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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




viernes, 29 de febrero de 2008

Budy

Budy era un tipo extraño. Tan extraño que la gente evitaba cruzarse con él. Rondaba los treinta años y vivía solo, en una casa que crujía de tristeza los días de viento. En realidad nadie sabía muy bien a qué se dedicaba o cómo se las arreglaba para comer o para mantenerse cuerdo. El enigma de su vida era el principal acicate en la mortecina existencia de los habitantes de Seneca, Illinois.

Corrían las más escabrosas leyendas sobre sus difuntos padres, o sobre la muerte de su hermano mayor Willy. Y los niños susurraban en sus juegos la pérfida mirada de Budy y los fantasmales secretos que ocultaba su misterioso silencio. La imaginación horadaba túneles en su inhóspito jardín, y sucumbía a las más inverosímiles historias sobre un tipo que no se metía con nadie y sobre el que nadie sabía nada fuera del cotilleo.

Todo era producto del aburrimiento. Porque en Seneca la vida era tremendamente aburrida, desahuciada de cualquier síntoma de algo que no estuviera asimilado en el regazo de la decadente rutina de sus comadres. Budy resultaba extraño porque nadie le conocía. Budy resultaba extraño porque no tenía amigos, no iba a la iglesia, no frecuentaba las tabernas y billares, y no se relacionaba con chicas. Y de cuando en cuando salía de viaje por unos días… y volvía sonriendo.

En la peluquería, en el video-club o en las gasolineras diseccionaban esa sonrisa en seguida. No había duda: se iba de putas. Porque eso de sonreír no estaba del todo bien visto en Seneca. Era una falta de pudor indigno de un ciudadano serio. Cuando llegaban a oídos de Budy esos comentarios -en un pueblo se oye todo- estallaba en una carcajada tal que provocaba que hasta los gatos cambiaran de acera.

Pero nadie se molestaba en indagar la verdad. Como mucho, el alcalde se limitaba a un conciso: “Chaval, espero que no me crees problemas”. Y Budy no los creaba. Porque Budy era un ser solitario por vocación. Su padre murió de un derrame cerebral repentino. En Boston, cuando estaba intentando vender una enciclopedia a una señora. Y su madre murió poco después de pura pena. Pero las habladurías… En fin. Y a su hermano Willy no se le ocurrió otra cosa que morirse en los brazos de una francesa que había conocido en algún tugurio de Nueva York. Lo cual era una muerte dulce.

Una muerte dulce, una muerte dulce. ¡Menudo gilipollas estaba hecho su hermanito! Aunque tantas muertes le habían dejado varios interesantes legados: la casa, más dinero de lo que él pensaba (en bancos distintos) y sobre todo una soledad envidiable. Porque toda la intriga de Budy se resumía en que era un lector empedernido. En su casa no cabía un libro más. Y ese era el motivo oculto de sus viajes: comprar cientos de libros (y comida). Hacerse con buenas ediciones de títulos que apreciaba cada vez con más devoción.

Pasaron los años. La soledad comenzaba a pesar en su cultivado ánimo. Sintió como que una etapa de su vida hubiera terminado. Y ya lo creo que terminó. Un buen día un fuego voraz destruyó por completo su casa. Entre las cenizas del pasado logró sólo salvar algunos anillos de su madre, las obras de Kafka y unas pocas chamuscadas novelas del escritor español Enrique Vila-Matas. Y ese fue todo su equipaje cuando salió de Seneca para no volver jamás.

Budy alquiló un piso en Santa Bárbara, California. Y allí escribió un solo libro, que le llevó unos 30 años de trabajo. Lo tituló: No me beses en la frente. La conmoción fue completa. Un desconocido, con tan sólo 250 páginas de soledad y genio había logrado una novela que a nadie dejaba indiferente. Tras la publicación se fue a vivir a Zapopan, en Jalisco, Méjico. Nadie lo supo. Y desde entonces no volvió a escribir nada más. Budy sólo leía y estudiaba el silencio… Hasta que murió a la sombra de un fresno. De puro viejo. Con los poemas de Garcilaso en la mano.

jueves, 28 de febrero de 2008

Homenaje y desagravio a Gustavo Adolfo Bécquer

“Bécquer es un cursi insoportable”
(Comentario escuchado en una librería)


I

Me dijo un día:
-“Te quiero”.
Y nací de nuevo
a la vida.


II

¿Poesía?
Cuando besas
mis palabras
desnudas.


III

Todo lo escribo por ella.
Para mí no quiero nada.

La mascota



Cada evento que se celebra en nuestra sociedad plurinecia necesita de algo mucho más importante que las ideas. Necesita de una mascota. Después ya vendrán las ideas (y las obras), que por supuesto se venderán junto a la mascota de turno, para hacer palpable por todo el mundo lo modernísimo que uno puede llegar a ser. Sin fantoche un proyecto se queda en nada. Y si es al cargo del presupuesto de todos mejor. Porque es lo fundamental, la clave. Es la imagen lo que cuenta. No en vano vivimos impregnados de lo superficial. Y si se fijan bien el muñecote suele ser una horterada de consideración. Digo yo que por llamar la atención de los panolis, o por aquello de la modernidad entendida como degradación del gusto y dogma general. No lo sé. Pero ahí está la mascota, presidiendo el protocolo y la liturgia.

No hay olimpiada, congreso, exposición universal, fundación, gobierno local, campeonato, feria, o empresa que se salve. Lo primero el muñeco de marras. Después ya veremos. Y se convoca un premio de artistas, en el que yo creo que siempre se lleva la palma el peor. O el amigo. Sino no hay quien lo entienda. Y todos a disimular. “¡Qué mono!”, “es gracioso”, “¡qué original!”, “menudo diseño”, y lindezas así. Porque no sé si saben que discrepar de lo moderno está muy mal visto, y puede ocasionar algún que otro quebranto en su fama. Aviso. Y todo esto viene a cuento porque hace unos días me quedé boquiabierto con la fotografía de un periódico. En ella el presidente del Gobierno vasco se retrataba junto a una cosa alienígena -fruto de alguna pesadilla nacionalista- llamada por lo visto Ukan. A pie de foto ponía que dicha mascota formaba parte de una campaña por impulsar el euskera.

Desde luego dicha lengua tiene que estar muy mal para recurrir a esto. Mal, muy mal. De pronóstico enajenado. “El virus de la convivencia lingüística se propaga”, dicen. Que el aita de la criatura no anda muy sobrado de imaginación es un hecho. Pero se lo han tragado oye, que es todavía peor. La extravagancia es siempre claro síntoma de extravío. Que cada uno se ponga los ejemplos que guste.

PD. Si tienen curiosidad escriban "Ukan" en Google imágenes y comprobarán la cosa.

miércoles, 27 de febrero de 2008

A veces

(Dibujo de Hilario Barrero)



A veces estoy
entre tanta gente
que me quedo solo
de pronto.

Los inicios de la lectura

No tengo nada que decir. Pero dando vueltas al silencio pienso que quizá sí. Quizá puedo contar cuando leí Muerte en Venecia, de Thomas Mann. Durante tres horas seguidas bajo un nervioso y pálido fluorescente. Alguien me dijo que no podía estar toda una tarde leyendo. Tenía 14 años y unas ganas locas de terminar el libro para a continuación comenzar a leer otro: El Aleph, de Jorge Luis Borges. (De fondo Crisis? What Crisis? de Supertramp). Y después otro, y otro más. No podía parar. La belleza literaria estaba ahí, y era mía.

El estudio podía esperar, debía esperar. Mejor dicho: mi estudio estaba en aquella infinita literatura. Calderón, Leopoldo Panero, Jenofonte, Galdós, Cernuda, Graham Greene, Henry James, Novalis, Thomas Merton, Proust, Blas de Otero, Baroja… No me demoraba mucho con las palabras. Leía con prisa, para poder leerlo todo. Y cuanto antes. ¡Qué años! Así es como fui adquiriendo mi hechura espiritual. Y digo espiritual, a conciencia. Porque aquello rebasaba por completo lo intelectual. O lo estético. Me estaba avituallando para un largo viaje: el de mi vida.

Yo no creo que fuera rebeldía o mera efusión lírica. Allí estaban los libros, y los libros están para leerse. Era -y es- una radical vocación por la lectura. Tal vez era -y es- la única forma de aprender a desenvolverme con cierto juicio. Las novelas ejemplares de Cervantes, Dios ha nacido en el exilio de Vintila Horia (que ahora reedita Ciudadela, siempre tan oportunos), la poesía de Jaime Gil de Biedma, Luis Rosales o Ezra Pound, Ortega y su España invertebrada o La rebelión de las masas, Las mil mejores poesías de la lengua castellana, La risa de Bergson, el Lope poeta, Shakespeare al completo (comenzando con Romeo y Julieta), Las almas muertas de Gogol, Flaubert, Resurrección de Tolstoi

Un libro me llevaba a otro. O una reseña de un periódico o revista. O un feliz encuentro en el rastro o en el polvoriento rincón de alguna librería de viejo, donde pasaba horas en amable conversación muda. Salía a pasear por la ciudad buscando librerías escondidas (había una en la que el librero estaba siempre leyendo, y le sabía hasta mal que lo importunáramos). Librerías en las que no hubieran cambiado los precios desde hace años. Así fue como me hice con verdaderas gangas. Por ejemplo La comedia humana de Balzac (que luego perdí Dios sabe cómo) o las Obras Completas de Lorca. Y luego me íba al parque, donde acariciaba los libros, y leía y leía y leía.

