Bienvenidos

Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


miércoles 4 de noviembre de 2009

Vivo rodeado de libros, ¿qué mejor deleite?



Las novedades librescas bullen en mi correo y en los escaparates. Novedades: curiosidades. Hay de todo lo que uno pueda anhelar. Recorres las listas con ansia. Y entras en la Fnac -“¡no papá no!”- con ganas, quieres dar con algo distinto, que te sorprenda. De entrada ves una biografía de Unamuno (Taurus) de la que no sabías nada, y lo apuntas en una agenda de Balenciaga que te regalaron no hace mucho. Te pones de puntillas o en cuclillas. Quisieras leerlo todo, hacerte con todos esos libros. Bueno, con todos no, sólo con aquellos que de pronto… Ahí está Escolios sobre un texto implícito (Atalanta), el libro del año para mi gusto y sobre el que ya he escrito y que nunca terminaré de leer y cavilar. Receta: cada noche antes de dormir tómese un par de “escolios” y piense. Lo acaricias con cariño. Quisieras hablar de él a toda esta gente que merodea a tu alrededor, encorvados entre los estantes. Te vas a otra mesa y ves El barco de la Muerte, de W. Clark Russell (Valdemar) y Submundo, de Don DeLillo (Seix Barral) que tienes pendiente. Y distingo un poco más allá los ojos azules de Paul Newman, en una biografía escrita por un tal Shawn Levy y publicada por Lumen. Le recuerdo en la película Éxodo, y en El Premio, y en El color del dinero. Me siento a hojear el libro… “Papá, venga, vamos”. En un bar, con unas coca colas de por medio, leo unas frases de Por qué soy católico, de Chesterton (El buey mudo) que subrayé ayer. “Lo que se ha perdido en esta sociedad no es tanto la religión como la razón; la ordinaria luz del instinto intelectual que ha guiado a los hijos de los hombres”. Lo mismo que hoy, tan previsibles podemos ser, después de tanta Historia. Llevo el libro en el bolsón, junto con otros dos de la poeta polaca Wislawa Szymborska: Instante (Igitur/poesía) y Aquí (Bartleby Editores). Sé que las poetas son distintas, pero hay algo en ella que hace que vuelva a releer a mi preferida Jane Kenyon. Entre ellas y yo queda mucho por decir. Y unos amigos argentinos, que saben de mi devoción borgiana, me envían Borges crítico, un ensayo de Sergio Pastormerlo (Fondo de Cultura Económica). Pero en cuanto me dejan leo a Góngora, el poeta de Córdoba, en una Antología poética que Antonio Carreira ha editado en Crítica. Perdón, pero me salto la sesuda introducción y busco los poemas breves, sobre todo su destreza con los sonetos. Y leo en voz alta:

Mientras por competir con tu cabello
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente

no solo en plata o víola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.


Libros. Rodeado por ellos. Tan queridos, siempre tan pocos aunque sean cientos o millares. Libros que abro con delectación y leo con más fruición si cabe. Bellos objetos de contenido intemporal, que no se acaban en las páginas ni en las palabras impresas. Libros. Siempre nuevos aunque sean viejos. Novedades del alma. Oraciones, caminos, esplendores, celosías, aliento. Silencios, que es cuando descansan los ojos y se despliega el corazón o el pensamiento. El tacto de los libros, la seguridad que procura su presencia. Mientras sigo leyendo a Luis de Góngora.

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Me pasa igual, adoro a los libros, son mi pasión y mi vida.

Anónimo dijo...

Sin dudarlo los libros son lo mejor, que se quite todo lo demás.

Anónimo dijo...

No me gusta Góngora, es enrevesado y difícil.

Anónimo dijo...

Siempre son pocos, y que lo diga, me pasa lo mismo, no he acabado de leer los que tengo y ya estoy echándole el ojo a tres o cuatro más.

Anónimo dijo...

Con los libros no hay soledad, no se necesita nada más.

Anónimo dijo...

Yo una vez tuve una pesadilla: me condenaban a no salir jamás de una biblioteca, a vivir allí sin más compañía que los libros. Era la de El Escorial, pero ya podría haber sido la del Vaticano o la de Alejandría,hubiera sido igual. Lo pasé fatal hasta que me desperté.

Anónimo dijo...

¿No le entra cierto sofoco o claustrofobia literaria?

Anónimo dijo...

Un libro no es comparable al mejor amigo, puedes estar seguro de que nunca te traicionará.

Anónimo dijo...

Me interesa mucho ese libro que cita de Chesterton, Por qué soy católico. No conozco esa editorial.
Edy

Anónimo dijo...

El deleite mejor es leerlos en silencio.

Anónimo dijo...

Pues yo el libro que me voy a comprar de los que dice es la novela de Donde Lillo. Soy forofa suya. Hasta la muerte. Si leen a este escritor quedarán deslumbrados. Palabra de honor.

Anónimo dijo...

Necesito un libro para leer cuando no se tienen ganas ni de leer. ¿Sabe de alguno?

Guillermo Urbizu dijo...

Para cuando no tengas ganas ni de leer te recomiendo "La luz apacible", de Louis de Whol (ediciones Palabra), u "84, Charing Cross Road", de Helene Hanff (Anagrama); o la poesía de Miguel D'Ors (puedes encontar una antología suya en la editorial Renacimiento).

Saludos y gracias.

Anónimo dijo...

Gracias.