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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


viernes 6 de noviembre de 2009

Idea



Tengo una idea. Voy a pensar que doy una vuelta en bicicleta. Compruebo las ruedas y los frenos. Y doy el primer impulso... Ya no estoy aquí. Vuelo. Pedaleo entre un paisaje de álamos, creo. La velocidad hace estragos en el tiempo. El cielo es la meta, en su dosel de luz y deseo. Corro encendido, bebo el aire, tenso los músculos, levanto los brazos de la realidad, de su viejo manillar de hierro. Y cierro los ojos por momentos. Sigo el camino de la idea: pienso que cada pedalada me acerca a aquello que más quiero. ¡Es siempre azul el anhelo que me consume! Vuelo entre maizales y recuerdos. Campos de hermosura, divino amor que entre silencios escucho. Me esfuerzo en mantener un ritmo ligero y alegre, que no cercene mi esperanza. Peregrino de la belleza: hombre, al cabo. Alma que recorre el paisaje eterno de Dios en el tiempo. Tierra de labranza donde crece la semilla, piedras que construyen un hogar o un puente que cruza la vida hacia otra orilla. Debo respirar bien y mantenerme atento, con la vista al frente, sujetando bien la dirección y el corazón, dados los frecuentes baches de humor o de fantasía. Pero no cejo en mi empeño, y me inclino hacia delante para ofrecer menos resistencia a mi mismo, tal es el viento. En este viaje cuyo destino miro allá arriba, o aquí dentro. Y me sorprendo hablando solo o tarareando alguna vieja canción de los 80. O incluso rezando una avemaría a pleno pulmón, tal es el ímpetu, la necesidad o el gozo. ¿Qué puedo decir? Pedaleo sin pausa. Pienso, observo, vivo. No me cansa la vida. Admiro el enebro, el musgo, la espiga. Admiro cada instante o esos ojos: su brillo. Y ese aroma de lirios y libros que viajan conmigo haya donde vaya.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Como dice usted, lo de hoy es gozoso de leer, espabila a un muerto por su belleza.

Anónimo dijo...

Me voy a suscribir a este blog. Gracias por todo lo que escribe.

Anónimo dijo...

En rueda está el silencio detenido,
y en freno congelado la distancia.
Qué lejano está el pie, cómo se ha ido
la infancia del pedal sobre la infancia.

El reino del volante sometido
se borra con la sed que hay en la llanta.
La mano que no está tiene un sonido
de tanta ausencia y cercanía tanta.

Cuán remota la edad que en ti palpita
con las velocidades de tu cita,
y qué rápida estás con ser tan quieta,

tan inmóvil pedal dormido ahora
por la lluvia de ayer que te evapora
tu perdida niñez de bicicleta.

Miguel Arteche

Anónimo dijo...

Ayer tú y yo, en un solo beso para la vida,
en el amor que nos conoció a los quince años
y yo pedaleando para nunca llegar tarde a tu corazón.
Fuimos nosotros los que inventamos el beso en una bicicleta,
la edad de las miradas con un cuaderno en la mano.
Fuimos nosotros, los que sin respirar, nos cansamos de viajar
y ayer, solo ayer, las calles dicen: ¡Allí van, son ellos!
pero fue tan rápido que pedazo a pedazo nos despedimos.
Tú y yo, querida, ahora quizás donde, donde volveríamos a rodar
donde volveríamos a comandar dos ruedas como a un barco,
donde volveríamos a conquistar los mundos con un sueño.
Eso no me importa, por que en mi memoria tengo un niño despierto
llevo a ese revoltoso quinceañero en los dedos del alma,
tengo aún, esos años diminutos como zapatos de liceano.
Entonces, será a las siete, te pasaré a buscar como cochero,
subirás en mi caballo veloz con rayos de aluminio,
dispuesta a saltar a la gloria al besar cada calle,
recostándote en cada parada para retomar fuerzas.
Entonces, será a las siete, cuando llegue a tu casa,
salgas a recibirme como ansiosa de la nueva carrera.
Entonces, son las siete y recuerdo tu mano en la mía,
riendo del pedaleo en mañana y tarde,
cuando nos amamos en una bicicleta sobre la vida,
cuando se me vienen los quince felices años,
ahora que son más, sin bicicletas ni sueños.



Santiago Azar

Anónimo dijo...

Pasaban el invierno en el desorden
de un desván y el revuelo de sus timbres
era siempre el aviso de salida
para un tiempo sin fechas, soleado.
Por entre los maizales, las veredas
estrechas cara al viento. La disputa
por no llegar el último a la fuente.
O, tras el pedaleo y los vestidos
empapados, los pechos de mis primas
sintiendo la impericia de los dedos.

La adolescencia fue los días claros
entre olores silvestres y la prisa
por saber de la vida sus secretos.
Horas de las que sólo dura el clima
de aquellas excursiones y la inercia
de pecar contra el sexto mandamiento.

J A M T

Anónimo dijo...

Un amigo me ha hecho conocer este blog. Acabo de leer lo primero y por lo que veo escribe todos los días. Bueno, voy a ponerme manos a la obra y seguir leyendo.