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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




sábado, 1 de agosto de 2009

“Cómo decir adiós”, de Debra Adelaide



Observarán ustedes que siempre se mueren los demás. Lo nuestro es distinto, y se pospone en una abulia de años y más años. Pensar en la propia muerte es cosa de mal gusto o de mal agüero, acaso afición o cosa de poetas decadentes o personas un tanto amargadas por causa del estrés o del gobierno. Quita, quita. Ni me hables. Que ya son ganas de pasar un mal rato con lo bien que estamos aquí, disfrutando de esas chicas de ebúrneas piernas que cruzan ahora la calle, sin ir más lejos. Pues eso, que nada de mentar la bicha. Una zambullida y como nuevo, y una dosis apropiada de olvido. Pensar está bien, pero todo tiene su límite, no fastidiemos. Hasta que llegue -la muerte, digo- mutis y a pasarlo bien, que son pocos los años y menos los días buenos. Y así creemos que no nos afectará nunca, o en horizonte tan lejano que no merece la pena escudriñar en ella. Pero lo cierto es que no para de morirse la gente. A nuestro alrededor caen familiares, amigos o compañeros de trabajo o juerga. Visto y no visto. Se acabó. Fin. Caput. “Era una persona tan entrañable”, “parece mentira”, “pero si estuve ayer mismo con él (o con ella)”. Y cuando nos demos cuenta estarán diciendo similares bobadas de nosotros, que parecíamos inmortales y éramos tan necios. Se quiera o no pensamos en ello. ¿No les ha sucedido nunca tener la ocurrencia de que pasaban por última vez por determinado barrio o que no volverían a ver a cierta persona? Con los libros ocurre mucho más a menudo. Porque mira que nos empeñamos los empedernidos lectores en adquirir más y más volúmenes, cuando sabemos que no, que la mayoría de ellos no los vamos a leer. (Aunque aquí el atenuante es claro: la sola compañía de los libros, su olor y su tacto es indudablemente una parte del Paraíso, al menos del mío). Y cuando llega la Navidad o cumplimos años se nos atraganta la nostalgia o los regalos. “¿Y si soy yo el que de aquí no pasa?”.

Pero aterrizo. Debra Adelaide es una escritora australiana nacida y vecina de Sydney que al menos en España no conocía ni Blas hasta hace pocas fechas. De pronto ves la portada de su novela Cómo decir adiós (Lumen) por doquier. En lugares estratégicos de librerías o sobre las toallas y tumbonas. Uno cumple con el hábito de rigor. Vistazo fugaz a la portada, lectura de la contraportada y solapas, y si la cosa parece de interés una serie de catas por sus páginas. Me hice con ella. Es la historia de una mujer, Delia, que tiene los días contados (como todos claro, pero ella conoce más o menos la fecha). Una madre de familia abnegada en su marido y dos hijas. Como todas las madres ejerce -o al menos eso pretende- un control de las más diversas y variadas situaciones familiares. ¡Ay, el control! Archie -el marido de la protagonista- le acusa “de estar obsesionada por el control”. No siempre era así: “(…) a veces sólo me apetecía quedarme sentada y escuchar el susurro de las hojas. A veces me apetecía sentarme en el jardín trasero con las niñas en mi regazo(…). No hacer ni decir nada. Tan solo sentirlas respirar contra mi cuerpo”. Sin embargo lo del próximo deceso la tiene un tanto fastidiada. Quiere arreglar cuentas con el pasado, aprovechar al máximo el presente y dejar organizadas para el futuro hasta la boda de sus hijas (que son todavía pequeñas). Piensa hasta en la que podría ser la próxima mujer de su marido. Una mujer cariñosa y discreta, faltaría más. (Yo creo que esto mismo lo piensan el 90% de las mujeres casadas entre 30 y 50 años, visto el fiasco que es el marido en cuanto se le deja un par de días solo al mando de la casa y de los hijos). Su situación de escritora de guías domésticas le ayuda a desahogarse de lo cotidiano con la adecuada ironía. Hasta que se le ocurre escribir la última guía: Cómo decir adiós (el libro que el lector está leyendo) “y poner como subtítulo Guía doméstica del buen morir”. La editora le pone pegas, pero su razonamiento es contundente y de lo más lógico. – “Es original, ¿no? Y todo el mundo se muere, Nancy. Piensa en el inmenso potencial de lectores”. Una “guía del buen morir”, escrita -ella misma define su novela- “de forma práctica, compasiva e ingeniosa”.

