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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




miércoles, 30 de abril de 2008

Entrevista con la pintora Isabel Guerra



La verdad es que sorprende esta mujer. Por su arte y por su personalidad. Una vida dedicada a la belleza por completo, sin miedos ni complejos. A una belleza que es destello del amor de Dios. Pintora autodidacta, a los 23 años ingresa como monja en la Orden del Cister. Pero ella no deja de pintar, de entregarse a esa maravilla que es el ir descubriendo la santidad de las cosas. En este caso a través del color y de la luz como protagonistas indiscutibles. Pero también escribe. Hace unos años en la editorial Styria “El libro de la paz interior”, un libro de lectura obligada para todos aquellos que quieren conocer un poco más de cerca la vida interior de esta gran pintora, Isabel Guerra.

- Sor Isabel, usted nos transmite a través de su pintura algo muy parecido al amor. ¿Es así?

- Bueno, por lo menos lo que procuro es transmitirlo, y realizar ese trabajo con el amor que nos tienen -no que nosotros somos capaces de tener-, y que nos viene como un gran regalo del Infinito. Sí, intento hacer mi trabajo con amor.

- Su vocación religiosa y su vocación artística ¿forman una unidad, un único sentido de vida?

- Yo creo que sí, aunque no era muy consciente de ello en mi primera juventud. Pero el correr de los años me parece a mí que ha demostrado que sí, que las dos vocaciones son una auténtica unidad en mi corazón y en mi alma, y que se complementan -no sé si muy armoniosamente- en mi vida de una forma bastante adecuada. Da la impresión de que ya hasta el mismo San Benito (autor de nuestra norma de vida) casi pensaba en ello, pues tiene un capítulo de su regla expresamente dedicado a los artistas, a los artífices del monasterio, por lo que parece que ya estaba pensando que algún día iba yo a aparecer por el Císter.

- Seguro que pensaba ya en Isabel Guerra.

- Por lo menos él me verá desde ese lugar maravilloso donde todos esperamos ir un día.

- Sí, desde el Cielo. Y esto me sugiere otra pregunta. ¿Puede haber arte sin una vida interior pujante?

- Depende del concepto que cada uno tengamos del arte. Si es una apreciación del arte en cuanto a unos conocimientos estéticos, en cuanto a unos conocimientos de lo que son las artes plásticas, o la música, o la literatura, entonces puede haber arte sin una vida muy profunda. Pero si pensamos que el arte es algo que está más allá, que no es sólo una materia o un cúmulo de técnicas, entonces ese “algo” está hecho de alma y de vida interior. La historia del arte nos lo demuestra así. Ha habido músicos excelentes en cuanto a la técnica se refiere, pero con una vida sin apenas emoción (o viceversa). O pintores como El Greco, que no era un gran virtuoso de la técnica y que sin embargo ha sido el pintor que mejor ha transmitido vida interior, y un misticismo que a todo el mundo llega.

- Madre, un escritor polaco contemporáneo que se llama Adam Zagajewski, ha escrito en su libro “En defensa del fervor” (editorial Acantilado) una vibrante defensa de la vida espiritual. Por ejemplo dice que “la cultura de masas actual a veces es divertida, no siempre es nociva. Se caracteriza por no tener ni la menor idea de que diablos es la vida espiritual”. Y no me negará que tiene bastante razón.

- Sí, ciertamente. Vivimos en una sociedad “superficializada”. Y utilizo esta palabra porque no creo que sea superficial del todo, si no que padece un ataque de superficialidad en el que se deja vencer fácilmente. Porque somos todos muy vulnerables.

- ¿Qué le ocurre al hombre contemporáneo, aherrojado entre tanto materialismo consumista, entre tanto relativismo, en esa infelicidad de vida en la que parece empeñado como si fuera un suicidio espiritual? ¿Ha dado definitivamente la espalda a Dios? ¿Qué pasa?

- No creo que se pueda generalizar. Hay muchos que padecen todo esto siendo más o menos inconscientes de lo que se les quiere imponer, de esa superficialidad y de ese materialismo ridículo. Hay otras personas que en el fondo no quieren hacer ese pequeño esfuerzo de interiorización, de buscar dentro de si mismos una verdad superior. Eso sería como un espejo en el que verían muchas cosas de las que no quieren prescindir, muchas cosas que creen que se les van a hacer más difíciles o complicadas en su vida. Son precisamente aquellos que imponen a los demás su superficialidad -desde formas o mecanismos que tan sólo ellos conocen- para manipular al resto. En definitiva lo que le ocurre al hombre contemporáneo es que tiene miedo a la Luz. Porque la Luz nos hace ver nuestras obras y nuestro interior tal y como son. Y ellos piensan que la Luz carece de misericordia, y que lo que van a ver es algo con lo que no pueden luchar o vivir. Cuando es todo lo contrario. En la Luz van a encontrar la verdadera paz de la misericordia. En esa Luz van a encontrar la fuerza para adentrarse en si mismos, no para salir de si mismos (que ese es el gran problema del hombre de hoy, que sólo quiere distraerse, salir de si, pero no en el sentido bueno, si no en el sentido de una disipación absoluta).

- De no pensar.

- De no pensar, de hacerme completamente irresponsable de mis acciones, de no creer que hay un interior que nos está permanentemente acusando del vacío al que nos queremos someter. Pero no estamos vacíos por dentro. Y en el momento en el que nos paramos un poco, nos damos cuenta de que hay Alguien que nos está esperando allá, en el fondo del alma. Y como tienen miedo de encontrarse con ese Alguien, viven una vida muy vacía, y por otro lado yo creo que de mucho sufrimiento.

- Y eso se manifiesta por ejemplo en la literatura que se escribe hoy.

- Claro.

- Una literatura -y pasa lo mismo en otras artes- en gran parte desespiritualizada. Incluso ocurre en la poesía, que es el género más espiritual de todos. En fin, representación de una experiencia de vida muy pegada al suelo. Pero usted Madre ha nombrado varias veces la luz. La luz es un símbolo -y una realidad- muy importante en su obra pictórica. Y también en los textos recogidos en “El libro de la paz interior”. Me ha recordado mucho al poeta español Antonio Colinas, para el que la luz es una constante, como cifra de lo más puro, como visión del amor de Dios. Madre, ¿en su pintura la luz es símbolo de la gracia de Dios?

- La luz es algo que nos rodea permanentemente. Es también -como decía antes- algo que nos mueve desde dentro y que nos hace ver lo que es la verdadera realidad. Porque lo que vivimos digamos que es una apariencia, un reflejo de esa realidad divina, que no empezó nunca ni terminará jamás. Es Él mismo. Él es la luz. “Yo soy la luz del mundo”, nos dejó dicho. De Él recibimos toda luz. No cabe duda de que de alguna manera nos tenemos que expresar los pintores, y la luz que recibimos de nuestro sol no deja de ser una chispita de la Luz con mayúscula. Nos está envolviendo todos los días, nos está ayudando a vivir. Pero también nos habla -en tantos momentos- de una presencia que ilumina. Descubro en lo más cotidiano de nuestro alrededor una belleza increíble. En formas, en colores, en luz. Una belleza que nos da pistas para encontrar dentro de nosotros esa misma luz, pero mucho más real. Porque lo que vemos entorno nuestro es tiempo, apariencia que dejará de ser. Y que nos habla de otra luz distinta, mucho más real -como digo-, que nunca acaba. Si aprendemos a descubrir esa Luz, entenderemos mejor la vida. Una vida que nos va a proporcionar momentos muy dichosos, aunque sea en el dolor.

- Así es. Pero esa luz interior a veces se oculta, y aparece la cruz. Y cuesta mantener la esperanza. Usted, cuando está pintando, es evidente que reza. Pero cuando aparecen esos momentos de cruz ¿se pinta de la misma manera?

- Bueno, yo creo que la cruz no está separada de la luz. Nunca Cristo brilló tanto como en el trono de gloria que es la Cruz. Lo que pasa es que aprender a descubrir esas claves -las claves del cristianismo- es una fuente inagotable de luz. Porque la cruz no acaba en si misma. La cruz acaba en la Luz infinita. La cruz acaba en la Luz del resucitado. Además la cruz nos enseña muchas cosas. El dolor asumido y bien vivido, se puede convertir en una fuente de alegría. Recuerdo ahora el testimonio de la madre de una chica tetrapléjica. Como contaba, con voz estremecida, que en aquella situación estaba viviendo casi los momentos más felices de su vida. En la entrega a su hija, en el reconocimiento de su vida a la luz de ese dolor, le había proporcionado creer en algo verdadero y auténtico. Estremecía escuchar a esa madre cuando contaba como se esforzaban las dos, como se reían. Yo creo que esa es la verdadera alegría.

- Sí, es el misterio del dolor. Y el misterio del amor. Las dos caras de la misma moneda.

- Claro.

- El estilo de la pintura de Isabel Guerra yo lo definiría como realismo trascendente, donde la pintura se despoja de lo superfluo y es visión de una alegría. Y todo ello me lleva a la felicidad. Dígame, ¿pintar le hace ser feliz?

- Para mí pintar es algo connatural a mi persona. No sé que sería de mí sin esa realidad. Es mi forma de vivir, mi forma de expresar todo lo que llevo dentro. Es una especie de carta permanente para los demás, para el mundo que me rodea. Yo pienso que la pintura es mensaje, algo que se hace para los otros. Hay pintores que piensan todo lo contrario. Que su pintura es para ellos. Y me parece respetable. En definitiva, no sé si me hace feliz o no me hace feliz. Lo que sí sé es que es mi vida. Es mi vida en cuanto a mi vocación profesional se refiere. Porque también mi consagración monástica es mi vida. Pero como hemos dicho antes todo ello es una unidad.

- Abundando un poco más en esto. Usted Madre ¿para quién pinta? En alguna ocasión ha dicho que la pintura es sobre todo comunicar.

- Claro, comunicar, yo pretendo comunicar.

- Con todo el que contemple sus cuadros.

- Con todo el que tenga la amabilidad de pararse delante de uno de mis lienzos y lo mire con el corazón abierto y con la mente abierta. Porque hay muchas formas de mirar. Cuando se miran las cosas con prejuicio nunca dicen nada. Lo que importa sobre todo es mantener el corazón abierto. Pues el arte más que una técnica es un “algo” que se tiene o que no se tiene. La técnica puede ayudar muchísimo en su dignidad estética, pero lo más importante es que el arte posea ese “algo” que te habla de una situación concreta del alma, del espíritu. Que te lleva a descubrir pistas, a interiorizar en tu propia existencia, para encontrar esos caminos y senderos -cada uno a su manera- que nos llevan a descubrir esa Luz y ese Amor que a lo mejor estás admirando en un cuadro.

