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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.
martes 30 de junio de 2009
La pulsera, las chanclas y San Agustín
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Guillermo Urbizu
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lunes 29 de junio de 2009
“Verano en el lago”, de Alberto Vigevani
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Guillermo Urbizu
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domingo 28 de junio de 2009
Hay que reírse de uno mismo
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Guillermo Urbizu
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sábado 27 de junio de 2009
La mañana se despierta
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viernes 26 de junio de 2009
Sueños de verano
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Guillermo Urbizu
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jueves 25 de junio de 2009
David y su pandilla
Era uno de los muchos niños que andaban jugueteando por las callejuelas. El día era tórrido. A David le quemaba la piel. Cuando volviera a casa su madre le reñiría por ir siempre tan sucio. Pero ella repetía las mismas frases una y otra vez, ya estaba acostumbrado.
David callaba y se dejaba hacer. Aunque un tanto pesada era muy buena su madre, y muy guapa. Eso decían sus abuelos, y algunos hombres que se volvían con ojos raros cuando se cruzaban con ellos camino del pozo. ¿Por qué la miraban así? “Vamos David, no hagas caso”. Se llamaba Liora, que significa mi luz.
Todo esto lo pensaba pegado a la sombra de una gran tinaja, tras la enésima carrera, huyendo del viejo Jeremías. “¡Malditos críos, como os coja os voy a arrancar la cabeza del cuerpo!”. Apenas podía contener la risa. Miró al cielo guiñando los ojos. Tosía por el polvo. ¿Dónde se habrían metido los demás?
Un grupo de hombres que no conocía entraban al pueblo por el camino del molino. Iban a pie. Los observó con curiosidad. ¿Qué querrían? Tendría que espiar antes de que se enterara nadie. Dicho y hecho. Estaban distraídos conversando. Todos menos uno, que parecía estar en otro mundo. Se pararon a la entrada de una vieja casa abandonada.
David reptaba por el suelo, se levantaba, corría agachado un trecho corto y se volvía a tirar al suelo. Inmóvil aguzaba el oído. Podían ser forajidos, que en cuanto se hiciera de noche pasaran a cuchillo a medio pueblo en busca de dinero y mujeres. Pensó en su madre. No sería la primera vez que sucediera. Contaban mil barbaridades los más viejos.
Escuchó estas palabras: “Vamos a buscar un poco de agua y comida, esperadnos aquí”. Un golpe en toda la espalda le dio un susto de muerte. Era Aliz, su mejor amigo. “¿Qué pasa?”, cuchicheó. Y detrás de Aliz, como en tromba, llegaron Orel y Mordechai. “¡Psssss!”.
Todos siguieron la mirada de David hasta el grupo de esos hombres desconocidos. Parecían cansados, pero no te podías fiar de nadie en esos tiempos. David cogió una piedra en su mano derecha y se acercó más aún a la posición que ocupaba el que parecía el jefe de la banda. Estaban los cuatro de la pandilla en un nudo de brazos y piernas, tras un murete.
“Hola David”. “¿A quién saludas Maestro?”. “Él ya lo sabe Juan, no te preocupes”. A David el corazón se le había desbocado. ¿Quién era este hombre? ¿Se llamaría David alguno de los que iban con él? No pensaba moverse por nada del mundo. “David, hijo de David y de Liora, ¿no quieres venir a verme?”.
Los que le miraron fueron Aliz, Orel y Mordechai. David estaba pálido y muerto de miedo. Pensaba que lo mejor sería echarse a correr hasta llegar a su casa. Pero le costaba pensar y sus piernas no le obedecían. Aliz se levantó. “Yo soy David, tú ¿quién eres?”. Siempre había admirado el valor de su amigo. Pero se podía estar jugando la vida por él.
“Yo, querido Aliz, me llamo Jesús, y tiene David una gran suerte de que seas su amigo”. Se levantaron del suelo Orel y Mordechai, y los tres fueron a su encuentro. “¿Cómo sabe nuestros nombres?”. El tal Juan se reía. “¿Quién se lo ha dicho?”. “Hace mucho que lo sé, y estaba deseando conoceros”. “No me lo creo, tú eres un bandido”, contestó el imprevisible Orel, que se llevó un buen pisotón de Aliz.
