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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.
jueves 30 de abril de 2009
La vida del arte y el arte de la vida
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Guillermo Urbizu
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miércoles 29 de abril de 2009
"Diario", de Faustina Kowalska
En Faustina estamos representados todos. De una u otra forma. Tantas veces el desánimo, la debilidad, la duda, el sufrimiento, la soledad, la injusticia… Y el Maestro que siempre nos sale al encuentro. Otra cosa es que queramos saber más de Él y repetir con Pedro: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”. O pensemos que son simples fantasías y que no merece la pena perder el tiempo en el alma, o que estas historias son todas iguales: elucubraciones de curas y monjas. En este Diario Cristo es una constante alusión al lector. Con palabras muy concretas. Y con hechos. No se queda todo exclusivamente en una constatación pía de Faustina, en una nebulosa de buenos y religiosos sentimientos. Para nada. Jesús es una presencia física, resucitada, alguien que me habla a mí, que estoy leyendo.
Pocas veces un libro puede resultar tan vivo. Pocas veces atisbamos tan de cerca, en un libro, la intimidad de Cristo, y su humanidad. Tan directamente. De acuerdo, podemos citar los inspirados escritos de Ana Catalina Emmerick o María Valtorta, o remontarnos a los de Teresa de Jesús o María Jesús de Agreda. Pero el Diario de Faustina Kowalska además de ser la manifestación y la providencia de la misericordia divina para cada persona, es como si fuera la “reflexión” de Dios sobre el lento y contumaz suicidio espiritual y moral que es nuestra historia contemporánea. Es la conversación de Jesús de Nazareth con nuestro presente, con cada uno: año 2009, siglo XXI. ¿Sólo crisis económica? Seguimos obtusos. Hay una suerte de locura frenética que se extiende por todo el mundo. Materialista, hedonista, nacionalista, terrorista… El odio es un signo, como lo es la pobreza y la manipulación de la vida, y la violencia, y el egoísmo cerril, y la mentira. Algo habrá que cambiar para no seguir por estos derroteros dramáticos de insatisfacción, de infelicidad, de desamor, de desidia. De angustia universal. ¿Saldrá el remedio de Naciones Unidas, de los Estados Unidos de América, de la revitalización económica, del culto a la tecnología? ¿Dónde está la esperanza real del hombre? ¿Dónde su paz?
Vilna, 1934: “La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia”. Hasta entonces -y esto lo digo yo- deambularemos entre la nostalgia y la tristeza. Entre la pesadumbre y la soberbia. Como mucho pensaremos que la religión es -como ironizaba Lichtenberg- cosa de los domingos o un consuelo para los malos ratos. Otros seguirán pensando que Dios es un sobrenatural incordio, o parte del inconsciente, o un narcótico, o el enemigo a batir para el progreso humano. En 1938 Jesucristo le hace a Faustina un claro diagnóstico que nos afecta a todos: “Hay almas en las cuales no puedo hacer nada; son las almas que investigan continuamente a los demás sin ver lo que pasa en su propio interior (…) Pobres almas, no oyen Mis palabras, quedan vacías en su interior, no Me buscan dentro de sus corazones sino en las habladurías donde Yo nunca estoy. Sienten su vacío, pero no reconocen su culpa, y las almas en las cuales Yo reino con plenitud son su continuo remordimiento de conciencia”.
En ocasiones el Diario cuesta leerlo. Tal es su fuerza y su muy personal interpelación. Porque preferimos vivir tantas veces donde no está Dios. Y cuesta volver, reconocer nuestra deslealtad y escarnio. Acostumbrados como estamos al sucedáneo de la felicidad en el que se ha convertido nuestra vida. ¿Es la felicidad el dinero, el sexo, el poder, la fama o la pereza? ¿Puede haber satisfacción fuera de Dios? Nos empeñamos en vivir como huérfanos de la alegría, en destrozarnos el alma a base de mentiras. De ahí éste especial querer de Dios: Su misericordia. Nos conoce muy bien. Faustina va pasando a un segundo plano según avanza la lectura. Y nosotros con ella. El protagonista es Cristo resucitado. Porque el verdadero autor de este Diario es Dios. Insiste una y otra vez: "No tengas miedo de nada, Yo estoy siempre contigo".