Aunque no es muy amiga de trascendencias la novela resultante por momentos de lo más lúcida. Llena de buen humor y de un profundo conocimiento de la familia y su bullicio. Y Debra Adelaide te hace reflexionar y te pone al día. Es preciso aprovechar mejor las horas, amar con más ternura a mi mujer, dedicar más tiempo a mis hijos… Por momentos el lector, padre de familia, siente que la autora acaba de salir de su casa, tal es su perspicacia. Recuerdo que en un momento dado escribe: “A los dieciséis, diecisiete años, yo me inclinaba por todo lo que mi madre odiaba”. No pude reprimir una carcajada y pensar en mi propia hija de esa edad. El libro está lleno de pequeños hallazgos, de sabiduría cotidiana. Y lo que antes le enfurecía de su marido ahora le causa admiración. Con la perspectiva de la muerte cercana y consciente, la perspectiva de la vida cambia, y se valora mucho más lo que se tiene. Esa familia, ese trabajo, esos amigos; la música, la biblioteca de su casa (“rodeada de libros me sentía a salvo”), la colada, la limpieza, etcétera. Al comienzo del capítulo 17 llega una reflexión que me parece clave: “Todos los que habían banalizado y desdeñado la domesticidad habían hecho un flaco favor a muchas generaciones de mujeres”. ¡Toma del frasco! ¿Acaso no estamos todavía en ese desprecio, en esa desfeminización y desfamilirización, que se agudiza con la manipulación de la mujer, del sexo y de la vida? En resumen, dirá Delia: “La proximidad de la muerte era un magnífico producto de limpieza para la mente. Veía las cosas con una nueva claridad”. Y el lector lo entiende también así. Me ha encantado este libro. Cómo decir adiós es un dechado de ingenio y de optimismo.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Maldigo a veces mi suerte
y en afán de vano alarde,
alzo mi mano cobarde
pidiendo al cielo la muerte.

Quiero ser alma que vierte
su soledad mientras arde
sobre los campos la tarde,
amarga, débil, inerte.

Quiero ser manto que cubre
los sueños rotos de octubre
los sueños rotos de abril.

Volar siendo un alma rota
que sabe que su derrota
no tiene mejor perfil

Anónimo dijo...

Me lo compré el otro día. Veo que no falló mi instinto.

Anónimo dijo...

Me encanta tu blog. A por ellos.

Anónimo dijo...

No sé ustedes pero yo tengo pánico a morir.

Anónimo dijo...

Me apetece demasiado seguir con vida.

Anónimo dijo...

Dios me quiere pero yo también me quiero.

Anónimo dijo...

El cielo quiero que empiece mientras estoy en mi casa de la tierra.

Anónimo dijo...

Estoy inquieto y no me consuelan las frases bonitas.

Anónimo dijo...

El libro ya obra en mi poder. Gracias por la sugerencia.

Anónimo dijo...

Mejor el de J. Poveda: "El buen adiós"

Anónimo dijo...

El 16 de setiembre de este año fallecio mi madre. El 22 de Setiembre, caminando por Gorlero (Punta del Este - Uruguay) entre, con mis 8 primos ya que estabamos de paseo, a una libreria en ella encuentro este libro "como decir adios", el titulo me llama mucho la atencion, lo tomo y cuando leo la contratapa me sorprende el nombre de la protagonista de la historia, Delia, el nombre de mi madre, la cual se habia ido hacia poquitos dias, por causa del cancer tambien. Lo compre sin dudarlo, creo en las señales y no dudo que encontrar este libro en ese momento fue una de ellas. En Montevideo, capital de Uruguay lo he buscado y no lo encuentro en ninguna libreria. Aunque a mi madre no le digo Adios, sino Hasta Siempre. . . Gracias