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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


domingo 27 de septiembre de 2009

La discriminación de Dios



En el fondo es de lo que se trata, y no conviene engañarse. Manifestarlo públicamente puede parecer una temeridad, poco o nada acorde con el descreído discurso ambiente en el que nos movemos, donde mentar a Dios es una excentricidad de mal gusto, una paranoia mojigata y provocadora digna de la peor lástima. Pero aunque pueda acarrearnos el insulto o el desprecio, o incluso la censura de los que se tienen por tolerantes, es hoy más necesario que nunca hablar de Dios con toda la naturalidad del mundo. Dios existe, y es una realidad personal que día a día constatamos unos cuantos millones de personas, que sabemos de su presencia y escuchamos su voz en el alma. Su providencia es el verdadero progreso del mundo, que tiene su revolucionaria raíz en el Amor. Por eso nos sentimos mil veces vejados por determinadas actuaciones políticas y mediáticas contra la vida y la libertad, contra la moral y los valores que sustentan la humanidad del hombre, así como su dimensión trascendente. Su principal objetivo -¡fuera máscaras!- es el olvido de Dios.

¿A qué se debe todo esto? Uno puede tener sus sospechas, pero cuesta admitir tanto despecho, tanta ignorancia. Temas tan cruciales como los relacionados con la manipulación o supresión de la vida, con la educación, con la exaltación de lo homosexual (digo exaltación, sin condenar a nadie)… son tratados desde esa premisa: Dios ya no pinta nada, arrinconado en su eternidad inasible. Y lo peor de todo es que muchos de los que nos confesamos cristianos lo permitimos con posturas laxas, tibias. Confiando en que tarde o temprano escampará. ¿Qué creencia es ésta que permite tan cobarde postura, donde el compromiso parece ser que sólo afecta a los demás? Si los cristianos nos creyéramos de verdad que somos hijos de Dios doy por sentado que nada sería igual.

Desde hace tiempo una bruma laicista tiñe, en su peligroso difumino, el paisaje social español. Nuestra sociedad -el paisanaje-, tan postmoderna y cibernauta ella, tan autosuficiente como engreída, pero a la vez tan pacata, anda más y más embebida en el falso prestigio de lo amoral, de lo cutre, de lo chato, de lo exclusivamente material. Todo ello englobado en esa especie de espiritismo político que denominan sociedad del bienestar o economía sostenible o yo que sé. La Iglesia Católica lo viene advirtiendo una y otra vez: sobre el relativismo no se puede construir la felicidad. Desde el desprecio y discriminación de Dios sólo cabe un relumbrón de fuegos de artificio que dejan a su paso una estela de tristeza y ceniza, de amargor y miedos; y en el alma la nostalgia de la verdadera Luz.

3 comentarios:

Guerrera de la LUZ dijo...

Extraordinario post Guillermo, hay que difundirlo.

Perdóname he estado ocupadísima. Ahora me voy a dar un atracón a leerte, que me encanta :)

Besos.

Anónimo dijo...

Buen artículo, sí señor, muy bueno. Sobre todo para hoy, después de que el gobierno español retuerza una vez más la vida de los no nacidos, en su incultura de la muerte, del terrorismo, por más que de legal se vista.

Anónimo dijo...

El título de su texto significa la muerte segura de nuestra civilización.