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Guillermo Urbizu
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martes 28 de abril de 2009
Despertares
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lunes 27 de abril de 2009
El perfil de la belleza
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Guillermo Urbizu
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domingo 26 de abril de 2009
Las primeras estanterías
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Guillermo Urbizu
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sábado 25 de abril de 2009
A veces el frío
sin aparente razón ni motivo.
Y tiemblas.
Los hombros se sobrecogen de un extraño miedo.
Abres y cierras los ojos. Y las manos
se entrelazan devotas mientras vives.
Las palmas blancas de escarcha
y las yemas de los dedos arrugadas por la espera.
Quisieras llenar las manos de caricias
y abrigarte siempre con su tacto.
Los dedos juegan como niños
o chasquean el ritmo de una vieja canción
de Leonard Cohen: Dance me to the end of love.
Y entras en calor mientras escribes que a veces
se mete el frío en el alma.
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Guillermo Urbizu
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viernes 24 de abril de 2009
El paro, los capullos y el poder
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Guillermo Urbizu
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jueves 23 de abril de 2009
Unos cuantos libros para el Día del libro
En fin, que no todo es perfecto, y que el archicomercial día del Libro puede ser una oportunidad para que muchas personas descubran eso: un buen libro. De casualidad, o por una crítica determinada, o simplemente por la publicidad o por un programa de televisión o radio. Desde luego es bueno saber escoger. Hace poco escribía sobre Herman Melville. Por favor lean Moby Dick. Se pregunta Antonio Muñoz Molina: “¿Quién necesita leer esa novela cuando la historia que cuenta la sabe todo el mundo?”. Y se responde con gran aplomo: “Cualquiera que ame la literatura, y urgentemente”. Pueden encontrarla a buen precio y bien traducida en la editorial Alianza. Un momento. Busquen en la editorial Cátedra un volumen también muy económico, pero cuyo contenido es excepcional. Las otras tres obras maestras de Melville en un volumen de apenas 300 páginas. Bartleby, el escribiente; Benito Cereno; y Billy Budd. Y en la misma editorial pueden encontrar Israel Potter, también del escritor norteamericano.
Reconozco mi pasión por la literatura inglesa. Es algo que se apodera de mí sin remedio. Me viene a la cabeza ahora el poeta Donne. Y en Cátedra, que es una editorial que está en todo, pueden encontrar ustedes sus Canciones y sonetos. O Shakespeare, cuyos Sonetos acaban de publicarse por Galaxia Gutenberg tal y como aparecieron en 1609, traducidos por Andrés Ehrenhaus, y acompañados por el “Lamento de una amante”. No hace mucho leí un estupendo libro para aquellos que sean como yo y quieran una breve y certera guía: Claves para interpretar la literatura inglesa, de Estefanía Villalba (Alianza) es fácil de leer y como consulta sirve a las mil maravillas. Hace unos meses leí una biografía de Emily Brontë (Atalanta). De Winifred Gérin. Buenísima. Eso me llevó a repasar la primera biografía que se escribió de otra de las hermanas: Vida de Charlotte Bronttë, de Elizabeth Gaskell (Alba), que fue una de las biografías más exitosas del XIX inglés, y de su mano releí Jane Eyre, en la soberbia colección Grandes Clásicos, de Mondadori. Esto coincidió con la lectura de dos novelas precisamente de la Gaskell. Las novelas son: La prima Phillis y Norte y Sur, las dos editadas por Alba. Sé que Norte y Sur es una obra de más entidad y consistencia literaria, pero La prima Phillis, la hija del predicador, esa mujer desengañada pero fiel, con su primo que la idealiza, me agrada más, quizá por su optimismo y sencillez. Elizabeth Gaskell es una escritora que pasa desapercibida para el gran público. Y no debe ser así.
Hace tiempo leí una novela escrita por un monje trapense, M. Raymond. La encontré de casualidad en casa de un amigo, que me la puso por las nubes. La familia que alcanzó a Cristo (Herder) es su título. Pero era sólo la segunda parte de "La saga de Citeaux", una trilogía -que se completa con Tres monjes rebeldes e Incienso quemado- con la que acabo de hacerme. Es la historia de los creadores del Císter durante el siglo XIII y la de los primeros hermanos americanos del XIX. Apasionante de veras. Unos libros así no pueden andar perdidos en catálogos y fríos almacenes. Deben leerse, salir a la luz de las librerías. ¿Quieren otra trilogía? La gran trilogía, de Gregor von Rezzori. Una obra maestra de la que yo no sabía nada hasta que me llamó la atención en Anagrama. El Imperio austrohúngaro en todos sus claroscuros. Su brillantez y su decadencia. Esa época tan extraordinaria de la historia de Europa escrita desde la nostalgia y la ironía, desde el asombro y la cultura. Un armiño en Chernopol, Memorias de un antisemita y Flores en la nieve son los títulos de este majestuoso tríptico.
