encienden con estrellas
y las fuentes salpican la mirada con agua de colores.
Allá donde mires hay una nostalgia que brilla
en medio del crepúsculo del día.
Declina la tarde en un naufragio de vida
y de oscuras palabras.
Las luces de los escaparates sueñan el destino del hombre.
Un niño se encarama a tus versos y alguien abraza
el vientre de tu corazón maduro.
¡Qué soledad se respira a veces en la calle!
Se mece el tiempo en los desnudos árboles
o en la costumbre de tus cansados miembros.
Los recuerdos son como arrecifes donde encallan los cuerpos.
El viento se cimbrea en las sombras
y asoman lágrimas en la incertidumbre de las esquinas.
Hay que tener cuidado con la realidad que miras.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Historia de la literatura universal

La historia de la literatura es una literatura en si misma, un género donde el lector puede practicar un muy especial eslalon por el tiempo, deslizándose a gran velocidad por la magia de la escritura. Aprendes cosas nuevas, conoces más a fondo a escritores apenas entrevistos, tomas nota de títulos de hace siglos… En un par de volúmenes puedes tener la síntesis de todas esas tramas, vidas y poesía que quisieras leer, que deseas que estén en la felicidad de tu biblioteca. Pero te das cuenta que es imposible, que te va a faltar vida. Y espacio. Y te sumerges en las leyendas bretonas o en los epistolarios franceses del renacimiento. O en la época romántica, o en la obra de T.S. Eliot.

De vez en cuando tomas aire, inspiras la esperanza de poder leer un poco más de toda aquella maravilla -o drama, o clarividencia- que los hombres han dibujado con palabras. Es un continuo acicate para ver la vida desde los más insólitos ángulos y perspectivas. Es la historia de nuestras almas, que danzan en la espiral de los siglos con distintos gustos o distinta música. Pero en el fondo de toda esta variopinta literatura late el mismo pulso o estupor: querer expresar con emoción lírica, épica o trágica la narrativa de nuestros anhelos, la poesía de una vida que se nos escapa.

La Historia de la literatura universal, de Martín de Riquer y José María Valverde (Gredos) me acompaña desde hace años, forma parte de mi biografía. Su primera edición en la editorial Planeta data de 1968, en tres volúmenes espléndidamente ilustrados por Edmon Vallés, en una magnífica selección de fotografías (en mi poder obra la edición de 1970). El trabajo de Riquer y Valverde conjuga a la perfección la erudición con una magnífica prosa. No en vano los dos autores son grandes escritores. Pueden constatarlo por ejemplo en Vida y amores de los trovadores y sus damas, de Riquer (Acantilado, 2004) o en la Poesía completa de J. Mª Valverde (en el primer volumen de sus Obras Completas que ha editado Trotta).
La edición de Gredos es mucho más manejable, aunque nos perdamos las ilustraciones. Son dos volúmenes que deberían estar en toda biblioteca que se precie. Una guía imprescindible para el conocimiento de nuestra tradición, y por lo tanto de nosotros mismos. Para consulta, estudio y deleite de toda persona irremediablemente enamorada de la literatura, rebelde ante la dictadura de las novedades y de lo inmediato. Rebelde ante el descrédito del alma en una sociedad demasiado obtusa.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Cosas de familia y unos libros

Hoy he desayunado unos dibujos animados, unos gritos y el contraste de una muy dulce tarta de chocolate. Es la familia. Donde a uno le pasa como a Bourne -sí, el personaje de Matt Damon, de “El caso Bourne”-, que va buscando inconscientemente las posibles vías de escapatoria allá donde se encuentre. Entrenado como está para solucionar los problemas sin que se sepa casi nada de él. Y los padres somos un poco así. Las madres prefieren sin embargo afrontar los gritos con otros gritos que modulen las distintas frecuencias del asunto.

En ocasiones escabullirse y guardar silencio es la más granada sabiduría. Hasta que llegue el momento apropiado para la acción, para el golpe definitivo. Por eso, y con un par de piruetas verbales, me he visto de pronto ante el ordenador. Casi sin darme cuenta, tal es mi agilidad de hombre de contemplación. Y aquí estoy, escribiendo estas palabras en un día de abundantes nubes y un desganado sol.

