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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


viernes 31 de julio de 2009

Erasmo y Moro, en un probable momento de sus vidas



Se me estaba pasando por la cabeza un breve diálogo de Moro y Erasmo en la casa del primero. Bueno, no exactamente. Están en un edificio aledaño donde el futuro mártir tiene instalada la capilla y lo más granado de su biblioteca. No sé si era así en verdad o me lo invento. Pero tanto da. No hay realidad más factible que la imaginada. Acaban de llegar y de sentarse. Erasmo prefiere sentirse rodeado de libros y pliegos por todas partes. El olor de la tinta le reconforta. Su amigo Moro se ríe. Tiene buen humor este inglés, con su ironía siempre a punto. Ahí está el autor del Enchiridion, feliz con su amigo. Se lo dice. Algo así: “Tomás, no me iría de aquí, de hecho creo que nunca me iré de esta casa”. El paseo por la orilla del río le pasa factura. Los dos solos. Erasmo no cesa de hablar de literatura. Desde allí se oye el rumor del bosque, y sus lecturas fluyen por la estancia en precisas citas latinas y griegas. Sabe que Moro no le va a la zaga en conocimiento y en amor a las humanidades. Y sabe que al mismo tiempo prefiere distanciarse y recogerse en silencio, que es su idioma preferido. Hasta que de improviso sonríe con más énfasis y dice (es un suponer): “Erasmo, amigo mío, lo que más me alegra de todo es saberte parte de mi familia”. Y Erasmo parpadea nervioso y aparta de inmediato la mirada de los libros. Este hombre tiene el don de leer el corazón de la gente. Mira a Moro con fijeza para luego posar la vista en su vida, tan ajetreada de viajes, conversaciones inútiles y miedos inconfesables. “¿Dónde está mi alma?”, piensa. “¿Dónde está la paz que no encuentro?”. Tomás, como si le hubiera oído por dentro, le tiende la mano y unas pocas palabras… “Ven conmigo, vamos a rezar a la capilla”.

jueves 30 de julio de 2009

Breve oración de poeta





Señor,
no me gustan las palabras
si Tú no me las dices.
Cada día descubro nuevos matices
del misterio que es el Verbo.
Escribo porque necesito querer (y ser querido)
más allá de la nostalgia de lo escrito.
No me basta, Señor, con la vida
-tan breve y tan leve-,
ni me basta el olvido de la muerte.

Señor, necesito que me leas
y resucites para siempre en los sonidos
y seas el sentido
del silencio que me queda.
¿Ser original? Tú eres
el Origen de todo
lo que escribo y siento y veo
en lo invisible que alienta en mí el deseo.

Y sólo quiero, Señor, llegados a este punto,
arder en Tu mismo fuego.

miércoles 29 de julio de 2009

¿Novedades? Pocas



Miras a tu alrededor intentando descubrir alguna novedad, algo que se salga de la rutina. Y lo único que te encuentras es que hay que preparar el desayuno, que los niños se hacen los dormidos, que el ordenador no arranca y que hacerte la cama es el mayor desafío. Abres las ventanas para que se airee la casa y te permites el lujo de sentarte cinco minutos en el sofá y hojear unas pocas láminas del libro de Sorolla. Ni un ruido, y las cortinas flamean su vuelo. Es entonces cuando te acuerdas de Dios. Y te santiguas y rezas lo mismo que rezabas de niño. Respira la casa y respiras tú en ella. O con ella. Y vuelves a tu ventana para ver los gatos y el pequeño magnolio y la ropa limpia de otras vidas de las que no sabes nada. Sacudes las sábanas con brío, y piensas en que es siempre lo mismo. Sólo cambia el dibujo o el color de las sábanas. Y la posición y forma de las nubes. Apagas el ventilador y recoges del suelo los blancos almohadones. Y te afeitas leyendo por enésima vez unos poemas de Borges. Recitas en voz alta “El gaucho”, sin importarte que te oigan. La ducha, el gel, el tiempo que resbala por tu piel en un escalofrío. Es la vida, el comienzo del día. Es lo mismo y lo distinto. Te vistes y miras el reloj. Las ocho y media. Antes de irte bajas las persianas, limpias la mesa y rellenas de agua las botellas. ¿Novedades? Pocas. Cambia algún sueño o noticia. Cambia la fecha y las ganas y el gesto de la luz que amas y los poemas que lees mientras te afeitas.

martes 28 de julio de 2009

Vacaciones (un extracto)



Vacaciones. Quedan tres días. ¿Y luego? Planes sencillos. Y baratos, por lo que nos toca. Disfrutar de lo de siempre, pero más despacio. Un libro en su tinta y unos calamares. Las olas que no ves, pero que oyes en su memoria de espuma. La risa de los niños cuando profundizaban en la arena con sus manos. Quedan tres días. Subiré montañas y nadaré entre las nubes que siempre flotan en la piscina. Sentiré ausencias, lo sé, pero no es cuestión de ponerse triste ni de mirar en exceso a los sauces. Una toalla, un bañador y el cielo. Y hacer como que vives más intensamente. Eso será todo. O puede que tenga alguna sorpresa, ¿quién sabe? Quizá una tormenta en medio del campo, o un verso que diga alguien sin darse cuenta, o la luna llena, sin más, o un helado con sirope de fresa. Sé que prevalecerán los libros y las pipas y los chopos y los ratos desapercibidos entre las horas. Mis vacaciones: el tacto de las mismas cosas, y la urdimbre de las sombras. Parloteo de hojas y unas piedras planas y redondas que rebotan en el agua desde entonces. Una, dos, tres veces... Las ondas del agua y esa extraña felicidad que las acompaña hasta que de nuevo todo se queda como estaba. Y el aroma de los sándalos. Disfrutaré de todo esto, lo prometo. Lo de siempre, pero más despacio. Hasta que vuelva.

lunes 27 de julio de 2009

“No habrá armas en el entierro de mi hijo”, de Paro Anand




En la literatura juvenil prevalece la fantasía, la magia, los superpoderes… Desde El señor de los Anillos de Tolkien -cumbre literaria por su excelencia, que nadie discute- nos estamos ahogando literalmente en un mundo de seres que, por más que nos hayan llegado a conmover con sus aventuras y desventuras, ya resultan un tanto reiterativos. El fenómeno Potter ya fue la puntilla para que los chavales dejaran de leer prácticamente la literatura juvenil de toda la vida. Pero hay vida más allá de todos estos personajes más o menos fantasmagóricos que alejan a los chavales del mundo real y los sumerge en una ilusión algunas veces preocupante. En efecto, hay vida. Está la vida, la de todos los días. Está ese tipo de literatura que quiere reflejar la realidad, aun la más triste y dura, dispuesta para que el joven lector saque sus consecuencias y madure. Que falta les hace. Que falta nos hace.

No habrá armas en el entierro de mi hijo que ha escrito la autora india -o hindú- Paro Anand (India, 1957) es una buena novela editada por Siruela y traducida por María Corniero. Dura, pero entrañable y reivindicativa de unos valores de paz que se difuminan en el odio. ¿Ficción? Sí, pero basada o inspirada en acontecimientos reales. Aftab es un chaval indio de 12 años que anda metido en un grupo de terroristas (nada de videojuegos, etc., ocurre en la piel de gente de verdad) dirigido por Akram. Para Aftab es su verdadero héroe. Su hermana también pertenece al mismo grupo terrorista y está casada con el líder (pero de esto Aftab se entera más tarde). Es un texto, como digo, duro, cruel en ocasiones. No hay magia que valga, ni elfos redentores, ni varitas de rayos luminosos. Es el punto de vista de unos terroristas, de unos asesinos. La muerte y el dolor y el sinsentido y el duelo de la violencia lo preside todo. Pero también la entraña de las familias, el sufrimiento. Y el sentido de la vida. Nos va mostrando la acción del relato la crudísima realidad de miles de niños y jóvenes en no pocos países del mundo. Un mundo desquiciado y desquiciante que lo tenemos a la vuelta de la esquina.

Pero como digo también nos muestra la autora a unas familias que sufren a diario, nos muestra el amor de unos padres, la impotencia, el desgarro ante una violencia sin esperanza. ¿Sin esperanza? Este tipo de ficción tan pegada al terreno puede parecer demasiado extrema, una pesadilla nada ejemplarizante. Pero creo que sí que lo es. Creo que después de leer No habrá armas en el entierro de mi hijo uno valora más ciertas cosas. Sobre todo la cultura de la paz y de la convivencia, el respeto a los demás (piensen lo que piensen), y que la violencia y el asesinato terrorista es un camino que nos lleva exclusivamente a la destrucción del alma. Y de los pueblos.

domingo 26 de julio de 2009

Carta a Franz Kafka




Querido Franz Kafka:


Le voy a ser completamente sincero. Si le escribo esta mañana de finales de julio es porque no sabía muy bien con quién hablar. Y tengo ganas de hablar, de explayarme sobre algo que todavía no sé lo que será. En seguida me ha venido su nombre al alma. Quizá porque siempre recuerde la lectura de sus novelas El Proceso, El Castillo y América como una epopeya de la soledad. Creo que ya su amigo Max Brod dijo algo parecido. Pero es que cualquier lector perspicaz se da cuenta de ello. Usted escribió esas obras, y las demás suyas, para tener cierta conciencia de si mismo -de su identidad-, de su frágil existencia, de su voluntad quebradiza. O tal vez para intentar cortocircuitar tanta irrespirable tristeza. Escribió lo que el hombre es o puede llegar a ser. Se anticipó a la trágica deshumanización que desde principios del siglo XX no hace otra cosa que abismarnos en lo peor. Kakfa, usted lo supo ver. Y lo escribió.

