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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


sábado 31 de enero de 2009

Un sueño raro



Hoy he soñado un sueño
donde no pasaba nada.
Parece mentira
algo así: tan extraordinario
(o igual es lo ordinario de mi vida).
Pero es la única verdad que tengo, la única
que he soñado hoy, sábado.
Era todo un dulce fluir y un color muy blanco.
Y el silencio estaba mucho más callado.
Lo dicho: nada, un sueño
inmaculado y raro.
No había cuerpos, ni abismos, ni palabras.
Y creo que ni yo mismo estaba.

viernes 30 de enero de 2009

"El final del desfile", de Ford Madox Ford



Dentro de cada episodio histórico hay una novela. O varias. Porque donde hay vida hay literatura, y por lo tanto un argumento capaz de emocionarnos con su drama. Pero dentro de todas las novelas no hay una verdadera historia (sin entrar en la calidad de la prosa). Esto lo sabe cualquier avezado lector. Hay novelas -del género que prefieran- a las que se les nota demasiado ese vacío, esa falta de argumento o seso. Discurren por la inercia de vaya usted a saber qué tedio. La gente se aburre y piensa que una novela siempre queda bien en su prestigio ornamental. Lo malo de todo esto es que le cogen el tranquillo y escriben varias más. Incluso las hay que son premiadas, se pueden imaginar. Y el lector, impulsado por las cosquillas de la publicidad, va y las compra a tocateja. Y hay hasta quien las lee, porque hay gente para todo. Y eso está bien y allá cada uno con su higiene intelectual o espiritual. Pero lo que no está bien es que intenten darnos gato por liebre. La mayoría de esas novelas son un maremágnum de trivialidad, de anécdotas y coyundas de especie varia que se estiran y estiran hasta dar en las trescientas páginas del original. Así hemos dado en lo que hemos dado: una novela la escribe cualquiera. Pero ¿una buena novela la escribe cualquiera? Eso es otro cantar. Y ya no digamos si en dicho cantar al escritor le ha ido la vida y lo narra con excelencia literaria, con ese magnífico don en el que se atesora el alma de la historia (esos personajes que serán para siempre parte de la nuestra).

Y todo esto lo digo por algunas últimas lecturas. Sobre todo por la novela El final del desfile, de Ford Madox Ford (Lumen). Un extraordinario fresco de la Inglaterra de la primera guerra mundial. Una novela coral y de gran aliento dramático. Una trama llena de subtramas. Un desamor -el de los protagonistas Sylvia y Christopher Tietjens- inmerso en el Gran Desamor que es la guerra. Una épica bélica, matrimonial y social. Una elegía del dolor del amor o el de las trincheras, y del sentido último de la vida. Una visión de la conmoción de la aristocracia británica en aquellos años de radicales incertidumbres. El destino de los hombres y de la Historia. El horror de la metralla y de la sangre mezclada con el lodo. El miedo a la muerte y a la verdad (ay, esa época donde las apariencias puritanas envolvían las costumbres). Una novela que en realidad son cuatro: Hay quien no (1924), No más desfiles (1925), Se podría estar de pie (1926) y El toque de retreta (1928). Una novela que es una obra maestra -por vez primera traducida al español- desde un punto de vista técnico y estilístico, pero que no sería nada si se quedara en la superficie de ese mundo victoriano: en su máscara. El lector disfruta y se estremece, vibra, tiembla y sonríe. Un mundo de sentimientos, un universo de creencias difuminadas en el sufrimiento. Una literatura que entusiasma, que sorprende, que nos transporta a otro espacio y a otro tiempo.

Ford Madox Ford (1873-1939) creo que no tiene la repercusión que merece. No estamos hablando de uno más. Convivió con los mejores (Pound, Hemingway, Joyce, Lowell, Conrad –con el que llegó a escribir a cuatro manos dos novelas: Los herederos y Romance…). El final del desfile es por una parte uno de los puntos álgidos de una tradición literaria de primera magnitud, y por otra uno de los más cruciales nexos de unión con las vanguardias que estaban emergiendo. Tal vez sería bueno leer antes su otra obra magna: El buen soldado (Cátedra), novela editada en 1915 que narra todo ese mundo crepuscular anterior a la Gran Guerra. Quisiera destacar la soberbia traducción de Miguel Temprano. Su trabajo es de agradecer, porque es primoroso, y porque pone en nuestras manos una de las grandes novelas del siglo XX, y lo hace en un español que ya de por sí es otra obra de arte. Bienvenida esta novela. Los que la lean desearán no haberla leído… para poder leerla de nuevo. Sus mil páginas son un suspiro. Como la vida.

jueves 29 de enero de 2009

A un poeta oscuro



Cada vez queda menos azul en el cielo.
La tristeza de las nubes
es más negra.
Se decolora el vestido de la hierba
y pierden convicción tus poemas.
Hace tiempo que las palabras dejaron de hablar a las claras.
No encajan con la luz, no inciden
en la verdad de la lengua.
Esa niebla tan bella no nos deja ver el alma.
¡Qué oscuros esos versos, qué desgana,
qué zozobra es la vida
cuando no se entiende nada!

miércoles 28 de enero de 2009

Cuando no se sabe qué decir hablamos del tiempo


A ustedes les habrá ocurrido en innumerables ocasiones. En el ascensor, en un taxi, en la sala de espera de la esteticista o del leguleyo, hablando por teléfono con la cuñada, mientras comen fideua o chuletas, en el metro y en la fila de una de esas aviesas ventanillas municipales que esperan nuestros documentos para vaya usted a saber qué fechorías. O incluso con nuestra propia mujer, empeñada en que le contemos cosas justo en el partido y le salimos con un poco de lluvia o esas negras nubes para salir del aprieto. Podemos ser vendedores de inmuebles, catedráticos, peluqueras, canónigos, poetas o ebanistas. O cualquiera de esas estupendas señoritas de los desfiles de alta costura. Da igual. La temperatura o el devenir de las precipitaciones son la cuestión. En la radio han dicho que estamos en alerta naranja. No me diga. Pues sí, y lo malo es que una borrasca se avecina. Uno no sabe ni qué ponerse. ¡Qué buena es la lluvia! Sin pasarse. Sí, pero fíjese en el verde tan verde de ese césped. Se respira como nunca. A mi me cansa el agua, todo el día con la matraca del paraguas... Lo peor son los zapatos. Fíjese, fíjese, recién comprados en rebajas. Pues no se queje, que si fuera nieve. ¡Qué frío leche! Hasta luego. Y prosigue la jornada. Pides un cortado y unos churros. Todos en el bar están pendientes de los postreros vaticinios. Las noticias nos acucian y repiten la lección hasta la náusea con avezados enviados especiales diseminados en carreteras y pueblos remotos. Tengan cuidado, se anuncian vientos muy fuertes en el noreste y heladas en el centro. Eso no es nada, dice uno, estos no conocen el granizo que cae todos los días en mi casa. Pagas el café entre carcajadas. Allá donde vayas se repite lo mismo. Hablas con Madrid. ¿Qué tal todo? Chico, el tiempo es un asco. Me resisto, me resisto. Me acabo de leer un libro sensacional que… Pues yo me acabo de comprar unas cadenas para el coche, aunque tendrán que darme un cursillo. Es de un tal Lloyd Jones, El señor Pip. ¿De qué cojones me hablas? De un libro fantástico que… Estoy completamente destemplado, harto de estas temperaturas. Me rindo. ¿Cómo? Nada, que te llamaré el domingo. Y cuelgo con rabia. ¡Qué dolor de cabeza! ¿Te duele la cabeza? Anda, ¿y cómo lo sabes? Porque te estoy leyendo. Ah. Pero eso es cosa del viento, no te apures. ¿O será la presión? Para salir del paso no hay como hablar del tiempo y comentar los movimientos malabares de las isobaras. O de las isotermas. O yo que sé. Casi nadie mira por la ventana con un propósito poético o contemplativo. Se te ve el plumero. El tiempo, el tiempo. El tiempo y el hombre del tiempo que proclama muy científicamente que tranquilos, que el fin de semana subirán las temperaturas de forma generalizada. Lo mismo dijo el pasado. ¿Y de dónde salió esa niebla? Bueno… Y en las conversaciones pues nos entretenemos con la atmósfera, con lo de fuera. Es menos comprometido que lo de dentro desde luego. Queda bien y pasas el rato. Y todos tan simpáticos.

martes 27 de enero de 2009

José Miguel Ibáñez Langlois, poeta de la inmensidad


todos buscan a Dios con hambre y sed
("Futurologías", J.M. Ibáñez Langlois)