“No te falta parte de razón Orel. Mucha gente habrá que me tome por bandido y cosas peores. ¿Vosotros creéis que lo soy?”. “¡No, no lo eres!”. Era la voz de David, todavía escondido. Ya sabía quién era. Su madre hablaba con su amiga y vecina Tumiel, que le llenaba la cabeza de historias de un hombre de Nazareth que hacía milagros, que era el enviado de Dios... Al fin se levantó.
“Venid, venid, acercaos los cuatro”. “Lo primero de todo -nunca antes habían visto sonreír así- dejad ya tranquilo al pobre Jeremías, pues le quiero mucho y le hacéis sufrir por nada”. Y prosiguió hablándoles como si se tratara de los invitados más escogidos, como si fueran las personas más importantes de todas las tribus de Israel. Ellos, una pandilla de críos despeinados y llenos de polvo.
Pero la historia sólo acababa de empezar.
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miércoles 24 de junio de 2009
Decadencia y demencia (glosa y consecuencia del asesinato por ETA de Eduardo Antonio Puelles García)
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martes 23 de junio de 2009
El viaje de mi vida
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lunes 22 de junio de 2009
Los ojos bien abiertos
El calor logra que imagine y flote en el vaivén del agua.
Sueño en azul, tumbado en mi toalla,
el pecho respirando pausadamente la luz de la mañana.
Hablan entre sí los sauces
de los mil vientos del pasado invierno.
El agua ahí, al alcance
de mi sed, de mi cuerpo.
Nos miramos. Soy un poco más viejo, es cierto,
pero el deseo es mayor y más sencilla mi vida.
Lo sueño. Quisiera estar allí,
dejándome caer en el agua, en una zambullida
pletórica de amor y de recuerdos.
Y más tarde bucear por dentro de las cosas.
Los ojos bien abiertos, directos
a contemplar la transparencia.
Dios, ¡qué ganas tengo de mirarte
en cada uno de tus prodigios y destellos!
Acompasadamente sentir tu anhelo
en el líquido rumor de lo bello.
Y mientras tanto acariciar la piel morena de los cuerpos,
el hermoso talle
de la luz
y todas esas gotas que se desprenden del tiempo.
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Guillermo Urbizu
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domingo 21 de junio de 2009
40º aniversario de la editorial Anagrama
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sábado 20 de junio de 2009
“Aurora Boreal”, de Asa Larsson
Así es la atmósfera que rodea la acción de Aurora Boreal (Seix-Barral), escrita por Asa Larsson (Kiruna, Suecia, 1966). La blancura de la nieve y la oscuridad de esa noche casi perpetua. Noche y nieve. Más los efectos cromáticos de la aurora boreal. El crujido del hielo y la escarcha del cielo. Hace mucho frío. Fuera, pero también dentro, en las almas de unos personajes obsesionados por las formas de un puritanismo sofocante y no poco displicente. La religión está en todas partes y en ninguna. (Es un universo que se ve muy bien en las películas de Bergman). Las citas bíblicas son continuas, y los cánticos y demás apoteosis; y omnipresente la Iglesia de Cristal en toda Kiruna. Una iglesia con tres pastores y el consejo de ancianos, y por encima de todos ellos la figura mesiánica de Víctor Strandgard. Justo la persona que resulta salvajemente asesinada en el centro mismo del templo, donde la esponjosa alfombra está tenida de sangre.
Rebecka Martinsson -la protagonista- es una prestigiosa abogada nacida en Kiruna (como la autora de la novela), que trabaja en una prestigiosa firma de abogados de Estocolmo. Está lejos de su pasado. Al menos eso cree. Es una mujer peleona, dura, que ha aprendido a no dejarse intimidar por los hombres. Tampoco se fía de Dios. Hermosa y escéptica. Se ha dejado mucho dolor por el camino (incluido un aborto). Sólo cree en lo que puede hacer ella misma y no se fía de los demás. A la escritora Asa Larsson le gusta demorarse. Las palabras se recrean en la naturaleza y en las personas. Y, de cuando en cuando, se visten de cursiva para rememorar el pasado, para que el lector se haga idea cabal de los asuntos, por más escondidos que estén. El pueblo -y con él la novela y casi todos sus personajes- está imbuido de una profunda melancolía que va decantándose en delirio. El crimen es el detonante que saca a la luz toda una enorme falsedad de supuestas virtudes y prestigios. Demasiados intereses ocultos tras la máscara de lo espiritual.