Y para finalizar enumero unos títulos que me parecen dignos de ser leídos (de alguno hablaré más despacio): El segundo volumen de Relatos de Kolimá, la orilla izquierda, del gran Varlam Shalámov (Minúscula); La nueva tiranía, de Juan Manuel de Prada (Libroslibres), que cada vez me gusta más como articulista; La hija del ministro, de Miguel Aranguren (La Esfera de los libros), novelista cada vez más consistente; y la sorprendente Vida de Simone Weil, de Simone Pétrement (Trotta). E insisto en Mala tierra, de Mª Vallejo-Nágera (Ciudadela), porque es un libro memorable. Pero según va pasando el tiempo estoy más de acuerdo con Virginia Woolf. En El lector común (Lumen), donde habla de algunos de mis escritores favoritos -Thomas Hardy, Conrad, Defoe o George Eliot- está escrito lo siguiente: “El único consejo, en verdad, que una persona puede dar a otra acerca de la lectura es que no se deje aconsejar, que siga su propio instinto, que utilice su sentido común, que llegue a sus propias conclusiones”. Por supuesto -continua- sin “derrochar nuestras capacidades inútilmente o por ignorancia”. Que tengan buen día.
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Guillermo Urbizu
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miércoles 22 de abril de 2009
Un lector curioso me pregunta
¿Qué libros tiene ahora mismo en su escritorio?
Una edición Los tres mosqueteros publicada por Sopena a principios del siglo XX; el Diario de Santa Faustina Kowalska; una Antología poética de Juan Ramón Jiménez (Cátedra); Los pintores más influyentes… y los artistas a los que inspiraron, de David Gariff (Electa); Viaje a la transparencia, obra poética completa, de la poeta berlinesa Nelly Sachs (Trotta); La dama de la furgoneta, de Alan Bennett (Anagrama); y Viva voz de vida, de Marina Tsvietáieva (Minúscula).
¿Qué libros tiene en la mesilla?
De entrada no tengo mesilla. Voy detrás de una, pero la quiero tan concreta y específica que no hay manera. Pero casi mejor, porque no estoy para demasiados gastos. De mesilla utilizo eventualmente el suelo. O la papelera. O un escondrijo en mi armario. Allí están ahora Todo Sherlock Holmes, de Conan Doyle (Biblioteca Aurea, Cátedra); España, una nueva historia, de José Enrique Ruiz-Doménec (Gredos), que me está gustando bastante; y Viaje al amor de William Carlos Williams (Lumen). Hice limpia hace dos días. Por eso han quedado pocos. Ah, se me olvidaba. Debajo de la cama -muy a mano- guardo un tomito encuadernado en piel de Las Confesiones de San Agustín.
¿Y qué libros lleva hoy en su cartera o maletín de trabajo?
Hay unos que los llevo siempre conmigo. Como las Cinco grandes odas, de Paul Claudel (Siglo XXI) o los Salmos bíblicos (Verbo divino). Desde hace unos días también va donde yo voy la breve pero muy sagaz novela El corrector, de Ricardo Menéndez Salmón (Seix-Barral); Pasajero de tránsito, del poeta Ernesto Cardenal (Trotta) y Amigos, de Enrique Rojas (Temas de hoy), un libro que me parece espléndido.
¿Cuál es el último libro que se ha comprado?
La tercera entrega de El ejército negro, de mi amigo Santiago Gª-Clairac (SM), que culmina así una trilogía que me parece lo mejor que se ha escrito en literatura juvenil por un autor español en mucho tiempo. La pena es que la historia no continúe. Aunque no me gustaría encasillar estos libros sólo en la categoría "juvenil". No me parece justo.
¿Cuál es el último libro que ha regalado?