Pero hubo una lectura que me impactó sobremanera. Me refiero al Archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitsyn (que ahora pueden encontrar excelentemente editado en Tusquets o en Círculo de Lectores). Tiene razón Martin Amis cuando dice que este holocausto ha pasado más desapercibido, que no está tan “sacralizado” como el judío. La ceguera y el frenesí ideológico de tantos y tantos intelectuales marxistas tuvieron buena parte de culpa. Pero más de 30 millones de muertos eran demasiados para andarse con tapujos y vergonzantes coartadas. La infección apestaba. Y estos días he revivido todo ello precisamente con la última novela de Martin Amis: La Casa de los Encuentros (Anagrama). El desvalimiento del ser humano, su humillante postración ante el mal absoluto, pero también la grandeza de su alma y la redención por el amor, como bien ejemplifican los dos hermanos encerrados en el campo de esclavos de Norlag... ¡Qué magnífica narración!

Tenía 14 y 15 años y no tardaría mucho tiempo en darme cuenta de que en aquellos textos hallaría un gran remedio contra la adversidad y los mediocres. Que todo aquello acabaría convirtiéndose en mi vida.


martes, 26 de febrero de 2008

Debate electoral

Opinantes de gacetilla, los blogger al por mayor, emisoras fulgurantes, diagramas y porcentajes, en el taxi y en el bar, con el pincho de tortilla. Parece que todo gira alrededor del debate político que tuvo lugar ayer en España entre el gobierno y la oposición. Enhiestas verdades y mentiras siniestras. A mí me acompañaba la poeta uruguaya Idea Vilariño. Qué queda / dos tres años / cuatro cinco / no más. / Y eso habrá sido / todo. Pero es cierto, la fruta y el pan son bastante más caros. Lo sé porque los compro. Ahí nadie me engaña ¿Recesión, crispación, cizaña? Tal vez. No abusar de palabras, dice la poeta. El poder es un asunto que ha de llevarse con suma discreción. Y honrada administración. ¿Es el caso? Y los que quieren volver han de ganarse la esperanza. ¿O no? Pero dos y dos son cuatro -por eso somos más los que compramos en los chinos- y la ilusión es lo que tiene: se extingue / se deshace / se acaba. Hoy veo que de nuevo sale el presidente en portada de una revista homosexual. Me parece bien. ¿Por qué no? Cada uno esgrime su alma, nada más. Son elementos para la decisión del voto. Otra cosa: ¿cultura o coyunda? Porque, aunque a veces lo parezca, no son lo mismo. Fue largo el debate. No lo resistí entero. Los poemas de Idea Vilariño -los ha publicado Lumen- me ayudaron a sobrellevar el tiempo. ¡Por fin! Se acabó, todos a la cama. Y me pregunta el pequeño Juan, con cara de sueño: “¿Hay que rezar por España?”. Y me conmuevo.

De paseo



Sondeo mis bolsillos. Varios mensajes en el móvil. Un amigo me cita para mañana. Iré, iré, iré. Publicidad del último modelo de no sé muy bien qué. Dos o tres de mi mujer, impaciente por comunicarme su cariño, estoy seguro. Y otro de “identidad oculta”. ¿Quién será, será? Tal vez una esperanza. Junto al móvil unos papeles con teléfonos, versos sueltos, deudas pendientes y el apunte de unas horas que ya no recuerdo qué parte de mi vida acotan. Y el tintineo de unas monedas. Entre todas no llegan ni para el autobús. ¿Y las llaves? Nervioso me tiento la ropa. No están… Sí, aquí. ¡Qué susto! Unos clínex, porque hacía frío antes de ayer en Olite (oh, esas maravillosas jambas de la portada de Santa María y el retablo de Pedro de Aponte). Y un rosario que hace años mi madre me trajo de Tierra Santa. Mi madre, que amanece conmigo todos los días, desde niño, y que a pesar de su muerte cuida de mis cosas. La cartera está repleta de recuerdos y facturas. Cien pesos mejicanos, fotos de familia, entradas de cine, estampas, y hasta una tarjeta de visita -manuscrita- de Miguel de Unamuno. ¿Euros? Ninguno. Al menos hoy. Y así paseo, con las manos en los bolsillos del pantalón y la cabeza gacha. Pensando en cómo llegar a final de mes sin hacer de ello una tragedia. Espero, querido lector, que todo quede entre nosotros. Son confidencias de escritor noctámbulo. Gracias a Dios los bolsillos del abrigo son más amplios y allí encuentro el consuelo de mis gafas de vista cansada y de un par de libros. Me siento en un banco, al lado de unos magnolios y de una fuente sin agua. Pero no leo nada. Sólo pienso, mientras contemplo la mañana. No necesito nada más. O tal vez sí.

lunes, 25 de febrero de 2008

Ayer




Mientras llovía
vi de memoria
viva mi infancia.

Botas de lluvia y
las manos sucias
todos los días.

¡Cuántas caricias
y leche tibia!

Gotas de lluvia…

domingo, 24 de febrero de 2008

Cuando miro las cosas



La planta se alza en un rincón de la biblioteca.
Hojas grandes y afiladas como lanzas, verdes
que se desvanecen en otros verdes, o amarillos.
Y en la ventana la luz, y unos brillos
que estremecen de nostalgia a los espejos.
Los libros están dentro de esos reflejos
de las hojas, mientras la luz se funde en verde.
La planta es de talle esbelto, y en su base
una gran maceta ceñida por la hiedra.
Y la tierra que acabo de regar. Y dos piedras
ovaladas que vinieron del mar y de las olas.
Resplandecían de espuma, de abismos empapadas
y dispuestas a lanzarse al abordaje de mis sueños.
Esas piedras -ocre una y la otra negra-
me devuelven aquellas olas y aquella bruma.
Sentado allí, frente al mar, con un libro… Como ahora.

sábado, 23 de febrero de 2008

Harry Potter y las reliquias de la muerte (una perspectiva)

Bueno, ya está aquí. Ya llegó. Sopeso toda su expectativa, su glamour. El poder de la imaginación es el gran poder. Mucho más potente que el de la información o cualquier otro de cariz político o dinerario. Siempre he pensado que es la gran palanca que mueve el mundo: la imaginación. Las ideas necesitan de su chispa, y ya no digamos la investigación, o el arte en su máxima expresión. Sí, es el poder más desconocido…

Tiene su parte ácrata y loca -como bien apreció Santa Teresa y mi mujer desde que me conoció-, pero si logras domeñar poco a poco su estulticia puede transformarse en algo mágico y deslumbrante. La imaginación bien encauzada es para muchos el último bastión donde agarrarse. Por eso son tantas las personas que toman esa inquietud y la escriben, o la pintan, o la coleccionan, o la construyen, o bailan con ella hasta la extenuación.

La imaginación es parte de nuestra esperanza para alcanzar algo más auténtico y mejor. Es cierto, tiene su lado oscuro, su inclinación a la mentira, si nos dejamos embaucar por la locura del mal que es la soberbia y su rebelión. Como le ocurrió a Lucifer y a tantos otros -ángeles y hombres- con él y después de él. Lo vemos a nuestro alrededor y lo sentimos en nosotros mismos, en esa lucha por no dilapidar nuestro corazón y nuestra razón en un vómito de mediocridad y vacías pasiones.

La imaginación tiene su contrapeso en el cultivo de la virtud. Que no es sinónimo de idiotez, como se piensa tantas veces. Al contrario, la virtud acrecienta la maravilla de esa imaginación. La ennoblece. No todo está perdido cuando nos creemos perdidos. Y, de repente, a alguien se le ocurre una historia. A una tal Rowling sin ir más lejos, una mujer en horas bajas. Y comenzó a escribir. E imaginó a un tal Harry Potter, y lo fue modelando con esas virtudes y con esos anhelos.

La magia que nos cuenta la autora es la esperanza de lo que he dicho antes: de algo mejor. Algo que requiere de un aprendizaje y de una pedagogía. Y por lo tanto de una disciplina y de cierta capacidad de sufrimiento. Es la historia de esa lucha contra el mal que nos tienta, la brega contra esa otra dimensión perversa del ser humano cuando enloquece. En su centro la amistad leal de los amigos, el recuerdo de los padres y el amor que aparece. Y el estudio.

Sí, ya está aquí. Ya ha llegado la séptima entrega de J.K. Rowling: Harry Potter y las reliquias de la muerte (Salamandra). Muchos de los más jóvenes lectores han crecido con él. Han leído en él una visión distinta de la realidad (con posibilidades que parecían imposibles), han aprendido a desarrollar el gozo por la literatura y la imaginación.