En la página 162 escribí al margen: “la cosa se pone interesante”. Puede que fuera por la misma decisión que manifiesta Rebecka en ir al grano, y que contagia al lector. Es valiente. No se conforma, va más allá. Los sospechosos aumentan. Era muy fácil acusar a la hermana del muerto, Sanna (que fue quien lo encontró). La presencia de nuestra abogada comienza a inquietar a demasiada gente. La amenazan, pero no sirve de nada. El silencio -“todo lo que no se dice es lo que delata a una persona”- estalla en amargura y mentiras que no pueden más. Los nervios hacen mella. Y Mella es precisamente el apellido de la policía que está sobre las distintas pistas: Anna-Maria Mella. Los diálogos son brillantes, y fluido el ritmo del suspense que el lector tiene la posibilidad de abrir por la primera página, si es que quiere saber el final.
No sé si Assa Larsson es la reina o la princesa o la infanta de la novela negra escandinava. Si es superlativa o majestuosa. Yo más bien me inclino a pensar que es una buena narradora. Sencillamente. Sin tanto boato promocional. Con una acertada primera novela premiada por los escritores suecos. Y la avispada editorial ya nos dice que va a traducir y publicar las dos siguientes. Pues encantado. Desde luego yo las leeré. Que tengan buen día.
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viernes 19 de junio de 2009
La gente te pregunta
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jueves 18 de junio de 2009
Las cosas en su sitio
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miércoles 17 de junio de 2009
No podemos dejar de mirar las estrellas
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Guillermo Urbizu
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martes 16 de junio de 2009
“También mueren ángeles en primavera”, de José Luis Ibáñez
Y dio comienzo la lectura. Y a la décima página ya me olvidé de todo. Era literatura, y buena. Me olvidé del escritor, de mis prejuicios y de la gripe que me asolaba por esos días. Toni Ferrer es el protagonista. De buena y arruinada familia. Estudió derecho, vendió seguros y más tarde se puso a investigar para las aseguradoras. Se instala como detective. Una vez comenzada la guerra se decanta y comienza a trabajar para los servicios de información de la Generalitat de Cataluña. Es jefe de operativos. Se mezclan los personajes de ficción y los históricos, con algunos verdaderamente por descubrir. Por ejemplo el director de dichos servicios de información: el Egipcio, le llaman. Marcelo de Argila. O Eduardo Arcos Puig, Eddy, alias Fantômas. Sí, sí, Fantômas, el verdadero Fantômas, ladrón de guante blanco de la época. Que ni era francés ni americano. Era español y mallorquín. Y el criminalista José López de Sagredo, un verdadero genio. Y otros más que usted, lector, irá descubriendo.
Los “angeles” de Ferrer son cuatro niñas salvajemente asesinadas. Todo un símbolo de pureza dentro de la novela. Una pureza que es preciso reivindicar. Entre espías y metralla y brutalidad, están esos crímenes. Tanto para Ferrer como para su después amigo el inspector Belmonte averiguar quién fue el asesino se convierte en una suerte de desafío moral. Aún en medio de tanta sinrazón, no es posible dejar impune algo así. La madeja se va desenredando, en un ritmo frenético. Ferrer es un tipo bastante normal. Es un buen profesional, leal con sus amigos -no tiene confidentes, tiene amigos- y poco o nada ideologizado. En esta novela predominan los sentimientos y el suspense de la vida; frente a las ideologías. Ferrer busca la verdad por encima de todo. Y en el transcurrir de la trama -escrita en una prosa excelente- vamos descubriendo la intrahistoria de la gente por las calles de Barcelona, toda esa serie de héroes anónimos que se vieron envueltos en aquel maremagnum de horror y muerte.
