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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.
lunes 30 de noviembre de 2009
“El lamento del perezoso”, de Sam Savage
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Guillermo Urbizu
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domingo 29 de noviembre de 2009
Sol
Solaz del alma.
Luz, solana
en la terraza.
Belleza iluminada.
Incandescente soliloquio.
Solícito brillo
de la belleza.
Liturgia solemne
del cielo con su llama.
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Guillermo Urbizu
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sábado 28 de noviembre de 2009
Necesitamos curas que recen
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Guillermo Urbizu
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viernes 27 de noviembre de 2009
Podríamos callarnos un poquito
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jueves 26 de noviembre de 2009
Mi abuela Ana María y la vida interior
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Guillermo Urbizu
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miércoles 25 de noviembre de 2009
“¿Me amas?”
con parsimonia todas las mañanas, escojo
el champú adecuado y me lavo sin pensar en nada.
Sólo al cabo de una eternidad me vienes a la cabeza, Dios,
y me quedo a medias de una oración cualquiera,
pensando que tengo que plancharme una camisa
o qué pereza es la vida. A medias de Tu presencia,
pues me encandilan sus besos e imagino la belleza,
femenina y desnuda, tan hermosa...
Sólo rezo fantasías y esbozos de sueños.
A medias me quedo de Tu amor -¿me amas?-,
que celoso me reclama con ternura.
Y yo ni caso. Limpio el vaho del espejo
y sólo me veo a mí, día tras día. Yo,
el centro de un reflejo cada vez más viejo.
Me llamas… Y bostezo una jaculatoria
antes del primer bocado a la magdalena.
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Guillermo Urbizu
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martes 24 de noviembre de 2009
“Por qué creo”, de Vittorio Messori (con Andrea Tornielli)
Cuando un alma nos deja entrar en su interior sentimos que no somos tan distintas unas personas de otras. Sí, hay matices importantes desde luego, y la personalidad de cada uno condiciona la continua elección que nos propone la vida. (Podemos elegir, que es uno de los grandes misterios). Pero hay un fondo con el que te identificas. Tal vez por caminos distintos llegas a la misma convicción o anhelo. En Por qué creo, de Vittorio Messori (LibrosLibres) asistimos a una verdadera, consciente, íntima y voluntaria confesión. Su razón de vida se nos va exponiendo con claridad y contundencia. Y su razón de vida no es otra que el mismo Cristo. Messori nos cuenta de su conversión al catolicismo, de aquel primer y fundamental encuentro que tanto se resiste a ser expresado con palabras -desde el laicismo y hedonismo más rampante-, pero esa conversión es cosa de toda una vida, del día a día, sin desmayo ni vacaciones. Y lo abarca todo. La vida religiosa como totalidad, como coherencia, como santidad. En lo poco y en lo mucho. En el monasterio y en el ajetreo de la familia; en la calle y en la política; en el trabajo profesional de cada cual, "santificado y santificante". En Cristo y por Cristo.
El libro nos comunica la intimidad de la vida cristiana de Messori, con su piedad y particulares devociones. Pero también nos cuenta otras muchas cosas, como bien podría esperarse de una personalidad tan rica como la suya. Sus inquietudes, esperanzas, análisis, libros… Libros y más libros. Siempre presentes. Propios y ajenos. Lector atento y apasionado. Estudioso concienzudo. El libro es una autobiografía en toda regla. La forma dialogada la dota de dinamismo, pero también de una mayor confidencia. Messori nos habla de él, pero a su vez es como si asumiera la socrática mayéutica para que nosotros, los lectores, vayamos también descubriendo nuestras propias dudas, desmayos y verdades. Ya en el año 1997 publicó un libro que complementa a éste que llevamos entre manos: Algunas razones para creer, que en España apareció en el 2000 en Planeta Testimonio, y de la mano también de Alex Rosal, que por entonces dirigía aquella colección.
