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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




miércoles, 30 de septiembre de 2009

En la muerte de José Antonio Muñoz Rojas



Gracias por la noticia Manolo Ramírez, gracias por hacérmelo saber. Como asiduo lector de José Antonio Muñoz Rojas (Antequera, 1909) me considero partícipe de su intimidad, de su vida. Como lector suyo me siento orgulloso de una persona así: tan culta, tan espiritual, tan familiar, tan enamorada. Como lector suyo siento dolor por su muerte, un inmenso dolor, y a la vez siento la resurrección del poeta en cada uno de sus versos y poemas. Y lo siento con orgullo. Pues en ellos vive, late y no deja de estar y de ser el que siempre será: el poeta. Y el amigo de muchos. ¡Parece mentira! Parece mentira que a uno le duela tanto la muerte de alguien a quien no ha conocido. Pero no es del todo cierto. José Antonio Muñoz Rojas forma parte de mí, como otros poetas. Suyas son confidencias que hicieron que contemplara de diferente forma las cosas, detalles concretos de la hermosura o de la ausencia o del sufrimiento o del amor que se extasía a cada instante. Confidencias del alma. De alma a alma. Poeta y lector. Lector y poeta. Sed de absoluto, de música, de belleza. ¡Qué festín el libro Obra completa en verso (Pre-textos, 2008) tan bien preparado al alimón con Clara Martínez Mesa! Lectura y relectura. Mirada maravillada, corazón anhelante. Palabras de cadencia brillante, amadas antes de escritas. Alma, alma. Transparencia de alma. Abril del alma. Luz. Y también lo oscuro, el dolor, la muerte. La voz que me llama. Y por encima de todo el amor que llena, que vive dentro del verso, y lo ilumina y lo adensa. Ah, y esa prosa suya, en la que tanto disfruto y aprendo. Las cosas del campo y Las musarañas son libros donde el lenguaje se ensimisma y el lector se entusiasma. ¡Qué libros! Para escribir así hace falta tener un sentido muy profundo del mundo y del hombre; de la naturaleza y de la esperanza. Para escribir así hace falta amar mucho. Que Dios te bendiga José Antonio Muñoz Rojas. Que Dios te lleve para siempre al Cielo: al seno de la Poesía. Eterna transparencia. Descansa en paz.

martes, 29 de septiembre de 2009

Postrimerías de una civilización


Estoy hoy por declararme en huelga de escritura. La tinta se pone más de luto que de ordinario. No escribe: se desangra. La tristeza y el temblor apenas me dejan enhebrar palabras con un mínimo de aliento y de soltura. Cincuenta millones de abortos anuales no me dejan respirar con normalidad, envenenan la esperanza de cualquiera. Una Segunda Guerra Mundial cada año. Un exterminio estalinista cada año. O nazi o camboyano o… Las tinieblas se extienden por las almas y por el cielo (cuesta creer que todavía siga siendo azul cada mañana), y cala en la tierra y en las avenidas. Y en esta noche oscura de la Humanidad contemplo las estrellas con más ahínco y advierto las lágrimas de Dios. La vida mutilada, asesinada sin paliativos. Nuestra civilización tal y como la conocemos está agonizando, niño a niño, miembro a miembro. El corazón del hombre planifica la muerte, pero ya ni siquiera es por odio. Es por un obsceno negocio camuflado en un millón de trápalas y eufemismos. Sin más. Morimos todos con esas criaturas descuartizadas como animales, con el alma abierta en canal. Tiran sus vidas -la Vida- a la basura, como si nada, como si fuera una mixtura apócrifa. Sin opciones. Muerte o muerte. Matacía. Demencia. Sacrilegio. Malicia. Pero ese dolor puede hacer estallar la justicia divina. Ríanse de Sodoma y de la decadencia de Roma. Esto se acaba, no puede durar mucho como sigamos así, por este camino que es ya un abismo. El mundo tal y como lo conocemos se está marchitando, agusanando, pudriendo; en un irracional desenfreno y bestialidad, donde es difícil imaginar el renacimiento del hombre. Huérfano de Dios la desnutrición espiritual conlleva una evidente sinrazón y postrimería, una deshumanización de la que el aborto es el exponente más suicida.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Asomado al otoño




Me asomo a la terraza. Oigo
el revoloteo de unos niños.
Esta noche alguien ha pintado los árboles de otoño.

Una mujer sacude el tiempo de una alfombra
y seca luego con una toalla el azabache de su pelo.
El cielo se despereza en nubes y en una luz sin brillos.

La mirada es caprichosa y se embelesa en unas hojas amarillas
que danzan en el aire, en un torbellino
donde está Dios y donde estoy yo mismo.

La mujer de la alfombra se frota el pelo muy despacio,
en un leve y romántico movimiento de manos.
Y en la ventana de al lado una chica saca brillo a la luz mortecina.

Una paloma se posa en el alma.
Las copas de los árboles oscilan en un lento lenguaje de sonidos.
Y en esta terraza escribo que la vida es el gran poema.

domingo, 27 de septiembre de 2009

La discriminación de Dios



En el fondo es de lo que se trata, y no conviene engañarse. Manifestarlo públicamente puede parecer una temeridad, poco o nada acorde con el descreído discurso ambiente en el que nos movemos, donde mentar a Dios es una excentricidad de mal gusto, una paranoia mojigata y provocadora digna de la peor lástima. Pero aunque pueda acarrearnos el insulto o el desprecio, o incluso la censura de los que se tienen por tolerantes, es hoy más necesario que nunca hablar de Dios con toda la naturalidad del mundo. Dios existe, y es una realidad personal que día a día constatamos unos cuantos millones de personas, que sabemos de su presencia y escuchamos su voz en el alma. Su providencia es el verdadero progreso del mundo, que tiene su revolucionaria raíz en el Amor. Por eso nos sentimos mil veces vejados por determinadas actuaciones políticas y mediáticas contra la vida y la libertad, contra la moral y los valores que sustentan la humanidad del hombre, así como su dimensión trascendente. Su principal objetivo -¡fuera máscaras!- es el olvido de Dios.

¿A qué se debe todo esto? Uno puede tener sus sospechas, pero cuesta admitir tanto despecho, tanta ignorancia. Temas tan cruciales como los relacionados con la manipulación o supresión de la vida, con la educación, con la exaltación de lo homosexual (digo exaltación, sin condenar a nadie)… son tratados desde esa premisa: Dios ya no pinta nada, arrinconado en su eternidad inasible. Y lo peor de todo es que muchos de los que nos confesamos cristianos lo permitimos con posturas laxas, tibias. Confiando en que tarde o temprano escampará. ¿Qué creencia es ésta que permite tan cobarde postura, donde el compromiso parece ser que sólo afecta a los demás? Si los cristianos nos creyéramos de verdad que somos hijos de Dios doy por sentado que nada sería igual.

Desde hace tiempo una bruma laicista tiñe, en su peligroso difumino, el paisaje social español. Nuestra sociedad -el paisanaje-, tan postmoderna y cibernauta ella, tan autosuficiente como engreída, pero a la vez tan pacata, anda más y más embebida en el falso prestigio de lo amoral, de lo cutre, de lo chato, de lo exclusivamente material. Todo ello englobado en esa especie de espiritismo político que denominan sociedad del bienestar o economía sostenible o yo que sé. La Iglesia Católica lo viene advirtiendo una y otra vez: sobre el relativismo no se puede construir la felicidad. Desde el desprecio y discriminación de Dios sólo cabe un relumbrón de fuegos de artificio que dejan a su paso una estela de tristeza y ceniza, de amargor y miedos; y en el alma la nostalgia de la verdadera Luz.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Una vieja fotografía



Esparzo sobre la mesa unas viejas fotografías. Con algunas el corazón hace unos cuantos solitarios. Las coloco en fila, las acojo y las acerco a la memoria de los ojos. O ni siquiera eso, porque por entonces, en la mayoría, yo no vivía y no recuerdo lo que veo en ellas. Aparto esa, la de la izquierda, esa que está un poco más arrugada. Es en blanco y negro, como el resto. Debía de ser por la mañana, temprano. Mi madre me mira en sus brazos. Mi madre. Absorta en mí, en esa luz recién nacida, en ese rostro de niño dormido. Y yo absorto ahora en ella; siempre viva, siempre presente. Nos miramos. Aunque yo me tenga que conformar con esta imagen fija, de papel. Morena y con unos pendientes de perla. Llama la atención su espontánea sonrisa, que ilumina -es un hecho- toda la fotografía, y mi vida. Pongo en un montón todas las demás: mi abuelo Guillermo (de porte tan espiritual, tan delgado), el tío Celso, yo mismo vestido de crío… Y ese montón de tiempo lo guardo entre las páginas de un libro. Aparto todo lo superfluo de la mesa, y en el centro dejo que mi madre siga abrazándome contra su pecho. La extraño, esa es la verdad de mi existencia. La extraño mucho. Por eso hago acopio de ternura en los detalles que me muestra esta fotografía. E imagino su movimiento que me acuna y la nana que me tararea… Todavía. Sí, todavía. Sus ojos son grandes. No pestañean de puro amor. La miro, y sé que su mirada es como un regazo que me espera.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Revelación



