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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


jueves 17 de diciembre de 2009

“Dios es música”, de Pilar Márquez



“Dios por encima de todo… Dios nunca me ha abandonado”
Ludwig van Beethoven


Dios. Dios y la belleza. Dios en Su belleza. Dios que se prodiga en infinitos matices de belleza. Dios que engendra la Belleza en Su Hijo, y que nos redime por ella. Dios Amor, Espíritu y Persona y Fuego; entraña y esencia de toda belleza. Dios Poesía y Armonía supremas. Dios que nos crea a imagen y semejanza de Su belleza. Dios de almas que anhelan la eternidad de la Vida. Dios de cuerpos que son el esbozo del alma y el perfil de Su caricia. Belleza de Dios que canta en la intimidad del hombre. Dios que inspira la alegría y la gracia. Dios de Dios. Dios. Mi Dios. Dios que me nombra y llama. Dios que plasma en el lienzo del mundo un reflejo de Su belleza. Dios que funda las palabras y las significa. Dios que perdona con belleza, y que nos transforma con música o con un estallido de colores. Dios que infunde la vida y le da la posibilidad de nacer a la belleza. A la santidad. Día a día.

Dios. Y me topo con un libro que es como un himno, o cántico, o alabanza. Acción de gracias y clamor. Vocación. Un acto de fe, una oración. Ardor y enamoramiento. De Dios. De Su música y belleza. Dios-música. Un libro escrito por una mujer que canta. Por una mujer que es mezzosoprano y que siente que su alma danza. Y que analiza los acordes de la Trinidad a través de la música. La música como cifra de conversión y sanación y bienaventuranza. “En el principio existía la Música”, escribe. La esencia de Dios como Música, como relación y comunión de timbres, en una polifonía que suena en un solo acorde divino. Dios Trino, y Uno. Vibración del Amor que vibra a lo largo y ancho de la historia. Y que la dota de sentido y valor. Dios es música, de Pilar Márquez (PPC), y con ilustraciones de Isabel Guerra, no se puede reseñar como un libro cualquiera. Porque no lo es. La música como voz que pulsa el Misterio de lo inefable.

Y la autora reflexiona sobre ello desde su propia vida -con un entusiasmo que salta a la vista-, y desde las obras de músicos que así lo experimentaron. Músicos que prestaron oído al alma de las cosas, que supieron escuchar el amor de Dios, Su melodía. Y se sirve la escritora especialmente de Beethoven (el libro viene acompañado con un cedé de la sinfonía “coral” número 9, su última sinfonía completa). Dice: “La Novena sinfonía es un camino de regreso al Padre (…). Dejándose guiar por el Espíritu y uniéndose a Jesucristo quiere conducir a la humanidad a la morada del Dios trinitario, dándonos a conocer, por medio de su composición musical, la actuación amorosa y gratuita de Dios a favor del mundo y del hombre”. Sinfonía trinitaria, la llama. Asistimos así a una hermenéutica y a una filocalía (amor a la belleza). A una plegaria y a una teología. Un libro fascinante, que no se agota en una primera lectura ni por asomo y del que no sé que más decir, esa es la verdad. Mejor voy a escuchar la música de Dios en silencio. Y a releer algunas páginas.

19 comentarios:

Anónimo dijo...

Te superas. Esto sí que es un himno, carajo.
Un abrazo.
Alicia y Edu

Anónimo dijo...

¿Cómo haces para escribir así? Me parece sorprendente, se sea creyente o no, que yo no lo soy. Me has dejado fascinado. Santiago.

Anónimo dijo...

Los trinos de ese mirlo
se derraman
sobre el fiambre más reciente
de la ciudad.
Dicen que encontraron la jeringa
colgándole del brazo todavía.
No lo sé.
Y no me importa
demasiado.
Escucho al mirlo.
Su múscia
en medio del infierno.

R W

Anónimo dijo...

No tengo ni idea de ese libro ni de su autora, pero chapó por lo escrito.

madison dijo...

Debo y quiero encontrar este libro.

Anónimo dijo...

Me gusta el título de este libro. Y me gusta su prosa.

Anónimo dijo...

Yo soy borracho. Me seduce el vino
luminoso y azul de la Quimera
que pone una explosión de Primavera
sobre mi corazón y mi destino.
Tengo el alma hecha ritmo y armonía;
todo en mi ser es música y es canto,
desde el réquiem tristísimo de llanto
hasta el trino triunfal de la alegría.

Y no porque la vida mi alma muerda
ha de rimar su ritmo mi alma loca:
aun mas que por la mano que la toca
la cuerda vibra y canta porque es cuerda.
Así, cuando la negra y dura zarpa
de la muerte destroce el pecho mío,
mi espíritu ha de ser en el vacío
cual la postrera vibración de un arpa.
Y ya de nuevo en el astral camino
concretara sus ansias de armonía
en la cascada de una sinfonía,
o en la alegría musical de un trino.
N G

Anónimo dijo...

Ondas de un suave mar:

la sinfonía de Mozart.



La luz celeste, la melodía y claridad.

Definen esas notas su genio musical.



Juego insuperable de claves, violines y aires.

Programan netamente la esencia, augusta, del arte Clásico.



Digo Clásico y nombro lo Eterno, lo Perfecto.

¡Evidente!. El Espíritu Divino está en él.



La línea excelsa de sus sonidos,

exige, reclama, atención devota.