Déjeme pensar… Mmmm, ah sí, ya recuerdo. El libro de la Pasión, del poeta chileno José Miguel Ibáñez Langlois (Rialp), que yo creo que es uno de los que más he regalado; y Verde agua, de Marisa Madieri (Minúscula), uno de esos pocos libros que impactan en tu vida y que deseas compartir con los demás. Forman ya parte de ti.
Dígame la verdad. ¿El mejor libro de poesía que ha leído? Y la mejor novela. Y el mejor ensayo.
Querido amigo, ésta ya es una pregunta para nota. Puedo optar por ser totalmente sincero o dejarme llevar por la pose intelectual. Es decir, mentir. Opto por lo primero. De todas formas debo aclarar que mañana podría decidirme por otras obras. Pero según me pilla hoy creo que los mejores libros de poesía para mi gusto -o con los que yo más disfruto- son las Elegías de Duino, de Rainer Mª Rilke (Galaxia Gutenberg o Cátedra o Lumen) y los Cantos de Giacomo Leopardi. En español me quedo con La casa encendida, de Luis Rosales (Trotta o Torremozas). Pero al acecho están Eliot o Cernuda, Borges o Lope, Hölderlin o Salinas. Y los místicos españoles, y Claudio Rodríguez. Y tantos más. Es cruel elegir sólo uno. Y es cierto que releo mucho a Borges, Salinas, Siles, Jane Kenyon, Colinas, Miguel d’Ors y John Donne.
Sobre la mejor novela no tengo ninguna duda: El Quijote. Sobre todo si se lee en la madurez y no en el bachillerato y obligado. Puede sonar pretencioso, y quizá hace unos años ni se me hubiera ocurrido, pero en ese libro está todo. O casi. Y yo siempre lo recomiendo leer en la edición de la Biblioteca Castro. Con una impresión como Dios manda, en un magnífico papel, y sin notas. De entre las más cercanas en el tiempo me quedo con Crimen y castigo, de Dostoievski (Cátedra), La montaña mágica de Thomas Mann (Edhasa) y… unas cuantas decenas más.
Se me olvidaba el ensayo. Aquí soy rotundo. Las Confesiones de San Agustín y la Vida de Santa Teresa por una parte. Por otro las Memorias de ultratumba, de Chateubriand (Acantilado). En mis años de lector pocas veces un libro me ha deslumbrado tanto. Con mucha diferencia. ¿En el siglo XX? En español me quedo con Desde la última vuelta del camino, de Pío Baroja (Galaxia Gutenberg), esos volúmenes autobiográficos por los que tanto he transitado; y con El espectador, de su amigo Ortega y Gasset (Taurus). En otras lenguas no deja de impresionarme la obra de George Steiner y los ensayos de C. S. Lewis.
Dígame un libro que no debo comprar jamás.
Puede prescindir perfectamente de los pornográficos y de toda la ola vampírica que nos invade, así como de esa otra esotérica demencial. Yo también suelo evitar los libros escritos por políticos.
Editoriales preferidas.
Anagrama, Ciudadela, Acantilado, Pre-textos, Renacimiento, Minúscula, Atalanta y Lumen. Y Seix-Barral. Se me quedan otras en el tintero. Como Valdemar o Libroslibres o Siruela o Trotta o Encuentro o Tusquets o Cátedra o Salamandra... ¡Son tantas! ¡Y me estoy dejando tantas!
¿Qué posición prefiere para leer?
Jajajajaja. Ésta sí que es buena. Diré que tengo varias, pero la más usual se situa en el sillón orejero al lado de la ventana. Detrás de mí todo un cuerpo de estanterías. Y de vez en cuando un vistazo al cielo. Tampoco se está mal repantigado en el sofá, cuando no hay nadie en casa. O durante el verano en una hamaca, en la piscina, a media tarde, cuando todo parece más infinito.
¿Se atreverá a decirme si lee mucho en el cuarto de baño?
Me atrevo. Sí, leo mucho en el cuarto de baño. No creo que falte a la delicadeza si digo algo así. Sobre todo poesía. Supongo que es por aprovechar el tiempo y por el silencio y la intimidad del momento. Es un lugar de recogimiento, sin duda. A veces el único refugio que le queda en su casa al lector más empedernido.
¿Qué opina de su biblioteca?
Lo último. ¿Cree que merece la pena leer?
