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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


sábado 27 de septiembre de 2008

Mirando a las mujeres



Una de las cosas que más me sorprenden al ir camino de algún sitio es la forma de vestir de las mujeres. Discretas muy pocas, y lo que se dice elegantes todavía menos. Que a mí, como hombre, es lo que más me encandila. No esas tetas incisivas y medio en pelota, o ésas nalgas de las que algo se avista en el tanga de rigor. O el fragor de las tripas embutidas en el estúpido encanto de una de esas marcas de tallas ideales que titilan en las fantasías de los escaparates. La seducción verdadera nunca resulta vulgar. Y la elegancia tiene bastante que ver -aunque me tilden de reaccionario- con el sentido del pudor. Y con la sencillez. Es una actitud. Que algún gilipollas piense -me lo han dicho- que entonces las más elegantes serían las monjas, es claro indicio de por donde van los tiros y el descaro y la obsesión. La educación del buen gusto comienza -o debiera comenzar- en casa. Y las madres tienen una gran responsabilidad en ello. Primero con su ejemplo (¿es mucho pedir?). La forma de vestir de las niñas y no tan niñas es un aspecto más de la educación, y no precisamente baladí. Pero no se le da importancia. “Pobrecita, se acomplejara ante sus amigas”. Y se va consintiendo en una frivolidad que raya el estupor. Ojo, no sólo son las adolescentes y las veintiañeras. Son también las mujeres supuestamente maduras, las de 30, 40 y 50. En mi vida había visto por la calle tanta lencería exhibiéndose con tan denodado frenesí. “Así van todas”. “Es la moda”. ¿Y la personalidad propia dónde se ha escabullido? ¿Nadie tiene criterio a la hora de vestirse o de desvestirse? La falta de estética es a la postre una carencia ética, y un bullir de complejos. En fin, vuelvo a casa. Y doy fe una vez más de lo que digo. No se busca lo que favorece. Prima, sobre todo, llamar la atención, el exabrupto más desnudo y carnal del asunto. Lo estoy viendo queridas.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Estoy de acuerdo con usted,es como si las nuevas generaciones nacieran sin el pudor que tenemos nosotros.No entiendo qué ha pasado,la verdad, pero es así,les da igual a ellos y a ellas enseñar hasta la partida de nacimiento y más que vestidos parecen que salen a medio desvestir.

Anónimo dijo...

Cómo disfruto mirándolas.Aunque hay que reconocer que desde luego no abundan las elegantes. Más bien al contrario. Y supongo que en los chicos pasa igual,lo que pasa que no me fijo en ellos,no soy de los del gay trinar, lo siento.
Quería comentar que me están gustando especialmente sus últimos artículos.Maneja el lenguaje como pocos. Felicidades. Tiene toda mi admiración y mi envidia. Diego F.

Anónimo dijo...

Llegábamos a Atocha en taxi y del que iba delante se bajó un muchacho de no más de 25 años y no menos de 180 kilos.Vestía una camiseta tres tallas menor a la suya y unos vaqueros caídos que al bajar del taxi todavía lo estaban más,se preocupó de colocarse bien el pelo y de mirar al móvil y le tuvo sin cuidado que estuviéramos viéndole más de la mitad de su hermoso(por lo grande,que no por otra cosa)culo.No sabíamos dónde mirar,sentimos vergüenza ajena y yo,lo reconozco,me acordé de su madre.

Anónimo dijo...

Hace unos meses leía en un dominical un artículo(y me váis a perdonar mi mala memoria,no sé si de Pérez Reverte o de Carlos García Herrera )en el que decía que las mujeres de ahora no son nada elegantes,parecérsele quieren a nuestras madres que eran todas como actrices de cine.Las de ahora no son capaces de llevar con gracia falda y tacones a la vez.
Tardaron poco en contestarle(yo me quedé con las ganas)y el articulista tuvo que reconocer que los hombres de ahora tampoco son como los de antes, que donde se ponga el porte,el saber estar,la educación y la elegancia de nuestros padres,que sí que parecían actores de cine,que se quiten todos estos pelanas de ahora.

Anónimo dijo...

No me fijé en cómo iba vestida,ni me importó lo más mínimo,aunque la miré, estaba llorando entre un corro de gente y repitiendo:"no la ví, ha sido culpa mía,ha sido culpa mía,quise frenar,no la ví".
La vi a ella y a la policía, y a las ambulancias, y a los amigos.Y nosotros venga a buscarla con los ojos,mudos,sin poder decir palabra,con el corazón en un puño desde que aquel desconocido nos llamó-"¿es usted el padre de Begoña...? "