Y, sobre todo, se enciende, levita, mi alma,

en mi ambiente, al escucharlo.

GRG

Anónimo dijo...

Desde Beethoven,

habla el corazón,

vibran los violines.



La sangre muestra un especial movimiento:

de Ascensión, de Bondad, primordialmente.



La “Missa Solemnis” produce ese aire esencial.

Hoy, con ese calor.

Emoción, Amor, Bien.



Dios habla desde ese canto y música.

Y éstas son mis flacas palabras.

Y ésas, sus inconmensurables notas,

en supremo e intenso ritmo.



Sublime Teofanía. Me rozan las alas angélicas.

¡Se expande el Redentor Afecto, Grandioso, de Dios Padre!

GRG

Anónimo dijo...

Entro, circularmente,

en la música soberana

de Juan Sebastián Bach.



Ya

acuden los ángeles

con su cántico celestial.

Suenan, devotos, los violines.

El coro eleva sus voces.



Subido tono

que siembra caridad y misericordia

entre las gentes.



Altura de gran música:

crea un ámbito gigantesco

de sacralidad y perfume de esencias finísimas.



Me inunda una Luz, radiante,

una Paz, únicas:

asoma el Gesto del Divino Padre y el Amado Hijo.



Mi pobre escritura

no alcanza a más...



Pero mi espíritu estalla.

Mi mente se apacigua.

Mi Fe vibra, incesante.



El mundo reverdece en colorido homenaje.



¡Dios pasa por mi lado!

GRG

Anónimo dijo...

Por dios, ¡qué maravilla de artículo! El libro ya se verá.
Sonia.

Anónimo dijo...

Reivindica el Espíritu. Lo consagra alciónico.


Un celeste pastor suele asomarse y juega con el pentagrama.

O un titán prometeico, llora, amargo y doliente.

Sus notas formidables se prodigan imperialmente:

Arman un edificio de dimensiones homéricas.


Condensa el valor del sentimiento,

Advierte en sus zarpazos miguelangelescos,

que la ausencia y la mezquindad nos deben ser ajenos.


Un corazón gigantesco irradia su armonía, a veces su rebelión.


Moisés de la Música, libera y energiza.

Invade, con gozo, la potencia dantesca del color sinfónico.


Romanticismo exacerbado.

Arquitectura de la pasión dramática.

Precisión constructiva.

Anábasis luminosa.

Catábasis penetrante.


Entre tanta intrascendencia y transitoriedad mundanales,

se levanta la peraltada trascendencia de su Arte.


Enciende a la Humanidad y justifica su paso terrenal.


Beethoven y su música,

Sol entre la abundante Oscuridad.

GRG

Anónimo dijo...

Música y meditación adunadas.

Detrás, detrás, el Misterio,

la mente (traicionera), lo Indecible.



En ternura y compasión

suelen transcurrir estas ondulaciones

del piano, melancólicas.



Evidente, se perfila su destino,

la biografía trágica del creador.

Y... el corazón que se derrama.



Aflora, lo rescata, salvadora,

el agua de manantial de su canto

GRG

Anónimo dijo...

¿Oyes esa música
que cruza como luz la oscuridad
mientras la oscuridad gira
y yo con ella?
¡Con qué fuerza
se abre paso
y llega incluso
a mi lugar más remoto
cercado también de sombras!
Pero el latido
que brota allí
nadie lo oye.
Nadie, como yo, sabe
que existo
y creceré
y amaré
como aman estos brazos
que me sostienen
porque no sé andar aún...
Pero escucha, escucha:
todos los árboles se mecen
en la música.
Y en mi interior,
donde un secreto sol
me hace adivinar
el sol secreto
de la oscuridad.
C J

Anónimo dijo...

Nunca había leído una reseña de un libro como si fuera una oración.

Feliz Navidad.
Paco Miranda

Anónimo dijo...

Bien parece tu voz sonora y pura,
por bocas de claveles despedida,
corriente, que del Cielo procedida,
se desata en armónica dulzura.

Ondas de voz y rayos de hermosura,
dulcísimos peligros de la vida,
dos glorias son, adonde dividida
la noticia del Cielo se asegura.

Miro el cielo, oigo el Cielo; en divididos
grillos de suavidad, sonora y muda,
presa la libertad de los sentidos;

y en confusiones de gloriosa duda,
en los ojos feliz, y en los oídos,
no sabe el alma a cuál primero acuda.

frid dijo...

¿Música, Dios? quizá nosotros seamos los instrumentos con los que Él tiene pensado tocar esa música en el mundo y le hayamos defraudado.

Creo que él, creador, también de la música, habla al hombre con ese maravillosa obra suya pero para escucharle hay que purificar la conciencia y ansiarle tanto que el alma vuele enamorada.

Cuento con tus colaboraciones siempre magníficas en Aragón Liberal

Federico Rodríguez de Rivera

Anónimo dijo...

Me ha costado, pero por fin lo tengo en mis manos.
Esta recomendación suya vale su peso en gloria.
Saludos de Jordi.

oscarín dijo...

La música es la voz de Dios. Su naturaleza. Fue a través del sonido que Ël realizú su Creación. Somos la música del amor, la canción de la vida.

La naturaleza canta cada día su mágica canción. Nosotros, a veces, desarmonizamos su melodía con los ruidos del caos y la guerra.

Al final, el silencio será la conclusión.

OSCAR JAVIER FERREIRA VANEGAS
oscarjavierferreira@gmail.com