Siempre estoy leyendo varios libros a la vez. ¿Defecto? ¿Virtud? Me es imposible hacerlo de otra manera. Constantemente llegan a mis manos libros interesantísimos sobre los que se extiende una curiosidad indómita. A esto hay que añadirle diversos textos inéditos, un par de revistas y las relecturas de rigor (sobre la mesa Borges, Salinas, Cernuda, Teresa de Jesús y un perspicaz librito del siglo XVIII sobre la lectura). Leo porque me relaja y aprendo a sentir más adentro. Leo porque estoy enamorado de los libros. Leo porque es mi manera de rezar y de agradecer a Dios este destello de tiempo que es mi vida. Leo porque vivo más intenso. Leo porque necesito despejar incógnitas y que mi corazón tome un poco el aire. Leo porque ando detrás de algo que no sé decir muy bien. Leo para no hablar demasiado y ejercitarme en el nobilísimo arte del silencio. Leo porque es mi forma de ver…

Pero entre esos cuatro o cinco libros que leo a la vez hay uno que ocupa el primer lugar, el que casi siempre escojo y llevo de aquí para allá. Ése que subrayo más, que anoto en los márgenes y que se convierte en una especie de breviario o libro de horas en el que invoco -es curioso- la presencia de Dios. Hacia ella me lleva una novela de ciencia-ficción o de John O’Hara (Cita en Samarra), un tratado sobre la teología de San Pablo, un ensayo de Auden o Las razones del poeta, de José María Micó. El caso es que en ese libro es en el que más estoy, y en él se van amontonando reseñas, fotocopias de poemas, las notas de mis hijos, la lista de la compra o los billetes del autobús donde reclino mi cabeza en la luz del cristal donde está escrito "Salida de emergencia" (y no por casualidad).

El libro que ahora más me ocupa y con el que más disfruto es una antología de poemas. Todos en mi casa ya lo han hojeado en algún momento. Se lo encuentran en todas las habitaciones: sobre los sofás, en la cocina, en la entrada… Ando con cuidado, porque al mínimo despiste se me caen esos papeles que están dentro, o esa postal con matasellos de 11 de octubre de 1925 -made in Germany- que reproduce a una mujer sentada de cara a la ventana. No se le ve el rostro y lee muy concentrada. La estancia es austera: un arcón, un par de sillas más, dos cuadros y un espejito al fondo entre los dos ventanales. En primer plano sus zapatos o zuecos y una bolsa en el suelo. Ha debido de entrar corriendo, con prisa por leer ese libro que tiene en las manos. ¿Un libro piadoso, una novela o unos poemas? El cuadro es de Pieter de Hooch. Un espacio de luz y tiempo que contemplo a mi antojo y en el que me sumerjo.

Como me sumerjo en los versos desatados de Oficio (Antología poética), de José Miguel Ibáñez Langlois (Santiago de Chile, 1936). Un libro de libros. Un libro de poemas alimenticios. Un libro que se expande hacia el infinito de las cosas concretas y de esas otras abstractas que se materializan en la resurrección de Cristo. Versos y poemas escritos por un sacerdote chileno que se enamora hasta de las piedras. Un profesor erudito de teología y filosofía, de lágrimas y rosarios. Un poeta de alma endecasilábica y encendida. Señores míos, ¡qué poeta! Un cura de la estirpe de Pound y del rey David, de Juan Pablo II y del mejor Neruda o Nicanor Parra. Un poeta que nunca bosteza en sus poemas, que no cansa, que acelera el pulso del lector hasta decir basta. La poesía de Ibáñez Langlois se nutre a la vez de literatura y sagrarios. Cada sílaba es un acto de amor, de música y de sabiduría. Porque señores míos tenemos que enterarnos todos de una vez: la Poesía es el octavo sacramento. Porque la poesía estaba -y está- en la mirada de Jesús de Nazareth. Y esa mirada es la que imanta la escritura torrencial del chileno universal que se llama José Miguel Ibáñez Langlois.

Guardo como un tesoro sus primeros libritos de la colección Adonais en donde iba tanteando por fuera las paredes y los muros de la gracia, del dolor, del gozo, de la muerte, de la esperanza. Hasta que entró dentro de todo, y las palabras se tornaron fuego y se quedaron estrechas y los versos daban varias vueltas a la manzana. Y surgieron libros como ríos -Eterno es el día o Poemas dogmáticos- y mares que se hicieron océanos de versículos y vida. Libro de la pasión es la obra cumbre (en esta edición de Cuadernos de Poesía Númenor está el libro completo) y una de las más altas cotas de la poesía americana en español. Junto con Futurologías y El rey David, su último libro hasta la fecha. El que el poeta sea cura no es en balde. Saca de sus misas la mismísima entraña de Dios e intenta desbaratar entuertos blasfemos y mentiras sin belleza. Es un revolucionario -insisto- con gracia ("como un niño despavorido ciego de amor"). Sabe conjugar a la perfección el ritmo y la fascinación del mundo. ¡Qué poeta! ¡Qué emoción tienen sus silencios y esas palabras que aunque parezcan quietas se mueven y nos empujan e iluminan los rincones más sucios del alma y de la inteligencia! Fascinación es lo que siento leyendo y releyendo esta antología que ha reunido y prologado con soberbio tino Enrique García-Máiquez. Fascinación y agradecimiento.

lunes 26 de enero de 2009

La crisis de las crisis



La pobreza envidiosa,
la riqueza de todos envidiada;
mas ésta no reposa
para ser conservada,
ni puede aquélla tener gusto en nada

(Atribuido a fray Luis de León)



Se habla mucho de crisis. Económica of course. La bolsa, los gobiernos, suspensión de pagos, los bancos, el Ibex, las hipotecas, los préstamos, insolvencia, el paro… Todo un vocabulario triste. Un crack de dimensiones colosales. Las economías familiares, las de los mil euros al mes arriba o abajo, sienten que se les dobla el espinazo, que no hay más donde rascar. Dios, que no nos venga ningún otro contratiempo. Las cosas. No hablamos de teóricas mercantilistas o de la pava del ministro de turno en su facundo ditirambo a la prensa. Hablamos de que no hay dinero en casa. Creo que se entiende con facilidad. Hablamos de que hay personas que están perdiendo la felicidad. Hablamos de que no se puede cambiar la lavadora, pagar el piso o darle a tu hijo 30 euros para una excursión del cole. Hablamos de que para hacer un regalo a tu mujer no puedes consentirte ni un solo capricho, nada. Esas son las cosas de las que hablamos. El ánimo de la gente no está para muchos acordes. Lo dicho: se extiende un vocabulario triste y una amargura. El escepticismo en una buena gestión de los políticos es el pan nuestro de todos los días. Hablan para los convencidos de las respectivas sectas subvencionadas o para los medios. El resto del personal se pone a cubierto de tantas palabras en cuanto puede. Cambiamos de canal sin darles tiempo a abrir la boca. Chitón señores, en mi casa mando yo. Pero la dichosa crisis se cuela de rondón por cualquier rendija o conversación. Joder con la crisis dichosa. Si se piensa un poco (siempre se está a tiempo aunque se haya perdido el hábito) nos damos cuenta que el aspecto económico de la cuestión es la manifestación más visible de una decadencia de más calado y desde hace mucho tiempo anunciada. La decadencia de Occidente -hola señor Spengler- es una decadencia sobre todo de perversión moral. Es una decadencia de avaricia y malversación de poder, de explotación e idiotez. Es una decadencia donde las almas se han ido quedando huérfanas de Dios. Cada vez más huérfanas y medrosas. Y ahí está la raíz, el malestar real. Cuando falta Dios la vida es una mierda. Una mierda muy ilustrada o filantrópica, esotérica o socialdemócrata, estructuralista o pop. Pero al cabo en mierda se queda. Y en esas estamos. ¿Cómo hablar de alegría o felicidad un tío (o muy señora mía) que saca pecho del pecado, sin conciencia alguna de su esclavitud? Se queda todo en una engañifla o pegote, en la enésima burbuja o en el corcho del champán. O en una ilusión peregrina, que puede ir desde el fútbol hasta Obama (¡qué devoción pardiez!), pasando por el sexo del revés. El caso es buscarse un dios de bolsillo, algo con lo que no desesperarse del todo. Esa, esa es la verdadera crisis y servidumbre. Y de por medio la cuchipanda intelectual, el cinismo laicista, los tratantes nacionalistas y la cada vez más desventurada educación. Me refiero a la escolar y a la universitaria, pero también la familiar, y a la que abre la puerta a las damas, dice gracias y pide las cosas por favor. La crisis económica es la punta del iceberg. La importante es la otra, la que afecta al alma (ya me entienden) y a la verdad de nosotros mismos. Sólo así podremos recuperar la alegría. Aunque no nos llegue ni para pipas. Digo yo.

