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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




sábado, 28 de febrero de 2009

Un espejo lleno de palabras (autobiografía e ironía)



Voluntad, cuán escasa. Son tantas las ocasiones en las que te abandonan las fuerzas, en las que crees que no puedes más y desfalleces… de pereza. No me apetece ahora, quizá más tarde, o mañana. ¿Y si lo dejo para el mes que viene? Y ya no le das más vueltas. Deambulas por las horas y las excusas con mentalidad ñoña, sin una decisión clara de sacar adelante tu vida con la debida gimnasia del alma. Te despistas con esa nube de tinta en la palma de tu mano o con ese bombón de trufa alrededor de tu lengua. Te regodeas en la inopia de elementos poéticos muy diversos. Tienes claro que eso es lo más importante. Esa luz, esas aves, esa brisa… Ay, poeta de tres al cuarto, que enseguida vuelas a ras de suelo y olvidas que tenías una cita con el Cielo a las ocho en punto. Enésimo plantón a Dios, que sigue esperando a que pongas por obra un poco de ese encendido amor que le dices por escrito. Y también dejas para luego ese beso que se quedó en el aire, o la paciencia; y dejas para nunca las facturas o las asignaturas de tus hijos. Sufres de embelecos. Sientes pena de ti, pobre, que trabajas tanto en el aire. Pobrecito, pobre. Y ejercitas tu voluntad sólo en lo que te gusta. Entonces sí que no tienes problemas. Todo te parece poco y no te cansas. Sacas tiempo de lo más oscuro de la madrugada. ¡Qué placer entonces! Voluntad endeble, encaprichada e incapaz de cualquier esfuerzo. Eres listo, dicen, ¿pero? ¿Pero qué haces con ser listo si eres de alma tibia? ¿Dónde está tu inteligencia cuando prefieres agachar la cabeza y no estás para nadie? Te escabulles entre palabras muy coquetas y prefieres que los problemas te los solucionen otros. Lo tuyo es la belleza, la paz y esos sueños donde imaginas pamplinas decadentes. Los demás que trajinen con el agobio y las penurias. Silencio, ¿no lo veis?, está contemplando. ¡¡Serás egoísta!!

jueves, 26 de febrero de 2009

Vuelta a casa



Acabo de llegar a casa. Con más pena que gloria volvía de trabajar, sorteando la soledad de las calles que a esas horas sesteaban en el vacío asfalto. Al llegar al Paseo C. di gracias a Dios por mi vida, por lo de siempre, por lo de nunca. Así, de repente. Mi vida era ese trabajo, esa soledad, esas calles… Mi vida era esa fuente sin agua, esos árboles sin hojas, esas flores marchitas... Mi vida eran las veces que volvía a caminar por las mismas calles (cargado de libros) y veía los mismos setos y los mismos árboles erguidos. Mi vida… La ausencia de algunas voces que amaba entonces, pero que amo más ahora, sin sonidos. Y asomarme a los portales, y leer en la luz los titulares del cielo y en algunos escaparates aprender de memoria el verdadero precio de la dicha. Mi vida… ¡Tantos semáforos en rojo! ¡Tanto gozo a pesar del invierno y del tiempo! Y creer que era yo el que miraba por todas las ventanas, y que mi familia me esperaba en el ático de no se qué sueño repleto de hiedra, música y geranios. Un piso enorme con vistas a todo. Pero cada día es otro, y otro eres tú cuando sientes que tu vida regresa de nuevo a casa. Te quedaste mirando los pasos de peatones, como a la espera de que alguien cruzara contigo. Pero estabas solo. O eso creías. ¡Cómo les cuesta a los semáforos ponerse en verde! ¡Cómo le cuesta a mi vida mantener el equilibrio! Apresuré el paso, y un poco más allá me senté exhausto, bajo los tilos… Igual que en tantas otras ocasiones. Con el mismo frío en las manos, con los nervios y el corazón en vilo. Me entretenía con unas hojas de periódico con las que bailaba el viento… Unas niñas pasaron en un alboroto de chillidos y colores. Adelante. Y seguí sentado un buen rato pendiente de nada en concreto, y dándole gracias a Dios por todo. Me incorporé despacio y llegué a casa justo cuando mi mujer se disponía a darme un beso.

martes, 24 de febrero de 2009

El comienzo de un día



Veamos. Una mañana cualquiera.
El dolor de estómago. Las pocas ganas.
Conversaciones forzadas. Un libro que se cierra.
La despedida: “hasta luego, me llamas”.
En el portal santiguas el día. Hace frío.
A mitad de calle un vértigo y esas palomas...
Las manos buscan apoyo y la cabeza una certeza.
Hasta que te duermes son los mejores sueños. “¡Taxi!”.
Puede que mi vida se resuma en esto: “soñó despierto”.
“Buenos días”. “Lléveme a algún sitio
donde haya un magnolio y flores amarillas”.
Paseas por el mapa imaginario de tu alma.
En la agenda el día está en blanco. Nada.
Con la pluma escribes el primer verso
de un salmo. “Piensa el necio: no hay Dios”.
Nada es nunca del todo blanco.
Nadie está nunca del todo vacío.

lunes, 23 de febrero de 2009

Mujer que lee en un autobús urbano (relato sobre un motivo, III)