Y nosotros lo leemos. Su obra se está cumpliendo también en nuestros días, apenas iniciado el siglo XXI. Su clarividencia respecto a la soledad humana, a los jueces inicuos, al hombre perseguido por la sinrazón y el holocausto, por un Estado desquiciado por el poder y el relativismo, es proverbial. Un hombre sin Dios, encarcelado en su propio yo inmanente, sin esperanza, que es incapaz de solventar su futuro con cierta dignidad. Y su propio presente, que se tambalea en medio de una frivolidad devastadora.

Querido Kafka, releo alguno de sus relatos breves y distintas entradas de su Diario en las Obras Completas editadas por Galaxia-Gutenberg. Lo suyo es clarividencia, amigo mío. Le acusan de una angustia morbosa, de ofrecernos amargura al por mayor. Y yo sólo veo -sólo leo- la constatación de una realidad viscosa y mentirosa que usted quiso denunciar en su momento y que hoy sigue siendo tanto o más actual. Leer sus inquietudes es ponerse en el pellejo de un hombre que tiene miedo del propio hombre, de un hombre que indaga en el dolor y en las palabras alguna fisura en donde hallar un poco de felicidad. ¿Será posible, estaremos a tiempo antes de que el propio tiempo nos borre de este mundo?

Usted fue el más lúcido testigo de su época, quizá de todo el siglo XX. Percibió el peligro, la ruindad y las ruinas. Y la fatalidad. Y nos lo anticipó. El hombre no puede respirar en un continuo desamor, en un sopor sin vida trascendente (esa mezcolanza de barbarie y simulacro de libertad). Toda su obra es un acto de creencia y de revelación, un acercamiento a la necesidad de Dios y al sentido de una vida sin coacción, sin temblor. Así es como la interpreto yo. ¿Estaré equivocado? Su obra no es fácil de leer, pero ¿hay algo que merezca la pena que sea fácil de alcanzar? El hombre lleva un par de siglos al menos -pongamos que desde la Revolución francesa- con el alma extraviada. Y de eso se trata: de volver a encontrarla. Y con ella la verdad. O eso, o la amargura de un sin vivir. Con o sin literatura.

Ha sido un placer enviarle estas líneas, querido Franz Kafka. Y espero sepa perdonarme el atrevimiento. Por mi parte seguiré leyéndole. Para entender un poco mejor este mundo nuestro y para entenderme a mí, que falta me hace.

sábado 25 de julio de 2009

De estreno


No todo el mundo puede, en el momento dado
reconocer a su mujer y casarse con ella
JOSÉ CORONEL URTECHO






Cuando te conocí
no pensaba en aniversarios,
ni en los años que fueran a venir. Pensaba
sólo en ti,
en ese instante en el que estaba a solas
contigo.

Antes o después de la boda eras -y eres siempre-
mi presente,
la noticia más importante del día.
Y de la noche.
El argumento de mi vida
y el color de la hierba.
La luz
y la rima de tus labios
y la misericordia de Dios
y el sentido del poema.

Allá donde estoy estás tú,
conmigo.
Lo noto cuando escribo
y las palabras me hablan de ti y me cuentan
lo que sueñas.

Aunque no me veas te miro
y admiro tu blanco perfil y la transparencia
del alma niña que camina de mi brazo
por la avenida de los tilos.

¿Qué quieres que te diga?
Para mí es hoy el primer día.
Es como si acabara de estrenar la felicidad.
Y tu belleza.

viernes 24 de julio de 2009

¿Poesía, dices?




¿Poesía, dices? No sé, yo soy muy poca cosa para hablar de ello. Cada vez menos según creo. Puede que sea dar continuamente gracias a Dios. Por todo, por esto que ahora vivo y por aquello que todavía no veo. ¿Enumero? ¿Para qué? No terminaría nunca. Aunque viviera mil vidas. Lo infinito de la poesía está en lo concreto.

Un hecho cualquiera -una observación, una despedida, un encuentro, uno de esos curiosos arabescos en que se complace el azar- puede suscitar la emoción estética. Hasta aquí Borges. ¿Y cómo puede el hombre calibrar esa emoción, esa perspectiva de la vida? Porque se trata de esto: la poesía son las palabras más adecuadas y medidas, siempre y cuando ande el alma por dentro.

La poesía es la única prueba / concreta de la existencia del hombre, escribió el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. No encuentro mejor forma de expresar el misterio. ¿Quién soy yo para decir nada?

jueves 23 de julio de 2009

“La puerta de Caronte”, de Ana Alonso y Javier Pelegrín



Busco y rebusco. Husmeo, hojeo, leo. Con la confianza de dar con otro libro juvenil que merezca la pena para todo tipo de lectores: jóvenes y menos jóvenes. Lectores conozco que leen en vacaciones este tipo de libros. Será por rejuvenecerse, o por el apasionado amor a las aventuras (sin cortapisas ni sesudas y estilísticas disquisiciones), o por estar al día con sus hijos. Desde luego tienen su cosa, su intríngulis, su disfrute. En estos últimos años confieso que El ejército negro, de Santiago García-Clairac (SM) me embobó. Esa trilogía ha ido conquistándome sin remedio. Y la releo, que es lo peor. O lo mejor. También me conquistó Corazón de tinta, de la alemana Cornelia Funke (Siruela), y sus secuelas Sangre de tinta y Muerte de tinta. La primera de ellas ya se ha llevado a la pantalla. De lo cual me alegro, pero la película es incapaz de ofrecernos todos los ricos matices que están en el libro. Los efectos especiales, por más ultramodernos que sean, nunca llegarán a la perfección y nitidez de una buena imaginación, que ve y se extasía con algo más que con la pasiva mirada. La imaginación del lector es un elemento muy activo, en perpetua ebullición, a la que no le hacen falta gafas de tres dimensiones para percibir al detalle la grandeza de la historia. Pero además de decir todo esto, debo añadir que Funke me parece una muy buena escritora.

Y otros de los libros juveniles que creo son excelentes, en estos novísimos tiempos, es La llave del tiempo, de Ana Alonso y Javier Pelegrín. La llave del tiempo es el título de la extensa serie, editada toda ella por Anaya. De momento los autores llevan publicados seis volúmenes: La torre y la isla, La esfera de Medusa, La ciudad Infinita, El jinete de plata, Uriel, y acaba de salir a la luz hace muy poco el por ahora último texto: La puerta de Caronte. La acción da continuación a la del quinto libro. Los protagonistas permanecen en Eldir (que viene a ser como una especie de planeta carcelario). Los protagonistas -Martín, Jacob, Selen o Casandra- tienen cada uno de ellos un poder concreto (por ejemplo Jacob se vuelve invisible o se transforma en otras materialidades a los ojos de los demás, o Martín, que lee las mentes ajenas). Como resultado de una serie de sucesos se van a poner en contacto con la Hermandad de la Puerta de Caronte, en la que ingresan condenados o hijos de condenados decididos a rebelarse contra HEL (Hostile Ecosystems Leadership), una conciencia artificial que dirige y maneja a su antojo las colonias. Todos ellos, junto con Uriel, plantean esta batalla. No voy a desvelar más, aunque el final es un tanto desilusionante. Porque te deja ahí, con las ganas de seguir, de saber más. ¡Qué paciencia hay que tener!

La escritura es digna, fluida y amena. Engancha al ciento por ciento. Los autores consiguen el propósito de tenerte encandilado y con la intranquilidad de terminar de leer el libro robando horas al sueño o a lo que sea. Estos chavales que han venido del futuro a través de una máquina del tiempo, no pueden volver hasta que no den con la llave del tiempo que da título a toda la saga. Y cada libro es un cúmulo de aventuras en ese proceso de búsqueda. (Yo también he extraviado unas llaves, ¿será que pertenezco a otro tiempo y a otro lugar?).

miércoles 22 de julio de 2009

Borges, los dones de un escritor inigualable



Con el tiempo la figura literaria de Jorge Luis Borges va creciendo y se me antoja uno de los escritores con más repercusión universal. Su influencia es y será decisiva para innumerables poetas y prosistas, y sobre todo para innumerables y anónimos lectores que se reconocen en sus metáforas y símbolos, en su forma de ver la literatura como un misterio y una humildad, como una interrelación de enigmas y signos que difuminan el tiempo en lo eterno de cada recuerdo, lectura o lugar. Escribió: “nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir”. Como nadie sabe del todo lo que le ha sido dado vivir. La vida es el don supremo; cada gesto, verso, lágrima o posibilidad. La obra de Borges en un primer vistazo pudiera hacernos creer que es demasiado intrincada y densa. O erudita. Pero no es así: es la cifra de su alma. En forma de cuento, de ensayo, de milonga o de elegía. O de cita. Nos habla -o canta- de realidades tan comunes a todos nosotros como el paso del tiempo y la muerte, como la belleza y su fugacidad, como Dios y los sueños, como el verdadero aspecto de nuestra identidad, como el atlas de lo arcano, como la infancia, como el reflejo de un instante de felicidad, etcétera. Es la vida y su laberinto, “la rosa profunda”, el dolor y la nostalgia de tantas y tantas cosas hermosas. Su obra interpreta, vive. Y es un motivo de esperanza para el hombre. Así la veo yo. Así la leo.