En un rincón de mi despacho leo, o amo. ¿Dónde está la diferencia? Pues eso: amo, digo leo. El libro es lo de menos. O el título. Lo que importa es el momento. No se trata de tiempo, es otro el fundamento. Como si toda mi existencia hubiera estado preparándome para esto que ahora veo y que no sé explicar del todo bien, pero que siento que es el centro o el alma de lo que yo verdaderamente soy. O creo que soy, y siento. En un rincón del Universo, como iba diciendo, leo. O amo. Tanto da. El amor es la más sensata de las locuras y es un acto de discernimiento y quietud. El amor es lectura y la lectura es un acto de amor. (La escritura es un largo aprendizaje de este amor, de esta lectura que consciente o inconscientemente lee con avidez a Dios). Aquí, en este trozo o instante del mundo donde vivo y soy eterno. El significado de la música de todas las palabras que amo, o leo, así lo atestigua. Los sonidos que llegan de la calle pueden ser un eco de cualquier siglo o lugar. Y la luz se remansa dentro. Es un instante sólo. Es un instante todo, que germina de alma el silencio. Es un instante de revelación el que siento en este rincón de mi despacho donde leo. O amo.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Confidencias



Las ambulancias merodean alrededor de mi alma. Algún día llegará la mía, lo sé, lo sé. Alguno de estos días de principios de otoño llegará la mía, la definitiva, la que me recoja en plena acera y me acerque del todo a Ti, Dios mío, que me esperas. Y yo no quiero, la verdad. No todavía. No deseo irme de aquí y de los míos (que son Tuyos, ya lo sé) justo ahora, que es cuando da gusto estar en su compañía y disfruto más con ellos de Tu gracia. Mis confidencias te las sabes mejor que yo, ¿qué Te voy a decir?; conoces a la perfección esa felicidad que me estremece cuando me abrazan mis hijos o rezo el cuerpo de Ana con toda mi alma de hombre. O cuando me quedo a solas con el lavavajillas y Te amo así de sencillo. Ya nos ves. Tampoco es nada del otro mundo, pero nos gusta ver las películas de Hércules Poirot bien juntos y desanimarnos juntos y limpiar la casa juntos de egoístas inmundicias y de gritos. Juntos, Contigo. Lo que son las cosas, me dan ganas de llorar. Sí, mientras escribo estas líneas. Porque me siento muy querido y soy consciente de que escribo por eso precisamente: porque soy amado. Me emociona pensarlo. Y mucho más sentirlo en el primer beso de la mañana, cuando amaneces al mundo y abres las ventanas del alma y ventilas nuestros sueños. Y me respiras y me das la Vida…

miércoles, 23 de septiembre de 2009

José Javier Esparza y la rebelión de la sensatez



José Javier Esparza es un tipo espabilado donde los haya. Listo como el hambre. De aguda inteligencia y valiente en el compromiso. No pierde ripio de la actualidad, pero la enfoca desde una perspectiva plagada de sabiduría histórica, solvencia literaria y convicción moral. Escribe a diestro y siniestro, con una fecundidad y gallardía que para mí quisiera. Y habla en la radio con voz transparente y tenaz. Desde su estrella polar de la COPE nos orienta en la noche sobre cualquier atisbo de manipulación sectaria, poniendo el acento en la defensa de la vida, y en la Historia de España, y en la luz que brilla en el alma del hombre (siempre latente y ciega para tantos). No corren buenos tiempos para la luz, pero eso no quiere decir que no sea verdad, que haya dejado de iluminar. Y Esparza salta al abordaje de bravatas y mentiras con ahínco, palabra en ristre, con el corazón en la boca. Sin demasiados miramientos ni contemplaciones ni escrúpulos. Con audacia y estudio. Y le escucho con estupor. Y leo con admiración sus artículos y libros. Y aprendo. Que no es poco. Pero en nuestra España -la de todos- hay gente que se empeña en ver lo que no es, se empeña en trastocar los hechos a capricho de la propaganda y de los votos. Por eso no me extrañó hace unos días la noticia de que en el pueblo sevillano de Los Palacios algún iluminado del Partido Andalucista quisiera vetar una de sus obras, en pro de una inversión histórica panislamista. ¿Y después del veto qué vendrá: la quema de sus libros? El libro en cuestión se titula La gesta española (Áltera), que se desdobla en otro volumen titulado España épica publicado en la misma editorial. Valen la pena. Igual que vale la pena su reciente -junto con Anthony Asolen- Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental (Ciudadela), donde el autor se encarga de despejar ciertas rancias veleidades progresistas o lugares comunes que la ignorancia y no poca inquina (sobre todo hacia el Cristianismo) se han encargado de popularizar. Como por ejemplo que la Ilustración fue el culmen de la razón sobre la oscura pobreza intelectual de la Edad Media. Cuando ese individualismo racionalista y des-almado supuso de hecho el inicio, como señalan los autores, de una gran violencia y tiranía (la semilla de todas las grandes tiranías del siglo XX tiene allí su raíz). En cuanto a la Edad Media se la cataloga, digámoslo con claridad, como una especie de dictadura católica, llena de barro y suciedad, de pobreza y sadismo. De tópicos, vamos. Topicazos. ¿La Edad Oscura?, se preguntan en este libro sus autores. Parece que no. Parece que se cuidaba la salud pública y había una preocupación sanitaria (ver The History of Medieval Europe, de Lynn Thorndike). Por no hacer mención del cultivo intelectual de la época, lleno de curiosidad y hallazgos y universidades. En fin, desde la antigua Grecia hasta el sangriento siglo XX José Javier Esparza -en este caso junto a Anthony Asolen- lucha por desatascar algunos entuertos, para que el lector se haga un criterio y esté inquieto y piense por si mismo.

martes, 22 de septiembre de 2009

¡¡Campeones de Europa!!



Campeones de Europa de baloncesto. España. Felicidad completa. Risas, saltos, gritos. Soy español, español, español… Soy español, español, español… Entrevistas. Medallas de oro. Abrazos, lágrimas. Después de tanto esfuerzo, de tanto sacrificio. Un equipo. Corazones henchidos. Gozo. ¡España, España! Un equipo que borda su trabajo. Hermanos Gasol, Navarro, Garbajosa. Soy español, español, español. Ricky Rubio, Raúl, Felipe Reyes. Campeones, campeones. Rudy, Cabezas, Claver, Llull y Mumbrú. Campeones del mundo y de Europa. Y Calderón, que asiste a todos, juegue o no. Como Sergio Rodríguez o Carlos Jiménez. Y por Pau Gasol también campeones de la NBA. Abrazos interminables. Subcampeones olímpicos. Brazos arriba, hacia el cielo, donde palmean su alegría, donde uno recuerda a Antonio Díaz Miguel y aquella ya lejana madrugada de hace 25 años cuando España (otro equipo) jugó en Los Ángeles contra Jordan en la final de otra Olimpiada. Y ahora campeones de Europa. Campeones del orgullo y de la humildad al mismo tiempo. Amigos que juegan, que se divierten. Y eso se nota. ¡España, España, España! Momentos para el recuerdo. Agradecimiento a los que les precedieron. Ally hoop a la memoria de Fernando Martín, otro pionero de tantos sueños. Lágrimas. Abrazos. Carácter. Banderas rojas y amarillas. El brillo del oro, el trabajo bien hecho. Gozo y esperanza para tanta gente que llora con ellos. Que lloramos. Que por unas horas nos alivian del peso de la vida. ¿A quién dedicar esta felicidad? A las familias de todos ellos. A los amigos. Todos responden lo mismo. La familia, la familia. Nadie se puede acostumbrar al cariño y a la fuerza de los cercanos. No olvidarnos de Pepu, de Lolo, de Aíto, de Pesquera, de Moncho, de Imbroda. Y de Scariolo. Soy español, español, español… Soy español, español, español… Un deporte que se hace arte algunas veces. Y un símbolo. Un equipo todos los que disfrutamos con ellos. Un equipo, una familia: España. Gracias campeones.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Hartura y asco

¡Qué legislaturas las del señor Blablatero! Añagazas y tú la llevas. El desconcierto acecha por los ministerios, donde el polvo de la medianía cubre candelabros, expedientes, proyectos, ideas y estanterías. La vergüenza ajena hace estragos entre los buenos funcionarios. Nadie parece estar a salvo de tanta insolvencia. El Gobierno de España les viene muy grande. No saben qué hacer con él, salvo mohines y espantajos. Hartura y asco es lo que siento. En los consejos de ministros culebrean, conspiran y juegan a la gallinita ciega o al veo veo. Gobiernan -es un decir- por inercia de poder. Lo suyo es un tinglado con una pizca de odio, un cucharón de laicismo anticlerical, un salteado de recalcitrante progresía y una buena base de ignorancia y propaganda. El estreñimiento espiritual se alterna con la diarrea pseudointelectual. Yo diría que como experiencia ya está bien. Déjennos ya en paz. ¡Váyanse!

