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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




martes, 31 de marzo de 2009

Marta Obregón Rodríguez



Burgos. 1992. 21 de enero. Hace frío en tierras de Castilla. Marta sale del club juvenil donde suele acudir con frecuencia para estudiar con más tranquilidad. Arlanza se llama el club. Marta es una chica feliz. Está ilusionada con su futuro profesional como periodista. Tal vez en la radio, pues tiene una buena voz y mucho por decir. Pero lo que le llena de verdad es Dios. Vive en una gran intimidad con Él desde hace un tiempo, cuando se cruzó en su camino y su corazón se llenara de Cielo. Eso hace que esté siempre muy pendiente de los demás, que afine en los detalles de cariño, que estudie a conciencia y que indague con perspicacia sobrenatural en las cosas más pequeñas.

Como todos ha sufrido el desamor y las contrariedades, porque nadie esquiva el dolor. Su alma sabe lo que es la propia debilidad. Y sabe de primera mano lo que significa la ternura de Dios. Por eso camina sonriendo ese martes, 21 de enero, inmersa en una felicidad difícil de explicar. Decididamente, hace frío. Y nieva. Sus padres la esperan. Piensa en la última conversación con la directora del club Arlanza, en la posibilidad de ir a Roma por Semana Santa. Piensa en el don de la vida, en su vida, tan pujante, con tantas ganas de todo.

Un escalofrío le recorre la espalda. Desde hace unos días cree que la siguen. Tiene algún que otro oscuro presentimiento... El resplandor de las farolas alumbra la nieve en su leve caída. A una chica tan sensible como Marta no se le escapa nunca la belleza. Le gusta mirar detenidamente los diferentes tonos del cielo, ese cinemascope enorme donde proyecta Dios su amor por los hombres. Y le gusta demorarse en las plantas. Y siente la armonía de la música como nadie. La belleza, el alma. Ella misma es muy guapa y le gusta vestir con femenina elegancia. Sin exagerar la coquetería. De cuando en cuando mira hacia atrás, en un movimiento instintivo.

Hay poca gente por la calle. En el Oratorio del club ha estado rezando más de la cuenta. No sentía el transcurrir del tiempo arrodillada ante el Amor de sus amores. La cabeza entre las manos y el corazón dentro del sagrario. Oración íntima y enamorada. Sin palabras que estorben la mirada. Dios la quiere para Él, y ella se entrega sin excusas. Marta es un ejemplo para las demás niñas y para sus amigas. Porque la ven completamente normal, como ellas. Bromista y muy vital. Pero a la vez hay en sus ojos un brillo especial, y su trato transmite una paz y una alegría que no pasan desapercibidas.

Un coche frena a su lado. ¡Qué susto, Dios bendito! Es un amigo que se ofrece a llevarla a casa. Dicho y hecho. Ya no están muy lejos. Tiene ganas Marta de volver con los suyos, de contar a sus padres el viaje a Roma, de leer un rato y de quedarse con Dios a solas antes del sueño. Y también durante el sueño. Aunque tantas veces se distrae con pensamientos absurdos que no sabe de donde salen -o sí lo sabe- y que enseguida destierra de su cabeza. Como ahora, que mira por la ventanilla del coche, ensimismada en las fantasías de la noche.

Se despide agradecida y corre hacia el portal. Dios mío ¡otro escalofrío! La llave, la llave… Eran cerca de las 10 cuando una vecina escuchó un grito desgarrador. Y Marta desapareció. Hasta que a los cinco días encontraron su cuerpo a las afueras de Burgos. Deshecho, como una piltrafa, crucificado. Ese cuerpo hermoso, tan a tono con su alma. Un cuerpo mancillado, golpeado, medio ahogado y 14 veces acuchillado. No cedió ante el intento de violación y una puñalada le atravesó el corazón.

No es el discípulo menos que el Maestro. Defendió su pureza hasta la muerte. Dios la quiso mártir en un misterio que se nos hace muy difícil de entender. Murió para que otros podamos vivir. Para que otros podamos intentar ser como ella: enamorados de Dios hasta el tuétano. Con sencillez. En el estudio, en el periodismo o en cualquier otra profesión. Desprendiéndonos de nuestro propio yo. Desde entonces su fama de santidad no ha dejado de crecer. Porque de eso se trata, se mire como se mire: de santidad.

Duele pensar en el dolor que sufrió. Duele mucho. Siento una gran pena, una pena que es incapaz de decir nada, que se calla. Sólo recuerdo lo que decía C.S. Lewis: “El dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos”.

Marta, intercede por todos, intercede por mí. Un beso muy fuerte.

lunes, 30 de marzo de 2009

"Corsario", de Tim Severin


(...) salió a cubierta, con toda su antigua maldad asomándole a los ojos y la bandolera a la espalda con un par de pistolas.
("Historias de piratas", de Arthur Conan Doyle)


¿Cuánto hace que no leía una novela de piratas o similar? Pues creo que desde Operación Mauricio, del maestro Patrick O’Brian (Edhasa), que encontré por casualidad este verano en mi nutrida biblioteca rural. Bueno, ahora recuerdo la versión de El motín de la Bounty, escrita por John Boyne (Salamandra), el autor de El niño con el pijama de rayas. Es un género que siempre me ha encandilado. Ya no es sólo la rapiña, la aventura o la batalla. Es el mar abierto. Es la sal en los ojos y la espuma en el pecho. Son las velas hinchadas por el viento, la voz del piloto o del contramaestre en medio de la tempestad de negras nubes y el silencio entumecido de la marinería. Es la travesía hipnótica de las olas y el mapa de las estrellas. Es la zozobra del alma en un desierto de agua y es el cabotaje de la vida rumbo al horizonte del destino. Y más tarde o más temprano vendrá la muerte y su abismo. O el tesoro o el amor o la libertad. Atrás queda la estela fosforescente y su temblor níveo que flota por unos momentos hasta perderse en la nada. Pero la vida de los corsarios y piratas era abyecta y criminal, poco dada a delicadezas líricas. Su derrota era la violencia, en un constante zafarrancho de sangre, lujuria y blasfemias. Su rumbo quizá fuera caer por la borda de la malaria y el escorbuto, con varias vías de agua en el cuerpo y el corazón desollado por la soledad. La lectura de estos libros cabecea en las palabras, a sotavento de la rutina. Sientes el salitre en el rostro y el azote de la emoción. La novela Corsario, del británico Tim Severin (La Factoría de Ideas) es muestra de todo esto y un poco más. Te zarandea desde el mismo comienzo y ya no recuperas el aliento hasta el final. La acción se sitúa a finales del siglo XVII, cuando los corsarios berberiscos recorrían las costas de toda Europa, asolando pueblos enteros y abordando cientos de navíos. Fruto de ello serían miles de rehenes. Héctor Lynch, un joven irlandés de 17 años será uno de estos secuestrados -junto con su hermana Elisabeth-, que más tarde será vendido como esclavo en Argel, pues la esclavitud era por entonces un negocio boyante, que adoptaba las más diversas formas y torturas. La prosa de Severin es fluida y dinámica, y no cae nunca en desmayos que el lector pasa de largo, en parte a un constante diálogo por parte de los personajes y a una sobria y precisa utilización de los datos históricos, sin pedanterías. Héctor se muestra como un chaval avispado. Pronto se dará cuenta de que en su nueva vida su principal salvoconducto será su inteligencia, si quiere sobrevivir para escapar y recuperar a su hermana. Se busca un aliado en Dan, indio caribeño y en otros amigos como Bourdon y Karp. “No estaba seguro de dónde se hallaba su propio futuro”. Los planes de huída están llenos de esperanza y de miedo. Una buena novela de acción basada en ciertos personajes históricos y en la experiencia viajera del autor. Tim Severin (1940) explora la geografía del lenguaje y de su experiencia naval, y lo hace con esmero y fruición. Y con visión cinematográfica (no en vano es también cineasta, según reza la solapa). Aventura en estado puro. Cuando la literatura es disfrute y gozo. El inicio de una serie de novelas en donde seguirá el lector rastreando la pista de Héctor Lynch. Y que no se me olvide llamar la atención sobre la excelente traducción de Juan José Llanos Collado, que sale bien parada de los bajíos de la sintaxis y de los escollos de la gramática.

domingo, 29 de marzo de 2009

Propósitos



Realmente cada día tiene su afán y sus encuentros, sus puntos de inflexión y sus devaneos. Te levantas y piensas que harás esto y lo otro, y que posiblemente tengas tiempo para todo. Incluso para darle vueltas a ese verso que te ronda desde hace unos días la mirada. Abres la agenda y escribes: “visitar a mi padre al mediodía”, “llamar a los colegios”, “comprar el pan y los yogures”, “sacar el lavavajillas”, “contestar el correo”, “a las 10 me espera Dios para despachar ciertos asuntos” y “terminar de leer la novela de Catherine O’Flynn por la noche (si puedo)”. Encima de la fecha anotas dos versos del salmo 40 que te vienen a la cabeza: Yo soy un pobre desgraciado, / pero el Señor se cuida de mí, -en pocas palabras es un traje a tu medida. Y ya está. Según pasan las horas te das cuenta que no llegas y que tendrás que comer otra vez de bocadillo y dejarte de patrañas. ¡Desperdicias tantos milagros! La pereza te carcome el tiempo y vas de aquí para allá pensando que tal vez mañana, o quizá la próxima semana. Ahora es casi siempre un mal momento. Todo queda en nada. O en nunca. Si acaso haces lo que te agrada y encuentras aceptables excusas para el resto. Que si el cansancio o que si la primavera. Una vez más en las nubes. Abres de nuevo la agenda y te quedas mirando el santo del día, como un idiota, o unas páginas más allá esa cita de Sócrates que no viene a cuento. No acabas de decidirte a apretar las tuercas de tu vida. Te conformas con poco. Un libro en los ojos y ya eres feliz. O un árbol cualquiera. O dejas que corra por tus manos el agua del grifo, pasmado de esas gotas que salpican el lavabo... Veamos, de mañana no pasa. Un poquito más de orden, como si te fuera en cada cosa ese cielo del que tanto hablas. Y no despaches a Dios en dos minutos.

sábado, 28 de marzo de 2009

Las almas de mi biblioteca



Es sabido que el socorrido y genial Jorge Luis Borges imaginaba el Paraíso como una suculenta e infinita biblioteca. Lo cual no está del todo mal, la verdad. Yo mismo he tenido ese sueño -con sus personales matices- bastantes veces. Dormido o despierto, tanto da. No creo que sea nada malo ni peligroso. Más bien diría que es consuelo e indicio de ese anhelo por la eternidad que entraña la naturaleza humana. Porque la lectura, como la escritura, es un acto de creencia. La biblioteca cifra, en el jeroglífico de sus palabras, la respuesta que cada uno de nosotros busca en el tenaz interrogante que es la vida. Y recuerdo que en una ocasión -era un tórrido verano de los años 80- el sueño fue especialmente significativo. No podré olvidar jamás aquellos sudores fríos, el tremendo agobio con el que me desperté en mitad de la noche, plenamente consciente de lo soñado. Fue como sigue.