No sabemos si este tomo será el último de sus aventuras. Pero lo que yo sé es que significa lo mismo que sus predecesores: un impulso tremendo para la lectura de otros muchos libros -quizá mejores- que están ahí, esperando su oportunidad. Porque el fenómeno Potter no es otra cosa que el fenómeno inaudito y misterioso de la literatura. Que nos transforma.

viernes, 22 de febrero de 2008

Hacia la enjundia


Reconozco que me cuesta repasar la prensa. Abro los periódicos mirando de perfil los titulares. Demasiada carnaza, demasiado fútbol, demasiado paripé (que al día siguiente es todo lo contrario de lo que ahora parece ser), demasiados intereses, demasiada independencia a la remanguillé, y un hastío de tetas y burdeles en los anuncios clasificados. Sólo me interesa Pau Gasol y cultura (sobre todo los suplementos) y de vez en cuando algún artículo opinante de Juan Manuel de Prada, Arturo Pérez-Reverte, María José Navarro o Laura Campmany. Lo demás me aburre. Me levanto más cansado de lo que me acuesto, y no estoy para desayunarme la geta de algunos.

Y es que estoy desconocido. Compro el Marca -donde devoro las páginas de baloncesto- y Alba, que es de los pocos que tiene arrestos viriles para defender la vida. Y me encantan las primeras páginas del Hola. Esas en las que algún individuo o individua nos enseñan su casa con todo lujo de derroche. No me digan que no desestresa contemplar el rotundo azul de esas piscinas, o esos divanes tapizados de telas exquisitas -¡ay, el frufrú de seda de esos almohadones!- en donde imaginas unas interminables tardes de amor y lectura. O los preciosos búcaros de filigranas camboyanas, o las amplias estanterías que tú llenarías en seguida de literatura (sobran retratos y floreros, velas y abalorios) .

Ya sé que no gusta pensarlo, pero nuestro tiempo está muy medido. Vivimos pendientes de un hilo, y más nos vale hacernos a la idea. Nos queda mucho por amar y por leer como para perder la conciencia y los buenos hábitos hurgando en el mando alcahuete de la televisión o con el mono de la radio o con el churriguerismo de ciertos políticos mortecinos. Kosovo es un abismo, y me preocupa la creciente patología asesina de personas que enferman de soledad, depravación y miedo; y el aborto o la eutanasia como irracional salvajismo; y el terrorismo con salvoconducto… Estoy en el mundo, sí, no me he ido. Y si Dios quiere espero quedarme unos cuantos años más por aquí, escribiendo lo que pienso. O lo que miro.

Pero debo ir a lo fundamental. En fin, esas cosas: la familia, la mística, los amigos, la primavera, los libros. Mis clásicos vamos.

jueves, 21 de febrero de 2008

El cuenco de laca, de Fernando Schwartz

Para Carmen Deza


Un libro más. Otro. Es lo primero que piensas, mientras rebosa tu mesa de ellos. La mesa y la casa entera. Y tu cabeza, plagada de personajes, lugares y anhelos. Sí, otro libro. Lo sostienes en tus manos cansadas, mucho antes de abrirlo. Autor conocido, portada sugerente… En fin, vamos a ello. “Hace muchísimos años, durante un festival del Tet, el tío Khuê me llevó a visitar el templo de la Literatura”. Así comienza la novela El cuenco de laca, de Fernando Schwartz (Espasa).

Eres un profesional del asunto. Lapicero en ristre vas subrayando frases y tomas notas por los márgenes de las páginas. Siempre lo has hecho así. Y vas avanzando despacio en la lectura. La historia de esta mujer vietnamita que estudia Farmacia en La Sorbona y se siente francesa y tiene el amor circunstancial de Luc y lucha contra la ocupación nazi y conoce en determinado momento a Ho Chi Minh, “el de la voluntad esclarecida” (aunque en realidad no se llamaba así) y… Poco a poco te subyuga la historia.

Hasta que Vu decide volver allí, a su nostalgia de Vietnam: a su infancia, llena de leyendas. Porque todos queremos volver a los orígenes -¿es sólo romanticismo?-, sentimos la necesidad de recorrer de nuevo aquella felicidad que dejamos atrás. Con esa luz precisa de correrías, trastadas, sueños y familia. Vu Thi Liên -o Elena Vu- camina otra vez por el barrio de las Treinta y Seis calles. Pero vuelve en plena revuelta contra la ocupación francesa. El inevitable drama de la vida.

Y es que la vida tiene siempre algo de inoportuna. No acaba nunca de dejarnos disfrutar del todo de aquello -o aquellos- que más queremos. Porque la muerte es parte de la vida. Y nada más llegar Liên la mira de frente, siente su herida, su garra, y esa ausencia que nos deja en el alma cuando ya no respira. Y como quien no quiere la cosa ya has llegado a la página 37, justo el momento en el que la vida de Elena -o Liên- cambia por completo. Cae abatido por un disparo su tío Khuê y un oficial francés la salva por primera vez.

Dejas a un lado el lápiz y ese cierto escepticismo que tenías desde que comenzaste a leer este libro. Y comienza ese gran misterio que es para todos la lectura. Has leído miles de libros y todavía te sorprende. Comienzan a aparecer más personajes. El padre de Elena, otros familiares, Bernard, el maestro Do Muoi, la sensual y delicada Lu, el sorprendente general De Castries, la santa soeur Thérèese, y tantos más que van engarzando el entramado de esta entrañable novela.

Entrañable, sí. Porque Fernando Schwartz ha escrito una novela de amor en toda regla. Amor entre los amantes (que a pesar de vivir en bandos opuestos logran redimirlo todo en ese amor y en el sufrimiento), amor a un país tan bello como Vietnam y amor a la literatura (a querer contar un historia de verdad, con una contención narrativa y una agilidad verbal sobresalientes).

Esta “novela historiada” -como le gusta denominarla a su autor- es elegía (la reflexión sobre la muerte, el dolor y la existencia es una constante) y es épica. No sólo por las brillantes páginas sobre la batalla de Dien Bien Phu, también es épica la cotidiana lucha por ayudar a los demás o por sobreponerse a la injusticia o a la violencia. Pero la historia de Elena Vu (ella es el cuenco de laca, símbolo de fortaleza y sensibilidad), en su entraña, es profundamente lírica. Hay en este libro un toque de distinción y delicadeza muy especiales (muy oriental), que acompañan al lector desde los primeros compases y que, al concluir, no sabes muy bien cómo definir. Tal vez porque sea imposible definir la brisa, o el aroma de la lluvia, o ese tono verde de los arrozales que parece recién pintado por Dios.

Enhorabuena Fernando Schwartz. Reconozco que tenía algún prejuicio sobre ti o sobre lo que pudieras escribir. Con esta novela me has redimido de tanta puñeta y has hecho posible que ame, todavía más, la buena literatura. Gracias.

Jorge Luis Borges sueña que se enamora


La mañana es rubia, con destellos
de luz en el tacto de los libros.
Es el reflejo de sus labios
rojos en tus ojos ciegos.
Escuchas con pasión el silencio
que despierta tu deseo.
Y sueñas la belleza en versos,
enamorado siempre de tus sueños.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Motivos para creer (variación sobre un eslogan político sacado del título de un libro del P. Loring)



Veamos. Uno cree en pocas cosas. Las necesarias para que vida y conciencia no den respingos, o sufran colapsos de impotencia. Creer, lo que se dice creer, sólo creo en Dios. Es el principio de todo lo demás. Y el fin. Es el sustento del ser -causa incausada- en la bienaventuranza de mis anhelos y lecturas. Dios es mi cumpleaños todos los días. El que me regala el amor de mi familia, la santidad de la belleza, o la memoria con la que recuerdo su presencia en mi vida. Mirad lo que os digo: Dios es mi literatura. La que leo en todos los libros, y la que brilla en mi biblioteca. Porque no puede ser de otra manera. No es cosa mía, ni vuestra. No es obsesión o querer ver donde no hay. Porque ahí está Él. Las palabras se combinan de muy distintas formas -infinitas-, pero siempre aparece en el texto un resquicio por donde asoma el alma.

¿Motivos para creer? Yo los tengo colmados de olas y alas. De versos y besos. De ojos y hojas. En cada mirada adivino el Paraíso. Y me detengo para hacerle a Dios una fotografía, que después revelo a solas. Y escribo como si estuviera en misa. Y todo se transubstancia en otra maravilla. Puede pareceros quizá un exceso pío esto que digo. Pero es que la vida es una certeza pía. O incluso la duda, cuando se tercia. El amor no tiene límites en su expresión, es la vanguardia de la civilización y del arte. Y de eso se trata. De ir aprendiendo a perder la vergüenza. Con oración e inspiración. Con esa cadencia del corazón que va más allá del carpe diem y de la pereza.