Vittorio Messori tiene un don especial para llegar a la gente. A los cultos y a los menos cultos. Y más cuando se trata de libros como estos, de carácter oral, en los que predominan una naturalidad e inmediatez que te parece que eres tú mismo el que estás hablando con él. Esa cercanía, ese de tú a tú, es impagable. Y así vamos escuchando, más que leyendo. Y no son pocas las ocasiones en que nos gustaría meter baza y comentar algo. Por qué creo es autobiografía del alma (que nos hace desear unas memorias en toda regla, aunque a él no le guste la idea), pero también un lúcido análisis intelectual de la condición cristiana. Con multitud de avatares en los que nos vemos involucrados. Hay naturalidad expositiva como he dicho antes. Eso no quita que la erudición aparezca, porque en él la cultura, las lecturas, el estudio, es algo muy vivido. Las citas son como acentos que remarcan o subrayan la vida. Por ejemplo ésta tan preciosa del “comecuras” Víctor Hugo: “Para divisar a Dios, el ojo necesita a menudo la lente de las lágrimas”. Y aparecen también -¡qué gratísima sorpresa!- “los extraordinarios aforismos de Gómez Dávila”. Y constantemente su amado Blaise Pascal, “aquel a quien debo, no mi fe -ya que ésta sólo Dios puede darla-, pero sí la comprensión de su dinámica y el más eficaz bagaje de pruebas”. (Sugiero la edición de Cátedra de los Pensamientos del escritor francés).
El reconocimiento explícito del don de la gracia es el estribillo de todas estas páginas. Sobre todo teniendo en cuenta que es la primera vez que cuenta -es la gran exclusiva- qué ocurrió en y durante su conversión. Y vas leyendo y tomando notas. Y te parece escuchar a Cristo: “¿Me amas?”. Sin querer rezas, vibras y pides de nuevo perdón mientras lees. Y Messori es una buena fuente de ideas a las que dar vueltas. Una que me viene a la cabeza es cuando dice que “es ilusorio pensar que, si existen ‘vicios privados’, se puedan ejercer, en cambio, las ‘virtudes públicas’”. Algo tan actual, tan de siempre. Es decir, la coherencia de vida.
Le comenta a su entrevistador, o a cada uno de nosotros, sus lectores: “El sentido de este diálogo nuestro podría ser el intento de entender por qué un hombre posmoderno puede llegar a decir, con humildad y a la vez sin dudas: ‘Aprieta el gatillo, pero no puedo renegar de mi fe por una razón simple, pero para mí irrefutable: porque es verdadera…’”. Desde luego no se anda con chiquitas ni con medias tintas. La fe exige una completa entrega, una confianza absoluta en la Providencia ordinaria de Dios. Y este libro lo atestigua, en la brega de un hombre -periodista para más señas- enamorado de Cristo.
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Guillermo Urbizu
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lunes 23 de noviembre de 2009
“Las aventuras del caballero Trenk”, de Kirsten Boie
Uno crece, pero el corazón cada vez añora más la niñez y primera juventud. En el fondo es por eso que leemos. Es una búsqueda constante de certezas, de cariño y de acción. Leemos porque no queremos dejar de soñar, y queremos volver a escuchar aquella voz y empuñar la espada de nuevo y cabalgar sin descanso hasta el mismo centro del alma. Leemos porque estamos desvalidos ante tantos peligros como acechan nuestros días -ahí fuera sigue todo demasiado inhóspito y sombrío-, y necesitamos volver a contemplar la felicidad como en realidad es. Por eso leemos. Para ser valientes de una maldita vez y enfrentarnos al dragón que ruge en nuestro interior.
Me gusta alternar muchos tipos de libros. Y no dejo de leer títulos que supuestamente van dirigidos a los más jóvenes, pero que bien pueden ser para las buenas gentes de cualquier edad. Y si uno tiene hijos pequeños o no tan pequeños la oportunidad es mayor. Y el solaz. Te das cuenta, en definitiva, que eres el que eras y que si te desprendes de todas esas pamplinas de adulto que tanta consideración merecen, descubres todavía a ese chaval estupendo y un tanto ingenuo y larguirucho que quería cambiar el mundo. Leyendo Las aventuras del caballero Trenk, de la escritora alemana Kirsten Boie (Salamandra) te das cuenta de esto y de mucho más. Según leía hubiera dado cualquier cosa para que este cuento fuera uno de los que me hubiera contado mi madre. Trenk de los Milgolpes es un chaval feliz, pese a las dificultades de su familia. Son muy pobres y están al servicio del malvado Wertolt el Cruel (que necesita un repaso pero que tampoco es tan malvado). Trenk es valiente y tiene un gran sentido de la justicia. Sueña con cambiar las cosas. Y como está dentro de un cuento muy bien pensado, acabará por conseguirlo.