Las mujeres de la casa se han ido. Nos quedamos los tres hombres. Uno con la martingala anglosajona de los verbos irregulares, el otro con cara de 007 escondido tras los muebles. Y yo… que quería hablar un poco de G. K. Chesterton. Digo quería, porque ya no sé si quiero, asomado como estoy al movimiento de las nubes. Un tema más importante de lo que parece en el rifirrafe de la melancolía. Quiero, no quiero, quiero…

Ante mí dos ediciones distintas del libro Herejes, del susodicho Chesterton. Una en ediciones El Cobre, traducida por Juanjo Estrella; la otra en ediciones Acantilado, traducida por Stella Mastrangelo. Pueden optar por cualquiera de las dos. El caso es leer el libro. Por ejemplo para leer el magnífico capítulo XV, que recuerdo haberlo fotocopiado hace muchos años de las viejas Obras Completas de Janés. Este capítulo viene muy a cuento de lo que yo escribía hace poco sobre la saturación libresca, la falta de criterio lector y demás consecuencias. Estrella lo titula “De los novelistas esnobs y de los esnobs”. Y Stella “Sobre los novelistas de la aristocracia y la aristocracia”.

Chesterton (1874-1936) es el mejor ensayista que conozco. (También uno se siente muy a gusto con Montaigne, Chateaubriand, Ortega, Salinas, Azorín y Steiner). Nos va descubriendo con precisión milimétrica la sensatez del sentido común, lo obvio, camuflado como está en el triunfo del panfleto o en la mentira de la propaganda. Se sirve de la sátira y de cierta retranca para hacerlo. Es el escritor más adecuado como vacuna para la estupidez ambiente, para esta parodia de la honradez, de la democracia o de la literatura. Tal vez sea por eso que se está reeditando tanto. (Acaba de llegar a mis manos Pisadas extrañas, en Styria, con el Padre Brown en danza).

Pd. ¿Quieren leer, ver y regalar un libro verdaderamente delicioso? Háganse con Los impresionistas se entretienen, de Pamela Todd (Alianza Forma). Ya nos dejó Los impresionistas en casa, del que viene a ser complemento. Llevo dos días con él y no me cansa. Los pintores impresionistas registraron el ocio de su época. Los paseos, viajes, salones, moda… mientras el tiempo se difuminaba en los colores y las formas de unos pinceles que nos dejan aquí el aroma del alma de aquellos días. Todos formamos parte de alguna pintura impresionista. Como yo, mirando estas nubes que amenazan tormenta.

Mientras escribo


La vieja mesa de cerezo.
Y sobre ella la porcelana
de un jarrón fabricado en China,
con rosas rojas y amarillas.

No escucho las palabras, sólo
miro la belleza en la mesa:
el jarrón en su filigrana
y la caricia de las rosas.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Saturación libresca

Sigue en mi memoria la larga conversación del otro día con Alejandra. Con Alejandra Pizarnik. ¿Cómo se puede olvidar a una mujer así, a una escritora semejante? He conocido pocas personas con tan evidente y radical vocación por la literatura. Pero también por la amargura, y una soledad que muy pocas veces la deja a solas con lo mejor de ella misma. Se consume a ojos vista, el alma tan necesitada de esa necesidad de amar, de entregarse, ¡¡de vivir!! “Sólo sufro”, dice. Reclama una mano amiga, “porque no puedo más”. Y yo le tiendo mis dos manos a través de sus diarios, a través de esa dimensión eterna que es su destino de poeta.

Y pensaba en ella ahora a cuenta de los libros. ¡Son tantos! La literatura padece de un sobrepeso evidente, de un lastre que no deja levantar el vuelo. El 20 de noviembre de 1957 escribió Alejandra: “Hay demasiados libros, todo ya ha sido escrito, sobre cada cosa, sobre cada sombra hay millares de libros. He llegado tarde al banquete de la cultura universal, y si bien no me vedan la entrada se divierten proponiendo a mi hambre tal cantidad de platos y de variaciones, que yo ya no sé diferenciar un poema de una sonrisa, un ademán de odio de una plegaria japonesa. Y en medio de esta orgía de la insatisfacción, rodeada de elementos capaces de satisfacerme, ¿qué hago? Pues abalanzarme sobre todos: el mejor camino para no colmarme jamás. (Pero ¿de qué estoy hablando, de la literatura? ¿De mi amor imposible? Tal vez en el fondo sea lo mismo…)”.

No estoy de acuerdo con Alejandra en una cosa: en que ya esté todo escrito. No. Faltaban sus libros. Y los de Antonio Colinas. Por ejemplo. O las novelas que tenía que escribir Arturo Pérez Reverte (tan denostado por los puros). Pero es cierto que la avalancha comercial produce el efecto de saturación mental, de una confusión intelectual que tiende a la mediocritas crítica, y de gusto. Parece que cuantos más libros mejor, y que todo vale si se envuelve en su deslumbrante formato. Y no. Alejandra lo expresa de una manera hermosa cuando habla de esas infinitas variaciones que nos presentan las editoriales. La satisfacción no está en el empacho o en leer lo que se tercie. Todo se confunde en el bullicio y al lector se le vende por excelencia la sopa boba de algunos. Y esa sopa boba no quita el hambre de los más elementales anhelos del hombre. Y además nos deja ciegos.