Y digo esto porque en poco tiempo he leído cuatro libros suyos o sobre él o traducidos por Borges. El más importante desde luego es la edición de su Poesía completa (Destino) en un solo volumen. Lo que el lector agradece. Aun recuerdo la remota de Alianza Tres. Luego las obras completas en Emecé y la accesible y anticrisis Biblioteca Borges en Alanza bolsillo. Confieso que obran en mi poder todas estas ediciones, pero me faltaba su poesía en un único volumen, para tenerla más a mano, para más cómodas consultas y relecturas y apuntes al margen. Este libro reúne varios de los mejores poemas de la literatura universal. De esos que forman ya parte de algo más que una literaria tradición. “(…) En la desierta sala el silencioso / libro viaja en el tiempo. Las auroras / quedan atrás y las nocturnas horas / y mi vida, este sueño presuroso”. (‘Arisosto y los árabes’, del libro El Hacedor). Y un libro lleno de sorpresas en su lujo de últimos textos y últimas fotografías es Atlas (Emecé), fruto de la colaboración entre Borges y María Kodama. Todos los amantes de la obra del escritor argentino deberían tener este libro, y leerlo con demora y contemplar esas fotografías tan entrañables del poeta anciano, tan querido.

Y los dos últimos libros que me he encontrado por las librerías, referidos a Borges, son su magnífica traducción de Bartleby, el escribiente, de Herman Melville (Siruela) -¿no lo han leído aún?- y un estudio esclarecedor sobre los relatos y avatares que conforman el libro Ficciones (1944). Ficciones de Borges; en las galerías del laberinto, del profesor Antonio Fernández Ferrer (Cátedra). Como muy bien escribe, parece del todo imposible decir algo nuevo sobre Borges, pero su perspectiva tiene un doble acierto. El primero y más importante es que te incita a leer y releer con más conocimiento de causa cuentos como “La biblioteca de Babel”, “El jardín de los senderos que se bifurcan” o “Funes el memorioso”, que por si solos son toda una literatura, una cosmovisión riquísima y atractiva del universo, del mundo, de la historia, de la vida. El segundo acierto a mi entender de Fernández Ferrer es que no se conforma. Su pasión es pasión de lector. Y se nota. Y va a la entraña, con erudición y perspicacia, con estudio de fuentes y de la más sesuda y laberíntica bibliografía, y con muchas horas de lectura de los cuentos en si mismos, desnudos de notas a pie de página. Un libro para especialistas se dirá; vale, pero también para disfrute de los demás. Yo lo he disfrutado. Y volveré sobre él.

martes 21 de julio de 2009

Soy feliz





Puede que sea decir demasiado
o que tuviera que decirlo en interrogativo.
Pero yo siento que lo soy. Que vivo
feliz, sin necesidad de demostrarlo.
Los que me conocen saben que es cierto, que es así.
Me conformo con poco. Esa debe de ser la raíz
del hecho en sí. ¿Para qué necesito más
si con ese poco ya soy feliz?
Un vaso de agua, un poema de Rubén Darío
o un puñado de rosas. Y ya está.
La felicidad es lo sencillo no lo postizo. Es
esta concha que me regala Juan y que imagino
en el fondo del mar, en un dulce remolino de arena.
O es la voz de Ana por teléfono
cuando me dice que hola y que me quiere
y que me riñe porque… Soy feliz.
Y muchas veces ni yo mismo me lo explico.

lunes 20 de julio de 2009

Entre libros



Acabo de recibir de allende los mares unos de los regalos más estupendos que he recibido nunca. Por supuesto, sí, es un libro. Pero es un libro muy especial. Tan especial que se me hacen los dedos huéspedes acariciando sus páginas. Y los ojos, inquietos, recorren palabras e imágenes. Hay que verlo para creerlo. Sólo con la portada ya tengo para una buena temporada de aleluya. Es el paraíso. O desde luego una posibilidad de él. Pasaría horas sentado en uno de esos peldaños de la escalera de caracol, cavilando gansadas o nada más que descansando el alma por la vista (lo primero que he visto al sacar el libro de su envoltorio es el silencio). O leyendo en cualquiera de esos sillones tapizados en rojo. O curioseando los más escondidos. Y cuando abro el libro el alborozo se transforma en éxtasis. Libros, infinidad de ellos. Ordenados perfectamente en sus estanterías, o apilados en mesas o sillas (o en el suelo), o diseminados por todos los lados de la mirada. Encuadernados en piel, en pergamino, en papel o en tela. Constelaciones de palabras; armonía, estudio, cántico, aventura… Revistas, arte, diccionarios, atlas… Soy feliz. ¿Quién lo diría? Porque hoy en día todo hace que parezca lo contrario. Soy feliz. Y este libro ha añadido una pizca más de alegría a la que ya había en mí. Una pizca, una pizca…, quizá es decir muy poco. El amor tiene estas cosas. Y el amor a los libros es amor. Incluso más allá de su soporte de papel, más allá de las palabras. El amor es sobre todo un lenguaje espiritual, aunque precisa de una ternura de los sentidos. Entre libros (editorial Landucci) es más que un libro. Es una pasión y una forma de ser. Su autora y compiladora, la mexicana Corina Armelia de Fernández Castelló, ha logrado por un lado una obra de arte y por otro una obra de caridad para toda esa magnífica multitud de amantes de los libros que todavía deambulamos por el mundo. Es un regalo excelente. Un deleite como pocos. La autora va visitando las bibliotecas privadas de escritores y reputados bibliófilos mexicanos, como Carlos Fuentes, Miguel Ángel Porrúa, Alí Chumacero, Carlos Monsiváis, o la asombrosa de Juan y Paz Consuelo Rebolledo. Me quedaría con todas (o en todas), pero la de Gonzalo Celorio tiene para mí un recato y un encanto especial. Y la de la portada del libro es del abogado Javier Quijano Baz (Quijano precisamente se tenía que apellidar). Y como se dice en una de estas cautivadoras páginas: “Pasarse un rato aquí constituye una experiencia de sosiego y de belleza, sentimientos por demás escasos en estos días”.

PD. Espero que haya algún editor español dispuesto a sacar adelante un libro similar al que comentamos aquí, de escritores y bibliófilos españoles. ¿O existe ya y no me he enterado?

domingo 19 de julio de 2009

Lo de rezar molesta


Esto de rezar parece que molesta a cierta gente, envalentonada en su ideología o en su hedonismo o en lo que se tercie. Podemos encontrarnos a una pareja fornicando en la vía pública, o magreándose en el parque con vistosa cadencia y sin pudor alguno, que no pasará nada. Es el amor, se dirá, la pasión, lo normal, la humana naturaleza. O cosas de la juventud. Pero ojito se le ocurra a alguien realizar algún signo devoto en la calle, o bendecir la mesa sin rubor en un restaurante (los rostros se vuelven, incrédulos), o a un cura vestir de cura, sin ir más lejos. Molesta y se ridiculiza. Y no sería la primera vez que hubiera de por medio violencia física e insultos garrafales. Es pasmoso el respeto que se pide para todo -por mugre y destalentado que sea- y sin embargo lo gratis que resulta perderle el más mínimo respeto a lo divino. (Me disponía a poner algunos ejemplos estrafalarios, pero me callo, que luego los amigos me riñen). Es palmario: lo católico no se digiere por parte de un nutrido grupo de trapisondistas de la democracia. Sea la piedad pública o privada. Hay odiadores que han hecho del odio a lo religioso-católico su medio de vida, su discurso monocorde, que cala y entumece con mentiras las inteligencias. Los hay acomplejados sin remedio (no pocos rebotados) y los hay que explotan el insulto y la tergiversación como negocio, pues vende, ya lo creo que vende. Siempre habrá panolis que se deleiten en ello. Y los poderes laicistas no cesan de poner trabas a la libertad de conciencia o de promocionar todo aquello que para la Iglesia es pecado (¿lo digo claro?). Pecado nefando, pecado social, pecado contra natura o escándalo de cualquier pelaje. Y lo hacen con saña y premeditación. No lo disimulan. Sucede en España, pero sucede también en muchos otros lugares del mundo o en organismos internacionales. El último en apuntarse al ninguneo ha sido la FIFA. Nada menos. Sí, los mandamases oligarcas del fútbol. Esos mismos. Por lo visto les molesta que los jugadores recen para celebrar los goles o se santigüen al salir al campo o miren siquiera al cielo. Y cuando uno escribe sobre esto -que es muy real y tan rotundo como las cejas de mi presidente del gobierno- le dicen que ve fantasmas y que no es moderno. Lo que ocurre es que uno puede ir a misa, rezar el rosario o poner la otra mejilla y no chuparse el dedo, ni estar dispuesto a dejar que Dios crea ni por un segundo -es un decir- que el mundo es en exclusiva de estos zotes. Y no insulto: defino.

sábado 18 de julio de 2009

Hace calor. ¿Y?



