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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


domingo 31 de agosto de 2008

A simple vista


Desde donde estoy veo a simple vista mi vida. ¿Cómo lo diría mejor? Porque apenas es un rincón de la casa... Pero en ese lugar hay un sillón y en el sillón está sentada ella. Y eso, desde luego, lo cambia todo. Su postura se orienta a la luz, y la luz está como ensimismada... Dos palmeras se alzan desde el oasis de una acuarela, y el ventilador gira y mueve su falda de satén dorado con bordados de gozo.

- "¿Qué haces?", me pregunta.
- ¿Yo? Nada, mirarte...
- "¿Qué escribes?", insiste.
- Unas pocas palabras, un momento del alma.
- "¡Qué cosas tienes!, espero sirva de algo".

Y vuelve muy despacio el rostro hacia la ventana. Las piernas cruzadas, sus manos acariciando la cortina... Es mi vida. A simple vista.

sábado 30 de agosto de 2008

Pedro


Pedro es una persona que se sienta en la acera y pide limosna. Durante muchos años fue pastor. Su casa era el campo, acompañado de sotos y estrellas, de perros y ovejas... Y un buen día todo ese paisaje donde él había nacido se desbarató, y llegó a esta ciudad llena de viento y cosas. Conversamos con él con frecuencia. Nos reconoce al instante y sonríe que da gusto verle. A veces le tengo como envidia, porque siento que está muy cerca de Dios, y yo sé lo que me digo. Le ayudamos en lo que podemos, pero es él el que realmente nos ayuda a nosotros. Le das unos euros o comida -o le dices: “buenos días Pedro”- y él te corresponde con el cielo. Ahí está, en medio de la calle, sentado sobre una sucia mochila y un saco de dormir mugriento. Un día le dio un beso a Cristina, agradecido por algún detalle… ¡Qué cara puso mi niña! “El pobre de Cristina”, lo llamábamos cariñosamente al principio. Pero ya no. Es Pedro, un viejo pastor que de pronto se quedó sin ovejas, sin trabajo, sin cariño... Y ahora es nuestro amigo.

viernes 29 de agosto de 2008

No estamos solos


Este verano estuve con un hombre que decía no creer en Dios. Su pena mayor era la posibilidad de que muriera uno de sus hijos. “Tanto esfuerzo para nada”. “Debe de ser el dolor más grande”, remachaba. Miraba al suelo con los ojos húmedos y la mano acariciando la barba de dos días. La posibilidad de que le ocurriera una tragedia así le sumía en el terror. “Dios no puede consentir algo semejante y sin embargo sucede con frecuencia”, proseguía. ¿Dios? Pero si tú no crees en Dios… ¿o sí? Hizo un gesto indefinido y yo sentía su angustia, su vacío. Puse mis manos en sus hombros… e hizo un amago de sonrisa. “Hay mucha gente que va a misa y no es buena”, murmuró. No te quepa duda, le dije, pero luchan por ser mejores. Imagina si dejaran de ir... Yo mismo… Sin la gracia de Dios sería el más insensato de todos, el más frívolo y el más bobo. De entrada. “Mírame Guillermo, soy un hombre sin estudios, sólo tengo a mis hijos”. Y yo le miraba… “No sé rezar”. Y yo le miraba… y veía su alma ante mí, temblando. “Tengo miedo”. Y se quitaba la gorra, y la estrujaba entre sus rudas manos, y se la volvía a poner. Miedo de quedarse solo, sin consuelo… ¿Te sabes el avemaría? “Joder, yo no creo en esas cosas”. Hazlo por tus hijos, sin fe, sin ganas… Hazlo y sentirás que tu corazón no está solo. Dios quiere a tus hijos más que tú, te lo aseguro. "Ya veré, ya veré", susurraba. Nos dimos la mano. Y de camino a casa recé yo la primera avemaría...

jueves 28 de agosto de 2008

Algo más que un sueño


La luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. (Jn 3, 19)


Hoy me he despertado mientras dormía.
Soñaba que creía en un sueño
donde siempre era de día.
La gente vivía feliz, sin envidias:
se conformaban con lo que tenían.
No había noche en las almas
y nadie fingía mentiras.
La luz guiaba sus vidas
sencillas, sin discordias...

Habían descubierto a Dios
en el corazón de la rutina.

miércoles 27 de agosto de 2008

En el cine



Vengo de ver una peli de Batman. Héroes y villanos, orden y caos. En el cine un hombre se duerme a nuestro lado, con el refresco y la sonrisa a medias. Pienso en mis hijos, que no están; pienso en qué demonios hago yo allí, sin ellos. Me aturde el sonido estratosférico: los disparos, los gritos, los motores… El hombre dormido se ha ido. Vibra el móvil con llamadas de mi hermano y amigos. ¿Qué estarán haciendo ahora? Mis hijos, digo. Abro los ojos a sus sueños, y rezo por cada uno en la sala 8 del cine. Sí, rezo. Porque es la única manera que tengo de acertar seguro en el crucial asunto de su felicidad. Mientras Batman vuela entre los rascacielos de Gotham yo hablo con Dios sobre mis hijos… ¿A quién puede importarle? Pues no lo sé, pero yo tomo nota por si acaso. En plena oscuridad abro mi cartera -un par de libros, agenda, gafas, abanico- y palpo al fondo unos pendientes de Cristina y una muela que se le ha caído hoy mismo a Juan (esta noche vendrá puntual el ratoncito Pérez y ¡ay de él como se le olvide!). Y… acaricio también una pequeña cruz de madera en pleno estallido de una bomba trampa y de la carcajada del Joker. Las cosas se ponen feas para los buenos. Cada vez me divierten menos las películas, la televisión y similares. Su persistente ruido no deja que el alma escuche el amor de Dios con la suficiente resolución. ¿Quién no tiene necesidad de su voz? ¿Quién no la busca entre los brazos de la ternura, en el ritmo de las olas, en el cariño de sus seres más queridos, en las nubes o en la lectura, en el dolor y en la angustia, en el silencio de su conciencia, en la incomprensión, en la soledad y en la brisa? Y en medio de la oscuridad de este cine y en pleno impacto del sensoround le doy gracias por esta peli, por mis hijos, por mi vida… Se encienden las luces. Nos vamos.