El lunes amaneció distinto. El martes decidió ir a la facultad. El miércoles estuvo a cien metros del aula donde tenía su primera clase. El jueves un repentino dolor de cabeza dio al traste con el jueves. El viernes creyó que era sábado. Y el sábado se dio por vencida y se abandonó en una novela de Carson McCullers. Todos sus buenos propósitos llegaron a la orilla de un nuevo domingo en una espuma de luz tibia y desidia. Se sintió muy desvalida. No sabía gestionar su felicidad de mujer adulta. ¡Dios mío! El primer intento nulo. ¡Dios, Dios, Dios! “Tengo que salir de aquí, tengo que salir de mí”, se decía mientras se desperezaba en la cama. Las sábanas eran de color de fresa, a juego con su pijama. Enfrente de ella se abría al mundo la ventana del cuarto. Y cuando estaba tumbada, como era el caso, el mundo era sólo cielo. Se levantó a cámara lenta, desayunó un zumo de pera y se refugió en el agua caliente de la ducha. Pensaba en la novela de McCullers, pensaba en sus padres, pensaba en que tenía que adelgazar un poco, pensaba en si alguien la viera… Cerró los ojos con fuerza e imaginó un abrazo. Sabía que Dios la veía en ese instante y que la quería con un amor infinito. Lo creía más con el corazón que con la cabeza. No sabría explicarlo muy bien, pero por encima de la sensualidad y la pereza, por encima de esa apatía que le cercenaba las semanas, por encima de fantasías y novelas, por encima de todo eso sentía la presencia de Dios. La había sentido cuando niña y la había vuelto a sentir cuando bajó del autobús hace unos días. Sabía que su felicidad no era una cuestión exclusivamente suya, ni era un estado de ánimo. Sin embargo pesaba mucho, no sé, pesaba esa melancolía que la llevaba tantas veces a abandonarse en la desgana, sin hacer nada más que mirar al techo o los dibujos que creía ver en el suelo. O sentarse en el centro de la habitación donde estaban todos sus libros. Y dar vueltas y más vueltas al sillón de ruedas, hasta que se confundían los colores y se esfumaba el tiempo. Y aparecía en el columpio de sus diez años, cuando la felicidad no costaba… Y pesaba la ausencia de ese abrazo físico. Tenía ganas de conocer a un chico que supiera algo de ternura y no se obsesionara por el sexo. Leticia, Bea y la rubia Catalina se reían de ella a carcajada limpia. “Tendrás que buscarlo en otra galaxia”, o “pues hija a mí no me interesa tan pulcro”, o “eso no puede ser sano”. Y luego estaba la carrera, la dichosa Geografía. Cuando a ella lo que le gustaba de verdad era la literatura o pasarse la vida trabajando en una biblioteca. Su larga melena color miel ya estaba casi seca y peinada. Se miró en el espejo con coquetería. Estaba mal decirlo, pero se gustaba a si misma. Y tenía ganas de gustar a otros. Esos ojos verdes, esas largas pestañas, esos labios que prometían tantas cosas… Metió en el bolso el monedero, el móvil, los pañuelos, el pintalabios, la mp3, el cepillo, la novela de McCullers (“¿o me llevo esa otra de Carmen Castro?, o las dos, y punto”), sin olvidarse de la agenda y el bolígrafo, los chicles, el sombrero de lluvia por si acaso, la colonia Estivalia… y ya estaba. ¿Tanto costaba encontrar un buen chico? Costaba, era un hecho. “Tengo que llamar a mamá, que no se me pase”. Ni ñoño tontaina ni un descarado metesaca. Algo normalito, ¿o será mucho pedir? La calle estaba espléndida de brisa y brillos. “A las doce iré a misa”. Había quedado con Bea a comer en Vip’s. Bea era la más guapa del grupo y una lectora furibunda. Su debilidad manifiesta Mary Higgins Clark. “¡Dios mío!, que se me pase esta sensiblería y esta apatía de una puñetera vez. Quiero centrarme en los estudios y en mi vida, quiero ser feliz a pesar de mi misma y de la dichosa Geografía, quiero entregarme a un hombre que crea en Ti y que le guste la poesía (eso sería un detalle por tu parte). Quiero…, bueno Tú verás lo que es mejor para mí”. Paseaba elegante, con estilo. El bolso en bandolera, la melena resplandeciente y esas piernas tan largas ceñidas en el pantalón pitillo y rematadas en esos zapatos de charol negro. Subió al autobús arrastrando tras de si unas cuantas miradas. Se sentó y optó por no leer nada. Dejó que sus ojos se fijaran en lo inesperado.

Mujer que lee en un autobús urbano (relato sobre un motivo,I)
Mujer que lee en un autobús urbano (relato sobre un motivo, II)

sábado, 21 de febrero de 2009

Vamos a lo que vamos. (¿Hacia dónde vamos?)

“Me llené de sol y de cariño”
S.R.



A veces se requiere casi de toda una vida para ver por fin el cielo. O conocer un rostro con el que te cruzas por la calle todos los días. O dar un beso con el debido amor. O encontrar un detalle para Dios en tu horario. Vamos tan apresurados que no nos damos cuenta de la alegría de los colores de las banderas o del agua saltarina de las fuentes. Vamos a lo que vamos. Vamos y no vemos nada. El cariño es un extraño. Sólo parece importarnos lo que compramos (o comemos). Y hablamos de todo como si supiéramos de algo. Con gesto adusto criticamos al lucero del alba. La culpa es siempre de los demás, por supuesto. ¡Cómo se desahoga uno! La casa llena de objetos y el alma vacía de auxilios. Los deportes son un consuelo. Y ponemos la esperanza en tipos que juegan con una pelota. Sedentes en el confort de la abulia. Y por favor, la tecnología punta. Lo último y más de lo más. Para seguir jugando, para parecer que nos decimos algo. “La tragedia del hombre moderno -escribió Thomas Merton- es que su creatividad, su espiritualidad y su independencia contemplativas se ven inexorablemente sofocadas en manos de un superego que se ha vendido, sin la menor vacilación o reticencia, al diablo de la tecnología”. Y en eso estamos. Faústicos perdidos. La tecnología como posesión y estatus, con tal de no pensar demasiado y poder presumir de tontadas. Un activismo eléctrico recorre nuestras ciudades, y hace que crucemos los semáforos en rojo, y gritemos, y nos sofoquemos hasta la congestión más inaudita, y se nos olviden los piropos y el silencio. ¿Y a mí que me gusta lo aburrido y ese teléfono tan tosco? Y de premio un libro viejo y esa llamada de Dios que me coge de improviso.

viernes, 20 de febrero de 2009

Cuesta darse cuenta



Hoy me he puesto los zapatos nuevos
para pisar con más ternura
la luz de un día de mediados de febrero.
Brillan a cada paso en distintos brillos. Los miro
cómo se deslizan sobre las baldosas de las horas.
¿Color? Granate. Con esos reflejos de plata
bruñida. Es la luz de la vida. Y yo camino por ella
y a través de ella. En el interior de las cosas, vamos.
La recorro curioso, expectante... Y me paro
donde más me sorprende su belleza
o quizá la memoria o las palabras de un niño.
El niño que yo fui y que recuerdo aquí, ahora,
en este poema en el que parece que no pasa nada.
Pero sí que pasa. Si lo sabré yo. Pasa que paseo
la mirada por donde menos lo espero
y vuelvo sobre mis pasos
para fijarme con más tiento en el recodo del tiempo
donde estaba mi vida.
Luego pasa lo de siempre: la rutina.
Y que no te das cuenta de la felicidad a la primera.

jueves, 19 de febrero de 2009

“El alma que anda enamorada no se cansa ni cansa”. ¿Seguro?


Hoy le voy a llevar la contraria nada menos que a San Juan de la Cruz, ese fraile menudo y cantarín que iba componiendo versos por los polvorientos y ásperos caminos de Castilla, trasunto de esos otros no menos incómodos de la vida, para alegría de las monjas de Teresa de Jesús. (Mientras escribo esto escucho Oh happy day! y de cuando en cuando aplaudo con fuerza la esperanza en su ritmo gospel). San Juan escribió en sus Avisos y sentencias que “el alma que anda enamorada no se cansa ni cansa”. Les confieso que yo ando enamorado. No me importa decirlo aquí, bien alto, y además salta a la vista. Dios, pese a todos mis escarnios y demás insolencias, me tiene como loco. Dios es amor, y a poco que uno pone de su parte te cambia la perspectiva del corazón y de los ojos. Yo lo veo todo distinto, como más bendito y sublime. Vas por la calle y te sorprendes rezando una oración por esa chica del pantalón vaquero con la que te cruzas, o dando gracias por los juegos de la luz en los escaparates del cielo (o también por los encantos de la chica). Y luego está Ana, qué voy a decir de ella. Ana, que un día me dijo: “te regalo mi vida”. Y aquí estamos. Lo dicho, enamorado. Pero ¡eso de que no se cansa el alma enamorada! Lleva mi alma dando traspiés desde hace tiempo. Agotada. No atina en casi nada. La tengo desvelada y exhausta de tanto ruido y de tantas palabras a desmano. Cansa la batalla de la vida. Cansa el día a día: esa continua lucha con el desorden, la impaciencia y la soberbia. Por no hablar de esa melancolía que de cuando en cuando te atrapa en una tormenta de desalientos, en esa oscura noche, tan cerrada. Pues sí, mi alma soy yo; y se cansa, y me canso. Aunque tal vez…, sí, tal vez el asunto esté en que lo que yo creo que es estar enamorado es sólo un cúmulo de vagos sentimientos que nada tienen que ver con el amor verdadero. Ese que se desprende de todo lo accesorio y que no piensa nunca en si mismo. Será que todavía no he aprendido a amar, y que es por eso por lo que ando desfallecido.