Hace calor. Bueno, ¿y qué? Tanta queja es asfixiante, monótona, desquiciante. Allá donde vas hay alguien quejándose del calor. Como si fuera el primer verano de la historia universal. Sé, soy consciente, que resulta socorrido en una época donde la riqueza de conversación no abunda y el vocabulario es cada vez más ralo. Ay, el bochorno que nos ahoga. Es sofocante y tórrido. Canta la chicharra. Oigo: “¡No puedo más! Esto no es normal, mirad ya estamos a 39º”. Cada día somos todos más flacos de ánimo. ¡Qué pena nos damos! El hombre de Occidente del siglo XXI no está hecho para sudar (el sudor es un escándalo) ni para sufrir. Que sufran los demás, pero no nosotros, tan higiénicos, tan pulcros, tan saludables, tan finos. Y vuelta a la quejumbre y a los suspiros. Nos quejamos de vicio. Tomamos todo tan en papilla que a la mínima contrariedad -climatológica o personal- nos derrumbamos y nos tumbamos en la piltra, en una larga siesta existencial. Más que nada para olvidar. Para olvidarnos quizá de esa otra quemazón que nos incordia en la conciencia. Claro que hace calor. Es verano y la ropa se hace más menuda y ceñida en las mujeres. Es verano y la piel se quema o enrojece. Es verano, y abrimos las ventanas por la noche y envidiamos a Adán (o a Eva, según sea el caso). Las rebajas, las bicicletas, los helados, las zanjas en las calles, el gazpacho, los colores vivos, la luz intensa y el aire acondicionado de El Corte Inglés o Vip’s o Mássimo Dutti o Mango. Es verano, sí, y hace calor, en efecto. El asunto no es raro. Lo raro sería lo contrario. Aunque lo espeluznante es el coñazo de tanta queja y conversación ñoña. Venga a divagar sobre lo mismo, en un cansino devaneo. “Así no hay quien viva”, dice a su amiga una señora de muy aireado canalillo y transparente falda. ¡Vivir, vivir! Queremos vivir sin contradicciones, echarnos a la bartola, esquivar lo que nos cuesta. El embotamiento no es tanto por el calor como por la carencia de valor para salir de esta molicie que nos atenaza.

viernes 17 de julio de 2009

El pequeño jardín



A mi tío Arcadio


Las piedras relucientes, encaladas (una lagartija
inmóvil como un oráculo o enigma). La higuera
y la parra desparramada por la tierra.
Las malas hierbas entre las grietas de los años.
Una mesa vieja, la sombra de la abuela,
el óxido de la azada y de la pala. Juguetes
en las macetas o camuflados en los sueños de la infancia.
Se inflaman de brisa las sábanas recién tendidas.
Arriba un trozo de cielo donde suenan las campanas
de misa de siete y el privilegio de las ventanas abiertas
y el balcón donde mi madre leía o tomaba el sol por la mañana.

Me levanto y toco las paredes y las hojas de la parra
y las piedras encaladas y la azada y la ternura de las sábanas.
Y con la mirada acaricio el cielo como entonces, como siempre.

jueves 16 de julio de 2009

Una fotografía de Dios



Me gustan las fotografías. Durante el día sacar del bolsillo la cámara e intentar que un instante de vida se quede conmigo y pueda curiosearlo a mi antojo un poco más tarde. Una mariposa en unos geranios, una piedra pulida por el viento y la lluvia, unos ojos verdes, la corteza de un árbol, una de sus manos (luego, más despacio, sigo el recorrido de sus venas y las caricias de sus dedos), los lomos de unos cuantos libros, un tren que pasa con destino desconocido, el brillo de las hojas de unos maizales, una nube que está sola, la fachada de mi casa (o de cualquier otra donde habite la nostalgia), unos aspersores de agua en el que hay un pequeño arco iris, la esfera de un reloj sin saetas, un cuadro de Vermeer, una escaleras… Tantas y tantas cosas que fotografío para no olvidar que olvido. Pero hace no mucho me ocurrió un hecho sorprendente. Estaba en una iglesia, solo. Ante mí el retablo barroco, las imágenes de los santos, el altar flanqueado por dos velas y dos ángeles dorados. Fui recorriendo los detalles. Hice fotografías de Santa Ana, de una Virgen dolorosa, de mármoles desgastados por las rodillas de tantas plegarias, de filigranas de madera, de una vidriera, de los viejos confesionarios (cada vez más arrinconados), de… Y se me ocurrió de pronto hacerle una fotografía a Dios. Así lo pensé. Miré el sagrario y a mi alrededor. ¡A quién se le ocurre! Primero enfoqué mi alma, y disparé la foto. Pero no era suficiente. Allí estaba la cajita con la llave del sagrario. Supe que no debía hacerlo, pero también supe que lo haría. Hice una genuflexión muy lenta. Lo que le dije a Dios queda entre nosotros. Todavía estaba a tiempo. Me acerqué a una capilla lateral, intenté distraerme con otras tallas y lienzos. Di vueltas al altar y volví a situarme delante del sagrario. Recé. ¡Hay tanto por lo que rezar! Al fin cogí la llave y abrí el sagrario. No vi los copones ni ninguna otra cosa. Calculé la distancia focal y le hice una fotografía a Dios. Antes de cerrar el sagrario dejé allí un beso, y guardé la llave. Cuando salí de la iglesia estaba feliz. Supe que a Dios le había gustado mi osadía. Aquella fotografía no era un instante de tiempo. Era algo más. Era, sencillamente, un acto de amor.

miércoles 15 de julio de 2009

De Robinson Crusoe a Peter Pan

Son muchas las ocasiones en las que me preguntan por libros para los más jóvenes. Por lecturas de literatura juvenil. ¡Hay tantos! Pero sólo se refieren a los libros escritos desde antesdeayer, a las novedades más recientes, a las que están expuestas sobre las mesas y estantes de El Corte Inglés o La Casa del Libro. Porque andamos obsesionados con lo nuevo, con lo inmediato. Y los chicos sólo quieren leer lo que leen sus amigos. Algunos son magníficos -los libros, digo, los amigos no sé- pero otros son un absoluto abuso de mediocridad y mercadotecnia. Modas. Y los ves a todas y a todos leyendo los mismos libros -o casi-, del mismo modo que todos y todas van vestidos de la misma manera, según banderías. Los libros de toda la vida están exiliados al desconocimiento. Piensan los chavales que dichos títulos son aburridos. Sólo falta que insistamos los padres, que somos unos friquis insoportables. Entonces si que se acabó. Lo siento por títulos como La llamada de lo salvaje, de Jack London; Primer amor, de Turguenev; Mujercitas, de Mary Alcott; Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas; Tarás Bulba, de Gogol; El libro de las maravillas, de Marco Polo; o Ana, la de las Tejas Verdes, de Lucy Maud Montgomery. Sin olvidarnos de Salgari, Conan Doyle, Kipling, Verne o Stevenson. (Aconsejo la colección Tus Libros Selección, de Anaya). Y tantos más de los que no tienen ni la más remota idea. Si acaso te dicen que ya han visto la película. Como si eso fuera un argumento definitivo para dejarlos de lado. Y de pronto llegan al bachillerato. Ahí los tienen. Niños todavía en cuerpos de mayores. Y teniendo que leer en clase de literatura a Goethe, Eliot, Pirandello, Poe o Baudelaire. Han pasado de Kika Superbruja, Harry Potter, Memorias de Idhún o Eclipse a la gran liga. Sin término medio. Y esa es una carencia que los mayores debemos intentar subsanar en lo que podamos. Al menos teniendo algunos de esos libros en casa (bien a la vista), organizando tertulias en los colegios, que nos vean leerlos a nosotros… Y se me ocurre que otra buena cosa es que dispongamos de algún texto que nos oriente sobre títulos concretos, a modo de guía. ¿Cuál? Pues se lo voy a decir: De Robinson Crusoe a Peter Pan, un canon de literatura juvenil, escrito por Vicenç Pagès Jordà (Ariel). Resulta un libro acertadísimo. Tiene una primera parte a modo de prólogo o larga introducción, donde se nos señala una serie de consideraciones importantes, como que a la lengua se va siempre por la literatura, el aprendizaje de la imaginación y un muy interesante decálogo sobre lo que no debemos hacer con los libros. Por ejemplo la primera, que me parece la fundamental: “Es preferible no leer cualquier cosa”. Pero cuando el libro ya se mete en harina y resulta más útil es cuando se abren sus “guías orientativas”. El canon que establece el autor es de 28 títulos. Podrían haber sido 50 ó 12, pero los que están resultan esenciales para la formación de todo lector. De cada libro se nos dice el autor, el título original, el por qué es aconsejable, una breve reseña sobre la obra y el autor, un resumen, personajes principales, estilo, la obra y la época, problemas de comprensión, algunos apuntes para debate en un club de lectura, frases para comentar y parientes y amigos (donde se nos dicen influencias de la obra). De Robinson Crusoe a Peter Pan es un libro imprescindible para los colegios y para nuestras familias con chavales entre 8 y 17 años. La lectura es la principal de las asignaturas. Da igual que uno vaya por letras que por ciencias, o que el curso haya terminado. Para la lectura no hay nunca vacaciones. Es más, dejémonos de tareas y repaso y cuadernillos para el verano. Que lean, que nuestros hijos lean. Al lado de la PSP o de la MP4 o de cualquiera de esos artefactos, que tengan siempre con ellos un libro. Nos jugamos mucho. Ya tenemos demasiados licenciados analfabetos, gente sin espíritu crítico ni vocabulario.