Trenk se rebela. Quiere demasiado a su familia como para dejar que siga todo igual. Es valiente, no se arredra ante nada ni nadie. Quiere ir a la ciudad y, no se sabe muy bien cómo, acabar siendo un caballero como Dios manda, y enfrentarse al dragón del miedo y hacer de su mundo un mundo mucho mejor. Sin tanta pobreza ni tanto pánico. Pero en los cuentos, como en los sueños, todo es posible y acaba bien (si es que la persona que lo escribe es competente y no aguafiestas). No es cosa de poca monta los amigos que nuestro héroe va haciendo, de los que aprende un montón; y sobre todo el haber conocido a una chica estupenda -un tanto chicazo en apariencia pero más dulce de lo que se piensa- llamada Thekla de Granhonor, que maneja el tirachinas como nadie. Trenk se ruboriza y siente ese cosquilleo tan especial que nos gusta sentir a todos. Por lo menos una vez en la vida. Para que dure hasta el final del cuento y más allá. Porque esto de los cuentos no termina cuando cerramos el libro. ¡Qué va! Hay personas que no se enteran, o no quieren enterarse. Total, que merece la pena conocer las aventuras de Trenk. La escritora cumple, hace bien su trabajo (acompañado el texto de unas ilustraciones preciosas de Bárbara Scholz). Hoy más que nunca necesitamos caballeros competentes y buenos como Trenk y su descendencia. Lo digo porque sigue habiendo mucha pobreza y necesidad de justicia.
El libro Las aventuras del caballero Trenk es formidable. Desde los 10 años en adelante bien se puede leer. Yo tengo 46 y me lo he pasado fenómeno, sin contar todo que he aprendido, para intentar poner remedio a las cosas que vienen mal dadas. Porque dragones hay a montones. Todos los días en el periódico te encuentras unos cuantos de la peor calaña. ¿O no?
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Guillermo Urbizu
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domingo 22 de noviembre de 2009
El jarrón de Praga
sobre el tapete de encaje
que teje minuciosa la memoria,
estaba su origen y materia: cristal de Bohemia.
Traslúcida y frágil filigrana,
envergadura de la vida y del arte.
Miraba a su través: caleidoscopio de figuras
talladas por la luz con destreza.
Y dentro del vidrio yo veía
unas pequeñas burbujas de aire.
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Guillermo Urbizu
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sábado 21 de noviembre de 2009
Análisis y comentario del libro “Tríptico romano”, de Juan Pablo II el Grande (y II)
El lenguaje tiene sus fronteras, por si solo no puede significarnos. Su imperfección linda con aquello que resulta ser infinito, en una desproporción tal que puede ocasionar en el poeta cierta parálisis creativa. “Pero es decisivo que el lenguaje -dirá Steiner en su obra Lenguaje y silencio- tenga sus fronteras (…), que dan prueba de una presencia trascendente en la fábrica del universo. Por no poder ir más lejos, porque el habla nos defrauda tan maravillosamente, experimentamos la certidumbre de un significado divino que nos supera y nos envuelve. Lo que está más allá de la palabra del hombre nos habla elocuentemente de Dios. (…) Donde cesa la palabra del poeta comienza una gran luz”. Hay una muda melodía que nos lleva a pie de página y desde allí nos hace contemplar una visión. La metáfora es precisamente el instrumento del que se sirve el poeta para que lo invisible pueda intuirse, el bisturí capaz de alumbrar un significado completamente nuevo. Cada imagen dota al poema de un conjunto de signos que van mucho más allá de la fonética y de la sintaxis. Se trata de una semántica que es ya experiencia metafísica, visión, profecía. El poeta toma conciencia de la fragilidad del lenguaje, penetrando en un dominio en el que el propio lenguaje -como muy bien observa Jean Baruzi- aparece como un extraño.
“En el umbral de la Capilla Sextina”. “Meditaciones sobre el libro del Génesis en el umbral de la Capilla sextina” -segundo capítulo de Tríptico romano-, está divido en cuatro partes muy significativas, que son a la vez confidencia y meditación. “Primer vidente”, “Imagen y semejanza”, “Presacramento” y “Juicio”. Por si solos estos títulos son imagen de un contexto bíblico, de una realidad íntimamente ligada a una fenomenología de carácter religioso. Todo ello acompasado en un ritmo versicular y metafísico, que procuran al poema una densidad (pre)meditada, una nostalgia de los grandes anhelos del espíritu y del corazón. Cada verso tiene la impronta de una experiencia interior: es relectura, diálogo, interrogante. Las imágenes que intentan aprehender lo inefable -“el Libro espera la imagen”, dirá-, se suceden con la precisión y pasión que caracterizan a todo gran poeta. La obra de arte es génesis y cifra de una verdadera liberación, de una revolución que es revelación.