- ¿Cómo es la vida cotidiana de una monja artista, de una monja que pinta?

- Es igual que la de las que no pintan. Igual. La que pinta -en este caso yo- hace el mismo horario que sus hermanas. Mientras ellas trabajan en nuestros talleres de restauración de documentos o en la encuadernación de libros, yo pinto. La vida de la pintora es exactamente igual. Sobre todo en cuanto a las horas dedicadas al oficio divino en nuestro coro, siempre con la mayor solemnidad posible, como es el carisma del Cister. La liturgia de alabanza es nuestra obligación primera y nuestro compromiso primero ante Dios y la Iglesia. Eso lleva en nuestra jornada muchas horas. Primero de preparación, pues un coro -aunque no se trate de un coro profesional (no por tener vocación religiosa vas a tener una gran voz)- tiene que preparar las celebraciones, y hay que mantener un aceptable nivel en el canto. Esto nos lleva desde las 5 de la mañana -que es cuando nos levantamos- hasta las 9,15, entre maitines, laudes y Santa Misa. Y sobre las 9,30 comienza nuestra jornada de trabajo.

En ese equilibrio -que pide San Benito al monje- del “ora et labora”, de forma muy adecuada y sabia. Porque también el trabajo es una liturgia, y una oración, y una acción de gracias, que te da la posibilidad de vivir de ese trabajo de tus manos. El monje vive así, no es el mendicante que iba de puerta en puerta. Es la pobreza más actual. Los pobres de hoy somos los que vivimos del trabajo de nuestras manos. No se trata de miserias medievales. Se trata de la pobreza normal.

- En muchos de sus cuadros aparecen mujeres, niñas. ¿Qué le transmiten para que usted haga que sean protagonistas de esa luz que incide a su alrededor o en ellas mismas?

-Se trata de jovencitas, aunque también hay niños. Pero prefiero un rostro más hecho. Ocurre que a través de la luz se expresan muchas cosas, pero a través de un rostro joven, lozano, lleno de ilusiones ante la vida, se puede transmitir frescura, esperanza, toda una serie de valores positivos de los que está tan carente el mundo de hoy. Siempre estamos oyendo a gente desalentada, que no espera nada, que ya no cree en nada. Que piensa que la vida es como es: una vida sin arreglo. Para pasarla o siempre sufriendo o lo más light posible.

- Es cierto.

- Y estas jovencitas tienen la facilidad de expresar muchas cosas. Y yo busco siempre rostros que expresen todo eso con un cierto candor y limpieza. Pues estamos también muy necesitados de que nuestros jóvenes se identifiquen con modelos y ejemplos que les hablen de una pureza muy perdida.

- Llaman la atención los títulos de sus cuadros. “La luz de tu palabra me ilumina”, “Abierta a tu misterio”, “La luz interior”, etc. Son como pequeñas jaculatorias.

- La realidad es que el noventa y nueve por ciento de los títulos son citas bíblicas. Citas de salmos y de la Sagrada Escritura. Porque la palabra de Dios tiene una fuerza muy especial, muy poderosa. La mayoría de la gente se me acerca curiosa y me dice: “qué títulos tan bonitos” o “escríbame una de esas frases que usted tiene”. O: “Yo no creo, pero esas frases me gustan”. Claro, yo me río por dentro. Pienso: “Si supieras lo que estás leyendo, que es pura palabra de Dios. Palabra que te está buscando y que te está haciendo bien. Si lo supieras igual no serías capaz de decir tan contundentemente: “yo no soy creyente”. También son un medio para que muchas personas comiencen a descubrir la Buena Noticia por medio de esos breves textos que acompañan a los cuadros en los catálogos. Tengo la alegría de que en muchas ocasiones se han producido verdaderos acercamientos a la fe. Me escriben cartas, o me dicen personalmente cosas como que “desde que vi tu exposición no sé que me ha pasado, pero he vuelto otra vez, estoy feliz”. Eso es quizá lo más gratificante que tiene mi trabajo.

- Es indudable que el Espíritu Santo sopla.

- Lo que ocurre es que el Señor se vale de cualquier circunstancia, pero claro cuando esa circunstancia es Su palabra, es que se vale de Él mismo.

- La palabra de Dios y la belleza de sus cuadros ¿no?

- No sé. El caso es que saca luz de la oscuridad. El poder siempre viene de Él. La luz del Espíritu es la que mueve a estas personas. A lo mejor cualquiera que pasa por una galería de exposiciones y decide entrar, de repente se encuentra con algo que no esperaba. Y eso es un soplo del Espíritu sin duda ninguna. Yo sólo soy un instrumento en sus manos, y que Él vaya dirigiéndome por donde quiera.

- En otros de sus cuadros se reflejan utensilios de cocina, libros, plantas y flores, botes de conserva, fruta, jarrones…Imágenes muy cotidianas y sencillas. ¿Qué nos quiere sugerir con ello?

- La idea es la misma. Esas imágenes cotidianas y sencillas nos están hablando de paz, de serenidad, de reconciliación. Imágenes que se transforman -por la luz- en algo vivo. Cuantas veces una persona distraída en otras cosas ve de pronto una puesta de sol, y de repente se conmueve hasta el fondo de su alma. Es una belleza muy auténtica, pero la hemos reiterado tanto y a veces tan mal, que puede parecer algo cursi. Pero a lo mejor, ante esa realidad maravillosa, una persona siente lo que no ha sentido en toda su vida, y le habla de Dios de una forma impresionante. Eso mismo es lo que puede pasarnos con un tarro de mermelada que está ahí, sobre la mesa de todos los días. Que de repente se ilumina por un rayo de sol. ¡Qué maravilla! Debemos aprender a encontrar las cosas como nuevas cada día, para que no nos aburra la vida, si no que nos lleve siempre al descubrimiento de la belleza que nos rodea y nos anima desde dentro.

- Hace poco publicó “El libro de la paz interior”.- Ya lleva diez ediciones. La última más para regalo, en un formato mayor. Pero es el mismo libro.- El libro es precioso, sumamente recomendable. Tanto en sus textos como por los cuadros que se reproducen. Madre, ¿todo lo que hay en este libro es fruto de su oración?

- Los textos están escritos en ratos de oración. Son reflexiones muy a mi estilo. No sé si buenas, malas o regulares. Son retazos de mi manera de pensar y de sentir ante la realidad de la Buena Noticia. Son oraciones, algunos como letanías. Además esos textos están escritos de una forma muy espontánea, y nunca corregidos. A mí las cosas o me salen de seguido o no salen.

- Una última pregunta, si me lo permite.¿Qué es para Isabel Guerra la poesía?

- Vamos a remitirnos a lo que hemos venido hablando durante este rato de charla. La Poesía es la emanación de un espíritu muy dado a la contemplación, al contacto con las realidades trascendentes -de una o de otra forma-. Es un acto de estética profunda del uso de la palabra. Pero insisto en que fundamentalmente es ese “algo” que se traduce en palabra, que tiene que llegar al corazón de los demás. Será más poesía y más bella tanto en cuanto más y mejor pueda entrar en el corazón y en el alma de quien la lee o la escucha. Eso es poesía para mí.

- Muchas cosas se quedan pendientes. Otra vez será. Muchísimas gracias por dedicarme este tiempo.

- Gracias a ti, por este delicioso rato de charla con un amigo.

martes, 29 de abril de 2008

El dos de mayo, mito y tragedia

Bueno, bueno, ya está aquí el dos de mayo, mi cumpleaños, que coincide con el acontecimiento que vengo a tratar. Y el despliegue editorial para conmemorar el 200 aniversario del levantamiento español, provocado por el intento de conquista gabacha de Napoleón es espectacular. Libros de toda clase y condición. Casi todas las editoriales intentan aprovechar el tirón, sacar a la luz algo que no les deje fuera de este negocio, de esta oportunidad. Te pasas por las librerías y el dispositivo es tremendo. La oferta casi sofoca la curiosidad lectora. No sabe uno dónde acudir, qué escoger. Yo no voy a pretender ser exhaustivo. Simplemente voy a hablar de lo que he leído.

El dos de mayo de 1808 tuvo lugar en Madrid un estallido -que diría Arturo Pérez Reverte-, un “hasta aquí hemos llegado” ante la ocupación francesa. (Aunque tampoco fuera del todo espontáneo). El pueblo más sencillo tomó las riendas de España y dio comienzo lo que se conoce como Guerra de la Independencia. La ira derivó en venganza, y la venganza en crueldad. El miedo y la desesperanza lograron amotinar a las gentes contra el soberbio francés. No había nada que perder. Y la astucia se desarrolló en una sangría que dejó exhausto y humillado al mejor ejército del mundo por aquel entonces.

Pienso que lo primero que debemos hacer es leer y releer los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós (Alianza Editorial o Círculo de Lectores). Tal vez los tengamos por casa en aquellos tomos rojos de Aguilar. Esta lectura la considero fundamental. Luego, y siguiendo con el género de historia novelada o novela historiada, es magnífica la de Arturo Pérez Reverte, Un día de cólera (Alfaguara), ahora reforzada con un sugestivo volumen titulado Memorias del 2 de mayo, con el testimonio de algunos de los principales protagonistas del levantamiento en Madrid. Como el comandante Vantal de Carrère, el general Marbot, el barón Jean-Baptiste Grivel, el conde de Toreno, José Blanco White, Ramón Mesonero Romanos, José Mor de Fuentes, Manuel María Esquivel, don Antonio Alcalá Galiano, don José Navarro Falcón, don Rafael de Arango y Blas Molina Soriano. (Otra novela, que ya reseñé aquí, y que me parece de interés, es Lady Smith, de Mabela Ruíz-Gallardón, publicada por El Andén).

Pero tal vez haya muchas personas que lo que deseen sea una perspectiva más amplia de todo lo que significó aquella guerra. Con referencias a personajes históricos, batallas, situación política, etc. En este sentido -insisto: dentro de los que yo he leído-, el mejor me parece 1808. España contra el invasor francés, de César Vidal (Península). Adecuada síntesis, rigor histórico y amenidad hacen de este libro una buena referencia para hacerse una idea bastante clara de lo que pasó. Otra visión muy interesante nos la ofrece La guerra del gabacho, de Francisco Núñez Roldán (Ediciones B), siguiendo la estela del ejército regular español, y reivindicando su prestigio. Pero a mí el libro que más me ha gustado -por su consistencia-, aunque sé que puede resultar de lectura más densa, es La Guerra de la Independencia: un conflicto decisivo, de José Manuel Cuenca Toribio (Encuentro). ¿Cuándo se produce el verdadero nacimiento de la idea de España como nación? Desmantela elucubraciones y propone y documenta una visión alejada de sentimentalismos y manipulaciones pueriles. Para leer y reflexionar.