domingo 25 de enero de 2009

El coronel sí tiene quién le escriba


Un hombre yace en una cama de hospital. Se mueve poco. Apenas entreabre los ojos. Se estremece con la tos y con los besos de sus hijos y nietos. No tiene ganas de hablar. Está cansado del tiempo y de la mayoría de las palabras. La habitación parece un cuadro de Hopper, iluminada en una quietud aletargada. ¿Qué pensará este hombre que convalece en su cama? Toda su vida se está yendo muy deprisa. De vez en cuando llama, pronuncia un nombre. Quiere el rosario, el pañuelo, la radio o un sorbo de agua. ¿Qué piensa mientras reza o traga? ¿Qué figuras ve en el techo? ¿Qué añora, qué espera? Sus manos andan inquietas, juegan con el mando de la cama o con su pelo cano. En una mesilla un viejo libro del montón y unos crucigramas pendientes de solución. Y un crucifijo. En la otra una soledad blanca, fluorescente. Puede que a su alrededor estén sus hermanos. Puede que en el techo vea su niñez o los ojos de sus padres. Puede… que contemple los paisajes de su madurez (aquella nieve encrespada o los inhóspitos senderos verdes), o puede que esté mirando de nuevo por vez primera a la que es su mujer. Como si todo hubiera sido un magnífico sueño. Un sueño que se hizo realidad por amor, y que es todavía una realidad amante y fructífera. Un sueño que nunca se duerme en los laureles… Diría que es un hombre muy feliz, aunque le duela todo el cuerpo y algún que otro jirón de alma. Vida sin fin. Vida que ama sin mácula. Sin escombros de rencor o muerte. Un hombre exprimido, generoso, con redaños. Y artillero. Coronel de España. Ese hombre es mi suegro.

sábado 24 de enero de 2009

La agenda



En ocasiones abro mi agenda para saber más de ti.
Y de mí.
Y de lo del más allá aquí:
entre nosotros. (O en el limbo
donde suele vivir mi costumbre).
Y aventurarme así en la sorpresa
que me aguarda contigo
por ejemplo en abril (podría ser junio),
o en el regocijo amarillo de las tardes de otoño
o cuando pienso en la resurrección de la carne,
los dos de Dios: eternos.

Me gusta escribir requiebros de amor en la agenda
para mirar al detalle la caligrafía del alma
y subsanar los fallos más tercos.

Abro sus páginas y, de improviso, te leo
de cuerpo entero.
E imagino un día, no sé, en México
lindo, con unos libros
de Xavier Villaurrutia o José Gorostiza.
(Es buena medida
soñar en verso la prosa de la vida).

En mi agenda apunto lo menudo
de mi existencia,
pero también las citas con Cristo
(ten piedad y misericordia de mí)
y poemas de Horacio o Garcilaso.
Todo ello para hacerme una idea más cabal
de ti y de mí, del amor
al mundo.

viernes 23 de enero de 2009

"La década sombría", de Fernando de Villena



(...) después de la penumbra espero luces.
F. de V.


Un hombre y su vida. Un hombre y la vida. Un hombre a la expectativa. No es fácil capear la propia suerte. No es nada fácil ver cómo van pasando por tu cuerpo las caricias, sin vuelta atrás. Y el tacto del mar deja un poso de duda y sombra la luz del horizonte. ¿Dónde estás exactamente? ¿Dónde está el amor de tu vida, dónde las olas de su pasión vespertina? ¿Y la espuma? ¿Y la percusión de la lluvia? El tiempo arrecia su viento de años contra las costillas. Y la inteligencia se muestra más esquiva a la hora de entender la lírica de la historia. Porque hay una lírica detrás de cada cosa, seguro. Tiene que haberla. Para que se sustenten en el ser las palabras y los siglos. Hasta dentro del dolor más espeso o en la soledad más delgada. Esa lírica que canta el temblor de la esencia es la vida de Fernando de Villena. Un gran poeta que ha circunvalado el mundo a base de seguir la pista del alma. Leo su último libro, leo La década sombría (EH editores). Un hombre y su vida. Un hombre y la vida. Un hombre a la expectativa de que no todo sea una despedida. (Por Dios, que quede algo). Nostalgia de parques, paisajes y veranos de infancia. Nostalgia de las palabras antiguas que le salen al paso. Nostalgia de la nostalgia de otros días. Fernando ha puesto su vida en las palabras y Villena piensa que ya nada es lo mismo. “Y yo que día a día, / poco a poco me voy, / verso tras verso escribo / a manera de amable despedida”. El poeta sólo confía en la brisa, en la conversación de los más fieles amigos o en el sueño de escribir el poema definitivo (podría ser, podría ser). Ya no le emociona la belleza de la misma manera, con aquella tensión inaudita de entonces. Siente que le flaquean las fuerzas (“ya escribí suficiente”) y quiere poner en orden sus asuntos, es decir, la esperanza de poder volver a discernir el sentido de su vida. Que no es otro que el decirnos a los demás la verdad del mundo: su maravilla. En fin, Fernando de Villena. Poeta de Granada.

jueves 22 de enero de 2009

La mixtificación de la política española



Siento ser tan negativo y receloso. Es un mosqueo de mi propiedad, mío. Es muy difícil ser optimista con esa manera de mixtificar las cosas. Tan monocorde y tediosa. Tan proclive a la birria y al bulo. Sin ingenio que alivie el tostón, sin una pizca de ilusión. Vivimos instalados en el arrobo de los asesores de imagen. Todo tiene su truco. Cada frase del discurso requiere su tiempo de peluquería y persuasiva manicura retórica. Y aún así… Escucho a Rajoy. ¿Qué oculta esa barba cana? Oposición que se queda en nada. Demodé. Siempre es lo mismo. No hace nada bien el señor presidente del gobierno. Acusica Barrabás. Es como comer migas sin vino tinto. Se te quedan sus palabras en el oído, atascadas. Llega un mensaje desolado, pero sobre todo un soponcio. Imagen sin imaginación. Mal, muy mal, peor imposible. Que dimitan, que dimitan, que dimitan. ¿Seré sólo yo o me parece que lo dicen sin muchas ganas, acostumbrados al empleo? Y llega Zapatero, el mister, y sonríe, y dice: soy la perfección, escuchad mis palabras que cantan como jilgueros. Y cuando fallo, perdón ciudadanos, perdón. Soy como vosotros, un demócrata más, un entusiasta de la alegría y del optimismo. Y me gustan los colores vivos, como el rojo. Soy un rojo vivo. No hagáis caso, la cosa está que arde, pero no seré yo quien os deprima. Lo hemos hecho mal algunas veces pero aprendemos. Y cada uno pasa por lo que es. El uno soso y el otro petulante. Pero la gente quiere que le mientan con palabras bonitas. Lo muermo no es moderno. Lo moderno es eso: la ocurrencia de las cejas o el ministerio de igualdad. Lo moderno no es la verdad. Ni la política como tal (lo de ahora es otra cosa, no política) Para cuatro días que vivimos... Son tiempos en que vende mejor un chiste que una alocución pluscuamperfecta. Lo mejor una anécdota trivial. Lenguaje cascabelero. El personal no tiene ganas de reprimendas y se deja llevar por cualquier musiquilla, ágape, folklore o molicie que le haga olvidar un poco la frustración de una realidad demasiado mezquina. Los votantes no estamos para muchos trotes. Preferimos tomar las de Villadiego. ¿Actitud cobarde? Puede. Pero cualquier cosa antes que vérselas de nuevo con ustedes: el coqueteo trivial de la izquierda o la panoli emanación de la derecha. Sic transit gloria mundi.

miércoles 21 de enero de 2009

El diccionario de la vida


Palabras desperdigadas por los periódicos, terrazas, tertulias, estanterías, prolegómenos, búcaros, playas, canciones, silencios, nieblas, iglesias, burocracias, mentiras, labios, evangelios, familias, caricias, oraciones, recuerdos, madrugadas. Palabras cotillas, eruditas, morosas, naturistas, necias, autodidactas, extraviadas, internautas, tímidas, místicas, envidiosas, ingenuas, políglotas, inspiradas, rutinarias, hartas. Palabras que se saben de pe a pa el corazón humano o aquellas otras que se dislocan la sintaxis en pleno desamparo (o en un congreso sobre la omnisciencia progresista). Palabras que sólo hablan de noche o en sueños o en el baño o en el sexo o en la intimidad de un coche. Palabras más falsas que Judas. Palabras que se quedan mudas en un acceso de melancolía, aunque depende, porque las hay que brillan por su incontinencia (hago examen de conciencia). Palabras que son la comidilla de la fonética política y se exhiben en las rebajas de la demagogia. Palabras clave para descifrar el misterio de la hermenéutica de ultratumba. Palabras imprevistas, desorientadas en la inmensidad del océano o de la crisis económica. Palabras que tienen el aroma y el alma de las flores, por ejemplo begonia, camelia, ana, clavelina. Y la flor de todas las palabras, la palabra de todas las flores: María. Palabras en la punta de la lengua. Palabras que no saben lo que dicen (perdónalas Dios mío, son calculadoras). Palabras de la experiencia del dolor, de la agonía y de la muerte, ay ésas que se desangran en las guerras o en los asesinatos terroristas. Consideremos la resurrección del Verbo: soy Yo. Sólo Él tiene palabras de vida eterna. Palabras que me acompañan por la calle o en el taxi o en misa o en la agenda o en el cine. Palabras esdrújulas bellísimas como relámpago, pómulo, líquido, fábula, metáfora, música, espíritu, romántico, incólume, católico. Palabras como pestañas femeninas, que parpadean su encanto y la posibilidad de ver más de cerca la belleza. Palabras, todas ellas, entre las que está el poema que buscas.

