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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




viernes, 18 de septiembre de 2009

Funerales


Con una cierta frecuencia las familias se reúnen con motivo del óbito de alguno de sus miembros. El muerto, observarán ustedes, muere normalmente a destiempo. Quiero decir que no siempre muere a gusto de todos. Y menos al suyo propio. Para acudir a un entierro se presupone que uno está lo suficientemente vivo como para tener ese postrero gesto de lealtad o cariño; pero no, algunos de esos vivos son tan “vivos” que se hacen los “muertos” y no acuden. El muerto es fiel a la cita, desde luego, y salvo accidente es el más puntual; incluso el único que pese a sus trazas sabe de qué va todo aquello. Que no nos engañe su quietud, su lividez, su silencio. Ojo, él observa, escucha. La muerte es apariencia de muerte. No queremos creérnoslo del todo pero es así. Y volvamos a lo nuestro.

Un funeral es un funeral, y a nadie le gusta contemplar su futuro de una manera tan evidente. Puede resultar incluso letal para almas tan sensibles y decadentes como las nuestras, tan intrascendentes y siglo veintiuno. No en vano nos hemos acostumbrado a la tontuna publicitaria subliminal, al cambio climático, al caos televisivo, al plástico o a un exceso de realidad. Porque lo que nadie quiere es precisamente eso: sufrir. ¡Menuda ocurrencia! El sufrimiento, dicen en pose muy dialéctica, supone la abolición de la razón. Y acudir a un funeral es darse de bruces con él. Vernos de repente allí, rodeados de gente enlutada, que respira entre suspiros. Asistir a una liturgia que puede recordarnos en algún descuido –nunca se sabe- que moriremos y, lo que sería mucho peor, que pudiera resucitar algún rescoldo de conciencia. Es por eso por lo que muchos no van, o si van se quedan fuera del templo durante la ceremonia, a una prudente distancia de la muerte y del muerto en cuestión, sin importarles el frío o el calor, disimulando entre el humo de los cigarrillos y los comentarios inanes su verdadero miedo: su soledad de vivos.

Las excusas para no asistir a un funeral brotan en preciosas coronas de flores acompañadas de unas palabras doradas, en cintas blancas o moradas. En otras ocasiones es el tono lastimero de una socorrida llamada telefónica, pongamos que a la viuda. A estas alturas de la hipocresía globalizada nadie se cree, por supuesto, lo de las reuniones ineludibles, las enfermedades repentinas o los viajes o compromisos adquiridos. Que se lo digan al muerto, inmerso, éste sí, en un viaje que no admitía dilación.

Pero pese a todo van acudiendo los más allegados. Se suceden los saludos, los abrazos, los besos. Sobre todo los besos, esos interminables besos de funeral que tan bien conocemos. Besos oblicuos y de compromiso que nos sumergen en fragancias capciosas… El número de personas aumenta, es casi la hora. Cada uno de los presentes ha dado un par de pasos en distintas direcciones. Un aluvión de carraspeos. La inquietud se apodera de algunos, y muchos quisieran que todo hubiera ya terminado, dejando por fin atrás los manidos protocolos que conlleva la muerte. Sobre todo cuando es ajena. Entre los asistentes hay de todo, pero el tono general es gris marengo -un tanto aplomado sin duda-, salteados de algún matiz pardusco, o añil o violáceo. Los hombres siempre resultan más sombríos que las mujeres -de por sí desafiantes-, y más en momentos así, que es cuando despliegan toda su capacidad de embrujo. Mientras tanto unos niños salidos de no se sabe dónde, hacen su trabajo; es decir, juegan. Nada saben de la muerte, y sus risas son lo más vivo y espiritual del momento.

Es frecuente que en los funerales se dejen de lado -al menos en apariencia- viejos rencores, y las palabras, con carácter provisional, anuden nuevos o viejos lazos. Los buenos propósitos son algo habitual en este tipo de reencuentros, rubricados aquí y allá por la obligada liturgia de las lágrimas, que humedecen (perdición) el cosmético afeite de algunas damas. O damos. De pronto voltean las campanas. Apenas son audibles ya las conversaciones en los diversos grupos que se han ido formando. Las miradas van que vuelan, sin miramiento, escrutadoras, curiosas; agudizando más si cabe su ciencia fisgona. Las campanas callan. Es hora de entrar en el templo. Y de toda esa gente que ahí está, tan circunspecta, ¿quién reza? Porque de eso se trata. Es lo único que le interesa al alma del muerto.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Tú, reza tú por el muerto y por los demás, que no tienen ni idea de lo valiosa que es la oración.

Anónimo dijo...

Buenísimo. Me he reído un buen rato. Luego me ha dado por pensar en el fondo de la cuestión.

Anónimo dijo...

A María Simma las almas del Purgatorio le insistían en la importancia del funeral, de las oraciones que allí se rezan, de la Misa.
Es cierto que hoy en día nos tomamos con superficialidad hasta lo más grave: la salvación eterna.
Me ha gustado el artículo. con buen humor pero yendo a lo que importa.
Joan.

Anónimo dijo...

Bueno, bueno. ¡Que articulazo! Parece de un Larra redivivo.

Anónimo dijo...

¡Sácame de aquesta muerte
mi Dios, y dame la vida;
no me tengas impedida
en este lazo tan fuerte;
mira que peno por verte,
y mi mal es tan entero,
que muero porque no muero.

Lloraré mi muerte ya
y lamentaré mi vida,
en tanto que detenida
por mis pecados está.
¡Oh mi Dios!, ¿cuándo será
cuando yo diga de vero:
vivo ya porque no muero?

S. Juan de la Cruz

Anónimo dijo...

Un funeral sin oración se queda en nada. Es un paripé.

Conchita

Anónimo dijo...

Es simpático, ha sido capaz de arrancarme una sonrisa en estos días de luto.

Anónimo dijo...

¿Adónde va el amor, por más que duela
el corazón a cada estrecho paso;
con qué peso se hunde, en qué fracaso
el beso se anonada y se cancela?

Abrígalo si puedes: va que vuela
su precario calor, al cielo raso.
Mira que con frecuencia se da el caso
de que a la vuelta el velo se desvela.

¿Adónde vamos a parar con tanta
ráfaga que se va por un postigo,
si el cisne se nos muere cuando canta?

¿Qué puede alimentarnos este trigo
que siempre se nos queda en la garganta?
¿Adónde vamos a parar, amigo?

A C

Anónimo dijo...

Respiro por la herida.
Por esta viva herida de mi muerte;
por esta mortal llaga de mi vida
que años y sueños y fracasos vierte.
Respiro por la herida este aire triste
empapado de humana pesadumbre.
Y un claro viento insiste
contra muros de tedio y de costumbre.
Pisando mi dolor, legiones de hombres pasan
ciegos, hacia esta misma hoguera mía.
¿Para siempre se salvan? ¿Para siempre
se abrasan?
Yo sólo sé que busco mi verdad día a día.

L de L

Anónimo dijo...

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

Anónimo dijo...

Está muy gracioso pero el tema es para echarse a llorar.

Una mujer dijo...

Felicidades por este artículo tan bueno, cargado de humor, verdad, e ingenio