Mi vida había transcurrido más o menos plácidamente. Dejémoslo así. Leer había sido casi mi único afán, o al menos el más delicado. Estaba muy orgulloso de mis libros, a los que no dejaba de mirar. No había paisaje mejor. En él se daban cita maravillas sin fin. Paisajes de las más variadas perspectivas de la condición humana. Cada tomo era un recodo de tiempo exacto, el recuerdo de un futuro menos imperfecto. Pero los años no habían pasado en balde. Un buen día caí enfermo. Y desde el primer día supe que iba a morir. Alrededor del lecho mi familia lloraba desconsolada. Los médicos se afanaban impotentes. Me veían sufrir, pero no había sedante que calmara el horror que yo sentía, que me ofreciera un poco de alivio. No era el dolor físico lo peor de aquella situación. Hasta que me confié a un sacerdote amigo, pues mi creencia en la literatura no había llegado al extremo desquiciante de desbaratar mi fe. Muy al contrario. Pero esa es otra historia.

El secreto de mi mal estaba en un pensamiento reiterado y escalofriante. Una tentación diabólica, sin duda. Tras mi deceso, y por mi egoísmo, iba a ser condenado al averno o infierno, donde sólo tienen cabida aquellos libros inspirados en la mentira, que suelen coincidir con los más frívolos y mediocres. El Paraíso imaginado por mí durante tantos años se alejaba sin remedio. Esa biblioteca infinita, imagen de toda belleza y conocimiento, y cuyo único bibliotecario es Dios, no estaba destinada para mí. Después de contárselo, mi amigo el sacerdote no dijo nada. Me miró con fijeza durante un buen rato. Su silencio me asustaba todavía más. Hasta que habló.

- “Guillermo, en el Paraíso es posible que haya una bien provista biblioteca, nadie lo sabe. Pero la encuadernación de todas las palabras que allí están, la materia prima de su tinta, es el amor con el que han sido escritas. Un amor pulido por el dolor y el desprecio, por la soledad y la desesperanza. Y en tu caso, el amor con que los hayas leído, sin apartar nunca tu mirada de sus autores, de tantos y tantos poetas, novelistas o ensayistas. Porque lo importante eran ellos, son ellos, y no tanto los libros que escribieron. ¿Comprendes?”.

En ese momento desperté en medio de la madrugada. Noche oscura. Silencio. Jadeaba. Luz, luz, luz. Estaba acobardado. A mi lado el volumen color naranja de La realidad y el deseo, de Luis Cernuda, que estaba leyendo cuando me quedé dormido. Acaricié su portada, y recé una sencilla oración por el poeta. A partir de entonces mi visión de la literatura y de los literatos es otra muy distinta. Los libros que me rodean son almas, más allá de sus páginas, edición o tipografía.

viernes, 27 de marzo de 2009

Visita a una librería



Antes de entrar me entretuve en el escaparate. Recorría con ansia las portadas. Leía los títulos y los autores… En el reflejo del cristal veía el rescoldo de la luz y el tráfico del aire entre los pinos. Abrí la puerta y apagué el teléfono móvil. Silencio. ¿Por dónde empezar? Di un repaso a las revistas literarias o de pensamiento. Ínsula, Quimera, Renacimiento, Turia, Revista de Occidente, Leer, Revista de Libros... Luego pasé a las novedades de poesía. Vi lo último de Jaime Siles. Actos de habla (XIII Premio de Poesía Ciudad de Torrevieja, Plaza y Janés). Conozco bien el desarrollo de ese libro, su calidad e intensidad intelectual. Y vi un libro inédito en español de Rainer Maria Rilke. Sonetos a Grete Gulbransson, en edición de Antonio Pau. El poema "Por amor a ti quiero hoy tocar las rosas..." es una delicia, una obra de plena madurez. Y de la misma editorial Visor me llamó la atención una Antología de Ernesto Cardenal (que pese a sus teologías liberadoras de cuño marxista es un gran poeta). En su momento la lectura de Cántico Cósmico (1999) me deslumbró por su poderío verbal. En Trotta vi que se ha editado lo último suyo: Pasajero de tránsito. Un libro de poemas breves, fruto de sus muchos viajes. Instantáneas de luz, de vida, de despedida… Y allí estaba Delicias y sombras, del poeta norteamericano Ted Kooser (Pre-textos). Me lo había avisado Hilario Barrero, su traductor. Me había dicho que no me lo podía perder. Él hizo que descubriera la espléndida poesía de Jane Kenyon, y me fío completamente de alguien con ese olfato poético.

Creo que me sé la librería de memoria, y aun así me gusta hurgar por sus rincones, ponerme de puntillas, agacharme, revolver las estanterías. Hay libros que llevan allí muchos años. Viejos conocidos. Me gusta pensar que nos miran o que esperan con paciencia su momento. Leí unas páginas de Mendel el de los libros, de Stefan Zweig (Acantilado). “De vuelta en Viena tras una visita a los barrios de la periferia, me vi inmerso de improviso en un chaparrón que, con húmedo látigo, perseguía a la gente…”. Así comienza. Es la historia de un librero de viejo llamado Jacob Mendel. Un relato de apenas 57 páginas. La portada llamará mucho la atención a quienes estén enamorados de los libros. Reproduce un fragmento de La bibliotèque, del pintor Félix Valloton. Y me topé con Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (Minotauro). Uno de mis libros de culto. Hace poco volví a ver la película de Truffaut. Y leí durante una apacible madrugada un pasaje que se reproduce en el hermoso Libro de libros (editorial 451). Hojeé rápido las novelas que estaban sobre la mesa. Me quedé con El rosa Tièpolo, de Roberto Calasso (Anagrama). Siempre he admirado la pintura barroca del veneciano Tièpolo, sobre todo los frescos del Palacio Real de Madrid y los del Palacio Labia de Venecia. También quise leer enseguida El señor Skeffington, de Elizabeth von Arnim (Lumen), una escritora que recomiendo al ciento por ciento.

Pero lo que me urgía más era algún libro de pequeño formato. Que quepa hasta en el bolsillo de la camisa. Me decidí por Lo clásico y el talento individual, un breve ensayo de T. S. Eliot (Universidad Autónoma de Méjico). Hubiera querido alguno más, pero andaba escaso de dinero, como es habitual. Con los libros en la mano aún di unas vueltas más al ruedo. Me costaba irme de allí, alejarme de una felicidad que estaba tan a mano. Y en el autobús de vuelta a casa seguí leyendo Mendel el de los libros. A mi lado una chica miraba sin disimulo el libro y un rayo de sol se dejaba caer en sus piernas.

jueves, 26 de marzo de 2009

Poetas, vanidad y olvido



El pasado sábado fue nada menos que el día mundial de la poesía. Desconocía la existencia de tal día. De saberlo hubiera ido a la peluquería o me hubiera dado un festín de sonetos de Lope. ¿Se leerían ese día poemas en los organismos internacionales? ¿Se regalarían libros de vates en aviones, barcos, trenes y tranvías? ¿Los escaparates de las librerías estarían repletos de poemarios con un 10% de descuento si comprabas más de dos libros? ¿Te encontrarías con versos de Whitman o Unamuno o Larkin al abrir el periódico de aquella mañana que estrenaba la primavera? ¿Sustituirían ese día en las televisiones alguno de sus programas basura por documentales y entrevistas sobre el sentido de la poesía en el siglo XXI o como referente de cierta verdad del alma? Quizá el gobierno de algún país ilustre como el mío tuviera la idea de encargar unas estadísticas (corroborando que el personal prefiere la francachela a las metáforas) o un concienzudo estudio sobre el aborrecimiento progresivo de la poesía en la educación colegial. ¿Los políticos habrán declamado en el ágora o en los parlamentos a Píndaro, Quevedo o Bonnefoy? ¡Qué imaginación la mía! Las elecciones no se ganan con estrategias poéticas. Más bien con estrategias patéticas, que es un género retórico distinto. O a lo sumo con esperpentos. Y esta celebración me ha hecho recordar una conferencia de Witold Gombrowicz que tituló Contra los poetas (está editada por Sequitur). Sostiene el escritor polaco “que los versos no gustan a casi nadie y que el mundo de la poesía versificada es un mundo ficticio y falsificado”. Lo de que los versos no gustan a casi nadie me parece algo evidente. Al menos les importan un carajo. Y lo de que la poesía en versos es una ficción tantas veces impostada y carente de naturalidad no deja de tener su punto de verdad. Da mucho que pensar el texto de Gombrowicz. Dice: “(…) podemos definir al poeta profesional como un ser que no se puede expresar a sí mismo porque tiene que expresar los versos”. Embebido en rimas, sílabas y demás brillos y joyas (o bisutería). Sin dejar apenas sitio para lo de todos los días. Y después está la eterna pregunta: ¿para quién escriben los poetas? ¿Para los demás? Yo no estoy seguro de ello. Creo que escribimos -y me incluyo con estudiado descuido- para nosotros mismos. Al menos en primera instancia y en segunda y tercera y… Luego ya cualquier cosa puede pasar. Con el tiempo y cierta dosis de olvido. Gombrowicz cree con contundencia que los poetas escriben para los poetas. “El espíritu gremial domina al universal”, tercia. Y se ríe de esos congresos hasta los topes de tipos tan sublimes, o de que puedes cambiar de orden los versos durante la lectura pública de un poeta y ningún especialista darse cuenta y aplaudir todos a rabiar. Y el caso es que no le falta una buena parte de razón. La poesía moderna se cree desde hace decenios demasiado estupenda. Y se pontifica en debates de chiste. Hombres y mujeres muy inteligentes pierden el norte de la inteligencia (“intus-legere”, leer dentro) por un acceso de vanidad crónica. Cuantas veces el poeta, como sentencia Witold Gombrowicz, “se agita en el vacío”. Y se contonea como si fuera el centro del universo.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Me repito en el decir