martes 20 de enero de 2009

"Stand by me"



Estoy orgulloso de ser
un sencillo espectador del universo.
Vivo admirado
del agua corriente que mana del grifo,
de la llama
que arde sobre el altar de Jesucristo,
de esa anciana
encorvada que reza en un rincón del invierno
o de la canción "Stand by me"en la versión que Dios cantaba
mientras creaba el movimiento exacto de las olas.

Estoy orgulloso de ser
un tipo normal, tirando a poca cosa.
Pero consciente de la belleza que asoma
en el intríngulis del alma y de la rosa.
Y de esa falda suya plisada por la gracia
de la plancha.

Estoy orgulloso de no ser nada
(lo que me permite escrutar los misterios
del hombre más a mis anchas),
aunque esa nada sea en amor transformada, en la ternura
de la mirada de quien yo me sé... Quisiera
dar las gracias por todo
como Dios manda.
Y basta.

lunes 19 de enero de 2009

Sin tiempo para Dios


Novedades. Una detrás de otra. Una sobre otra. Pilas de libros. Apenas quedan huecos, espacios. Me preguntan por el tiempo y Dios. “¿Cómo puede haber tiempo para Dios en tu vida?”. Esa es la novedad mayor. Sorprende, pero hay tiempo. No es que quede tiempo, como si fueran los últimos restos: hay tiempo. Es como si me preguntaran si tengo tiempo para el amor o para respirar o para leer. Otra opción es decirle directamente a la cara: “mira Dios, lo siento, pero no cabes en mi horario”. Y esperar. Porque Dios habla y está en todo lo que nos preocupa. Sin dejarse nada. Escuchar a Dios: esa es la más radical de las novedades. Y, en definitiva, de eso se trata en literatura. Si es que vamos a la entraña de todo esto. Yo lo hago de cuando en cuando a lo largo del día. Otra cosa es que me dedique a hacer el imbécil con mi vida y no quiera subir unas escaleras para verle, o prefiera imaginar sainetes. Escucho el rumor de sus pasos y sé que es verdad su presencia. Veo como extiende sus manos sobre mi escritorio… ¡Qué luz tan repentina! Uno lo sabe: es Él. Y su voz inspira un idioma de paz inconfundible. “Un momento, deja de acumular palabras para ti, mírame”. Y dejas de escribir un rato. O de sacar brillo a las ventanas. Otras veces no, y sigues, y dejas a Dios para luego, o para nunca. ¡Es tan importante lo que haces! Luego, luego. Es que se me irá la trabazón de la idea, bajo un segundo a la farmacia y a comprar dos cocacolas y una lechuga, voy, voy, en cuanto planche esta camisa o chatee un rato con la inopia. Nunca es buen momento. Apenas queda hueco para nada. ¡Son tantos los libros y tanta la prisa! Mejor una novela. Es más atractivo. Apetece. Aunque a los diez minutos estés mirando con parsimonia las paredes, elucubrando engaños y otros enseres. Y al final se pasen las horas en el estraperlo de la desgana. ¿Tiempo? Dios tendrá que esperar de nuevo. ¿Cómo voy a decir que no a una cerveza? Prometido, prometido, esta noche rezo. Y llega la noche, y con la noche el sueño. O quizá ni eso: y te dedicas a escribir artículos como este.

domingo 18 de enero de 2009

Brevísima antología del asombro



¿Qué será esto que me tiene embebido de cualquier cosa? Lo que sea basta para engatusarme. Y me quedo inmóvil, del todo quieto. Aprecio primero el color ceñido en la forma o difuminado en un espacio esplendente (o en crepúsculo de enero). Y luego miro su historia. De esta pluma sin ir más lejos. O mejor: de la escritura que deja como rastro. Escribo una palabra: nieve. Y veo un paisaje manuscrito. Mi tío frenó el coche. Allí estaba. Y corrí veloz hacia ella, como el niño que era. Lo primero en lo que me fijé fue en mis huellas. Sí, sí, fue así. Y desde entonces no las pierdo de vista. Las huellas de mi infancia, con aquella nieve recién estrenada e imprevista. Incluso puedo volver a sentir el estremecimiento del frío, y el de la belleza que nos rodeaba. Fue sólo un instante de vida, de felicidad absoluta (¿qué felicidad no lo es?). Pero recuerdo que tuve conciencia clara de que no lo olvidaría nunca. Un niño es capaz de eso y de mucho más. Un niño es un prodigio de alma. Estos mínimos trazos de escritura me lo dicen. Apenas cinco letras enhebradas por un sin fin de sueños: nieve. Caligrafía tan blanca. Superficie de luz donde te esperan tus propios pasos. Cuerpo que pesa más con los años, pero que pisa de nuevo el universo del milagro, tan leve. Nieve. El tiempo se ensancha para que dentro quepa todo su significado. Aquella pureza es la que añoro ahora: cuando la nieve todavía no era ni siquiera palabra. Su lenguaje era un embeleso poblado de asombros… Sí, en cualquier cosa me abismo. En esta vieja revista de páginas arrugadas o en el espejo que tengo enfrente o en la fotografía de la portada de este libro de Françoise Sagan (Desde el recuerdo). Enigmas por los que me adentro como si el tiempo no fuera conmigo. Cada vez más admirado y más vivo. Porque no quiero olvidar nada para cuando sea viejo.

sábado 17 de enero de 2009

Lector de Poesía



Para M.M.



El poeta que yo en realidad soy está muy lejos de mí.
Soy los otros, los que he leído
en el transcurso de las estaciones del olvido.
Por eso soy yo así. Estoy
en los demás poetas en los que reconozco
las imágenes de mi existencia y el interior de mi existir.
Mi vida son los versos
de los otros
en donde yo indago el pensamiento de los signos
y la melodía de la belleza que suena en los chopos
o en el sereno cauce de la luz.
Escucho en voz alta el alma de sus poemas,
escucho en ellos mi propia voz
que clama
por lo que soy, por lo que somos.

Soy Siles y soy Salinas, soy Colinas
y soy Miguel d’Ors.
Soy el dolor de Celan y la luna
de Giácomo Leopardi.
Soy Rosales y soy Eliot, soy Pablo
García Baena y Ricardo Molina.
Soy Jane Kenyon y soy Borges
en el laberinto de esa biblioteca infinita
donde siempre está Dios.
Soy Hölderlin y Cernuda, y soy
Juan de la Cruz cuando en silencio contemplaba
la claridad del cielo.