El autor conoce Barcelona como la palma de su mano. Se nota. José Luis Ibáñez se ha documentado muy bien para escribir También mueren ángeles en primavera. Es un escritor al que le gustan los detalles, los guiños y el rigor de las palabras (de lo que se dice y de cómo se dice). Personalmente descreo de los géneros y subgéneros. Esta novela se encuadraría dentro del género de novela negra, que a tanta gente apasiona. Pero ante todo es una gran novela, sin adjetivos, de un narrador al que yo no conocía de nada y al que a partir de ahora voy a seguir muy de cerca. ¿No me creen? Lean el libro por favor. Yo, de momento, me pongo a leer el primer caso de Toni Ferrer: Matar en otoño (2007), también publicado por Espasa. Y a la espera de lo que suceda en verano e invierno. ¡Qué satisfacción produce el hecho de descubrir a un buen escritor! Ya no es sólo la pericia estilística, es el trasfondo de las cosas y de las almas: la emoción literaria. Y la vida.
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lunes 15 de junio de 2009
¿Qué significa ser piadoso?
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Guillermo Urbizu
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domingo 14 de junio de 2009
“La última escapada”, de Michael D. O’Brien
Ya en sus novelas El librero de Varsovia y El Padre Elías -editadas las dos en LibrosLibres- se aprecia ese gusto de Michael D. O’Brien por un tipo de novela reflexiva donde pone sobre el tapete sus personales inquietudes, su rebeldía hacia una sociedad narcotizada, su apuesta por los valores cristianos, su análisis crítico sobre la manipulación de cualquier tipo, etc. Pero pueden estar tranquilos los lectores. Sus novelas no son propaganda ni adoctrinamiento panfletario. Son eso, novelas. Con un gusto, eso sí, por el constante desafío hacia lo “políticamente correcto” y “la desolación del hombre moderno” que, como él escribe, se olvida de vivir, inmerso en patrañas. No es manca la aventura. Por eso mismo Nathaniel se ve perseguido, y huye junto a dos de sus hijos (“los niños son los que te enseñan la mayor parte de las lecciones verdaderas”).
Asistimos a una narración trepidante. No es tanto una huída como una búsqueda, un ir al encuentro de la verdad. Sé que suena contundente o quizá demasiado pretencioso, pero es que se trata de eso. Se trata de luchar por la felicidad, de forma radical. De reivindicar la vida y la familia (“el precio que se paga por una familia feliz es la muerte del egoísmo”), la amistad y la buena literatura, y el sabor de una buena pipa. La inteligencia del protagonista no puede consumir más falacias. Y lo escribe en su periódico, se rebela. Y son muchos -incluida su mujer- los que no le soportan, pero unos pocos le leen y admiran su coherencia. Asistimos a un diálogo con la memoria y a un perfeccionamiento del amor. En todos los órdenes. Se pregunta: “¿Hemos ido perdiendo poco a poco nuestra reverencia por el misterio de la vida humana y su belleza, perdiendo en el proceso nuestra capacidad de amar a los pobres y a los sencillos, a los difíciles y a los alocados, a los enemigos, a los santos y a los pecadores?”.
“El mundo se está volviendo oscuro”. De acuerdo, es una novela de fuerte carga moral. El alma se asfixia. Pero, ¿de dónde nos viene la fuerza? La huida es un aprendizaje plagado de símbolos. Y la impotencia y el dolor una necesidad ineludible para comprender… Los perseguidores no dan tregua. La última escapada es un thriller difícil de catalogar. La acción está en esa persecución a Nathaniel, Tyler y Zöe -debe desaparecer todo conato de verdad-, en su resistencia, pero sobre todo se trata de un cúmulo de confidencias, de una lucha interior que provoca que el lector se aplique a la lectura con inusitada pasión. Y vaya sacando consecuencias.
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sábado 13 de junio de 2009
Apúntate al optimismo
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viernes 12 de junio de 2009
El PS(O)E ha perdido y está tocado
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jueves 11 de junio de 2009
En otros paisajes
En un trigal al atardecer. En un sendero
que asciende hasta el manantial de la alegría.
En esos juncos que sólo entonces crecían.
En la nieve recién nevada de mi niñez.
En medio de una tarde de árboles de agosto
y en un tren donde siempre me iba.
En la tierra roja del barbecho. Sobre el regazo
de mi madre contemplando el mar por primera vez.
En los aspersores de luz de aquellas mañanas.
En medio de clase de física, mientras llovía
la mortecina voz de don Tomás.