¡Ya lo creo! Ya dedicamos demasiadas horas a escuchar gansadas. Es la mejor manera que conozco de crecer hacia adentro, de apreciar la vida con más convencimiento. Y conocimiento. Leyendo adquirimos conciencia de lo que somos, de lo que pensamos y sentimos. No sé los demás, yo aprendo a ser un pelín más humilde y a no quedarme en la superficie del dolor o de las cosas. Y cuando por lo que sea ya no puedo más, me alivia el silencio de la lectura. Es terapéutico, como un bálsamo. Me sobrecoge el tacto del libro y el alma de lo que leo. No me acostumbro. Unas pocas palabras pueden bastar para tomar impulso hacia un gozo o emoción que creíamos perdidos. O quizá hacia Dios. Leer no es sólo un acto intelectual, ni mucho menos. Leer es tomarnos muy en serio la vida. Y su sentido. Leer es una búsqueda y es una acción de gracias.
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martes 21 de abril de 2009
Piropo con retranca
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lunes 20 de abril de 2009
Postal a mi madre
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Guillermo Urbizu
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domingo 19 de abril de 2009
Carta a Herman Melville
Lo que no sabe mucha gente es que usted también era poeta. Sobre todo poeta. En realidad no se entendería su obra narrativa sin esa cualidad esencial de poeta, de hombre que contempla la vida y sus metáforas, que intenta desvelar el acertijo del alma humana y sus pasiones dominantes. Ahí está el trasfondo de Moby Dick (1851), su obra cumbre, pero también de relatos como Bartleby, el escribiente o Benito Cereno, que se publicaron incluidos en Cuentos de Piazza (1856). O Billy Budd, marinero (1891). Ahí está ese desasosiego y esa nostalgia de absolutos que impregna toda su obra.
Esa vocación de poeta iba unida indisolublemente a su condición de hombre de mar. El mar fue su verdadera universidad, el lugar donde su mirada se fue haciendo visionaria, donde fue aprendiendo a percibir la fuerza del mal, de la belleza, del dolor y de la adversidad. En el movimiento acompasado de las olas fue tomando cuerpo el alma de su verso y la identidad de su prosa, que despliega al viento todo el trapo de su velamen y de sus anhelos. O cuando acecha la tormenta y la ballena, y el miedo de vivir ahoga y el agua estalla en un latigazo furibundo de espuma y palabras. O silencios.
Y después de tantos avatares y desencantos ese trabajo en la aduana de Nueva York, la rutina diaria. Lo cantó otro poeta, W. H. Auden: “(…) y fue cada mañana a la oficina / como si su trabajo estuviese en otra isla”. Y esas páginas donde usted iba descifrando la memoria del mar o la sensación de cotidiano fracaso, dibujando con precisión el esbozo de una existencia que la fantasía interpreta, inventa y redime. Escribiendo por necesidad tantas veces (y por desahogo), quizá para salir del envite económico o del óxido de la soledad y de la tristeza. Porque sus obras nunca resultaron ser un éxito comercial. Lo que son las cosas. En nuestros días pasa que lo que importa de verdad es ese éxito comercial. Me atrevería a decir que casi es lo único que importa. Porque el fracaso es inconcebible.
Es doloroso pensar que usted apenas entrevió el éxito de su genio literario. Que murió en 1891 con más pena que gloria. Dos líneas de periódico y se acabó. Pero así fue. Lo que me hace pensar que algunos de los mejores novelistas del siglo XXI pueden pasarnos desapercibidos en esta fuerte marejada de publicidad y marketing en la que naufraga nuestra literatura de hoy, y donde triunfa el mundo al revés. Ya supongo que en su tiempo también sería un poco así, y que a escritores de la talla de su amigo Nathaniel Hawthorne -a quien dedicó su Moby Dick- o Edgar Alan Poe les ocurriría algo similar, con más sombras que luces. Sobre todo Poe y usted son autores de una modernidad innegable y completamente innovadores. Unos adelantados a su propia época, a cualquier época. Siempre nuevos.
