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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


sábado 10 de octubre de 2009

“Minuto de silencio”, de Siegfried Lenz


A la postre en literatura nos quedamos con cuatro variables. Poco más. Amor y desamor, vida y muerte. Entre líneas una riqueza inmensa de matices, de historias, de emociones. La literatura narra el corazón del hombre: sus anhelos, sus angustias. ¿Y qué mayor anhelo que el amor, su deseo, su pasión? ¿Qué mayor angustia que perder ese amor, sentir la soledad, esa oquedad que queda cuando la persona que más quieres se va, o se muere? La vida, en definitiva, es un continuo enamorarse, una sucesión de actos de amor (o desamor). La vida es la caricia que nosotros mismos queremos ser, o que en determinado momento hemos sido y que la literatura -y la propia vida- transforma en elegía o en tragedia. La literatura es amor, y en ella nos abismamos para no dejar de ser, para deleitarnos o aprender, para sentir lo que nos rodea en su perspectiva más profunda. Y sencilla. Porque el amor es sencillez (como la mejor literatura) o la soledad de una pequeña isla. Y no otra cosa es lo que ha escrito en esta novela de madurez el escritor alemán Siegfried Lenz (Lyck, 1926). Minuto de silencio (Maeva) es un relato breve y sencillo: esencial. Que de alguna forma nos incumbe a todos. Una historia de amor entre un joven estudiante, Christian, y su joven profesora de inglés, Stella Petersen. Lenz, con su maestría adquirida a través de tantos años y relatos (su novela Lección de alemán la leí hace bastante en una vieja edición de Caralt), sabe que no puede ser prolijo, que una historia así debe ser narrada con más silencios que palabras; sugiriendo más que relatando. En un determinado momento el director Block, del colegio donde estudia, le dice a Christian: -“En ocasiones aquello que callamos, Christian, tiene más trascendencia que lo que decimos. ¿Entiende usted a lo que me refiero?”. Y el lector inteligente de esta novela lo entiende y lo sabe apreciar así. Sugerir el don y la inquietud y la sensualidad. Un detalle basta: un roce, el color de un bañador, o el azul y amarillo de su vestido de playa, una simple fotografía… O una frase: “Quiero saberlo todo de ti”. O una mirada: “En tu mirada buscaba lo que necesitaba o creía necesitar: la dicha de un contacto repentino, la alegría que exigía una repetición”. El amor: una continua necesidad de asombros y promesas. En este caso es un amor complicado, difícil. Por la diferencia de edad, por el futuro… Pero ninguno de los dos tiene miedo de ello. Es entonces cuando sobreviene la tragedia. A lo largo de todo el relato el mar ha sido la cadencia del texto, el referente donde brilla y se sumerge y se refleja el amor de ambos. Y será el final, y el principio de la dolorosa nostalgia desde la que comienza Minuto de silencio (traducida impecablemente por Christian Martí-Menzel): “Con lágrimas de pesar te dejamos”. Una pequeña obra de arte. Si es que una obra de arte puede ser pequeña. Un libro lleno de vida y confidencias y dolor. Una vida inquieta, íntima, intensa.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanta como vives la literatura.



Miguen Ángel.

Anónimo dijo...

Pa tragedias estamos...

Anónimo dijo...

¿Qué le parece el nuevo nobel de literatura? Es alemana como este Lenz. Siempre me han parecido soporíferos los alemanes, incluido Thomas Mann. Goethe es insufrible, como ese espiritualismo barato de Hesse. Pero el peor de todos es Günter Grass. Me leí El tambor de hojalata y casi me da algo. ¡Qué grima!
Me quedo con la literatura inglesa y la frescura de la española. No tiene color.

Pero claro, estas cosas no se pueden decir.

Con toda mi sincera admiración.

Anónimo dijo...

Lo compré. Me ha convencido.

Anónimo dijo...

Seguiré la pista, pero creo que no se llevaría el libro a una isla desierta. Optaría antes por otros cientos, estoy segura.

Anónimo dijo...

Pero en estos tiempos también prefiero los finales felices.