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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


martes 27 de mayo de 2008

Carta a unos estudiantes (y II)


Queridos colegiales:


Ya termina el curso. No falta casi nada. Sólo un pequeño esfuerzo más y ya está, asunto liquidado. ¡Qué gusto arrinconar esos libros de texto (definitivamente o para los hermanos pequeños)! Darles carpetazo con unas buenas calificaciones. Y poder ver con nuevos ojos las cosas. Hasta el colegio será más alegre y los profesores mucho mejores. Sin dudarlo. Parece que no iba a llegar nunca este momento. Pero está a la vuelta de unos exámenes. Por fin.

Los recuerdos me llevan a mal traer, pero es lo que tiene el tener hijos de vuestra edad. Que uno no cesa de recordarse a si mismo con esos benditos 15 años. Y me veo después de los finales buceando en la piscina de mi amigo Nacho, jugando con sus hermanas pequeñas y hablando de literatura con su padre. Fijaros bien, han pasado ya veintiocho años, más o menos, y algunas de las mejores lecturas de mi vida salieron de allí, de aquella piscina y de aquel jardín.

Con el padre de mi amigo comencé a valorar de verdad a Benito Pérez Galdós (en la universidad solventé algún parcial con lo que él me contó). Por ejemplo. Y en su nutrida biblioteca -donde había, y supongo que seguirá allí, un pequeño sofá de piel escarlata- leí las primeras páginas de José Ortega y Gasset y de Gabriel Miró. Y tras el baño hablábamos de la importancia de Manhattan Transfer, la novela del norteamericano John Dos Passos, y de autores tan desconocidos para vosotros como François Maurois. Y después del siguiente chapuzón leía un buen rato. (Ay, esa magnífica costumbre de llevar siempre un libro encima).

Aquello era el comienzo de las vacaciones y de mucho más. Era todo un verano de asueto y lecturas, de excursiones y lecturas, de bicicleta y lecturas, de luz y lecturas... Chicos, era mi particular paraíso. ¡Y acababa de empezar! ¿Os imagináis semejante maravilla? Bueno, pues a vosotros os puede suceder lo mismo. Lo tenéis al alcance de la mano. Unas buenas notas, unas poderosas brazadas y unos cuantos libros. Y si necesitáis un padre conversador me ofrezco voluntario. Por hablar de literatura lo que sea, con quién sea y a la hora que sea (dentro de un orden).

Porque esa es otra. Al estudiar literatura en esos increíbles libros de texto del colegio puede que se os quede un sabor agridulce, o hayáis acabado un poco hartos (o un mucho, no sé), deseando libraros cuanto antes de semejante asignatura, pues parece que sólo os trae disgustos y se os hace más árida que atravesar el Gobi. Y eso no puede ser. Estoy empeñado en haceros sentir todo lo contrario. Si os obcecáis en ver a los escritores como unos seres que no tienen otra cosa que hacer que ser materia de examen estáis muy equivocados. Y yo no puedo permitir que perdáis la gran oportunidad de vuestras vidas. No es cuestión de ser culto. Es cuestión de tener sensibilidad. Y alma.

Los buenos libros os están esperando para contaros sus historias, es cierto, pero también para escuchar vuestras confidencias. Los libros que yo leo acaban llenos de dibujos, anotaciones, citas, pasajes subrayados, fotografías y recortes de prensa. Cada libro llega a formar parte de nuestras vidas; es un deleite sin parangón posible. Porque nos hace ver lo invisible, y nos conforta y nos ayuda a pensar. Mirad lo que dice Ray Bradbury, el autor de Fahrenheit 451: “Cuando salí de la escuela secundaria, no tenía dinero para ir a la universidad. Vendí periódicos en una esquina durante tres años y me encerraba en la biblioteca del centro tres o cuatro días a la semana”. Muchachos, escuchadme, los libros significan nuestra supervivencia. Llegaréis a entenderlo algún día no muy lejano. Incluso habrá alguno que se acordará de mí. Para bien, espero.

Un gran abrazo a todos.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues yo creo que sí, que los críos acaban no hartos, hartísimos de como se les enseña la literatura. Y lo peor es que muchas veces cogen manía a los libros. El objetivo que se logra es el contrario del perseguido. Venga a empollar fechas, generaciones y demás. ¿Y? ¿Sirve para algo tanto desmán pedagógico? El asunto no es de ahora, es de hace muchos años.
Eduardo M.

Anónimo dijo...

Ahora mismo lo imprimo y se lo daré a mi hija mayor cuando venga del colegio, que le vendrá muy bien.

Anónimo dijo...

Bonita lección. Hay que sacar adelante a estos chicos a base de pasión por los libros y las inquietudes que nos manifiestan. Que vean que es absurdo e infeliz e inoperante el conformarse con la medianía.

Anónimo dijo...

Yo no sé si a estos hijos nuestros les saca alguien de esa modorra en la que viven. Al menos en mi casa no hay forma de que lean. Quitando Harry Potter y alguno más. No les llama la atención. Cuando no estudian están con el ipod dichoso y con otros aparatitos (todos son regalos de familiares). O viendo películas y jugando al ordenador. Confieso que a mi marido y a mí el agotamiento nos puede, y nos limitamos a sentarnos en el salón a leer, para que nos vean con los libros. Sé que es muy poco, lo sé, pero tenemos miedo a que ante la insistencia aborrezcan los libros (son de buenas notas). He buscado su primera carta a unos estudiantes y junto con esta segunda las leeremos un fin de semana de estos en familia. Igual nos quedamos solos, pero lo intentaremos. Quería agradecerle que las haya escrito, porque me parece que están muy bien.

Anónimo dijo...

¿Es usted profesor? Si se dedica sólo a escribir es una pena. Lo digo porque sería un gran profesor de literatura.