martes 26 de agosto de 2008

No se puede leer todo


Cada vez dedico menos tiempo a las revistas de libros. Me gustan horrores, pero lo que no puede ser no puede ser. Si cada jornada extiendo sobre mi mesa la prensa y cada semana sus suplementos, y luego cada mes me hago con dos o tres revistas especializadas, además de otras como por ejemplo Nueva Revista o La Ilustración liberal… (¡Qué gozada era siempre la añorada Chesterton!). Además de boletines diversos, actas de congresos que recibes, separatas, catálogos, etcétera. Todo muy bonito, ocurrente y sesudo. Con una bibliografía exquisita y de lo más completa. Y esas fotografías de nuestros más reverenciados escritores y sus bibliotecas. Y esa filología tan erudita y sumaria que nos distrae de los textos, sin más, y que acaba teniendo más de patología curricular que de ciencia del alma... Que no, que no puede ser tanta publicación accesoria, tanta semiótica y gramática redicha. Que nos pasa como en todo, que nos perdemos en el desenfreno liliputiense de la curiosidad, en lo insignificante y fisgón. Una buena edición, sí, pero a solas con la literatura, sin tanta glosa. Pero a veces no me resisto, y compro Leer o Revista de Libros o Qué leer o Turia o Revista de Occidente… O Ínsula, de la que fui suscriptor unos años -estaba recién casado-, y de la que conservo ejemplares de su primera época, bajo la estupenda dirección de José Luis Cano (poeta y escritor tan injustamente olvidado) y el sabio consejo de Vicente Aleixandre. Lo dicho: me gustan horrores esas revistas. Demasiado. En ellas puedes encontrar la pista de un autor del que no tenías ni idea, y que te sobrecoge, o una impresionante perspectiva de Dante, o la intimidad en gustos varios de tal o cual vate, o esas rencillas congénitas del mundillo... Sin embargo es imposible querer estar en misa y repicando. La vida es una, y si te apasiona la literatura hay que leer y releer pues eso: la literatura, los libros. O estás perdido. Quiero decir que te pierdes lo mejor del festín. Y además acabas indigesto.

lunes 25 de agosto de 2008

Ya son ganas de aguar la fiesta


Se veía venir. Ya son muy pocos los días que nos quedan. Las vacaciones se aproximan a su fin. Pero esos días son todavía una barbaridad. ¡Fuera melancolías y comentarios agoreros! Es como si todo acabara de empezar. Dejad las maletas en paz… ¡qué manía!, y poned de cara a la pared el calendario. Ojos que no ven… Queda una eternidad. Mira, ¿ves?, de entrada fuera prensa y fuera informativos televisivos, siempre a vueltas con la depresión postvacacional y sus quebrantos (con decenas de expertos dando su versión de los hechos: borrosas conjeturas); y que si la vuelta al cole o la cuesta de septiembre o la congestión viaria o esas playas en donde ya se puede apreciar algo de arena ilustrada por los consabidos primeros planos de unas tetas que resisten el asedio… Ya son ganas de aguar la fiesta. La martingala es parecida a los anuncios en los tiempos muertos del baloncesto (prometo no consumir nada que me haya quitado un ápice de concentración, jugaba España señores, ya está bien de codicia). ¿Qué quedan cuatro o cinco días? ¿Y? La nevera está llena y acabo de cambiarle los pedales y una cubierta a mi bicicleta. Me resisto a esprintar el tiempo de esa manera…

domingo 24 de agosto de 2008

Los libros no son lo primero



Aunque parezca mentira estoy más con mi mujer y mis hijos que con los libros. Créanme. Entre otras cosas porque es su cariño el que me impulsa para todo lo demás. Es su mirada la que logra que no desvarie, la que me centra y ordena mis prioridades. De sobras sé que la literatura es poderosa, pero no por si sola. Necesita de una existencia cabal que interprete sus signos. Las palabras, mis palabras, si tienen un poco de alma es por ellos. Las que escribo, y también las que leo. No puedo imaginarme nada sin mi familia, ni siquiera otros mundos, o esas historias que llamamos novelas, o los versos... Ellos -mi mujer, mis hijos- son el argumento de mi vida, y de todos los textos que pueda concebir e imagino. Y les aseguro que todavía no he encontrado un sólo libro que pueda apartarme de esa caricia y de esa piel que me abraza y me quiere. Y que durará mientras yo viva.

sábado 23 de agosto de 2008

Crimen y castigo (Raskólnikov reflexiona después de hablar con su hermana Dunia)