Blablatero es hombre de voluntad tornadiza, de inteligencia escasa y de personalidad insegura. Se esconde tras el sofisma y la mentira porque no le queda otra. Se le nota el miedo y los complejos en las facciones de su política. Y la mala leche. Miedo al fracaso, que por otra parte es evidente. No le gustaría acabar como Felipe González, en aquella lenta agonía de portadas de El Mundo. En el PS(O)E saben muy bien -tontos no son- que la situación actual no puede durar mucho, que el actual secretario general y presidente, así como su desnortado Ejecutivo tienen los días contados. Aunque, ¿desde cuándo han contado algo la lógica y la sensatez en las filas del socialismo? La orden es clara: mantener el tipo, mantener el tipo como sea. Y disciplina, ni una crítica. Se maquilla lo que haga falta, con el emplaste de nuevas y elevadas metáforas.

Es éste un Gobierno gastado. Política, moral y estéticamente. Las alianzas civilizadoras les ha supuesto un alejamiento de la suya propia, a la que parecen abominar. Y ¿recuerdan? “No a la guerra”, decían. Y estamos en guerra en Afganistán (¿o cómo lo denominan?). La coherencia no es su fuerte. Y el desquiciamiento de los miopes nacionalismos y las “autonosuyas”, seno de mezquindades y tropelías sin cuento. Hartura, sí, y asco. Cuando el que gobierna piensa en sus volátiles votos, en su partido o en sí mismo más que en el servicio cabal a los ciudadanos -digo cabal y le hayan o no votado- es que algo está muy podrido, agusanado. Cuando el que gobierna no quiere reconocer que no sabe y se empecina en hacer daño con sus alocadas medidas, con su huida hacia delante… ¿Cómo no sentir hartura y asco?

domingo, 20 de septiembre de 2009

“Poe, una vida truncada”, de Peter Ackroyd



Edgar Alan Poe (1809, Boston-1849, Baltimore). Un visionario, un genio de la literatura… y un pobre hombre que nunca se sintió querido, huérfano de afectos. Dejémonos de aportar datos que cualquiera puede consultar en Internet o en una buena enciclopedia o historia de la literatura. Vayamos a lo que importa, a la esencia de su obra: al alma que se expresa con desgarro, que busca entre las palabras algún tipo de respuesta al misterio y oscuridad de la vida. “No he podido aguantar ni un día sin escribir de una a tres páginas”, confiesa a Annie Richmond. En la escritura está su máxima ilusión, tal vez su única posibilidad de redención. Siente el aliento del abismo, el desprecio, la impotencia, la muerte (un lento suicidio pensó Baudelaire que había sido la vida del autor de El cuervo). Busca, busca desesperadamente la belleza en la poesía, busca también el amor en unas pocas mujeres e incluso buscó la disciplina en el ejército. Pero todo se tuerce, todo lo que ama muere. Y bebe. Se emborracha de dolor más que de alcohol. No puede dejar de beber, de sufrir. Quisiera olvidar. Escribe Peter Ackroyd en esta breve y contundente biografía publicada por Edhasa: “Desde su más temprana edad, en Poe había ido formándose una especie de vacío, de necesidad de consuelo, amor y protección”. Y escribe cuentos, poemas, crítica literaria… Intentando ganarse la vida, intentando descubrir en la vida un poco de esperanza, algo que le ayudara a respirar, a no sentirse tan humillado. Algo que le aparte de la amargura y que aparte de la intemperie su corazón herido. “Toda su vida fue una concatenación de errores y reveses, de esperanzas defraudadas y ambiciones frustradas”. Pero en medio de esa negrura y congoja, de esa pobreza constante, de ese sinsabor, Poe supo descubrir con su pujante imaginación y su sensibilidad la innovación de una literatura o literaturas, que no tardaron en percibir y reconocer personas como Baudelaire, Verlaine, Mallarmé o Dostoievsky. Padre de la narración detectivesca, según Arthur Conan Doyle, y de unos relatos donde la tesis -como él dice- es el terror del alma misma, provocando la angustia del lector. Es reflejo y anticipo del hombre contemporáneo, que sufre de ese vacío y de ese miedo. El que luego explicitó y analizó lúcidamente Kafka. “Mi tristeza -escribe Poe en una carta- es inaudita, lo que me produce mayor tristeza todavía. Nada me anima ni me consuela. Mi vida me parece un fracaso; el futuro, un vacío espantoso”. ¿Cómo no ver en esta frase de Poe un anticipo del existencialismo nihilista y a la vez una imperiosa necesidad de absoluto? Fue un gran escritor y un precursor. Lo señala Ackroyd con razón: precursor del romanticismo europeo y en ciertos aspectos también del simbolismo y del surrealismo. En apenas cuarenta años de vida fue capaz de construir una obra que admiramos cada vez más, que todavía no acabamos de descubrir del todo. Esos cuentos que en el ámbito hispano tuvimos la suerte de ver traducidos por Julio Cortázar (editorial Alianza y también en Edhasa, en un solo y manejable volumen), o la traducción reciente de su poesía completa (Hiperión). Pero leyendo la biografía Poe, una vida truncada, te das cuenta de más matices. Poe no era un agujero negro espiritual. Anhelaba infinitos. “Necesitaba el amor y consuelo de alguien, de alguien con quien sentir cierta afinidad poética. Poe era un huérfano que estaba pidiendo a gritos algo más (aquí la negrita es mía)”. Y ese algo más lo podemos leer entre líneas a lo largo de su prosa y de sus versos. En resumen, una estupenda biografía de un escritor realmente prodigioso.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Juan Ramón



Repaso unos poemas de Juan Ramón Jiménez en una concienzuda antología muy bien editada hace ya tiempo por Javier Blasco en la editorial Cátedra. Ahora la han incluido en una nueva colección bautizada como “Mil letras”. Pues estupendo. Más amplio todo y más perfecto, y con tapas duras envueltas en cálida solapa. Cuando empecé a escribir lo que yo creía poesía todo era Juan Ramón. El poeta de los Sonetos espirituales era mi biblia. No leía a otro. Todo giraba en su órbita, todo lo miraba al trasluz de sus muy escogidas -o escojidas, como él escribiría- palabras. Su forma de contemplar el mundo (o el trasmundo) me confortaba y me llenaba de admiración. Yo también quería decirlo todo así: con esa música y esa nostalgia. Guardo como oro en paño los dos volúmenes de su obra en la "Biblioteca Premios Nobel" que editó Aguilar. Uno con sus primeros libros de poesía: Rimas, Arias tristes, La soledad sonora, etc., y con un apéndice donde figuran el libro Ninfeas (impreso en su tinta verde y con el soneto introductorio de Rubén Darío que conclute así: “Y las voces ocultas tu razón interpreta? / Sigue, entonces, tu rumbo de amor. Eres poeta. / La Belleza te cubra de luz y Dios te guarde”), y donde también está su segundo libro: Almas de violeta (impreso en tinta del mismo color). El segundo volumen es el que más leí y releí, con libros como Diario de un poeta recién casado, Piedra y cielo o Animal de fondo. En mi adolescente afán creía que poner por escrito todo lo que yo sentía no era del todo complicado. Las palabras afluían, en un constante eco de Juan Ramón. Los demás lo veían, pero yo no. Yo me creía -término nefando- original. Poemas breves que manaban según iba leyendo al poeta. “Canción, tú eres vida mía, / y vivirás, vivirás; / y las bocas que te canten / cantarán eternidad”. ¿Qué esperar de un chico de deiciséis años? Pienso ahora que nada muy distinto de este mismo chaval -dejadme soñar- que tiene treinta años más. Sigo siendo el eco de los demás. Un lector de la maravilla que intenta traducir en tinta la misma vida que mira, y admira. A espensas de consuelos e inmensidades. A espensas de un mar de cadencias donde la luz es el estallido del alma y la poesía un remanso de paz.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Funerales