La maldita guerra de España, de Roland Fraser (Crítica) es el último que he leído. No es un libro nuevo, pegado a la inmediatez de este 200 Aniversario. Desde su punto de vista -ya el título es toda una declaración de principios- hay mucho mito construido sobre la tragedia de un pueblo oprimido por hambrunas y políticos torpes, y por la ambición desmedida de Napoleón, sojuzgando la libertad de millones de hombres. Sobre todo ello se levantó un cúmulo de leyendas y despropósitos que Fraser denuncia con razón y razones. Y con buena prosa.

En fin, pásense por las librerías y verán el despliegue. Tal vez les apetezca algún otro título que no esté aquí. Pero, por favor, lean a Galdós. Eso sin falta.

lunes, 28 de abril de 2008

Carta a Miguel Aranguren


Querido Miguel:


Menudo órdago el tuyo. Nada menos que apostar por la excelencia. Y literaria para más señas. ¡A quién se le ocurre! E ir de aquí para allá, de ciudad en ciudad, de colegio en colegio, intentando desvelar jóvenes promesas de este oficio. Sé que te cuesta esfuerzo, que de cuando en cuando viene algún sinsabor inesperado, y que tienes que dejar tantas veces en un segundo plano tus propios libros. Que si buscar patrocinadores, que si leerte todos esos relatos, que si conversaciones a gogó, que si buscar esos huecos donde puedan publicar los chavales sus historias…

Y estoy seguro que sientes tu propia felicidad en la suya. Verse ahí, impresos con nombre y apellidos. Acariciar esa primera tinta, esos balbuceos. Gracias a Miguel Aranguren y a esa empresa tan loca como necesaria que se llama Excelencia literaria. Y recordarás tu propia experiencia. Aquella escritura que día a día dibujaba tus viajes, y pisaba las huellas de la gente. Y tú te empeñabas en adiestrar las palabras para que dieran fe de tu mirada. Es más: para que desde las palabras mismas el lector pudiera llegar al alma de lo que tú sentías. Esa realidad sobrenatural de la maravilla, o esa maravilla sobrenatural de la realidad cotidiana.

Ha pasado el tiempo desde entonces. Ha pasado el tiempo, sí, pero no ha pasado la maravilla, y esa vocación extraordinaria por hacer llegar a los lectores la inquietud de tu alma. Eso que llamamos literatura. Ese entramado de alegrías y dolores, de imaginación y vida. Palabras que trazan el ritmo de tu ser y de tu respirar. Palabras que hacen lo imposible por alcanzar la belleza. Palabras que se amotinan en este mundo tan aparente como falto de sustancia. Palabras que rezan una confidencia. Palabras, literatura… ¡Vida!

Miguel, perseveras en el empeño todavía. Escribes novelas donde piensas al hombre y trasciendes el argumento de sus anhelos y sueños. Tu escritura enhebra -ese es tu afán- una gran historia de amor. Amor a Dios que transfigura todo lo demás, que nos regala -nos regalas- un sentido renovado del horario. Novela a novela, artículo a artículo. Pero tu gran don es que no te encierras en tu torre de marfil, en egoísta y taciturna melancolía. No. Tu gran don es que te das con generosidad a las personas que se te acercan o conoces. No escatimas tiempo ni alegría. Ni palabras. Y escuchas. Esa es tu excelencia. La de verdad. La del amigo.

Tengo que terminar, pues salgo ahora mismo de viaje. En el trayecto leeré un rato a Neruda (ya conoces mis debilidades) y el Diario de Katherine Mansfield (Lumen) que llevo entre manos. Es un libro que creo te gustará. Me despido por hoy amigo mío, mientras desde donde estoy contemplo cómo un árbol callejero exhala una bandada de gorriones.

Un gran abrazo.

domingo, 27 de abril de 2008

Los "playoffs" de la NBA y...


Los playoffs de la NBA -espero que ganen los Lakers- y la conclusión de la liga de mis hijos colman mis aspiraciones deportivas. Soy sedentario por naturaleza. Me levanto por causas mayores. Por ejemplo para eso: para hacer lo que no me apetece y desgañitarme en el sabatino partido de Juan. O para ver más de cerca la luz. (Mucho más, allí, en el recóndito centro de la infancia). O acudir a la cocina y darle un beso a mi mujer con espontánea necesidad. O perderme entre las estanterías buscando esos relatos de Giovanni Papini -Gog- que no hay manera de encontrar. Me cuesta salir de casa, abandonar estas cuatro paredes. Esa es la verdad. Me siento libre entre los tonos naranjas de mi (perdón: nuestra) biblioteca. Ahí, justo en la intercesión del resplandor de las tres ventanas, al lado de ese mueble sobre ruedas atestado de… ¿Adivinan? Sí, de libros (olvidados muchos de ellos, pero siempre tan cercanos). Y de unas pequeñas plantas de elípticas hojas esmeraldas que ahora mismo es lo que más feliz me hace. Parece mentira, pero es así. Unas sencillas plantas. No sé si es el pigmento de su color o es otra cosa. Pero las miro como si no tuvieran nada que ver con la mirada, como si… Me llaman. No quiero saber ni quién es. Pero ¿y si es Dios el que me deja un mensaje en el buzón de voz? Escucho la melodía y después un prolongado silencio. Cierro los ojos. El resto es sueño. O mi vida, que se olvida de mí por un momento.

sábado, 26 de abril de 2008

¿Qué escritores contemporáneos prefieren ustedes?

¿Qué escritores contemporáneos prefieren ustedes? Y ofrecí, en ésta, mi personal bitácora, algunos de los que me parecen más interesantes. Sólo ocho. ¡Pero son tantos! Infinidad. ¿Cómo elegir uno o dos, o cien? Cada semana te quedarías con otro distinto. Imposible del todo. Me situé geográficamente y opté por aquellos que hoy por hoy más pueden interesarme. Y ya siento ser tan egoísta. Me dije: -“Veamos Guillermo, ¿qué autores de la vieja Europa releerías en cualquier momento, ahora?”.

No voy a mentir. En el primero que pensé fue en Enrique Vila-Matas. Lo siento -¡qué coño voy a sentirlo, lo disfruto!-, pero su escritura me eligió a mí hace ya unos cuantos años. En 1985. Un encuentro fortuito. Una buena parrafada con un amigo entre la Avenida Goya y Gran Vía. La típica tertulia a pie de semáforo. Una hora cascando sin parar. De libros, por supuesto. Mi amigo y yo. No importaba el estrépito de los coches. Ni el frío. De pronto avanzó hacia mí. La cuestión “vilamatiense”, digo. –“Tienes que leer Historia abreviada de la literatura portátil”. Y el eco de esa frase duró exactamente un día. El que tardé en comprarme el libro, supongo que después del consiguiente préstamo de mi madre (ella me consentía casi todo). Y desde entonces soy un lector fiel y abnegado de don Enrique V-M. Si no tienen el placer hagan el favor de indagar en librerías fiables. De esas que no tienen una muralla de Ken Follet estorbando a la entrada.

Inmediatamente después alumbró a mi mente el nombre del triestino Claudio Magris. A él llegué más tarde, y de la mano de su querida mujer -que en paz descanse- la también escritora Marisa Madieri. ¿Qué no saben quién es Marisa Madieri? Por el amor de Dios. Enfúndense ahora mismo la chaqueta, llamen al ascensor y corran raudos a encargar un ejemplar de El claro del bosque (Minúscula). ¿De acuerdo? Sólo después de leer esa obra podemos pasar a don Claudio. Digamos que por una cuestión sentimental y de justicia literaria. (Y a propósito, y ya puestos, pidan el catálogo de la editorial Minúscula o vayan avistando en las estanterías sus pequeños y jugosos libros; y háganse con todos los que puedan).

Lo primero que leí de Magris fue la novela Microcosmos, gracias a otro amigo, el poeta y crítico literario -entre otros muchos dones- Jaime Siles. No fue su reseña crítica la que me convenció realmente. Fue más bien una llamada telefónica del mismo Siles. Un lector auténtico no puede guardarse para sí la dicha de una lectura. Un lector auténtico es proselitista, y no para de hablar y de contagiar su deslumbramiento. Y eso fue lo que sucedió. Un poco más tarde leí El Danubio… Y hasta ahora, cuando tengo entre manos El infinito viajar, un conjunto de crónicas itinerantes donde el viaje es imagen de un regreso o de un final. (Nota: tanto Enrique Vila-Matas como Claudio Magris los encuentran en la editorial Anagrama, y no es por casualidad).

Y creí que con estos autores había cumplido con Europa. Pero me dije que no podía ser así. Que bien podría poner otro escritor de mi patria. Y me incliné por Eduardo Mendoza. La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios (ambas en Seix Barral) son un hito de la literatura escrita en español. Mendoza precisamente acaba de publicar hace nada una novela desternillante, parodia de tanta memez como se escribe ahora. El asombroso viaje de Pomponio Flato es una novela donde la coña y la sabiduría narrativa son la verdadera trama. A por ella. (Y tengo que embridar mis palabras porque el espacio disponible se está achicando). Pero no, no había cumplido del todo con Europa. La gran literatura inglesa se merecía un representante. Y escogí al que más me gusta: Ian McEwan. (De nuevo Anagrama).

Otro continente: América. De la zona anglosajona siempre me atrajo Paul Auster (sí, ya lo sé, también lo publica Anagrama; qué voy a hacer si Herralde tiene ojo de lince para estos menesteres). Sin embargo lo primero que yo leí de Auster no fue novela, se trataba de una colección de poemas que encontré en un lugar que no recuerdo. Luego leí La Trilogía de Nueva York. Y hasta hoy, con unos pocos años de más. (¿Por qué te pones tan nostálgico y pesado con lo de los años?; si en mayo cumples los 45 tendrás que hacerte a la idea y dejar en paz a los demás). Hasta hoy, con su excelente guión La vida interior de Martin Frost, que se disfruta como una especie de teatro novelado.