…Tienes el alma como esa piedra afilada
por la lluvia y el frío de la altura. Resbaladiza
y cortante, arisca e inclemente.
El hielo de la ira deja inertes las lágrimas
y la lengua ya no se mueve, sólida, en un atroz silencio…
Apenas puedes escribir estas palabras.
La soberbia atenaza el perdón y la misericordia,
y deja sin sentido al lenguaje.
¿De qué sirve la belleza y la piedad en un momento así,
cuando espantas a mordiscos la caricia
del viento y la sonrisa del cielo?
Hosco el gesto y solo… Solo.
Solo entre personas que aborreces
y acodado en el viejo hule del tiempo.
¡Maldito sea! Maldito sea este miedo, esta agonía
viscosa y sombría que te atormenta.
Levantas la vista para sujetarte a algo…
Pero todo son baratijas inútiles que te despeñan el alma
por la tristeza y el sufrimiento… Buscas el beso
de la mansedumbre
y la paz de saberte perdonado.
¡Qué pérdida de amor esta rabia, qué sinsentido,
cuán agrio es siempre el pecado!

jueves 21 de agosto de 2008

Perseverancia



No vuelvo la vista atrás. Persigo
un rastro de luz que se me escapa.
Pero al mismo tiempo siento que ya es mío,
que está aquí: dentro...
Y sigo perseverando en mi vida, en su tribulación
y en sus largos silencios...
La luz, ese rastro naranja de polvo,
esos campos de tu alma en barbecho
y ese tono infinito del trigo.

miércoles 20 de agosto de 2008

Sobre una carta.



Por diversas circunstancias unos buenos amigos me piden con insistencia que reproduzca aquí, en el blog, un artículo que publiqué en su momento en Catholic.net. Esa insistencia coincide con un emocionante correo que sobre el mismo texto recibo desde los Estados Unidos. Y como yo no creo en la casualidad, pues aquí va.


CARTA A UNA MUJER DESESPERADA

Querida amiga:
Me emociona tu relato y siento una gran impotencia para decirte algo que de verdad te pueda servir. Pero soy muy tonto, ya lo ves. Por un momento he pensado que soy yo el que puede escribirte un mensaje con cierto sentido y consuelo. Pobre de mí. En todo caso será Dios quien te puede sugerir algo a través de mis pobres palabras. Y esto lo debes tener muy claro.

Mira, lo primero que tienes que hacer es ponerte a bien con Dios. Es decir, prepárate lo mejor que puedas un meditado examen de conciencia, y ve a un sacerdote de tu confianza. Él es Cristo. Ve y pide perdón. Arrodíllate y recibe su bendición. ¿Imaginas desde hace cuanto tiempo te estaba esperando? Dios hará de ti una mujer nueva. Tu vida ya no será la misma. Poco a poco irás enamorándote más de Jesús. Él no te abandonará, Él hará que tu sufrimiento se vaya convirtiendo en un gozo que ya no querrás cambiar por ninguna baratija de este mundo.

Frecuenta la Santa Misa todo lo que puedas, reza el Santo Rosario. Es decir: sé un alma de oración. ¿Quieres ser feliz? Lucha cada día por ser santa en tus deberes cotidianos. En el dolor, en la limpieza de la casa, en el aparente desamparo que estás viviendo. Todo te tiene que llevar a Jesús. Y Él se irá encargando de todos tus asuntos. Abandónate a Su Amor. Tú no vales nada, pero con Él lo podrás todo. ¿De acuerdo?

Una vez que tengas esta alegría profunda, afrontarás lo demás de otra forma. De entrada no pienses en el pasado, en lo que pudo ser, etc. Tal y como estás hoy piensa: “¿qué puedo hacer?”. Cuida de tus hijos el poquito tiempo que estés con ellos, intenta hablar con tu marido con paz. Que te vea renovada, guapa, distinta. Debes rezar mucho por su alma. Pasito a paso, con la esperanza divina. Sin pensar en ti. Piensa en él y en tus hijos, piensa en tu familia. Piensa que eres Jesús, que eres un crucifijo. Él aguantó salivazos, insultos, traiciones. Esta certeza te mantendrá firme. Será el Amor lo que te sostenga.

Pero procura que tu marido te escuche alguna vez. Dile que ya no eres la misma. Háblale de Dios, del milagro de vuestro matrimonio, que esconde una felicidad que está todavía por estrenar. Dile que a pesar de todo le necesitas y que él te necesita a ti. La alegría no la vais a encontrar en otras personas, en una ternura que es fantasía. Eso son sentimientos pasajeros -presididos por un egoísmo lacerante-, espejismos que a la menor contrariedad estallan en mil pedazos de tristeza.

Escucha: lo fácil es no dar el brazo a torcer, no ceder, seguir mintiéndonos constantemente. Es lo más cómodo. El demonio se encarga de hacernos ver que sus mentiras son la realidad mejor, lo único posible. Pero no es cierto. Lo sabio es pedir perdón, luchar, rectificar, sonreír... Todo ello con la gracia de Dios, poniendo nuestra débil voluntad en Su Voluntad eterna.

Siempre estamos a tiempo de rectificar. Todo lo que has sufrido y sufres -si lo ofreces al Señor con humildad- servirá de abono para que esa felicidad que buscas sea al fin posible, y crezca lozana y fuerte hasta el Cielo. Hazle ver a ese marido tuyo -que ahora te parece tan tosco y tan bruto y sin ninguna sensibilidad- que has encontrado un tesoro. Y que quieres compartirlo con él, porque nunca has amado a nadie como a él. Hazle ver que el amor de Dios es una maravilla que debe descubrir junto a ti y junto a vuestros hijos.

Haz lo imposible por hablar con él (antes díselo a su ángel, para que te ayude). En tus ojos llevarás el verdadero mensaje. Y esto que te digo no son sólo unas cuantas palabras bonitas escritas por alguien que apenas te conoce y que no ha sufrido como tú. No. Esto que te digo es la constatación de nuestra fe amiga mía. Es la única certeza que de verdad merece la pena. ¡Si aprendiéramos a confiar de verdad!