ADENDA: Elecciones en España. Ebullición de los liliputienses. Parada y fonda en la desproporción y el disparate. Hace tiempo que delegan el pensamiento en agencias de publicidad. Unos y otros. Pero cuanto más hirsuta es la inteligencia mayor es la necesidad de la propaganda. Y la mala leche. Por eso a algún genio se le ha ocurrido sacar el lema socialista -“Motivos para creer”- del título de un libro del Padre Loring, editado por Planeta en 1997. El eco religioso del aserto está buscado muy a propósito. Conviene. Se podrá achacar a falta de imaginación. Yo no me lo creo. Estratagema más bien. Se busca el despiste subliminal y la confusión a toda costa. No hay que ser pardillos.

martes, 19 de febrero de 2008

La niebla, la vida



Ayer estuve de viaje. Puede que no le importa a nadie. Pero es que vi la niebla. Y la tierra. Esa tierra curtida en surcos de diversos colores. De cuando en cuando una casa en ruinas. Sola, en medio del frío. Imaginaba la vida allí. Toda una vida trabajando el paisaje. Generaciones de muertos se amaron bajo esos techos que ya no existen. Quedan unas vigas podridas y algo de sus paredes de barro. Y el vano de una ventana o de una puerta. Ahora sólo las habita la niebla. Siento la emoción del tiempo. Siento la presencia de una mujer que reza mientras todos los demás duermen. Tiene miedo por sus hijos… Y yo -a pesar de la distancia- noto su angustia. Y se me pone un nudo en el alma, como si fuera mi propia madre. Dios, ¡qué soledad de siglos! Todavía puedo hacer algo por sus vidas. Tal vez viajamos demasiado deprisa para darnos cuenta de nada. O de nadie. Hay que parar. Quiero tocar la tierra para hacer memoria. Recordar los juegos de niño o las primeras lluvias. La siembra del trigo y el mar amarillo de las espigas. En las ruinas de esa casa hay ropa tendida. ¿O será la niebla? Flota en la brisa su blanca aureola, y la inmemorial nostalgia del verano. Y el bálsamo del tomillo, y del romero.

Presentación de libro



El miércoles presento de nuevo un libro. No, no es mío. ¿Y? Pues nada, eso, pero que cada vez me gusta más el silencio. ¿Tan malo es? ¿Quién ha hablado? La novela es buena, algo más que llevadera. Soy yo, que de madrugada me inquieto. Ya. Es cierto. Un libro es el silencio de su lectura, esas horas sin tiempo. Lo demás sobra ( y si lo que sobra es el libro, a la basura con él, sin miedo). ¿Y la presentación? Algo entrañable y tal vez innecesario. Pose publicitaria. Aunque disfruto, lo confieso. La gente es agradecida y los escritores personas especialmente necesitadas de cariño. ¿No lo dirás en serio? Con todas las veras de estas letras que tecleo. Es la experiencia que tengo... de mí mismo. Unos por inseguros, otros por vanidad, otros por aburrimiento, otros… ¡Qué cuento tienes! Puede ser. Serán las altas pasiones, que me afectan más de la cuenta. Bienaventurados aquellos que lean algo más que novedades, pero en estas cosillas culturales pasamos un buen rato, que es de lo que se trata. ¿Qué dirás? ¿Cuándo? El miércoles. Ni idea. ¿Ni idea? Nada. ¿Nada? Bueno sí, algo. ¿Algo? He tomado notas del silencio y he subrayado ciertas palabras del libro. Lo malo… ¿Qué? Que no sé si pagan. Eres un ingenuo. Desde luego. Sin remedio. Dejémoslo aquí. ¿Dónde? Aquí, en este punto. ¿Por? Porque tengo sueño. Excusas. Bueno.


Sólo eso


Sigo muy atento el movimiento
de las hojas, o el de la luz
en su desinencia de fuego.
¡Qué maravilla los ojos!
Más cuando los cierras, y ves
todo por dentro.

Es lo que prefiero: quedarme quieto
y dibujar con palabras las cosas.

lunes, 18 de febrero de 2008

Como si nada


¿Un poema? Y piensas
siempre en ella.

En ella y en el vuelo
de su falda.

O en su desnuda
espalda.

¿Un poema? Esas piernas
con sus medias.

Y sus labios rosas
cuando se bebe mi alma.

Ella, siempre ella.
- Me llama.

domingo, 17 de febrero de 2008

"Y ¿qué es la verdad?"


Muy pocos son aquellos que se atreven a decir lo que piensan (a decir lo que piensan de verdad, no esas cuatro baratijas que nos quieren hacer pasar por realidad), pero menos aún son aquellos que dicen lo que ven debajo de su propio disfraz. No debe ser nada fácil atreverse a terminar con lustros de lágrimas y contar, pues eso, contar lo que más duele, con sencillez, sin querer aparentar lo que no somos ni seremos jamás. Cada vez avergüenza más la verdad, y nos sometemos a la tiranía de lo que piensan los demás. O de lo que creemos que ellos piensan de nosotros. “Nada bueno, seguro”. Acostumbrados a fingir siempre una mentira. Y la vida con la que nos vestimos todos los días para salir a escena, se vuelve insoportable de tanto olvidar esa alegría que el hombre necesita. La verdad cuesta, pero es necesario que nos atrevamos a decirla. No podemos seguir así, dando largas por más tiempo. Porque el tiempo se acaba, señores.

sábado, 16 de febrero de 2008

Guía del observador de nubes

Ya me pueden decir lo que quieran, y con todas las frases rimbombantes que puedan adornar la cuestión, pero el hecho es que lo de la casualidad no se lo traga ya nadie. Ni con calzador. ¡Por Dios! Si sólo hay que estar un poco atentos a lo que sucede… y cómo sucede. Eso del azar y la casualidad es para gente que carece de ilusión, y que pasea su lengua(je) con escepticismo. Algo ya muy anticuado, cálculo matemático de salón o rancia hibernación filosófica. En mí -perdonen que hable de mí, ahora no tengo a nadie más cerca- lo compruebo a diario. Claro, me dirán, como eres hombre de fe cabalgas a lomos de la providencia. Y es cierto, negarlo sería absurdo. Pero les aseguro que aunque no tuviera esa fe que Dios me regala, lo de la casualidad me seguiría sonando exiguo, insuficiente, de poca mordiente. Y ya que ha salido lo providencial a mi escritorio, diré que tiene más lógica aceptar un milagro que tragarse el fraude por sistema, no vaya a ser que digan. Y les expulsen del compadreo.

Pero yo he venido aquí para hablar de las nubes. (Este Urbizu está realmente mal). Y es que desde mi más tierna infancia he intentado buscar en ellas no ya un consuelo celestial o una sombra que me aliviara de la asfixia material. (Muy mal tiene que estar el autor para recurrir a las nubes como conversación). Buscaba en ellas un mensaje, una diáfana visión que persuadiera en algo a todos aquellos que me decían: “Guillermo, deja de leer y haz cosas de provecho, que estás en las nubes”. (Decididamente, Urbizu escribe para compadecerse). Y es que era verdad, estaba en las nubes; pero no como creían -y creen- ellos, que se acercan siempre peyorativamente a la belleza, o al conocimiento de la claridad. (Encima se cree lo que dice, el muy ingenuo). Era un estudio metódico; mejor dicho: una contemplación exhaustiva de su movimiento y de su forma. Las nubes nos muestran la altura de las olas, por ejemplo, esa espuma del agua que ha conseguido liberarse de su peso. (Vaya, vaya).

Tienen una entraña espiritual. Son intermediarias entre el cielo y la tierra. Y llueven de pura pena. Normalmente no les hacemos ni caso. La ciencia encuentra en ellas una barbaridad de tipologías e interpretaciones, dependiendo de su densidad, velocidad, frío o calor... Por otra parte nos anticipan la impaciencia de Dios, pero también la textura infinita de su amor. Son como un alfabeto que nos va dictando el resplandor de aquello que nos parece del todo imposible. Y aprender a leer las nubes requiere de una vocación. La virtud no se improvisa. Por eso cuando hace poco me enteré que existía una “Sociedad de apreciación de las nubes”, me dije que en el mundo todavía proliferaban los cuerdos. (Me daré de alta en dicha asociación en cuanto pueda). Y pensé que nada de esto era casualidad. ¿Han leído bien? Sí, han leído bien: “Sociedad de apreciación de las nubes”. Lo científico cabe en ella por supuesto, pero lo que más alegría me ha dado es saber que tienen muy en cuenta los presupuestos poéticos y simbólicos del asunto. Su fugaz belleza es fuente inagotable de placer, y germen de una imprescindible mansedumbre. Y de sabiduría. Y de una piedad que nos lleva a hablar con Dios.

Y si todo lo que he venido escribiendo hasta aquí les parece una soberana tomadura de pelo, pues nada, ha sido un placer. Pero si -como pienso- tienen en su alma esa inquietud por la contemplación de lo bello, esa curiosidad por adentrarse en el misterio, deben leer Guía del observador de nubes, de Gavin Pretor-Pinney (Salamandra). La editorial lo pone como “libro práctico”. En cierto sentido lo es. Pero creo que sobre todo se trata de un libro lleno de sugerencias e intuiciones. Un ensayo por el que espero me tomen los míos un poco más en serio, cuando me vean en semejante trance contemplativo.