De la América hispana me quedé con Mario Vargas Llosa (pero me hubiera quedado con el mejicano Sergio Pitol bien a gusto; o con el chileno Roberto Bolaño, que es como si no se hubiera muerto). En fin, Vargas Llosa (pese a sus dislates en otros temas). De Africá no tenía duda: el sudafricano y premio Nobel John Maxwell Coetzee. Y del cada vez menos extremo oriente me decidí por una prodigiosa novela: Kafka en la orilla (Tusquets). Su autor, Haruki Murakami, merece un poco de atención.

El resultado de la bobada que es en si misma toda encuesta, es una llegada al espring entre Auster y Vila-Matas. El norteamericano mete un poco el codo derecho, y por unos escasos seis votos se lleva la palma y el laurel. A continuación entra Magris y más atrás viene el pelotón encabezado por Mendoza y Vargas Llosa. ¿Para qué ha servido esto? Pues no lo sé muy bien. Tal vez para pasar el rato, o jugar al solitario, o para conocer que hay unos excelentes novelistas llamados Claudio Magris o Enrique Vila-Matas o Ian McEwan. Sólo por eso igual ha merecido la pena. Supongo que la mayoría de los lectores conocerían tres o cuatro autores. Incluso uno pensaba -no te avergüences amigo, hay males peores- que el único Nobel de los ocho era una estupenda y fina escritora. Y digo que podríamos comenzar leyendo, por ejemplo, Hombre lento , de Coetzee (Mondadori). No es mala elección.

viernes, 25 de abril de 2008

Los curas fuera


En la vieja Europa todavía quedan vestigios totalitarios. Y uno de ellos desde luego es la obsesión anticatólica de algunos. Hay gente -no nos engañemos- que vive de este aborrecimiento (las prebendas no son moco de pavo). Desde la política o desde la radio, desde el cine o desde las candilejas televisivas. Las consignas están claras, y todos cacarean al unísono. Por favor, señoras y señores míos, creer en Dios es un acto de inconsciencia, una irracional desmesura que atenta contra la dignidad progresista del ser humano. Y esos obispos y curas que manipulan las conciencias... Tan poco demócratas. Porque veamos, ¿quién les vota a ellos? Y además visten de negro y tienen ese hablar melifluo y sonsonete que no debe engañar a nadie. ¡Menudas aves de rapiña! Todos fuera. (Recuerden, esta gente que habla son gente solidaria e ilustrada, gente moderada en su corajudo esperpento). Que sí, que fuera. La religión es una filfa, algo indigno del siglo XXI. Ustedes, señoras y señores católicos, podrán decir lo que quieran, pero viven -vivimos- engañados. Más nos valdría abrir de una puñetera vez los ojos y vender el alma al diablo. Según ellos la mejor manera de ser cristiano es dejar de serlo. Y así. Zahieren de continuo, en su teofobia y clerofobia. Ilustres masones y una buena cantidad de ex seminaristas (además de los artistas y demás parásitos del presupuesto) cultivan el sarcasmo y la irreverencia, la blasfemia y el insulto. O la catequesis pagana. La felicidad está en acelerar los trámites de cualquier medida que toque los huevos a la Iglesia. Y los curas fuera. Y en cuanto se pueda les cerramos las capillas y demás reliquias y misticismos. Y todos comeremos perdices en la casa de la pradera laicista. Ellos lo tienen muy claro ¿no creen? Pero, ¿y nosotros? ¿Tenemos los católicos las ideas claras y la necesidad de amar a Dios en el testimonio de nuestras vidas? Sin vacilaciones y sin ridículos “piismos”. Poniendo el corazón y la inteligencia. Y esa desenvoltura y viveza tan propias de las bienaventuranzas.

jueves, 24 de abril de 2008

Más sobre los amigos



Al afecto se debe el noventa por ciento de toda felicidad sólida y duradera

CLIVE STAPLES LEWIS



He escrito sobre mis amigos varias veces. Pero de vez en cuando tengo la necesidad de volver a hacerlo. No por quedar bien o para que me inviten a una grata velada en su casa. Es sencillamente porque les quiero. Claro, que dicho así, ahora que la costumbre es pensar mal en una progresiva degeneración del corazón, alguno podrá pensar: “menuda cursilada carininfa se nos trae el tío”. Manifestar los verdaderos sentimientos es hoy un calculado “veremos si me interesa y que puedo sacar de ello y por cuanto tiempo”; y no vaya a ser que meta la pata o que digan o piensen o crean que soy un sensiblero. Ya saben, que se interprete que eres de personalidad débil, capitidisminuida emocionalmente. Porque queda pero que muy poco macho decir de un amigo, pues eso, que le quieres. Como si el verbo querer estuviera reservado a los versos de amor cortés o a la intimidad del matrimonio (¡qué digo el matrimonio!, ¿ven?, ya estoy faltando al concubinato tan políticamente correcto de última hora, donde impera aquello de Crowley: la ley es hacer lo que quieras).

Pero estaba con mis amigos. Y para mí su afecto, su confianza y su trato es un acto de esperanza y de cariño del que no puedo prescindir. Si lo hago -por motivos egoístas o atrabiliarios- cerceno una buena parte de mi felicidad. Porque se trata de eso. Cuando caes en la tribulación o en la angustia, o el alma se pone un poco mohína, uno va al amigo de cabecera, o a ese otro que es especialista en escucharte con paciencia; o al de más allá que vive lejos y al que escribes con urgencia tus dudas. Y sales como nuevo. Y ellos también te cuentan, y te llaman, y ganas en perspectiva. Y si hace falta sueltas unas lágrimas, y quitas la contraseña de tanto ahogo. Ellos -los amigos- siempre están ahí, y aunque no tengas nada especial que contarles, te sientas a su lado y miras su indulgencia. O escuchas por teléfono uno de sus poemas, o lees las primeras páginas de la novela que están escribiendo. O juegas al futbolín, sin más historias. ¡Qué orgullo tenerles cerca y ser parte de su vida!

En secreto


I

La noche talla en secreto la luz del día.
La noche calla: sueña a tientas la vida.


II

Pronto será el alba y amanecerán los detalles
en los colores y en las palabras. Una mirada
libre de tinieblas estrenará de nuevo las cosas.

miércoles, 23 de abril de 2008

Me desvelo


Un partido de tenis femenino y unas páginas del Hola. Es insoportable tanto toma y daca con esa pequeña pelota. Y ojeo en la revista alguna de mis residencias habituales. ¡Juego y set! En la repetición se ve el elástico mensaje de sus piernas. Esos atardeceres que inciden en la superficie del agua. Y las escaleras de mármol que descienden hasta la soledad de la cala. Los gemidos de una de las jugadoras son insaciables. Tengo mis propias olas, y toda esta arena donde pasar el tiempo. Me gusta especialmente su saque, ese saltito y la inclinación exacta del cuerpo. Paseo de la mano del viento, y decido bañarme. Solo, mientras me acaricia una líquida luz dorada que parece de papel couché. El movimiento del pelo es importante en este sueño. Perdón, en este juego. Con fuerza empuja su gemido la pelota, y la mira de puntillas hasta que bota en la línea. ¡Entró, entró! Mi casa allá arriba, amarilla, con las ventanas oteando la marina. Y más arriba, en esa altura inaccesible que da la belleza, está el cielo, del color del alma. Punto de partido. Concentración máxima. Sus ojos más verdes que nunca. Quieta. Para siempre así. Pero de repente su inmortal y esbelta figura se estremece, tiembla, y golpea con fuerza mi vida. Gana ella. Set y partido. Y me vuelvo a la cama.

Carlos Ruíz Zafón, "El juego del ángel"


Carlos Ruíz Zafón, El juego del ángel (Planeta). Barcelona, 2008. 667 pp. 24,50 euros




Paso de previsión de ventas, de entrevistas y de toda esa apabullante mercadotecnia literaria. Paso. O eso quisiera. Y que me dejaran en paz. Todos. Y desembarazarme de ese concepto abstruso de la literatura como noticia o escaparate de citas y titulares. Porque los libros se nos están transformando en un estratégico souvenir y en una indigestión esotérica. ¿Filología? Más bien un nuevo “record Guiness” es lo que se espera. Ah, y una estadística, con sus porcentajes a demanda. Tantos miles o millones vendidos, y el escalafón de la prensa. ¡Qué exitazo! Sin precedentes. ¿Y la crítica? Bueno bueno la crítica. Rendida. En su momento se puso un circo y ya ven: todo focos y colorines, afeites y vistosos animales pasando por el aro (no va con segundas).

En fin, que sólo quiero leer tranquilo. El juego del ángel y yo. A solas… Y bueno, lo he conseguido. Tres días de lectura a todas horas. Sin tomar apenas notas ni leer suplementos culturales. Carlos Ruíz Zafón es un narrador como la copa de un pino. Envolvente. Su escritura posee la intriga de muchas lecturas. Y la certeza de su propia experiencia de vida (se adivinan sus propios demonios). ¿Literatura popular? ¿Y qué significa eso? ¿Folletín? ¿Significa todo esto que la escritura de nuestro autor es menor por llegar a más gente o por intríngulis textuales? Porque no me negarán que si escuchamos “literatura folletinesca” parece como que estamos ante puro entretenimiento y poco más. Pero es mucho más que eso.

Veamos. Carlos Ruíz Zafón no oculta de donde viene. Quiero decir, su tradición literaria. Ya en el capítulo 2 cita, para esa especie de alter ego que es David Martín, a Dumas, Stoker, Sue y Féval. Pero también está Edgar Alan Poe, y el omnipresente Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, y la maravilla de la literatura gótica que dio comienzo con El castillo de Otranto, de Horace Walpole. Y La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, o El club Dumas, de Arturo Pérez Reverte. Y Dickens, y el Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Potocki, y Galdós… Y la influencia “visual” y dialogística del cine (hay más diálogos en esta segunda novela, y se nota en el molto vivace de su ritmo y acción). Este aspecto hace que El juego del Ángel -al igual que sucede con La sombra del viento- tenga una fuerza hipnótica de la que es difícil escapar.

Reconozco que el arranque de la novela me cautivó. “Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia”. Parecía -¿no lo es?- la propia confesión de Carlos Ruíz Zafón. Se adivinan los comienzos difíciles -“soledad y tinta”- y el amor apasionado por la literatura. Escritura de encargo y disciplina, y lectura insaciable durante las madrugadas. “Esa hambre que no tiene nada que ver con el estómago y que se le come a uno por dentro”. Y el preceptivo encuentro con el “maestro”, en este caso el adinerado dandy, y diletante autor, Pedro Vidal. Las consideraciones sobre el éxito o la envidia (que “es la religión de los mediocres”), etc. Vida y obra. La ficción no es del todo ficción. Creo que es preciso destacar dentro de este libro el espacio que ocupa la reflexión. Sobre la misma literatura, sobre la vanidad y el éxito, sobre la muerte y la religión, sobre el amor y el miedo, sobre la geografía social, política y literaria de la Barcelona modernista de los años 20.