Esa mirada tuya hablará. Tarde o temprano tu marido verá, y su corazón sentirá el aliento de un amor que va más allá de cualquier frivolidad. Y vuestro hogar volverá a ser la prueba más palpable de la misericordia de Jesús. Pero -insisto- no pierdas nunca la paz y la esperanza. Eres una mujer enamorada de Dios y de su imperfecto marido (¿quién no es imperfecto?). Ningún obstáculo te detendrá. Y conseguirás salvar tu matrimonio. Porque has amado mucho.


martes 19 de agosto de 2008

Esto de la escritura


Escribir es fácil. No pienses ustedes que tiene nada de extraordinario. Basta un poco de empeño y trabajo. En todo esto de las palabras hay mucha leyenda. De acuerdo, de acuerdo, es cierto que al principio se desanima uno con facilidad, y dice cosas estúpidas o demasiado manidas. Bueno, al principio y no tan al principio. Pero a veces una sola frase salva el día. Y un día y otro día pueden lograr un par de buenas páginas. O después de semanas caes en la cuenta: “¡Aquí está el poema!”.

Escribir es fácil. Lo difícil es perseverar en los sueños e ir dando forma al significado de la vida. Como en cualquier otro oficio siempre hay personas que encuentran antes los detalles y el ritmo del alma. Su mirada tiene un don, y eso cualquier lector atento lo sabe. ¿Genios? Pocos. Lo normal es el tipo que se machaca los dedos de ocho a dos, palabra a palabra. Sin acabar de tener claro lo que lleva entre manos. Y se pega sus buenos ratos sin ver nada, con la tinta en blanco o el teclado ensimismado.

Escribir es fácil. Sólo se requiere haber vivido y no perder de vista los libros. Sí, los libros. Sin ellos no hay nada que hacer. Porque también ellos son parte de la vida. Son ellos los que nos leen y dan las pautas de esa mirada que nos guía. Son donde se asienta el estilo y una buena parte del argumento. Donde se demora tantas y tantas veces nuestro silencio. Y aprendemos en ellos a tener paciencia, y perspectiva, y a escribir por nosotros mismos.

¿Escribir es fácil? La verdad es que ahora ya no estoy tan seguro. Pero tiene su cosa esto de tantear la belleza y las emociones.

lunes 18 de agosto de 2008

Ya es de día


Cada día la luz se renueva.
Y cada día la pronuncio de nuevo
para no acostumbrarme a la vida.

Luz iluminada
de palabras
recién nacidas.

Amanece la mañana
en la claridad del poema,

y se encienden los colores
cuando me besas.

domingo 17 de agosto de 2008

Asombros


De vuelta a casa, con mis hijos. Me paro y les hago reparar en la luna. "¡Fijaros!". Pero me miran a mí y me dicen que no tengo remedio. Y tal vez para no dejarme solo con tales miramientos se ponen a glosar las nubes y sus formas. "Aquella de allí parece un ángel". "Esa otra es como el logo de Nike"... Los colores se multiplican por infinito en unas tonalidades fuera de toda humana descripción, lírica o no. Sólo cabe contemplarlos... El sol... Quisiera ser poeta especialista en atardeceres, y escribir pues eso, con colores. Violetas, carmesíes, rosas, azules... Los rostros de mis hijos están incandescentes. "Parece el cine". "Y detrás de nosotros brilla con más intensidad la luna". Mirad los girasoles. De espaldas al sol parecen como los periscopios de la belleza. Y al lado dos nogales. Y más allá los campos en barbecho, y las arboledas que jalonan el río... "Vamos papá, déjalo ya". "Sí papá, es tarde". Y proseguimos la marcha... La luna nos precede. Y el repique de unas campanas salen a nuestro encuentro... ¿No tengo remedio? Pudiera ser... Y esta noche, de madrugada, después de haber leído un poco, sé que me asomaré a ver la luna. Les aseguro que si supiera el motivo se lo diría. Pero no lo sé. Es como cuando te olvidas de todo y quieres estar solo... Y no piensas nada en especial. Estás allí, nada más. ¿Nada más?

sábado 16 de agosto de 2008

Días de verano.

Días de sol, de piscina y piel morena. Días donde la mirada descansa en el temblor del agua. Días en los que pisas la arena de un tiempo más feliz y más azul. Días en los que los árboles te ayudan a creer mejor en Dios. Días en los que tumbado sobre la toalla lees con pausa el cielo. Días en los que ver una silla vacía te conmueve. Días en los que el corazón ama más mientras bucea. Días en que los ángeles pintan de verde el alma. Días en los que admiras con más detenimiento a los amigos. Días que están fuera del tiempo. Días en los que es muy importante las variadas formas de las nubes. Días en los que tomas de nuevo conciencia del milagro que es el amor de Ana: su presencia. Días en los que nunca te despides de nada. Días de verano que rezan en cada color que miras. Días sin prisa, que se demoran en el néctar del silencio. Días de hijos pidiendo lo imposible. Días en que encuentras en los libros páginas importantes de tu vida. Días en que lo extraordinario está en eso que no llama la atención de nadie. Días en los que la luz trenza a tu alrededor un horizonte. Días de familia. Días sin noche. Días de Dios. Aunque para muchos esto resulte inconcebible.

viernes 15 de agosto de 2008

El día de la Virgen


Hoy es el día de la Virgen por excelencia. Día de la Madre de Dios, día de fiesta en tantos y tantos pueblos del mundo, incluida España, de momento. El día de su asunción al cielo. En cuerpo y alma. Yo lo he celebrado a mi manera. Por supuesto con la misa solemne que requiere tal festividad, intentando sacar todo el provecho posible a la liturgia, a cada palabra, y a la música o a las flores que ornamentan el altar, el retablo barroco, sus imágenes, el sagrario... La piedad de la gente es sencilla, intentando que el alma esté de punta en blanco. Se ponen de pie ante su madre, y cantan... O se arrodillan ante Dios, quizá un poco despistados, como yo, con la mirada en la luz que entra por las vidrieras y pinta de colores a los santos.