martes, 17 de febrero de 2009

Tropelías políticas y el resto de la gente


Hay un cisco montado desde hace días. Petulancia política. De cualquier signo. No dejan de hablar. Su retórica lucha por la libertad y la democracia me tiene hasta los dídimos. Unos son divos; otros, lelos, a tiempo completo; no son pocos los ingenuos de remate (sobre todo en la derecha); algunos, sinvergüenzas de vocación tardía (o temprana); los hay cofrades del gremio de la picaresca, verdaderos trepas municipales o autonómicos o diputados o consortes; y me llaman la atención los inútiles, presumiendo con gracejo de su estulticia. Todos: saltimbanquis de las palabras y gentes de escasa memoria. Voceros de nada. Compromisos muchos. Recuerdo el socialista del pleno empleo. Y luego que si el ministro de justicia y el divino juez Garzón se hicieron arrumacos mientras vieron amanecer en plena cacería. También estaba el jefecillo de la policía judicial. ¡Qué bonito es el amor cuando es de veras! Los del Partido Popular andan con la mosca (también en la oreja propia), pero no se puede ser mal pensado. Las gentes progresistas son personas muy sensibles, incapaces de cometer actos obscenos. Son éticos a carta cabal y son alegres. Y leen. De hecho la cultura está registrada a su nombre. Ay, esta derecha. Mecachis. Venga, venga, datos. ¿Cuándo han mentido los socialistas? Con lo buenos que son. Unos verdaderos santos de su particular secta. Zapatero no es un político normal. Me refiero que es cariñoso con los niños (siempre que hayan nacido claro) y predica la paz en el mundo de Obama & Cía. A propósito, este Obama nos está saliendo rana, no llama. No llama a nuestro presidente, que es un estadista de la buena voluntad. ¿O por fin ha llamado? ¡Somos tan afortunados los españoles! Un corazón chapado en oro es lo que tiene. Y sus ministras y demás ministros varones son sus pequeños saltamontes, discípulos obedientes del kung fú del talante y calma chicha. A otros puede que nos preocupen más esas facturas estimadas del gas o de la luz, o los impuestos, o la inseguridad económica (y de la otra), o la educación tan suspensa en la inopia, o la posibilidad de quedarnos parados o sin la jubilación dentro de unos años. Infundios. Todo se arreglará. La derecha es que siempre tiende a la depresión y a la tristeza. ¡Qué manía la de refunfuñar con la de cosas tan maravillosas que hay por doquier! Las flores de Moncloa son un primor… ¿Crisis? Martingalas coyunturales. El Vaticano, menuda pandilla de dogmáticos. Esos, esos. Esos que se niegan al pleno derecho de la eutanasia (perdón: muerte digna) y niegan a las mujeres el ser dueñas de su cuerpo serrano. Aborto libre. Faltaría más: por la libertad y por la democracia. ¡Salud compañeros! Ya se sabe, cuando a la izquierda se le tuercen las cosas o quiere cambiar de conversación para las estadísticas y el buen rollito, hay que darle caña a la Iglesia. El lindo Gabilondo está en esas. Sus vituperios en la Cuatro son de manual. Con ese tono tan persuasivo y tan mono que emplea va a degüello. Es un profesional. El que paga manda Iñaqui. Y en España funciona. No se sabe hasta cuando, pero funciona. Una gran parte del personal traga el brebaje a pies juntillas, como si viniera de Dios. En esta tesitura hay un matiz muy resultón y reincidente. Lo digo por si hay algún estudioso que se aplique a las hemerotecas. Cuando ustedes vean que los voceras comienzan a emprenderla con el Opus Dei, hay varias posibilidades: o es que hay un medio de comunicación progresista que está en apuros y no vende (o quiere vender más o desde arriba alguien ha sugerido que pudiera ser buena idea la traca), o es que el gobierno se lleva algo entre manos (en los mítines da buen resultado) y hay que despistar la atención como sea, o andan romos de ideas. O es el resultado de un plato mixto. Un poco de todo eso. Pero resulta curioso. Si ustedes no son muy dados a los prejuicios observen, escuchen y lean. Cantarán bingo enseguida.

lunes, 16 de febrero de 2009

"Los cosacos", de Tolstói, y el placer de leer novelas



A mí lo que realmente me gusta, como decía don Juan Moneva, es leer novelas (y poemas). Lo demás es un incordio, algo que va y viene, viene y va, porque de algo hay que vivir o porque la vida no nos deja otro remedio. Sentarse en un sillón o silla de una esquina de cualquier habitación y dejar que pasen las páginas embebido. ¡Eso es vida! Y el que diga lo contrario es que no sabe lo que es bueno. Es opcional la música de fondo o una copa de lo que sea o el humo de los cigarrillos. Incluso el murmullo de otras voces o de las hojas de esas adelfas que algunos tendrán ahí fuera: en su jardín (sería el fondo que más me gustaría). Lo que importa es la lectura que hacemos de la vida a través de todos esos libros que pasan por nuestras manos. Suena Serrat o suena el silencio. Suena Mozart o suenan nuestros sueños. Las palabras nos van contando… los días del tiempo y la belleza que se abre en abanico a todos los vientos. Pistas de una eternidad cavilada o presentida (“quisiera ser eterno”, decía un intelectual hace poco). No hay escapismo posible o un no querer ver las cosas o un insano egoísmo. Leer es aprender a escuchar a los demás, es irnos devanando en la responsabilidad del amor o sacudirnos de encima la modorra superficial de las noticias. Ante nuestros ojos se van sucediendo emociones sin cuento -o con el adecuado relato y trama -, tejemanejes, lágrimas, angustias, misterio, dudas. Dramas y risas. Y el suspense característico de la vida. Y su elegía. Ese buscar por todos los rincones alguna certeza para tantos anhelos. Descifrar el cielo, buscar consuelo entre las piedras. Tocar lo más secreto con los dedos. Acercarse, acercarse… Y quedarse mudo de agradecimiento. De asombros pleno... Y les prometo que yo sólo quería escribir sobre Los cosacos, de Lev Tolstói, que ha publicado Jacobo Siruela en su editorial Atalanta. Un Tolstói joven que ya nos avanza en esta breve novela una buena parte de su grandeza. Esas descripciones del alma con apenas dos frases, esa enjundia de la naturaleza que se desliza por los paisajes, esa épica subyacente en la rutina de la stanitsa (aldea cosaca), esa reflexión moral de la existencia… Los cosacos como pueblo y como símbolo. Costumbres y autobiografía. Acción y contemplación. Y esos brillantes apuntes de felicidad que parecen no tener importancia: una muchacha bonita, la sombra de los árboles, las historias de un viejo o el murmullo de los juncos. Dmitri Olenin lo acaba descubriendo junto a los cosacos (igual que lo descubrió Tolstoi o lo podemos descubrir nosotros, sus lectores): “’La felicidad’, se decía a si mismo, ‘consiste precisamente en vivir para otros’”.

domingo, 15 de febrero de 2009

Sobre el deber de la rebeldía en la juventud (entrevista)


Entrevista que me hicieron las estudiantes Judit Borrell, Beatriz Jiménez y Marta Toda del Colegio La Vall, de Bellaterra (Barcelona), como parte de su trabajo sobre “La verdad como compromiso social, el reto de la juventud”.


