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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


jueves 20 de noviembre de 2008

Por más que me empeñe en los libros...


Por más que me empeñe en los libros, lo importante es la vida. Lo que cuenta. Vida, vida, vida. Sin vida no hay ni tan siquiera buenas historias que contar. Sin vida no hay versos que cortocircuiten las mentiras en las que embalsamamos el alma de continuo. Vida, vida, vida. La vida es la que habla, la que nombra el lenguaje por su verdadero nombre. La vida es la que nos escribe los días con esa caligrafía nítida de luz que nos despierta todas las mañanas. Vida, vida, vida. La vida es la literatura más cierta, aquella que nos cuenta el argumento de nuestra propia realidad. Porque el hombre es el ensayo de una claridad, es la novela de un sueño, es el teatro de un drama, y es la poesía de una eternidad. Y todo ello es la vida, que se prolonga más allá del tiempo y de su gramática. Vida, vida, vida. La claridad ilumina el paisaje del idioma, ilumina por dentro los ojos y los trigales, las palabras y las nubes... Y se conjugan todos los verbos en infinito. La claridad nos restituye el gozo de las cosas y el tacto invisible de su esencia. Vida, vida, vida. Soñamos cada noche un sueño distinto, o el matiz de una felicidad inexpugnable. Soñamos la materia más perfecta: esa boca que escancia su vida en la nuestra, esas piernas que se abren al amor más adentro, o esas manos que abarcan el entero universo. Vida, vida, vida. La vida en la alegría de su drama. Paradoja humana. Cruz. Dolor que nos hace madurar el alma. Valle de lágrimas, aflicción y sufrimiento. Luz y sombras. Injusticias, humillaciones… Ser hombre duele. Y ese dolor nos trasciende y humaniza. Y nos resucita en sobrenatural efusión de gracia. Vida, vida, vida. Poesía. Ese zumo de luz al mediodía. La virtud de la paciencia y esa muchedumbre de gladiolos y begonias.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez vida por delante.
Pero ya ven, tengo 85 años…
y sé que me estoy muriendo.

J.L.Borges

Anónimo dijo...

Para decir: piedra,
pez, viento, paloma,
tuve que vivir.
Para nombrar a un barco,
para decir: estela,
horizonte de mar, bahía,
tuve que vivir.
Para virar,
para guiarme por las estrellas,
para seguir un rumbo fijo,
tuve que vivir.
Para señalar el Norte,
para enviar un mensaje
–hermosos días, hermosas noches–,
para esperar respuesta,
para saber esperarla,
tuve que vivir.
Para decir caballo: mi caballo.

Todo debió pasar
por mis pies, por mis manos,
tocarme, golpearme,
penetrar mi piel
como el lento acoso de una fiera.
Para afirmar: "–éste es el aire
y el fuego",
"–esto lo líquido y lo sólido",
y que aire, fuego,
líquido, sólido,
desnudaran su corazón de medusa,
su confundido aroma,
tuve que vivir.
Más allá de todas las tentaciones,
por encima de todas las preguntas,
tuve que vivir.

Para decir una palabra,
para decir una sola
palabra,
la primera palabra
y la última,
para que naciera esa palabra,
tuve que vivir.

Rafael Felipe Oteriño

Anónimo dijo...

"La vida es la que habla,la que nombra el lenguaje por su verdadero nombre".
La capacidad de hablar,el lenguaje,es un don de Dios ,a quien no le hace ninguna falta para comunicarse con nosotros porque Él habla al corazón.Es una muestra más de lo dependientes que nos ha hecho unos de otros,porque esa capacidad de contar lo que nos pasa y sentimos no tendría razón si no tenemos a alguien(aunque sea imaginario o tan virtual como el lector de este blog) a quien contárselo.

Anónimo dijo...

Me gustaría ser parte de su prosa.

beatriz dijo...

Impresinante.