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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


domingo 2 de noviembre de 2008

¿Libros imprescindibles?



Una lectora me pide que haga “un resumen de imprescindibles”. No, no habla de futbolistas, toreros o tonadilleras. Se refiere a libros. La eterna cantinela. A la gente que leemos nos va esta historia del canon fundamental, las diez mejores novelas de la historia de la literatura española o costarricense, qué libros tendría usted siempre en el cuarto de baño o mesilla de noche, o los títulos preferidos de tal o cual escritor. Etcétera. Curiosidades y bagatelas. Porque sobre todo se trata de eso, de satisfacer nuestra curiosidad. Aunque también buscamos corroborar nuestro gusto o esa laguna de nuestra biblioteca, o vaya usted a saber, porque somos de lo más rarito. Pero son asuntos que no hacen daño a nadie y valen para pasar el rato. Que es de lo que se trata. ¿O no?

¿Hay algún libro imprescindible? Es la primera interrogante que me formulo. Enseguida salta la Biblia. Pero claro la Biblia, libro de libros, es escritura inspirada nada menos que por Dios. Además cuenta la vida de Dios-Hombre, el Verbo encarnado, la Palabra de Vida (la Palabra que da Vida). Es la historia de la Redención del ser humano. De la Creación y del Apocalipsis. Principio y fin. En la Biblia interiorizamos la esencia divina, sin leyendas cultiparlantes o fábulas pedestres. Es otra dimensión. La literatura como instrumento de resurrección, de esperanza y de belleza, de bienaventuranza y de Amor. Normalmente leemos sus páginas sin mucha convicción, o distraídos en cualquier monserga o tribulación; pero el intríngulis está en que podemos darnos de bruces con el mismo Dios. En Persona. Y eso no deja a casi nadie indiferente.

¡Ay, los libros imprescindibles! Como soy tan bibliólatra (dentro de un orden) su compañía -sólo con verlos- es algo único. Atempera el carácter y deleita el corazón. Miradlos. Todos me parecen imprescindibles. No hay nada más duro que desembarazarse de algunos -yo me los llevo al caserón de mis abuelos- para hacer un poco de sitio a los recién llegados. Miradlos. Nuevos o viejos, da igual. Lo bueno que tienen es que cada uno te cuenta su propia historia. ¿O es la tuya lector? ¿O es la mía? Decidirme por unos pocos es pedirme lo imposible. Si acaso puedo decir aquellos títulos o autores que entre tanta vorágine lectora -de novedades me refiero- necesito releer de cuando en cuando. No sé si serían los que me llevara a una isla desierta, o poblada por fogosas ninfas índígenas, pero posiblemente se acerque bastante.

En poesía releo sobre todo a Lope de Vega, San Juan de la Cruz, Rubén Darío, T.S. Eliot, Canciones de Inocencia y de Experiencia de William Blake, Rilke al completo, Cinco grandes odas de Paul Claudel, Jorge Luis Borges, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Jane Kenyon, Eugenio Montale, Jaime Siles, Xavier Villaurrutia, Miguel d’Ors, Luis Rosales y Antonio Colinas. Son los que más frecuento. Aunque en las nuevas ediciones vuelves a encontrarte con José Antonio Muñoz Rojas, o José Miguel Ibáñez-Langlois, o Pablo García Baena, o Blas de Otero… En prosa tengo siempre a mi lado los Cuentos de Julio Cortázar, de Flannery O'Connor, de Nabokov, de Unamuno y de Borges. ¿Novelas? Las ejemplares de Cervantes. Todo Dostoievsky, pues su obra es lo más sublime. Y La montaña mágica, de Thomas Mann. Y La isla del tesoro de Stevenson. Y Ana Karenina de Tolstoi, y Ángel Guerra de Galdós, y La educación sentimental de Flaubert, y La Cartuja de Parma de Sthendal. De memorias las de ultratumba de Chateaubriand son lo mejor, y las magníficas de Elias Canetti (Historia de una vida) y Julio Ramón Ribeyro (La tentación del fracaso); sin olvidarme de las de Pío Baroja y de las de su sobrino Julio Caro Baroja. Todo ello junto a los Diarios de Kafka, el epistolario de don Juan Valera, y El Espectador de Ortega y Gasset. Y Filocalía o amor a la belleza de Pedro Antonio Urbina. Y casi todo Thomas Merton. Y la Carta a los artistas de Juan Pablo II.

Desde luego estos libros siempre están a mí alrededor de una manera u otra, en una danza donde se alterna el tango, el vals y el rigodón. Apretados en los estantes de mi memoria o en mi cartera o sobre la mesa de trabajo. Ahí están. ¿Imprescindibles? Seamos cautos, porque imprescindibles hay muy poquitas cosas en la vida, y creo que todos sabemos las que son.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Si no es muy impertinente,¿por qué no me dice qué cuatro cosas son imprescindibles para usted?

Anónimo dijo...

Pues mire,pensándolo bien,no es por pasar el rato,ni siquiera en una noche de insomnio como la de hoy.
Fue justamente para lo contrario,créame,para lo que le pedí la lista de imprescindibles:para no pasar el rato leyendo cualquier cosa.Porque mi rato(y el suyo,y el del vecino)es limitado y prefiero emplearlo en la peluquería,entiéndame,en ponerme guapa,o menos fea,que sé que vendrá pero no me dijo cuándo.

Anónimo dijo...

Voy a ver si me leo La cartuja de Parma. En cuanto a lo imprescindible se me ocurre que es imprescindible el respirar. Pero claro, no sólo respira el cuerpo.

Anónimo dijo...

Feliz usted Don Guillermo que tiene espacio para poder trasvasar sus libros....le diré lo que he hecho yo, los he llevado a la biblioteca. Ha sido un donativo, claro, porque ya que no tengo espacio por lo menos que los disfruten los demás, así que bien mirado he ido desnudando mi pasado y mis lecturas han ido a parar a otras manos que las lean. Me he quedado con libros, naturalmente, pero sé que esos también acabarán en donativo...es preferible eso a que, cuando llegue el caso alguien los tire en el contendor de reciclaje, porque no deja de ser que son un poco "hijos mios por elección", y claro madre no hay más que una. Me da a mí que en algunos de esos procesadores de papel se podría muy bien montar una biblioteca....porque seguro que no muchos se toman la molestia de llevarles poco a poco,bolsita a bolsita a la biblioteca como quien deja un expósito a la puerta de la iglesia.
Por cierto me voya a atrever, perdone la osadía, a recomendarle un libro, quizá ya lo conozca, me gusto tanto hace ya tanto tiempo que ahora me he llevado una grata sorpresa al verlo reeditado:
Los lobos de Hans Helmut Kirst.
Un saludo.