
Les voy a contar algunos de los secretos de mi cartera. No la de bolsillo, siempre tan vacante de dinero como ahíta de facturas y tarjetas. Eso sí, con un billete de cien pesos mejicanos que me regaló
Carina, una buena amiga de por allá. Y ahí siguen. En fin, que de lo que quería escribir es de mi cartera magna, la que guarda libros, agendas que apenas uso, y un montón de papeles, catálogos y cartas de poetas (la última de
Pablo García Baena). Su peso supone siempre un equilibrio, y una fuerza que me mantiene firme al suelo mientras miro la sabiduría de las avutardas, en su altura, o en el interior del aire.
Hoy llevo poca cosa en mi cartera, en lo que a libros respecta. Sigo releyendo a
Alejandra Pizarnik, como si quisiera adentrarme más y más en su vida, como si quisiera borrar el tiempo e intentar algún consuelo… Como si fuera posible todavía poner algo de ternura en su sufrimiento. “Terror más allá de mí”, escribe. Y reconozco que me duele leer esto. Porque soy lector responsable, de alguna manera co-autor de su propia obra. (Todos lo somos). Y por ello necesito seguir leyendo el esfuerzo literario -y por lo tanto espiritual- de
Pizarnik. Para apoyarnos mutuamente en la esperanza. Y en
el silencio universal del miedo, que diría
Luis Rosales.
Para acercarse al lado más humano de un poeta, uno debe servirse sobre todo de su obra, leyendo y releyendo, recitando de memoria las heridas de su alma, esos versos que son como los cantos rodados por donde sigue discurriendo el caudal de su vida, en su crecida o cuando andaba un poco más seco. Pero también nos podemos servir de alguna acertada biografía. O incluso de alguna novela que recree una determinada circunstancia. Y eso es lo que me está pasando con
Arthur Rimbaud. Porque les voy a ser sincero: no creo en los llamados poetas o escritores malditos. Son poetas y escritores. Y punto. Si su literatura es mala eso ya es otra cosa. Y en eso sí creo.
Rimbaud no es un poeta fácil. Sus poemas -plagados de hallazgos literarios y de iluminaciones boquiabiertas- son el apunte de un continuo desasosiego y desarraigo, de ese terror

que intuyó
Alejandra Pizarnik. Más allá de uno mismo, pero también dentro de uno mismo.
Yo siempre he leído la obra de Rimbaud como un intento desaforado de saciar su alma, ese instinto de libertad absoluta que le consumía. Creyó encontrarlo en la amistad, hasta en la lujuria o en cualquier otro exceso; creyó encontrarlo en la literatura… hasta que se hartó de tanto silencio como respuesta, y emprendió un viaje que en realidad estaba muy cerca de una huida. Pero volvió enfermo, y se encontró con un mundo todavía hostil, y con su madre arisca y la piedad de su hermana… Y aquí entra en juego una buena novela de
Philippe Besson (traducida por
Manuel Talens):
Los días frágiles (Alianza Literaria). En forma de diario va relatando su hermana la vuelta de
Arthur a Francia, a Marsella, en esa última temporada en el infierno que fue su vida. Y asistimos a los postreros días, a sus últimos sentimientos... ¿Ficción? Tal vez algo de todo aquello sucediera así. El chispazo de las breves frases de
Besson, dejan vislumbrar fragmentos que inspiran una buena parte de la verdad. Como en un telegrama de urgencia, como una última voluntad.
Y, por último, llevo en mi cartera una novela de
Gabriela Bustelo que he terminado de leer hace un rato:
La historia de siempre jamás (El Andén) en un claro juego de alusiones y elusiones con ese otro "país de nunca jamás". Desde el verano voy acarreándo el libro de un lugar a otro. No acababa de encontrar el momento. Siempre se cruzaban otros libros. Al principio estuve tentado de marginarla -la avalancha de libros es tal que obliga a una selección que puede acarrear algunas injusticias, lo sé-, pero la recuperé a tiempo. La lectura veraniega de un artículo de la escritora en la revista
Telva me convenció de una cosa: esta mujer escribía bien. Tenía que leer su novela.
Y aquella decisión fue acertada.
La historia de siempre jamás podríamos decir que es de intriga. Un millonario progre al que intentan asesinar con el arsénico que tomaba su mujer para la leucemia.

Hay que hallar al culpable. Pero la novela es mucho más. Esa trama es el esqueleto sobre el que se arma la musculatura y los nervios de una acción más sutil sobre la condición humana y social. Sobre el poder y la soledad que lleva consigo, sobre una relación familiar cada vez más frágil y condicionada, sobre la política subcontratada al dinero, sobre la manipulación como táctica empresarial y económica… ¿Es posible el arrepentimiento, un vislumbre de conciencia? La novela se contrae en los vicios (se ha hecho de ellos virtud), pero alcanza toda su grandeza en el mensaje de unos valores no del todo perdidos. A través de unos personajes muy bien delineados psicológica y narrativamente, y un dominio impecable de los diálogos. Lo que logra una lectura muy agradecida. De fondo el esperpento español. Que junto a la picaresca y al sentimiento trágico de la vida conforman nuestra identidad. Literaria o no. En fin, una novela que no debe pasar desapercibida. Y por muchas más cosas que el lector irá descubriendo.
Y en mi cartera ya no cabe un folio más. Está a rebosar. Mañana los libros serán otros, aunque seguirá
Alejandra Pizarnik.