Ya no sé si me repito en el decir.
Lo más seguro es que sí, como todos
los ecos del vivir.
Giran mis palabras
alrededor de los mismos silencios
o de las mismas ruinas del ayer.
Y te sientas en la misma orilla
con un libro de Madame du Châtelet
en las manos (Discurso sobre la felicidad),
la mirada fija en un solo punto
de la melancolía
o de la pared recién pintada de buganvilias.
Supongo que insisto en mi vida,
que es de lo que yo sé o creo saber.
Todas mis palabras viven en la misma calle
y en el mismo portal y en el mismo piso.
Viven en mí y tienen la llave
del alma, que es mi verdadera identidad.
¿O vivo yo en ellas,
en el interior de su fluir y sonido?
Sueñan las palabras el amor de Dios
que se transfigura en el significado de los diccionarios,
sueñan las palabras con playas vacías
donde las olas suenan en mi memoria
dejando un rastro de espuma que respira mi vida.
Y sueñan las palabras con frondosos bosques
de brisas amarillas.
Me repito en el decir
porque en realidad uno siempre ama
lo mismo (aunque no de la misma manera
o en el mismo instante).
Uno siempre vive
en el mismo dolor y en la misma maravilla.
Y cada palabra es una ventana
por donde te asomas y piensas
en la eternidad de su perspectiva.
¿Qué habrá dentro del cielo?
¿Y dentro del adentro del cielo?
¿Qué habrá ahí, justo en el centro
de esa claridad que ilumina mi ser?

martes, 24 de marzo de 2009

"Luisito (una historia de amor)", de Susanna Tamaro



En una ocasión escuché una de esas opiniones megaintelectuales que se dejan caer como si nada en ciertos ambientes, tan pletóricas de envidia y frustración. Escuché decir de las novelas de Susanna Tamaro -por entonces estaba en pleno apogeo su obra Donde el corazón te lleve (Seix-Barral, 1994)- que se trataba de unos libritos innecesarios, ñoños y demasiado católicos (?). Me quedé boquiabierto. El ínclito prócer se había quedado a gusto con su evacuación. ¿Demasiado católico? Nunca se me habría ocurrido. Pensé: “¡Joder, un argumentario de lo más ecuánime y filológico!”. Pero bueno, aparte de lo que uno pueda pensar de la escritora de Trieste y de la Iglesia de Roma y del moro Muza, la especie humana ‘tonta del culo’ -ya me perdonarán- es una constante en la humanidad, y más cuando… Mejor omito comentarios. No merece la pena. No es de extrañar que desde entonces sienta un especial cariño por esta mujer y por lo que escribe. En El Quijote aprendí que no estaba nada mal eso de desfacer entuertos y clamar contra la injusticia y reivindicar lo que de sueño hay en la vida. Porque es de ley decir que la literatura de Susanna Tamaro (1957) no es baladí. Son muchos los lectores que han encontrado en sus historias un cúmulo de sentimientos y ternura, de emociones y esperanza. En definitiva, un trozo de su propia alma. Todo ello escrito en una prosa sobria y delicada, sin adornos, concisa, e incluso lírica.

Y es así como está escrita Luisito. Una historia de amor (Seix-Barral). Luisito -en realidad Luisita- es un papagayo del Amazonas que la jubilada maestra Anselma se encuentra en un contenedor de basura. “Apartó un cartón de leche vacío y se sobresaltó maravillada: era como si un fragmento de arco iris se hubiera dignado posarse en el suelo”. Luisito va a ser el detonante de muchas cosas. El afecto del animal removerá en Anselma viejos recuerdos y sobre todo la nostalgia de la amistad de su amiga Luisita, compañera de estudios. “(…) Todas las cosas bonitas que habían acontecido en su vida, y que seguía conservando, las debía a su amistad con Luisita. La música, el amor por la poesía, por las novelas, la enseñanza vivida como una misión”. Anselma irá tomando conciencia de que es posible ser feliz a partir de los 70. Rememora su matrimonio de treinta años en el que su marido la había convertido en una momia, mintiéndole sobre una supuesta heroicidad en la guerra o sobre su condición de poeta o engañándola con otra mujer. Luisita sí que sabía lo que era la poesía y el ir siempre más allá de los límites. Se puede vivir sin ella, le decía, incluso vivir mucho mejor en apariencia. Pero para toda esa gente “¿no es un simulacro de vida? ¿Qué es la vida sin misterio -o sin la voluntad de afrontarlo-, sino un ininterrumpido páramo de bostezos?”.

La novela tiene unos cuantos puntos cardinales sobre los que gira y se sustenta. La poesía, la amistad, el amor/felicidad, Dios, la vida… “El único tratamiento es el amor. ¡Sólo el amor cura!”. Pero la existencia de Luisita se fue sumiendo poco a poco en una apatía y en una desilusión. “¿Cuándo había sido la última vez que se había sentido realmente viva?”. La novela le sirve a Tamaro para ir reflexionando sobre su pasado y también sobre el presente, sobre el amor y el desamor, sobre la educación y la barbarie, etcétera. La novela es una reivindicación fabulada de todos esos sentimientos puros que nos resucitan de la mediocridad, de la desidia, del escepticismo o de la angustia. El destino del hombre está en la belleza y en la trascendencia que simboliza el arco iris que aparece al principio y al final del libro y que está presente en el plumaje de Luisito, el papagayo del Amazonas. Una novela que me ha gustado por lo que tiene de verdad y de sencillez, como todas las de Susanna Tamaro. Reconforta leer libros así.

lunes, 23 de marzo de 2009

¿Qué esperamos después de todo?



Nos pasamos la vida esperando una racha de suerte, un premio o una alegría inesperada. Esperando que suene el teléfono y una voz nos diga que somos los afortunados y que nos vamos de viaje alrededor del mundo o que desde ese día dejamos de pagar la hipoteca por una disposición personal del mandamás del banco. Que el jefe nos llame a su despacho e invoque el esmero de nuestro trabajo -¡ya era hora!-, lo que merece una justa recompensa, además de la sonrisa beatífica de siempre. Nos pasamos la vida esperando que, de repente, nuestra mujer sea la más tierna de entre todas las mujeres (o el marido) y no escatime en insistentes caricias y en besos consecutivos. O que llegue por fin la primavera y podamos salir de paseo por la vida, sin abrigos, en camisa, y escribir en la barra de un bar un poema muy extenso sobre la luz y el paso del tiempo (que se escabulle antes de que nos demos cuenta). La vida es, en definitiva, una espera y un poema. Palabras y silencios. Silencios y palabras. Un anhelo de algo mejor que está por llegar y que es inminente. Nos mantenemos alerta. Porque no puede ser todo tan… igual. Esta costumbre de los días, tan monótona y mortecina, necesita de algo que la trastoque, que la haga saltar por los aires en mil destellos de armonía. Nos pasamos la vida esperando cualquier cosa que nos sugiera un poco de felicidad. Pero ¿dónde? ¿Cuándo llegará? Miramos el cielo con insistencia, y nos miramos las manos y miramos las palomas que zurean en la acera. A veces nos conformamos y sentimos la desazón de las horas, su soledad. Nos damos por vencidos por cualquier contratiempo. Quizá por el dolor o la muerte. Y escupimos a Dios o, lo que es peor, ignoramos su amor con alevosía. ¿Qué esperamos después de todo? ¿Qué pensamos que es la alegría? ¿Qué premio queremos, qué sorpresa, qué viaje?

domingo, 22 de marzo de 2009

Conciencia de lo que eres


Ahora estás y eres
consciente de lo que ves y sientes.
Pero te preguntas si eres
del todo consciente,
si ves la realidad de lo que es.
Dudas del contorno de las cosas.
Dudas de si ves con nitidez lo que importa
o si te quedas sólo
en la apariencia de tu mirada gris.
Quieres ver más allá de la piel y de las formas
y no quedarte en la melancolía
de esas nubes y esos días.
Porque no te conformas
con la algarabía de las sombras,
porque sabes que apenas eres un recuerdo
que se diluye en el tiempo (o en esa fotografía
color sepia de la vida).
Porque sabes que mueres
en el lenguaje donde habitas.
Y quieres ver el envés de lo que miras
y la verdad de lo que eres mientras vives.

sábado, 21 de marzo de 2009

El talante anticatólico


Cansino y recurrente. Y deprimente. De cuando en cuando parece necesario incendiar Roma. ¿La culpa? De los cristianos, of course. Es ya una macabra tradición en el devenir histórico, una costumbre para ciertos políticos cafres. Nerón puso las bases, y Diocleciano y tantos más perfeccionaron el asunto. Hasta llegar a la apoteosis de la Revolución francesa o de la II República española. O al “padrecito” Stalin. Odio y planificación diabólica. Los seguidores de Cristo siguen perseguidos en China, en Corea del Norte, en Cuba, en no pocos países africanos, y en absolutamente todos aquellos regidos por el Corán. Hablo de personas concretas que ahora mismo están siendo encarceladas, torturadas o asesinadas por sus creencias.

Por supuesto en nuestro aburguesado y correcto mundo occidental, es todo más sutil. Pero no menos real, ni trágico. Vean España. El socialismo español no acaba de desprenderse de un acendrado prejuicio anticatólico, apuntalado por el espectro de un rancio y absurdo discurso guerracivilista de salón. Cuando quieren despistar la atención pública de su propia nulidad política, incapaz de proyectos sociales atractivos, etcétera, suelen acudir solícitos a los mismos argumentos carnaza.

El repertorio es ya todo un clásico. Zascandilean y hurgan en temas morales que saben escuecen a esos millones de españoles que todavía van a misa y se toman en serio a Cristo. Divorcio exprés, ampliación del aborto, manipulación genética, la incipiente eutanasia y lo homosexual como el no va más del sexo y de la ternura para nuestros hijos. ¿La familia? Algo pasado de moda. Cuando sin ir más lejos está sosteniendo el día a día de unos cuantos millones de parados. Y no hablo de la educación, o de la asignatura de Religión, o del feroz anticlericalismo (ya ven estos días, la Iglesia española no puede defender la vida de los niños no nacidos, y se le ridiculiza por ello).

Algunos selectos medios de comunicación toman parte activa en esta festiva ceremonia de la confusión y de la inquina. Y lo hacen a conciencia. Los católicos somos vilipendiados una vez y otra. El pretexto puede ser cualquier cosa. Un libro, una película, un escándalo. Algo con el suficiente morbo para movilizar a las hienas de siempre, que olisquean también el negocio. Porque lo anticatólico tiene su margen de beneficios.