Pero a lo que iba. Después de todo esas ceremonias inmemoriales y de esa procesión que pasa por debajo de la casa de mis abuelos, dejando el aroma del incienso y el eco de los cánticos, cojo la bicicleta y me voy... No mucho tiempo. Sólo un poco. Quiero celebrarlo con Ella, a solas. Hablando, contándole... Y la invito a que suba detrás, en mi bicicleta. Y le digo en voz alta mis cuitas y alegrías. Le doy gracias por el paisaje que miro mientras pedaleo con el alma, igual que de niño. Esos colores Madre, el rumor del viento entre los maizales, los aromas de la tierra... La paseo despacio, procurando no coger baches... Mira mamá, mira la soledad de ese magnífico roble, mira las piedras que edifican tus ermitas, mira... No tengas miedo... Agárrate fuerte Madre, que vamos de bajada.

Y así voy recorriendo el camino. Con ella. Sintiendo el viento en la cara... Y le ofrezco todas las flores silvestres que puedo... Qué nuevo se hace siempre el amor de una madre. Gracias Virgen santa, Madre nuestra. Madre de la ternura que estás aquí, conmigo, en mi bicicleta. Ya estamos de vuelta en casa.

jueves 14 de agosto de 2008

El verdadero récord olímpico



Las olimpiadas no son lo más importante. Lo más importante es María F., a la que apenas conozco pero a la que me uno en su tremenda enfermedad. "María F., hija de Dios, es imposible que estés sola, entre otras cosas porque naciste para enseñar a bailar a los mimísimos ángeles. El ritmo lo pone tu corazón, ese amor que ha ido cuajando en tu pecho a lo largo y ancho del silencio y del compás de tu alegría. María F. estoy a tu lado. Podría -ya lo sé- escribir ahora de cualquier asunto más bullicioso y resultón, pero prefiero quedarme contigo un rato".

"Escribo en un sencillo jardín, donde la luz va tomando ese tono sobrenatural del atardecer. La brisa va y viene... ¡Mira! Ya está aquí... Y se queda entre la umbría de la higuera, o entre los colores escarlatas, verdes, rosas y naranjas de las toallas recién mojadas. Ya sabes, el sol, y el trasparente regocijo de la piscina, donde el cielo flota. Inspiro hondo... y expiro el alma entre las flores. Si te pones buena te invitaré a que vengas y veas y dances...".

"No María F., las olimpiadas no son lo más importante. Esta mañana -te lo cuento por si no has podido leer el periódico- he tenido miedo del hombre, empeñado en la guerra y en la destrucción. Muerte y dolor a espuertas. Añagazas políticas y manejos diabólicos. Y por medio las miradas de esas madres y de esos niños... Preludio todo ello de oscuridad y castigo".

"María F., tu enfermedad forma parte de la misericordia divina para la salvación del mundo, tan inconsciente, tan errático, tan voluble... ¿No lo ves? ¿No oyes o sientes su rumor? La sangre de Dios sigue derramándose en una hemorragia que dura milenios. Y tú formas parte de la cura, de la rehabilitación de muchos. Porque el récord olímpico que necesitamos de verdad es el de la conversión. La de cada uno".

"No me importa en absoluto escribir mejor o peor, o publicar unos cuantos libros seguramente innecesarios. Sólo quiero amar como aman los santos... Como esos niños y esas madres en medio de la guerra... Como tú, en la soledad de un hospital".

miércoles 13 de agosto de 2008

De poesía.


Escribir un libro de poesía es algo muy delicado. Las palabras vienen y van, pulidas o más agrestes. Pero todas calibran el sentido último de un impacto espiritual. ¿Cómo decirlo de otra manera? Todas ellas van tras la pista de una nostalgia, de un lenguaje preciso que sugiera un poco de esa impresión -la que sea- que nos ha conmovido el alma. Y tomamos notas, borradores de unos balbuceos. Poco a poco el silencio va modelando la tinta. Los versos se perfilan… Quizá haya nacido un poema. Quizá. Pero la poesía es, fundamentalmente, un acto de humildad. Y no acabamos de estar seguros de nada. Las palabras nos parecen toscas, no acaban de expresar bien aquella música que escuchamos a la orilla del mar, o el amor absoluto de la luz, o el dolor que nos rinde, o el resplandor de ese cuerpo… Los versos parecen más un apunte a pie de página, o una breve glosa innecesaria. Pero sin esas palabras hay almas que no podríamos respirar, que no podríamos dar por bueno el sencillo acto de vivir. En su armonía anhelamos un mundo distinto, mucho más consciente de su identidad. Apenas somos nada. Somos como esas palabras que escribimos: la aspiración de ser algo más.

La hermosura está en la fragilidad. La belleza está en el amor del poema que somos nosotros mismos mientras trabajamos, besamos o escuchamos a los demás. Somos el resquicio por el que se adentra una dimensión distinta de la que percibimos. Somos el deseo que alimenta nuestras vidas. Un deseo que a veces resucita en una bandada de palabras cuyo vuelo nos sobrecoge.

martes 12 de agosto de 2008

Información religiosa.


