Por entonces era verano. El trabajo requería de mi presencia en la ciudad, pero convencí a mi mujer para que se fuera con los niños a la montaña. Era absurdo quedarse y sufrir una temperatura tan infernal. Reconozco que, aparte de todas mis buenas intenciones, en aquella postura había mucho de egoísmo. Nada tan tentador como la soledad. A la vuelta del trabajo mil posibilidades de esparcimiento. Desde la lectura sin medida al baño de dos horas, con abundante espuma y el relax de sales aromáticas. Por medio largos paseos por el parque, librerías o sencillamente no hacer nada. ¿Imaginan? No hacer nada de nada. Tumbado a la bartola, sin mirar el reloj, ni estar pendiente de esto o de lo otro.
El calor derretía cualquier tipo de pensamiento digno de tal nombre. Y al salir de trabajar fui al cine, para prolongar un poco más el aire acondicionado. No presté a la película mucha atención, esa es la verdad. Dormitaba entre el estruendo de las bombas y las ráfagas de ametralladora que el héroe de marras dominaba con mortal perfección. Había dormido muy mal y mucho me temía que esa segunda noche pudiera ser peor. No sólo era el calor, era una angustia que oprimía el alma. Y el asunto no empezó bien. Al abrir la puerta de casa sentí un extraño vacío, como si estuviera entrando en un desconocido abismo donde me esperaba algo… o alguien.
Intenté distraerme con un buen baño. Y para pasar el rato busqué una novela que no requiriera de mí esfuerzo alguno en su lectura. No se me ocurrió otra que Miguel Strogoff, de Julio Verne. Pero apenas leí unas páginas. Creía que iba a tener todo el tiempo del mundo para hacer lo que normalmente no podía, inmerso en la rutina familiar. Resultó imposible. La tentación de la desidia es muy fuerte, y me iba dejando llevar por ella en una fruición perversa.
A las diez ya era de noche. Cené por inercia y me puse a holgazanear ante la televisión. El ruido no deja espacio para otra cosa, y ni sufría ni padecía. Iba cambiando de canales absorto en las musarañas más inhóspitas. Hasta el momento en que todo acabó con una leve presión de mi dedo pulgar. El silencio era total. Apenas había vecinos en la casa. Me quedé mirando la negra pantalla un buen rato, en una extraña sugestión. Después recogí muy por encima la sala de estar y la cocina, y me fui a dormir. Eran ya las tres de la madrugada.
Me acosté sin atreverme a prescindir de la luz, aunque el sueño hizo que reuniera el suficiente valor para pulsar el interruptor mientras ponía mi cabeza sobre la almohada. Abría y cerraba los ojos constantemente. Una y otra vez. E intentaba fantasías que me alejaran de la noche y de su misterioso latido. Volví a encender la luz… La oscuridad estaba en la puerta, acechando… Al cabo de una hora de vigilia y sudor decidí trasladarme a otra habitación. O a otro mundo si hubiera podido. Pero permanecí inmóvil. ¿Cómo dejar de pensar en aquello, de percibir su presencia? ¿Cómo hacerlo?
Crujía la madera del suelo. O eso creí entonces. Salté de la cama y aterrado me adentré en el corazón de las sombras. Sabía que no estaba solo. Lo sabía. Y eso era lo peor de todo. Saberlo.





15 comentarios:
Hacemos lo no esencial, siguimos haciendo lo no esencial. Mira tus actividades: noventa y nueve por ciento son no esenciales. Puedes abandonarlas y así salvar mucha energía, puedes ganar mucho tiempo. Pero no puedes dejarlas porque estás asustado, tienes miedo de ti mismo. Si no hubiera radio, ni TV, ni periódicos, ni nadie con quién hablar, ¿qué harías?
Oí sobre un sacerdote que murió. Desde luego esperaba ir al cielo, al paraíso. Llegó allí y todo era hermoso. La casa en la que entró era la más maravillosa que podía haber soñado, palaciega. Y al momento en que tuvo un deseo, inmediatamente un criado apareció. Si estaba hambriento, el criado estaba allí con comida, la más deliciosa que jamás hubiera probado.