En la puerta de una iglesia, con la campana
repicando desde hace siglos a la misma misa...
Así vivo ahora, al mediodía
de mi vida, tan aburrida (hoy
no es mi día, como tampoco lo fue ayer)
que me conformo con estas pocas palabras
para volver allí: a los paisajes donde fui feliz.
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Guillermo Urbizu
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miércoles 10 de junio de 2009
Un amigo en graves apuros
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Guillermo Urbizu
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martes 9 de junio de 2009
Carta a Julio Verne
De unos días a esta parte me ocurre que ando inquieto, que duermo mal, que me levanto de madrugada. No sé el motivo y no pienso ir al médico. ¿Para qué? Las recetas ya no me hacen nada. Llego a la farmacia y le digo a la chica que despacha: “Bah, déjalo, tampoco es nada grave”. Salgo de allí y me gasto los quince o veinte euros en un zumo de fresa y naranja, o de tamarindo o maracuyá y granadilla. Pero le estaba contando, querido don Julio, que me desvelo con frecuencia. Y que me levanto y me siento en la cocina. Al principio ponía la televisión -un invento farragoso que da un tremendo dolor de cabeza y que trastorna la imaginación-, pero he dejado de hacerlo. Y me quedo allí, a oscuras…
Y el otro día pensé en usted. Me acordé de la lectura de sus novelas cuando era crío. Y no tan crío. Mis hijos las tienen a su disposición en una edición preciosa, pero no les hacen caso. Prefieren unas narraciones que son como mecanos, plagadas de vampiros y otras razas de pesadilla, que se desenvuelven en un cúmulo de efectismos. En un buen escritor de estos tiempos -el canadiense Michael D. O’Brien- leía hace poco que en este nuevo tipo de libros para jovencitos hay “mucha preocupación por lo oculto” (excesiva, morbosa y perniciosa diría yo), confundiéndose “las nociones de lo bueno y lo malo”. Y es verdad. Todo ello escrito, dice, “por gentes que más parecen ingenieros sociales que narradores”. Y en un instante se fabrican lo que llaman obras maestras, y la publicidad comienza a dar vueltas y más vueltas en un dispendio alucinante.
Y ya todos los niños leen lo mismo, qué casualidad, embutidos en una especie de hipnosis, en modas de las que acaban hartos. Pocos libros se salvan. Los autores se afanan. Trilogías y más trilogías. Se habla del “mercado juvenil”. Del mercado, como si los jóvenes y la literatura fueran sólo eso: un mercado a conquistar para un mayor beneficio económico de editoriales y escritores. Un chollo, querido Verne, un chollo. ¡Si viera usted los artefactos que uno puede llegar a ver a la entrada de las librerías! Pero bueno, es el mundo que me ha tocado vivir. Parece que el hombre lo tiene todo dominado, pero somos más frágiles que nunca. Y la carta -siempre me pasa en esto del género epistolar-se me está convirtiendo en un desahogo, lo sé. Ya perdonará si le aburro. Es por lo que le digo: somos frágiles. Por fuera puede parecer que nos comemos el mundo, pero por dentro estamos llenos de complejos, vicios, angustias, monomanías y chifladuras. Denigramos el alma y su aventura, y ensalzamos lo más superfluo y su abulia.
El caso es que en una de esas noches de desvelo pensé en usted, en Julio Verne. Me dio por pensar qué libro elegiría en ese momento. Un libro que me distrajera, que me contara las peripecias, proezas y avatares de un personaje creíble. Un libro que me acompañara a esas horas donde te sientes tan solo, tan cansado. Salí de la cocina a tientas, avancé por el pasillo y llegué al salón, donde la noche era más de noche si cabe. Tropecé varias veces en distintos muebles y en una alfombra, pero llegué al fin a mi objetivo: la habitación de los chicos. Allí están sus libros. Encendí una lámpara y miré los títulos. Los hijos del capitán Grant, El rayo verde, La isla misteriosa, Un capitán de quince años, Miguel Strogoff, Veinte mil leguas de viaje submarino… Sí, Veinte mil leguas de viaje submarino. Y volví con el volumen a la cocina. Me acordaba perfectamente del profesor Pierre Aronnax y del intrépido Ned Land, al que ya siempre lo ves con el rostro de Kirk Douglas.