Con una cierta frecuencia las familias se reúnen con motivo del óbito de alguno de sus miembros. El muerto, observarán ustedes, muere normalmente a destiempo. Quiero decir que no siempre muere a gusto de todos. Y menos al suyo propio. Para acudir a un entierro se presupone que uno está lo suficientemente vivo como para tener ese postrero gesto de lealtad o cariño; pero no, algunos de esos vivos son tan “vivos” que se hacen los “muertos” y no acuden. El muerto es fiel a la cita, desde luego, y salvo accidente es el más puntual; incluso el único que pese a sus trazas sabe de qué va todo aquello. Que no nos engañe su quietud, su lividez, su silencio. Ojo, él observa, escucha. La muerte es apariencia de muerte. No queremos creérnoslo del todo pero es así. Y volvamos a lo nuestro.

Un funeral es un funeral, y a nadie le gusta contemplar su futuro de una manera tan evidente. Puede resultar incluso letal para almas tan sensibles y decadentes como las nuestras, tan intrascendentes y siglo veintiuno. No en vano nos hemos acostumbrado a la tontuna publicitaria subliminal, al cambio climático, al caos televisivo, al plástico o a un exceso de realidad. Porque lo que nadie quiere es precisamente eso: sufrir. ¡Menuda ocurrencia! El sufrimiento, dicen en pose muy dialéctica, supone la abolición de la razón. Y acudir a un funeral es darse de bruces con él. Vernos de repente allí, rodeados de gente enlutada, que respira entre suspiros. Asistir a una liturgia que puede recordarnos en algún descuido –nunca se sabe- que moriremos y, lo que sería mucho peor, que pudiera resucitar algún rescoldo de conciencia. Es por eso por lo que muchos no van, o si van se quedan fuera del templo durante la ceremonia, a una prudente distancia de la muerte y del muerto en cuestión, sin importarles el frío o el calor, disimulando entre el humo de los cigarrillos y los comentarios inanes su verdadero miedo: su soledad de vivos.

Las excusas para no asistir a un funeral brotan en preciosas coronas de flores acompañadas de unas palabras doradas, en cintas blancas o moradas. En otras ocasiones es el tono lastimero de una socorrida llamada telefónica, pongamos que a la viuda. A estas alturas de la hipocresía globalizada nadie se cree, por supuesto, lo de las reuniones ineludibles, las enfermedades repentinas o los viajes o compromisos adquiridos. Que se lo digan al muerto, inmerso, éste sí, en un viaje que no admitía dilación.

Pero pese a todo van acudiendo los más allegados. Se suceden los saludos, los abrazos, los besos. Sobre todo los besos, esos interminables besos de funeral que tan bien conocemos. Besos oblicuos y de compromiso que nos sumergen en fragancias capciosas… El número de personas aumenta, es casi la hora. Cada uno de los presentes ha dado un par de pasos en distintas direcciones. Un aluvión de carraspeos. La inquietud se apodera de algunos, y muchos quisieran que todo hubiera ya terminado, dejando por fin atrás los manidos protocolos que conlleva la muerte. Sobre todo cuando es ajena. Entre los asistentes hay de todo, pero el tono general es gris marengo -un tanto aplomado sin duda-, salteados de algún matiz pardusco, o añil o violáceo. Los hombres siempre resultan más sombríos que las mujeres -de por sí desafiantes-, y más en momentos así, que es cuando despliegan toda su capacidad de embrujo. Mientras tanto unos niños salidos de no se sabe dónde, hacen su trabajo; es decir, juegan. Nada saben de la muerte, y sus risas son lo más vivo y espiritual del momento.

Es frecuente que en los funerales se dejen de lado -al menos en apariencia- viejos rencores, y las palabras, con carácter provisional, anuden nuevos o viejos lazos. Los buenos propósitos son algo habitual en este tipo de reencuentros, rubricados aquí y allá por la obligada liturgia de las lágrimas, que humedecen (perdición) el cosmético afeite de algunas damas. O damos. De pronto voltean las campanas. Apenas son audibles ya las conversaciones en los diversos grupos que se han ido formando. Las miradas van que vuelan, sin miramiento, escrutadoras, curiosas; agudizando más si cabe su ciencia fisgona. Las campanas callan. Es hora de entrar en el templo. Y de toda esa gente que ahí está, tan circunspecta, ¿quién reza? Porque de eso se trata. Es lo único que le interesa al alma del muerto.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Una mujer se siente muchas veces sola



Una mujer se siente muchas veces sola. Aunque la casa esté repleta de hijos, de indios, de llamadas al teléfono y de plantas. Y aunque su cara disimule la aridez del corazón. Se siente sola en medio del bullicio, del polvo y de los gritos. Trajina de lado a lado, intenta poner orden en su alma y en la cocina. La ropa de los niños le trae de cabeza, y la cena. Quiere dar gusto a todos y no puede, no llega. Y a veces le responden con malas caras o desconsideradas palabras. Corrige, se enfada. Se desespera, se le olvidan las cosas. Duele sentirse sola. Todo lo dan por supuesto. Hasta su marido, que no se entera (y si se entera se da la vuelta). Se han acostumbrado a ella. Y ella llega un momento que no puede más, y salta. O quiere saltar y decirles a todos esos vividores que tiene por familia unas cuantas verdades. ¡Ya está bien! Cuanto más lo piensa más se indigna. En realidad no le hace falta mucho. Sólo un poco de cariño, que alguno se le ofrezca para ayudar en casa (aunque después todo quede en nada o las rosquillas se quemen), un beso imprevisto en la nuca, o un helado cualquiera. O una llamada al mediodía (¿han observado que casi siempre son ellas las que llaman y que resultan por ello unas pesadas?). Una mujer se siente muchas veces sola. El marido a sus cosas, siempre agotado, siempre quejoso. Sin apenas tiempo para aquella mujer a la que le prometió amor eterno. ¡Ya! Llega la noche. Es un buen momento para hablar, pero los maridos no hablan. Prefieren el sexo y luego un plácido sueño hasta la mañana. ¿Eso es todo? Ahí te quedas, mirando los reflejos del armario o los dibujos que la imaginación dibuja en la colcha. Unas mujeres lo manifiestan con más frecuencia que otras; hay quienes se enfadan muchísimo y otras que prefieren obrar con mano izquierda. ¿Queréis comida? Pues ya sabéis donde está el supermercado y la cocina. O dejan al marido ayuno de sexo si se tercia. ¡Que espabile! Que haga un curso intensivo de cariño. Que despierte de la modorra y que se compre él la cerveza y los calzoncillos. Que ya esta bien. Una mujer se siente muchas veces sola. Por torpeza nuestra. Una mujer lo que más necesita es sentirse querida, escuchada, deseada, comprendida. Una mujer valora sobre todo la ternura y esos detalles nimios que parecen no venir a cuento, pero que les llena el alma de alegría, de sol, de juegos. Una mujer necesita sentirse infinita, y la única. A cambio sólo pide un beso, unas pocas palabras, o un paseo. Pero resulta que la mujer se casa y automáticamente ella es la responsable de que el hogar funcione, de que esté la ropa limpia, las cosas en su sitio, que no falte ni comida ni papel higiénico, que no se sequen las plantas, y que el marido y los hijos vayan aseados y lleguen temprano al cole. ¿O no es así? Pero hay más. ¿Desde cuándo la mujer es la única responsable de todos los cuidados si alguno cae enfermo, la que se encarga de médicos y vacunaciones, de hablar con los tutores, la encargada de preguntar lecciones, repasar deberes o mirar agendas? Y también se ocupa de los bocatas de las meriendas, y las mochilas y maletas para excursiones o viajes; de revisar la ropa, de desechar la que está mal, de aprovechar la que se pueda y dar la que se ha quedado pequeña. Por intrincados misterios hace todo esto sin dejar de cumplir en su trabajo y estar guapa y medianamente bien en lo otro. Bueno, vale. ¿Y qué recibe ella? Decididamente, una mujer se siente muchas veces sola.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Sor Emmanuel