No me canso de leerle. Y estos días he vuelto sobre algunos de sus relatos, llevado por otro libro del que supe hace poco. Uno de sus mejores traductores -en este caso al francés-, Jean Giono escribió Homenaje a Melville, a petición de su editor Gallimard. Le gustaría. De cómo un simple prólogo-semblanza para Moby Dick se transforma en una novela. En español ha sido publicado por Paidós, y es el intento por comprender de qué forma puede llegarse a escribir una obra así. Toda una declaración de amor literario. Como lo es la gran biografía que sobre usted escribió Andrew Blanco (Seix-Barral).
Señor Melville, termino ya. Pero no quisera poner fin a esta carta sin darle las gracias por todo lo que escribió. Su vida pudo estar dominada por la zozobra, la galerna o el temblor, pero le aseguro que no fue en vano. Tengo la certeza de que Dios le ha recompensado con la lectura más atenta y solícita que ningún poeta o novelista puede desear para su obra. Reciba mi más cordial saludo.
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Guillermo Urbizu
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sábado 18 de abril de 2009
Acuarela y júbilo
te entretienes con el parpadeo cromático
del húmedo asfalto de charol.
Neones y farolas engalanan la noche
y colorean la calle de un océano de ópalos
y semáforos en líquidas acuarelas
donde flotan los reflejos del tiempo que tú eres.
Y a la vez ese relámpago eterno,
el vértigo del alma, la lluvia
que empapa de Dios tu mirada.
Es un constante asombro lo que ves
en esos brillos de agua,
una filigrana de amor, un ímpetu
de oración que calla.
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Guillermo Urbizu
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viernes 17 de abril de 2009
¿Cómo estás?
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Guillermo Urbizu
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jueves 16 de abril de 2009
Viejas lecturas y viejas editoriales
Ay, las viejas lecturas. Aquellos libros que llamaban tu atención por razones que no te explicas. Editoriales desaparecidas. Escritores a los que te has mantenido fiel. Librerías inimaginables con precios desconcertantes que ya nunca se han vuelto a repetir. No se me olvidará cuando en una de esas librerías descubrí un auténtico botín en un estante a ras de suelo. Libros de literatura clásica a 5 pesetas. En buen estado, tras una espesa capa de polvo. Compré diez. Ay, las viejas lecturas y los viejos libros. Estos días me he encontrado con varios. La Historia de Alejandro Magno, de Quinto Curcio Rufo, en la editorial Iberia. Me gustaba su sello: una rata de biblioteca royendo la página izquierda de un libro abierto. De esta historia de Alejandro recuerdo sobre todo dos cosas: que la leí de noche y que cuando la concluí -y desconozco el motivo- me puse a leer Almas muertas, de Nicolai Gogol. Otro título: una antología del Diario que con diferentes altibajos fue escribiendo mi bienamado Papini desde 1916 hasta 1953. Dicha antología de textos la publicó en 1964 la editorial Mateu. Papini es un escritor casi desconocido en España para las nuevas generaciones. Tuvo su momento, pero se acabó. Espasa recuperó en 2001, en su colección “Relecturas”, su magistral novela Gog, pero aún estoy esperando una apuesta mayor. Como está sucediendo con Chesterton, sin ir más lejos. El 29 de marzo de 1945 escribió: “La más grande novedad, hoy día, sería un libro que recondujera a los hombres al camino de la alegría”. Y yo no veo otra opción que el Nuevo Testamento. Dicho Diario me entusiasmó, como casi todos sus libros. En un traslado perdí una vieja y querida edición en Planeta de El Juicio universal.
Una de las mejores novelas jamás escritas es desde luego Ana Karenina, de León Tolstói. Yo la descubrí con 16 años. Como solía hacer con frecuencia, mis pasos me llevaron de nuevo a la librería Hesperia. Era agradable pasar allí un buen rato, hurgando sin parar y sin que nadie te dijera nada. Me sabía los estantes de memoria. Y cuando podía me gastaba en libros lo que otros se fundían en bares, futbolines o billares. Y salir triunfante hacia la plaza y sentarte en un banco y leer toda la tarde o un rato. Allí estaba Ana Karenina, en la editorial Zeus, en dos preciosos volúmenes. Y un día me decidí y la hice mía. Y todo esto de las viejas lecturas y las viejas editoriales ha venido a cuento de que me he topado con los seis volúmenes de las Memorias de la Segunda Guerra Mundial de Sir Winston S. Churchill que editó Plaza y Janés allá por 1965. ¡Qué valor tuve! Leí todo aquello con un furor lector que hoy todavía me asombra. Con decenas de fotografías en blanco y negro que parecían cobrar vida en su trágica historia. Destructores y acorazados, aviones, tanques, batallas, metralla, barro, bombardeos, mapas, desfiles y retratos. Tantos hombres y mujeres muertos, tanta sinrazón y sufrimiento. De aquella lectura pantagruélica sólo queda la ceniza del tiempo. Y la esperanza que es siempre la vida. Y el siguiente libro.