Soy
el que soy: apenas un poco
de tiempo
en el centro de la más pura armonía.
Soy un anhelo
cada día más imperfecto. Soy
yo: Guillermo Urbizu, lector
de Poesía.

viernes 16 de enero de 2009

"The Holiday", un film derecho al corazón



Ubicación: la noche del pasado domingo. Solos. Al fin. En la mesa de la cocina los restos helicoidales de la piel de unas naranjas, unos vasos de agua y las innumerables migas de pan que limpio pormenorizadamente. Solos. Leemos el periódico comentando las noticias. “No me hables de política ni de fútbol por favor”. Entonces ¿qué nos queda? Leo el artículo de Alfonso Ussía sobre los extraños sonidos de una ministra, y nos reímos un rato… hasta que nos da la pena. Por España. Escribe bien el puñetero. Y contra toda costumbre tengo yo el mando de la televisión. Culebreo por los canales. Lo de siempre. Nada. Hasta que doy en la 1. Un fogonazo multicolor. Es el inicio de una película. Pero ya no falta mucho para las once, es tarde. Y hay que leer un rato y... Cuando vuelvo a mirar veo que me miran los ojos azules de Cameron Díaz. Esto ya es otra cosa. Y ya no dejo de mirarla hasta el final de la película (aunque ahora cuando escribo la sigo teniendo ante mí, o dentro). The Holiday (2006). Una historia de amores y desamores completamente desconocida para mí. Una comedia que me deja fascinado. De esas con un guión afinado, actores solventes (hasta un cameo de Dustin Hoffman) y final feliz. ¿Qué más quieres alma mía en estos tiempos de penuria? Lloré a gusto, como hacía días. ¡Menudo desahogo! Kate Winslet en el papel de Iris Simpkins está espléndida, radiante de emociones y de bondad. Esa casita suya de Surrey es como la felicidad en miniatura. Aunque la de su hermano Graham (que interpreta el actor Jude Law) es mi verdadero hogar. Sales de la película enamorado hasta las cachas de la vida. Y deseando dar en tus sueños con un poco de ese destello áureo de Amanda Woods (Cameron Díaz) o con la silueta del corazón de Iris en tus brazos. La base de esta comedia -como la vida misma- está en el dolor. El sufrimiento hace que comprendamos con más acierto a los demás, y que nos rebelemos contra lo absurdo del engaño. El mejor piropo se lo dice Miles (interpretado por Jack Black) a Iris: “Si fueras melodía sonarías así…”. Y comienza a tocar una pieza especialmente compuesta para ella. A eso se llama enamorar y enamorarse. Amanda trabaja en Los Ángeles en el montaje cinematográfico de thrillers de acción. Todo un guiño para el espectador. La vida no consiste en el montaje del mecanismo de unos cuantos efectos especiales. La vida consiste fundamentalmente en resolver los anhelos del corazón. Amar y ser amado. Con fidelidad y detalles. Y con decisión. Desprendiéndonos del peso de nosotros mismos. Aprendiendo de nuevo a llorar si hace falta. O a reír. Y no digo más. No sé la opinión de los cinéfilos, ni me interesa. Mañana mismo me compro está película dirigida por Nancy Meyers. Sin falta. La misma directora de “¿En qué piensan las mujeres? (2000)” o “Cuando menos te lo esperas (2003)”. The Holiday es una obra que sorprende por su naturalidad y credibilidad, y es todo un homenaje a los mejores guiones de comedia que nos ha dado Hollywood. Aquellas películas...

jueves 15 de enero de 2009

Un cuento sin mucha historia


Noche de truenos y centellas. El rey y la reina siempre habían querido tener hijos, pero nada, no había manera. Consultaron a un hada, que es lo que procede en estos casos. Tras los oportunos conjuros y demás aspavientos al uso les dijo que por supuesto que nacería un príncipe. Faltaría más. Era un hada competente. Y por si tenían sus majestades alguna duda el vástago real tendría los cabellos de oro, algo genial entre personas de alcurnia, por el plus de elegancia que da a la corona. ¡Menudo empaque!

Pasado el tiempo los monarcas del cuento al fin tuvieron su hijo, que fue educado conforme marcan los cánones de los más rancios linajes. La verdad es que salió espabilado el niño, eso es cierto. Además de dorado. Aprendió un poco de todo mientras iba creciendo. Su figura era espléndida y gallarda. ¡Qué estampa tenía el joven, qué porte! Un día -el asunto venía a cuento- el rey tuvo que decirle a su hijo lo siguiente: “Para ser príncipe completo tienes que ir a una torre y rescatar a una princesa que está prisionera de un ogro que anda encaprichado de la chica. En fin, que si sales con vida, ya sabes, tendrás que casarte con ella”.

El príncipe planificó las cosas y partió en un corcel blanco. Sabía que debía enfrentarse a las fuerzas del mal, lo había leído en innumerables libros. Se desconoce el número de jornadas que cabalgó sin descanso. Como era un poco poeta no perdía ripio del paisaje y componía de memoria baladas y sonetos. E imaginaba el rostro de la princesa, y lo que no era el rostro, pues era hombre bien dispuesto. Hasta que hizo que su buen caballo frenará en seco. Y durmió durante tres días y tres noches, en medio de osadas fantasías.

Al despertar vio una torre en lontananza. ¡La torre! Pero también se dio cuenta que alguien andaba tras sus pasos. Era espesa la polvareda que se acercaba… Antes de partir del castillo, el hada del cuento le dijo que tuviera cuidado (la trama nunca es sencilla y el hada se había enamorado del príncipe). Insistió en que su padre era muy peligroso y que por nada del mundo estaba dispuesto a dejar de ser rey, como todos. Y por si estuviera en peligro le hizo entrega de una pastilla de jabón y de una botella de agua. “En verdad tu padre es un demonio”, fue su último comentario.

El príncipe montó en su brioso corcel y galopó y galopó hacia la torre de la bella. Le estaban pisando los talones. Estaban cada vez más cerca. Se le ocurrió tirar al suelo el jabón para ver qué sucedía. Y de pronto el jabón se transformó en un bosque muy frondoso. Pero no fue un obstáculo duradero. Las fuerzas del mal consiguieron atravesarlo con relativa facilidad. (El autor debe dejar constancia: el mal es siempre muy obstinado). ¿Qué hacer? Y sin pensarlo dos veces tiró al suelo la botella de agua, que de inmediato se convirtió en una laguna. Pero tampoco impidió nada.

El príncipe, que galopaba y galopaba sin descanso, cruzó un pequeño riachuelo. Descabalgó de su montura con envidiable agilidad y se escondió entre unos arbustos, con el corazón en un puño. Silencio. Allí estaban. Un grupo de soldados desconocidos para él. Sus caballos eran magníficos. Los comandaba una figura menuda, oculta en una amplia capa. “Está aquí, registradlo todo”. En ese momento el príncipe ya sea por los nervios o porque tenía ganas de acabar la historia, salió de la espesura y le clavó su espada. Un gemido oscuro hizo temblar a todo bicho viviente. ¡Era el hada! Cayó del caballo en sus brazos, en un dulce movimiento. Sólo tuvo tiempo de susurrar: “Se acabó lo que se daba”. Así expiró el hada enamorada y celosa. Y los soldados desaparecieron como por ensalmo, y un poco después el cuerpo perfecto del hada.

El príncipe era un joven sensible y sintió de veras el deceso. Pero era ya tarde. Ese mismo día alcanzó la torre. ¿Y el ogro? Allí no había nadie. ¿Y la princesa? Nada de nada. Después de tanto imaginarla era un tremendo chasco. Seguro que su padre el rey le había querido poner a prueba. (O el escritor del texto). De repente se quedaba sin hada, sin princesa, sin boda y sin cuento.

miércoles 14 de enero de 2009

Enmienda




Este esfuerzo constante por mantenerme erguido
sobre las nubes. El equilibrio
de mi voluntad que tropieza
mil veces en la misma umbría,
y se desliza por la pendiente de la tibia
sintaxis de la melancolía. Ese deseo
innato de sumergirme en la penumbra
fugaz de unas pocas palabras disfrazadas
de tinta e imágenes imprecisas.
Ningún idioma resiste al temor de Dios,
ninguno puede expresar del todo la pena
del amor cuando naufraga y nada
desesperadamente hacia la orilla.
A su alrededor sólo flota el estallido
de la luz, el temblor
pródigo del alma.

martes 13 de enero de 2009

Carta a mi hermano



Querido Gonzalo:


Querido, sí, muy querido. Eres mi único hermano. Eres ese niño con el que sigo todavía jugando. En mi corazón no pasan las semanas, los meses y los años. Seguimos juntos, corriendo por el pasillo o luchando sobre aquella mullida alfombra de lana. Tú de pie y yo de rodillas. ¿Te acuerdas? Rodábamos por el suelo del salón, abrazados… “¿Te rindes?”. “¡Jamás!”. Y venga a dar vueltas sobre nosotros mismos, y a hacerte cosquillas hasta que pedías por favor clemencia. O hasta que yo me rendía y me hacías prisionero.

Todo esto, que parece tan lejano, para mí es un relámpago que se me aparece muchas veces, que se hace presente en cualquier instante e ilumina con una sonrisa mi horario. A gatas los dos por el tiempo y escudriñando por los armarios. Y escondiéndonos debajo de las camas o detrás de las puertas… Hasta que nos descubre mamá y nos riñe con un montón de caricias. Aún te veo en sus brazos, tan alto (fue entonces cuando más creciste). No sé si te lo he dicho nunca, pero a veces contaba los besos que mamá te daba mientras comías. Y por más que me empeño no encuentro en el resto de mi vida una felicidad igual. Os miraba, y ya está. Y lo bueno es que esa mirada no se acaba con los años, no se va.

