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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




jueves, 20 de marzo de 2008

Elizabeth y su jardín alemán


La vida nos constriñe el alma a una serie de hábitos y costumbres de las que queremos salir cuanto antes. Buscamos desesperadamente algo que logre romper esa monotonía, esa abulia en la que parece que se nos va la vida. Podemos reconocerlo o no, pero estamos hartos de estar tanto tiempo encerrados dentro de nosotros mismos, entre estas cuatro paredes. Queremos salir al aire libre de nuevas ilusiones, y que nuestro corazón respire a pleno pulmón la maravilla. Y es que el hombre ha nacido para mucho más que un horario y unas obligaciones. Somos porque soñamos ser… algo más que lo de todos los días. Y soñamos pintar los colores de nuestra propia vida. Soñamos, soñamos… Soñamos el organigrama de los sueños, tendernos sobre la hierba o tumbarnos a la bartola de las estrellas. Para así ir tomando conciencia de la espiritualidad de la materia. De lo que vemos.

Y eso es lo que hizo Elizabeth von Armin (1866-1941) cuando escribió Elizabeth y su jardín alemán (Lumen): tomar conciencia de la libertad de sus sueños. (En realidad se llamaba Mary Annette Beauchamp y era prima carnal de Katherine Mansfield). Tomó su vida y la sacudió con vigor por los hombros. Puso por escrito la alegría y logró salir de si misma y convivir con la belleza. Lo que los demás podían interpretar como excentricidad, para ella era cuestión de vida… o umbría. Leer durante horas en ese jardín, bailar con los árboles, jugar al escondite con las sombras o contarles mil historias a sus hijas. Podía permitírselo, es verdad. Podía permitirse ser rebelde hasta la extenuación. Tenía lacayos y criadas, gente que se ejercitaba en el noble arte de la plancha, de la aguja o de la cocina. Y lo más importante: tenía un gran jardín donde poder hacer gimnasia con el alma. Sin hacer caso de lo trivial evanescente.

Pero eso nos trajo una gran ventaja a los que hemos venido después y nos limitamos a soñar con un jardín donde dar mil piruetas, y observar más de cerca las plantas y las posibles respuestas. Podemos ser lectores de este libro, lo cual es todo un privilegio. Un libro escrito en primera persona, sin muchas palabras o alharacas estilísticas. De corte autobiográfico, sencillo y plagado de un lírico inconformismo. Un libro que tiene un jardín -“rodeado por maizales y praderas”- para nosotros, y que nos convida a escoger un rincón “caliente, soleado y protegido”. Un jardín lleno de sueños, de lecturas y de sosiego. De esa grata intimidad con la naturaleza que nos trasciende hasta “la misma presencia de Dios”. Un jardín que es imagen de esa felicidad que todos anhelamos y por la que no dejamos de leer, o de luchar. Y si nieva y el frío arrecia, ahí está una bien surtida biblioteca donde a Elizabeth no le sorprendería si un día los libros “saltaran de donde están y, recogiendo sus hojas como faldas, se pusieran a bailar”.

Elizabeth vive en Pomerania -busquen en los atlas- junto a su marido, “el hombre airado”, y sus hijas. Es una mujer joven y sensible, y de rica vida interior, pero de carácter. No se amilana, y las convenciones sociales le traen al pairo. Es su forma de plantarse, de no permitir que el matrimonio sea sólo un paripé donde ella pueda acabar siendo un objeto más de la decoración casera o del tinglado social de su circunstancia (tan prusiana ella).

Esta reseña no sé si será acertada o no, pero lo que si sé es que he leído un libro maravilloso, una pequeña obra maestra. ¿Qué digo pequeña? Una estupenda obra maestra. Ahora les toca a ustedes darme su opinión. Y si es positiva lean otro libro suyo: Todos los perros de mi vida, también editado por Lumen.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Si compro todos los libros que recomienda me voy a arruinar.Mejor compro el suyo,ya tengo referencias,además sé cómo escribe,aquí no me equivoco, seguro.

Anónimo dijo...

Ya lo he leído. Precioso. Tenía razón.