Es cielo y es azul, se titula un magnífico libro del poeta Miguel D’Ors. Pero necesitamos de las nubes como punto de referencia que nos ponga sobre la pista de la felicidad. De alguna manera hacen más accesible ese cielo que nos deslumbra y espera. Y sin ellas es imposible la vida.

viernes, 15 de febrero de 2008

¿Dónde leo?



Dudo. Y eso que mi casa no es muy grande. Diría que es pequeña, si seguimos la proporción de los libros que hay en ella, o la cantidad de soldados que Juan va situando estratégicamente (no es fácil cubrir todos los flancos, exige pericia). Sí, dudo. Podría leer en la cama, como un trasunto de Hans Castorp -ya saben, el de La montaña mágica de Thomas Mann (Edhasa)-, al que tanto le gustaba escuchar el murmullo del agua. Pero me parece demasiado vicio a estas alturas de Cuaresma.

Se me ocurre que el sillón de mi cuarto está bien, es suficiente. Es un tapizado elegante de amarillos, puedo apoyar las piernas en un puf a juego y me va muy bien para la espalda. Y al lado tengo la ventana, por si me canso de lectura y quiero contemplar consideraciones azules, o algún verso de Miguel Veyrat me deja absorto de nubes. (Qué razón tiene Miguel cuando escribe: Yo soy Dios / Cuando amo; y les prometo que es como si yo ya lo hubiera pensado antes).

Pero me levanto en seguida. No me encuentro cómodo. ¿Qué pasa? ¿Tengo rarezas de cuarentón? Y me voy con la música -y los libros- a otra parte. Dudo. Gran idea: en la terraza. Bajaré el toldo para que no me vean los vecinos. Y a estas horas se puede aguantar el frío. Se respira muy bien… Sin embargo pienso que para estar a la intemperie es mejor una novela. El manuscrito de mi inquieto amigo Jesús B. servirá. Y estoy un rato, hasta que a las palabras les entran escalofríos, y comienzan a temblar tanto que se ponen imposibles de leer.

Hogar, dulce hogar, hay que fastidiarse de lo bien que se está dentro de casa. Cristina tiene en su habitación un silloncito muy mono él, con su cojín rosa. En él leí En las nubes, de Ian McEwan (Anagrama), me acuerdo muy bien. Porque me sentí muy identificado con Peter Fortune, el niño protagonista. Un niño tranquilo y proclive a soñar sueños de verdad y no cualquier pantomima. La última historia es fantástica. A mí me ocurre con cierta frecuencia. Me pregunto por las mañanas qué pasa, y es que soy un niño embutido, todavía, en este facineroso cuerpo de adulto. Un gran libro.

Pero bueno, ¿dónde estaba? Sí, ya, buscando un sitio para leer. Pues aquí mismo, en el salón-biblioteca. Veamos: seguiré una hora con el manuscrito y luego otra más con El club de los patriotas de Christopher Reich (La Factoría de Ideas), pues necesito algo liviano, más llevadero para mis neuronas. Y luego me espera tender la colada y sacar el lavavajillas...

Pero algo me ha despertado, y estoy en mi cama. ¡Qué raro! ¿Lo habré soñado todo?

jueves, 14 de febrero de 2008

Carta a Jorge Luis Borges


Querido Borges:


Esta mañana, cuando me preparaba para salir de casa, entre el beso a mi mujer, las mochilas de los hijos, los últimos repasos para los exámenes, ¡ése albornoz a su sitio!, y el no sales hasta que no te hagas la cama, me he acordado de ti. Seré más exacto: me he acordado de mí leyendo tu libro de poemas La cifra (Alianza) allá por el año 1982, rodeado por la maraña de la luz y los geranios. Y aún preciso más: era junio y no lo he olvidado. A esas horas estarías paseando con María por algún parque de Ginebra (¿el Promenade de Bastions o La Grange?), o quizá ella te leyera algún cuento de Edgar Allan Poe, en Granada.

Pero lo que te contaba. Cuando estaba a punto de ponerme el abrigo he recordado los primeros versos de tu poema “Himno”: Esta mañana / hay en el aire la increíble fragancia / de las rosas del Paraíso. - Adiós papá, decían mis hijos. Y yo he debido contestarles algo -portaros bien, atended en clase-, mientras pensaba en esas místicas rosas del Paraíso que florecen para nosotros cada mañana. Hechas de colores de luz, o de pájaros de brisa.

Y a riesgo de llegar tarde al trabajo, me he quitado el abrigo y he buscado en la biblioteca el tomo encuadernado en piel granate de tu Poesía. La cifra, La cifra, La cifra. Aquí. Índice. Vamos a ver. Ya, “Himno”. Página 41. Y lo he leído en voz alta, de pie, escuchándote. Y he seguido leyendo otros poemas… Hasta que me he dado cuenta que era ya muy tarde. No llego, no llego. (¿A dónde?). Y he metido el libro en mi cartera, al lado de otro de tu amigo Alberto Manguel. A propósito, y perdona que me vaya por los cerros de Úbeda, ¿qué te pareció su libro Con Borges (Alianza)? Retrato y homenaje. Y análisis perspicaz de tu obra. Un texto entrañable que recuerdo leí en un hospital, acompañando a mi suegro.

¿Te das cuenta Borges? Siempre la manía -o necesidad- de recordar el lugar donde uno ha comprado o leído los libros. Como el enamorado que no olvida jamás la primera cita y los inmediatos piropos. A veces pienso que esto nos sirve para hilvanar mejor los signos del idioma a la geografía del misterio. O que los libros son el astrolabio de la marinería. Y el sextante. Libros: eslabones de tiempo, memoria de lugares inciertos, música del lenguaje, palabras encendidas… Una de las formas más sublimes con la que expresa el hombre su dolor, y la ternura. Y el río aquél por donde corre el río Ganjes (de tu poema “Heráclito”), y el pensamiento de las flores, y la posibilidad de que Dios nos ame y nos hable desde los poemas de Borges -de tus poemas.

Aquí delante tengo tu poesía, abierta de par en par, en esta mañana donde aspiro el perfume de tu grandeza (esa "rosa profunda"), de una literatura cuyo enigma tú ya conoces. Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído. Las que te he leído. Y las que vuelvo a leer ahora.

Un gran abrazo maestro, amigo.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Rilke y la princesa Marie

De una biografía de Rilke se desprenden una fotografía de mis hijos y un pétalo seco de tiempo. Y pienso en Ronda, de recién casado, camino de Granada. Y pienso en Duino y en la princesa Marie von Thurn und Taxis que dio cobijo al poeta (primero en Duino y luego en Venecia y en Bohemia). Todo era perfecto, ¡vivo! La imagino a ella, abajo, en esa pequeña cala de color esmeralda y arena. Está enamorada del mar, y las olas lo saben y le acarician propicias sus pies descalzos. Va dejando a su paso un rastro de espuma y un rumor de viento. Inspira la luz y levanta la vista. Tras aquella ventana está Rilke. Adivina su lenta escritura, la grandeza del misterio que proclama. Está orgullosa de ser su amiga, de ser depositaria de sus confidencias. Es un hombre completamente distinto a los demás que conoce. Ayer estuvieron hasta muy tarde hablando de poesía. No, no de las palabras o poetas: ¡de poesía! Parece como si viviera en ella. Y no sólo es cuestión de belleza. Es el dolor también, y el desaliento que uno siente. Y la impotencia. Él dice que la poesía es la ciencia de los ángeles. Y le ha leído unos pocos versos… Habla de unas elegías. No se cansa de escucharle, de mirarle. Imagino a la princesa Marie von Thurn und Taxis del brazo de Rilke, ascendiendo por la magnífica escalera de Andrea Palladio. Querría darle un beso y no dejarle nunca. Le conmueve su fragilidad, su soledad, y la bondad de esos ojos que ven la real magnitud de la vida. Y la razón de la muerte.



NOTA: Les digo tres libros a tener en cuenta: Elegías de Duino, los Sonetos a Orfeo y otros poemas, seguido de Cartas a un joven Poeta, de Rainer Maria Rilke (Círculo de Lectores); Recuerdos de Rainer Maria Rilke, de Marie von Thurn und Taxis (Paidós); y La vida de Rainer María Rilke, de Antonio Pau (Trotta).

"¡Arrepentíos!"


Para Hilario Barrero



“¡Arrepentíos!”, se desgañitaban los profetas,
y todavía seguimos divagando entre carcajadas,
humo y un par de frías cervezas.
No llueve, suben los precios... ¿Qué hace el gobierno?
Lo de siempre: sintagmas.
Menos mal que el Madrid ganó siete a cero.
“¡Arrepentíos!”, gritaban, pero
¿quién escucha la sequía del alma?

lunes, 11 de febrero de 2008

Alberto Manguel (homenaje de lector)


Ves libros sobre la mesa. Granadas,
café, papel y pluma en las cubiertas.
Es Alberto Manguel que escribe en ellos
la nostalgia de la literatura.
¿Su vida? Un Diario de lecturas
y el amor encuadernado en el tiempo.

¿Es cierto lo que dicen las palabras?
¿Será verdad que no nos dejan ciegos?