Conozco a una monjita que se llama Sor Emmanuel. Vive desde 1989 en Medjugorje, un pueblecito de Bosnia y Herzegovina donde se aparece la Virgen desde 1981. Sor Emmanuel es parisina y se le nota. Posee una elegancia innata. Y carácter. Esbelta y vivaz. Su vida es Dios. Habla siempre con una sonrisa en los labios, por donde le aflora el alma: pujante, esplendente, bendita. Los ojos -no muy grandes- brillan, son testigos de milagros y abundantes maravillas. Brillan brillos de Dios, de un amor que nos necesita, que nos quiere infinitos. Sor Emmanuel habla de la necesidad de ser felices, habla de la ternura de Dios. Con apasionadas palabras o en recogidos silencios que conmueven hasta las lágrimas. Conversión de los corazones, conversación habitual con el Único que puede sacarnos del desánimo y de la angustia contemporánea: oración se llama esa intimidad con Dios, esa confidencia. Diálogo espiritual, desprendimiento del yo. Y por lo tanto la tan ansiada paz. Creo recordar que fue el 26 de junio de 1981 cuando la Virgen María dijo: “La paz debe reinar entre el hombre y Dios, y entre todos los hombres”. Sor Emmanuel no hace otra cosa que insistir en esto una y otra vez, con energía y urgencia, pero con serenidad y un tremendo cariño. Las almas debemos encontrar por fin esa paz, la precisamos para vivir de verdad. ¿Dónde? En la oración. Todo en nuestras vidas debe de ser oración, un derroche de amor. Y así alcanzaremos la paz en el corazón, la paz en las familias, la paz en los países, y la paz en el mundo. Esta monjita es un instrumento excepcional. Mensajera de la Reina de la Paz. Juan Pablo II bendijo su misión en 1996. Escribe sin parar y viaja por todo el mundo. Su impulso procede de la gracia y de la misericordia divina. ¿De qué nos habla? Del amor de Dios por medio de María. ¿Y nosotros? ¿Qué hago yo mientras tanto? Son ya tres las ocasiones en las que he estado y rezado con Sor Emmanuel, que he escuchado de sus labios la necesidad de conversión que me pide Dios. ¡A mí!, que no está mal para empezar, o para recomenzar. ¡Me conformo con lo mínimo! Al poco tiempo se me olvidan las cosas (o hago como si se me olvidan) y deambulo por mi pereza o desidia o comodidad. Y rezo a mi medida, al capricho de cualquier apetencia. Pero las palabras de Sor Emmanuel siguen en mi corazón y Dios me las recuerda.

martes, 15 de septiembre de 2009

Editoriales que subyugan



Para América Arpal


Hay editoriales que te subyugan, que te enamoran. Por sus títulos, por el diseño, por la textura de los libros, por su jefa de prensa, por todo. Es un conjunto de cosas que hacen de ellas un placer único, exquisito. Contenido y continente son obras de arte, cúmulo de buen gusto y de una perdurable excelencia. Cuando estás en la librería se te van los ojos tras ellos. Los tomas en tus manos con devota unción. Los sopesas, los acaricias… Y algunas veces los compras. Es irresistible. Editoriales que toman al asalto tu débil voluntad de lector empedernido, de amante de los libros. Y te dejas vencer y los llevas una buena temporada en la cartera, como un talismán de sabiduría y provecho espiritual. Los vas leyendo a la mínima oportunidad, aprovechando cualquier resquicio de silencio. Y al terminar escribes sobre ellos (sin saber muy bien qué decir excepto tu pasmo) y los pones en tu biblioteca, a veces de frente, para no perder de vista sus portadas. Sí, hay editoriales que subyugan de verdad, que hacen de la lectura un regocijo cada vez más especial e intenso. ¡Podría nombrar tantas! Pero he de decir, si quiero ser sincero, que estas líneas las he comenzado a escribir por la editorial Valdemar. Su colección “Gótica” o “El club Diógenes” o la de sus “Clásicos” son ejemplares y me entusiasman. No tienen desperdicio en sus traducciones, en la calidad del papel (lo cual tiene su importancia), en la claridad de la impresión… De todo ello se deduce una pasión editora que va mucho más allá del negocio inminente y de la literatura inmanente y de corto alcance. Hay otras similares. Pero hoy sólo me fijo en esta editorial; y de una estantería cojo unos Cuentos fantásticos del romanticismo alemán, y me embeleso en la pintura de John William Waterhouse: La Belle Dame Sans Merci. En ese rostro pálido de la dama que espera el beso, en los detalles del vestido, en esa magia del entorno que sirve de anticipo a los textos que se nos presentan. Este libro es un objeto bello en si mismo. ¿Cómo dudarlo? Y la lectura se impone, y busco el relato “La estatua de mármol”, de Joseph von Eichendorff que tanto me encandiló el año pasado. Pienso que no todas las editoriales saben publicar libros, ni todos los llamados libros merecen tal distinción. Un libro es un conjunto de maravillas: la excelencia de la historia que se nos narra, la pulcritud del estilo literario, la encuadernación, la nitidez de la tinta y del espíritu. Todo ello, y más, da lugar al ensueño que significa: que nos significa y humaniza y trasciende. Y el lector atento lo agradece y da fe.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Luchar por la santidad



Hombre, pues claro que no es fácil luchar por la santidad en los tiempos que vivimos. Pero ni lo es ahora ni lo ha sido nunca. Cuesta. Y mucho. Lo más fácil es abandonar o conformarse con un mínimo. Zascandilear con Dios en un constante trapicheo. Que es lo que nos suele pasar a todos. Incluso con una vida de piedad más o menos decente. Estamos tan habituados a la comodidad que despreciamos el amor de Dios, y lo aparcamos para luego o para mañana o para cuando nuestro estado de ánimo sea más propicio. Y antes, por supuesto, está mi trabajo, la familia, mi descanso… Sólo al final del día igual nos acordamos de Dios un poquito, o cuando rezamos con nuestros hijos, o si el problema es de los gordos y no hay otra salida. ¡Son tantas las caídas! A veces cunde el desánimo, la vergüenza de confesarse de lo mismo. Falta fuelle porque falta oración. Sabemos muy bien lo que hay que hacer, pero tenemos miedo de hacerlo. Hace no mucho hice una visita al Señor en un convento de monjas carmelitas que hay en el centro de la ciudad donde vivo. Me arrodillé y entre unas cosas y otras Le dije: “Te ofrezco mi vida”. Bueno, bueno. Inmediatamente se desató en mí una especie de pánico. Falta de fe, en definitiva. No abandonar nuestra voluntad a la Suya, creer que somos nosotros los que sacamos adelante las cosas. ¡Seremos idiotas! Yo lo soy, no me escondo, porque me dejo llevar por mi gusto, por mi soberbia, por mi laxitud. Y después tanta inconstancia, tanto desamor. Dos días duran los buenos propósitos. Si llega. Dios acaba siempre en un rincón. Él lo quiere todo de mí, y yo no quiero prescindir de ciertos pequeños placeres que a la postre no me dejan levantar el vuelo. No acabo de entregarme del todo a Su Amor infinito porque estoy bien como estoy, en un término medio. O me lo parece. En esta vida interior tan floja, tan sosa. ¡Menudo hijo! Lo justo de lo justo. Pero tan justo que no acabas de creerte de verdad que tu vocación es la de ser santo. En medio del cisco y del trabajo, de un mundo exhausto. Como si la gracia de la santidad y de la perseverancia fuera en exclusiva asunto nuestro. Y Dios se arma de paciencia. Mejor dicho: de misericordia. Y nos abraza, hijos pródigos que somos, una vez y otra, con cariño insondable. Y si escuchamos nos cuenta Su intimidad y nos resucita la alegría. Y nos transforma. Claro que es posible la santidad. Y la conversión. Empecemos por los pequeños detalles. Enamorémonos del Amor con hechos concretos. Sin complejos ni vaguedades. Y hagamos hincapié en la oración y en los sacramentos, en los mandamientos y bienaventuranzas. En el apostolado con nuestros amigos. No hay felicidad más perfecta que el amor de Dios. Y el mundo cambiará. Lo que parece imposible corre de Su cuenta.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Enamorarse