martes 14 de julio de 2009

Oración al mediodía




¡Oh Señor, a veces no sé
para qué quieres contar conmigo!
A veces no sé si sé
que sin Ti la vida se queda sólo en un capricho
o en un vestigio de sombras.
Ya me ves,
una mujer y unos hijos (se bastan por ellos mismos),
este afán por las nubes y los libros
y poco más, muy poco más.
Tan poco que no merece la pena escribirlo.
Me siento en cualquier sitio y ahí me quedo,
sin decir nada. Observo las cosas
y las imagino dentro de un siglo.
O en el año 3000 después de tu venida al mundo.
De mí ya no se acordará nadie (¡nadie!),
ni siquiera sobrevivirá un verso.
Y mis hijos estarán muertos, así como los hijos
de mis hijos, sólo quedará la ceniza
en algunos olvidados nichos
del cementerio, del mar o de la brisa.
La ceniza que un día resucitará
en el mismo cuerpo en el que ahora vivo.

¡Oh Señor, a veces no sé
si ni tan siquiera existo!
Y se me olvida que me amas.
Sólo pienso en mí y en lo que será
de mí y de lo mío.
Pendiente de todo menos de Ti, eterno
aliento de mi vida y de aquella rosa
de fuego que un día soñé que era el cielo.

lunes 13 de julio de 2009

“El Corsario Negro”, de Emilio Salgari



Lo nombro con frecuencia. Es uno de mis libros fetiche. Es difícil asaltar la fortaleza de Maracaibo, que se proyecta tantas veces en la vida. Llegar hasta allí por sorpresa, atravesando la selva y la salva de proyectiles, es casi un imposible. Emilio di Roccanera, signore de Ventimiglia, es un hombre sumamente inteligente, de ánimo voraz, implacable. Sigo escuchando en los oídos el estallido de las olas, las voces del capitán alertando de los bajíos, a bordo del Rayo. Siempre adelante, siempre adelante. – “¡Recoge la vela maestra y la gavia, bracea el trinquete, tensa la vela cangreja!”. Al abordaje de sus sueños y de la sangre. Tiene que consumar su venganza, cueste lo que cueste. La selva es muy espesa. Los machetes se abren paso con dificultad, dando mandobles a las tinieblas. Los hombres se cansan y juran y dudan del buen juicio de su jefe. El barro hace muy lenta y cansina la marcha. Es desesperante. Apenas se ven el sol o las demás estrellas. Apenas se diferencia la noche del día en aquel infierno vegetal; plagado de insectos, de pájaros que sólo son sonidos, de reptiles que sólo son silencio, y de esas fieras que se agazapan en la noche del alma, cuando el miedo cobra forma de pesadilla y nada pueden hacer las espadas. La muerte y su posibilidad se ciñen a cada movimiento. Los músculos se tensan. El sudor empapa la piel curtida de sus rostros, que brillan y escupen y maldicen una y mil veces su suerte. Ningún jaguar o yacaré o veneno podrá detenerle. Ni la intrincada vegetación, ni las arenas movedizas. Nada. El Corsario Negro debe cobrarse otra pieza muy distinta. Más mortal si cabe. Lo mueve la venganza hacia el gobernador Wan Guld, que asesinó a sus tres hermanos. Emilio Salgari (1862-1911) escribió en esta novela de aventuras tal vez su mejor libro. Otros dirán que Los tigres de Mompracem (editado con primor en clásicos Mondadori); otros quizá La montaña de luz (que yo descubrí gracias a la estupenda traducción de Antonio Colinas para Alianza). Salgari escribió mucho y bien, teniendo en cuenta la gran presión de las deudas que se cernían siempre sobre él (vivía casi en la miseria), lo que le obligaba a escribir con prisa y sin pausa, y lo que le llevó a la muerte suicida. El Corsario Negro resulta inolvidable. Para mí es alguien muy familiar, unido indisolublemente a mi infancia, es decir, a lo mejor de mi vida. Ya talludito, siente uno una tremenda añoranza de aquellas lecturas nocturnas, escondido… Su aventura es la de cada uno, se hace propia, en un caudal de emociones sin par. Es el arrojo y es la inteligencia, y su sentido de la justicia, y su amor. No teme a nada ni a nadie. Conoce muy bien al mar y a los hombres, filibusteros o no. Por eso, cuando hace pocos días, vi en una librería esta nueva edición de El corsario Negro (Valdemar) no lo dudé. La traducción de Armanda Rodríguez Fierro es completamente nueva y definitiva. Y el gozo que uno siente de volver a acompañar a la partida de este corsario italiano, es impagable. Te quedas, junto con sus hombres -eres ya uno de ellos- mirando indistintamente a la joven flamenca que es la hija de su enemigo (mientras se pierde en el mar, ¡ay la venganza!) y al puente de mando. Carmaux habla con voz triste: - “Mira allí arriba: ¡el Corsario Negro está llorando!”. Y yo, lector, también, como cuando lo leí de niño.

domingo 12 de julio de 2009

Y tú más



Esto es la política española. Un patio de colegio donde las pandillas se dan de mamporros, se ponen la zancadilla y se insultan por doquier. La culpa es siempre de los otros, nadie reconoce nunca sus errores. La propia corrupción o equivocación no existe jamás. Los compañeros son todos muy honorables, incapaces de pervertir la verdad. Son siempre los demás los verdaderos perversos y mangantes. Si acaso habrá sido un tropiezo o desliz momentáneo y sin importancia, o un abuso de su buena fe. Alguna trampa o toda una premeditada campaña de acoso y propaganda. Que puede ser, no digo que no. Pero eso da igual. La cuestión es: y tú más. ¡Dónde va a parar! Los tertulianos se enzarzan en la misma melé. Y el personal más forofo hace piña. Y así andamos. Removiendo la basura y sin poner coto a la desvergüenza. Listas negras, chivatos de los sumarios más secretos, difamaciones, cambalaches, oscuros informes confidenciales, coacciones… Lo de siempre. Sobre todo por parte de una izquierda muy experta en la manipulación de las personas, de la justicia y de los medios de comunicación. ¡Y tú más! Salen ganando los peores, los mediocres, los trepas. ¿Esa es la solución? ¿Y tú más? Y, mientras, España se nos disgrega y narcotiza con el cotilleo y el fútbol y la verbena del asco que tanto se prodiga. Y el idioma español entra a formar parte del chachachá nacionalista que hace y deshace (digamos que deshace más que hace) allá donde está. Y los ciudadanos a verlas venir, cada vez más escépticos y renuentes a saber nada de una política que engaña, que miente, que abusa, que no sabe, que es incapaz. En España el socialismo, cuando llega al poder, lleva implícito un plus de corrupción. Pasó en la etapa de Felipe González y pasa ahora con Blablatero. Y cuando sale a la luz la consigna suprema es: ¡Y tú más, y tú más! Y ponen en marcha todo su dispositivo de correveidiles y paniaguados para que a base de repetir la mentira todo parezca verdad. Tanto da si el prójimo es inocente o no. La verdad no importa, importa el eco mediático, la apariencia, el hacer creer a la gente que aquí nadie se salva. Menudos bichos.

