Como todos ha sufrido el desamor y las contrariedades, porque nadie esquiva el dolor. Su alma sabe lo que es la propia debilidad. Y sabe de primera mano lo que significa la ternura de Dios. Por eso camina sonriendo ese martes, 21 de enero, inmersa en una felicidad difícil de explicar. Decididamente, hace frío. Y nieva. Sus padres la esperan. Piensa en la última conversación con la directora del club Arlanza, en la posibilidad de ir a Roma por Semana Santa. Piensa en el don de la vida, en su vida, tan pujante, con tantas ganas de todo.
Un escalofrío le recorre la espalda. Desde hace unos días cree que la siguen. Tiene algún que otro oscuro presentimiento... El resplandor de las farolas alumbra la nieve en su leve caída. A una chica tan sensible como Marta no se le escapa nunca la belleza. Le gusta mirar detenidamente los diferentes tonos del cielo, ese cinemascope enorme donde proyecta Dios su amor por los hombres. Y le gusta demorarse en las plantas. Y siente la armonía de la música como nadie. La belleza, el alma. Ella misma es muy guapa y le gusta vestir con femenina elegancia. Sin exagerar la coquetería. De cuando en cuando mira hacia atrás, en un movimiento instintivo.
Hay poca gente por la calle. En el Oratorio del club ha estado rezando más de la cuenta. No sentía el transcurrir del tiempo arrodillada ante el Amor de sus amores. La cabeza entre las manos y el corazón dentro del sagrario. Oración íntima y enamorada. Sin palabras que estorben la mirada. Dios la quiere para Él, y ella se entrega sin excusas. Marta es un ejemplo para las demás niñas y para sus amigas. Porque la ven completamente normal, como ellas. Bromista y muy vital. Pero a la vez hay en sus ojos un brillo especial, y su trato transmite una paz y una alegría que no pasan desapercibidas.
Un coche frena a su lado. ¡Qué susto, Dios bendito! Es un amigo que se ofrece a llevarla a casa. Dicho y hecho. Ya no están muy lejos. Tiene ganas Marta de volver con los suyos, de contar a sus padres el viaje a Roma, de leer un rato y de quedarse con Dios a solas antes del sueño. Y también durante el sueño. Aunque tantas veces se distrae con pensamientos absurdos que no sabe de donde salen -o sí lo sabe- y que enseguida destierra de su cabeza. Como ahora, que mira por la ventanilla del coche, ensimismada en las fantasías de la noche.
Se despide agradecida y corre hacia el portal. Dios mío ¡otro escalofrío! La llave, la llave… Eran cerca de las 10 cuando una vecina escuchó un grito desgarrador. Y Marta desapareció. Hasta que a los cinco días encontraron su cuerpo a las afueras de Burgos. Deshecho, como una piltrafa, crucificado. Ese cuerpo hermoso, tan a tono con su alma. Un cuerpo mancillado, golpeado, medio ahogado y 14 veces acuchillado. No cedió ante el intento de violación y una puñalada le atravesó el corazón.
No es el discípulo menos que el Maestro. Defendió su pureza hasta la muerte. Dios la quiso mártir en un misterio que se nos hace muy difícil de entender. Murió para que otros podamos vivir. Para que otros podamos intentar ser como ella: enamorados de Dios hasta el tuétano. Con sencillez. En el estudio, en el periodismo o en cualquier otra profesión. Desprendiéndonos de nuestro propio yo. Desde entonces su fama de santidad no ha dejado de crecer. Porque de eso se trata, se mire como se mire: de santidad.
Duele pensar en el dolor que sufrió. Duele mucho. Siento una gran pena, una pena que es incapaz de decir nada, que se calla. Sólo recuerdo lo que decía C.S. Lewis: “El dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos”.
Marta, intercede por todos, intercede por mí. Un beso muy fuerte.


