NOTA: Diario de lecturas (Alianza Literaria) y Breve tratado de la pasión (Lumen) son dos magníficos libros de Alberto Manguel, uno de mis escritores y críticos literarios favoritos. El primero es un prontuario de esos libros suyos que prefiere; es en realidad una buena parte de su autobiografía. El segundo es una selección de textos sobre la pasión amorosa, escritos por Chopin, Lord Chesterfield, Unamuno o Borges. Hace dos semanas que lo llevo siempre en el abrigo, conmigo.

Plinio el Joven, Dostoievski y la poeta Gloria Fuertes

Voy leyendo y me encuentro… maravillas que creía perdidas, o imposibles. Claves, historias, secretos, misterios, revelaciones, sufrimientos y aleluyas. Leo mucho en el intento de descubrir las coordenadas de algún texto que me ayude a remontar la vida, que tantas veces pasa por delante de mí sin darme cuenta. Leo con prisa y al mismo tiempo con mucho tiento, sin saltarme palabras que pudieran resultar cruciales. Leo dando gracias a Dios por estos ojos que atisban, escudriñan, contemplan o miran el relieve de la naturaleza humana: esa perspectiva que me permita saber de lo que callo. De lo que admiro.

La literatura griega y latina es para nosotros la universidad donde nos podemos matricular en el estudio del pensamiento de Occidente (y de una buena parte de Oriente). En esa literatura está el origen del lenguaje con el que nombramos la vida y la civilización y la belleza. Somos lo que somos en gran parte por ellos. Literatura del Derecho, de la Filosofía, de la Historia, de la Poesía… Literatura que es conveniente revisitar de cuando en cuando. Para (re)conocernos. Y desde allí proyectarnos a un conocimiento más hondo de nosotros mismos. No había leído nunca a Plinio el Joven. Y he salido fascinado por la experiencia, gracias a la intachable traducción de José Carlos Martín. (Entre paréntesis: nuestros políticos no leen a los clásicos, se conforman -los que leen- con ensayos inmediatos y novelas inauditas; ¡ay, si leyeran a Plinio el Joven!; por ejemplo). La lectura de su Epistolario y el Panegírico del Emperador Trajano (Cátedra, Letras Universales) es lo más parecido a que te toque el premio gordo de una supuesta lotería literaria. Sus cartas son el registro puntual de las inquietudes más diversas, de certezas y dudas, de tristezas y alegrías, de lo público y de lo privado. Escritas con la elegancia de la sencillez, con sobriedad. Con conciencia clara de su vocación por una literatura “digna”. (Ver misiva a su amigo Valerio Paulino (pág. 273)). Aquí caben anécdotas, sucesos históricos, costumbres, etc. Frecuentaron su compañía gentes como Marcial o Tácito. Gran orador y político importante, y amigo de Trajano. De hecho el intercambio de cartas entre el emperador hispano y Plinio son el plato fuerte de esta obra. Pero hay más platos en este festín. (Era un autor muy del gusto de Marcel Proust.)

Y la editorial Siruela nos ofrece una edición perfecta de los mejores cuentos de Fiódor M. Dostoievski. La edición y la traducción de Bela Martinova son del todo ejemplares. La escritura del autor ruso siempre me ha parecido lo más cercano a un imaginario resumen de la existencia del hombre. Más que Balzac, o Dickens, o Sthendal, o Conrad. Entre otros. Dostoievski es el Homero de la literatura moderna. Su épica es la nuestra: la del desahucio del corazón que pasea por la calle, la del duro exilio en mitad de la nada (incluso teniéndolo todo), la de la miseria más extrema que resulta de la falta de ternura, la del dolor innecesario… Pero también la de la redención del drama, la de la continua búsqueda del fundamento que nos sustenta a pesar de todo. Aquí hay cuentos de cariz autobiográfico o psicológico, otros más líricos, reflexivos, de crítica social, etc. Dieciocho cuentos que son todo un diccionario del alma (para consultas urgentes o la demora del que ama con pasión la literatura). Magnífico libro: necesario.

Isla ignorada (Torremozas), fue el primer libro de poemas publicado por Gloria Fuertes. En 1950. Los que piensan que Gloria es un conglomerado de rimas para niños no saben nada de Gloria. De Gloria Fuertes, de su enjundiosa obra. Gloria fue desde el principio poeta de una madurez sorprendente. No deja nada de lado, se escribe entera, más pendiente del fundamento que de las formalidades (siendo ella muy formal en todo). Estupendo libro, entrañable. Sabio de sabiduría. Gran poesía. Para lectores sin prejuicios, dispuestos a reconocer la calidad literaria allá donde la hubiere. La editorial Torremozas siempre ha bregado en justicia poética. Gracias a su directora, la también poeta Luzmaría Jiménez Faro. Los lectores sin tapujos te damos las gracias. Por este libro y por el resto de tu catálogo.

domingo, 10 de febrero de 2008

Siempre yo


Cada vez me canso más de mi mismo.
Me veo insoportable y hasta ladino
(sobre todo los días de lluvia).
Eso sí, con muy buenas maneras. Escribo
por aquello de decirme lo que pasa.
Y la verdad, pasa poco, casi nada.
Un poco que se repite día tras día
en un bucle de palabras escogidas.

Busco algo que no se repita. Una pista
(esa mirada o esa caricia) que a veces sigo
hasta altas horas de la madrugada.

¿Para qué? No lo sé todavía.
Mi visión anda corta de vista.

sábado, 9 de febrero de 2008

Cotilleos espasmódicos del corazón



¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? ¿Alguien de ustedes lo sabe? Yo he escuchado rumores, pero nada sé a ciencia cierta. El que primero sepa algo que lo diga. Por favor. ¿Es verdad que…? No puede ser cierto. Que no. Será algún infundio. O dinero. Alguna treta ingeniosa para llamar la atención. ¿Qué dice usted? ¡No! Imposible, se lo puedo asegurar. Porque no es normal. ¿A qué normalidad se refiere usted? ¿De buena tinta? Ya. Además... Es mejor no entrar a esas cosas. ¿De qué hablan? Nada, escarceos de la lengua. Vaya, pues parece que ustedes escarcean con vivo interés. ¿No será…? ¿Qué dice? ¿Dónde ha escuchado eso? Ah, ahora servidor es el que se calla. Pero mira que son inocentes, si todo el país lo sabe. ¿El qué sabe? Pues eso. ¿Qué? Que es guasa. ¿Y qué es guasa? Chufla o tomadura de pelo. No hablamos de lo mismo. ¿Seguro? Desde el principio se veía... Ya, que estaban ciegos. ¿Cachondeo? Usted perdone. Se veía que no, que no. Que negativo se pone. Pues un sobrino mío era camarero... Y el mío académico, no cambie de conversación buen hombre. Que hable. Era el camarero en una fiesta y escuchó algo sospechoso. ¿Como qué? La verdad es que más que escuchar eran los gestos. ¿Gestos? Sí, para que nadie se diera cuenta, disimulando. Pero el camarero se dio cuenta. Es que mi sobrino… Total, que no sabemos nada. Buenas tardes. Buenas. ¿Lo saben ya? ¡Qué cansinos! ¿Decía? No, que imagino. Es un hecho. ¿Se ha publicado? En una revista exclusiva. ¿Cómo? Quiere decir en exclusiva para una revista. ¡Qué vergüenza! Se lo digo yo, todo por dinero. ¿Y ella? No, él. ¿Él? Ya me parecía a mí. ¿Es guapa? ¿Quién? La otra. Según y dónde, es cuestión de geografía. Esta gente no hace nunca nada. Anda este, como nosotros. Quería decir que no hacen nunca nada por nada. ¿Usted sí? Si se quieren. Eso es lo malo, que yo no sé qué es lo que quieren. Hablo de amor. ¿Amor? ¿Hay todavía? Será cosa de poca enjundia. Sí, unos cuantos millones. Unos meses como mucho. A no ser que sea cierto. ¿El qué? El amor. ¡Qué ingenuo! Podría. Imposible de toda lógica. Lo hacen por las fotografías y la droga. ¿Toman droga? Me refiero al candelero. En cristiano por favor. A la fama. Ella tiene unos bonitos ojos. ¿Quién? La de ahora. ¿Se fija usted en los ojos? Pero están tristes. Manías. Yo me fijo en las alegrías. Ya. Hace buen día. A mí me dan pena. Pues ya son ganas. Menuda vida se pegan. No crea, no crea. Pues sí, lo creo. ¿Envidia? Más que nada por la anatomía. Usted no tiene remedio. ¿Y saben la última? No, cuente, diga. Se lo cuento mañana. ¿Por? Es la hora de la cena y juega España.