Lo que son los libros. A usted, don Julio, le debo mi afición por las aventuras submarinas. En novelas o en películas. Los recuerdos se atropellan. Recuerdo que de niño mi cama era mi Nautilus, desde donde podía soñar todo tipo de fauna y naufragios. Me sumergía a profundidades nunca vistas. (A mis hijos, de más pequeños, e incluso ahora, mientras les arropo o me despido de ellos por la noche les grito de improviso: ¡¡inmersión, inmersión, inmersión!!). Los submarinos fueron una parte importante de mi niñez. Me sentía protegido contra los elementos de allí fuera. Y con el tiempo aprendí a valorar la biblioteca del capitán Nemo, y su rebeldía contra un mundo desquiciado por la codicia. ¡Qué viaje tan extraordinario el de este libro! Dura toda la vida. Me siento y comienzo a leer: “El año 1866 quedó caracterizado por un extraño acontecimiento, por un fenómeno inexplicable e inexplicado que nadie, sin duda, ha podido olvidar”. Llegué de un tirón hasta el capítulo XIV, "El Río Negro". No iba a terminar esa noche el libro, ni tampoco ninguno de los siguientes días. Pero el efecto estaba conseguido. Abrí las sábanas y me “introduje” en el Nautilus, igual que entonces. Y dormí como un niño. Como el niño que nunca he dejado de ser en lo más profundo de este océano indómito y precioso que es la vida.
Siento haberle importunado don Julio. Y no cejaré hasta conseguir que mis hijos lean sus libros. Le saluda muy atentamente su siempre lector y amigo.
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lunes 8 de junio de 2009
Valeria Bergalli, editorial Minúscula
Hoy me han llegado unas revistas y suplementos atrasados. En uno de ellos veo a Valeria Bergalli, en el despacho de su editorial. Minúscula. Así se llama la editorial, no es que ella sea diminuta. Me ha faltado tiempo para recortar las páginas y darme un festín de detalles. Valeria, allí, prendida por la luz que entra por la ventana, que mana y llena. Parece una Madonna renacentista, o una mujer dispuesta a ser pintada por Vermeer, acrisolada la piel, serena. La mirada en los sueños, el pelo negro recogido, las manos dándose un respiro. Y el brillo reflexivo de su vida, y los retratos de escritoras, y los discretos pendientes… Quizá acaba de salir de imprenta Una temporada en Venecia, de Wlodzimierz Odojewski, o los ocho impresionantes relatos que componen el libro Medallones, de Zofia Nalkowska. Mayúscula Valeria: literatura en alma viva. Búsqueda, ímpetu, viaje, belleza. He aquí, en este caluroso día de junio, mi personal homenaje de lector. Pasarán los años y puede que vuelva a encontrarme esta fotografía de su despacho, y de Valeria Bargalli, quizá por casualidad, debajo de otros papeles, o que caiga al suelo al consultar un libro de Marina Tsvietáieva o el diario Verde agua, de Marisa Madieri. Y sonreiré agradecido.
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Guillermo Urbizu
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domingo 7 de junio de 2009
Cena en familia
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Guillermo Urbizu
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sábado 6 de junio de 2009
Un golpe de mar
El mar. Su profundidad. La mirada que se extasía y la memoria desde donde lo ves navegar. No saber decir nada que diga lo que sueña de verdad el mar. Soñar su son y amar su don de maravilla. Caracolas de espuma en el fragor de su música. Lo recuerdas salpicando de luz los cuerpos tendidos en la arena. Lo recuerdas con el alma sumergida en Dios al contemplar su horizonte en ascuas o vestido de bruma. ¡Qué dicha sentir el viento cuando se hace ola! O la espuma repentina, o la huella que se borra, o la estela de su piel cuando nada… El mar. Mirar siempre el mar. Y amar más todavía.
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viernes 5 de junio de 2009
Cita de padres (y madres)
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jueves 4 de junio de 2009
Descanso en Dios
encuentro que me canso más
cuanto más me olvido del alma.
Quisiera no hacer nada
y respirar el mar muy despacio.
Sentado en la infinita arena
o en mi despacho
imaginar esa misma arena y el sonido
de Dios cuando llega a la playa
y se queda el alma callada, esperando.