¿Qué es la verdad?

La verdad es la felicidad. Y la felicidad sólo está en el amor de Dios. Hay que decir las cosas claras. En dicho AMOR radica todo lo demás, incluida la belleza que merece la pena y la libertad verdadera.


¿Qué es la mentira y como se manifiesta en los jóvenes?

La gran mentira es creer que olvidando a Dios vamos a pasarlo en grande. En los jóvenes esta mentira se manifiesta de formas diversas, pero no muy distintas de las que afectan a los adultos, supuestamente maduros. Un desquiciado culto a las bobadas materiales (cachivaches de nada) y a la perfección del cuerpo en detrimento del alma. La gran mentira es un despropósito. Y la pista en donde vemos su eclosión es en la tristeza.


¿Cree usted que los jóvenes pueden cambiar el mundo?

Por supuesto. Cuando se deciden -cuando nos decidimos- a cortar por lo sano y lanzarse a la aventura del corazón. Sin componendas. Sin tener vergüenza de lo que puedan pensar los demás. Hay que decir un sí rotundo a la verdad de las cosas, y pensar en los demás absolutamente.


¿Cree que los jóvenes tienen un papel importante en la sociedad actual?

Los jóvenes representan la vanguardia del progreso real. El progreso que tiene que ver con la lealtad a Dios, con Su mirada misericordiosa e infinita. Es necesario vuestro compromiso con los más desfavorecidos. Vuestra rebeldía se cimenta en el cariño y en los detalles, en aquello que parece que no tiene importancia. Comenzando en vuestra propia casa.


¿Cómo cree usted que está el mundo? ¿Cómo podemos mejorarlo?

El mundo está débil. Sin la musculatura espiritual va languideciendo a ojos vista. Y lo podéis mejorar haciendo bien vuestro trabajo de estudiantes, para formaros adecuadamente la inteligencia y la voluntad. En la armonía del alma, en su pureza. Hay que ser rebeldes de verdad. Mirad al Cielo y atreveros a decir a todos que en esa claridad está Dios.


¿Cómo piensa que ataca el relativismo y el libertinaje a la juventud actual?

Por todos lados. Medios de comunicación, modas y demás idioteces, política laicista, blasfemias, falta de respeto a los demás, culto al sexo como comercio y fin... Intenta que la voluntad acabe siendo de plastilina y no demos importancia a lo que sí la tiene. Pero si os miráis por dentro, y allí está Dios, tened esperanza. La victoria será vuestra.


¿Ve usted posible un cambio en la sociedad?

Claro que sí. ¿Lo dudáis acaso? Vivimos rodeados de milagros. Cada vez más personas abominan del mal y se dan cuenta que no hay alegría sin renuncia. Y estáis vosotras, revolucionarias, que con vuestro testimonio y generosidad vais multiplicando por infinito lo más pequeño.


¿Cree que los problemas éticos (el aborto, la eutanasia...) que tienen importancia hoy día, pueden ser un problema en la juventud?

Son un grave problema desde hace décadas. Por eso estamos viviendo en una civilización donde reina el eufemismo y el retorcimiento diabólico. La cultura de la muerte procede de la "muerte" de Dios. Es una decadencia absoluta. Pero justo en estos momentos de tragedia la gracia es mayor, y debe crecer vuestro desparpajo.


¿Cómo cambiaria usted la visión actual de la mujer como objeto o el amor como placer basándose en los jóvenes?

El cambio está en vuestro ejemplo de cristianas consecuentes. El cambio no es ser un meapilas. El cambio está en reivindicar la belleza y el amor y la pureza. Insisto: con el ejemplo. Y con la oración, que es lo fundamental. Pero recordad que hacer la comida, poner la lavadora, fregar el suelo, estudiar a conciencia o querer y obedecer a vuestros padres es la oración más sublime.


¿Tiene usted confianza en los jóvenes como futuro y esperanza de la comunidad?

Sí, porque la vivo a diario con mis hijos y con universitarios. Sin jóvenes no hay esperanza. Y la esperanza es de Dios.

sábado, 14 de febrero de 2009

San Valentín


Subes la persiana y le das un beso
muy despacio, acaricias su mirada
más adentro del tiempo y del espacio,
donde parpadea la luz en sus ojos
y desde donde el mismo Dios te mira.
Llevas el desayuno de tu vida
a su boca, a esos labios de fresa
y nata que beben de un sorbo tu alma.
-“Estás muy loco ¿sabes? Cuéntame algo”.
-“Mujer ¿qué quieres que te diga? Te amo
tal y como eres, te amo porque tú eres
el único poema de mi vida.

viernes, 13 de febrero de 2009

Mujer que lee en un autobús urbano (relato sobre un motivo, II)



Allí estaba, en medio de la acera. La cabeza ligeramente levantada hacia el cielo. Abría y cerraba los ojos… Los labios como en disposición de recibir un beso. Las manos agarradas al enorme bolso negro de Misako. ¡Dios! De pronto se sentía feliz, sin motivo aparente alguno. ¿Dios? No era consciente de Él desde hacía mucho tiempo. Desde niña, cuando iba con sus padres a misa y rezaba de rodillas con su ángel de la guarda. Aunque recién llegada a la ciudad para sus estudios universitarios comenzó a sentirse sola y entró en una iglesia por si acaso. Sí, por si acaso ocurría algo. Pero no ocurrió nada. ¿Qué iba a ocurrir? Salió como entró, con el mismo vértigo y la misma soledad. “Se habrá olvidado de mí”, llegó a pensar. Ahora todo era distinto. Había bajado del autobús siendo otra. ¿Seguro? ¿No sería un repentino ataque sentimental a los que tan proclive era? O igual tenía algo que ver con la regla. Las mujeres somos dadas a idioteces así. ¿Y esa llorera del autobús? ¿A qué había venido? No, no, no. Era distinto. No sentía el vacío de antes, no se sentía sola. ¿Qué coño le pasaba? ¿Quién le acompañaba? ¿Dios? ¿Un misterioso consuelo del subconsciente? ¿O sencillamente había sido vencida por el agotamiento, por un sufrimiento que no podía aguantar más? Pero de ser así se encontraría abatida, y nada tan lejos de la realidad. Eran las ocho de la tarde y era como si la felicidad fuera ya posible, como si hubiera estado ahí desde siempre, latente en su desquiciada existencia. Sentía su propio pulso y su propia respiración de otra manera. No quería saber su por qué, quería disfrutarlos sin más. Vivir. Sin más. Inspirar esa húmeda brisa sin buscar explicaciones. Quería llegar pronto a casa y desnudarse de tantas monsergas acumuladas. Quería ducharse sin tiempo, cantando a voz en grito Just the way you are, y cenar después una ensalada. Y luego ponerse de rodillas junto a la cama como cuando era niña y balbucear lo primero que le pasara por el alma. Quería atisbar la madrugada desde la poesía de María Victoria Atencia -¡cuántas lecturas pendientes!- que le había dejado su amiga Silvia. Y quedarse dormida en medio de algún verso propicio… Se levantó sobre las nueve. Era la luz matutina de un domingo de febrero. Se miró en el espejo del armario y se acarició la cara y el resto del cuerpo. Con parsimonia. Miraba la mirada ojerosa de sus ojos. Contemplaba una sonrisa que iba cobrando forma y argumento. Avizoraba sus sueños. Estaba comenzando a recuperar su vida, a descubrir la felicidad de nuevo. Domingo. Era domingo. Como aquellos domingos de la infancia cuando se ponía guapa para ver a Dios al mediodía. El teléfono sonaba desde la mesa, donde estaba su bolso y un montón de libros. “¡Mamá, no te lo vas a creer!”. Silencio interrogante. “Mamá, es domingo”. Otro silencio, esta vez más breve. “No, no te preocupes, estoy bien, mejor que nunca. Sólo quería que supieras que hoy es para mí un domingo distinto, y que os quiero como cuando era niña, ¿recuerdas?”.