viernes, 8 de febrero de 2008

Breve disquisición amorosa


El amor evoluciona, no sólo pasa o se apasiona incandescente en el sexo. Nos transforma en la paciencia de su convivencia, o en la seducción del perdón que nos besa. Somos nosotros mismos, pero mejores. Y ya no estamos solos en la soledad, ni tristes en la tristeza. Miramos a nuestro lado y vemos una sonrisa que nos quiere, esa ternura que aunque se enfade nos da por entero su vida. Porque el amor, al principio, apenas nos conoce. Por eso nos acaricia más despacio y se fija en todo a cámara lenta. Luego vienen los hijos y la vida se acelera bastante. Como esas atracciones de feria que, según ganan en velocidad, aumentan su vértigo y el volumen de los gritos. Y te encuentras juguetes detrás de los libros, y haces amistades en urgencias. Y los años son un gozo entrañable. Porque el amor va madurando en un constante agradecimiento. Y en la donación del propio gusto. No era cuestión de un rato o de unos buenos momentos. Había mucho más. Ahora lo sabes: es para siempre. Y yo no pienso que la muerte nos separe.
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Love evolves, not just pass or passionate incandescent on sex. It transformed us, into the patience of their coexistence, or the seduction of forgiveness that kiss us. We are ourselves, but better. And we are not anymore alone in solitude, nor sad in sadness. We look at our side and we see a smile that loves us, that tenderness that although it gets angry, give us their entire life. Because love, at first, barely know us. Therefore it caresses more slowly and sets around in slow motion. Then come the children, and life is accelerating enough. As such fairground, according gain speed, increasing its vertigo and the volume of screams. And you find toys behind the books, and beams friendships in emergency rooms, and the years are a joy beloved. Because love will mature into a steady appreciation. And into the donation of the own preferences. There was no question a while or good moments. There was much more. Now you know: it is forever. And I do not think that Death Do Us Part.

(Traducción de M.E.)

jueves, 7 de febrero de 2008

El sentido primero de la palabra poética


Un libro de Antonio Colinas


El sentido primero de las palabras,
Antonio, yo ya no sé donde se esconde.
Y mira que limpio a fondo las ventanas
y escudriño bien el vuelo de las aves.

Su misterio se me escapa, será que
la palabra poética es el sentido
del silencio azul que la precede, de algo
que está en los ojos de María José, o de Ana.

¿Qué opinas? Porque dentro de las palabras
se escucha a veces el alma de las cosas.
El sentido de nuestras vidas, escritas
en la apacible rutina de los días.

martes, 5 de febrero de 2008

Carnaval


La superchería lo alcanza todo. Lo tiñe todo de chismes y chirigotas. La vida se nos está haciendo atrabiliaria y desmesuradamente superficial. Hay una impunidad generalizada ante la chanza y el despropósito. Todo vale si es por una buena carcajada. Vacío siento al mundo, cada vez más hueco de verdaderos valores. Estamos infectados de indiferencia, enajenados por el carnaval y el derroche. Vale lo que vende. Lo demás lo tiramos por el desagüe de la impertinencia y del olvido. El sacrificio es un masoquismo, y pocos quieren esforzarse por estudiar o por hacer su trabajo a conciencia. Queremos vivir la vida como unas inacabables vacaciones, sin la responsabilidad de pensar en exceso. Cualquier cosa vale, y la chapuza es el condimento más prestigiado. Una orgía de fantasía muy circunspecta lo inunda todo. Tropelías, pitonisas y mal agüero. Zahoríes, conjuros y demonios. Resulta trágico tanto embuste, tanto barbarismo y disfraz. Y el alma se embota de residuos, de malicia y de rustiquez. ¿Y la inteligencia? En pelota.

Aquella arboleda


Siempre aquella arboleda de chopos. ¡Cómo ardía cuando la divisaba de lejos! Iba todo lo deprisa que me permitían las piernas, ansioso por llegar a su umbría. No se veía a nadie por los caminos de tierra, ni en los cultivos. Toda la luz era mía, y el horizonte, y el cielo con sus nubes. Y en este instante, de madrugada, me quedaría varado en esta línea, rememorando mi felicidad de entonces; mi bicicleta apoyada en alguna de estas palabras. Y mirarlo todo a mi antojo, a pesar del tiempo y de ese acostumbramiento que nos va lastrando el alma. ¿Para qué escribir nada más? Nunca me he ido de allí, de aquella arboleda de jóvenes chopos. Pensar en ella significa internarme entre sus troncos y juncos y demás vegetación silvestre buscando un lugar propicio para leer. Eso me bastaba entonces, y me basta ahora. Tumbarme entre el fragor de sus frondas, y contemplar el brillo de la luz en el temblor de las hojas. Me costaba abrir el libro, embebido en aquel concierto exclusivo de música y colores. Era como la inmensa vidriera de una catedral celeste. Y las ramas formaban el entramado de un original cimborio. Sí, aquellos días de estío son todavía el estribillo de mi vida. En ellos se resume todo lo que yo creo y siento y quiero y canto. Era apenas un niño, pero intuía en soledad el más alto conocimiento que podría alcanzar: el don de la contemplación, el don de aprender a interpretar los signos que la vida me iría entregando. Desde entonces aquella luz no me ha abandonado nunca.

lunes, 4 de febrero de 2008

Entre montañas


Para Mariapi



Escucho las profecías. Reveladas
en distintos pormenores de la Historia
y en los más nimios sucesos de mi vida.
Se avecinan días muy duros
si el corazón del hombre no cambia. Tinieblas
espesas como las blasfemias más negras
cubrirán la tierra.

¡Terrible, terrible! Ya hieden las almas
y el amor agoniza.

Pero no todo está perdido.
Yo dirijo mi silencio
a un lugar entre montañas.
Peregrino entre los peregrinos,
camino de una esperanza
virgen. Azul y blanca.

La manipulación del lenguaje

Para convencernos de lo que no es. Para disimular la verdad en un barullo de consignas. Para crear una ilusión de viento. Para medrar en el poder o desviar la atención de lo que realmente sucede. Para sentirse aceptado en un determinado grupo de intereses. Por el hábito de cultivar la apariencia y el engaño. Para presumir de lo que más se carece. Por estricto negocio (el dinero es más propicio al embuste)… En la manipulación del lenguaje está la fuerza de los correveidiles, de los cobardes, de los demagogos, de los feriantes y débiles de talante, de los ignorantes y mediocres. Y el lenguaje ya no es sólo una herramienta de cotidiana comunicación y conocimiento, resulta muy útil para mentir sistemáticamente. Para vender la misma desvencijada moto una y otra vez, aprovechándose de la credulidad de los otros, o del miedo, o de las buenas intenciones, o del hipnótico y retórico pasmo que ejerce siempre la verborrea.

Bueno, pues de todo esto nos viene a hablar un libro que se titula precisamente así: Vender la moto. Trucos de la manipulación del lenguaje, de Matteo Rampin (Alianza). Un libro conciso, ilustrativo; que fascina por las evidencias que nos cuenta. No viene mal su lectura, sobre todo para estar sobre aviso. Para no dejarnos engañar más veces por esta epidemia de eufemismos que sufrimos, por la repetición incesante de las mismas trolas (“el modo más fácil de inculcar cualquier cosa en la mente de un ser humano es repetirla”) que van anulando nuestro sentido crítico. En definitiva de lo que se trata es de debilitar nuestra voluntad, por puro cansancio, orientándola hacia un mimetismo impersonal y sin carácter. Y ya ven, nos acostumbramos, y podemos llegar a dar pábulo a las más absurdas idioteces. O crímenes ("el aborto es signo de progreso"). O lo que sea.

De repente sale un actor en la televisión. No dice nada sobre cine. Pero escuchamos de su boca el mismo mensaje que hemos escuchado mil veces en políticos, tramoyistas o periodistas de su cuerda. Lo primero que uno piensa es que resulta muy duro ganarse la vida así. Es una persona que ha dejado de ser voz para ser eco. Se le nota la impostura. Ése comentario es un eslabón más de una cadena electoral. Es la consigna. Propaganda. Por eso Rampin aconseja tomar distancias, fijar más la atención en el fondo de lo que se nos dice y no tanto en la forma y su posible espejismo.

El eslogan está muy lejos de un compromiso serio, como las “trampas de la estadística”, las verdades a medias, las falsas premisas, los prejuicios o las generalizaciones absurdas. El efectismo lingüístico no puede privarnos del pensamiento y del sentido común. Como las “teorías globales” que sirven para todo. Achacando el mal del mundo -o de una determinada sociedad- al calentamiento global, a los USA, a la excesiva población, o a la “intransigencia” de los cristianos. Por ejemplo. Otras veces han sido los judíos, o el capitalismo o la supuesta “degradación” de los artistas (que se lo digan a Stalin o a Fidel Castro).