Todo medio de comunicación que se precie, que de verdad quiera ser moderno y liberal -y no digamos independiente-, que desee palpar el pulso más real de nuestra sociedad, debe informar (y formar) a sus lectores sobre asunto tan crucial para el hombre como es la religión, seamos o no creyentes. Con una información rigurosa, amena y para nada clerical. Informar sobre ello es un acto de justicia social, que sólo averguenza a quien la silencia o tergiversa. Es una manera extraordinaria de trabajar por la concordia y la paz, por la libertad de todos, sin banderías ni superficiales trivialidades, sin estériles prejuicios que sólo llevan al eufemismo periodístico y a la ignorancia culpable. La religión -contra lo que piensan algunos ilustrados de pacotilla- no es algo trasnochado o rancio. Porque nos pongamos como nos pongamos la inquietud espiritual bulle en nuestro interior. A estas alturas nadie sensato o mínimamente sincero consigo mismo puede negar que el hombre alberga en su seno un misterio que le trasciende y le transforma (la expresión artística sabe algo de esto). Esa realidad sigue siendo la primicia informativa más importante que existe. Despreciarla, o arrinconarla en estereotipos de cuatro líneas, es cosa de gacetilleros de medio pelo.

lunes 11 de agosto de 2008

Ser feliz cuesta


Lo acabo de leer en la portada de una de las llamadas revistas del corazón, donde los cuerpos y las almas se degradan en el morbo exhibicionista y en el regodeo material. Creíamos que ser feliz era fácil, pura cuestión de compraventa y pose(sión). Pero no, resulta que ser feliz cuesta lo suyo y nos exige -acabáramos- la entrega de nuestro yo. Y eso supone apearnos de unas cuantas comodidades y hábitos perifrásticos. En definitiva: renunciar a nuestra apetencia y asumir la contradicción. Asumir el dolor y el sufrimiento y la tribulación. Ser feliz cuesta. Ser feliz cuesta porque nos exige una madurez interior. Y esa demora en el ser de las cosas. Esa alma que no se cansa de darse y se enamora cada vez más de Dios, o de esos signos que de una manera u otra nos acercan a su providencia. Digan lo que digan. No otra cosa es la felicidad.

domingo 10 de agosto de 2008

Despedidas y reencuentros


El corazón humano es una suerte de misterio y esfuerzo, de nostalgia y sentimiento. El corazón humano se nos queda prendido en cualquier sitio, venga a contemplar las cosas y los entusiastas perfiles de los otros. Al corazón humano le cuesta irse de esa hierba y de esos sauces que agachan hacia él sus ramas. Miras con énfasis, buscas el oro de la luz reflejado en sus gafas. Y entornas la mirada para ver esos diamantes de agua que están ahí, en sus cabellos. O mejor, en esa piel de color miel que cartografían tus caricias. Cada reencuentro supone una despedida. Y dejas el drama de Raskólnikov sobre la toalla, y miras más a tu alrededor, y con calma quieres aprenderte de memoria los detalles, por pequeños que sean. Desde donde estás tomas nota de todo lo que te gustaría volver a ver de nuevo. La belleza se pone en pie, y camina hacia ti, húmeda y morena. La miras con la cabeza apoyada en tus manos, como si fuera mentira. Pero no, la belleza es siempre verdad, y camina. ¡Qué regocijo tan espléndido! Y arrancas una hoja del seto que tienes al lado, como para cerciorarte mañana de lo que estás viviendo ahora. Una hoja que guardas en la página 127 de Crimen y castigo (la belleza es también precisa). Una hoja que será siempre verde en medio de tantas palabras. Y vuelves, y ya no estás, pero tienes la hoja y el brillo incombustible de una mirada. Cada despedida es un reencuentro. Y abrazas y besas y te enamoras todavía más de ella.

viernes 8 de agosto de 2008

Amanecer (Notas para un improbable poema de la luz)



Me levanto muy temprano,
cuando la lluvia se ha dormido
y el día apaga las farolas.
Sin relámpagos ni truenos, sin el miedo
del viento que crujía en el corazón
de los árboles,
y cerraba de un estampido las ventanas.

Está todo quieto. No hay sonidos...
Sólo se mueve la luz en las cosas.

jueves 7 de agosto de 2008

Soledad.


La soledad es la mejor compañía cuando ves que te cuesta hablar y quieres concentrarte en los pequeños detalles de tu vida. Necesitas esa quietud, fijar la vista en el color salmón de la pared o en la mesa que está contigo desde niño. Eres feliz así. Y sientes el silencio que pasea descalzo por el pasillo. E instintivamente apoyas la cabeza en el recuerdo de tu madre. Porque ella guarda todavía la claridad de la luz en los geranios. Leías mucho en aquella terraza. Leías con gran atención el tacto de sus flores rosas y rojas. Y ahora están aquí, contigo, en esta soledad bendita. Porque ves pasar la vida y necesitas escuchar lo que piensas. Las cortinas son el sudario del tiempo que se arremolina entre las palabras. Y fijas la mirada en la memoria de tus días. La verdad, poca cosa. Pero ese poco es la semilla donde germina el aroma de la ternura que sientes. ¡Ávida ebriedad de vida! Y la soledad se convierte en la contraseña del alma. Y la luz se remansa en un silencio que es inminencia de unos labios que aman.

miércoles 6 de agosto de 2008

En la tarde



Buscar una sombra propicia para contemplar como caen las hojas de los sauces, entrelazadas al vuelo de gorriones y alondras. El libro que estoy leyendo como almohada. Y nada más. Y nada menos. Bueno, en todo caso abstraerme también con las nubes, en sus cambiantes figuras de tul y encaje. Las muevo y modelo a mi antojo, según abro y cierro los ojos. Y así veo pasar la tarde, sin demasiados pensamientos que estorben la plácida molicie estival. ¿Qué día es hoy? ¿Qué hora? Sólo sé que caen las hojas y que su caída significa algo. Algo que estremece espacio y tiempo y que me habla de la presencia de Dios. Por eso bajo aquí, para verlo en su altura. Y creerlo muy despacio.

martes 5 de agosto de 2008

La toalla, los sauces y los hijos.