En “Primer vidente” se refiere a Dios como primer Poeta, como primer Artista. Los videntes son los poetas, los artistas de todos los tiempos, a quienes Juan Pablo II invocará en el verso 32 del poema como testigos de su anhelo, de su amor a Dios, de la salvación del mundo. Las imágenes de este proceso de conocimiento de lo inefable se suceden, son el estribillo de un canto que es encarnadura de lo infinito: “espacio inexpresable”, “verdadero, bueno y bello”, “Verbo eterno”, “umbral invisible”, “umbral del Libro”, “desde el asombro hasta el asombro”… En el poema “Imagen y semejanza”: “El principio es invisible”, “el final es invisible”, “espacio de la existencia”, “verdaderos y transparentes”… Juan Pablo II tiene la audacia de considerar la obra de arte como presacramento -“lo invisible se expresa en lo visible”-, como antesala de la más perfecta común unión (comunión) con Dios. En el poema “Presacramento” más imágenes, en este gradual desvelamiento de lo inefable: “Indecible”, “plenitud de la verdad, del bien y de la belleza”… En el poema “Juicio”: “cumbre de la transparencia”, “el Principio y el Final”… En Miguel Angel el poeta cifra la santidad de la belleza, y en su Juicio Final toda la magnitud de lo que muy bien se podría llamar Poética de la salvación. Por ello Juan Pablo II lo pone de testigo: porque en el umbral de la muerte, que es nuestra Vida, debemos aprender a interpretar los signos que nos ofrecen los poetas (debe recordarse que Miguel Ángel también lo fue), los artistas; aquellas almas que en su visión dan fe del sentido sobrenatural de nuestra existencia.
Es muy importante señalar también la continua y fecunda intertextualidad de las Sagradas Escrituras en Tríptico romano. Son constante referencia -vida de la vida del poeta-, cuando no trampolín que impulsa hacia el Origen, y vertebración de todo el libro. Un libro de poesía que no deja de ser -al igual que el Juicio Final de Miguel Ángel- una maravillosa catequesis y un asombroso testamento espiritual. La Palabra, una vez más, resucita en nosotros (humildes lectores) el íntimo gozo de vivir en profundidad, con todas sus consecuencias.
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Guillermo Urbizu
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viernes 20 de noviembre de 2009
Análisis y comentario del libro “Tríptico romano”, de Juan Pablo II el Grande (I)
Dostoievsky, El idiota
(citado por J.P.II en su Carta a los Artistas)
Poética, misterio y lenguaje. Lo inefable ronda al ser humano desde sus comienzos, desde que el amor engendra su entidad, desde el nacimiento a una luz que es preludio e imagen de otro fulgor mucho más necesario e interior. El misterio es parte de nosotros mismos (el poeta Rilke pensaba que no podíamos vivir sin ellos), es la piedra angular donde se asienta el sentido y el temblor de una vida que anhela lo absoluto. ¿Qué misterio mayor, por ejemplo, que el de nuestra libertad? La inteligencia persigue, a lo largo y ancho del tiempo, diversas pistas e indicios que sugieren una pronta pero siempre insuficiente solución; y la voluntad es la gimnasia espiritual que dota de musculatura a una comprensión que vacila innumerables veces en el vértigo de una existencia que sabemos frágil e incompleta. Por lo tanto el hombre necesita algo más, necesita hacerse con la clave que descifre el enigma, el misterio de tanta inquietud en medio de un mundo enloquecido por la oquedad de tantas y tantas palabras. Ése “algo más” es el núcleo que nos impulsa e interesa, que nos lleva a contemplar las cosas con mirada nueva, con mirada de artista.
Sin embargo, ¿cómo expresar lo inefable, lo indecible, lo invisible? ¿Cómo aprehender la armonía que hace de cada hombre un ser único e irrepetible? ¿Cómo creer en la belleza, en el bien, en la verdad, cuando el hombre ha perdido -o se desentiende- no ya una fe sobrenatural si no incluso la fe en sí mismo? Asistimos pues al profundo misterio de la Poesía (que no deja de ser un atisbo de la fe), al necesario alumbramiento de lo insondable a través del instrumento que es el lenguaje. “No es la Poesía simple y adventicio adorno de la realidad de verdad -decía Heidegger-, ni transitoria exaltación espiritual, entusiasmo o entretenimiento. La Poesía es el fundamento y soporte de la historia”. (La cursiva corre de mi cuenta).