jueves, 12 de febrero de 2009

Mujer que lee en un autobús urbano (relato sobre un motivo, I)



…Y la chica seguía leyendo. O lo parecía. Se sentía sola a pesar de toda aquella gente que la rodeaba en el autobús. Su mirada fija en las páginas del libro, pero había dejado de leer hace rato. Un espectador atento se hubiera percatado de ello. Inmóvil en la inmovilidad de la soledad y de las páginas. Sola, sola, sola. ¿Qué podía importar a nadie su vida? Mucho peor que la mujer que se confesaba en el libro. La escritora Betty Smith tenía el sustento espiritual de las palabras, de esa música, de esos sueños… Pero ¿ella? Ya no recordaba cómo era la felicidad, el contorno de aquella alegría de niña. Cualquiera que supiera la verdad pensaría que estaba loca. ¿Y qué? ¿Qué importaba lo que pensaran los demás? Vino a la ciudad a estudiar Geografía y muy pronto dejó de interesarle. Pero no dijo nada. ¿Para qué decirles a sus padres que no estudiaba, que sólo se dedicaba a holgazanear, a leer y a mirar por las ventanas? ¿El futuro? ¿Para qué pensar en él si no había llegado todavía? Dos años llevaba preguntándose sobre el sentido de todo lo que veía o sentía. De vez en cuando se iba a tomar algo con unas amigas de la universidad, que le animaban a estudiar y le pasaban apuntes. Hasta se presentó a un par de exámenes por puro aburrimiento. ¡Y los había aprobado! Un profesor la llamó un día. Sola, sola, sola. Se interesó más por sus tetas que por otra cosa. Le dejó hacer por curiosidad y desidia. ¿El resultado? Notable en la asignatura y una herida llena de tristeza. Se pasaba leyendo horas. Con el dinero que le enviaban mensualmente sus padres -era hija única- gastaba más en libros que en comida o en ropa. Se subía a los autobuses y leía y leía y leía. Cada día se subía a una línea distinta. Cada día se despertaba y sin embargo seguía dormida. Su cabeza le daba muchas vueltas al por qué de cosas muy sencillas: el hecho de la propia respiración o el latido de su corazón. Deseaba saber el por qué de ese pulso y de ese aire que inspiraba. Deseaba saber el por qué del mal y de la belleza. Deseaba saber… algo más de su vida. Pero ese día ya no pudo seguir leyendo ni quería saber nada. Puso entre las páginas una carta de sus padres y cerró el libro de Betty Smith. Un árbol crece en Brooklyn era el título. El autobús acababa de parar. ¿Y si bajaba? ¿Y si dejaba de devanarse los sesos en pamplinas? Vivir, simplemente. Querer a alguien y dejar de estar a solas en aquella insana soledad donde siempre parecía que llovía. Vivir. Abrir el alma. Estudiar a conciencia las asignaturas de las semanas y de los días. Aprender a sonreír la vida. Eso: vivir… ¡Parecía tan fácil! ¿Por dónde empezar? Las calles bullían de luces y sombras. “¿Te pasa algo?”, escuchó que le decía una señora. Y es que estaba llorando. No sintió vergüenza. Apartó con los dedos sus lágrimas del rostro. Era el principio de todo. Supo que era el comienzo de sus propios sueños. Y se bajó en la siguiente parada.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Dios mío, quiero verte



Tengo urgencia. Una tremenda necesidad de verte.
Dicen cosas. Dicen que eres un absurdo o que no eres en absoluto.
Que vas de aquí para allá, sin norte, pregonando la ciencia-ficción
de la teología y de la otra mejilla. Desquiciado
de amor en plan ente masoquista. Dicen. Crucificado.
No puede ser un Dios tan impertinente. Raro
hasta la médula de la historia o del chiste laicista.
Dicen que no eres nada. Nadie. Apenas un deseo
abstracto, una chifladura inexistente.
Dicen que no dicen nada. Porque el caso
es que yo tengo verdadera urgencia de verte.
Que digan. Dime. Dame un reojo de tu mirada.
Ven. Voy. Vienes. Lo sabes. Corren rumores,
pero es cierto: sin ti no valgo una mierda metafísica.
Me confieso millones de veces al día. Y te desprecio
a la vuelta de la esquina. En cualquier fantasía. Y me resucitas
con tu cuerpo, sin dar crédito a los humores de mi vida.
Como nuevo. Tu sangre es un buen detergente. Una vitamina
tan colosal que no me reconocen ni los mismos demonios.
Pero dura poco la eternidad. En mí no dura
ni un ápice de algo. Nada. Soy una intermitencia
que pierde la gracia de tu rostro a cambio de sombras.
Soy el cuerpo del delito y soy el principal sospechoso de tu agonía.
Sin rodeos. Aquí me tienes. Postrado en el silencio de mis palabras.
Peco. Pequé contra el cielo y contra ti, y derrocho el amor entre los cerdos.
Espera. Quiero verte. No me dejes. Deja que el poema se arrodille
justo aquí, en este verso que te adora y canta con tan poca destreza su fe.
Y absuelve, oh Dios, mis sueños de la tristeza.