Enamorarse. De eso se trata.
Más aún: amar el amor. Desposarse
con la luz que no te pierde de vista y se ruboriza si la miras.
Tornasol de días, plenitud de alma: Vida. Mi vida.
Causa primera de la armonía. Vive conmigo,
en mí. Conmigo, que la respiro, que me respira.
Oxígeno espiritual, ímpetu, dicha.
Amor que se encarna en su risa
y en sus juegos de manos: caricias.
Amor: ella. Poesía
que se desnuda con el pudor propio de la belleza.
Luz, luz. Instantes de luz y noche.
Enamorarse. Enamorarme. Enamorarnos.
Más aún. Más todavía.

sábado, 12 de septiembre de 2009

“Pedro Salinas y su circunstancia”, de Jean Cross Newman



Pedro Salinas es uno de esos escritores y poetas extraordinarios que en el mundo han sido. Yo no sé pasar sin él. Cada día ejerce más y más influencia en mí (todo lo que escribió y dijo me interesa). Tengo libros suyos diseminados por todos los sitios. Poesía y ensayo sobre todo. Aquí Largo lamento. Ahí El defensor (un libro tan magnífico que nunca me canso de leerlo, que nunca deja de sorprenderme). Allá una edición de bolsillo de La voz a ti debida (que como escribió certeramente Bergamín “nos dice, claramente, sencillamente, sin veladura alguna, en verdad, una poesía de verdad”). En la cartera sus reflexiones sobre la poesía de Jorge Manrique. En la mesilla de noche sus Obras Completas en Cátedra. Y sus cartas. ¡Ay sus enjundiosas misivas a su mujer Margarita -"yo en mi amor a ti he hallado esa voz que me permite decir la vida"-, o a Katherine! Me parece que son como el quicio de toda su obra. En sus cartas está todo. Está su alma y su corazón; está la fidelidad y lealtad a sus amigos; está su concepto del amor (que es su verdadero genio); y está su cosmovisión del mundo y de la realidad de su literatura. Cartas donde hace una maravillosa e íntima introspección de la vida, de su vida. Pedro Salinas, una gran intelectual, uno de los mejores de la España del XX; pero sobre todo un poeta universal. Un hombre que se hizo respetar y querer por hombres como Ortega y Unamuno, Azorín y Menéndez Pidal, Juan Ramón y Gabriel Miró. Y tantos más. Fue el hermano mayor y maestro y amigo de una constelación de poetas irrepetibles: Jorge Guillén, Luis Cernuda, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre… La llamada Generación del 27. Su magisterio era reconocido. Un magisterio que no sólo se constreñía a lo intelectual. Era toda su persona, que uno aprende a querer y a admirar. Y eso es lo que, a falta de una biografía más completa y más definitiva, rastrea Jean Cross Newman en su obra Pedro Salinas y su circunstancia (Páginas de Espuma). Su infancia y juventud en Madrid, París, la cátedra de Sevilla, vuelta a Madrid, Residencia de Estudiantes, Universidad Internacional de Verano de Santander (uno de sus mayores logros), amigos y más amigos, Margarita, su poesía, su dolor por el dolor fratricida de España y por la irracionalidad del hombre, América (estancia en Estados Unidos y Puerto Rico)… Un escritor al que le costaba hablar de su obra, un profesor universitario realmente sabio y con una vocación innata por la enseñanza, un hombre discreto y tímido y muy emotivo, un padre que gozaba como ninguno de sus hijos... A propósito de esto es célebre el retrato que de él hizo Vicente Aleixandre, donde dice: “De aquel montón de niños y hombre surgía un brazo, un brazo extenso, y del brazo surgía una mano, y en la mano, allí en el extremo último, todavía algo: una pluma. Lejana, lejanísima, alcanzaba a una mesa, y allí, casi quimérico, a un papel… Aquel abigarrado montón de niños y hombre estaba escribiendo”. O como cuando años más tarde, sus hijos ya estudiando en Estados unidos, se queja con ironía de que su vástago Jaime juegue a fútbol americano. Le cuenta a Juan Centeno (y yo lo cuento porque a veces te dicen más de una persona este tipo de cosas que mil volatines eruditos): “El mozo o fenómeno titulado Jaime ha caído en la más perversa y traidora de las trampas;… el doncel fue lanzado a un campo de mullida hierba, en el cual veinte y un zagalones más se entregaban frenéticamente a la persecución de un cuero vacío, y desde ese día forma en las filas del equipo de football”. ¿Cómo no sentir cercanía ante un hombre así? Y quiero recomendar esta biografía escrita por Jean Cross porque estoy seguro de su eficacia como puente que lleve al lector, que no haya catado aún la obra de Salinas, a decidirse y maravillarse como pocas veces lo haya hecho con un escritor. Y, como me ocurre a mí desde hace tantos años, ya no podrán prescindir de él.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Sobre la lectura



La lectura es un acto de amor. Un ir desvelando los requiebros, los matices, la apasionada aventura, la identidad que en su pálpito esconde el hombre. Pero es también un profundo acto crítico, y uno de los más completos análisis de la existencia que conozco. Es decir, una interpretación del ser humano, de su proceder; un reconocimiento de su ser en el tiempo, de su fugacidad y de su anhelo de permanencia. Y sin apenas darnos cuenta ya no podemos vivir sin ella, sin el misterio de una lectura que es cifra de un pensamiento y de una más que íntima locura por aprehender el gozo de dar en la verdad. O en la belleza. Cervantes lo sabía bien. Don Quijote -y él mismo- no podía ser otra cosa que lector impenitente, un hombre que mira las cosas de cara y a las claras, que sueña; trascendiendo la vulgaridad ambiente y su rastro hipócrita. Una realidad que cuesta creer tal y como es. Sólo los necios interpretan la excelencia de una buena educación como debilidad. Nuestra existencia, a su vez, es leída por esos incisivos signos que nos auscultan el alma. El crítico -todo lector- observa con atención el pasmo de un trasmundo que permeabeliza la razón y la eleva más allá de la costumbre. Precisamos de todo ese buen número de páginas para ser, por fin, nosotros mismos. Entre el silencio de la tinta hallamos mil tesoros que de otra forma se nos podrían escapar o pasar desapercibidos. Con el libro debajo del brazo buscamos el rincón más adecuado, esos instantes de soledad que cobijen nuestros sentimientos. La lectura es sobre todo un enamoramiento y un misterio. Abrimos los libros con expectación y nos sumergimos en ellos oteando una perspectiva que trasciende lo ordinario, que lo interpreta y enaltece. Parece mentira, pero ese cúmulo de palabras puede hacer que nuestra vida cambie, tenga una ilusión. El que lo probó lo sabe. No renunciemos a los libros jamás. Escogiéndolos bien en primer lugar, leyéndolos con mimo a continuación, reflexionando sobre ellos y guardándolos siempre con el debido cariño.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Ha comenzado el colegio



Ha comenzado el colegio. Por fin habrá cierto orden en nuestras vidas. Y relax. Se acabaron tantas salidas y bocadillos y películas y acampadas e ir a dormir fuera de casa (que es el no va más). Y la consiguiente preocupación. Al colegio. Voy a respirar un poco, voy a darle descanso al teléfono. Todo el día: ¿dónde estás?, ¿has llegado?, portaros bien, a las 9 en casa, no fumes, etc. Llegó el momento tan esperado: bendita y alabada sea la rutina. Por lo menos en estos paternales menesteres. Las mejores vacaciones de mi vida, decía el mayor (con razón, ¡vive Dios!). Pero los otros no han ido a la zaga. Los padres hemos sobrevivido. Bueno, y nos hemos reído un montón, las cosas como son. ¡Qué mayores! Claro es, para lo que quieren e interesa. Papá dame… Mamá ¿me dejas…? Papá, es el último día. Mamá, ¿me compras…? Papá te prometo que este curso voy a estar de lo más centrado. La estrategia educativa del NO funciona de cuando en cuando. El pressing es brutal y el cansancio hace mella y cedes. No siempre, pero cedes. Yo creo que nos tienen tomada la medida y piensas en cuando no estén y sientes que las piernas te flojean. Intuyes que será peor su ausencia. Ahora los tienes aquí; con todas sus burradas y egoísmos, pero están. Estamos juntos. Los cinco. Son cansinos e insoportables pero lo darías todo por ellos. Hasta los libros. Esas miradas descoyuntan los mejores propósitos de disciplina y orden. Venga, vale, pero sólo media hora en el ordenador y yo al lado. ¡Papá por favor!, y esa carita de inocencia, esos ojos de mi niña, que son como de dibujo japonés. Demos un voto de confianza, ¿o más vale prevenir? Lo siento, me quedo; no te preocupes, yo leo. ¡¡Papá!! La decisión es firme (al menos los primeros quince minutos). Conviene que los hijos nos vean decididos, aunque murmuren palabros. Van entrando en sazón y ayudan, pero aún les queda un poco. Por fin, sí, por fin el colegio. Nos vendrá bien a todos. Incluidos los profesores, antes de que se les olvide el desafío de enseñar. Además, ¿qué haríamos los domingos sin tener que planchar los uniformes, o sin esas broncas de última hora?

miércoles, 9 de septiembre de 2009

No puede uno ser tan nostálgico. ¿O sí?