De lo que se trata es de mancillar nuestra fe y de insultar nuestra inteligencia, intentando relativizar y trivializar los valores cristianos. Todo vale. Y sin darnos cuenta vamos cediendo en pequeños detalles -o no tan pequeños-, vamos apostatando de nuestra fe por la vía de un cómodo consentimiento (“tampoco es para tanto”, se puede pensar) y de un silencio que haría estremecer al mismo Judas. Por quedar bien, por no significarnos, por vergüenza o incluso por miedo. Es como si las cosas de Dios ya no fueran con nosotros.

Los católicos somos personas de nuestro tiempo y como tales tenemos que actuar. Somos mayores de edad y laicos, exactamente igual que los demás. Sin amaneramientos de sacristía, complejos o ñoñerías de colorín. Nuestro sitio está en la vanguardia de la paz y de la justicia, y solidarios de los de verdad. No es sólo cuestión de los obispos o del Papa (que se queja de que tiene el enemigo en casa). Es, sobre todo, cuestión de una contrastada vida de piedad, y de nuestro testimonio profesional y familiar en cristiano. Con valor y coherencia. Con el valor de la coherencia. Y contra esto no hay anticatolicismo que valga. Por ácido que sea.

viernes, 20 de marzo de 2009

Preguntas




Somos también lo que no llegamos a ser, lo perdido, lo olvidado
JORGE LUIS BORGES


Preguntas. Las que te haces y las que te hacen. Preguntas de todo tipo. Discretas o no. Con respuesta o sin ella. Algunas duelen o son capciosas. Las que mascullas delante del espejo o las que gritas a pleno pulmón. Preguntas que te ponen en un brete o preguntas que respondes al tuntún. Catecismo de vida y de algunas certezas, o agenda de dudas. “¿Eres feliz?”. Desde luego que sí, faltaría más. Soy feliz por la gracia de Dios. Bueno, por la gracia de Dios y por los besos de mi mujer, y por esos amigos que escriben poemas, y por los juguetes que me encuentro en los lugares más inverosímiles de la casa. Sí, soy feliz. Cada vez que me arrodillo o la miro o abro las páginas de un libro (o su camisa azul cielo). La verdad es que me conformo con poco. Unas cuantas flores y esta luz incierta de la tarde. El amor de las cosas. ¿Para que más? Y ahora que caigo en la cuenta: la memoria. En ella encuentro todo un vergel de recuerdos, de colores y de buenos ratos. Preguntas y más preguntas. “¿No te cansas de leer?”. No, no me canso de amar y de rastrear un poco de verdad entre las palabras. “¿Quién eres en realidad?”. En realidad soy un tipo de 45 años que muchas veces no se reconoce el alma. Un tipo que piensa demasiado en sí mismo. Un tipo cualquiera, más bien aburrido, que se acicala con pretensiones y excesivos sueños. Un tipo que en cuanto puede se larga muy lejos. Sin moverme del sitio por supuesto. “¿A qué te dedicas?”. ¡Si yo lo supiera! Generalmente a fisgonear en lo que me rodea. Me gusta fijarme en lo más peregrino. Un cerrojo me sirve, o un banco sin nadie, o un cromo antiguo, o un calendario, o unas medias… “¿Te gusta la gente?”. Me gustan más las personas, y a poder ser a solas. La multitud me asusta. Preguntas e interrogantes. Sin fin. “¿Qué es lo que más te gusta de la vida?”. La arena que no piso, los mares que no surco, los versos que no escribo, la belleza que no veo… Todo eso que está en mí y que todavía no he descubierto, o que descubrí un remoto día de enero o de junio mientras leía o miraba su rostro. De la vida me gusta todo. ¿Todo? Ahora dudo. Puede que haya algo minúsculo o estrambótico o ridículo. Me desagrada el cotilleo -ése frufrú de palabras innecesarias-, la avaricia y la mentira. Y la comida rápida. Y los gritos. Y los libros de… No lo digo. ¿Para qué? ¿De qué serviría? Me gusta la vida en sí, y la posibilidad de rectificar y de acariciar y de ver una película de Clint Eastwood. Me gusta agacharme y tocar la tierra o el césped. Y guardarme pétalos de luz o piedras curiosas en los bolsillos. “¿Qué es para ti la literatura?”. (Me lo han preguntado muchas veces). ¡Es tantas cosas! Puede que sea el envés de la vida. O el intento de dar en lo imposible. Puede que sea un desahogo del alma, o dar forma al silencio. Puede que no sea nada, después de todo. Me refiero que no sea nada de lo que hemos soñado para ella. O no tanto. O sea sólo el principio de algo más perfecto. Interrogantes y preguntas. Preguntas en apariencia triviales que logran que mires con otra perspectiva tu vida. Algo tan simple como lo que te acaban de preguntar hace un rato: “¿Estás bien?”. Dos palabras que pueden darte la vuelta por dentro. O dejarte su inquietud durante un buen tiempo, sin una respuesta que te convenza por lo menos hoy, a 20 de marzo.

jueves, 19 de marzo de 2009

“El tercer disparo”, de Luis Herrero



Lo primero que he confesar es que me ha venido muy bien esta primera novela del periodista y político y ensayista Luis Herrero (Castellón, 1955). Para pasar unas horas agradables, sin pensar en exceso, dejándome llevar por la acción y el suspense de una historia trepidante, que es de lo que se trata en El tercer disparo (La Esfera). Lo llaman thriller. Pues thriller. Sea. Y con gusto. En fin, sí, me ha venido muy bien esta lectura, porque no anda mi vida para muchas exquisiteces estos días. Y se agradece una historia sin espesos galimatías conceptuales. Aunque según se avanza en la lectura uno empieza a preocuparse. Ya no se trata de la literatura. Se trata de España. Parece que suena un poco rimbombante escribirlo así, pero es que se trata de eso: de España. Es el sustrato de todo lo que se cuenta aquí. El autor ha querido decir u sugerir cosas por vía indirecta. La imaginación al poder. O el poder con imaginación. El caso es que hay ciertos asuntos de nuestra historia más reciente que requieren de esta cualidad. Tratar el 11-M o las cloacas del poder o los tejemanejes con la banda terrorista ETA o la catadura moral (o inmoral) de los políticos o la inercia de los partidos desde ese ángulo imaginario. Por si se hace un poco de luz y el lector va haciendo sus deberes. Igual resulta que la novela tiene su cifra, sus códigos, y hay que andarse espabilado. Desde luego Luis Herrero sabe más de lo que cuenta. Esa es mi personal sospecha. Y difumina la realidad en una novela muy cinematográfica. El tercer disparo es lo que es: otra manera de decir las cosas. Él mismo es miembro del Partido Popular, del cual no es que se saquen muy buenas impresiones en esta ficción. Como del Partido Socialista o de los nacionalistas vascos y catalanes o de los escombros comunistas de Izquierda Unida. Pero El tercer disparo se centra más en los populares y su órbita de poder y fricciones caseras. Una historia de amor y venganza, de traiciones y desmedidas ambiciones. El ex Presidente del gobierno “popular” Manuel Romero está dispuesto a lo que sea por volver a la Moncloa. ¿A lo que sea? Pues parece que sí. El resultado de una moción de censura al Presidente socialista Nicolás Rico está en juego. Todo depende de un voto. De por medio un diputado “popular” -ex ministro del Interior- que no va a consentir que suba al poder un gobierno dispuesto a dialogar con ETA (aunque sea de su propio partido). Y su amante -ex directora del CNI-, y un fotógrafo del diario El Sol que está por casualidad en el lugar oportuno, y la chica fetén de culo prieto y… Amenazas, coacciones. ¿Todo político tiene un precio? Luis Herrero lo sopesa e insiste en la narración, a través de diferentes personajes, en que desde el poder se puede hacer mucho bien y no descabalgarse obligatoriamente de los principios. El bien y el mal, y toda la gama de dudas y meteduras de pata y conciencia y jaurías de lobos que andan de por medio. Y el amor como redentor supremo. En resumidas cuentas, una novela entretenida, con más inquietudes que literatura. Pero ojo, esto no quiere decir que Herrero escriba mal. Sus otros libros atestiguan lo contrario, y sus muchos artículos de prensa. Aquí ha dado un paso más, a un género distinto. Y no es fácil ser un fenómeno desde el principio. Tiempo al tiempo. A mí, desde luego, me ha dado un respiro en medio del trajín.

miércoles, 18 de marzo de 2009

El infarto de mi padre



¿Qué hacer cuando sufres un ataque al corazón en el corazón de una de las personas más queridas? ¿Es su corazón o es el tuyo? Te pones lo primero que tienes a mano -la cazadora vaquera y los zapatos granate-, “las llaves, las llaves”, "vamos, vamos", llamas a un taxi, subes corriendo a su casa, no aciertas a abrir su puerta de puros nervios, entras por fin y gritas: “¡Papá!”. Sin respuesta avanzas por el pasillo y miras de habitación en habitación… Ahí está. Ahí, sentado en la cocina, te encuentras cara a cara con su mirada asustada, huidiza. “Guillermo, me duele aquí, en el pecho, me duele…”. Y en esos segundos, mientras lo levantas, te acuerdas de ella. Te acuerdas de tu madre en similares circunstancias. Y de nuevo tienes miedo. Bajamos al taxi rumbo a urgencias. Dejé mi mano en su hombro derecho y le di un beso. Urgencias. Se nos pasa la vida yendo y viniendo a urgencias de muy diverso tipo. El hombre es una continua urgencia. De cuerpo y de alma. De ternura, de comprensión, de escucha, de cariño (aunque no siempre las urgencias sean las adecuadas). Necesitamos los cuidados intensivos de Dios y de todos aquellos que nos quieren y nos sacan del atolladero más veces de las que imaginamos. Enseguida electros, análisis, pruebas… Confirmado. Crisis cardiaca. Aleteos de batas blancas. Movimientos certeros. Centelleos de números y líneas en zig zag de colores verdes, rojas y amarillas. “¡Rápido, rápido!”. “Ustedes no pueden pasar”. Nos sentamos. Llama la atención el silencio y los rostros preocupados, cabizbajos. Las palabras van por dentro. Estamos en la antesala del sufrimiento, del dolor, del no saber qué está ocurriendo. Jaime me pide un euro para comprarse algo de beber (después me llama que está rezando en una capilla). Yo saco de mi bolsillo el rosario. Es preciso ir al meollo del corazón infartado de mi padre. Y voy rezando avemarías. “Dios te salve María, llena eres de gracia, el señor es contigo…”. Pliego su camisa y su jersey, y miro la hora en su reloj Omega. Las seis y media. “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”. La muerte. No quiero pensar en ella, pero ella siempre está presente. Un médico me dice que va todo bien. ¿Bien? ¿Hasta que punto? “Dios, ya que te llevaste a mi madre tan pronto, deja que mi padre viva”. La luz entraba por los ventanales a borbotones. Era la esperanza, era la respiración de Dios... Camillas y ambulancias, enfermos con los ojos muy abiertos. Pensaba en mi vida, en la vida, en la síntesis de todo y en la felicidad de todos. Ni un libro, ¡no me había llevado ningún libro! Unos versos de Lope acudieron: “(…) ¿en qué pienso, en que me ocupo, en que me encanto? / Loco debo de ser, pues no soy santo”. Está mejor, dicen, pero… Quiere irse, quiere abrir las cortinas de todas las ventanas de su casa, quiere saborear la brisa y las sonrisas de sus nietos. “Estoy bien, estoy bien, no me duele nada”. La vida. Y le doy la mano.