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miércoles 3 de junio de 2009
Todavía estoy a tiempo
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Guillermo Urbizu
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martes 2 de junio de 2009
Vidas de santos (yV)
Pues no otra cosa es la oración. Dios es el Amigo por excelencia, dispuesto a quedar a cualquier hora y en el lugar que elijas. Es puntual. Y se entrega a fondo, con un amor insondable. No le importa el pasado ni las manías ni tu afición por los desplantes y el olvido. Puede que haga tiempo desde el último encuentro o desde la última huída. Pero allí estás, delante de Dios, de nuevo. Y no sale nada, ni una palabra, y miras el reloj inquieto, o te pones a leer una hoja parroquial o el relieve de las paredes o los nudos de la madera del suelo. O el dibujo de otras fantasías más elaboradas. Y es así como me gusta imaginar la vida de los santos: en esta lucha. En esta naturalidad, tan lejana de hagiografías y artificios y remilgos. Entre el desconsuelo, las angustias y sinsabores; en medio del trabajo, de la parroquia, del campo o de la oficina. En medio de los caminos, de los conventos, de la universidad o de la familia. Pero fieles a ese diálogo con Dios, a esa presencia real del Amigo.
Y es precisamente por esto por lo que siempre se me ha hecho especialmente cercana la figura de santo Tomás Moro. Un padrazo y un esposo entrañable y paciente, amigo de sus amigos, juez honrado y diligente, político de fuste y humanista de más fuste todavía. Un laico de pies a cabeza, pero piadoso, coherente, humilde. Un tipo que no parece de los siglos XV y XVI -a caballo de los dos siglos vivió-, pues su forma de proceder se nos representa del todo moderna, de hoy mismo. Trataba a los demás con cariño, siempre. A su mujer, a sus yernos, a los criados, a Erasmo, también a Oliver Cromwell, al Rey, a todos. Erasmo de Rótterdam escribió un Elogio de Moro y le dedicó Elogio de la locura, porque admiraba en su amigo esa discreta sabiduría que tanto tenía que ver con su lucha por la santidad, con su intimidad con Dios. Pienso que es el santo del que más biografías y libros suyos he leído. Desde aquella de Vázquez de Prada (Rialp) o la de R.W. Chambers (Juventud) hasta la de Peter Ackroyd (Edhasa). Y la de Peter Berglar, La hora de Tomás Moro: solo frente al poder (Palabra), o la de Paloma Castillo (San Pablo), o la de Álvaro Silva (Marcial Pons), o la de Gerald B. Wegemer (Ariel). De él Chesterton pronosticó que sería más importante todavía “dentro de cien años”. Y Juan Pablo II le nombró patrón de estadistas y políticos.
Atrae su profesionalidad y ecuanimidad, su fortaleza ante el martirio, su escritura (en libros tan brillantes como la parábola Utopía, aunque yo tengo especial debilidad por La agonía de Cristo, que escribió poco antes de ser ejecutado). Pero a mí, como decía antes, lo que más me atrae es esa naturalidad y normalidad con la que vivió su fe, esa convicción tan palpable del amor de Dios sean cuales fueren las circunstancias o el ánimo propio. En definitiva, me atrae su elegancia de caballero cristiano y su buen humor, sin afectaciones. Y todo esto viene a cuento por la lectura de un libro muy breve pero muy enjundioso. Ya lo decía Baltasar Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. ¡Y qué verdad es! Tomás Moro, humanista y mártir, del teólogo Louis Bouyer (Encuentro), en sus apenas 90 páginas es un buen ejemplo. No es una biografía al uso por supuesto, más bien se trata de una acuarela, donde a base de pocas y certeras pinceladas nos ofrece una reflexión muy cercana de la personalidad de Tomás.