Y llegan las misteriosas misivas de un todavía más misterioso A.C. (Andreas Corelli), a raíz de esos textos -Los misterios de Barcelona- que David Martín ha ido escribiendo para La voz de la Industria. Y da comienzo con este sencillo gesto, tan romántico, la acción principal. Ese camino que nos llevará de nuevo a confraternizar con la familia Sempere y su librería, y El cementerio de los Libros Olvidados, y un extraño manuscrito. La novela se va desarrollando en tres actos ("La ciudad de los malditos", "Lux aeterna" y "El juego del ángel") y un "Epílogo de 1945". Ya no es que El juego del ángel no sea una secuela ni precuela de La sombra del viento. Es una historia más con elementos comunes. Un ahondamiento en su manera de entender la literatura como engranaje sustancial de nuestras vidas. En ese sentido nos encontramos ante un tipo que escribe de lo que ama: de libros y de literatura, y del misterio e intriga que de una u otra manera sacude nuestras vidas.

¿Quieren el resumen de esta magnífica novela? La pueden encontrar en la página 51. Dice: “Las palabras y el misterio de su ciencia oculta me fascinaban y me parecían una llave con la que abrir un mundo infinito y a salvo de aquella casa, aquellas calles y aquellos días turbios (…)”. Esto es lo que ustedes van a encontrar en El juego del Ángel. Una tabla donde agarrarse, unas palabras donde resarcirse de tanto empeño inútil, y de tanta monotonía. ¿Qué quieren que les diga? Estoy fascinado. El libro y yo. Sobran las demás cosas.

martes, 22 de abril de 2008

Nuestras mujeres se enfadan con razón


Las esposas se enfadan con razón. Fíjense en mi mismo (y perdón por citarme, es para que resulte más ilustrativo). Ella ocupada con los niños y preparando la cena a la vez que la comida de mañana. ¿Y yo? ¿Qué hago yo mientras tanto? Versos. Hace falta… Y no es que escribir versos sea una ocupación desatinada -aunque hay distintas opiniones sobre esto-, o que de pronto uno tenga mala conciencia. No. La cuestión está en que los maridos por lo general carecemos del necesario sentido de la oportunidad. Llegamos a casa y ni se nos pasa por la cabeza esa compra de alimentos, o ayudar a explicarle al pequeño asunto tan vital como la fotosíntesis (o la resurrección de los muertos).

Que no, que no. Que lo peor es que vamos a lo que vamos. Es decir, al inconmensurable universo de lo nuestro. ¿Cambiar un pañal? Quita, quita, que mañana tengo una reunión muy importante. Bueno, al menos podrás sacar la ropa de la lavadora antes del fútbol. Mujer, ¡qué cosas tienes! ¿No ves que es necesario el precalentamiento? Y así. Pero como las queremos tanto pensamos: “Cuando termine la primera parte lo hago”, o “cuando termine de cuadrar estas cuentas allí estoy, como un jabato”. Y dejamos para luego lo que no vamos a hacer nunca.

Ya sé, ya sé que no siempre es igual, y que hay algunos maridos que son modelos. Pero no me digan que es un poco así. Llegas a la puerta y tentado estás de huir como un cobarde. “Vuelvo en media hora y con un poco de suerte quizá estén todos dormidos”. Ya, sí, puede que haga yo con estas letras un algo de caricatura. ¿O no? Quizá no exagero tanto como parece. Puede que hasta se aproxime a lo cierto. El caso es que somos escapistas, o tendemos a ello. O que disfrazamos el egoísmo de muy buenos propósitos y loas. Un besito… y a lo nuestro.

No sé, pero a mí me parece que no debemos dejarlas tan solas. No se trata sólo de los hijos y de la casa. Se trata de nosotros. Sí, de nosotros. Del matrimonio. Porque el que tengamos la ternura puesta en ellas, en nuestras mujeres, redunda en un amor mucho más cualificado. Y ese enamoramiento in crescendo será el quicio de nuestra fortaleza y de nuestra alegría. E incluso de la perfección de nuestro trabajo. ¿No han observado ustedes que si andamos reñidos o los gritos se han subido por las paredes, todo nos da un poco igual? Pues habrá que aplicarse.

lunes, 21 de abril de 2008

Horizonte marino


El mar está de camino.
-“¡Corre, mira! ¡Ya lo veo!”.
Y se abren paso las olas
entre su espuma de sueños.

El mar está de camino.
¡Cómo te acaricia el viento!
Y se abren paso las olas,
y emerge del agua el cielo.

Lo de siempre


Para Mamen Sánchez


Yo hago lo de siempre, en efecto. Lo de siempre. No tengo remedio. Apenas unas pocas variaciones. Y voy a peor. Con tanto libro y tanto blog y tanto correo. Cada día necesito más del silencio para estos menesteres. Es lo de siempre, en efecto, pero se me transforma todo. Estoy inerme, lo siento, me gusta lo de siempre. Este cielo, este sillón, este cuadro rosa o unos versos de Lorca. Dadme tiempo y tened paciencia conmigo. Pero os lo advierto, así concluirá mi vida: trajinando en lo de siempre. ¿Para qué voy a cambiar de costumbres? Ya es tarde, dejadme con lo puesto, con mis amores de siempre. No os lo vais a creer, pero en lo de siempre… ¡es todo tan distinto! ¿Creéis que pierdo el tiempo? Pero es que lleva su tiempo fijarse bien en la vida y en cada verso que veo. Y aprendo de memoria las flores naranjas de mi colcha, o el ángulo obtuso de esos collares -rojos y verdes- prendidos del espejo. Lo de siempre, lo de siempre. Y su milagro. Por eso escribo, y leo. Y al escribir voy poniendo en orden lo que me cuentan las palabras. O las desordeno buscando una luz más intensa. Algo, eso, lo de siempre. Que al fin y al cabo es donde está tu felicidad y la mía: en lo de siempre.

domingo, 20 de abril de 2008

El trasvase del río Ebro, o lo que sea (o de cómo ciertos políticos carecen de palabra)


A veces, el silencio es la peor mentira
MIGUEL DE UNAMUNO



Enardecidos voceaban su melodrama,
y ahora juegan al escondite
con los sintagmas.
“¿Trasvase? ¿De qué me habla?
¿Trasvase? No me suena esa palabra.
Me deben confundir con otro. Seguro”.
Su gesto es fofo e insípida su inteligencia.
Tan ufanos en mítines, contubernios y tonadas
regionalistas.
Ahora callan sus baladronadas (“¡el agua es nuestra!”).
“¿Trasvase? Señora, déjeme en paz,
por favor, ¿no ve que estoy ocupado con otras aguas?”.
Trasvase de palabras descreídas.
Trasvase de genuflexas consignas
progresistas. (“¡Compañeros!”).
Trasvase de idioteces. Trasvase
de lo de siempre: mentiras y zapatiestas.
Hidrofestivos e indómitos heraldos
de un lenguaje escorado hacia la sequía
más grave: la de las ideas.
Lo suyo es la propaganda reciclada
y una adecuada profilaxis de la sintaxis.
El resto es poder. Y apología pacata.
Así nos va. Pasen y vean.

viernes, 18 de abril de 2008

¡Joder!


La impostura es mucho mejor negocio. De todas todas. Eres capaz de medrar a tutiplén, de hacer de tu vida un artefacto de culto, o incluso de ganar con más eficacia unas elecciones políticas. Dirán lo que quieran, pero para ser feliz lo ideal es no tener escrúpulos. Es más fetén la mentira, porque de esa forma siempre quedas bien y los demás te sonríen las gracias y te lamen el culo. Mira que majo. Y lo inteligente que es. ¡Cómo declama la ambigüedad! Vale, vale. Y camuflan sistemáticamente las cosas en el lustre del eufemismo fotogénico, del relumbrón fulgurante. La verdad es una mierda, un discurso antañón de algunos friquis pendencieros. La mayoría católicos, seguro, o literatos anémicos. Nada comparado con la apostura de la patraña y su oropel de ensueños. ¡Qué pandilla de ingenuos los que todavía creemos en el significado exacto de la coherencia o del desinterés! Joder, con lo bien que viviría yo siendo un hipócrita y ciscándome en lo más sagrado. Pero reconozco que no tengo reaños para jugar así con el vocabulario de mi conciencia. Por lo demás está claro: existe una nomenclatura que vive de la expoliación del lenguaje. Corsarios del diccionario, arengan su descaro a las masas. “No, no es eso; es todo lo contrario”. Y mienten con perversa delicadeza. Y cuela. Ya lo creo que cuela. Y la demagogia tiene unos muy altos niveles de audiencia. Y la vileza se extiende por doquier. Como si nada.

Infancia


Mírala. Ahí. Es tu infancia.
Un caballito de madera.
O allí, en ese punto de luz
donde siempre estaba la abuela.
Tu infancia. ¡Cuántas tormentas!
Y el pozo desde donde subía
el temblor del agua.

Y las campanas...

¿Recuerdas los ojos de los gatos
iluminados por la noche?
Tu infancia. Aquellas mañanas,
cuando la pereza era de lana
tibia.

...Y las campanas.

jueves, 17 de abril de 2008

Aperitivo español



¿Quién paga? Tú, por supuesto. De acuerdo. ¿Qué te parece el nuevo Gobierno? Una calculada extravagancia. La igualdad además de ser una treta propagandística de algunos… Pásame las servilletas por favor. Además de eso es una monotonía cursi. Creo que el nuevo ministerio ese debería denominarse Ministerio de la Uniformidad. Oye, este pincho está de muerte, tienes que probarlo. Menuda se ha montado con lo de la mayoría de mujeres en el Gobierno. Si es que no podemos pasar sin ellas. Y más nos vale. Fíjate Miguel, te voy a decir algo. ¿Sabes por qué los hombres generalmente no podemos pensar en más de una cosa? Supongo que es inevitable que me lo digas. Porque normalmente esas “cosas” en las que pensamos son siempre las mismas: ¡ellas! De una manera o de otra. Enamorados o aguafiestas. Mira que eres sentencioso. ¿Sentencioso yo? Somos en exclusiva. ¡Dos cervezas! Y ellas ejercen el dominio absoluto. O eres dócil o te espera una buena. Hombre Paco, ellas también nos son en exclusiva. ¿Qué habría sido de ti sin Rosa? Poca cosa es verdad. Pero es que presionan y presionan y... Eso forma parte del cortejo, del embrujo del amor, y es el encanto de su galimatías. A mí en cuanto se enfada le estampo un beso. Y el beso te lleva… Te lleva a unos cuantos hijos que te hacen la puñeta de por vida. Mira que eres bruto. No, te lleva a comprenderla mejor y a darte cuenta de lo egoístas que somos nosotros. Ya. Lo sabes mejor que nadie. Nos dan mil vueltas. ¿Cómo quedó el Getafe? Perdió, creo. Pero mira, ahora que lo dices, un ministerio que tendría gran aceptación sería el Ministerio del Fútbol, con un buen cortejo de forofos funcionarios. Por supuesto con ministra. Por supuesto. O ministra o nada.