El que ama de verdad los libros aprende a distinguir. Al menos quiere aprender a discernir, entre la vorágine libresca, ese libro que le ayude a sobrevivir, o a encontrar la alegría en medio de esa “orgía de la insatisfacción” con la que convivimos. Y conseguir, por fin, abrazar ese “amor imposible”.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

La rutina de los días


La rutina. Lo mismo. Sobre el tiempo se acumula el polvo.
Niños. Tareas. Voces. Gajos de mandarinas en forma de labios.
Lectura. El teléfono que insiste en su agonía. Un taxista
me llama por mi nombre. El peso de la cartera con más libros.
La ropa secándose en los radiadores. Personas que me cuentan sus desdichas.
Estas cortinas, que acaricio para no sentirme solo. Las piadosas palabras
de Tasio Kostaridis. El tedio del horario. Aquella esquina
donde un hombre indigente me regala su sonrisa a cambio de calderilla.
Los juguetes por el suelo, lo que pienso cuando pongo el lavavajillas,
y la poesía de mi vida, casi siempre en números rojos.

martes, 4 de diciembre de 2007

Ven y verás

Existe un tipo de literatura -por cierto muy vendida y más leída de lo que pueda parecer- que pasa casi desapercibida en suplementos, listas, anaqueles y corrillos varios. Es como una entidad fantasmagórica, algo que no se quiere ver. Me refiero a la literatura religiosa. Ojo, no estoy hablando de esa amalgama de sectas y esoterismos espiritistas con aromas de mil velas de colores. Hablo de cosas serias, hablo de las historias de las religiones, hablo de los textos patrísticos, hablo de la historia de la Iglesia, hablo de los libros de ascetas y místicos, hablo de teología, hablo de textos de piedad cristiana (que ha conformado el alma de Occidente y de una no despreciable parte de Oriente)…

¿Qué ocurre? Pues ocurre que nos avergonzamos de Dios hasta en eso. Ocurre que esos libros se ven con desdén, con una llamativa estrechez intelectual y una serie de prejuicios ideológicos que fomentan la ignorancia superlativa de muchos. Y si escribes esos libros, o los recomiendas y reseñas eres sencillamente un apestado, recluido en el gueto pío y en el sótano de algunas librerías. Mientras los llamados “cultos” se pavonean en ostentosos movimientos de bullarengue. ¿Es que no pocas de las más sustanciosas obras de la literatura universal son estrictamente religiosas? Pero la cosa está en que prima la moda y un temor insufrible al qué dirán y a la posibilidad de no salir jamás en las páginas de ciertos diarios. A no ser, claro, que el Papa escriba un libro y haya un buen negocio de por medio.

Y todo esto viene a cuento de lo que sigue: en poco tiempo he leído dos libros realmente excelentes. En su forma y en su fondo. Y no puedo callar lo que pienso. El primero de ellos se resume en su mismo título (y en el subtítulo). Ven y verás. La extraordinaria figura de Jesucristo, del sacerdote Eduardo Camino (Palabra), que es un acercamiento -muy bien escrito- a la intimidad más profunda de Cristo. Desde su nacimiento hasta su resurrección. No es una biografía in strictu sensu, es más bien un libro de espiritualidad que se apoya en el devenir de la vida del Mesías, en su Persona y en su Palabra. “La esencia del cristianismo es una Persona”, apunta Camino en el mismo comienzo. Ven y verás quiere ser para el lector ese impulso que le lleve a entablar un diálogo habitual con Cristo, un conocimiento. “Ven” nos indica una acción, un ejercitar la voluntad de ir hacia Él. “Verás” es el resultado evidente de esa acción, es decir, la contemplación del Amor, de ese rostro que nos mira desde siempre, y nos llama. Ah, y las citas están muy bien escogidas. Es un libro trabajado, donde la escritura se enhebra en la oración. Y se nota.

El otro libro es el testimonio de una vida que ha respondido a esa llamada de Cristo y cada día de su vida responde a la felicidad de esa Presencia. A pesar del dolor y de un continuo sufrimiento. Digo mal: precisamente por ese dolor y ese sufrimiento. Por esa completa identificación con el Crucificado. Durante la lectura de Los garabatos de Dios, de Olga Bejano Domínguez (LibrosLibres) la emoción es una constante. Una mujer cuyo cuerpo come por una sonda y que respira artificialmente, pero cuya alma se mueve en la ternura divina como pez en el agua. Uno sale reconstituido después de leer estas páginas, después de conocer la alegría de Olga. No se lo pierdan.