De unos días a esta parte me ocurre que ando inquieto, que duermo mal, que me levanto de madrugada. No sé el motivo y no pienso ir al médico. ¿Para qué? Las recetas ya no me hacen nada. Llego a la farmacia y le digo a la chica que despacha: “Bah, déjalo, tampoco es nada grave”. Salgo de allí y me gasto los quince o veinte euros en un zumo de fresa y naranja, o de tamarindo o maracuyá y granadilla. Pero le estaba contando, querido don Julio, que me desvelo con frecuencia. Y que me levanto y me siento en la cocina. Al principio ponía la televisión -un invento farragoso que da un tremendo dolor de cabeza y que trastorna la imaginación-, pero he dejado de hacerlo. Y me quedo allí, a oscuras…
Y el otro día pensé en usted. Me acordé de la lectura de sus novelas cuando era crío. Y no tan crío. Mis hijos las tienen a su disposición en una edición preciosa, pero no les hacen caso. Prefieren unas narraciones que son como mecanos, plagadas de vampiros y otras razas de pesadilla, que se desenvuelven en un cúmulo de efectismos. En un buen escritor de estos tiempos -el canadiense Michael D. O’Brien- leía hace poco que en este nuevo tipo de libros para jovencitos hay “mucha preocupación por lo oculto” (excesiva, morbosa y perniciosa diría yo), confundiéndose “las nociones de lo bueno y lo malo”. Y es verdad. Todo ello escrito, dice, “por gentes que más parecen ingenieros sociales que narradores”. Y en un instante se fabrican lo que llaman obras maestras, y la publicidad comienza a dar vueltas y más vueltas en un dispendio alucinante.
Y ya todos los niños leen lo mismo, qué casualidad, embutidos en una especie de hipnosis, en modas de las que acaban hartos. Pocos libros se salvan. Los autores se afanan. Trilogías y más trilogías. Se habla del “mercado juvenil”. Del mercado, como si los jóvenes y la literatura fueran sólo eso: un mercado a conquistar para un mayor beneficio económico de editoriales y escritores. Un chollo, querido Verne, un chollo. ¡Si viera usted los artefactos que uno puede llegar a ver a la entrada de las librerías! Pero bueno, es el mundo que me ha tocado vivir. Parece que el hombre lo tiene todo dominado, pero somos más frágiles que nunca. Y la carta -siempre me pasa en esto del género epistolar-se me está convirtiendo en un desahogo, lo sé. Ya perdonará si le aburro. Es por lo que le digo: somos frágiles. Por fuera puede parecer que nos comemos el mundo, pero por dentro estamos llenos de complejos, vicios, angustias, monomanías y chifladuras. Denigramos el alma y su aventura, y ensalzamos lo más superfluo y su abulia.
El caso es que en una de esas noches de desvelo pensé en usted, en Julio Verne. Me dio por pensar qué libro elegiría en ese momento. Un libro que me distrajera, que me contara las peripecias, proezas y avatares de un personaje creíble. Un libro que me acompañara a esas horas donde te sientes tan solo, tan cansado. Salí de la cocina a tientas, avancé por el pasillo y llegué al salón, donde la noche era más de noche si cabe. Tropecé varias veces en distintos muebles y en una alfombra, pero llegué al fin a mi objetivo: la habitación de los chicos. Allí están sus libros. Encendí una lámpara y miré los títulos. Los hijos del capitán Grant, El rayo verde, La isla misteriosa, Un capitán de quince años, Miguel Strogoff, Veinte mil leguas de viaje submarino… Sí, Veinte mil leguas de viaje submarino. Y volví con el volumen a la cocina. Me acordaba perfectamente del profesor Pierre Aronnax y del intrépido Ned Land, al que ya siempre lo ves con el rostro de Kirk Douglas.
Lo que son los libros. A usted, don Julio, le debo mi afición por las aventuras submarinas. En novelas o en películas. Los recuerdos se atropellan. Recuerdo que de niño mi cama era mi Nautilus, desde donde podía soñar todo tipo de fauna y naufragios. Me sumergía a profundidades nunca vistas. (A mis hijos, de más pequeños, e incluso ahora, mientras les arropo o me despido de ellos por la noche les grito de improviso: ¡¡inmersión, inmersión, inmersión!!). Los submarinos fueron una parte importante de mi niñez. Me sentía protegido contra los elementos de allí fuera. Y con el tiempo aprendí a valorar la biblioteca del capitán Nemo, y su rebeldía contra un mundo desquiciado por la codicia. ¡Qué viaje tan extraordinario el de este libro! Dura toda la vida. Me siento y comienzo a leer: “El año 1866 quedó caracterizado por un extraño acontecimiento, por un fenómeno inexplicable e inexplicado que nadie, sin duda, ha podido olvidar”. Llegué de un tirón hasta el capítulo XIV, "El Río Negro". No iba a terminar esa noche el libro, ni tampoco ninguno de los siguientes días. Pero el efecto estaba conseguido. Abrí las sábanas y me “introduje” en el Nautilus, igual que entonces. Y dormí como un niño. Como el niño que nunca he dejado de ser en lo más profundo de este océano indómito y precioso que es la vida.
Siento haberle importunado don Julio. Y no cejaré hasta conseguir que mis hijos lean sus libros. Le saluda muy atentamente su siempre lector y amigo.





7 comentarios:
que maravilla de texto.
gracias
Tengo muchas ganas de ver en un librito reunidas sus cartas.
Bueno, y también los demás textos.
Me agobia tanta literatura, siento que no tengo tiempo de leer ni una milésima parte de lo que recomienda usted como absolutamente imprescindible, no digamos ya de periódicos, suplementos, hojas diocesanas y demás escritos que se asoman a mi vida.
Tengo la sensación de vivir acosado por tanta letra (y no sólo las del banco), que se alimentan de mi vida no dejándome vivir, dándome, a cambio de mi realidad, sólo las fantasías de sabe Dios que loco.
Prefiero escuchar radio Colifata, creo que tengo algún programa por ahí.
Admirado Sr. Urbizu:
Usted no me conoce, me llamo Concha Lagos, aunque mejor debería decir que me llaman Concha Lagos porque no es mi verdadero nombre, pero me gusta cómo suena y hace tanto que me llaman así que casi no me reconozco con el mío.
Le escribo, Sr Urbizu, con la esperanza de que me conteste. Me muero (no se ría, es un decir) por recibir una carta suya, no hace falta que comente en ella ninguno de mis poemas, ni que hable de mi vida, a quién le puede importar. Hábleme si quiere de su trabajo, o de sus hijos, del tiempo, del precio de los garbanzos, o de lo bueno que está el salmorejo de mi tierra (disculpe, son las horas. Y el madrugón) pero escríbame, lo necesito, y ya nadie lo hace.
Concha G T
A mí la novela de Verne que más me gustó es La impresionante aventura de la misión Barsac. ¿La ha leído? Se la recomiendo a usted y a sus lectores. Buenísima.
F. Savater
A qué espera para cambiar la foto en Religión en Libertad?
http://www.religionenlibertad.com/blog/index.php?blog=47
Sigue mirándose los zapatos, se está perdiendo el cielo, que lo sepa.
Voy a usar algunas de sus cartas para mis clases. ¿Puedo?
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