Bienvenidos

Presento este blog con gran ilusión. Y alegría. No sé si servirán para algo los apuntes que yo pueda escribir aquí cada cierto tiempo. Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo.


martes 2 de diciembre de 2008

La historia interminable o como educar en el amor por los libros



El pasado jueves mi hijo pequeño, tras realizar sus tareas, leer un libro de Fantasmas de Fear Street y estudiar el examen de Lengua -los determinantes demostrativos y posesivos y el uso de la diéresis- me propuso una cuestión que ya creía que no iba a escuchar nunca: -“Papá, vamos a descubrir libros”. No cabía en mí de gozo. “Me parece bien Juan, siempre y cuando me dejes contarte antes lo que le sucedió a un chico más o menos de tu edad”. Tomé La historia interminable, de Michael Ende de una estantería y le dije: “Mira, he aquí una historia que no sólo le ocurrió a Bastian, el protagonista, también me ocurrió a mí, aunque no exactamente de la misma forma”. Juan me miró con cierta extrañeza, pero me conoce y sabe que a su padre le han sucedido cosas muy raras a lo largo de su vida. Como por ejemplo casarse con pajarita, escribir poemas o internarse en pleno desierto de Gobi -desde las montañas de Altai hacia el sur- sin moverse de casa. Por eso debió pensar que tampoco perdería nada si me prestaba atención un rato.

-“Juan, seré breve. Un día ocurrió lo que no debe ocurrir nunca. Me escapé del colegio. Era miércoles y tenía tus mismos años (cuidadito no se te pase por la cabeza hacer algo parecido, porque te castigo de por vida como galeote). Nadie se dio cuenta de ello. Tenía poco tiempo, pues debía volver a casa a la hora de la comida. Recorrí muchas calles que no sabía ni que existían. Algunas anchas y luminosas, otras llenas de sombras que parecían seguir mis pasos. En una de estas angostas callejuelas vi que se acercaban dos figuras enormes. Eran colosales y me pareció que gruñían. No lo dudé. Di media vuelta y me alejé de allí a todo correr…, hasta que no pude más. No sabía ni donde estaba. Y cuando poco a poco me fui recuperando descubrí que a mi lado estaba el escaparate de una librería”.

“No recuerdo su nombre (bueno, lo recuerdo, sí, pero hoy me lo callo). Sólo sé que entré como transportado por una fuerza desconocida. No te puedes imaginar la cantidad de libros que había allí. Me sentí seguro. Algo que me sigue ocurriendo desde entonces. En cuanto deja de haber libros por las cercanías me pongo nervioso. El caso es que en dicha librería había un señor mayor que no me dijo ni palabra. Estaba leyendo. Dejé la cartera en el suelo y comencé a curiosear entre los estantes y las enormes columnas de libros que había por todos los sitios. De pronto vi un libro que era mío. Quiero decir que me gustó. Acababa de dar comienzo una de las más grandes aventuras de mi vida, que sólo terminará cuando me muera, dentro de muchos, muchos años. Espero. El libro era La isla del tesoro. No tenía dinero para comprarlo, por eso aprovechando un descuido del señor cuando sonó un teléfono, guardé el libro en mi cartera. Lo sé, eso es robar y no hay que hacerlo jamás. Por eso, y después de decir adiós, salí de la librería con el corazón a mil por hora”.

“Una vez en la calle volví a correr como no te puedes figurar. Estaba seguro que a pesar de mis infantiles precauciones el librero me había visto coger el libro. Años después, bastantes años después, se lo conté todo y quise pagarle. Por supuesto no se acordaba de nada. Sólo me dijo que si había ocurrido como yo se lo estaba contando, que se alegraba como no podía ni imaginar. –‘¡Ojalá tuviera muchos ladronzuelos como tú!’, me dijo. ‘¿Sabes la cantidad de libros que me has comprado desde entonces?, además somos amigos’. Y nos dimos un abrazo”.

“Pero el caso es que, después de dar muchas vueltas y revueltas, logré encontrar el camino de mi casa. Comí a toda prisa y me escondí en un rincón para comenzar a leer La isla del tesoro: ‘El Squire Trelawney, el doctor Livesey y los demás señores me han encargado poner por escrito todo lo referente a la «Isla del Tesoro», de principio a fin, sin dejar otra cosa en el tintero que la posición de la isla, y esto porque aún quedan allí riquezas que no han sido recogidas. Tomo, pues, la pluma en el año de gracia de 17... y retrocedo hasta el tiempo en que mi padre era el dueño de la posada del «Almirante Benbow», y en que el viejo navegante, de moreno y curtido rostro, cruzado por un sablazo, se acomodó como huésped bajo nuestro techo’. Juan, ¿no escuchas desde aquí los cantos marineros, las jarcias y las olas? La isla del tesoro es mi historia interminable. Lee, lee. Tú eres Bastian, y tu padre cuando era niño. Entra de una vez en la librería”.

¡Qué tarde se nos ha hecho! Continuaré contándoles otro día lo que nos sucedió mientras descubríamos libros en casa.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Es que platicar con usted ha de ser una delicia, si viviera en España seguro le llamaría.
Que afortunado es ese Juan

Anónimo dijo...

Imagine que el librero hubiera cerrado su tienda, o se hubiera marchado a vivir a otra ciudad,o simplemente que se hubiera muerto, como le suele pasar tarde o temprano a cualquier vivo;¿cómo haría para devolver el libro?

Anónimo dijo...

Si ya me lo decía mi abuela:"hay gente pa to".

Anónimo dijo...

En el amor por los libros, la pesca con mosca, el ajedrez, los sellos, la jardinería, los paseos en bici ,a pie o a caballo; la mesa ordenada, las tardes de cine(en casa), las pipas con sal y las palomitas; el aroma de jazmines, dama de noche, bellaluisa, bizcocho de limón, ropa limpia o colonia de mi madre; la puntualidad, las adivinanzas, la lluvia, las nubes, las flores, el frío y el calor ;los juegos de mesa ,las risas,las charlas de amigos…

Anónimo dijo...

"Continuaré contándoles otro día lo que nos sucedió mientras descubríamos libros en casa."

¿Es una promesa?,dígalo para que deje imaginar qué les ha podido suceder.

Anónimo dijo...

Escribe cada día y se me queda muy corto. Quisiera leerle más.