Dios le dijo a Adán que pusiera nombre a los animales (Gen.2, 19-20), y desde entonces no hacemos si no eso: nombrar, desvelar el sentido, ensamblar sentimientos, que diría Antonio Machado. El lenguaje crea, es “imagen y semejanza” del poder creador de Dios, del Verbo. En él expresamos el candente impresionismo del alma y buscamos con apasionado celo una cierta redención. El lenguaje está preñado de esperanza, de ternura, pero también de dolor. En sí mismo su trazo es un laberinto que necesita del hilo de Ariadna que es la oración, para llegar al centro de nosotros mismos y anular así el yo, ese peligroso y muchas veces sórdido Minotauro que nos quiere arrebatar lo más preciado y mejor. Juan Pablo II entendió muy bien todo esto, y supo que el lenguaje es un don para el conocimiento, para el escrutinio de una verdad que permanece demasiadas veces oculta en el torbellino de lo absurdo y del griterío. Su poética -el criterio que rige sus versos- es diáfano: el hombre debe aprender de nuevo a ser humano. Sólo así aprenderá a valorar lo divino. Dirá en su brillante Carta a los Artistas: “La belleza es cifra del misterio y llamada a lo trascendente. Es invitación a gustar la vida y a soñar el futuro”. Toda su obra tiene así una radical coherencia moral, una ontología positiva que cartografía las fuentes de una renovación, de un continuo asombro que se manifiesta en evidente trascendencia estética que sublima lo cotidiano, lo poco, y hasta lo más vulgar.
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jueves 19 de noviembre de 2009
En el parque (reencuentro)
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miércoles 18 de noviembre de 2009
Ricardo de la Cierva, un maestro
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martes 17 de noviembre de 2009
Que no me quiten el otoño de mi calle
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lunes 16 de noviembre de 2009
Familia y más familia, ¿de qué otra cosa puedo hablar?
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domingo 15 de noviembre de 2009
Palabras y más palabras
Una palabra. Y otra.
Y otra más (poca cosa).
Hasta dar en el sentido
de una frase, de un significado, de un ritmo.
Quizá sea la memoria de un olvido
o el principio de un atisbo.
Una frase. Y otra.
Y otra más (nada
del otro mundo, ya digo).
Un párrafo, una luz, un himno.
La página en silencio
y la vida con su pesar, con su ruido.
Palabras y más palabras.
Es la partitura del alma: cántico
del amor, literatura
donde todo lo que era es
para siempre distinto.
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sábado 14 de noviembre de 2009
Entrevista a mi hijo Juan, de 11 años
- Buenos días Juan, aprovechando que estás malo y te duele un poco el estómago, ¿serías tan amable de responder a algunas cuestiones?
- Vale, dispara.
- Juan, ¿crees que la vida puede ser maravillosa?
- Sí, mmmmm, sí.
- ¿Podrías precisarlo un poco más?
- Pues ni idea… Bueno yo me lo paso bomba.
- ¿Qué es lo que más te gusta de tu vida?
- No sé papá. Todo. Menos comer canelones claro.
- ¿Llevas bien lo de ser el hermano pequeño?
- No mucho, resulta un poco coñazo (sic).
- ¡Ese vocabulario niño! Pero también recibes un montón de mimos.
- Bah, depende.
- ¿Qué prefieres un cómic o un juego de ordenador?
- Un juego de ordenador.
- ¿Por encima de Astérix, La Masa o Lucky Lucke?
- Sí. Pero el juego de ordenador tiene que ser chulo.
- ¿Qué quiere decir que sea chulo?
- Que sea de guerras, de lucha y de metralletas.
- ¿Tu película favorita?
- Windtalkers y Matar a un ruiseñor.
- ¿Tu libro favorito?
- Todos los de Geronimo Stilton.
- ¿Te parece un rollo leer?
- No.
- ¿Cuándo lees mejor?
- Cuando no tengo nada que hacer.
- ¿Para qué te parece que sirve un libro?
- Pues a veces aprendes palabras nuevas y porque así estudias más rápido, tienes más capacidad y porque me lo paso bien.
- ¿Qué te gustaría ser de mayor?
- Profesor.
- ¿De alguna asignatura en especial?
- De todas, menos de inglés y de francés.
- Oye, ¿qué piensas del aborto?
- Que es una mierda porque matan niños inocentes.
- ¿Qué son los políticos para ti?