¿Por dónde voy?


Cuando salgo de mi casa no sé qué camino tomar. Si optar por la izquierda o por la derecha. O quedarme en el portal esperando algo que me decida. Claro, el asunto está en saber dónde vas, en tener un destino previsto, o siquiera aproximado de la realidad que sueñas. Pero eso no es tan sencillo como parece. Envidio a los más decididos, a aquellos que no titubean. Esos que van tan garbosos por mitad de la acera, la mirada al compás de la primavera, y los pasos tan ordenados que da gusto verles. Semejante porte, y tan pulidos. Al menos por fuera. ¿Serán del todo verdad? Ellos y ellas. Yo no soy así. Y bien que lo siento. Para empezar no estoy seguro de casi nada y me mareo en los pasos de cebra. Soy un equilibrista en mi propia vida. Y si tomo un autobús dudo si es el correcto o si voy en la dirección adecuada. Más de una vez he tenido que apearme al final del recorrido por andar encaprichado con una novela. Y los semáforos me dejan pensativo. Y también las fuentes, mientras salpican su brillo. ¿Izquierda? ¿Derecha? Vamos allá. Venga. Al fin y al cabo todos vamos al mismo sitio.

miércoles, 16 de abril de 2008

Diálogo entre Filomena y Alipio, en Génova. O de cómo dos amigos charlan sobre la felicidad.


- ¡Qué tranquilo eres Alipio!, me dice como si nada Filomena.
- Amiga mía, sólo debemos tener prisa para ser felices, y esa prisa demorarla en el alma.
- ¿Acaso no hay más motivos en la vida para tener prisa? ¿Nunca te ha invadido la urgencia por terminar algo o ayudar a alguien?
- Ay, dichosa Filomena, en nuestras vidas no hacemos sino comenzar y recomenzar cosas, pero se adivina de fondo la muerte, el tiempo nos muerde el calcañar, y yo al menos siento que no acabo de concluir nada realmente meritorio.
- Creo yo, amado Alipio, que la vida nos apremia a cada instante para hacer algo meritorio, como tú dices. La muerte no es sino el recordatorio de que hay que vivir así, con urgencia por hacer algo bueno.
- ¿Y qué es lo meritorio, buena amiga? Me confunden las horas y las personas. Quiero ser feliz, pero puedo asegurarte que en muchas ocasiones tengo miedo de serlo.
- Alipio, Alipio. Tener miedo de ser feliz es como tener miedo de vivir. La vida misma nos empuja inexorablemente a la felicidad, si sabemos dejarnos… Lo meritorio sólo tu corazón lo sabe.
- Hablas con destreza y sabiduría bella Filomena. Pero esa vida que dices nos reconduce por vericuetos llenos de trampas. Y mi corazón quisiera tener certezas, amar más decididamente. Mi corazón, en realidad, sabe muy poco. No sabe: siente. Y muchas veces sólo es capaz de sentir fantasías.
- Amigo, es el corazón el que alberga las certezas. Nuestra razón más bien es el hogar de las opiniones y por lo tanto de los errores. Nuestro corazón conoce lo verdadero, lo justo y lo bello por si mismo. ¿No será que tus fantasías son alguna forma de certeza encubierta?
- Ay, Filomena. No sé qué decirte. ¡Mi corazón ansía tantas cosas! Ya no sé ni qué pensar a veces. Quisiera esa belleza que dices, y esa verdad. Pero ¿sabes?, me topo conmigo. Y mi yo me aburre. Y dudo si seré capaz de sobrellevar con dignidad mis días. No me fío para nada de mí, y voy de tropiezo en tropiezo.
- Ciertamente Alipio el yo es el gran obstáculo. Los grandes enemigos para conseguir la felicidad somos nosotros mismos. En el vivir está la lucha, y de ganar en esa lucha depende la felicidad de uno. Una vez superado el yo, la certeza es evidente por si misma.
- La batalla es y será ardua, Filomena. En cada día hay infinidad de refriegas y encontronazos. Y llegas a la noche desilusionado, con heridas y mil soberbias. Tal y como lo dices ¡parece tan fácil! No es que yo sea pesimista ante la felicidad. Es que creo que nos la olvidamos por los rincones de la vida, o pensamos hallarla lejos de donde estamos. O lejos de lo que somos. Y envidiamos la suerte de otros.
- Alipio, sin duda la batalla es ardua, pero si tratas de alcanzar la felicidad con las manos, en afanes sin cuento, ésta huirá de ti. Ama la vida, permanece apegado a lo que más te importa, y la felicidad se posará sobre ti. ¿Dónde habré oído que se asemeja a una mariposa? Ciertamente, pensar que en atributos humanos puede estar la felicidad es menospreciarla.
- Pienso Filomena que leo demasiados libros. Tu conversación me ilustra mucho más, y logra que resucite mi esperanza. ¿De dónde habremos sacado los hombres esta funesta manía de correr hacia todos los sitios? Me encuentro muy bien aquí, conversando contigo, en tu espaciosa casa. Llena de tantas cosas preciosas. Y con este delicioso jardín que nos rodea. ¿Ves? Me haces sonreír, que es mucho. ¿Podré volver a visitarte?
- Cada mañana abro la ventana de mi habitación, como bien sabes. Y luego la puerta de la casa. Y a partir de ahí, dejaré que las ideas y los sueños de tus libros se confundan con las certezas de nuestros corazones. Quizá así continuemos atisbando el sendero de la felicidad.
- De acuerdo amiga. Volveré para proseguir esta amable charla. Mira, ya se acerca mi amigo Leocadio, presumiendo de brioso corcel. Me voy pues. Adiós bella Filomena. Y gracias por tus palabras, y por escucharme.
- Gracias a ti por compartir tu sabiduría conmigo. Corre, ve a recibir a tu amigo. Adiós.
- Adiós.

Presentación de una novela

El aforo estaba repleto de nubes que buscaban su acomodo, y de lluvia que impregnaba las miradas. Estábamos todos. Todos los que estábamos. Muy pendientes del movimiento de las palabras. Y de algo más que buscábamos entre las butacas. Quizá unas gafas de sol, o un olvido repentino. Su voz femenina escuchaba nuestro silencio, tímida y elegante, sonriente y guapa. Ponía en su sitio la belleza y recordaba los primeros balbuceos de su escritura. Anécdotas familiares, lágrimas, y esas mañanas serenas escribiéndole a la vida una posible trama. Todos nos encerramos alguna vez en una habitación del Ritz y bailamos solos nuestros sueños. ¿Quién puede negarlo? Y nos probamos las palabras que hemos leído algún día. Literatura desnuda de literatura, sin barrocos artificios ni afectadas veleidades. Una buena historia que nos recuerda cosas importantes. ¿Quién mira el reloj a estas horas de la ternura? Nadie, ninguno. Seguimos ahí, imantados por la figura de Mamen Sánchez, por esa voz que nos encuentra un poco de esperanza entre las nubes. Gracias.

(Gafas de sol para días de lluvia)

martes, 15 de abril de 2008

Vida de Porfirio de Gaza, de Marco el diácono


Porfirio de Gaza era un cristiano de Tesalónica que vivió a caballo entre los siglos III y IV. Un tipo de familia adinerada. Pero no le llenaba su vida. Yo no me lo creo -será porque no lo tengo-, pero dicen que el dinero desquicia a cualquiera. El caso es que el piadoso Porfirio dejó tan acomodada vida y se largó a los desiertos de Escete (Egipto). Allí atemperó su espíritu y lubrificó su alma a base de oración y abundante penitencia. Pero no era de esos padres del desierto ignorantes de cultura. Él siguió la estela de los discípulos de Orígenes. Vamos, que era un hombre sabio en la interpretación de la Sagrada Escritura, pero también en literatura no religiosa o teológica. A propósito de esto recuerdo con agrado el tratado Cómo leer la literatura pagana, de San Basilio el Grande, el más grande de los capadocios. También fue obispo -de Cesárea-, aunque vivió un siglo antes que nuestro buen Porfirio.

Pero el futuro obispo de Gaza sintió la llamada de Dios para trasladarse a Tierra Santa. Y en la región del Jordán vivió en una gruta durante cinco años, a semejanza de Elías o San Juan Bautista. Hasta que enfermó de cirrosis hepática y se hizo llevar a Jerusalén. Y allí es donde conoció al joven Marco, calígrafo de profesión, que será desde entonces su secretario, su amigo, su consuelo, su consejero y su diácono. Pero hasta aquí he contado. Porque la cosa es que se lean ustedes el librito. Una narración -como señala el traductor Ramón Teja- realmente meritoria, salvando sus posibles incoherencias temporales y/o posteriores manipulaciones textuales. Y es meritorio y “único”, porque Marco nos ofrece una visión magnífica de lo que era por entonces un ciudad pequeña, en su mayor parte pagana. Las añagazas del obispo en las cercanías del poder del emperador Arcadio y señora para que desaparecieran los templos paganos, etc.

No es una hagiografía, y no me extraña que algunos “criticistas” del XIX tuvieran este libro como una especie de novela histórica. Porque Marco es muy detallista, y toma nota de todo. Y lo escribe con innata sencillez y fidelidad, como si fuera un cronista. O un diarista. No hay mucha milagrería, pero sí hechos concretos de gobierno episcopal y del entramado social. La Vida de Porfirio de Gaza, de Marco el diácono (editorial Trotta) es la primera vez que se traduce al español. Y directamente del griego para más señas. Espléndida esta biografía tan particular y sin embargo de lectura tan fascinante. Para todo tipo de lectores. Ya saben, para toda esa gente curiosa e impertinente que deambulamos de aquí para allá, de libro en libro.