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miércoles 15 de abril de 2009
De vacaciones y sus menesteres infantiles
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martes 14 de abril de 2009
Literaturas y demás
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lunes 13 de abril de 2009
Evocación de las cosas
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domingo 12 de abril de 2009
¿Cambia algo con el cambio de gobierno?
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sábado 11 de abril de 2009
Nostalgias
de geranios y quintaesencias.
Leías Dios ha nacido en el exilio de Vintila Horia,
y leías las novelas de Baroja y la poesía
de Juan Ramón, el de la rosa.
Luz de espacios infinitos,
cuando creías en la eternidad del mar
y la existencia era todo claridad.
Leías hasta que las palabras se desvanecían
en el último rescoldo del día.
Y la noche resplandecía en silencio.
¿Dónde florecen ahora los geranios?
¿Qué queda de los sueños que fuiste?
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viernes 10 de abril de 2009
La gloria del Viernes Santo
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jueves 9 de abril de 2009
El último verso de un poema es el comienzo de todo
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miércoles 8 de abril de 2009
Era feliz sin nada
Era algo alegre. Iba
y venía por el aire.
Pero todo se queda ahí:
en el aire. ¿Qué era?
¿Dónde estaba yo mientras soñaba?
Quizá seguía a las nubes
o a la música de un violín que sonaba.
Era feliz sin nada. Volaba.
¿Qué miraba desde la altura?
¿Quién sostenía mi mirada?
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martes 7 de abril de 2009
Estás vivo, piensa
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lunes 6 de abril de 2009
¿Y cómo digo el alma?
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domingo 5 de abril de 2009
La política se les nota a los políticos en la cara
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sábado 4 de abril de 2009
Unas margaritas blancas
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viernes 3 de abril de 2009
Ante el Cristo
El rojo se desangra
sobre el naranja de unos pétalos
trenzados de verde.
Se mueve la llama
en un estertor de llagas infectadas de odio.
Tres clavos destrozan tendones,
arrasan venas y pecados,
trituran los nervios de Dios, en el espasmo
de dolor que es la historia.
Duele ver el relieve de esas costillas
desnudas y percutidas por los hombres,
duele ver la soledad de esta capilla en penumbra.
El retablo es muy simple: la pintura
sucia de la pared. La bóveda
es de corcho y las columnas de brillantina.
Y tengo que inventarme las vidrieras
con lágrimas que no ve nadie.
No hay mármoles ni oros, no hay orfebrería
ni cuadros ni primorosas tallas sagradas.
En el siglo XXI para Dios siempre es lo más barato,
lo que no cuesta, el garabato de una belleza
y de un amor repujado en excusas manieristas.
De plástico las flores y el suelo y las imágenes
huecas de los santos (cuando no unas fotocopias).
Los bancos ya no se arrodillan
y van desapareciendo los confesionarios con rejilla
y los confesores que nos absuelvan otra vez de la tristeza.
Los cristianos manoseamos a Dios con desidia
y se nos hace muy aburrido su trato. (Y sin embargo
entramos en trance delante de cualquier lascivia).
¡Qué eterna se hace la misa! Y la vida
cuando dejamos de mirar a Cristo.
Este mismo Cristo que sangra por mi alma,
esclava de inverosímiles liturgias.
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Guillermo Urbizu
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jueves 2 de abril de 2009
“Todos los caminos están abiertos”, de Annemarie Schwarzenbach
La escritora Ella Maillart ya sabía de todo eso. Gozaba de una amplia experiencia viajera. Y le propuso a otra joven mujer indómita -aunque sojuzgada por la adicción a la morfina- nada menos que un viaje hasta Afganistán. Esa mujer era Annemarie Schwarzenbach (Zúrich 1908-Sils, Engadina, 1942). Su vida había sido realmente movida. Mujer de amplia cultura -historiadora y arqueóloga-, había recorrido ya medio mundo como reportera. Y era una afamada escritora, muy dotada para la descripción de la mirada. Todo ello lo va a percibir enseguida el lector en este delicioso libro de viajes que es Todos los caminos están abiertos, publicado por la exquisita editorial Minúscula. Que ya en 2003 publicó, de la misma autora, Muerte en Persia. No menos interesante. Y esperemos sigan traduciendo y publicando el resto de sus títulos.