martes, 10 de febrero de 2009

Lo mejor de la vida son las bobadas



Lo mejor de la vida son las bobadas. Esa cara de pasmo que se te pone al mirarla. O escuchar el roce de su piel al pasar de noche las páginas de las sábanas. O cuando se enciende el espejo del salón mientras se arregla su pelo castaño. O encontrar en una papelera de casa el rostro de Marilyn (que rescatas de inmediato y lo guardas en el libro que estás leyendo). Lo mejor de la vida son todas esas bobadas inesperadas. En un baño hallas unos aguerridos soldados de plomo, y juegas un rato a ser niño. O te paras en el pasillo a ver esa luz que entra por la ventana y que te corta el paso. Nada más abrir la agenda por la mañana dices buenos días a tu madre, que te sonríe como nunca desde esa fotografía. Recortas del periódico la palabra “transparencia”, para salvarla del acoso de los políticos. No tienes ojos para nada que no sean esas naranjas y esos limones. Un hijo te pregunta qué película es la mejor del mundo, y eres rotundo: la mejor es mi vida con tu madre (¡qué romántico!, pero es la verdad más exacta). Después de todo, algunas bobadas no son tan bobadas. Algo tendrán de sensato. Por un momento piensas que tus poemas sostienen algo, pero ese momento no dura nada, lo sabes. Como el chocolate Nestlé que meriendas en soledad y en secreto. Lo mejor de la vida son las bobadas, esas pequeñas cosas tan fantásticas y que tanto disfrutas por si acaso se acaban. Como ese silencio de madrugada que sabe a gloria bendita. O la cerveza con gaseosa de un verano en Soria. O abrir las cortinas del todo para ver cómo se ensancha el cielo por dentro del alma. O copiar con tu pluma unos versos de Lope o Aldana en una factura de la luz. O llegar a casa y encontrar en la palabra “papá” un significado que no viene en los diccionarios. O tantas ocurrencias y familiares bagatelas. La felicidad de Guillermo Urbizu se alimenta de ese cúmulo de supuestas bobadas. Y las escribo para volver a verlas. O escucharlas. De niño eran de arena, de canicas, de cromos, de juegos, de agua... Pero fuiste creciendo -algo inevitable- y se transformaron en amigos y en libros llenos de sorpresas y avatares. Y un buen día todas esas bobadas y esas palabras la conocieron a ella. Y hasta ahora, que me da por decirlo aquí, la verdad no sé muy bien por qué. Será bobada. O acaso mi vida.

lunes, 9 de febrero de 2009

Mujer que lee en un autobús urbano (motivo)



Tengo una imagen fija en mi cabeza. Dos autobuses urbanos. De noche. Repletos de gente. Era como un escaparate de sombras chinescas o unos maniquíes vespertinos. Lo veía todo como a pinceladas de un óleo todavía húmedo de Antonio López. Luces rojas, blancas, naranjas… Los neones de las tiendas y comercios ardían en los plátanos como en una aureola incandescente. El cielo era de un extraño color oro viejo. Y yo escuchaba las voces de Eternal en el coche (¿O era Amaia Montero la que cantaba?). En esas la vi. Allí estaba. En el primero de los autobuses. Justo en el centro. Sentada. Media melena y el pelo liso. Leía… Leía a la luz desvaída de unos fluorescentes. Imaginé las voces del resto de los pasajeros y el temblor del motor trepidando en sus piernas. Las frases de la novela en su mirada (era una novela, lo sé), sus manos agarradas a las solapas del libro. ¿Joven o madura? ¿Estudiante o profesional? ¿Soltera o madre de familia? Da igual. Era ella la novela. En medio de toda aquella algarabía, muda para mí, estaba su vida. A mi entera disposición. Lista para ser leída. Nunca sabrá que yo la miraba en ese cuadro donde ella iba, y que ella era la principal protagonista. Nunca sabrá que un frío día de un mes de febrero alguien, desde una oscura bocacalle, descubrió su perfil e imaginó su vida. De repente todo comenzó a moverse de nuevo. Los coches recelosos, las nubes con su patina de oro, el reprise de las farolas y el atardecer de los hombres por la calle. Parpadeaban los intermitentes en el tiempo. El autobús se alejaba en la refriega del tráfico. En un momento dado dejé de verla. En un momento dado supe que jamás sabría quién era esa sombra que leía. Como mucho podría ponerle un título a la novela, o a ese cuadro donde ella estaba. Donde ella está todavía. Aunque no la vea.

domingo, 8 de febrero de 2009

Mantengo la esperanza



Días tontos los tiene cualquiera. Apáticos,
sin más. O desvencijados por causa desconocida.
Días atribulados y melodramáticos
al menor descuido de la vida.
Días que parecen un hospicio (y no es guasa)
o que tienen un tremendo socavón narcisista.
En definitiva, días tontos de noches desveladas
y entumecidas en un rincón de la cama.
Nadie está libre de pusilánimes palabras. Nadie
se libra de hacer solitarios con el alma.
No es que esté triste o aciago. Estoy
a la expectativa
de si hoy habrá algo en mí que merezca la pena.

sábado, 7 de febrero de 2009

Me da por pensar en los colores



Me da por pensar en los colores. En realidad no es un pensamiento. Se trata más bien de un regocijo. Y no es tanto visual como espiritual. Los abstraigo de sus formas. Los hago míos desde las paredes, coníferas, lomos de libros, marcos de cuadros o espejos, horizontes, flores o esos femeninos vestidos de los escaparates. A veces me basta con cerrar los ojos. Allí está el anaranjado mientras se difumina en un fondo rubio, o todo se funde en púrpura sangre. En los colores está mi memoria. Podría contar mil historias sobre el verde, un color sobre el que siempre camino descalzo. O sobre el azul marino, que me salpica constantemente con su inquieto ritmo de olas. Me abismo en cualquier color. Podría pasar horas acariciando el esmalte cárdeno de mi infancia o ese lapislázuli de agua en donde bucea una piel bronceada y esos titilantes pigmentos de brillo. El envés de las hojas telegrafía un lenguaje muy preciso de brisa. Verano y 1991. El verdor de un bikini en la terraza y el esplendor miel que todavía adivino. Era julio y leía a Tolstoi. Cuando rezo suelo quedarme en los colores. Y desde ellos contemplo a Dios a mi antojo. Y Él pone sobre el altar de mi escritorio el universo. En la calle me deleito en otras cosas: en esos labios de fuego, y en el rimel que parpadea la mañana, y en ese colorete rosa de su cara. Y esa blusa de seda estampada de luces, irisada de visos imposibles. Los colores son uno de los mayores deleites del alma. Son la manifestación más viva de la vida. No es la forma de las cosas, es su policromía. Abro las ventanas de los años y respiro cada tono, cada milagro, cada tinta. La felicidad es eso: los colores. Los colores son los que mueven las estaciones y aquello que los corazones pintan en la acuarela de los días. Era, no sé, era mayo, y un estallido de geranios. Y todo lo que me callo o no sé decir con las palabras adecuadas.

viernes, 6 de febrero de 2009

"Los silencios del Papa Luna", de Jesús Caudevilla



Ya está. 442 páginas de novela. Una más. Pero cada novela tiene su afán, el empeño de una persona por transmitir una historia a los demás. Con una perspectiva única, con sus virtudes y defectos, con su pasión por la literatura y por la vida. Al menos así debería de ser. Dejando a un lado propósitos geniales y estúpidas vanidades que acaban en la cuneta del olvido. Aunque esto de las letras es lo que tiene: que inflama la tontería de la mayoría de los contemporáneos (los muertos ya han pasado por su cura de humildad). Y si de vez en cuando te encuentras con escritores o poetas cuyo credo es la modestia, no sales de tu asombro. Será una fantasmagoría, o una vil estratagema, o la más retorcida de las soberbias. De entrada no cuela. Pero cuando vas conociendo a esa persona y percibes que sí, que su vocación literaria está limpia de polvos y magias, y que es un tipo que va de frente (eso de que el autor y la obra, vida y arte, vayan cada uno por su lado me parece una de esas paridas solemnes con las que se trafica) y que además afronta con dignidad las palabras, pues qué quieren que les diga, aunque no sea Eurípides, fray Luis de Granada o Federico García Lorca, tiene mi respeto como lector.