Pd. Trotta ha publicado este texto junto con otros dos de no menor interés. Historia de los monjes de Siria, de Teodoreto de Ciro; y Vidas de los santos Padres de Mérida. Inaugura así esta “colección de vidas”, que promete consolidarse como referencia de una muy buena literatura. Tan desconocida como necesaria. ¡Qué gran labor editorial!

lunes, 14 de abril de 2008

Carta a José Saramago



Hace un tiempo escribí esta carta con motivo de unas declaraciones del premio Nobel. Unas declaraciones que se me hicieron muy tristes, esa es la verdad. Yo ya no me acordaba de estas líneas, pero un amigo catedrático de literatura me pide por favor que suba dicho texto al blog. Según él porque tiene “un gran interés humano y literario (con un contenido muy inusual), sobre un novelista de los grandes”. Aquí queda. Ustedes juzgarán.


Querido amigo:


Leo en la prensa lo que piensas que va a suceder cuando llegue el momento de tu muerte. Algo que espero ocurra dentro de muchos años. Lo has dicho con ocasión de la presentación en sociedad de tu última novela, Las intermitencias de la muerte. La frase es: “Cuando llegue mi hora me disolveré en la nada”. La nada, el apagón total.

Reconocerás que leído así, en plena tarde sabatina, con la lluvia y su “música de agua” -que diría el poeta- descolgándose por el cristal de las ventanas, la locución tiene su estremecimiento. Imposible pasar página. Me quedo mirándote con fijeza, en la fotografía que acompaña al texto. Sigo leyendo: “Me disolveré en átomos y todo se habrá acabado”. Arranco la hoja y la doblo por la mitad, sin dejar de dar vueltas a lo que acabo de “escuchar”.

Querido amigo, pensaba escribir un sencillo artículo, pero como ves el artículo se me ha transformado en carta. Sin querer. Pero es que tus declaraciones -pese a ser públicas- tienen un tono de confidencia tal, que necesito escribirte así. Perdóname el atrevimiento y el tuteo. Y antes de nada decirte que espero leer pronto esta nueva novela tuya, esta nueva “intermitencia” literaria que te ha salido al paso. Supongo que con más trabajo que inspiración, con esa íntima necesidad que tiene todo escritor de sentirse escuchado. O mejor dicho, comprendido.

No sé lo que pensarás, pero a mí tu obra me parece sobre todo una constante brega espiritual, un brioso cuerpo a cuerpo con esa alma de la que dices descreer. Porque no me salen las cuentas. El ingenio, la agudeza o el retórico artificio no bastan para expresar la inquietud de tu vida interior; que la tienes, y muy rica. ¿Qué es la literatura si no la conciencia de un anhelo que nos trasciende? Espacio y tiempo son magnitudes esenciales y verificables en donde transcurren nuestras vidas, es cierto. Pero las coordenadas que rigen tu obra van más allá, enhebrando cada palabra al dolor, y a la posibilidad de una redención. Por remota que ésta sea.

Tus novelas son como el índice de tu alma, esa alma que cruje por el peso del dolor, de la injusticia, de la impunidad. Las palabras apenas pueden contener el ímpetu, el desasosiego ontológico de la trágica realidad que ves a tu alrededor. Una realidad que se prostituye a ojos vista y que tú intentas desenmascarar a toda costa. De ahí la característica tensión de tu prosa, su rabia contenida. La verdad es que tienes sobrados motivos para ser pesimista. Pero piensa que también la misericordia juega su papel, que hay personas en el mundo que obran el milagro de la alegría. Incluso puede que alguna de ellas esté muy cerca de ti.

Me pregunto: ¿Cómo es posible que se acabe del todo y se disuelva en la nada el aliento de alguien capaz de escribir magníficas parábolas sobre la ceguera espiritual del hombre? José Saramago, una persona como tú no puede morir del todo. Y puede que algo de ello atisbes. Tu inquietud antes de ser estética es ética, bien lo sabes. Y si escribes es porque tienes alma, porque amas y te preocupas de tus semejantes. Que a la postre es una forma de rezar. De esperar que todo esto -incluso la literatura- sirva para algo. Que servirá. No en vano en la vida de cada cual está el germen de su propia resurrección.

Un fuerte abrazo.

Asomado al patio interior de mi vida


Hacía días que no abría la ventana a verlas venir. Sencillamente. Y en cuanto me he asomado, la luz se ha recogido como los cuernos de un caracol al tacto de tu mano. Las nubes vuelan preñadas de lluvia, y se sofocan por las correrías del viento, y se congestionan por la humedad y el frío. O quizá sea la dichosa melancolía de tanto verso. Sólo el alma del cielo es todavía azul. Pero no la veo. Veo las antenas sobre los tejados, que parece están esperando una señal. Ese código secreto que me permita escuchar la melodía de algún tipo de felicidad que no conozco. Y el humo blanco de una chimenea asciende a lo más oscuro de la tormenta. Comienza a llover con fuerza. Gotas que se estrellan en la materia, y la empapan de un sentimiento contradictorio: no sé bien si es tristeza o es alegría. O la paradoja de las dos al mismo tiempo. Apoyado en el alféizar observo otras ventanas. Y las siluetas de personas que al otro lado de mi vida ordenan su ropa o hablan en la cocina o se aman. Y veo palomas guarecidas en las fachadas y un par de gatos en una galería. En momentos así me da por no pensar. Pero siento las cosas de otra manera. Ay, esta persistente manía de mirar y de aparentar que no hago nada. Inmóvil, aquí, en esta ventana. Con la compañía de la lluvia… Pasaría horas mirando el agua. O lo que sea. Sin ningún propósito que yo sepa. ¿No basta asomarse al patio interior de tu vida y encontrar algún detalle en el que no habías reparado siquiera?

domingo, 13 de abril de 2008

Inés, no sé como titular esto

Estás -¿estás?- tan feliz departiendo en familia, cuando te das cuenta que no sigues ninguna conversación en concreto. Miras aquí, miras allá -por Dios, ¿dónde está el mando?, apagad la televisión os lo suplico-; dices “sí” sin saber si el “sí” es “sí” o si es todo lo contrario. O si es un suponer o un despiste o un amago o mero cansancio. No es que no te importe lo que digan los demás, es que no estás. O estás de esas maneras: somnoliento quizá de una digestión muy pormenorizada. O esperando un sueño. En este sillón estoy. Pero tengo dudas. Mi voluntad dormita y oscila entre los titulares del periódico y esa especie de apatía tan de fin de semana. Hablo con mi ahijada Inés al oído. Me fijo en sus ojos y en el suave tacto de sus palabras niñas. -“Vísteme esta muñeca”. Y yo la visto, y le digo… Pero te vas y me dejas sólo en medio del día. Por favor, vuelve, ven conmigo a mirarme a los ojos. Hay que arreglarle el pelo a esa muñeca. Es urgente. Ven. Vuelve. Esperemos juntos ese sueño. Eres niña y me quieres y sabes la manera más adecuada de pronunciar las palabras y de tratar a los sueños. Me gusta cuando me traes la luz y los juguetes. Siento que estoy más de verdad en la vida y en este salón y en esta casa. Ya vienes… Ya estás aquí otra vez. Estoy. Por fin. Contigo. Quédate así un poco Inés, no te muevas.

sábado, 12 de abril de 2008

¿Y si la mejor literatura estuviera por venir?

¿Han pensado alguna vez que las mejores obras literarias estén todavía por escribirse? Hombre, si ustedes reparan en la amalgama de títulos infames que se apilan en las abigarradas mesas de novedades el asunto es ciertamente desalentador, lo reconozco, y llegas a una única conclusión: es del todo imposible. Si acaso una ficción más para entretener el tiempo y el tedio. Además, ¿se puede escribir mejor que Tito Livio, San Agustín o Tolstoi? ¿Se puede superar a Homero, Shakespeare o Quevedo? ¿O a Borges, Mann, K.A. Porter o Rilke? No, desde luego.

¿No? ¿Seguro? Imaginen las lecturas de los hombres dentro de tres mil años, allá por el 5008. No importa el soporte, si el papel ha desaparecido, etcétera. Imaginen que Dios ha tenido la infinita paciencia de seguir amando al hombre, y que la tierra ha conocido un nuevo ciclo climático (lo que parecía un colapso acabó siendo un resurgir espléndido). Homero seguirá siendo Homero. Pero para aquellas personas del 5008 habrá otros Homeros. Quizá Walt Whitman, o quizá Franz Kafka, o Pablo Neruda, o Thomas Stearns Eliot. O quizá alguien que no haya escrito nada todavía, o nazca dentro de quinientos años.

Posiblemente el libro tal y como lo conocemos hoy será una reliquia, que aquellos lectores compulsivos del siglo LI -¿habrá bibliófilos?- verán con intrigante curiosidad y mimo. Pero desde abril de 2008 en adelante se van a escribir miríadas de novelas, poemas y ensayos. Y habrá en el mundo de las letras varios siglos de oro en distintos idiomas. Y también de plata, para que no digan. Generaciones espléndidas de poetas florecerán en español y en chino. Y de repente una innovadora vanguardia dará esquinazo a lo que se venía escribiendo desde finales del siglo L, con una nueva perspectiva del lenguaje y del alma. (El lenguaje del alma: eso es y será siempre la literatura y sus galaxias).

No sé, quizá sean muy pocos los que se acerquen a lo que escribieron los lejanísimos ancestros de antes del 2008. ¿Especialistas? Puede que algunos jóvenes rebeldes reivindiquen de pronto, en 3456, los versos de un tal Miguel d’Ors, o la prosa de Arturo Pérez Reverte, gracias a una sesuda edición de un agudo investigador indio que da clases en la Luna (desde su despacho hay unas vistas increíbles del espacio). Yo que sé. Y hasta puede ocurrir que sigan vigentes los congresos. Por ejemplo: “La literatura en español de los siglos XXXVI y XXXVII, el comienzo de una visión menos especulativa del hombre”. Aunque los canapés sabrán un poco diferente. Digo.