martes, 17 de marzo de 2009

El próximo libro de María Vallejo-Nágera


Una buena amiga acaba de escribir un libro memorable (se publicará en abril, Dios mediante). Un libro que es muy difícil de catalogar, con esa afición tan desmedida a encasillar los textos en géneros y subgéneros, en extrañas y frías filologías que congelan el corazón de la literatura. Cuando de lo que se trata es del alma. Del acontecimiento que es la vida. Con su melodía y con su drama, con su esperanza y sus miserias. La literatura o nos trasciende o se queda en nada. Porque esto de lo literario nació porque el hombre necesitó, en un momento dado, de tomar impulso y entonar el cántico que lleva dentro. Necesitó -y necesita- contar los entresijos de la existencia, sus anhelos, sus aventuras, sus heroísmos o su realidad cotidiana. Sí, mi amiga ha escrito un libro verdaderamente bueno. Y oportuno. Y duro. Y tierno. Un libro a contracorriente, sin importarle guardar apariencia alguna. Cuando uno lo lee se siente removido, enrabietado, conmovido, pensativo… No me importa decirlo: se me saltaron las lágrimas. ¿En qué mundo vivimos? La vida de la protagonista de la novela está viva de puro milagro. Porque el libro se basa en una mujer real de mirada profunda y enamorada que vive en un rincón de los Estados Unidos. La narración no es fantástica ni desarrolla el guión de unos personajes de ficción, no es tampoco morbo ni propaganda, ni resulta afectada. Las palabras nos cuentan la historia de una niña maltratada y violada y vejada y vilipendiada y despreciada. Las palabras nos cuentan la historia de una adolescente a la que obligan a abortar a su hijo. Las palabras nos cuentan la historia de una mujer que pide la limosna de un poco de comprensión y cariño. Las palabras nos cuentan el dolor de tanto silencio, y la presencia de Dios que surge impetuosa en una vida que parecía rota, sin sentido, pero que resucita en una sonrisa infinita. Ay, las palabras... ¡Cuánto dolor en su discurrir, cuánta esperanza por desvelar! Llega uno a pensar que es imposible, que no puede ser que sucedan cosas así. Tanto odio, tanta crueldad, tanta perversión, tanta tortura. El drama acongoja al lector, que asiste impotente a su desarrollo. Quisieras hacer algo por esa niña, por esa adolescente, por esa mujer. Quisieras ofrecerle tu compañía, tu amor, tu protección. Quisieras hacerle ver que hay mucha gente buena, gente que se echa el alma a las espaldas y lucha por ayudar a los demás, sin condiciones. Este libro en realidad no es una novela, es algo mucho mejor. Es un estremecimiento. Yo lo dejo apuntado aquí, en estas líneas, para que conste y lo compren en abril. La escritora se llama María Vallejo-Nágera.

lunes, 16 de marzo de 2009

“Diario”, de Hélène Berr



Ocupación nazi de París. “Estos hombres, sin comprenderlo siquiera, han arrebatado el placer de vivir a toda Europa”. Hélène Berr es una joven veinteañera francesa, estudiante en la Sorbona de literatura inglesa. Amante de la música y de los libros (“dentro de mí suena una especie de campana cuando oigo hablar de libros”). Libros que regala, presta, estudia, cita, enumera y lee a conciencia. Los hermanos Karamazov, Resurrección de Tolstói, el Prometeo de Shelley, Jude el oscuro de Thomas Hardy, Shakespeare, la prosa de Hofmannsthal, los Rilke o los Cuentos de Chéjov. Y su amado Keats (el autor con el que más se identifica) y tantos más. Héléne, una joven y guapa parisina que comienza a escribir su Diario “porque es preciso que los demás sepan”. “A cada hora del día se repite la dolorosa experiencia que consiste en darse cuenta de que los demás no saben, que ni siquiera imaginan los sufrimientos de los otros hombres (…)”. “Y sigo intentando este penoso esfuerzo de contar”. Y lo hace con sensibilidad y madurez, con inspiración e intuición. “No será con la guerra como venguemos los sufrimientos: la sangre llama a la sangre, los hombres se aferran a su maldad y su ceguera”.

Frente a los hechos, frente a las deportaciones, frente a los asesinatos, frente al horror, se alza su alma, su inteligencia, su amor por Jean Morawiecki y por tantas personas más. Y lo cuenta con sencillez, con una delicadeza extrema y, en ocasiones, con desesperanza. “De pronto me doy cuenta de que no hay nada que esperar y todo que temer del porvenir”. Pero le basta con mirar a los ojos de los niños, o soñar con su amor, o entrar en una librería (“curiosear libros restablece la normalidad”), o salir a la calle. “Está la buena mirada de los hombres y las mujeres que te llena el corazón de un sentimiento inexplicable. Está la conciencia de ser superior a las bestias que te hacen sufrir”. “Está la unión contra el mal y la comunión en el sufrimiento”.

Un diario es, en si mismo, la literatura más desnuda de literatura. Es la vida desprendida de artificios. Es el alma, tal cual. Por lo menos así es el Diario de Héléne Berr que ha editado Anagrama, con un breve prefacio del estupendo novelista que es Patrick Mediano. “Hay dos partes en este diario (…), la parte que escribo por deber, para conservar recuerdos de lo que deberá contarse, y está la escrita para Jean, para mí y para él”. El martes, 7 de abril de 1942, comienza a escribirlo. Va a recoger a casa de Paul Valèry un libro que el poeta ha tenido la amabilidad de dedicarle. Abre el libro con ansiedad. Y lee: “Al despertar, tan suave la luz y tan hermoso este azul vivo. Paul Valèry”. Es feliz, y quiere comunicar su alegría a los demás, con “la impresión de que en el fondo lo extraordinario era lo real”. Se suceden los días. Momentos en los que busca la soledad, momentos en los que tiene miedo. Aunque “la libertad, incluso en el sufrimiento, es un consuelo”. Melancolía, tanta melancolía... Y los judíos son obligados a llevar la estrella amarilla. Humillación y valor. “Son los dos aspectos de la vida actual: el frescor, la belleza, la juventud de la vida, encarnada por esta mañana límpida; la barbarie y el mal, representados por esta estrella amarilla”. Y las lágrimas son difíciles de contener. “Han aflorado a mis ojos lágrimas de dolor y de rebeldía”.

Héléne es un alma delicada que presiente la tragedia. Su propia tragedia y destino. “Pienso continuamente en que me aguarda una prueba”. A su alrededor se acelera e intensifica el odio y la sinrazón. “No basta con poder ver, hay que poder sentir, sentir la angustia de la madre a la que han arrebatado a sus hijos, la tortura de la mujer separada de su marido”. Su amado Jean se ha ido a España para pasar luego a África y luchar en la Francia libre. Según se va avanzando en la lectura el amor por Jean lo llena todo. Piensa en el dolor de lo que podría haber sido y sueña sus abrazos que la protegen. Sueños que son “una prolongación de la realidad”. Y todo lo demás es una espera, un desasosiego cada vez más duro. Cuesta vivir en esas circunstancias. Las leyes nazis van estrechando el cerco a una felicidad cada vez más incierta. Las deportaciones son más y más frecuentes. De París a Drancy, y de Drancy a Auschwitz. Crece el volumen del horror y del terror. Y Héléne sigue tomando nota de la realidad, y sigue vislumbrando el amor cono único remedio, y la belleza. “Hay belleza mezclada con la tragedia”. La última anotación en el diario será del martes 15 de febrero de 1944. Aunque el 8 de marzo -día de su detención- escribirá una carta a su hermana Denise (pág.293). Toda la familia es arrestada. Llega a Bergen-Belsen. Morirá en 1945, a los 24 años, justo unos días antes de que liberen el campo de exterminio.

Un testimonio escalofriante y muy sagaz sobre el ser humano, sobre el amor y el arte, sobre el dolor... La intimidad de una mujer enamorada de la vida, incapaz de odiar a nadie. Una historia de amor en medio de la angustia y de la desolación. Un ejemplo moral. La victoria de la ternura sobre la tortura, de la vida sobre la muerte. Dice Héléne: “Pienso en la historia, en el porvenir. En cuando todos estemos muertos. Es tan corta la vida, y tan preciosa. Y ahora, a mi alrededor, la veo despilfarrada sin motivo, criminal o inútilmente”. Yo creo que podemos sacar consecuencias. También en nuestra realidad personal.

domingo, 15 de marzo de 2009

El fútbol y ciertos futbolistas



Para Chavi Ladaga, un deportista de verdad


Con permiso. Desde luego hay que reconocer que el Liverpool es el equipo español más en forma. Junto con el Barcelona. En ellos está lo más granado de la España futbolística. Y el Real Madrid es una pandilla de consentidos que se han subido a la parra de una soberbia que desde luego no les hace jugar bien ni a las tabas. Si tuviera que salvar a alguien -es vox populi y sólo se requiere tener ojos que vean- sería a Casillas, su portero, y también salvaría a Raúl. Los dos, además de ser buenos en lo suyo, son gente discreta. Y eso, entre tanto gomoso emperifollado de su gremio, se agradece muchísimo. No me digan que no. Pero si me acerco a estos avatares deportivos es sólo por comentar unas declaraciones que escuché hace unos días a Pep Guardiola, el entrenador del Barcelona, que me llamaron la atención por atinadas y valientes. Como quien no quiere la cosa dejó en pelota tanta bobada con la que le toca convivir en su profesión. Se le notó que era algo que llevaba rumiando desde hacía tiempo y que tenía ganas de decir. De esas cosas que callas porque, en fin, no conviene ponerse a malas con nadie, y somos los primeros y el presidente me dirá que qué pasa, y me tomarán por cantamañanas, etcétera. Pero el momento llegó. Rueda de prensa después de recuperar el buen juego. Atrás quedaba un pequeño bache de dos o tres semanas. La figura del partido Andrés Iniesta, que volvía después de una lesión. Iniesta, para mí el mejor jugador español en activo. (Junto con Fernando Torres y Casillas). Iniesta es como Enrique Ponce en los toros. Elegante y elocuente en el pase. Y certero en el remate. Y un señor. Con clase. El caso es que Guardiola lo dijo. Puso a Andrés Iniesta de ejemplo -“se lo digo a los chicos: fijaos en Iniesta”-, dejando de esta forma muy claro lo que pensaba de un buen número de jugadores. Y no sólo de su equipo. Tipos que prestan más atención a su aureola de vanidad que al juego; tipos con el pelo pintado, con piercings, con tatuajes, con pendientes... Unas auténticas monadas que protestan y se quejan de todo, como adolescentes. ¿Iniesta? “Se le conoce sólo por su fútbol y siempre lo hace bien”. Entre narcisos y pimpollos.

sábado, 14 de marzo de 2009

¿De qué escribo hoy?