Para empezar de su intimidad familiar, allí en el casón de Battersea, rodeado de soledad y alborotados jardines, con su biblioteca y oratorio, con su esposa e hijas, en un ambiente de piedad y estudio. Y de risas. Holbein está pintando un cuadro familiar, “sin olvidar los libros esparcidos un poco por todas partes”. El lector es atento espectador de conversaciones, alusiones, guiños… Todo el mundo habla. Después esos apuntes sobre su formación humanista. Dice: “Es indudable que su humanidad profunda y concreta, prodigiosamente divertida, pero siempre tan cordial, encontró su alimento en el estudio y enseñanza del derecho”. Pero fue profundizando en los autores antiguos y en su literatura, y es cuando conoce a Erasmo, y traduce, y escribe poemas, etc. Luego Bouyer se adentra en la Utopía y en las influencias recíprocas entre Moro y Erasmo; y escribe sobre su época de Lord Canciller y sobre el martirio (que para mi gusto es lo mejor del libro) y su legado. Dice el autor que la vida de santo Tomás Moro fue una preparación para el martirio. Una vida íntegra y llena de júbilo. Una vida santa, sin rarezas. Una lucha continua por la verdad. Sobre el cadalso pidió con serenidad a todos que rezaran por él e insistió en que moría por la fe católica. No digo que nosotros hayamos de llegar a tanto -gracias a Dios- pero es bueno aprender de los santos y estar preparados. Moro no quería morir, ni era fanático de nada y era tan de carne y hueso como nosotros, sin embargo se identificó con Cristo y cruzó la meta.
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Guillermo Urbizu
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lunes 1 de junio de 2009
Vidas de santos (IV)
¡Cómo me acuerdo de El mudejarillo, de José Jiménez Lozano (Anthropos)! De su visión tan esencial y nítida de san Juan de la Cruz, con esa prosa que se fija sobre todo en lo pequeño. Siempre me viene a la cabeza ese librito cuando hablo del autor de Llama de amor viva. Y el completísimo de José María Javierre, Juan de la Cruz: un caso límite (Sígueme). Y acabo de finalizar la lectura de una novela excelente sobre el santo. Se titula El místico Juan de la Cruz, y está escrita por Pedro Miguel Lamet (La Esfera). Él mismo escribe: "(...) entrar en el alma humana es la tarea más fascinante que puede emprender un escritor". Ante todo tengo que decir algo: está muy bien escrita, con un vocabulario rico y en su punto, y salpicada de un lirismo cautivador. Y cuidando al detalle cada recoveco historiográfico, sin dejarse nada. Para la narración se sirve del personaje de ficción don Pedro de Valmores (apellido en el que se me antoja juega Lamet con la expresión “mal de amores”), comerciante de paños segovianos y poeta. Sobre todo poeta. Y enamorado de Ana de Peñalosa. Para ella escribe y para ella vive. Pero el amor es como es y doña Ana le abandona por Dios. Como suena. Doña Ana, gracias al buen oficio de Juan de la Cruz, quiere dar alcance al Amado, al único amado que no defrauda nunca. Sin dejar de ayudar a los descalzos. A esta dama el santo dedicará uno de sus libros. Y es ahí donde la novela va tomando cuerpo. El garcilasista don Pedro no puede soportar el dolor de amor, la ausencia de la amada, esa ruptura tan imprevista. Y comienza sus pesquisas. Está celoso de fray Juan -el Senequita o medio fraile, como le llamaba Teresa de Jesús-, del que va siguiendo sus avatares. ¡Qué desvelo tan terrible producen los celos! E irá recogiendo aquí y allá los testimonios de quienes han estado con él. “Pretendo proseguir la reconstrucción de su vida. Con eso me entretengo, y creo que de algún modo me voy curando, aunque no la olvide, de la locura que me causó la pérdida de doña Ana”. De fondo la España de Felipe II. Y alguien le deja copia de algunas estrofas del Cántico espiritual, y don Pedro de Valmores se rinde a semejante maravilla…
La maravilla de unos versos que parecen esculpidos por una música divina. “Este hombre no es un poeta, es un ángel”, comenta en la novela un impresor de Alcalá. Pedro Miguel Lamet nos ofrece una panorámica del santo y de la santidad, pero también de los conciliábulos cortesanos y religiosos, y de la vida de la gente más sencilla en aquella España tan difícil. Se nos cuenta una historia de amor. O de amores (no es el menor el amor por la poesía). El mensaje es claro: sin amor la vida no vale la pena vivirse. La vida y la obra de San Juan de la Cruz sólo se entienden así: “sólo en su Dios arrimada”.
Publicado por
Guillermo Urbizu
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