No puede uno ser tan nostálgico y musaráñido. La vida es este ahora, la jornada de trabajo, el curso que comienza, los deberes, las facturas, los taxis, las obras y la comunidad de vecinos. Se acabaron los chopos y el buceo y las cabriolas en bicicleta. Ya está, fin. Se acabó la placidez de la siesta o la lectura de horas y horas en ese jardín recién regado. Debo ser práctico y eficiente y dejar a un lado la luna. Más ordenado. Ir al grano y no divagar por los paisajes y los sueños. Más austero y más sufrido. Hablar de lo que habla la gente y dejarme de galimatías literarios, de poemas que no leerá nadie. Ser buena persona y tal, pero sin pasarme de ingenuo. Adquirir un poco de mal genio, de gesto serio. ¡Fuera de mí esta debilidad que es la melancolía, o las fantasías que no llevan a ninguna parte! Nada de brisas, de playas y fotografías. Presente, presente, presente. Y planificar los días como los buenos profesionales. Esos que llevan traje y corbata de considerable impacto (hay muchos más que no llevan ni corbata ni traje, lo sé, pero no resultan tan lustrosos). Dejarme de fruslerías estéticas y vivir a pie de agenda, con intensidad y eficacia, con garra. Que no haya objetivo que se me resista. Fuerza, tesón, perseverancia. Dejarme de contemplaciones poéticas, de pamplinas en verso libre o rima. Ni siquiera una prosa ligera de retórica. Me dicen que la vida no admite estas debilidades. Que sí, que es todo muy bonito, pero que no sacas nada en limpio en el ir y venir de tantas palabras. Se valora la eficacia, el negocio, el movimiento constante. No mirar muy arriba ni muy adentro. Necesito una vida sin nubes y sin ventanas para ser un hombre serio, tal y como mandan los cánones modernos. Si es que quiero prosperar en algo... ¿O sigo igual y vuelvo a la nostalgia y a su espuma de luz y olas? A fin de cuentas no se me da muy bien ser tan práctico ni tan eficiente. Y el tiempo pasa, y el alma no se conforma con agendas y corbatas. Y me encanta bucear con unas pocas palabras en mi vida y sumergirme en el deslumbramiento de los días. A cada cual lo suyo.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Dentro de poco es su cumpleaños



Dentro de poco es su cumpleaños. Quedan seis días. ¿Qué hago? ¿Qué le regalo? Algunas pistas me ha dado ella, que es muy ducha en señales. Queriendo o sin querer. En una tienda se para de repente y señala como si nada una camisa, unos pendientes o una falda. Son unos ejemplos cualquiera. Un detalle que la sorprenda, signos bellos, ofrenda. Esa es mi intención. Pero ¿qué? Esas medias, ese sombrero años 20 que le sentaba tan bien, ese cinturón o esos zapatos con flecos y borlas. Los abanicos le gustan. Uno grande, decorado con alegres dibujos. ¿Y un bolso a juego con los zapatos? Puede que me exponga demasiado. Una película que le agrade y no tengamos en casa. No sé, Un hombre tranquilo o La Reina de África. Y una buena colonia de Lancôme o de Puig para rematar la faena. Quedan seis días. Desde luego un poema, o un texto en el que ella sienta que la quiero y que el regalo soy yo. Es difícil atinar con lo más adecuado. Pero es necesario. Ah, bueno, le tengo que regalar la tercera novela de Stieg Larsson. En ese caso, y para compensar, deberé acompañar el libro por otro que realmente valga la pena. Puede que Los Cuentos de la escritora canadiense Mavis Gallart sean mi mejor opción. Veremos. Le regalaría todo, sin medida. Todos los días del año, a todas horas. Porque estoy con ella, y es preciso celebrarlo siempre. Celebrar cada instante, juntos. Pedir un helado de leche merengada espolvoreado de caricias y canela, o una coca cola zero, y no dejar de mirarla. Tomar su mano e ir de escaparate en escaparate, entrar, aspirar los aromas, tocar los tejidos, tener paciencia... Dos o tres cosas. Escogidas. Ese debe de ser mi regalo. Envueltos con la pericia de unos besos. Dirá: “No hacía falta, no hacía falta”. Pero sí que hace falta. Sólo por ver su alma más alegre y sus ojos como bailan. En realidad es ella la que me regalará a mí, la que llegado ese día me abrazará y justificará por entero mi vida.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Un cura de pueblo



Hace poco un joven cura de pueblo (mejor dicho, de pueblos, porque atiende seis él solito), me decía que en el medio rural, y como esto siga así, los católicos acabarán yendo a misa una vez al mes como mucho, porque no se podrá llegar a más. Y eso sin contar los demás sacramentos y liturgias. Hacía referencia claro está a la carestía de vocaciones sacerdotales para atender a todos. Estos curas lo pasan mal, derrapando para poder llegar en punto a las campanadas de rigor, sacar el cáliz y las vinajeras, prender las velas y enfundarse alba, estola y casulla (cuando se la ponen). Ni tiempo para confesar un rato, si es que quedan confesionarios. Lo pasan mal en medio de no poca incomprensión y soledad. Lo pasan mal porque tienen poca complicidad por parte de la mayoría de nosotros: los laicos. Damos por hecho que allí están, que pase lo que pase siempre llegan. ¿Y cuando no lleguen? Hablamos con él a la salida. Don Jesús, se llama. Un buen nombre para su ministerio. Un tipo alto y fortachón, vestido con austeras sandalias, polo y pantalón estilo Coronel Tapioca. Sus ojos transmiten fe y cierta agitación interior. Se le hace tarde, se le hace tarde. Tiene que celebrar misa de 12’30 en otro pueblo y tiene que salir pitando. Yo creo que se ha fijado en nosotros, que le ha llamado la atención que nos arrodillemos y esas cosas. Choca. Lo de toda la vida de Dios choca, es ahora lo excepcional, lo extraordinario, lo raro. Incluso para los curas. Si haces una genuflexión delante del sagrario se te queda mirando el personal como si salieras de la edad Media. Lo normal es circular por el templo como si de un museo se tratara. O un mercado. Pasar por delante del altar sin ser conscientes de la presencia de Dios hecho hostia. En fin, un buen cura. Su prédica hablaba del Evangelio, sin petulancias ni absurdas disquisiciones, lo cual ya es mucho. El Evangelio, liso y laso: su entraña de amor que contagia, su apostolado, su mensaje de alegría y filiación divina. Y, decía, ¿queréis novena de la Virgen?, pues este cura no sabe si podrá venir. Os tendréis que arreglar vosotros. Y me pareció bien. Hay que espabilarse señores, queridos católicos; hay que comprometerse más allá de esas moneditas de cobre, de esas novenas y procesiones. Dijo más: esta vieja iglesia, por muy retablo barroco que tenga, sin vida de fe no es nada; esta iglesia debe renovarse con gente joven o acabará vacía. Y esa misión, ¿a quién le corresponde? ¿Al cura de turno en exclusiva? No parece. Nos dimos la mano. Cerró la iglesia y fuese. Un tipo feliz. Agotado pero feliz.

sábado, 5 de septiembre de 2009

La mesilla de noche


Estoy muy ilusionado. No, no me han subido el sueldo ni estoy concluyendo una novela. Ni siquiera un cuento (puede que un poema). Tampoco me he cambiado a un piso donde pueda caber toda mi biblioteca o me han concedido un premio por un artículo de esos que escribo a diario (que no estaría mal, ya puestos). Mi disfrute es más sencillo que todo eso. Mi mujer me ha regalado una mesilla de noche. No es de roble ni de caoba, ni siquiera de cerezo: es de madera prensada. Pero ella la ha pintado de blanco pureza y le ha puesto un vistoso tirador de porcelana con motivos vegetales. Suficiente. Y elegante. Un cajoncito y dos huecos para libros son una buena parte de mi felicidad estos días. Me conformo con poco. La miro y la remiro, con la mirada llena de los sauces del verano y de la superficie del agua. Los lomos de los libros le dan empaque, y colorido. Unamuno y Salinas. Y tumbados otros cuantos que no recuerdo. Pero aún queda espacio, que es la esperanza del bibliómano. De noche acaricio su lisa superficie de madera y huelo la pintura. Paso los dedos por sus aristas y me da por encender la luz de la lámpara. Para verlas durante un instante. A la mesilla, sí, pero sobre todo a mi mujer. Sus formas, su sorpresa… Esa materia que respira, esa alma que sueña.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Algunos pensamientos subrayados en últimas y penúltimas lecturas




“Aun después de mi muerte te amaré” (palabras de Violeta en el segundo acto de La Traviata, con música del maestro Verdi).


“Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera, se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando”. (San Lucas 4, 40).


“¿Qué sería la vida sin amigos, y sin las conversaciones con los amigos, y sin las risas y canciones con los amigos?”. (Las mil noches y una noche; noche 148, ‘La tortuga y el martín pescador’).


“Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra”. (San Josemaría Escrivá, Forja, nº 1005).


“Las crianzas acompañadas de buena educación / conducen en gran medida a la virtud, / y el sentir respeto es sabiduría”. (Eurípides, Ifigenia en Áulide).


“Amigo Dios, dadme que en lo interior os parezca hermoso, y que lo exterior se conforme y tenga amistad con lo interior”. (Supuesta plegaria de Platón, citada por fray Juan de los Ángeles).


“Cuando confronto mi vida cotidiana -lecturas, meditaciones, páginas de crítica, líneas añadidas a mi novela- con la vida real, con lo que sucede fuera de mi ventana, con lo que sucede implacablemente cerca y lejos de mí, no puedo evitar un sentimiento de angustia, de pesar, de (palabra horrible) descorazonamiento”. (La tentación del fracaso, de Julio Ramón Ribeyro).


“Liberándose de toda traba moral, no ha faltado quien ha soñado que se transformaba en hombre de Estado”. (Libro V de Memorias de ultratumba, de Chateaubriand).


“La acción más hermosa es la desinteresada”. (Las mil noches y una noche; noche 80; ‘Historia de la muerte del rey Omar Al-Nemán y las palabras admirables que la precedieron’).


“Hay que querer algo en este mundo, y consagrarse a ello. Somos lo que queremos. (…) Lo triste de la vida moderna es esta frase: to have a good time. Es decir sustituir un ideal, por unas miguitas de pequeños placeres casuales, que hoy nos vienen de un lado y mañana de otro…”. (Carta de Pedro Salinas a Katherine Whitmore; 17 de junio de 1938).


“Una vez más haciendo / planes para el pasado”. (Dos últimos versos del poema ‘Planes para el pasado’ del libro Sol de noviembre, de Miguel d’Ors).


“Es gran maestro el amor, sábese mucho más amando que revolviendo libros…”. (Diálogos de la conquista del Reino de Dios, de Fray Juan de los Ángeles).


“El amor a la belleza -a la verdad- no es tanto para hacerla, sino para darla, para enseñar a amarla, para educar al hombre hasta que él mismo sepa verla”. (Filocalía o Amor a la Belleza, de Pedro Antonio Urbina).


“Convertir las horas en trozos de eternidad”. (Cuadernos 1894-1945, de Paul Valéry).


“Todos van, todos saben… / Sólo yo no sé nada”. (Inicio de uno de los ‘Romances del camino’ del libro Cántico inútil, de Ernestina de Champourcin).


“No siempre teníamos dinero; pero cualquier tonto sabe que no se necesita dinero para disfrutar de la vida”. (La montaña de los siete círculos, de Thomas Merton).


“Me atormenta el interrogante de mi ‘vital necesidad’ de escribir. ¿Qué he de crear? ¿Qué? Es una pregunta que gira y gira”. (Sábado, 12 de noviembre de 1955. Diarios, de Alejandra Pizarnik).

jueves, 3 de septiembre de 2009

Rechazo de la política española


¿Es normal sentir rechazo por la política? Pues no lo sé. Supongo que entre unos y otros es lo que se están ganando a pulso. No hay quien los soporte. Asoman la geta por la pantalla de la televisión y te escabulles por otro canal o hacia otra estancia de la casa. Ni verles quieres. Harto de la misma monserga. El gobierno con sus insustancialidades y mentiras; la oposición con su sosería e inopia. Ni una página de prensa. No leo ni a los amigos. Siempre es lo mismo. ¿Qué vamos a decir? Infinitas variantes sobre la misma ineficacia. Ussía lo dejó nítido hace unos días: artículo en blanco. A imagen y semejanza de la mollera gubernamental. De verdad se lo digo: que no, que no aguanto esa bobería tan gazmoña, ese estúpido toma y daca, ese querer llevarnos al mismo huerto (un verdadero erial) y a la misma ruina. Sin un atisbo de ilusión, de chicha, de lucidez, de ideas. Medidas mentecatas, apariencias, nada. Eso es lo que hay. No los puedo ni ver. Y como resumen de su estancia en el poder suben los impuestos, en una medida muy original y creativa, el colmo de los colmos. Ya han dejado vacía la bolsa y nos quieren vender la burra. ¡Qué tíos! Un portento de gerencia estos socialistas. A los dos días te dejan en los huesos, tieso, y viviendo del paro, de la familia, de la caridad o de la picaresca. Los otros, en la derecha, ya digo, a la defensiva, enclaustrados en una insípida costumbre, en un sopor que no regenera ni media. Ya digo: huyo de la política española. Es zafia y mediocre, aburrida e ineficaz, aprovechada y desleal para con el currito. Es mezquina y torticera, sin estilo ni grandes ideales. Localista, autonomista, nacionalista, sindicalista, partidista... De todo menos patria. Sin vocación de altura. Chata, pegada a la subvención y a la demagogia. No quiero saber nada de ellos. Deprimen al más pintado y no me sobra el tiempo. Que los aguante su padre.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Vale, de acuerdo, ya estoy aquí



Está bien, está bien. Vale, de acuerdo, ya estoy aquí, ya he vuelto de mis vacaciones. Tampoco ha sido para tanto. Un mes de relajo. Un suspiro de nada, que acaba como empieza: aquí. Esta ciudad, esta casa. Abro las ventanas, enciendo el gas, contemplo los libros, riego las plantas… Las maletas se amontonan en la entrada. Cuesta abrirlas, tomar la iniciativa de volver a la rutina. No seré yo el primero en abrir estas maletas repletas de nostalgia y ropa sucia. Si se pudiera, si hubiera una mínima posibilidad de volver al color azul y a la rima de los sauces… Tomar el tren, regresar y extender la toalla sobre algunos días más. Sólo unos pocos. Los suficientes para acabar de leer Las mil noches y una noche (Cátedra) y La soledad de los números primos de Paolo Giordano (Salamandra); para terminar de escribir ese poema que nació cuando miraba el cielo un día de tormenta (llovía hace años y el agua bajaba tumultuosa por la calle de tierra); para escuchar de nuevo la música de Vanessa Mae, o a Sara Brightman cantando su Pie Iesu. Y el último, el último largo de piscina, los postreros sonidos del verano cuando emerges y sientes la congoja del tiempo y te dejas llevar… y rezas por la alegría de todos. Ya estoy aquí, ya las palabras se ponen en movimiento; y sacas la basura y abres el buzón y contestas al teléfono. Aunque todavía estés en otros paisajes y no creas que todo esto pueda estar pasando del todo.

martes, 1 de septiembre de 2009

Sé que me lees



Sé que me lees. Y me alegro. No lo digo por vanidad, más bien por cercanía. Es una manera de estar juntos, de hacer tuyas mis palabras, de hacer míos tus silencios. A veces pienso que de la escritura eso es lo que más me gusta: su ternura. Es algo casi físico. La capacidad de sentir un abrazo, o un beso, o un gemido, en la expresión de su ritmo. Al escribir estoy diciendo que estoy aquí, contigo. En tu aquí de lectora que espera un poco de cariño, un detalle de amor. Sin tiempo.
Las palabras que ahora escribo nos acercan, hablan entre ellas y nos ofrecen el don de su caricia. Estas palabras son la forma que tengo de mirarte. ¿No lo notas? Estoy en cada una de ellas. Léelas en voz alta y se obrará el prodigio. Su sonido se hará fuerte en tu alma, que las repetirá en silencio una vez y otra. Antídoto de toda tristeza.
Sé que me lees. Que me miras de manera distinta.