¿De libros, de amores, de reflejos, de colores, de dudas, de esperanza, de familia, de nubes, de amigos? Digo yo que algún resquicio habrá entre lo presente para que pueda decir algo de provecho. Algún detalle quizá, quién sabe. Pero las palabras se plantan esta mañana de marzo, y miro alrededor por si encuentro un estímulo que me sirva de comienzo. Y la vista se queda fija en una camisa vacía. Hace unos días recuerdo que estaba yo dentro. Y vivía. Como vivo ahora, sólo que con otra camisa y en distinto día. Lo que daría por tocar la cítara o el arpa de diez cuerdas. O el piano con Hélène Berr, en París y en 1942, hacia el mediodía. Subir la última pendiente de la vida y ver de pronto el mar y esa luz que sé que es Dios para siempre, y que arde ante nuestros ojos y que inspira la poesía de la ternura y la pintura de, por ejemplo, Alexandr Chervonenko o John Constable. Personas y paisajes transfigurados por el arte de un amor puro a las cosas que tenían ante la vista. Y yo sigo mirando todos los días hacia arriba y por debajo del tacto y de los sonidos de la noche. Dicen que soy raro por esto y por lo de más allá, pero no puedo evitar contemplar una fotografía durante horas, porque la siento viva y sigo allí. O esperar en silencio que ocurra el milagro de ella cuando se vuelve a mirarme mientras cose las cortinas. Pero en este momento tendré que conformarme con los dibujos de mi propia caligrafía cuando escribo poesía, temblor, destello o súplica. Con la música de Amaia Montero.

viernes, 13 de marzo de 2009

"Poesía completa", de José Agustín Goytisolo

Me ha sido dado conocer a un buen número de poetas. Es un regalo del cielo, no tengo duda. Algunos de ellos, además, son mis amigos (miel sobre hojuelas). Otros ni tan siquiera saben que son poetas. Pero lo son. De corazón, y cuando se tercia por escrito, o en un abrazo. Gente buena, sin más historias. Saben de silencios y belleza, y no hace falta que escriban los poemas. Los ven. Y a veces me los cuentan, sin darse importancia, con sencillez. ¡Qué personas todas ellas! Poetas de alma entera, que se entregan. Y los hay que no despertaron mucho interés en mí al principio, hasta que di con unos versos y lo entendí todo. O aquellos apenas leídos y que de pronto conoces en persona. Y oye, pues que te cae bien el tipo, aunque piense tan distinto de ti. Eso me ocurrió con José Agustín Goytisolo (1928-1999). Entre la densidad del humo de sus cigarrillos había un hombre que sufría. Toda su obra es una elegía que adopta en ocasiones otras formas y otros tonos. Lo vi una sola vez. Cené con él y con otras personas. Hablamos de poetas y de su poesía. Me dijo en un aparte (tomé nota de ello un poco más tarde): “Guillermo, apenas nos conocemos, pero te voy a decir una cosa: para ser poeta no siempre es necesario escribir palabras, lo primero es aprender a tener paciencia con la vida”. Escuchaba. Su mirada estaba cansada. O era la vida lo que le cansaba. Nos miraba desde detrás del hielo del whisky que bebía. Con ternura y cierta ironía. Desde entonces su obra fue para mí otra cosa. Cada canción y cada balada las leo a la luz de esas palabras que me dijo. Su poesía: un lenguaje rico, sí, y la solidaridad con las almas, y una música que entretiene la espera y, sobre todo, esa manera de amar que busca el significado de todo lo demás, aunque duela. No juzgo a la persona: leo. Y en su obra gana por goleada lo bueno. Cuando murió lo sentí mucho. Recé por él con naturalidad y agradecimiento, y busqué enseguida en mi biblioteca todos sus libros. Casi todos editados o reeditados por Lumen. Fui de libro en libro y de poema en poema. Salmos al viento, Claridad, Palabras para Julia, A veces gran amor… Y ahora me los encuentro todos ellos reunidos, por fin, en un solo volumen. En una edición magnífica a cargo de Carme Riera y Ramón García Mateos -también en Lumen-, que incluye todas las variantes de los poemas. Tenía razón José Agustín: “lo primero es aprender a tener paciencia con la vida”. O eso, o la amargura. Y semejante lucha exige aplomo. Y poesía. Y en eso estamos todos los hombres. O deberíamos. Aunque tantas veces nos derrote el dolor o la pena.

jueves, 12 de marzo de 2009

Luz y nieve





Miro los troncos negros
y sus ramas tan blancas.
Unas sombras de pájaros
sobrevuelan la nieve.
Nieva la luz, ensueño
que se queda en el aire.
Copos donde Dios baila
en el alma del hombre.
Ingrávidos destellos
de paz, de luz, de cielo.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Cuando vienen mal dadas


Cuando en la vida vienen mal dadas lo común es quejarse de la mala fortuna o vaya usted a saber de qué otras extrañas frioleras. Casi todo es una lástima o un me cago en su padre, cuando no ciertas blasfemias extravagantes que ensartan su veneno en la esperanza o en la paciencia del prójimo. Sólo sufre uno. Lo pagan los demás, por supuesto, que se ponen de acuerdo en hacernos la puñeta de forma manifiesta con mordaz alevosía. “Mira sus caras, se ríen de mí y hacen aposta guiños y visajes, y me engañan y me llevan la contraria sólo para fastidiarme”. Las quejas se suceden a lo largo de los días en una amargura que deja a las palabras sin norte. Palabras tontilocas y agrias. Quejíos y serenatas y gritos que no hay quien los aguante. Todo menos callarse. Y dale. Depresión verbal, hartura sin fin. “La vida es una mierda sin solución posible, no hay más que vivirla, no hay por donde cogerla”. La matraca de rigor. Vueltas al tiovivo de siempre: el yo, el yo y el yo. El gran dios. Vueltas y más vueltas, sin pausa ni consuelo posible. Y el repertorio de cada uno es personal e intransferible. Pobre, es una pena, con su carácter. ¿Verdad? Parece un sino indestructible: “que me aguanten, que se beban todas mis lágrimas hasta los posos, que se aguanten y velen mi hartazgo”. En el sufrimiento nos da por una rebeldía muy poco elegante esa es la verdad. No se trata de ser un estoico de medio pelo o un santón de esos que se conforman con un par de libros de autoayuda en la mesilla. Se trata de mirar con el corazón. A la raíz de todo. Porque -para qué nos vamos a engañar- casi siempre nos vendrán mal dadas. ¿Entonces? ¿Vamos a vivir de por vida así, con el alma ceñuda, con oscura cerrazón y mandando a la mierda el cariño que nos ofrecen? Es en los momentos duros cuando nos toca descubrir la entraña de la vida, cuando se ve lo que de verdad somos. En madurez de silencios y palabras. Sin ridículos aspavientos.

martes, 10 de marzo de 2009

Brevería




Los chopos. Y el sauce que arrancaron. Las farolas encendidas por la nieve. El tren de las 7 que saluda. Interminables lecturas. Las postales de las ventanas. Unas gotas de lluvia en las manos. Ver como la luz se recoge en su pelo. ¡Son tan pocos los días! La humedad de la tierra. Las hojas, el cielo, la hierba, el silencio… Lo escribo según lo veo. Sin adornos, con afecto. Para llevármelo conmigo de regreso. Y poder verlo más despacio en algún momento intermedio. La pena es que nada más llegar ya sientes la despedida, que te estás yendo de las cosas y de los sitios. Y te levantas de madrugada para escuchar el viento en las ramas de los chopos. Y te entretienes con los rayos de luna y con los ladridos de los perros. Como siempre has hecho. La vida es un intervalo de eternos. En volandas te lleva. Y la tocas, y la miras, y la sientes cada vez más breve y más entrañable. Quisieras saber más de ella y de ti. Más adentro. No desperdiciar el tiempo que te queda. Lo importante es lo que ves ahora. Estos chopos, esta luz, este cielo.

lunes, 9 de marzo de 2009

"Aprendiendo a querer", de Carmelo Guillén Acosta



Descubrir a un buen poeta vale por decenas de literaturas. Es aprender a ver la vida, tu vida, en detalles que desconocías. Es cerrar muchas veces el libro y quedarte absorto en una analogía de Dios, sobre todo. Es leer los versos en voz alta y estremecerse con algo más que palabras. Acaricias las páginas y descifras con humildad lo que sucede, lejos de vanidades grotescas y deflagraciones psicocosméticas. Y agradecido por tantas maravillas lees, memorizas, cantas. Estás ahí. Tú, lector empedernido de metáforas y elegías, estás ahí, en ése ritmo de asociaciones inconmensurables, de estructuras embriagadoras del espíritu. Estás ahí, con las manos tendidas hacia su música. Imaginas las circunstancias del poeta, los trazos sobre un papel cualquiera, la puerta de su cuarto abierta, las voces de su familia, los libros en las sillas, el teléfono que llama a rebato, los restos de la comida… Imaginas lo que te pasa a ti cada día, dentro y fuera del alma (¿o todo está dentro del alma?). Y sigues leyendo sin prisas. Y haces de cada verso tu casa. Y la habitas de lo que es tu vida. Apuntas en los márgenes del silencio variantes y matices de tu dolor, o de tu alegría. Quisieras escribir así, con esa elegancia tan sencilla, con esa cadencia tan inefable. Palabras de un gran poeta. Palabras ebrias de oración, de amor y de fe. Sin teorías. Palabras llenas de miradas, de campanas, de rosas, de estrellas, de caminos y trigos que mece la brisa. “Para la tarea que se me encomienda sólo la eternidad puede bastar”, decía Claudel. Tarea, la del poeta, que se multiplica por infinito. Vocación, trabajo. Enamorado del latido cotidiano. Enamorado. Siempre. Llevo años descubriendo la poesía de Carmelo Guillén Acosta. Llevo años aprendiendo a querer. Y dando gracias a Dios por ello.