Y todo esto que te escribo hoy, cuando dicen que cumples los 40, se muestra más diáfano. Los dos somos los mismos, y jugamos. Los dos nos abrazamos y queremos y escondemos de cuando en cuando, aunque ahora los hagamos en un bar o paseando muy despacio por la vida. ¿Recuerdas la primera vez que viste el mar? Pues yo creo que lo volvemos a ver cada día, y que su arquitectura de luz es la que tú dibujas en los planos o la que yo esbozo con palabras de arena. De ahí la alegría. Ella es la verdadera madurez. La que nos hace ser como somos en la perspectiva sobrenatural del tiempo.

Felicidades Gonzalo. Perdona si no sé decírtelo de otra manera. Siempre me voy por las ramas y me repito y devano la madeja del amor como puedo. Las emociones no son fáciles de expresar. Felicidades. Un abrazo muy especial de tu hermano.

lunes 12 de enero de 2009

Confianza


"Que las cosas me hablen a tu manera oculta"
SEBASTIÁN URBANO


Escribo en presencia de Dios,
cuando todas las palabras
siempre suenan en silencio

y rezan la intimidad
del alma. Son el poema
donde el mismo Dios se encarna.

Es su amor el que me inspira.
¡Escuchadle! Sus palabras
siempre sueñan nuestras vidas.

Amo a Dios en lo que escribo
y lo escribo porque le amo.
¿Importa algo lo que digan?

domingo 11 de enero de 2009

¿Para qué compramos más si tenemos de todo?


Eso me repito constantemente. Y lo hablo con mi mujer y otras féminas que se afanan en recorrer palmo a palmo las tiendas, rastreando precios y texturas con una vehemencia digna de mejores causas. No queda percha ni estantería sin ser minuciosamente reconocida. Cada rincón merece una estrategia. Comprendo, comprendo. Entiendo que es antidepresivo y que quita momentáneamente las penas. Pero cuidadito, que los machos entre los machos tampoco están libres de pecado. Miradlos como se miman en los espejos. En algo hay que gastar el dinero. Excusas todas. La vida es breve y además nadie nos comprende. Regalos y caprichos que nos damos. ¡Sufrimos tanto! Es un desahogo… El caso es comprar, comprar, comprar. Que ya está bien de tanta privación y desamparo e incomprensión de los demás. Hay que comprar. Hasta la extenuación física y hasta el último céntimo de euro. Y ahora las rebajas. Las visas adquieren vida propia, son como el genio de las mil y una noches. Nunca ha habido otras rebajas tan formidables (algo que escucho todos los años por estas fechas). Merece la pena, ¿no ves? Fíjate bien, menudo abrigo. Costaba dos mil ¡y está a mil! Pero si ya tengo dos abrigos. Chitón. ¿Y estas camisas? A cinco euros la camisa. Y si compras tres te regalan una más. No se puede dejar pasar semejante oportunidad. Y mira, nada menos que de Saint Laurent. Y aunque unas semanas más tarde esas mismas camisas no te lleguen al cuerpo es igual, nos las llevamos. ¿Necesitas algo más? ¿Yo? Nada. Bueno sí, un descanso. Espera, espera, acabo de recordar que… ¡No te muevas! Menudo empacho. ¿Para qué compramos tanto? Los armarios están saturados de todo lo imaginable. Ya no caben más fruslerías. Cosas que no usaremos en la vida. ¿Quién se resiste a ese precio? ¿Quién se resiste a darse el gusto, gustazo o gustirrinín? Acumulamos desdichas en las sobrecargadas perchas. Ya no sabemos ni lo que tenemos. ¿Para qué? Es una adicción peligrosa el gastar por gastar. Y en esa vorágine perdemos el sentido de la proporción, de la sobriedad, y del señorío. Ponemos el corazón en un revoltijo de prendas o de abstrusos objetos. Ridículo embrujo que nos deja el alma seca. ¿Necesitamos todo eso? ¿De verdad lo necesitamos? ¿No será que queremos dejar de pensar? ¿No será que queremos olvidar el precio al que fuimos comprados?

sábado 10 de enero de 2009

Probablemente el alcalde Barcelona no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida.


No sabía de la existencia de un tal Jordi Hereu. Pero leo que es alcalde de Barcelona. Si lo dicen será cierto. Probablemente el tal Hereu exista de verdad, pero no las tengo todas conmigo. ¿Ustedes lo habían oído, sabían de él? Hago una prueba. Telefoneo a un amigo escritor que vive en Barcelona y le pregunto si sabe quién es el alcalde de su ciudad. “Ni idea Guillermo, es un asunto que no me interesa, probablemente será algún membrillo”. Hago otra llamada. “¿El alcalde Barcelona? Déjame pensar… Pues chico, no sé… Pero ¿para qué quieres saberlo? Tal vez ni él mismo sea consciente de su puesto, andará ocupado en las prebendas y en escuchar a sus pelotas. Pregúntale a un primo mío que es gacetillero. Apunta el teléfono”. Llamo al primo. Después de un breve intercambio de presentaciones y parabienes va al asunto. “Mira, yo me ocupo en mi periódico de los deportes, ya te imaginas, Messi y el Barça sobre todo. ¿Hereu? Puede ser, pero podría no ser. Espera un momento, que pregunto…”. Y espero un buen rato. “¿Oye? Ya estoy aquí, perdona la tardanza, es que me he tropezado con una tía buenísima que es de internacional y… Lo siento. Bueno, oye, en política local me dicen que sí, que hay un tal Hereu que se supone es el alcalde”. Le doy las gracias y cuelgo. ¿Se supone? Poca confianza da eso. Pero a mí me preocupa su existencia. Puede ser una entelequia política, un fantoche evanescente. Voy a consultar la web del ayuntamiento barcelonés y listo. ¡Coño! Jordi Hereu i Boher. Leo unas notas biográficas que dan razón de él. Aún así no me fío, no me fío. Todos saben que esto de la política es arma que carga el diablo. Y el diablo vive de mentiras. Yo no me acabo de creer que ese tipo exista, o si existe será una pantomima electoral. Bah, dejémonos de preocupaciones absurdas. Exista o no ¿qué más nos da? Gocemos de la vida que Dios nos regala. A espuertas.

NOTA ACLARATORIA: El presunto corregidor de la ciudad española denominada Barcelona, con espíritu cosmopolita y ante la falta de ideas propias, se ha hecho eco de una gilipollez que afectó a Londres, y de la que me hice eco en este blog con fecha 27 de octubre de 2008. Se leía en algunos autobuses urbanos la siguiente leyenda: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida”. Dicho corregidor de la ciudad condal ante su propia inexistencia política ha decidido llamar la atención sobre si mismo metiendo a Dios de por medio. Juzguen ustedes mismos.

viernes 9 de enero de 2009

Un trazo de tiempo


En un bar irlandés. Respiro humo y bebo un trinaranjus. La mesa es un viejo tonel de cerveza. Supongo. Todavía parpadea la decoración navideña entre las botellas de la barra, y la conversación lindante trata sobre el trasvase del río Ebro y otros ajetreos de estas fechas. Espero. La gente pasa por la calle cogida de la mano, o agarrada a enormes bolsas de comercios, o empujando el sueño de los niños en el regazo de aerodinámicos carritos. Otros pasean más despacio la tarde y cavilan con la mirada en los bolsillos. No sé hasta que hora tendré que esperar. Pero hasta entonces he dispuesto mi escritorio en este enorme y viejo tonel de madera. Un periódico deportivo, el móvil, la pedeá y una antología del poeta galés Ronald Stuart Thomas (1913-2000). “Tienes que dejarte los ojos, / como otros las rodillas”. Miro la calle a través de la transparencia del vaso y del iridiscente hielo. Está muy bien este poeta galés. Era pastor anglicano. Paisajes, almas y el confín de Dios en sus versos. ¿Hasta cuándo tendré que esperar? Sobre el tonel-escritorio también dejo una agenda que la editorial San Pablo edita todos los años para el bolsillo de las camisas. Cada día con su santo, como procede. Eso es lo que más me agrada de ella. Bueno, eso y las citas y poemas que andan dispersas en los días futuros. Días que no sabes si amanecerán para ti, pero que están ahí, en el silencio blanco de la agenda. Me dan ganas de escribir unas palabras el 20 de junio, o el 28 de septiembre, y cuando lleguen esas fechas, no sé, ¿celebrarlo en este mismo bar?, o quizá pensar en algo más profundo. El tiempo no hace sino empezar, por ejemplo en este instante de poesía, soledad y humo. “El sentido está en la espera”, leo en Thomas. O quizá sea más certera la esperanza. Pero mientras tanto ¿qué palabras escribo, qué espero, qué digo?

jueves 8 de enero de 2009

Tú chocolate y yo vainilla


“(…) ninguna tan hermosa, ni de tal corazón,
tan viva y vehemente,
ni con tal arte
en el vestir, ni tan alegre
(…)”.
EZRA POUND