sábado 11 de julio de 2009

Los poetas que necesito



Pues sí, necesito a mis poetas. Los necesito cuando languidece la luz o me enfado y no recuerdo el motivo. Los necesito cuando no sé cómo iniciar una conversación plausible con Dios o la tarde me deja postrado en el sofá a última hora. Los necesito cuando vuelvo a ver el mar y me reciben las olas, o cuando de noche me levanto para ver la luna como hacía de niño. Los necesito cuando sueño el sueño de mi abuelo Guillermo que supo que moría a los 37 años sin haberme conocido, o cuando pienso que mi vida es sólo un verso y nadie lo ha leído (que yo sepa). Necesito a mis poetas. Los que más frecuento por razón de su mirada. O de la mía, cuando miro donde ellos miran, y es entonces cuando veo y se me revela la poesía. Los necesito con urgencia para sentir la música y tararear el alma de la historia que me ha traído hasta aquí, donde vivo. Los necesito si quiero tener la adecuada perspectiva del tiempo, que se enrosca en la nostalgia y se desata con la muerte. Los necesito para mantener el juicio y rescatar a la princesa que tienen prisionera las palabras. Los necesito para releer en voz alta lo que no está escrito, el significado absoluto de la vida que se desliza por las paredes de la casa, en silencio. Os necesito, poetas, cada vez más, y así aprender a fijarme en las cosas sin importancia, en aquello que la usura y los titulares desprecian porque son ciegos, guías de otros ciegos. Os necesito, Luis Cernuda y Pedro Salinas. Os necesito, Giacomo Leopardi y Emily Dickinson. Os necesito, Jorge Luis Borges (que era el que más veía) y José Miguel Ibáñez Langlois. Os necesito, Thomas Stearns Eliot o Jane Kenyon. Os necesito, Claudio Rodríguez y Luis Rosales. Os necesito, Paul Claudel y Novalis (Georg Friedrich Philipp Freiherr von Hardenberg). Os necesito, Jaime Siles y Antonio Colinas. Y te necesito, Miguel D’Ors, amigo, poeta, para abrir tus libros por cualquier página de este mes de julio, y repetir contigo lo de todos los días, pero con ese ritmo tuyo y esos aromas que deja en tus versos la montaña, y esos rescoldos de memoria y melancolía. ¿Será la lluvia o será la vida? Pues sí, mis queridos poetas, los más íntimos, seres extraordinarios, os necesito. Y os admiro.

viernes 10 de julio de 2009

Dos escritores más para el verano: Dostoyevski y Bradbury



Una de las cosas que más me fascina de la literatura es su variedad. Y las formas tan distintas para plantearse los asuntos claves que atañen a toda la humanidad. El misterio de la vida, la indagación de lo desconocido, la entraña de Dios, la vigilia de los días, el sentido del dolor, la felicidad como destino (y el drama o fracaso que tantas veces lleva consigo), el vértigo de la duda existencial, el paso -y el peso- del tiempo y la muerte… ¡Son tantas las variantes, los personajes, las perspectivas! El amor a la literatura es un don muy especial; un don que nos hace auscultar la vida, sondearla, interpretarla, socavarla, soñarla. En un libro puede el lector hallar su propio sueño o su propia vida. O viajar a la pesadilla del horror. Poemas y elegías, novelas y cuentos, ensayos, tragedias y comedias, entrevistas, biografías, memorias y diarios. Parábolas, fábulas, paradojas y metáforas de una realidad que no nos satisface del todo (o nada), o de la que no acabamos de entender el sentido. Hay también quién se pregunta: “¿Qué sentido tiene la literatura?”. Si es que lo tiene, si es que las palabras no son un espejismo, un dislate que no nos lleva a ningún sitio. O resulta todo una forma de pasar el rato, de no pensar; o de pensar hasta la locura. ¡Tantas veces he creído que sobre todo la literatura es un desahogo, una confesión y una confidencia! Para el autor y para el lector. Una terapia del alma, que nos procura algo de paz y de concierto. Sosiego, calma y silencio. Propio conocimiento. Vacuna contra la más agresiva barbarie (aunque no siempre nos mantiene inmunes de vicios). Sentir el viaje del tiempo. De las horas, de los días y de las semanas. Sentir, sentir, sentir… Vivir… Ser conscientes de estar vivos y del poder transformador de la palabra cuando está preñada de alma.

Algo que ocurre con dos autores que de una manera u otra llevo siempre conmigo. Tan distintos y tan geniales. F.M. Dostoyevski y Ray Bradbury. En común tienen que cada vez resultan para el lector más novedosos, no pasan de moda, y que tienen cierto aliento profético los dos. De todas formas no vengo aquí a buscar comparaciones. Vengo a destacar unos libros. A Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) se le conoce sobre todo por dos de ellos. Y con justicia. Tanto Fahrenheit 451 como Crónicas marcianas son dos hitos indiscutibles de la literatura universal. Pero esto no es todo lo que escribió. Y te sorprendes leyendo Ahora y siempre (Minotauro), libro que reúne dos relatos cortos de Bradbury: “En algún lugar toca una banda…” es más autobiográfico, con cierto poso de nostalgia, donde recrea la vida de un pequeño pueblo, Summerton -Arizona-. Un tipo salta del tren y cae en medio de ese pueblo perdido. “Porque sí”, sin razón alguna. Y se pregunta: -“¿Soy feliz?”. Y comienzan los rumores, y unos diálogos extraordinarios. El relato está dedicado a Katharine Hepburn. “Leviatán 99” está a su vez dedicado ‘con gran admiración’ a Herman Melville. De hecho se trata de un viaje sin retorno al fondo más profundo del espacio persiguiendo un cometa blanco. El comienzo del relato es el mismo de Moby Dick. Es todo un continuo guiño literario. Los dos nacen de guiones. El primero de un guión cinematográfico y de un poema -cuyo primer verso le da título-; el segundo de la resaca que le quedó al autor después de trabajar en Irlanda durante un año el guión de Moby Dick para John Houston, de un ‘sueño radiofónico’ y del hechizo de Shakespeare.

Y voy con Dostoyevski. La editorial Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores hace muchas cosas buenas, aunque también edite libros del montón. El negocio. Pero hay dos cosas que sobresalen por encima de todo: la colección de poesía y las obras completas. No es la primera vez que lo digo. Y lo digo, y lo escribo, porque es necesario que sean cada vez más los lectores que lo sepan. Y dentro de la colección de completas personalmente he tenido tres alegrías mayúsculas: Pío Baroja, Elias Canetti y, desde hace pocos días, Dostoyevski. De momento del autor ruso se ha publicado un único volumen: "Novelas y relatos (1846-1849)". Es decir, desde sus inicios con Pobres gentes (1846) hasta El pequeño héroe. El plan de la obra completa son ocho volúmenes, de los cuales los primeros cuatro darán cobijo a novelas más breves y relatos, para rematar con los últimos cuatro donde estará su obra más cuajada. Desde Los demonios hasta Diario de un escritor, que será la última entrega. La edición corre a cuenta de Ricardo San Vicente, y recoge en su mayor parte la que hiciera en su momento la editorial Vergara de la mano de Augusto Vidal, que en paz descanse. Su trabajo resultó memorable. Tradujo algunas de las obras, dirigió la labor de otros traductores, revisó textos y escribió un ensayo magistral, "El hombre y el artista", que aquí aparece como la mejor introducción posible. En ella está la erudición, los datos, el estudio concienzudo, pero sobre todo está el alma de Dostoyevski, la emoción que late en sus obras (desde el principio, en el que ya destaca su trato preferente por los más pobres y los humillados), donde el lector conoce y profundiza en aspectos increíbles de la naturaleza humana. Lo he dicho y lo sostengo: Dostoyevski es mi escritor favorito. Por encima de cualquier otro. Es el Homero moderno. Épica del sufrimiento. El más espiritual y el más humano. Dios y la conciencia. El amor como máxima riqueza. La pobreza llena de ternura, el dolor y las pasiones, la lucha de ser hombre y ser digno. Para que nada sea en balde. Leer a este escritor en el siglo XXI es más necesario que nunca. Sobre todo hoy, cuando acecha la barbarie.

jueves 9 de julio de 2009

Sucedió en una biblioteca (cuento diminuto)



Abrió el libro y, en ese preciso instante, cerró los ojos y comenzó todo.




Nota bene: Este minicuento o microrelato o cómo lo quieran llamar lo encontré entre las páginas de una vieja traducción de Heródoto consultada por mí en una lejana biblioteca que no he vuelto a visitar, en un papel del tamaño de una tirita. Dilucidar si se trata de una apacible siesta del sujeto -visto lo que se le avecinaba con el libro de marras que debía leer (¿por compromiso?)-, o de un síncope o infarto repentino producto de los años, de las cavilaciones, y de una vida excesivamente sedentaria, son dos posibilidades nada desdeñables. Sería algo creible y de lo más habitual en el tiempo en el que suponemos estar viviendo, cuando la realidad de este vivir es muy incierta (aunque eso daría para otro cuento). ¿No podría ser, me pregunto, el necesario recogimiento antes de comenzar a leer, un homenaje a la literatura, a lo que significa para él? O pudiera ser una clave o cifra, una señal que indicara a otro lo que fuese. O quizá se tratara de un guiño a Dios. Para mi sorpresa los hay que se inclinan por ver aquí un asesinato en toda regla. El individuo ha escogido su libro con mimo, se sienta y cuando lo abre para dar comienzo a su lectura, cierra inexplicablemente los ojos, y ahí se acaba todo, o comienza otra dimensión distinta. La explicación más plausible la dejo para los perspicaces lectores. No sería raro que se nos escapara algún detalle de suma importancia. La imaginación tiene estas cosas. A mí lo que más me hace pensar es que ese breve texto estuviera escondido en un volumen de la "Historia" de Heródoto, tan amante de citar en su obra a los poetas.