Pd. Aprendiendo a querer. Poesía completa (revisada), de Carmelo Guillén Acosta. Sevilla. Númenor. Cuadernos de Poesía.

domingo, 8 de marzo de 2009

El Cielo


¡Qué más da que el cielo esté azul, perlado de blancas e inocentes nubes, u oculto en un traje gris marengo! El cielo es cielo, en la altura del vuelo de unos estorninos o gorriones. Esto es lo que más me impresiona de todo: su altura. Y su desenvoltura de viento, formas y colores. El cielo es cielo. ¡Qué espectáculo tan delicioso! Siempre distinto al que era hace apenas un momento, o unas horas. Siempre cubriéndonos con su atmósfera de anhelos y sombras. Brillos de sol o de agua o de luna. Retablo del templo del alma. El cielo es cielo. Resplandor que ciega y que nieva, tan necesitado está el mundo de pureza. Las ventanas reflejan su lenguaje, y lo primero que haces por la mañana es salir a su encuentro. Y mirarle. Toda una vida contemplando el cielo. Tan desmedido, tan bello, tan hondo. El cielo es la medida infinita del hombre. Es parábola, es himno, es imagen del Dios recién resucitado. Es por eso que no nos cansamos de aguzar la mirada. Mirar es querer creer. Más allá de todo, los violines de los planetas y de las estrellas suenan una música que interpreta el amor del Universo. Sinfonía de ángeles y poemas que nadie ha cantado todavía. El cielo es cielo. Aunque esté oscuro de mentiras promiscuas. Lo comulgo con mis ojos y con mis sueños. Comulgo su luz, que deja mi vida rendida en un éxtasis de ternuras desconocidas. Y no me aparto del silencio de su altura, de su respuesta de belleza suspendida… Respiro y espero con el cuerpo abierto en innumerables heridas y deseos. El cielo es el océano del alma sumergida.

sábado, 7 de marzo de 2009

"Fin de siècle: relatos de mujeres en lengua inglesa" (digresión a modo de reseña)


Lo femenino. Es evidente que la mujer, desde finales del siglo XIX ha experimentado una transformación que ha logrado que nuestra sociedad sea distinta, más completa y real, más justa. Aunque no siempre resulte todo un paraíso. La mujer ha conseguido poner sobre el tapete su inteligencia y su resolución, su vocación profesional y su independencia. Todo ello conjugado con su mayor sentido de la ternura y de la responsabilidad. Es más práctica y no es tan proclive a la frivolidad como puede parecer a ciertos hombres de Altamira que siguen poblando nuestras ciudades. Y desde luego tiene una mayor capacidad de sufrimiento para afrontar la soledad o el dolor, o simplemente para rendir más y sobrevivir a la vida.

Todas estas luces hacen más evidentes algunas espesas sombras. La más importante: que de alguna forma, y pese a todo lo dicho, hay cosas que han empeorado para la mujer, o por lo menos no han mejorado de forma adecuada. No me refiero a la manipulación de cualquier orden o al vilipendio sexual (una auténtica obsesión). Me refiero a la vida. La mujer se enamora de un hombre y forma una familia. Estupendo. Los dos trabajan para sostener el hogar. Pero los dos no trabajan igual, ni mucho menos. Porque es la mujer la que tiene a los hijos -esto no tiene vuelta de hoja-, la que los cría y mantiene el día a día de la casa, de la familia. Y en casos extremos es la mujer a la que se le engaña para que aborte y arrastre de por vida esa muerte del alma. Parece que la mujer gana en igualdad a costa de renunciar a cosas que son innatas a su naturaleza -la maternidad, sin ir más lejos-, que para nada son signo de debilidad o idiotez mental.

Ya sé que existen matices y que hay familias encantadoras. Y que no todos los hombres somos gilipollas (egoístas lo somos todos) ni todas las mujeres son un dechado de virtudes. Pero la entrega de la mujer no se acaba después de las 8, 9 ó 10 horas de trabajo laboral. El derecho al voto fue muy importante, crucial. Como lo fue la igualdad ante la ley, y la entrada en la universidad, y tantas y tantas cosas más. Pero no todo acaba ahí. Y la mujer no puede conformarse en emular a los hombres. La verdadera revolución de la mujer radica en su elegancia e intuición, en su inteligencia y en su corazón. Es decir, en su condición femenina. En eso. No en travestismos rancios o en hipérboles feministas. ¿Igualdad? En España hay un ministerio con ese nombre. Pero... la igualdad no es ser todos iguales -que no lo somos ni seremos- si no que cada mujer sea libre, sin presiones materiales, políticas, sociales, etc. Recuerdo lo que me decía hace poco una persona amiga: "Las mujeres somos perfectas, Dios rectificó, ¿recuerdas?".

Y discurría sobre todo esto a raíz de la lectura del libro Fin de siècle: relatos de mujeres en lengua inglesa (Cátedra) donde, de una manera o de otra, en los relatos de las autoras seleccionadas por María Luisa Venegas, Juan Ignacio Guijarro y Mª Isabel Porcel, se va exponiendo la situación de la mujer anglosajona en aquella época. Ahora nos encontramos en un contexto social muy distinto, pero mientras leía y subrayaba, pensaba que hay cosas que no cambian aunque cambien las palabras y sea todo muy moderno. La mujer sigue siendo maltratada (hay muchas formas de maltrato y control). La mujer, por regla general, cree más en el amor que el hombre. En un amor profundo. En el precioso relato “Una esperanza lisiada”, de Grace King (1852-1932), se lee una de las mejores frases de esta antología: “(…) el amor de una mujer suele ser su destino”. Yo diría que ES su destino. Pero sin coacciones.

En fin, en el libro se descubren estupendas escritoras de las cuales un servidor no tenía noticia, como Charlotte Mew, Rhoda Broughton o Lady Rosa Mulholland Gilbert. Y otras que dejan de lado la hipocresía y un puritanismo que es mentira. El relato “Despedida”, me parece sencillamente genial. Su autora es Charlotte Perkins Gilman. Relatos donde hay una buena parte de autobiografía y de rebelión femenina ante una situación bochornosa. Yo los he leído todos con gran curiosidad y satisfacción. Breves tesoros literarios. Donde te sobrecoge una vez más la maestría literaria de Katherine Mansfield y Edith Wharton.

Y un buen complemento de este libro es otra antología de relatos: Cuando se abrió la puerta. Cuentos de la nueva mujer (1882-1914), publicado por Alba. Libro donde están seis de las dieciocho escritoras que aparecen en Fin de siècle: relatos de mujeres en lengua inglesa. Relatos que reivindican más que nada su calidad literaria.

viernes, 6 de marzo de 2009

Haciendo inventario de la felicidad



Subí corriendo, tropezando con las escaleras. Sin aire casi llegué al desván, donde el tiempo anda algo oxidado pero donde el alma cuida de que no entre un excesivo olvido. Quería sólo volver a mirar antes de irnos. Quería verme allí una vez más. Sólo eso. Nada más que eso. Recorrer con los ojos la nostalgia de los objetos que allí están. Y de los que estaban. Abrí un arcón lleno de periódicos viejos, amarillos. Y encontré unas cuantas fechas lejanas. Y noticias en su tinta desvaída. Y fotografías de políticos y futbolistas y actrices... Cerré con piedad el arcón y empujé con la espalda sin querer una balanza, que chirrió en su herrumbre. ¿Qué pensaría mi abuelo mientras pesaba en ella sus días? Y muy cerca unas azadas para remover la tierra y cambiar el color del paisaje, y una pala rota, y un rastrillo desdentado, y una horca demasiado sola. Aperos de labranza que yo vi balancearse en su vida durante años. En sus manos que tanto sabían de juncos y tabaco de picadura. ¡Cuántas viejas historias se amontonaban en ése desván lleno de polvo y escombros! No son cosas lo que hay allí, son las personas que recuerdo. Y ése enorme armario desvencijado donde me escondía por la noche entre mantas y sábanas y toallas. Me refugiaba del miedo, que imaginaba poblado de fantasmas y de panteras. Acaricié su noble madera de roble como si todo regresara de nuevo y estuviera todavía dentro, escuchando los desconocidos sonidos de la selva y de la noche. Un mundo poblado de inquietudes y de aventuras que echo siempre de menos. Y sillas de enea, y ventanas arrancadas de cuajo a la luz, y una cama donde varias generaciones se prometieron amor eterno, y lámparas apagadas, y sacos vacíos (sin trigo ni cebada ni mañanas), y juguetes rotos, y espejos sin nadie. Es el inventario de Borges de otra manera, y es la estela de la felicidad huída que volví a encontrar entre aquellas paredes. Antes de irnos.

jueves, 5 de marzo de 2009

“Si quieres, puedes” o algunos trucos e ideas para aprender inglés



Es triste, pero es la verdad. A los españolitos se nos resiste el inglés. ¿Será cuestión del oído y sus frecuencias, de timidez, de escuálida voluntad? En el colegio se nos atragantaba sin remedio, ya podía venir el teacher con látigo y flamantes banderas británicas. Salvabas el expediente como podías. Un poco de memoria, otro poco de copiar de los compañeros colindantes y, por supuesto, no dejar nunca la suerte de lado (eso era muy importante). Tenías que aprobar la asignatura, de eso se trataba. Y venga con aquella gramática tan repelente, y venga a machacarnos la felicidad adolescente con toda aquella vorágine de inhóspitas combinaciones de palabras. ¿Qué sentido tenía aquella tortura? Los demás no sé, pero a mí me gustaban la literatura y la lengua… españolas. Me gustaba leer en mi idioma hasta la madrugada y jugar al balonmano y al futbolín con mis amigos.