Me llama la atención la toalla granate adornada con Micky Mouse. En ella reposan los veranos, los niños y los helados de lima-limón y chocolate y la baraja y las pipas y las revistas de cuerpos flambeados, y los bocadillos envueltos en papel de plata, y por supuesto los innumerables libros (¡deja de leer de una vez y juega con tus hijos!). Aunque son muy pocos los libros que permanecen en mi y en mi biblioteca y en las estaciones. Los niños han crecido y hacen ya un tirabuzón con sus cuerpos -y el salto del angel- antes de sumergirse en el agua o en el resplandor azul de su infancia. O de la mía. Nadas con todas tus fuerzas para alcanzar su edad, para que no se vaya otra vez el tiempo, dejándote allí de nuevo, solo, haciendo el muerto un año menos. O más. Con el agua al cuello, a punto de ahogar tu mirada, y llevandote a la deriva del ensueño que resulta ser la vida. Tu vida. Mi vida. Y esa laxitud de los sauces por toda compañía.

P.D.: "Papá, una carrera". ¡Voy! A la de tres. Una, dos y... nos lanzamos a la velocidad de la luz y gano su alegría. Tíos, ¡que pasada! ¡como mola esto del verano con tus hijos!

Mirádme, y sin libros casi.

De lectura.


Es difícil decir nada nuevo sobre la lectura. Uno se acuerda de lo que dijeron otros (Ortega o Borges, sin ir más lejos), y parece que lo más prudente sería callar... y seguir leyendo. Por ejemplo Ejercicios espirituales y filosofía antigua, de Pierre Hadot (Siruela) o El cuarto de al lado, de Gustavo Martín Garzo (Lumen). Pero uno persiste en el empeño, no ceja, hay algo que impele a corazón y pluma. El buen lector no puede ni debe permanecer callado. Necesita hacer partícipes a los demás de su pasión, comentar este o aquel libro, intentar transmitir algo del fulgor del último poema que se ha leído. Y la pasión es cualidad del amor.
Sí, lo confieso aquí, amo la lectura, y todo lo que su deleite me procura es tanto que apenas balbuceo agradecido. Permanezco embebido, ensimismado -que no aislado-, dispuesto a comprender un poco mejor los misterios de nuestra vida, en una suerte de locura tan inevitable como prodigiosa.
Tomar un libro, buscar algún lugar en el que todavía perdure una pizca de silencio. Abrir sus páginas, adentrarse en el significado profundo de las cosas. Escribo estas líneas porque me siento responsable, depositario de un cúmulo de maravillas... ¿Quién puede permanecer indiferente a algo así? Aprendemos con los demás a escuchar mejor -lo dice con tino George Steiner-, comenzamos a vislumbrar con cierta nitidez lo que para muchos permanece oscuro (o nos sumergimos en la oscuridad para alcanzar un destello de luz).
Leer es mirar dentro de nosotros mismos, nacer de nuevo a la ternura y su alfabeto, descifrar lo invisible, saber distinguir aquellas obras donde late la verdad de nuestra existencia (o su indicio). De esta forma la lectura no es tanto un conocimiento o un entretenimiento -que también-, como todo un proyecto de felicidad que se abisma en el mismo centro de una vida desbordada por el lenguaje de la emoción. Y por la emoción del lenguaje.
Leer, en definitiva, es un largo aprendizaje por el que nos sentimos mejores, en la transparente sintaxis del alma.

lunes 4 de agosto de 2008

Los chopos de agosto



Tiembla la brisa en el verde brillo
de las hojas, en su haz de sol
y en el gris envés de plata. Miro
sus ramas de música... Y gozo.

domingo 3 de agosto de 2008

Obviedades


Pues sí, lo reconozco, en la mayoría de las ocasiones sólo escribo obviedades. No soy nada original. Pero resulta que hay demasiados asuntos obvios que se olvidan, o que molestan, o que resultan vilipendiados por cursis o por necios. El mayor de todos resulta ser la ternura de Dios. La fe es un don, lo sé, aunque es necesario abrir bien los ojos. Y mirar en nuestro entorno. Es palpable la necesidad de las almas. Disimulan y se camuflan entre mil adornos y vaguedades, y me parece estupendo. Pero miradles a los ojos. Más de cerca. Un poco más. Asomaros a esas vidas a las que tanto les gusta presumir de todo. Es decir, de nada. Su pobreza espiritual es vergonzante. Y ese sí que es un mal endémico y grave. Y casi nadie se preocupa o hace caso. Se vive cómodo o para salir del paso. En fin, Dios, una obviedad que murió por todos. Y que parece un estorbo.

¿Más obviedades? El cariño de la familia. El amor de mi mujer y de mis hijos. ¿Dónde va a encontrar uno la felicidad sino es en ellos? Y te despiertas por la mañana y abrazas al unísono alma y cuerpo. Y haces el amor a semejante obviedad. Y escribes de ello porque no tienes otro argumento más convincente para explicar tu alegría. Las palabras se expanden por la cama, la cocina y los colegios. Y en esa entraña cotidiana te da por escribir poemas obvios, y celebrar los cumpleaños de su belleza. Y el trabajo bien hecho -incienso de Dios-, esos momentos obvios en donde descubres entre papeles obvios y un hartazgo más obvio todavía el sentido místico del esfuerzo. Y la maravilla de los buenos libros, donde vas subrayando las obviedades.