Uno de esos hombres es Jesús Caudevilla (Sabadell, 1953). Lo de siempre. Niño inquieto por los libros y por las aventuras. Se acaba ganando la vida como puede, como todo quisqui. Y de pronto comienza a atisbar el sueño de dedicarse sólo a eso: escribir y leer libros. Una felicidad que algunos mortales tienen, y que yo envidio como no se pueden imaginar. Y fueron apareciendo sus libros -Amanecer en el Pacífico, El castigo de un dios llamado Adis, etc.- y los conspicuos borrones, y esas ilusiones (ya saben: el aroma de tu primera tinta), y con ello también la desazón de no acabar de verlo claro… Pero les aseguro que con la novela Yo, Vicente Ferrer “El ángel del Apocalipsis” (Styria) dio en el clavo. Él lo notó. Ya lo creo que lo notó. Y fue realmente cuando le conocimos la mayoría de sus lectores. Es ese libro de madurez a los que otros no llegaremos nunca (o quizá sí, no voy a ser yo quien me ponga pegas). Y decidió aprovechar el impulso.

Es así como nació la novela Los silencios del Papa Luna (editada también en Styria) que llega ahora a las librerías. La historia de Benedicto XIII tiene su tradición literaria -recuerdo la novela de Vicente Blasco Ibáñez, El papa del mar. La historia de ese tozudo Papa aragonés de la saga de los Luna es impresionante. Pedro Martínez de Luna (1328-1423), nacido en Illueca (Zaragoza) sostuvo contra viento y marea su razón y derecho en medio del Cisma de Occidente de la Iglesia (un despiste descomunal y un buen argumento para la existencia de Dios entre tanto humano trapicheo), en el que llegó a haber tres papas al mismo tiempo. Noble, universitario, estudioso, y hombre de una pieza. Habilidoso y buen político. Hombre de fuerte carácter y más bien reflexivo, pero que no hizo ascos a la acción. Dudó mucho, sufrió más y le hubiera resultado más cómodo abdicar y dedicarse a la contemplación y a la lectura desde el primer momento. Pero su conciencia se lo impidió siempre, y su opinión de que tenían que abdicar todos a la vez para acabar con el Cisma. Se consideró siempre “el dulce Cristo en la tierra”, con expresión de Catalina de Siena -esa santa jovencita que tanto bregó por la unidad de la Iglesia y a la que conoció-, y esa responsabilidad le pudo. No veía claro los tejemanejes de reyes y cardenales. Y resistió en Aviñón y en Peñíscola, entre otros lugares, 29 años. En la Historia de la Iglesia es considerado Antipapa (luego nunca fue papa). Las cosas no estaban muy claras por entonces y el apoyo de San Vicente Ferrer a su causa (hasta el Concilio de Constanza que lo destituyó) es un buen signo de ello.

Pues con todos estos mimbres ha construido Jesús Caudevilla su novela. Añadiendo a los hechos históricos la amistad de ficción de Poñín de Mallén y descendencia y sobre todo la incidencia de San Vicente Ferrer en su persona y en sus decisiones. De alguna manera Los silencios del Papa Luna se pueden considerar como una solapada continuación de Yo, Vicente Ferrer. De hecho hay capítulos y párrafos que insisten en los mismos hechos. Caudevilla pienso que durante la escritura de su novela sobre Ferrer se fue dando cuenta de las posibilidades narrativas de Pedro Martínez de Luna. Y dicho y hecho. El resultado según mi criterio no tiene la fuerza de la anterior novela, pero sin embargo es un complemento ideal. No me extrañaría nada que el autor terminara por escribir el tercer movimiento de una trilogía, basada en algún personaje que hubiera convivido con Vicente Ferrer y el Papa Luna.

En ocasiones pienso que al discurrir narrativo de Jesús Caudevilla le pesa en exceso el rigor histórico, los datos. Lo que no quiere decir que pase a inventarse la historia como hacen otros. Pero sí que no acaba de soltarse del todo el pelo de su imaginación, y con ella la fruición del lector. Veo su escritura demasiado encorsetada por los hechos y el lector se queda con las ganas de saber más de sus personajes de ficción. Tanta historia (novelada) está muy bien, pero debe adquirir más cuerpo la novela en sí, como nos enseña el maestro Galdós. Ello conlleva más soltura en la prosa y una mayor emoción en su trama. Pero Jesús Caudevilla no dudo que luchará por ello. Los silencios del Papa Luna es una novela coherente y escrita con pericia, amena y propicia para aprender y pasar unos buenos ratos.

jueves, 5 de febrero de 2009

Es la hora de la verdad



Me gusta la vida enormemente
C.V. (Poemas humanos)


No sé dónde he puesto mi vida.
Se quedó dormida entre libros
de Julio Verne o de Salgari.
Quizá con Los tres mosqueteros:
el gran Rilke, Borges y Eliot.
D’Artagnan: Uno para todos.
D’Artagnan es César Vallejo.
Desde entonces soy sólo un sueño
que sueña que si se despierta
nada de lo que es será cierto.
Un sueño lleno de aventuras
desnudas de amor, las espadas
en todo lo alto, la ternura
de Dios en el centro del verso.
Un sueño presto a la batalla:
el alma del hombre está en juego.


Gracias a la literatura
sigo vivo, no me lo explico.
¡Adelante! ¡Todos para uno!
La victoria está a nuestro alcance.
Templad el amor y el acero
y el miedo a que os llegue la muerte.
Ningún muerto es definitivo
y de esperanza nadie muere.
Vamos, luchad por vuestros sueños
ahora más que nunca. Es la hora
de la verdad para los hombres.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Hay que tomar una decisión, con urgencia


Tengo 45 años y todo el tiempo del mundo para amarte. Pero siento que el dichoso tiempo se me queda corto en la frase. Es muy poco el tiempo para lo mucho que te quiero, es cierto. Y soy tan idiota que lo gasto en palabras (por más elocuentes que sean) o lo dejo pasar en silencio. El colmo es cuando miro hacia otra parte o me pierdo en el galimatías de los libros que dices que ya no caben. Extiendo la colcha -tan nueva y tan dorada- sobre la cama recién hecha. El tiempo, por más que dé de si, no me dejará saberlo todo de ti. Ahí estás, de espaldas al capricho de ese tiempo tan breve. No le hagas caso, todo el tiempo que pasa no es nada. Mírame. Lo dejaremos correr como quien no quiere la cosa. Tú y yo a lo nuestro, estamos en casa, uno dentro del otro, y con frecuencia nos adivinamos el pensamiento y hasta los sueños, que están hasta los topes de magnolios y adelfas, de hierba fresca, y de esas olas que te dejan los ojos perdidos de espuma. No te muevas, esa postura es perfecta para verte. Para ver los detalles y el parpadeo de la luz en tu cuerpo. Escucha. Tenemos que hacer algo con urgencia, radical. De ello depende que el tiempo y su colega la muerte no acabe jamás con nosotros. Levántate y bésame despacio.