Sentados. Cara a cara. Con el alma por las nubes y las manos recorriendo de memoria la ternura. Tú chocolate y yo vainilla. La conversación es lo de menos. Lo importante son tus labios cuando fruncen el silencio. Y tu lengua cuando paladea la mirada con la que te acaricio el más leve pensamiento. No aparto los ojos, no quiero perder detalle de ningún reflejo. Bebo muy despacio lo que veo. A sorbos de vainilla y besos. Hablas de nosotros, pero ando absorto en el color de tu pelo y en las comisuras infinitas del tiempo. Perdona, me distraigo, ¿qué decías? Sí, debes aprender a descansar, desde luego. Descansa en mí, quieta, sin incertidumbres. Oye, ese pañuelo que da vueltas a tu cuello me vuelve loco. Lo toco con la punta de mis dedos y voy contando sus colores. Uno a uno. Cobalto, bermellón, gualdo, malva, verdemar… y los que adivino en su reverso. Colores vivos que resaltan el óvalo de tu rostro, colores que asaltan mi vida en una constelación de chifladuras. Y esos pendientes de perla, diminutos luceros. Cara a cara. Las manos entrelazadas. Tú chocolate y yo vainilla. Bebiéndonos el uno al otro. Me miras... Y yo me entrego del todo. Recojo mi corazón y lo arrimo al tuyo. Sin condiciones. Libando en cada uno de tus gestos encuentro el agasajo del amor y la vislumbre más cierta del cielo.

miércoles 7 de enero de 2009

Lo habitual



Lo habitual es la lucha, el día a día,
el curar las heridas, la batalla de la monotonía,
el cansancio del corazón, el hablar a solas
con Dios, pasando la mopa por el pasillo.
Esas cosas. Enamorarse de su amor
mientras te gritan o se enfadan contigo
por algo que no entiendes todavía.
Enamorarse del Altísimo cuando subes
las escaleras de casa con la compra
porque el ascensor se ha averiado de nuevo,
o cuando el aceite hierve en la sartén y miras
de reojo las travesuras de tus hijos.

Lo habitual son todos esos sucesos anodinos.
(Sacar la basura puede ser el acto de amor más perfecto).
Y descubrir a Dios en el desorden del alma
-digo, de casa-
o mientras tomas el aperitivo
en el brillo de sus ojos.



martes 6 de enero de 2009

Memoria literaria


Son frases o versos que a uno le vienen de repente. Algo inesperado y de lo que no creía guardar atisbo. (Estos días he tomado nota de varios de estos "recuerdos"). Está visto que cuando uno lee la memoria retiene más de lo que nos pensamos. Y ya digo, de pronto salta la liebre y eres consciente de unas palabras en donde reencuentras emociones que creías perdidas. De repente… sabes que “la locura del amor es la más grande de las bendiciones del cielo”. Cavilas unos instantes. Sí, eso lo escribió Platón, estoy seguro, y creo que lo hizo en el Fedro. Y me sorprendo de saberlo. ¿Cuándo leí algo de Platón por última vez? En sus completas que obran en mi poder -edición de Aguilar- hay un apunte mío de 1998. Hojeo el libro durante un buen rato, y me detengo aquí y allá, con la curiosidad de siempre… El día de Navidad, inesperadamente, un verso se instaló en mi cabeza. “Soy a veces la dicha inmerecida”. Confieso que cuando ocurrió estaba exultante de gozo. Veía a mis hijos disfrutar como nunca, y pensaba que en realidad nada de aquello me pertenecía. Y llegó el verso: “Soy a veces la dicha inmerecida”. Pregunté a algunos amigos. Quería saber de quién era. No hubo forma de averiguarlo. Urgué en una decena de libros. Y hoy, sí, hoy, como hago muchas veces, tomo de mi biblioteca un volumen encuadernado en piel granate. Se trata de la Obra Poética de Jorge Luis Borges en la reedición de Alianza Tres de 1990, desde Fervor de Buenos Aires hasta Historia de la noche. A la encuadernación yo añadí otro volumen: La cifra, libro que publicó el poeta en 1981. El caso es que cuando estaba inmerso en el volumen me doy de bruces, ¿adivinan?, pues sí, con el verso en cuestión (el único subrayado), que pertenece al poema 'The thing I am', que comienza: “He olvidado mi nombre. No soy Borges (…)”. No podía salir de mi asombro. Y el caso es que en el mismo poema Borges cita el Fedro de Platón… Y cuando unos días después estaba leyendo a Thomas Merton en una iglesia (una costumbre muy provechosa), anoté al margen del libro unos versos que llegaron cuando estaba considerando mi innata fragilidad. Esta vez sabía que eran de Pedro Salinas. Es el inicio de su libro Largo lamento (lo pueden leer en Crítica, Lumen o en las Obras Completas de Cátedra). “Hay que tener cuidado, / mucho cuidado: el mundo / está muy débil, hoy, / y este día es el punto / más frágil de la vida”. Y yo sé que estas cosas no suceden nunca porque sí, o de casualidad. Es por algo. Palabras que de pronto vuelven a nosotros por un motivo que hemos de descubrir.

lunes 5 de enero de 2009

Señores políticos, os pueden ir dando...


El PSOE aventaja en tres puntos al PP. ¿Y? Me la trae al pairo. Como si le lleva veintisiete. O viceversa. Cada día el binomio política-políticos hace que aprecie mejor el resto de la vida, sobre todo mi familia, los libros y la música de Eric Clapton. Ya no es sólo escepticismo, es un sopor inenarrable. Pero es cierto, no les creo nada. Demasiadas mentiras, demasiadas pamplinas y promesas disecadas. Que el Marca sea el periódico más vendido en España -o visitado en Internet- seguro que tiene que ver con esto. ¿A quién engañan? La política se ha convertido desde hace tiempo en el refugio de los mediocres más insoportables. El paraíso de los burócratas de partido, abúlicos zotes que se reproducen como amebas en una charca. Y no hablo sólo de Pepiño Blanco (aunque es agudo el tío, dentro del gremio de la picaresca claro) o esa chica llena de complejos que se apellida Santamaría y que en su casa debe ser ideal de la muerte. Medran en listas cerradas, los elegimos sin saber ni a quienes elegimos y ahí los tienen, figurando como lechuguinos y niñas bien, o sea. Desde el presidente de la nación a los otros regionales o munícipes. Ministros de la insignificancia, diputados y senadores abonados a la abulia. Todo un pesebre cojonudo. Tutiplén de dietas y moquetas. A mí esta caterva no quiero que me represente. Me da vergüenza. Señores, veamos, requisitos para ser diputado. Y ya no digamos para ser Presidente del Gobierno. Aparte de lo obvio. El inglés mínimo. Si se pide en la selectividad digo yo que los máximos representantes de la patria deberían dominarlo. No es el caso. Licenciado con algún master, tendría que ser lo habitual. Sin embargo cunden los currículos falsos, donde se corta y pega según conviene a su indómita facundia. Y hasta los que antesdeayer eran terroristas -o lo siguen siendo- ocupan su lugar en la nómina del Estado, y se suben a la tribuna como alcornoques. Que me dejen en paz de mítines y estadísticas, yo sólo quiero que gestionen bien mis impuestos y el prestigio de España. Se deben a la gente, al bien común, no a la secta subvencionada de sus partidos o a determinados medios de comunicación. Y por el amor de Dios, sería de agradecer que aguantaran un discurso sin papel al menos durante quince minutos seguidos, que parecen lerdos. Y con corbata los caballeros (creo que esta palabra la desconocen por entero), pues si fallan las formas ¿cómo vamos a esperar nada del fondo? Descreo de todos ellos. No me sirve ya votar el mal menor o simplemente para que no salgan los otros. ¿Suena pesimista? Lo siento. ¿Desencantado? Pues claro. Que te engañen una vez o dos pase, pero no ciento. Os pueden ir dando.

domingo 4 de enero de 2009

Libros de Reyes


Estoy rodeado de regalos para el día de Reyes. Papeles mates o coruscantes. Del color del rubor, añiles o esos dorados decorados de campanillas o estrellas llenas de milagros. Tienen gracia esas etiquetas adhesivas donde está el nombre de los destinatarios, rodeado de verdes hojas de acebo o de ángeles vestidos de nieve. En algunos de esos paquetes habrá libros, espero. O igual sólo los hay para los niños, y yo me quedo a dieta, pues Sus Majestades -que estarán muy bien informados- pueden pensar que ya tengo demasiados. ¡Menudo chasco sería! Después de todo todos me parecen poco. Si es así -si me quedo sin libros en la Epifanía- lo sobrellevaré, prometido… Dicen que soy adulto, pero en este aspecto creo que no he crecido todavía. Ni siquiera sé si quiero crecer. Niño, niño. Y que me regalen más libros. Siempre.

