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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.
domingo 28 de junio de 2009
Hay que reírse de uno mismo
¿Quién no tiene su punto de vanidad y ufanía? Yo sí, desde luego. Me encantan los piropos. Y más los literarios. Cuando me dicen que un poema, o una de mis breves prosas, son de buena hechura me licuo espiritualmente en un placer inaudito. Aunque no me lo acabe de creer, yo me lo creo, o al menos hago todo lo posible. “¿Será verdad?”, me pregunto a mí mismo. Será. O podría. Ya lo sé, no me lo digan, soy un ingenuo. Pero bendita ingenuidad. ¡Dichosos momentos! Uno disfruta con algo tan sencillo como que le digan que un verso suyo es hermoso o memorable o… casi perfecto (el casi es por humildad). Hay vicios peores. Y relees inmediatamente esas palabras en voz alta, y solo. Te regodeas con fruición en cada uno de los sonidos. Música celestial. Da igual que en poco tiempo recobres la conciencia de lo que realmente eres o que haya algún atisbo de duda (¡maldita sea!). Porque hay una posibilidad remota de que pueda ser cierto. ¿Imaginan? El brillo de esos versos, el imperio de esas líneas. El pecho se hincha, el alma se embriaga. Y los ojos hacen chiviritas. ¡Cómo nos gustan las zalamerías del lenguaje! No viene mal un poco de postín de cuando en cuando, que la vida ya hace bastantes estragos en el argumento. Pues eso, que me encantan los piropos. Con medida vienen bien hasta para mejorar el estilo -con un poco más de lecturas y de esfuerzo- y para ganar en ilusión y no conformarse con medianías. El envés de la cuestión es creérselo demasiado, tanto que la literatura se convierta en un estrambote, en algo lelo, sin fuste.
Publicado por
Guillermo Urbizu
Etiquetas: Apuntes de vida
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3 comentarios:
Me emcanta ser vanidosa. Reconozco que lo soy, que me digan lo guapetona e inteligente que soy, o el mi tipazo me licua como a usted. eso sí, procuro que no me afecte mucho o me volvería estúpida perdida.
Di que sí. Te lo tienes que creer, porque salvo algún que otro bache a mí lo que escribes me interesa.
Un lector de Vitoria.
Lo confieso desde el anonimato: soy muy vanidoso. Aunque no creo que eso sea malo malísimo. Peor es la estupidez. Jamás ningún estúpido reconocerá que es estúpido. Y los hay a montón. Sobre todo en los gobiernos, sean centrales, autónomos, federales, provinciales, municipales o cantonales.
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