miércoles 8 de julio de 2009

Espacio sagrado



De pronto, al volver una esquina, te quedas parado en la calle, boquiabierto. Como si ya nada importara o como si todavía quedará todo por descubrir. Ahí está lo que buscabas. El cielo está ardiendo en una íntima incandescencia. Y digo íntima porque ese resplandor naranja es como una bocanada de Dios que se apodera de tu alma, y te respira. Las nubes -como dice Borges- son nuestra imagen, y se difuminan en una belleza tal que caes rendido de amor (esto lo digo yo). El día se concentra en un único punto de despedida. Crisol de luz o de vida, no sé. Y se rinde el propio juicio, y la soberbia, y la vanidad, en este ímpetu celestial que tiene algo que ver conmigo, seguro, pero que nunca acertaré a expresar con palabras, por más que me empeñe y viva mil vidas distintas. Dominio de ángeles y poetas, ámbito de santidad, espacio sagrado, embeleso, algunos versos de Neruda. No sabes qué hacer con la mirada, tan encendida ahora y hace un rato tan apagada. En silencio admiras, yo diría que rezas y das gracias. Caminas lleno de enigmas. Buscas un papel y un lápiz, para tomar nota, pero ¿qué vas a escribir? Esta caligrafía no se escribe con tinta. Miras. No es el sol, no son las nubes. Ni siquiera es la luz naranja empapada de fuego, y con ese ribete de color violeta. ¿Qué es lo que me llama de esta liturgia ígnea donde se clausura el día? ¿Qué es lo que prende en el alma? Porque en el breve intervalo entre la luz y la noche -himno de colores- ocurre mi vida, o quizá tendrá lugar mi muerte, que es una pequeña parte de la vida, y que desemboca en esta puesta de sol que augura una existencia infinita.

martes 7 de julio de 2009

Orgullo gay: concupiscencia y adefesio




No sé si será muy guay el orgullo, pero yo más bien creo que es gente que lo pasa fatal -más tarde o más temprano- en su dislate sexual, en esa polvareda de melindres y carnavales grotescos. Con todos mis respetos y todo lo demás. Podrán decir lo primero que se les ocurra, saltar como locas, desnudarse en plena vía pública, despotricar, mofarse de lo más santo, frotarse la entrepierna o tener la complacencia política y mediática por intereses de poder o vil metal o mala leche. Porque en definitiva son personas manipuladas. En primer lugar por la dictadura de sus apetitos e instintos más rudimentarios, y luego por esa hez y ese haz de canallas que jalean el desenfreno y tergiversan el cariño, y quieren volver del revés la naturaleza. El espectáculo es lamentable, la jodienda un signo evidente de la decadencia que hace que nuestra sociedad sea cada vez más rudimentaria y más triste. Tan vulnerable, vamos. ¿Quieren hacernos creer que esto es lo normal, que seremos más felices si prescindimos de cualquier límite y nos entregamos a cualquier tipo de experimento carnal? ¿Quieren hacernos creer que esto es todo, que la felicidad se basa en el sexo sin más? ¿Quieren hacernos creer que somos deficientes espirituales? ¿De qué orgullo estamos hablando? ¿Orgullo de ser esclavos y memos, de pensar con el pito y demás sintonía genital? ¿Es este el modelo de progreso? ¿Orgullo de lo mediocre, de lo peor, del abismo? ¿Orgullo del infierno? Sinceramente lo digo: me da mucha pena. Pueden pensar de mí lo que quieran. Es lo de menos. Lo único cierto es que el hombre no es toda esta mierda, por más que se disfrace de bonito y se depile y reciba gratificaciones de munícipes o gobiernos.

lunes 6 de julio de 2009

Sé pocas cosas



Aparte de libros, ¿sé aconsejar sobre algo más? Es una pregunta que me hago. Y lo primero que me respondo es que no me gusta nada lo de aconsejar a los demás. Eso de meterme en libertad ajena como que no me acaba de convencer. Esto no quiere decir que cada palo aguante su vela y que yo a lo mío y sanseacabó. No. Tampoco se trata de llevar las cosas a su extremo. Pero cuando alguien te pide consejo o te plantea unas determinadas dudas te ves a ti mismo más precario que de ordinario. Piensas lo del refrán: “consejos doy que para mí no tengo”. ¿Quién soy yo para decirle nada a esta persona que es mucho mejor que yo? Y suelo derivar la consulta a otros individuos más doctos e instruidos, en virtudes e inteligencia. Que no, que no es por quitarme a la gente de encima. Mira que se es malpensado. Podría, pero no. Se trata de una especie de pudor que hace que me resista todo lo posible a decirle a alguien lo que tiene que hacer o decir o manifestar. Ha habido quien me ha dicho que soy especialista en literatura, o que tengo cierta facilidad para llegar al corazón. Pamplinas. Soy un simple apasionado de la vida, un enamorado de casi todo lo que está a mí alrededor. Eso sí. Y Dios por encima y por dentro y apuntalando el alma y saliéndome al encuentro. A lo que iba. Que no, que no me agrada aconsejar. E insisto con el interrogante del comienzo: libros aparte, ¿sé aconsejar sobre algo más? Lo pienso y no se me ocurre nada. ¿Sobre la educación de los hijos? Por favor, si yo soy el primero en acabar a gritos y soltar improperios a diestro y siniestro (si me oyeran). Será por aquello de la hartura. ¿Sobre el amor amor? Me parece excesivo que yo ande diciendo vaguedades cuando hay libros tan cabales sobre ello. Y cuando me atrevo, lo único que me sale es mi propia vida, a borbotones. Dudo que sirva, pero es lo único que tengo (y ni eso, porque en realidad no es mía). Siempre he sido bastante reacio a las teorías, a la mera enumeración de reglas, patrones y estadísticas. Vida, principio vital, fe de vida; a ser posible en un tono de amable confidencia, de biografía del alma. ¡Ay, el alma! No hago más que nombrarla y esbozarla sobre la página. Canta el poeta nicaragüense Salomón de la Selva: "¡Señor, se me va el alma! / Fuera de los sentidos, con alas prodigiosas, / abarca en su volar el universo (...)". El mundo son las almas, aunque sólo veamos cuerpos y materia. Y puedo asegurar que las percibo por la calle, en los libros o buceando bajo el agua. Son ellas con las que dialogo y convivo, las que me preguntan y encandilan. ¿La vida? El alma, su meollo. Y llenarla de Dios, de paz, de orquídeas. Pero he acabado yéndome por las ramas. Como suelo.

domingo 5 de julio de 2009

Un solo amor




Un buen amigo me dice nada más verme: “Un hombre y una mujer, enamorados, ¿son dos amores o un solo amor?”. La cuestión no es baladí, ni es un mero juego de palabras. Pienso que se trata de una misma realidad amorosa que se inspira y concibe en la comunión de dos personas distintas. Unidad en la diversidad. Un mismo don que brota del encuentro de dos miradas. Dos enamorados en la unión de un solo amor. Un amor que no puede darse sin la complementariedad de ambas personalidades y ambos sexos en mutua donación. No son dos amores. Son dos vocaciones individuales que se entregan a un solo destino de perfección. El amor es un camino que se recorre en común y en la misma dirección, cada uno embebido en el otro, puliendo poco a poco la ternura en las diferencias de carácter o cambiante perspectiva de las cosas, y salvando las consabidas distancias con el perdón. La imagen del beso viene pintiparada para ilustrar todo esto que digo. El beso es único -como el amor-, pero son dos los que se besan. Dos almas que se entregan la una a la otra para fundirse en una misma carne impregnada de alegría y de pureza. Sólo así puede el amor ser debidamente amor: amando. Sin egoísmo o cualquier otro turbio disfraz de pega. Un hombre y una mujer. Una mujer y un hombre. Las manos se buscan y las caricias van cincelando la figura de ese único amor que transforma la materia en luz, en un incendio de sed y cielo. Ya sé, ya sé que se me desvía el discurso y que me voy por las nubes poéticas. ¡Qué le vamos a hacer! Cada uno es como es. Pero el que experimenta un amor así sabe que a partir de un determinado momento su vida ha dejado de ser suya, que ya no se pertenece. Y es así como se alcanza la felicidad, la plenitud de un amor que no es tuyo ni mío, de un amor que enhebra y resume el corazón de los dos.

sábado 4 de julio de 2009

¿Qué hago con la desgana?