¡La de libros que pueden ocurrir hasta entonces! Y la de olvido que se va a cernir sobre todos nosotros. Como para no creer en lo imposible. Y me da rabia perderme las obras maestras de los próximos milenios. Para consolarme sigo leyendo la estupenda Cabeza de perro, de Morten Ramsland (Salamandra), y ya tengo preparada A barlovento, de Iain M. Banks (La Factoría de ideas), que es la mejor ciencia-ficción que puede leer uno hoy en día.

jueves, 10 de abril de 2008

Con lo sencillo que era el cariño


Antes de casarse Carmen y Luis eran los reyes del arrumaco. Ya saben, besitos en las terrazas de los bares y discretas caricias en la última fila de los cines. Se querían. O eso creían por entonces. A Carmen -lo que son las cosas- no le hubiera importado alguna escaramuza. Pero Luis siempre fue un hombre de principios, recto, y con la corbata en su sitio. Tanta formalidad a Carmen la exasperaba. Y con el tiempo ocurrió lo inevitable: se aburría.

Eran cuatro años de noviazgo, y las conversaciones ya no eran lo mismo. Carmen quería a Luis, pero Luis parecía empeñado en que el eje de su relación fuera o su trabajo en la bolsa o su pandilla del fútbol. Con semejante romanticismo los besos ya no sabían igual, y las caricias se fueron acostumbrando. Al principio el amor fue un ímpetu apasionado, lo normal vamos. El cariño descubría rincones nuevos a cada paso, y les costaba no comerse los ojos. ¡Qué días! Y ahora…

Se casaron. Mayo de 2004. Carmen pensó que era un buen chico, que tal vez no fuera para tanto. Quería ser madre, y quería ser feliz. Hoy la he acompañado al juzgado.

- Carmen, ¿se puede saber qué ha ocurrido entre vosotros?
- Nada, eso es lo malo. Nada.
- Pero…
- ¿No lo entiendes? Me aburría. Y yo no hago el amor con fantasmas.

A veces la vida se reduce...


A veces la vida se reduce a una palabra y a un recuerdo de infancia. Así de infinito es todo. Y memorizas los días con una cercanía distinta. Te emocionas por cualquier cosa y sientes la piedad del silencio. No es fácil, pero decides que desde ahora vas a mirar a Dios a los ojos. Sin distracciones de última hora. Sin dilaciones ni componendas de temporada. Mirarle cara a cara. Desde por la mañana hasta la literatura que lees de madrugada. Seguir su mirada en el cariño de tu mujer cuando cocina -con ganas o sin ellas-, y en esas inoportunas llamadas, y en el desánimo, y en ese poema que no alcanzas. Rastrearla cuando llamas a un taxi o subes las escaleras de casa. Déjate ya de accesorias piruetas que sólo son pereza, o una desbocada quimera. O esa tibia monotonía del egoísmo como evasiva. Sí, la vida a veces es -¿recuerdas?- aquella vieja bicicleta a la que le fallaban un poco los frenos. Eras un niño, pero te dabas cuenta de la luz. Y del cielo.

miércoles, 9 de abril de 2008

A un poeta nihilista



Nihilismo. m. *Fil. Negación de toda creencia.
(Diccionario ideológico de Julio Casares)



Nada hay de cierto en la nada.
Es sólo una palabra
vacía.

Aunque rime con tu mirada
ciega.

Retrato al óleo (mientras lo pintas)



Quizá granate o bermellón o escarlata
es el fondo desde donde nos mira.
Se vislumbra en sus ojos el reflejo
del arrebol que expira con el día.
El lienzo se ilumina. ¡Maravilla!
Vida la pincelada minuciosa.
El color es la ebullición del alma,
y su rostro se ruboriza en rosa.

martes, 8 de abril de 2008

Buenos ratos


Los niños son niños. Y una de las satisfacciones mayores del oficio de padre es disfrutar de esos niños. Disponer los ejércitos en perfecto orden de batalla, ayudar a los contraterroristas en un viejo juego de ordenador (mientras hablas con tu hijo de sus afanes y tus propios recuerdos de colegio), dispararnos un montón de risas, ver por enésima vez La edad de hielo sin que salga de tu boca una palabra cansina (los padres somos a veces un poco destripacuentos), o preguntar los temas del examen de naturales de mañana.

Y en esas siempre surgen anécdotas divertidas. Y me vienen a la cabeza algunas, que tienen como protagonista al más pequeño. Me río sólo de pensarlas. Son la leche estos críos. Sin ir más lejos hace un par de días, y ante mi insistencia para que leyera, va el muchacho y me dice con una cara muy seria: - “Papá, tú sólo piensas en leer”. Me lo comentó como advirtiéndome que hay muchas otras cosas divertidas en la vida. Leer, leer, siempre leer… Me hizo un rápido requiebro y se puso a jugar en el suelo con una baraja de naipes que hacían las veces de una legión romana. El césar era un cromo de un entrenador de fútbol anglosajón.

Estamos comiendo. Varias conversaciones al mismo tiempo. El agua que se derrama, y… ¡otra mancha de salsa! Bingo. Conato de riñas, “a que te parto la cara”. Callaos ya, que parecéis animales. Eso: la familia. Y suelta el más joven de pronto: - “Pasadme la coca-cola que estoy agobioso (sic) y la coca-cola me da ánimos”. No se nos olvidará nunca.

¿Va otra? Venga. Imaginen un sábado por la tarde en los interminables pasillos de una gran superficie. El ideal de todo caballero que se precie. Los fuegos artificiales de los escaparates son como un electroshock para el cerebro. Para el masculino, digo. No tardarán las convulsiones. Alrededor los niños corren, tú jadeas y les increpas con un buen surtido de insultos. “Tú, enano, dame la mano, ni se te ocurra moverte de mi lado”.

- Papá.
- ¿Si?
- ¿El abuelo es general?
- No, hijo, es coronel, y…
- ¡Ah, claro, el coronel Tapioca!

Y así. La última. Tarde de un jueves. La madre le pregunta la lección. Medio desesperada. Los miro y escucho desde el salón.

- Juan, concéntrate, por favor.
- (Silencio y gesto mohíno).
- Venga, que ya te lo he preguntado mil veces. Dime sin equivocarte: “¿Qué son los mamíferos?
- Mmmmm…
- Los mamíferos son…
- ¡Déjame mamá, que lo digo yo solo!
- Vale.
- Los mamíferos son… vivíparos. Eso significa que la hembra, tras un período de gestación, pare crías vivas, y las alimenta con leche que sale de las glándulas salivares.

Jajajajajajajaja. Mi carcajada se multiplica según lo escribo. Pero son estas cosillas las que logran que uno no se quiera cambiar por nadie. Aunque a veces…

Paul Valéry, Vicente Valero y Mabela Ruiz-Gallardón


Entre cosa y cosa uno va siempre con algún libro debajo del brazo. (Releo De calles y noches de Praga, de Egon Edwin Kisch, editado por Minúscula hace unos años). Aprovechando cualquier intervalo o resquicio de luz para apurar unas líneas más. Basta un párrafo. Y le das vueltas mientras caminas por la calle, o una estratégica tienda de complementos te regala diez minutos para leer un poema del último libro de Antonio Colinas (ya hablaremos de él). Y no es que uno se obsesione con la lectura, simplemente la trama de la vida se trenza con la de esa novela que lees, o lo que cavilas al punto de la mañana resulta que lo encuentras planteado de otra manera en una página de La tentación del fracaso, del peruano Julio Ramón Ribeyro (Seix Barral), al que acudes de vez en cuando.

Acabo de dar fin (aunque dudo que este libro tenga un final de lectura convencional) a una selección de los Cuadernos de Paul Valéry (1871-1945), que el escritor francés fue escribiendo a lo largo de sus días, concretamente desde 1894 hasta su muerte. De los veintinueve volúmenes del original, el poeta y buen diarista que es Andrés Sánchez Robayna, nos ha seleccionado un espléndido volumen (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores) por el que da gusto transitar sin prisas. Valéry quiere llegar a lo esencial, a lo metafísico, que para él es el centro y sostén de la existencia. Lejos de las apariencias. Sobre todo se alcanza a través de la Poesía, de lo absoluto interior. Gracias a su maestro Mallarmé llegó a la conclusión de que la inteligencia es sobre todo lenguaje, y el lenguaje la raíz de todo lo demás. Pero no crean que en este diario el argumento es un intelectualismo frío. Yo diría que es más bien un intelectualismo contemplativo, cuyo mayor afán estribaba en conocerse. En fin, un libro que ya se había hecho esperar demasiado, y que merece una oportunidad. (Si son aficionados a la poesía les recomiendo leer El cementerio marino de Valéry, en la grandiosa traducción de Jorge Guillén -Alianza-, que publicó Revista de Occidente allá por 1929).

Diario de un acercamiento, del excelente poeta que es Vicente Valero (Pre-textos), tiene también algo de diario intelectual, de sed de conocimiento. Pero aquí el conocimiento que anhela el autor está mucho más tamizado por la vida, por esa luz esplendente que ilumina su prosa. Una prosa que se fragmenta en aforismos, impresiones de viaje, recuerdos, lecturas… Este libro es una delicia. El lector curioso lo disfrutará. Estás leyendo y de repente te paras en una frase que en realidad es un verso, y la paladeas una y otra vez, y sigues leyendo y contemplas una “bandada de estorninos”, y una exposición marina, y la modestia habitual de la nieve, y… Vicente Valero está muy pendiente de lo que mira o lee. Para después ofrecernos su quintaesencia; para hacernos partícipes de su gozo y de su memoria. De su alma. ¡Cuánta belleza hay en estas páginas!

Y otra buena novela primeriza de una escritora española. Digo otra, porque el descubrimiento de Mamen Sánchez -Gafas de sol para un día de lluvia- y de Mercedes Castro -Y punto.- me ha puesto sobre aviso. Lady Smith, pasión y valor en tiempos de guerra, de Mabela Ruiz-Gallardón (El Andén) tiene todas las trazas de un episodio nacional galdosiano (¿leemos a Galdós?). Por su brevedad y por su estructura narrativa. Novela historiada y libro de viajes, historia de amor y registro de la épica de las batallas y de las escaramuzas guerrilleras. Nos situamos en la invasión francesa de España. Guerra de la Independencia. Personajes principales históricos y casi de leyenda. Un teniente inglés -Harry Smith- conoce y se enamora y se casa con Juana María de los Dolores Ponce de León, huérfana a los catorce años. Un mujer brava, guapa, “que tenía el don de ver en todos los acontecimientos un motivo para ser feliz”. Los soldados la tenían como verdadero ángel tutelar entre toda aquella sangría. “Ella era la imagen viva de lo mejor que da España, cuando lo da”. El relato se lee con agrado, que no es piropo menor. Apunten este nombre: Mabela Ruiz-Gallardón. Asistimos a sus prolegómenos literarios.