La manipulación del lenguaje es una manera muy sutil de vaciarnos el alma. Es un sectarismo intelectual que pretende, en definitiva, que dejemos de pensar por nosotros mismos. Vender la moto es un libro estimulante, que nos puede venir muy bien para despejar incertidumbres o ambigüedades. Para caer en la cuenta de que no podemos seguir dejándonos llevar por tanto timo y tanto tonto. De verdad, muy recomendable.

domingo, 3 de febrero de 2008

Hay domingos y domingos (la sabiduría de Olga Bejano)

Hay domingos y domingos. Como hay veranos y veranos. Domingos donde se acumulan en el tedio más y más periódicos, o domingos donde apuras la ilusión de algún viaje. Pero normalmente es un día que no varía mucho a lo largo del año y de su costumbre. Un día en el que estás más en casa, donde se celebran goles y cumpleaños, y donde los hijos -para quien los tiene- son los protagonistas absolutos. Y este domingo no es para mí muy distinto. Los deberes para el último momento, coladas de color o de ropa blanca, uniformes, la liga de fútbol, ordenar papeles y libros, y ver la perspectiva de la semana. Nada nuevo. O casi. Porque siempre hay algún resquicio para la sorpresa. Desde luego el fichaje de Pau Gasol por los Lakers, un verso que llega de repente, esa fotografía de la biblioteca de Javier Marías (que te encandila con su orden), un correo gratificante de Mercedes Castro... Pero hay algo que hace que este domingo sea especial. Y es que terminas de leer Voz de papel, de Olga Bejano (LibrosLibres). Una escritora guapísima, que nos cuenta cómo ha construido su esperanza desde algo tan arduo como su enfermedad. Una escritora de mi edad, que ha descubierto el significado más exacto de la alegría. De verdad, nada como leer a Olga en domingo. Los lunes de nuestra vida serán muy distintos. Hagan la prueba.

Una palabra que no es como las otras




La envergadura del hombre está en su alma.
Alma, una palabra que no es como las otras.
Lo notas. Por eso no puedes dejar de escribirla.
De sentir que se alza
de entre tus dedos una potencia infinita.
Quisieras ser más preciso, pero no puedes.
O no sabes comprender del todo sus signos.
Esas cosas que hacen de tu vida algo distinto, digno.
Y la escribes una y mil veces, porque quieres
aprender de memoria el rumor de sus letras.
Eso que pocos oyen.
Porque no todas las palabras hablan de igual forma.
No todas saben quién eres.
Ella sí. Tu alma
conoce la verdad de ti mismo:
el abismo que callas o el miedo de la noche.
O ese anhelo que buscas en tantos libros.
Alma, ¡qué palabra tan ancha! Y tú, ¡qué ciego!

Ella




Luz de nieve.
Viene hacia mí desnuda,
blanca.

Parpadea el alma
su figura.
Tan leve, tan pura.

Luz de nieve.
Destellos.
Ella.

sábado, 2 de febrero de 2008

Rambo (no se asusten)

Hay un actor que tiene muy mala fama entre los exquisitos. Me refiero a Sylvester Stallone. Desde luego sus recursos dramáticos no son para echar las campanas al vuelo. Brando no es, ni Redford. Pero ¿quién de nosotros no ha visto alguna de sus películas? Porque hay mucha diferencia entre lo que decimos y lo que hacemos (o lo que vemos o leemos). Ir de Bergman por la vida es un vacile desde luego. Y presumir con los amigos sobre las excelencias -que son ciertas- del cine de Bahman Ghobadi, eso es ya el no va más de la pose. Pero lo que ocurre es que, al llegar a casa, uno se engancha a Yo robot, Misión imposible III, Copycat, Depredador o Abyss (muy buenas películas por cierto). Eso, o una de vaqueros; o mi médico de cabecera ideal: el doctor House. Que no, que no decimos la verdad, y pagan justos por pecadores. Stallone es entretenimiento en estado puro. Y para el cine de finales del XX y los balbuceos del XXI es un icono que no hay que despreciar.

Siempre me cayó bien este tipo de gesto adusto (a extravagante hay otros finolis que le superan con creces). Siempre he creído que se lo ha trabajado mucho y que no le es fácil tomarse la vida a broma. Sus películas no demuestran otra cosa que lo que él es, detrás de esa fachada casi pétrea. Es un luchador, un tipo que se faja con los peores auspicios. Y gana. O pierde… hasta que se levanta. Tiene alma de Rocky, detrás de esa máscara tirando a hortera o macarra. Y ha escrito a la vida unos cuantos interesantes guiones. No, no es un actor al que se pueda despreciar con cuatro frasecitas dengues o un estreñido desdén.

Y todo esto viene a cuento de su última película: John Rambo: vuelta al infierno. O si lo prefieren Rambo IV. Claro, si uno dice que le ha gustado está expuesto al comentario desabrido de alguien muy limpito de gustos. Pero como dice el personaje: “Nunca hay nadie que nos explique la verdad”. Y la verdad, aquí, es que se trata de un buen film (que dicen los entendidos). Una película que disfrutará mucha gente -ayer se estrenó en España-, por la sencilla razón de que no pretende ser más de lo que es: aventura y acción. Y la reivindicación del valor, y de la compasión. En fin, pueden verla si quieren a hurtadillas y no hacer ningún comentario al respecto con los amigos, pero ¿para qué? Tanto disimulo y tanta pose acaba agriando el carácter a cualquiera. Lo de siempre: no se dejen engañar por las apariencias y disfruten.

Casi al mismo tiempo acaba de traducirse al español la novela que sirvió de base para la primera parte de la serie y como impulso de todo lo demás: Rambo-Acorralado, de David Morell (editorial ViaMagna). Todo un profesor universitario de literatura. ¿Lo sabían? Para que vean que detrás -o al lado- de casi todo lo que merece la pena hay un libro. Y les confieso que he leído esta novela con una gran nostalgia. Rambo no es Platero y yo, pero qué quieren, forma también parte de aquella lejana adolescencia.

viernes, 1 de febrero de 2008

Ejercer de padre

Lo más fácil es hacer un regate a la situación en pleno pasillo, musitando no se qué llamada pendiente, o algún otro parecido simulacro. ¡Uf!, me pilláis con el tiempo justo, vuelvo enseguida. Y de coda un genérico portaros bien y obedeced a mamá, mientras se cierra la puerta. Atrás se quedan trifulcas, anginas y logaritmos. Y si alguien estuviera atento escucharía en el ascensor un suspiro de grandes proporciones (ahí os quedáis). También se da la variable del que se apoltrona en la oficina más allá del horario, se supone que por unas delicadas gestiones pendientes, pues… querida es que estoy muy cerca de ser indispensable. O la de quien se escabulle en algún bar hasta la hora de la cena. Y así. Son los padres escapistas. Y no es que lo seamos de por vida -aunque algunos hay que lo practican con un muy frecuente regocijo-, porque esto va por temporadas y con distintos grados de comodidad. Pero lo que sí es cierto es que tendemos a creer que cualquier cosa es más importante que nuestros hijos. El trabajo es sagrado, desde luego, y a la vuelta estamos demasiado cansados. Mañana, hijo, mañana. Venga, a la cama. Sí, toma cinco euros.

Hombre, dicho así, puede sonar un poco duro; pero el caso es que con nuestras obras lo demostramos. Cada uno sabrá donde le aprieta el zapato. Y cuando no es el trabajo -que es la gran coartada-, será otra cosa. Porque todavía damos por supuesto que esto de la educación…, mujer, entre el colegio y tú queda solventado (no lo decimos, pero lo pensamos). Y si hace falta -y podemos- pues no te des mal cariño, que con un par de clases particulares ya verás como los niños se ponen rápido entre los primeros. Y en verano a los USA, o mejor, a Australia, que está más lejos y es más caro. Cariño, no te estreses, tú eres lo primero. ¡Ja! No, yo no digo que no las queramos -líbreme Dios de tal desafuero-, pero muchas veces las queremos mal, o a destiempo, o cuando nos viene bien, o cuando vemos las orejas al lobo. Quiero decir que mientras no protesten o se suban a la parra, nosotros quietos, y nos dejamos hacer con un extraordinario refinamiento. Nos dejamos querer hasta el éxtasis. Pobre papá, con todo lo que pasa y padece. Miradlo…

Pero hay situaciones de crisis. Se ponen nerviosas estas mujeres nuestras -ya sabéis: esos exámenes, los suspensos, las salidas de casa, los peligros de la calle- y cunde el pánico. Por eso la emprenden con todo lo nuestro. Nuestra calma chicha las desquicia. Muchachos, queridos compañeros, si lo pensáis bien nos involucramos poco en la educación de los hijos. Y ya no es sólo cuestión de tiempo o de temperamento. Es cuestión de vocación y de jerarquía de intereses. Creemos que somos buenos padres, pero en general nos conformamos con buenas palabras (o la emprendemos a gritos). A campechanos no nos gana nadie, y si hieren nuestro orgullo optamos por la espantada. Una o dos reuniones de padres o aquella conferencia indescifrable. ¡Qué poderío! Más no se nos puede pedir. ¿De verdad nos lo creemos?

Sinceramente pienso que ejercer de padre exige tanto como cualquier desafío profesional. Preparar las conversaciones con los hijos o ver cómo invertimos la situación ante una negativa cuenta de resultados. Definir objetivos, responsabilidades y atajar caprichos. ¿Reservamos algún espacio para nuestros vástagos en nuestra saturada agenda o en el coruscante destello de la pedea? Nos necesitan. Venga, venga, desenfundemos las ideas. Algo se nos ocurrirá. Ser padre no es una opción cómoda. Pero en esa lucha encontramos una buena reserva de felicidad.