martes, 3 de febrero de 2009

De las editoriales y de la crisis


Por varias conversaciones que he tenido en los últimos días sé que las editoriales -nadie se libra- están atravesando época de vacas flacas. Al menos algunas de ellas. La cabeza nos da vueltas a muchos para llegar con cierta apostura a fin de mes. En resumidas, que las editoriales andan como las familias, recortando gastos por todos los lados e intentando no dramatizar en exceso. Y los gerentes o directores financieros, pues como las madres de familia de toda la vida: a cara de perro con el despilfarro y llegando a lo que se puede llegar. De todos modos, se me ocurre señores (y señoras) de mis amadas entretelas editoriales, que una buena manera de sortear con garbo la crisis y las escuálidas vacas y las plagas de congoja que acechan, sería prescindir de unos cuantos miles de títulos impresentables. Esa literatura ínfima que se amontona sin remedio en las mesas y estantes de las librerías. Señores míos (y señoras mías), es una estupenda oportunidad para decantarse por aquellos libros que son verdaderamente literatura. Las editoriales tienen una responsabilidad social evidente, y deberían hacer hincapié en despreciar con amabilidad la diarrea mental de muchos. Los libreros se lo agradecerían, ustedes se ahorrarían esos gastos esperpénticos y los lectores nos evitaríamos la tentación de perder el tiempo en imbecilidades (yo soy el primero que leo unas cuantas cada mes lo reconozco). Una buena criba es lo que pido, un sentido más vocacional del negocio. Porque las editoriales educan el corazón y la inteligencia de sus lectores. O bien pueden descoyuntarlo todo, o casi. La responsabilidad es grande. Vayamos al grano de lo que merece la pena. A plena consciencia. ¿Acaso está reñido el negocio con la excelencia? Ya me sé de memoria algunos argumentos banales. “Es que es lo que se vende” o “la pela es la pela”. Patrañas. Los que consumimos libros tampoco somos tan idiotas. Y hay multitud de buenos libros sin reeditar, sin traducir, sin ser debidamente distribuidos y publicitados, o hasta descatalogados. Hay que editar con criterio y con más sobriedad. Cultivar la inteligencia y el buen gusto, que de eso se trata (aunque el gusto sea variadísimo lo infumable siempre será infumable aunque la encuadernación sea exquisita y la portada un dechado de arte). Otra cosa: por Dios, reduzcan el tamaño de los libros. Ocupan menos y la biblioteca de uno daría para más. Y el ahorro de papel, y mi columna vertebral que se resiente. Esa obsesión por el gigantismo no es nada práctica y resulta poco adecuada para estos tiempos de hirsutas economías. Y después está todo ese teatro alrededor de los libros. No de todos claro. Tanto guateque y canapé y los de siempre. Tanta fiestecita y agasajo para textos vulgares que no lee ni su padre. Señores editores: sobriedad y menos tontería. Editen menos y editen a los mejores. No todos los que se dicen escritores lo son. Su negocio está en llevar a los lectores buenos libros. Si es así el éxito está asegurado, pese a la crisis. Hay que evitar la tentación de lo frívolo, de lo más fácil. Y recuerden: su éxito no sólo pasa por la más desorbitada de las ganancias. El verdadero éxito de una editorial está en la contrastada calidad de sus libros y en la fidelidad de sus lectores. Lo sé, es obvio. Pero hay demasiadas cosas obvias que se olvidan. Por ejemplo la decencia intelectual.

lunes, 2 de febrero de 2009

Una posible visión de la luz



A Juan Alfaro Ramos


La luz es soñar con Dios cada día.
Y es amar el silencio
de su voz escondida.
La luz significa
el incendio de la belleza
cuando miras más de cerca
su gloria
en el fugaz destello de la lluvia.
La luz es la cruz
del dolor, cada espina
que en ti se clava sin queja.
La luz
es la herida y es la cura,
y es la musa desnuda
que danza al son del poema.
La luz es el misterio de todo
lo que ilumina, es
el destino eterno de tu vida.

domingo, 1 de febrero de 2009

¿Y qué hace uno después de leer los periódicos?


¿Y ahora qué? ¿Qué hago ahora? Porque no siempre sabe uno qué hacer o qué decir después de leer unos cuantos periódicos. Podría hablar del trajín del Partido Popular con sus asuntillos de espías que -como diría el poeta Jaime Siles- expían su final. Pero no me digan que no es aburrido el tema. Navajazo va navajazo viene, nada nuevo en la politiquería de este país de guerrillas. Como hablar de Zapatero, Dios me libre. Aunque igual merecería un quite decir algo sobre lo de que los bolígrafos verdes le dan suerte. ¿Será verde esperanza o verde casa de la pradera, verde botella o verde Boston Celtics? O un verde fosforito para subrayar sólo las palabras que convienen a su impericia, no vaya a ser que la verdad se nos indigeste. Tanto laicismo rampante para acabar creyendo en la diosa suerte. Penita pena. Personalmente envidio a Aznar (lo que oyen y hay que tener valor para decirlo), con su fundación y sus viajes y sus lecturas y sus clases en Georgetown. Y esas corbatas tan estupendas y esas citas tan peripuestas de Churchill. O a Alfonso Guerra leyendo en el Congreso a Cavafis o Seferis (que no es mal leer) y paseando por Sevilla su nostalgia machadiana y descamisada de otro tiempo y de otros versos que no han de volver, o volverán a vernos pero no con el mismo ver. Vendrán los que te hagan bueno. Ay, aquellos políticos de los 80, que como las canciones de entonces tenían una melodía y una letra que se entendía y se escuchaba con relativo agrado e ilusión. Hasta te los creías, que ya es decir. Hoy ya no nos creemos nada. Y ellos, ya ven, se quedan en la suerte de los bolígrafos verdes y en el marketing y en los buenos deseos (o en los peores). De la ministra de Fomento, que no sé ni cómo se llama, me ha quedado un sentimiento de malestar y pena. Es una mujer que lo está pasando mal. Dirán que peor lo pasan los ciudadanos que la sufren. Pero mírenla atentamente y lean (mejor: escuchen). Ni una frase coherente e inteligible. Estoy convencido que en el ministerio y en el consejo de ministros se le ríen por detrás, de lado y en cuclillas, en una actitud malévola y despiadada. Tengo la certeza. Y a mí, que soy un sentimental recalcitrante, me da pena la señora. Parece que los veo, pasándose mensajes por el móvil en el Congreso o susurrando desprecios por los pasillos. O cuando llegan a casa los prebostes y demás funcionarios que están a su vera, qué de carcajadas a su costa señora ministra. Sin piedad. La incompetencia no es suya, es de quién la nombró por compromisos políticos y oscuros cambalaches. Pero ¿de qué estoy hablando? ¿Política? No. ¿Servicio público? No. ¿Gestión? No. Lean la prensa. Picaresca y flatulencias, y lo imposible por mantenerse en el poder. "Yo no he sido". "Usted más". De eso se trata ¿verdad? ¿Y el casi sobrenatural Obama? No me ha gustado nada ese gesto de hacer su primera declaración televisada en la cadena Al Yasira. Pero supongo que él sabe lo que hace. Recemos para que no pase nada. El tipo ni me cae ni me deja de caer. De momento es una radiante expectativa, que no es poco. Lo que me cansa es el tenerlo hasta en la sopa, y ese pertinaz parloteo de los progres-rojetes-verdes-arcoiris que pululan por el mundo proclamando a su mesías (veremos lo que les dura). Ya vale. Por mi parte voy a seguir leyendo la novela Dora Bruder, de Patrick Mediano. Que sean felices.