El caso es que Schwarzenbach se dejó convencer muy pronto (se sentía muy atraída por volver a visitar aquellas tierras inhóspitas de Asia) por Ella Maillart. Y comenzaron los preparativos. El dinero, el coche adecuado -“un Ford Roadster de lujo de dieciocho caballos”-, las viandas, la ropa, el material de filmación y fotografía, el estudio concienzudo de las rutas, etc. Salieron de Ginebra el 6 de junio de 1939. Dos mujeres solas cruzando Turquia, Persia (Irán) y llegando a Afganistán. En la página 35 y siguientes la autora deja muy claro lo que es para ella el viaje: “(…) el viaje se me presenta no como una aventura y excursión a parajes extraños, sino más bien como un reflejo concentrado de nuestra existencia”. Y sigue escribiendo unas líneas más allá: “Durante el viaje, la realidad va cambiando de cara con las montañas, los ríos, la arquitectura de casas y jardines, la lengua, el color de la piel. Y la realidad de ayer arde aún en el dolor de la despedida”.
Llegan a Estambul y al Bósforo, a las tierras del Turquestán, al mar del Mármara, al monte Ararat, al Éufrates… La nostalgia está muy presente en ella. Se le hace muy duro la posibilidad de ver las cosas por última vez, como si fuera todo un anticipo de la muerte. Y de por medio rasgos etnológicos, paisajísticos, religiosos, reflexiones diversas (importante la defensa de la mujer embutida en el chador, constreñida su libertad y su belleza), recuerdos, atisbos de felicidad y no poca autobiografía de la propia alma. Por ejemplo: “(…) me sentía agotada por el calor, cuando una joven campesina me acercó a los labios un jarro de agua. Pues así somos, nos deleitamos con perlas, con el azul del mar, con una hora de paz pese al fragor de los incendios, y hacemos caso omiso de campos de escombros, para aprender todos la misma oración: Señor, ayúdanos a soportar esta vida…”.
Herat, el Hindu Kush, Kaisar, el Oxus, Istalif, Ghazni… “Los nombres son algo más que denominaciones geográficas, son sonido y color, sueño y reminiscencia, son secreto y magia”. Como los hombres. Somos mucho más que mentiras y rutina y nostalgia y carne. Somos también sonido y color, sueño y reminiscencia, secreto y magia. Y lo repite por si quedaba alguna duda: “Me queda la magia, el nombre, el corazón maravillosamente conmovido”. Somos el paisaje del alma, y el viaje hacia el interior de la realidad que vemos. Un magnífico libro -traducido pulcra y acertadamente por María Esperanza Romero- compuesto de artículos que a manera de diario de ruta fue enviando al Nacional-Zeitung. Yo no me lo perdería. Para ir abriendo camino.
Publicado por
Guillermo Urbizu
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miércoles 1 de abril de 2009
Mañana de abril
en los pliegues de mi vida.
Pienso en la superficie del alma
que nadie alisa.
Estiro, estiro con fuerza las sábanas y la entraña
del aliento de los días.
Trazo las horas con tiralíneas
por si dan más de si las pupilas.
Pero siempre queda alguna arruga, alguna tristeza.
Vuelta a empezar. Lo deshago todo con prisa.
Sacudo al aire las violetas
una vez más, hasta que quedan lisas
en su íntimo aroma de noche y seda.
Paso la mano por ellas y por el embozo
de los sueños y de los años.
No está del todo bien mi vida, lo sé,
ni están perfectas las sábanas.
Pero los brocados del tiempo
cubrirán con su colcha el remolino del recuerdo
de los cuerpos ebrios de música.
Ya está la cama hecha. Ya están
las palabras dispuestas. Miradlas
en esta mañana de abril recién amanecida.
Mirad cómo se extiende su luz sobre la cama,
sobre mi vida exhausta de leyendas.
Publicado por
Guillermo Urbizu
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