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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


sábado 21 de noviembre de 2009

Análisis y comentario del libro “Tríptico romano”, de Juan Pablo II el Grande (y II)



La eterna visión y la eterna expresión”. El libro Tríptico romano supone, ante todo, una conexión de esencias, que diría Max Scheler, una vía de acceso a la misma intimidad de Dios, donde “Dios es la luz y el objeto del alma” (san Juan de la Cruz, Llama de amor viva). El poeta, en cada verso, hace un acto teologal explícito. Fe, esperanza y amor moldean el lenguaje en lo más íntimo de su oración y en la tradición de una literatura perfectamente asumida después de muchos años de lecturas. (Estudiar la personalidad de Juan Pablo II como lector -influencias y preferencias- es un trabajo que está por hacer). Pero ¿se trata de una “poesía teologal”? Boccaccio, en su Vida de Dante -lo cita Steiner-, dice: “Mantengo que se puede decir que la teología y la poesía son en realidad casi la misma cosa; incluso diría más; que la teología no es más que un poema de/sobre Dios”. Juan Pablo II interpreta la poesía como lo que en realidad es: un cúmulo de gracias personales, un don que transforma lo inmanente en vertical percepción de la presencia de Dios. Cada palabra actúa, en sí misma, también como una hermenéutica del silencio divino. El lenguaje en el que el texto está escrito no es la poesía, no su más completa entidad, unidad e inspiración. Quiero decir que lo que el lector “lee” es apenas una parte del todo, pues en poesía tan importante como lo que se ve es lo que no se percibe a simple vista o en primera lectura; lo que está en el blanco margen de lo no dicho, lo que se intuye. (De ahí que sea cada lector el que complete cabalmente el texto). “Pues eso es un poema: el estribillo del alma”, escribe Gadamer.

El lenguaje tiene sus fronteras, por si solo no puede significarnos. Su imperfección linda con aquello que resulta ser infinito, en una desproporción tal que puede ocasionar en el poeta cierta parálisis creativa. “Pero es decisivo que el lenguaje -dirá Steiner en su obra Lenguaje y silencio- tenga sus fronteras (…), que dan prueba de una presencia trascendente en la fábrica del universo. Por no poder ir más lejos, porque el habla nos defrauda tan maravillosamente, experimentamos la certidumbre de un significado divino que nos supera y nos envuelve. Lo que está más allá de la palabra del hombre nos habla elocuentemente de Dios. (…) Donde cesa la palabra del poeta comienza una gran luz”. Hay una muda melodía que nos lleva a pie de página y desde allí nos hace contemplar una visión. La metáfora es precisamente el instrumento del que se sirve el poeta para que lo invisible pueda intuirse, el bisturí capaz de alumbrar un significado completamente nuevo. Cada imagen dota al poema de un conjunto de signos que van mucho más allá de la fonética y de la sintaxis. Se trata de una semántica que es ya experiencia metafísica, visión, profecía. El poeta toma conciencia de la fragilidad del lenguaje, penetrando en un dominio en el que el propio lenguaje -como muy bien observa Jean Baruzi- aparece como un extraño.

En el umbral de la Capilla Sextina”. “Meditaciones sobre el libro del Génesis en el umbral de la Capilla sextina” -segundo capítulo de Tríptico romano-, está divido en cuatro partes muy significativas, que son a la vez confidencia y meditación. “Primer vidente”, “Imagen y semejanza”, “Presacramento” y “Juicio”. Por si solos estos títulos son imagen de un contexto bíblico, de una realidad íntimamente ligada a una fenomenología de carácter religioso. Todo ello acompasado en un ritmo versicular y metafísico, que procuran al poema una densidad (pre)meditada, una nostalgia de los grandes anhelos del espíritu y del corazón. Cada verso tiene la impronta de una experiencia interior: es relectura, diálogo, interrogante. Las imágenes que intentan aprehender lo inefable -“el Libro espera la imagen”, dirá-, se suceden con la precisión y pasión que caracterizan a todo gran poeta. La obra de arte es génesis y cifra de una verdadera liberación, de una revolución que es revelación.

En “Primer vidente” se refiere a Dios como primer Poeta, como primer Artista. Los videntes son los poetas, los artistas de todos los tiempos, a quienes Juan Pablo II invocará en el verso 32 del poema como testigos de su anhelo, de su amor a Dios, de la salvación del mundo. Las imágenes de este proceso de conocimiento de lo inefable se suceden, son el estribillo de un canto que es encarnadura de lo infinito: “espacio inexpresable”, “verdadero, bueno y bello”, “Verbo eterno”, “umbral invisible”, “umbral del Libro”, “desde el asombro hasta el asombro”… En el poema “Imagen y semejanza”: “El principio es invisible”, “el final es invisible”, “espacio de la existencia”, “verdaderos y transparentes”… Juan Pablo II tiene la audacia de considerar la obra de arte como presacramento -“lo invisible se expresa en lo visible”-, como antesala de la más perfecta común unión (comunión) con Dios. En el poema “Presacramento” más imágenes, en este gradual desvelamiento de lo inefable: “Indecible”, “plenitud de la verdad, del bien y de la belleza”… En el poema “Juicio”: “cumbre de la transparencia”, “el Principio y el Final”… En Miguel Angel el poeta cifra la santidad de la belleza, y en su Juicio Final toda la magnitud de lo que muy bien se podría llamar Poética de la salvación. Por ello Juan Pablo II lo pone de testigo: porque en el umbral de la muerte, que es nuestra Vida, debemos aprender a interpretar los signos que nos ofrecen los poetas (debe recordarse que Miguel Ángel también lo fue), los artistas; aquellas almas que en su visión dan fe del sentido sobrenatural de nuestra existencia.

Es muy importante señalar también la continua y fecunda intertextualidad de las Sagradas Escrituras en Tríptico romano. Son constante referencia -vida de la vida del poeta-, cuando no trampolín que impulsa hacia el Origen, y vertebración de todo el libro. Un libro de poesía que no deja de ser -al igual que el Juicio Final de Miguel Ángel- una maravillosa catequesis y un asombroso testamento espiritual. La Palabra, una vez más, resucita en nosotros (humildes lectores) el íntimo gozo de vivir en profundidad, con todas sus consecuencias.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Oh Trinidad Santa,
te damos gracias por haber concedido a la Iglesia
al Papa Juan Pablo II
y porque en él has reflejado
la ternura de tu paternidad,
la gloria de la cruz de Cristo
y el esplendor del Espíritu del amor.
Èl, confiando totalmente en tu infinita misericordia
y en la maternal intercesión de Maria,
nos ha mostrado una imagen viva de Jesús Buen Pastor
indicándonos la santidad,
alto grado de la vida cristiana ordinaria,
como camino para alcanzar la comunión eterna contigo.
Concédenos, por su intercesión, y si es tu voluntad,
el favor que imploramos,
Con la esperanza que sea pronto incluido
en el numero de tus santos.
Amen.



Con aprobación eclesiástica
Card. Camillo Ruini
Vicario General de Su Santidad
Para la Diócesis de Roma

Anónimo dijo...

La poesía trata sobre la inefabilidad y misterio de la vida, de nuestro origen y destino. Me gusta lo que escribe.

Anónimo dijo...

Tiene razón ese Gadamer, que no sé quién es, la poesía es el estribillo del alma. Algo que necesitamos para respirar. Y eso que yo no leo apenas poesía, pero intuyo su importancia. Lola.

Anónimo dijo...

Por la poesía a la oración.
Es un camino (casi) directo.