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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


domingo 11 de octubre de 2009

Gran Atlas Mundial



Desde niño me han gustado los atlas. Sobre todo los grandes. Aquellos que abría por las noches en la cama poco antes de dormir. “¡Diez minutos y apagas la luz!”, me decía mi madre. Pero yo ya estaba en camino, desbrozando con mi imaginario machete la tupida vegetación a orillas del río Paraná, o siguiendo con el dedo los Urales que por algún punto atravesó Miguel Strogoff. Buscaba ansioso las islas del Mar de Java entre las que discurría la prao de Sandokán, La perla de Labuan. Otras veces buscaba la fosa de Las Marianas o Birmania, todavía subyugado por aquel pelotón de valientes encabezado por el mayor Nelson (Errol Flynn) en la película Objetivo Birmania. Las municiones ya escaseaban y de las provisiones mejor no hablar. Rodeados de jungla y de metralla, y tan lejos de casa… Venderíamos caro nuestros pellejos. Compañeros, ha sido un privilegio luchar a vuestro lado. Alguna lágrima se me caía por el Golfo de Martaban. Las Pequeñas Antillas estaban infestadas de piratas. Y los puñeteros corsarios ingleses, siempre a deguello. Mi dedo índice seguía la costa. Llegué a tomar nota de los nombres: Islas Los Testigos, Punta de Piedras… Y allí estaba, por fin había descubierto la isla de La Tortuga, ese nido de víboras y asesinos. “¡Te quedan dos minutos!”. Me gustaba abrir el atlas en medio del Océano Pacífico. Acariciar con la mano toda aquella extensión de agua. Imaginaba barcos, tormentas, naúfragos. Era un verdadero desierto de agua. Sentía la sed y la aventura, y la sal y la pequeñez del hombre en semejante inmensidad marina. Sentía en mí la soledad y la profundidad diversa de los distintos tonos de azules. Nubes y estrellas. Hacían falta muchas agallas para estar ahí abajo. Los atlas son una parte importante de mis sueños. En ellos la imaginación viaja y recorre con pasión la geografía y los países. Imaginas la historia. Imaginas los viajes de Alejandro, o de Marco Polo, o de Colón, o de Magallanes. Y de improviso te viene a la cabeza Alejandría, o El Alamein, Inverness o Siracusa (los nombres por si solos valen un imperio). Y llegaba mi madre al cuarto y me encontraba dormido sobre Australia o flotando en pleno Mar Negro. Y apagaba la luz y recogía con cuidado aquel viejo y enorme atlas. Por eso cuando he recibido el Gran Atlas Mundial editado por Círculo de Lectores, lo primero que he hecho ha sido llevármelo conmigo a la cama, para no olvidar las buenas costumbres. Esta vez con imágenes de satélite (algunas en tres dimensiones) o láminas transparentes. Y más detalles y más color y más índices. Y como estoy releyendo a Ezra Pound, pongo rumbo a Venecia, la Reina del Adriático, que es donde murió. Y le rindo mi pequeño homenaje al poeta norteamericano, que escribió: Only emotion remains. Sí, es completamente cierto: Sólo las emociones permanecen. Y los atlas son guía de una buena parte de ellas.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Usted le tanto que seguramente lee hasta las contraidicaciones y contendios en letras pequeñas de las medicinas.
Me gusta su blog

Anónimo dijo...

Memorable.

Anónimo dijo...

Lo mejor de todo es la manera que tienes de constarlo. Un abrazo, Tito.

Anónimo dijo...

Paso de atlas. He decidido concentrar mis esfuerzos en descubrir dónde tengo la nariz.

Anónimo dijo...

Los chinos dicen que hay cinco puntos cardinales: los cuatro que conocemos y el lugar donde me encuentro.