Ayer por la tarde no tenía ganas de nada. Ocurre, pasa. ¿El calor? No sé. Comencé a cabecear en el sillón sin mucha convicción. Un libro infantil en el regazo y la mirada en el ventilador. ¿Qué libro? XXL y la banda de los Swoonarie, de Márquez & Lamerla (SM-Barco de vapor). El ventilador giraba con fuerza 3. Las cortinas cobraban vida y mis papeles estaban todos por el suelo. Atonía manifiesta, dejadez, pereza. Pensaba… Dejémoslo estar, no es el momento. Un poco de discreción conviene. Observaba los montones de libros por leer y escuchaba el galope del tiempo mientras huía. Dejándome allí, cavilando atemporales fantasías. Infame turba -en expresión de Góngora que recoge Pablo García Baena- de necios despropósitos. Ocurre, pasa. Esa desgana cíclica en tu vida. La ves llegar por el pasillo de tu casa o en la espera de no se sabe muy bien que suceso inverosímil. Avanza, te envuelve... Está vacía. Giraban en el ventilador caricias y besos furtivos, y una brisa imaginaria dentro de un paisaje más imaginario todavía. Ofrenda de imágenes y mentiras. Adelfas y laureles, pífanos, sauces y ruinas. Las panteras que se escondían entre las páginas de El corsario negro, al acecho de los más incautos piratas. Arenas movedizas y reptiles que están en todos los sitios. Aturdida memoria, desgana, ensueños. La ropa blanca y una toalla de Walt Disney del color del arrebol. Hoy, como ayer, me levanto y abro la ventana, y extiendo la vista hasta donde alcanzan mis sueños.

viernes 3 de julio de 2009

“Cuentos completos”, de Eudora Welty



El cuento es un género literario que va muy bien para cualquier estación. Se adecua perfectamente a las más diversas circunstancias del vivir. Sobre todo hoy en día, que hemos perdido el don de la parsimonia, de hacer las cosas despacio y a conciencia, con esa demora que aprecia palmo a palmo y detalle a detalle lo que estamos leyendo, o mirando o respirando... La vida se nos escapa entre risas estúpidas y prisas inauditas. Corremos y nos apresuramos en un esprín delirante, y vamos perdiendo el resuello del alma. Quizá sin darnos cuenta, tan embebidos estamos. ¿En que? No apreciamos lo que sucede -el temblor de las hojas o el de las olas, o el de esos labios que te quieren-, no distinguimos apenas la mansedumbre de la naturaleza, de asuntos tan infinitos como unos ojos o unas nubes. Carecemos de fijeza e interés por las cosas sencillas (esas flores o esa partida de ajedrez con tus hijos o un paseo). Nos apresuramos, miramos el reloj -exhaustos-, corremos más todavía, y no acabamos de llegar a la felicidad que anhelamos. Los problemas no remiten, se acentúan. Nos precipitamos en un cúmulo de naderías y alucinaciones. Uf, uf, que no llegamos, que tenemos más y más prisa, que nos obcecamos. Uf, uf, no podemos más… Y comenzamos -puede ser, puede ser- a hacernos preguntas, a interrogarnos sobre las precarias condiciones de nuestras vidas. Y estando en ésas tal vez pensemos que nos conviene reconquistar el alma. Y la buena literatura puede ayudarnos a ello, puede ser un peldaño. Pero hasta los libros se nos hacen muy largos, demasiado para tantas cosas como tenemos pendientes. ¡Son tantas las gestiones imprevisibles del hombre postmoderno! ¿Entonces? Dos opciones claras: poesía o cuentos. Quedarnos con dos versos de ese poema, o con la idea de ese cuento que se lee en diez minutos, o en veinte. Es conveniente recomenzar con distancias cortas. El cuento es un género literario muy adecuado para estos tiempos. La extensión es accesible, y si es bueno no nos olvidamos fácilmente de él y de sus consecuencias. Y queremos más. Y un cuento nos llevará a otros, sin perder el hilo. Atrévanse con los Cuentos completos de la norteamericana Eudora Welty (1909-2001) editados por Lumen. Sorbo a sorbo el lector va degustando la magistral pericia con la que la escritora -de la que se cumplen 100 años de su nacimiento- nos va mostrando la naturaleza más íntima de las personas. Ése es su fuerte. Toma un personaje cualquiera y lo convierte en alguien único y especial, a partir del cual nos deja entrever también no poco de sus propias inquietudes. Su estilo es casi puntillista y lleno de perspectivas -no en balde fue fotógrafa- y muy metafórico, en una prosa llena de lirismo, de instantes y párrafos sumamente poéticos y evocadores. Y desmenuza la existencia de esos seres sobre los que escribe en un cúmulo de emociones, experiencias cotidianas y relaciones personales. Como a Balzac (estoy leyendo su Ferragus, en Minúscula) le interesa la condición humana, todo ese embrollo de sentimientos, virtudes, sueños y defectos que somos los hombres. Todo ello va tejiendo los nudos suficientes y eficientes que tejen el tapiz que es -o debiera ser- la vida y que es -o debiera ser- la literatura: esa constante búsqueda de alegría, de armonía, de consuelo, de amor, de belleza. Eudora Welty es lo que quiere resaltar: la excelencia de lo ordinario, de lo que parece no tener importancia, pero que a la postre es lo que realmente importa y subyuga y apasiona al lector, y hace de la literatura el milagro que resulta en ocasiones ser. Y para ello cuenta historias que se inspiran a su alrededor -todo ese mundo del Sur de los Estados Unidos- que sólo cobran identidad propia en su interior. Ya es un tópico hablar de las tres grandes escritoras del Sur (y de la literatura universal): de Katherine Anne Porter (la descubridora de Welty), de Flannery O’Connor (para mí gusto la mejor), y de Eudora Welty. Las tres están en el catálogo de Lumen gracias a la impagable labor del editor Andreu Jaume, al que los lectores nunca estaremos suficientemente agradecidos. Todos estos cuentos son una ocasión única de comprender mejor la naturaleza humana y el porqué de la grandeza que significa para todos nosotros la literatura.

jueves 2 de julio de 2009

Dos libros para empezar



Me reclaman libros interesantes para el verano, para esas mañanas de piscina o de playa, o para esas tardes de terraza, o en la umbría de los pinares. Libros… Libros por los que asome el horizonte, por los que la mirada vaya descubriendo nuevas perspectivas y enfoques de la vida. Libros que nos abran el apetito de mucho más. Libros que nos quiten de encima la modorra donde anida la apatía insustancial, el conformismo de lo material o la inapetencia espiritual. Libros con miga, inconformistas e inteligibles. Libros como El misterio de la felicidad, de Miguel D’Ors (Renacimiento), antología que puede presentarnos la posibilidad y el suspense de la poesía. Para quien guste del misterio (de la vida) y de las palabras bien dichas nada como estas páginas. Por ellas discurre lo que a usted y a mí nos sucede un día sí y otro también. Acontecimientos en apariencia banales, tras los que se esconde la sorpresa que es siempre la ternura y la emoción del alma. “(…) y acabarás por ver que este poema / a la chita callando, / salvadas las distancias, por supuesto, / y todo lo que digas, / también habla de amor”. O libros de título tan injusto como la novela La hija del ministro, de Miguel Aranguren (La Esfera). Digo injusto porque es un título soso, ramplón y equivocado para una historia tan fascinante y de tantos matices como es esta novela. Flaco favor. Pero dicho esto, queda lo mejor, que es el libro en sí mismo. La familia Bossana, el amor, la amistad, el día a día, sobre un fondo político-social de ilusión y progresiva decadencia, de represión y dolor, de traición y muerte. Madrid años 20, la II República y la Guerra Civil, donde toda la realidad conocida de pronto se pone patas arriba. Es el desquiciamiento completo, el drama y las posibles respuestas de cada uno, con más o menos coherencia, con más o menos sensatez ante una realidad desbocada. Destaca la naturalidad y eficacia narrativa de los diálogos y el elaborado perfil de los personajes en ese entorno de degeneración política. La identidad moral, el heroísmo, la debilidad, las dudas… El autor enfoca directamente a la entraña de los sentimientos, pero sin sentimentalismos rudimentarios y con un marcado optimismo trascendente. Se adentra en las personas, en el sufrimiento, en la humanidad; en la intrahistoria como acontecimiento central de la historia; en el amor como única verdad y redención para el hombre. Miguel Aranguren no enjuicia, narra con fruición y brillantez el alma de las cosas. Y llegado al final, cautivado todavía, el lector se resiste a cerrar el libro del todo... Como en la vida.

miércoles 1 de julio de 2009

A modo de poética estival



El ritmo de las palabras me acerca a la orilla de los días,
me lleva de aquí para allá, me revuelve, me encandila;
alumbra en mí el brillo de alguna idea
o emerge en la gozosa espuma que se difumina
en el tiempo que es y no es la vida.
O simplemente me deja exhausto de dulzura
en la arena de una playa que no reconozco todavía,
a la que llego sin saber qué decir, balbuceando mi zozobra de rodillas,
a solas con la duda que soy, con la conjugación inédita
de las olas y la danza eterna de su rima.

El ritmo de las palabras se precipita
en el eco del secreto que es el aire y que es el cielo,
y se abre paso entre ráfagas de memoria,
y se escabulle en el silencio, hacia adentro
del amor que lo significa todo, en el misterio
del alma en la que a veces siento la envergadura de Dios
en un júbilo de símbolos y de sílabas
y de acentos que son latidos
del ser cuando pronuncia la belleza donde existo.