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Presento este blog con gran ilusión. Y alegría. No sé si servirán para algo los apuntes que yo pueda escribir aquí cada cierto tiempo. Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo.


sábado 6 de diciembre de 2008

"Todo fluye", de Vasili Grossman


Cualquiera que lea con un mínimo de atención El drama del humanismo ateo, de Henri de Lubac (Encuentro) se da cuenta de algo cierto: desde la nietzscheana “muerte” de Dios (la religión es mera ficción, señala Comte en su ‘ley de los tres estadios’) el hombre en una buena parte del pensamiento moderno y contemporáneo pierde el norte. Pierde el norte porque reemplaza a Dios por un trampantojo, por una fantasía, por un absurdo. Reemplaza a Dios por si mismo, en un positivismo nihilista o materialista, en una dialéctica que le lleva a la locura. Cuando no a una soberbia alucinógena e irracional.

¿Cuál es “la doctrina salvadora”? El hombre se debate entre el ser y la nada, que diría Sartre años después. El hombre sin Dios sin darse cuenta busca el poder de otra fe, algo que justifique la deriva de su propia existencia, de su inquietud... No es de extrañar que se pusiera en manos del nacionalsocialismo hitleriano o de la revolución soviética. Y el hombre jamás ha sido tan atormentado y envilecido, jamás ha sido tan esclavo y escarnecido. El poder es el nuevo dios, y lo es el Estado. En su nombre todo vale. El mundo ya no es de quien lo ama. El mundo es de quien odia, de quien suprime la libertad y la vida de millones de personas en nombre de veleidades absurdas. El mundo sin Dios, señores, es un infierno. A la vista estaba entonces y lo sigue estando ahora.

El último libro que escribió esa especie de Dostoievski del siglo XX ruso que es Vasili Grossman es iluminador pero también lacerante. Todo fluye -editado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores- no es propiamente una novela. Es más un reportaje desde la entraña misma del sufrimiento, un estudio del alma rusa y un análisis certero sobre Lenin y Stalin, sobre esa dictadura del proletariado que asesinaba a discreción. Todo, claro, por el paraíso marxista. El libro es una radiografía del terror y del miedo, y de la sinrazón.

Todo comienza con la historia de Iván Grigórievich. Con su regreso a Moscú después de 30 años en cárceles y campos penitenciarios. Vuelve como un espectro, un viejo lleno de arrugas y canas. La vida ha seguido su curso. Su primo Nicolai, biólogo, ha preferido no ver y ha prosperado. Y su mala conciencia intenta justificarse (“era insoportable tener sobre su conciencia tantos años de infame sumisión”), como otros, en ese mundo paranoico repleto de delatores. Y Ania Zamkovskaya -el amor de su vida- se ha casado con otra persona…

Iván viaja a Leningrado, donde ella vive. Y ve su ventana. Y nada más. Deambula por las calles de su juventud, recuerda, reflexiona. Se topa con el que le denunció. Pero no desprecia. Es cansancio lo que siente, e impotencia. Por momentos añora el orden de los campos de internamiento, y revive su infancia (“tontito mío -le dijo un día su madre-, qué difícil te resultará vivir con un corazón tan sensible, tan vulnerable”) y se pregunta por el sentido de su vida. “No hay en el mundo objetivo por el cual se pueda sacrificar la libertad del hombre”.

Todo fluye es una historia con una clara intención moral sobre la Revolución y estalinización y... El poder absoluto se ha podrido en un cúmulo de insensatez y gusanos. El Estado es un fin en si mismo, donde nadie está seguro de nada, donde campan a su antojo funcionarios y chivatos. El análisis que Grossman hace de Lenin y Stalin casi en las últimas páginas es de lo más sagaz.

La vida de Iván Grigórievich, después de tanto dolor, es en definitiva un regreso al amor de su familia y de Ania. O a su nostalgia. Sin hacer nunca dejación de su pasión por la libertad. Todo el libro es un canto a la libertad. La libertad es su esperanza. "A Iván Grigórievich no le sorprendía que la palabra 'libertad' estuviese en sus labios cuando, de estudiante, fue a parar a Siberia, que la palabra viviese en él y que ahora tampoco hubiese desaparecido de su cabeza".

La fuerza narrativa de Vasili Grossman es impresionante. Todo fluye no es, desde luego, Vida y destino, pero la complementa con eficacia. Personalmente animo a la editorial a que traduzca toda la obra de Grossman. Nada en él tiene desperdicio.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

El marxismo todavía tiene un pedigrí de progresía, de aceptación por parte de cierta intelectualidad. Eso es lo más triste, o de lo más bochornoso.

Anónimo dijo...

“tontito mío -le dijo un día su madre-, qué difícil te resultará vivir con un corazón tan sensible, tan vulnerable”

Lo mismo le digo,aquí el que triunfa es el que no tiene corazón.

Anónimo dijo...

Me ha convencido, mañana me compro el libro de Grossman, me encanta como habla de la literatura. Yo soy un enamorado de los libros, sin remedio, pero como soy soltero no tengo problemas de espacio.

Anónimo dijo...

No se porque hay una tendencia a equiparar ateismo a marxismo, materialismo e incluso,
y con esto me sorprende señor Urbizu al nacionalsocialismo hitleriano.
Le dire que hay ateos buenos y malos. Con diferentes ideologias politicas.
Asi como hay creyentes buenos y malos. Con diferentes ideologias politicas.
Stalin era un barbaro, absolutamente un barbaro, y ateo.
Pero Hitler (puede informarse) era creyente y un barbaro aun mayor.
La gente puede ser de muchas maneras y si miramos la historia nos encontraremos con
barbaridades en el mundo religioso y en el mundo ateo.
Intentemos todos juntos convivir en paz y armonia.
Un saludo. El de los loros.

Julio Serrano dijo...

Su forma de enhebrar su lectura del libro del señor Lubac - de antemano le diré que no lo he leído- con el libro de Grossman que sí he tenido el placer e interés en leer, me parece, a la par que simplista y un tanto malintencionada, carente de sentido e inoportuna. No me gustaría extenderme mucho,de modo que,al margen de otras consideraciones, me gustaría recordarle que Grossman era un judío asimilado, que, cómo el mismo reconoce, no se había dado cuenta de su condición de judío hasta que los alemanes comenzaron a perseguir al pueblo judío. Como habrá podido comprobar,Grossman, sin tener un especial interés por la religión - no habla de ninguna de ellas ni en Vida y Destino ni en Todo fluye, es capaz de articular un poderosísimo mensaje de libertad, amor y bondad - piense en las atrocidades que tuvo que ver como corresponsal- sin el norte o la guía de su Dios.