Madre mía, el inglés. Los profesores de esta materia se hacían especialmente los duros. No sé, supongo que era una mezcla de impotencia y desilusión ante el desinterés de una buena parte de sus alumnos. O por su escasa perspicacia pedagógica. También ocurría en música, otra asignatura que deambulaba en el jardín de las musarañas. O en dibujo artístico, donde nos poníamos perdidos de colores. Eso sí, había gente modelo, que se tomaban las cosas muy a pecho -como debe ser-, y estudiaban y llegaban a comprender una buena parte de todo aquel galimatías procedente de la pérfida Albión. ¿Qué misterios se esconderían tras todo aquello? Y pasa el tiempo. Y te das cuenta de lo bruto que eras. De por medio cursos de inglés de lo más variado. Casetes y deuvedés con la compra del periódico, academias, profesores particulares… Sin remedio. Y sin muchas ganas, para qué nos vamos a engañar.

Y ahora lo vuelvo a revivir con mis hijos donde, como en mi clase de por entonces, hay de todo: los normalitos y los más despiertos. “Hijos míos, el inglés es fundamental”. A pesar del sopor del profesor, de la dificultad, del poco número de clases y de que tu padre no tenga suficiente money como para pagaros una buena estancia en las verdes tierras británicas del caballero Perceval (o en otras más lejanas). Y en esas estamos cuando me llega un libro que pienso servirá, entre otras, a las personas desesperadas con el idioma de Milton. Si quieres, puedes, de Richard Vaughan (Libroslibres) está lejos de ser un compendio de buenas intenciones. En el mismo título está la clave: voluntad. Hay que querer. Se puede trabajar duro y al mismo tiempo ir disfrutando. Sirve para todo tipo de públicos. A mí me ha servido como vitamina. Puede que no aprendamos inglés a la perfección, pero… Pero no es imposible. Da una serie de claves animantes, motivadoras, y su metodología es muy práctica, con 35 años de experiencia y diez buenos trucos.

Ya ven, uno lee de todo en un fin de semana, pero el libro de Richard Vaughan me llamó la atención. Y no defrauda. Si piensan que ya es tarde éste es su libro (eso sí, estando dispuestos a perseverar y a bregar de firme). Si piensan que para ustedes lo del inglés es algo que ya no tiene remedio éste es su libro. Si son profesores y andan deprimidos con sus alumnos y con los padres de sus alumnos, o andan necesitados de un buen examen de profesionalidad pedagógica, éste es su libro. Si se acaban de matricular en un curso que les asegura resultados inmediatos, antes de la primera clase lean este libro. Y, sobre todo, si creen que su hijo es un caso perdido para la humanidad anglófona, háganse cuanto antes con Si quieres, puedes. ¡Qué bien nos viene de cuando en cuando una bocanada de esperanza! Y ahora a poner los medios.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Las palabras de mi vida


Desde por la mañana. Las palabras desde por la mañana te despiertan. Las oyes y las piensas. Desde por la mañana tomas conciencia, nombras, dices, rezas. Escuchas las palabras, las lees o las anotas desde por la mañana. Quisieras las más apropiadas, sin ruidos ni berrinches. Un susurro apenas, llenas de afecto desde por la mañana. Escudriñas en ellas el día que hace y las posibilidades de su embeleso. Y las duchas y las peinas y las vistes de un sentido elocuente. O las prefieres desnudas, a solas con la mirada de tus sueños. Algunas, inquietas, te llaman por teléfono para preguntar si estás vivo o has desaparecido en esas otras de los libros. Se preocupan por ti desde por la mañana, como si nada, como si no fuera con ellas. Cuentas, y subrayas unas cuantas de memoria, para no olvidarte de los colores más vivos, o de lo que importa mientras la vida te pasa. Es el son de las cosas que amas, su armonía. ¡Bendita monotonía! Benditas palabras que piensas, que nombras, que cantas, que rezas. Bendita poesía que escuchas del mismo Dios o de esos labios que amas. Desde por la mañana. Sean por siempre benditas las palabras de mi vida. Las pronuncio con calma, las cortejo, las mimo, las acojo, las rimo. Me dicen el alma de todo lo que veo y siento y creo. Para que lo entienda. Para que me entienda. Palabras sencillas desde por la mañana.

martes, 3 de marzo de 2009

Carta a Rosa (una mujer que lucha por su amor)



Querida amiga:


Ayer volví de viaje. En la retina la anchura de los paisajes y un sol espléndido. Te quedarías a pasear por los campos en barbecho, por esos pueblos en donde no has estado nunca, por las colinas de romero y tomillo, por los vericuetos de las choperas y demás horizontes. Cada lugar quisieras que fuera, no sé, como un infinito, como un para siempre. Ya sabes, la manía de los sueños azules y de querer apropiarte de la belleza o resumirla en palabras definitivas.

Y cuando llegué a casa venga a dar vueltas al indicativo y al subjuntivo. No te extrañes. Uno de mis hijos se examinaba de tiempos verbales. ¡Cómo me ha gustado desde pequeño la palabra pluscuamperfecto! Y dimos todas las vueltas posibles al verbo amar. Y esto tiene mucho que ver contigo, Rosa, con lo que me encuentro en tu carta. Tu sufrimiento es enorme, pero sigues conjugando tu amor en presente. Amas. Le amas. No hablas en pretérito (le amé o hube amado) o en condicional (le amaría). No. Le amas, le quieres. Ahora mismo. Hoy.

Pese a que te engaña con otra mujer, y va y viene, y bebe, y hace mucho tiempo que no sabes nada de su ternura, sigues enamorada, le amas. Parece incomprensible ¿verdad? Desde fuera podría pensarse: “esta mujer está loca”. Pero tu corazón no es cualquier cosa. Es de los grandes. Es de los que no pierden la esperanza; de los que cuidan a Dios por dentro. Miras a vuestra niña…, y recuerdas que ella es fruto de la unión de dos almas. De la tuya y de la de él, que ahora anda desquiciada de aquí para allá, buscando algo de felicidad entre la porquería.

Rezas, perdonas, lloras. Y confías. Porque crees en el amor. Porque crees en Dios. Porque piensas con razón que nunca nadie está perdido del todo. Tu fe sencilla te dice que “Dios cambia a las personas”. ¡Si te llamara alguna vez por teléfono! Pides, pides, pides. Amas, amas, amas. No te importas. Piensas más en él que en ti. Rosa: pase lo que pase y sea lo que sea, déjame decirte que eres una loca deliciosa. ¡Qué mujer tan enorme! Tú si que eres infinita. Y omnipotente.

Aunque sea un golfo y no se lo merezca, aunque los demás le condenen al infierno tú confías, pides, amas. Tú conoces su alma y sabes que está muy perdido. Sabes que en realidad sufre, y que su voluntad es muy débil, y que todavía guarda en su interior un rescoldo de amor por ti. Por vosotras. Sí, las pasiones le vencen y es un pelele de los vicios. Su cabeza da tumbos en un laberinto muy oscuro. Es muy de noche en su vida. Rosa, tu marido no tiene nada, por más que beba y acaricie a otras mujeres. En realidad sólo te tiene a ti. Y tú le salvas.

Escribir es fácil, lo reconozco. Porque la verdad desnuda es tu dolor, y tu duda. Eso es lo que cuesta. He releído tu carta muchas veces. Casi me la sé de memoria. Reconozco que me emociona y que no deja de turbarme el hecho de que me pidas ayuda. ¡A mí! Rosa, Rosa. ¿Qué decirte? Háblale. Dile que le quieres con todo tu ser, pero que no puede seguir así, haciéndote sufrir a ti y a vuestra hija y a Dios de una manera tan salvaje. Dile que recuerdas sus caricias, dile que el milagro es posible si él se abraza a la cruz de Cristo. Y pide perdón. Pero tal vez no quiera escucharte, o tome tus palabras a la ligera. Y las desprecie como propias de una mujer débil (‘¿qué se puede esperar de las mujeres?’ piensan algunos idiotas). Entonces…

Entonces sé fuerte, confía en Dios más que nunca, y dile que no puedes consentir que escupa por más tiempo sobre el amor que le tienes. Que es indigno de su propia casa. Y le indicas la puerta. Y tú sigue rezando por el milagro en el que crees. Rosa, tu amor lo hará posible.

Cuídate mucho y aquí me tienes. Un beso.

lunes, 2 de marzo de 2009

"Y qué hemos hecho para merecer la misericordia de Dios?"



...se vació de sí...
(Filipenses 2, 7)




Nosotros no hemos hecho nada.
Porque somos nada y lo sabes.
Pero Él murió por ti y por mí
en la agonía de Su Sangre.
El merecimiento es el Suyo.
El tuyo basta con mirarle.
Verás Su amor en las heridas,
verás Su gloria en las espinas,
verás Sus ojos en María…
Y verás cómo resucita
tu vida a una nueva Vida.

domingo, 1 de marzo de 2009

Ser bueno es posible


Lo de ser bueno goza de escaso prestigio. Es algo tan viejo como el mundo. Se asocia con ser un panoli y un incauto. O cosas peores. He oído que ser bueno -o intentarlo- se debe a algún tipo de trastorno psíquico. Una anomalía del subconsciente. Además no es moderno y resulta muy molesto y aburrido. Y eso ya son palabras mayores. Ser bueno no viste, no tiene glamour y no es práctico (sobre todo a la hora del pelotazo o del fornicio). Es una complicación acomplejada, llena de recovecos nocivos y paranoias que no van con los tiempos. Son ganas de ponerse inaguantable. Cuando dicen de una persona que es buena, en realidad ¿qué están diciendo? Pues que es rara, y lela. Algún mojigato, seguro. No, lo de ser bueno no disfruta de buena prensa, es un hecho. Pero no por eso deja de ser lo correcto. Ser bueno es el verdadero desafío del hombre contemporáneo. Porque es la única manera de ser feliz. No hay otra. Por más que se empecinen en desprestigiarlo a base de piscolabis televisivos y oropeles sandíos. Es obvio que triunfa el taimado, el perverso o el malicioso. O simplemente aquel que se deja llevar por la corriente y ningunea a su conciencia con unas cuantas carcajadas y un adecuado aprovisionamiento en efectivo, para comprar a ratos un poco de superficial alborozo. Pero no funciona. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos comprobado su acíbar, su tristeza. Ese triunfo es una ilusión de pega, un pandemónium en sentido estricto. Y el corazón del hombre no deja de anhelar, no se conforma con monsergas (por muy ilustradas que sean). Porque está hecho para mucho más que un conglomerado de simplezas y estrabismos. Ser bueno es posible para el que no se toma a Dios a chacota, aunque no crea en Él y lo vea imposible. Ser bueno consiste en estar más pendiente de los demás que de uno mismo. Ser bueno es aprender a no tirar la toalla en el intento, y pedir perdón y rectificar cuando es preciso. Ser bueno es ser coherente con tu vida. Ser bueno, en definitiva, es aprender a ser libre.