Si sentía sed, incluso antes de que el deseo se formara como pensamiento, mientras era tan sólo un sentimiento, un hombre aparecía con bebidas. Así siguieron las cosas y él fue feliz durante dos o tres días, y entonces comenzó a sentirse intranquilo porque un hombre debe de hacer algo, no puedes estar tan sólo sentado en una silla. Tú no puedes.
El cura se puso nervioso. Durante dos o tres días está bien como vacaciones, como un descanso. El había sido tan activo, tanto servicio a los demás, evangelización, iglesia, sermones; había estado tan envuelto con la sociedad y la comunidad, de forma que descansó. Pero, ¿durante cuánto tiempo puedes estar descansando? A menos que todo tu ser esté descansando, antes o después las vacaciones se acaban y tienes que regresar al mundo. Surgió el desasosiego; empezó a sentirse incómodo.
De repente el criado apareció y le preguntó, ¿qué es lo que deseas? Este sentimiento tuyo no es un deseo, no estás ni hambriento ni sediento, sólo intranquilo.-¿Qué puedo hacer?
El cura le dijo, "No puedo estar aquí sentado para siempre; durante toda una eternidad. Quiero algo de actividad".
El criado le dijo "Esto es imposible. Todos tus deseos serán satisfechos aquí por nosotros, de modo que ¿qué necesidad tienes de actividad? No hay necesidad ninguna, es por esto que no la proporcionamos aquí".
El cura se puso muy nervioso y le dijo, "¿Qué clase de cielo es éste?".
El criado le replicó, "¿Quién te dijo que esto era el cielo? Esto es el infierno. ¿Quién te dijo que fuese el cielo?".
Y realmente era el infierno. Ahora comprendió: sin actividad, esto era el infierno. Debió volverse loco antes o después. Sin comunicación ni charla, ningún servicio social para hacer, ningún pagano para ser convertido al cristianismo, ningún tonto al que volver sabio ¿qué podía hacer?
Firmado : el de los loros
Encantado con el regreso del de los loros, se le echó en falta. Como se echan en falta las opiniones de Antonio y Pablo.
Encantado también con la tolerancia del propietario del blog, no siempre ha sido así y no sabe cuán fastidioso resultaba que, después de escribir un comentario, no le pareciera oportuno y no lo publicara. En ese momento desaparecían las ganas de darle ninguna opinión y aparecían otras enormes de borrar del saludo inicial la presunta pretensión de ser un diálogo.
Lo mejor de todo es saber que no estoy solo,que vaya donde vaya me acompaña(ahora que lo pienso,¡qué vergüenza!),que no me deja.Me siento protegido,mimado,querido...me siento indestructible.Y no,pase lo que pase,no tengo miedo.
¿Miedo?.Mucho:A que le ocurra algo malo a los míos que cada vez son más. Y mi miedo mayor.
Mis fobias merecerían que las estudiaran,si tuviera tiempo y dinero,claro,y ni lo uno ni lo otro.Por eso estoy aprendiendo a vivir con ellas,es lo más prudente.
Me gustan más los relatos que te dejan pensando en algo positivo.Darle vueltas a la cabeza intentando imaginar algo de lo que usted intenta describir, que causa al protagonista tanto miedo y que no acaba de nombrar me parece una pérdida de tiempo.
Soy ateo y si intenta dar miedo con un demonio creo que está un poco anticuado.
Yo creo que el peor miedo que existe es el miedo al vacío...
Yo también tengo mis miedos,¿quién no?,sí los habrá que no,pero es que yo prefiero no ser feliz a costa de ser imbécil.
Vosotros, que tenéis ya la dicha inestimable de creer. Vosotros, que vais buscando todavía a Dios. Y también vosotros, que camináis atormentados por la duda. ¡No tengáis miedo!...
Juan Pablo II
¡No tengas miedo!
Ábrele las puertas a Cristo. Es tu Salvación.
Pedro García
“¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! Repito hoy con fuerza: ¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo! ¡Dejaos guiar por Él! ¡Confiaos a su amor!”
Juan Pablo II
"Yo soy quien te manda que tengas valor y firmeza. No tengas miedo ni te desanimes porque yo, tu Señor y Dios, estaré contigo dondequiera que vayas"
Josué 1.9
Seré breve. Como composición literaria creo que es un relato aceptable.
Yo también quiero que publique un libro de relatos. Rebeca.
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