¿De qué voy a escribir? Díganme, ¿de qué? Pues de lo más obvio. De la vida, de Dios, de mi familia y amigos… Obviamente.

sábado 2 de agosto de 2008

Libros, sándalo y jazmines


Desde luego una de las circunstancias por las que una persona relativamente culta espera las vacaciones es por la lectura. Pero no una lectura cualquiera, no, se trata de mucho más. Se trata de volver a sentir la emoción que por ella nos consumía en la adolescencia, se trata de prescindir del tiempo y hacer nuestra la narración sobrenatural de la aventura. Se trata de vernos de nuevo capaces de encontrar el silencio profundo donde mana la razón de nuestra propia existencia. Los libros y nosotros, a solas. Desentrañando pasiones, sufrimientos y esperanzas. Los libros y nosotros. Sentados en el césped, en la hamaca o en la arena. Hacemos nuestros planes, con una estrategia de títulos y libertad. Quién más y quién menos ha ido seleccionando la curiosidad y la belleza a lo largo del año. O la nostalgia -¡cómo se repite esta palabra en mi vida!- de libros donde se quiere volver a ver el mismo brillo y el mismo goce. Pero quizá sea todo diferente (lo más probable) y las palabras que recordábamos se hayan pulido con los renovados matices que dan los años. ¿Los años? No sé, más que los años puede que se trate de un cambio de perspectiva que sacude al alma, y que logra que nuestra mirada se fije más en el busilis, sin impaciencias ni porfías retóricas. Leer para aprendernos de memoria la vida. Eso es. Eso y… cerrar el libro en el preciso momento en el que se acerca el crepúsculo o la tormenta. Sí, es un verdadero disfrute la lectura cuando se prolonga en la luz y en el horizonte, cuando vamos sacando los volúmenes de la maleta y los dejamos sobre la cama. O sobre la cómoda decorada de flores. Y nos ponemos el bañador con premura, y dudamos sobre qué libro leer primero. Y llegamos a esa infinita orilla que tanto hemos esperado. O bajamos al jardín con cualquier excusa, y los versos o los párrafos nos dejan un aroma de sándalo y jazmines.

viernes 1 de agosto de 2008

Ha muerto Pedro Antonio Urbina, mi amigo


Me acaba de llamar Miguel Aranguren para comunicármelo, sabedor de nuestra amistad mucho más allá de la literatura. Y me llama Miguel justo cuando llego de misa (si son curiosos les diré que voy a misa porque lo necesito, por ejemplo para mantenerme entero en casos así, y porque sería idiota si creyera en la transubstanciación y no fuera corriendo a estar con mi Dios). Pedro Antonio, Pau, amigo mío… Hace un momento miraba el sagrario y pensaba que era una caja demasiado postmoderna y fea. Y a su lado la Virgen, hierática y metálica (aunque no hay imagen de madre alguna que desmerezca). Pero todo eso daba igual. Miraba… y veía saltar en el espacio las lenguas de fuego del Espíritu. Y enmudecía de pronto el lenguaje de estas palabras, arrepentidas y enamoradas de Jesús de Nazaret, a quien tú trataste tan íntimamente, alfa y omega de tus versos.

Pedro Antonio, no sé que decir, no sé que decirte, no sé que decirles a los demás de ti. Me he arropado ahora con tus libros y aun así tengo frío. Entra mi hijo Jaime y lo primero que me dice es “papá, ¿qué te pasa?”. Coño, Pedro Antonio, se me nota demasiado que te quiero. Se me nota la pena y el esfuerzo por enhebrar estas líneas. Amigo mío, ¿cómo quedamos a partir de ahora? Me dijiste hace un mes que me avisarías para ir a verte. ¿A dónde acudo? Dime. Pero ya no hace falta que vaya a Madrid ¿verdad?, ni que vayamos al cine. Nuestra conversación ya no será vía satélite, ni requerirá los servicios postales o cibernéticos. Bastará con cerrar los ojos y hablar contigo. De lo de siempre. Aunque a partir de esta tarde del día 31 de julio de 2008, jueves, hay elementos novísimos de los que me tienes que dar cuenta. Tú verás cómo. Sobre todo me interesa que me cuentes del rasgo que más te sorprenda del rostro de Cristo, y de su carácter. Así voy completando la biografía que le dedicaste.

Pedro Antonio, Pau, hermano. Hoy más que nunca necesito que me muestres algún detalle de la belleza, que me certifiques el sentido último de la poesía como avanzadilla del paraíso. E imagino tu alma ahora, traslúcida, sonriente; inundada de bienaventuranza, y sin dar abasto a todos los que te quieren. Gozo en tu gozo, pero peno más. Creo. Creo que sigues vivo para toda la eternidad, pero me dueles. Fíjate cuan pobre es mi fe que pienso que sería más nítida nuestra conversación si fuera por teléfono. Y me emociona pensar que me estás mirando mientras tecleo este montón de palabras a oscuras (decías en un cuento para niños que “la oscuridad no es nada, es que no hay luz”). Intercede por mí, poeta de la luz. Espabila, que lo necesito. Que Dios te bendiga. Y gracias por ser mi amigo. ¡Qué vivo estás bandido!

www.pedroantoniourbina-escritor.org