Llegó en medio de las preocupaciones y de la noche. Allí estaba, rodeándome con fuerza. Con sus brazos y con su corazón. Y de pronto me encontré feliz. Más feliz que de ordinario, cuando no me entretengo con fantasías. Y lloré. Y el abrazo apretó más todavía. Ninguno de los dos dijo nada. ¿Para qué? Ni sé el tiempo que duró, porque aún seguimos abrazados. Hay cosas que perduran para siempre. Y sé que viviré y moriré con ese abrazo recién puesto, como nuevo, como una beca de honor que me ha regalado el mismo Dios. Lloré como un niño, es cierto, desahogándome entero. Por fuera y por dentro. Alma y cuerpo. Nunca había sentido la paternidad tan cierta, tan intensa, tan prieta. Además así, tan de sorpresa. Justo en el momento en el que lo necesitaba. Y allí estaba: el abrazo de mi hijo mayor. Y uno lo escribe orgulloso de él y de Dios. Y a la vez lo escribo humilde, sabedor de mi ineficacia. Un simple abrazo basta para soñar, para hacerte ver que cuando piensas que estás solo, resulta que no lo estás. El abrazo de un hijo es como un ángel que de improviso llena tu alma de luz y de consuelo. No hemos vuelto a hablar del tema, pero los dos sentimos que estamos más unidos y que aquel abrazo fue cosa de tres. La evidencia de Dios -cada bienaventuranza- se manifiesta así, a través de algo que parece trivial. Un poco de pan, unas palabras, un saludo, barro, una sencilla mirada... O un abrazo. Y se obra el milagro. Y revives. Y entiendes un poco más hondo el amor. Y la vida.
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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.
viernes 9 de octubre de 2009
El abrazo de un hijo
Llegó en medio de las preocupaciones y de la noche. Allí estaba, rodeándome con fuerza. Con sus brazos y con su corazón. Y de pronto me encontré feliz. Más feliz que de ordinario, cuando no me entretengo con fantasías. Y lloré. Y el abrazo apretó más todavía. Ninguno de los dos dijo nada. ¿Para qué? Ni sé el tiempo que duró, porque aún seguimos abrazados. Hay cosas que perduran para siempre. Y sé que viviré y moriré con ese abrazo recién puesto, como nuevo, como una beca de honor que me ha regalado el mismo Dios. Lloré como un niño, es cierto, desahogándome entero. Por fuera y por dentro. Alma y cuerpo. Nunca había sentido la paternidad tan cierta, tan intensa, tan prieta. Además así, tan de sorpresa. Justo en el momento en el que lo necesitaba. Y allí estaba: el abrazo de mi hijo mayor. Y uno lo escribe orgulloso de él y de Dios. Y a la vez lo escribo humilde, sabedor de mi ineficacia. Un simple abrazo basta para soñar, para hacerte ver que cuando piensas que estás solo, resulta que no lo estás. El abrazo de un hijo es como un ángel que de improviso llena tu alma de luz y de consuelo. No hemos vuelto a hablar del tema, pero los dos sentimos que estamos más unidos y que aquel abrazo fue cosa de tres. La evidencia de Dios -cada bienaventuranza- se manifiesta así, a través de algo que parece trivial. Un poco de pan, unas palabras, un saludo, barro, una sencilla mirada... O un abrazo. Y se obra el milagro. Y revives. Y entiendes un poco más hondo el amor. Y la vida.
Publicado por
Guillermo Urbizu
Etiquetas: Apuntes de vida
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11 comentarios:
su mejor post. no tengo palabras.
Yo necesito un abrazo así.
Hay ocasiones en que las palabras también forman un abrazo.
La misma.
Madre mía, que artículo tan maravilloso. Logras ir al corazón, directo. Joaquín.
Abrázame!!
A mí también me abrazan así, y cuando ven que estoy más tierno me piden diez euros.
Hay que dar gracias por las preocupaciones que hicieron de ese abrazo un momento tan especial.
Quien tiene algo así no necesita nada más.
Esto sí que merece la pena. Un abrazo así, resucita. Y además tan bien escrito.
Ciao. Luisa.
Lo que le ha ocurrido con su hijo no es cosa de un momento. Dichoso quien educa para la eternidad!!!!!
El amor de un hijo es lo más grande. Claro que no todos opinarán lo mismo. Delia y Javier.
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