Y hablando del tema. Estos días acabo de dar cuenta de varios que bien merecen la pena. Con El sitio de Leningrado (1941-1944), de Michael Jones (Crítica) me he emocionado de veras, me he instruido en lo más vil y en lo más santo del ser humano. Aún en medio de la guerra más atroz, en medio del horror y de las penalidades más increíbles, queda algún resquicio de bondad y de caridad heroica. No asistimos sólo al relato de una historia militar, el autor ahonda en el dolor y en el valor de los sitiados, en la psicología y hasta en la espiritualidad, tomando como base diarios casi siempre inéditos. Diarios y retratos de la realidad más descarnada. Diarios de personas normales que agonizan de hambre y de frío, de sinrazón y de miedo. El conjunto nos ofrece una narración extraordinaria y escalofriante que no olvidaré mientras viva.

Otros libros. La biografía del Cardenal F.-X. Nguyen Van Thuan, de Andre Nguyen Van Chau (editorial San Pablo) es de esos libros que siempre serán novedad. Y con él el descubrimiento de Vietnam como un país fascinante. Y la vida de un hombre que nace en una familia nutrida de mártires por su fe católica. La vida de un hombre muy culto, versado en arte, filosofía o literatura. Pero sobre todo versado en el amor de Dios, y por lo tanto en el amor a los demás. Siendo obispo lo detienen… durante trece años. Preso celebra todos los días la misa en su mano y se da cuenta del significado radical de su fe. Renueva en su carne el escarnio de la Cruz. Su misterio es el verdadero sentido de la esperanza. Trece años prisionero, nueve de ellos en completa soledad. ¿En completa soledad? Jamás se sintió solo. Yo animo a leer esta biografía, desde luego, pero para comprender del todo al cardenal Van Thuan -su persona, su pensamiento y su espiritualidad- lean sus libros. Por ejemplo Cinco panes y dos peces (Ciudad Nueva).

En 2007 la editorial Trotta publicó Rilke, la belleza y el espanto, de Antonio Pau. Un acontecimiento literario de primer orden. Si de verdad quieren entender al autor de Elegías de Duino hay que leer antes el estudio y la semblanza de Pau. Bueno, pues a finales de 2008 nos ha sorprendido con otro ensayo biográfico de semejante o superior envergadura. Hölderlin, el rayo envuelto en canción. Apasionante. La erudición no espanta al lector, y en sus páginas la poesía se convierte en el suspense del alma -“No es bueno / estar sin alma” (Hiperion)-, en el misterio y plenitud de nuestras vidas. El romántico Hölderlin y su obra han sido acicate de pensadores como Heidegger o Guardini, y de poetas como Goethe, o el mismo Rilke, o Seferis, o Cernuda y tantos otros. En sus leves versos está la certeza infinita de la belleza, la poesía como éxtasis de vida y exaltación contínua. Pero su visión conlleva dolor. Y una soledad reservada a aquellos que intuyen la luz definitiva. “Los poetas son ánforas sagradas / donde se guarda el vino de la vida, / el alma de los héroes”.

Por último no quisiera dejar de recomendarles un libro… ¿Para qué calificarlo? Cuentos esenciales, de Guy de Maupasant (Lumen). Hay que comprarlo, regalarlo, leerlo y tenerlo… para volver a disfrutar muchas más veces de él, o de un cuento en particular. No es un autor muy leído, pero sin embargo es junto a Chéjov, Kipling, Borges y Cortázar de lo mejorcito en este género literario. Mallarmé dijo de él que era un “talento sabroso, claro, robusto, como la alegría”. Su estilo es directo y digamos que pragmático para lo que quiere expresar. No se desvía en estéticas y alambiques inútiles. Va al grano, con una dinámica poética envidiable, y por lo tanto de eficaz concentración narrativa. Este discípulo de Flaubert denuncia el tedio de la vida, narra la superficialidad ambiente de su época de finales del XIX y quiere trascender y encontrar la esencia, la alegría que supere tanto dispendio de sentimientos vacíos (vemos no poco reflejada en sus cuentos nuestros días). La edición merece un aplauso generalizado. Y la traducción de José Ramón Monreal otro tanto. En la editorial Gredos existe otra buena recopilación, así como en Valdemar editores, pero la edición de Lumen está por encima de las demás. De cualquier modo el objetivo es leer a Maupasant, catar este vino añejo de paladar tan suave.


sábado 3 de enero de 2009

A la escucha del silencio


Cada día aprecio más el silencio. Los ruidos hacen que me estremezca y los gritos producen estragos en mi comportamiento. Me refugio en el silencio porque necesito pensar con más calma la belleza (su versión del mundo y del invierno, sin ir más lejos), y contemplar muy despacio la memoria. Y después está el alma, desatendida casi siempre en algún lugar de la inopia y dejándose llevar por las más estrafalarias inercias. Sí, el silencio… Y es que necesito escuchar más de cerca a Dios mientras pongo en su sitio la compra, o leo de nuevo los versos de Novalis (Cánticos espirituales), o miro entre los pétalos de unas margaritas amarillas pintadas al óleo que florecen en casa. El silencio es la conciencia del hombre y la eternidad del tiempo. En él se aquieta el cuerpo y la mirada se posa en el secreto de otras miradas -y en los objetos- como si fuera la primera vez de todo. Sólo en el silencio se encuentra la mansedumbre necesaria para comprender la verdad del corazón que ama. El silencio reflexiona los sueños y abraza el ser de las cosas. Su voz es, de todas, la más sensata. Quien escucha al silencio valora más sus días y no desperdicia nada. Ni siquiera las lágrimas.

viernes 2 de enero de 2009

Sin palabras



¿Os habéis preguntado alguna vez qué sucedería si se nos terminarán las palabras, si ya no supiéramos qué decir de lo que pensamos o nos sucede, o ya no tuviéramos fuerzas para decirlo? Que las palabras desfallecieran de dolor o acabaran rendidas de soledad o impotencia. Todas calladas. Todas en completo silencio. Sin poder expresar los ojos de tu hijo o la música a borbotones o los colores cuando se desvanece la luz de la tarde. Pues a mí, en ocasiones, ya no me quedan palabras suficientes para expresar la poesía o el matrimonio de mi alma con su cuerpo. Lo siento, pero hoy ya no sé qué decir de nada. Ya no sé cómo se pronuncia la lluvia o cómo se escribe correctamente el cauce de los ríos... Ni el silencio me acompaña. Nada, no tengo nada. Vacío de palabras y sonidos. Vacío. Y sin embargo lleno.

jueves 1 de enero de 2009

¿Qué necesita un año para ser verdaderamente nuevo?


Porque no puede ser que afrontemos un año más como si fuera exclusivamente eso: un año más. Como una especie de resignación que está por ver qué nos va a deparar en su inevitable destino. Tras los fuegos artificiales, los matasuegras, las borracheras, el confeti y la inmolación esotérica de unas bragas rojas, ¿qué es lo que queda? ¿Sólo la resaca del tiempo? ¿Sólo eso? ¿En tan poco nos tenemos? No me extraña que la apatía se adueñe de las gentes, ese tedio voluptuoso que abomina del esfuerzo y del amor en condiciones. Y se ponen los ojos en objetivos que nos dejan el alma triste. Lo sabemos por experiencia de otras veces, por lo que no podemos objetar desconocimiento. Durante un rato o unos meses hemos creído que nuestra vida era la leche. Pero no dura el egoísmo o el insípido trance de las cosas. ¿Qué anhelamos? ¿Lo más altos valores? No, no, quita, que suena muy retro. Anhelamos que el trabajo pase cuanto antes y disfrutar a tope de las carcajadas y sus máscaras. Pero no puede ser, no acabo de creerme que el nuevo año sólo consista en su esqueleto de tiempo o en su escéptico deambular por nuestras vidas. Un nuevo año es una nueva oportunidad, un período de tiempo en el que la iniciativa corre de nuestra cuenta. Porque así es la vida: un constante abismo de libertad y de sueños que bien pueden hacerse realidad. O transformarla. Aunque las circunstancias sean en extremo difíciles, como parece se avecinan. Un nuevo año es de verdad nuevo cuando hacemos de cada momento un acto de dignidad. Y de ternura, y de esperanza, y de alegría, y de eternidad. Porque Dios está en el tiempo, os lo aseguro. Y en las aventuras y desventuras de sus días. ¿Qué os creéis que es la literatura o las demás artes o la filosofía o la mismísima felicidad? Unas ganas locas de Dios. Todo parece indicar lo contrario, pero así es.