- No me hagas esa pregunta papá.
- Eres listo. ¿Tú rezas?
- Sí, claro.
- ¿Para que rezas?
- Para pedir por cosas importantes.
- ¿Por ejemplo?
- Por mis abuelos.
- ¿Te gustaría ver a Dios?
- Sí.
- ¿Qué le dirías?
- Pues no sé, le preguntaría cuantos años voy a vivir.
- ¿No te daría miedo que te dijera pocos años?
- No, Dios es guay, rezaría más y punto.
- ¿Los padres somos muy pesados?
- Desde luego, sobre todo las madres.
- ¿Tienes ganas de ser mayor?
- A mí déjame jugar.
- ¿De qué tienes miedo?
- De la oscuridad.
- ¿Qué es lo que más alegría te produce?
- Estar con mi familia.
Ha sido un placer dialogar contigo. Ahora ve a jugar que mientras tanto yo voy a leer. La vida es maravillosa con hijos como tú.
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viernes 13 de noviembre de 2009
El crujido del tiempo
y se despierta en su viejo sonido
la conciencia de los sueños.
Bisabuelos que en la noche oscura del cuerpo
se agarraban a él y se amaban
en un dulce tacto de cerezo.
Ahora es blanco su recuerdo (un blanco envejecido)
y estoy yo aquí, que fuí su sueño, no ellos.
Amo, y me sujeto con fuerza
a la madera torneada por generaciones
de ternura. Siento sus caricias
y el aroma tibio que germina en el tiempo.
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jueves 12 de noviembre de 2009
“Las hijas del frío”, de Camilla Läckberg (y demás novelas de la serie)
Y comencé a leer La princesa de hielo. Alexandra era guapa y sofisticada. Nacida en Fjällbacka no tardó en salir de allí, donde casi nada es lo que parece. Estudió historia del arte y acabó por abrir, junto a una amiga, una galería de arte. Se casó, pero las cosas no iban muy bien, pese al desahogo económico y todo tipo de lujos. El estereotipo es claro: el dinero no da la felicidad. De cuando en cuando volvía a su pueblo, a su casa. La gente hablaba, y nunca para bien, como es previsible. Hasta que un día la encontraron muerta en la bañera. Y es ahí cuando conocemos a la que fue su amiga en la niñez, la escritora de biografías Erica Falck, y un poco más tarde al detective Patrik Hedström, que se encarga del caso. Y ellos dos asimismo se conocen… Demasiados cabos sueltos, demasiadas sombras. Y poco a poco la intriga va tejiendo la trama. Y junto a ello la autora nos va detallando la cotidianidad del pueblo y el perfil de los personajes. Este es uno de sus puntos fuertes. El suspense tiene el contrapunto de los sentimientos de unos y de otros (amigos, familiares, vecinos o compañeros de trabajo), dentro de una realidad social donde el frío es sobre todo moral. Y esas sombras siempre tienen algo que ver con un pasado desde donde sigue germinando el mal (esto es una constante en sus novelas, al menos en las tres por ahora traducidas, de las siete que hasta ahora ha escrito).
Es sintomático el título de la segunda novela: Los gritos del pasado. Aparece asesinada una joven. Debajo de ella los restos de dos esqueletos de otras dos chicas. Al poco tiempo otra desaparece. El miedo se extiende y el trabajo es contra reloj. La investigación sigue su curso. Familias que no se hablan. Oscuros motivos, venganza, odio. Dios como negocio. Al mismo tiempo el amor de Erica y Patrick que sigue su curso, los problemas de Anna -la hermana de Erica- en su matrimonio (maltratada físicamente y anulada psicológicamente), los avatares de la comisaría, etc. Los textos se suceden a un ritmo muy eficaz narrativamente a base de breves capítulos, saltando de una escena a otra y de unos personajes a otros, creando así una innegable dependencia lectora, que no puede desasirse de la acción, de la trama y subtramas, de todo aquello que está por venir, de cual será el final de todo este drama.
La escritora persigue los motivos del asesino cuidando mucho las circunstancias y la descripción de los detalles. Y es así como en una semana ya estoy casi terminando la tercera novela: Las hijas del frío. Un pescador de langostas va subiendo hacia la superficie una de las cubetas dejadas en el fondo. Pesa. Un buen día, desde luego. Pero la sorpresa es mayúscula cuando una blanca mano asoma en el agua. Es el cadáver de una niña. “Frans Bengtsson se asomó por la borda y vomitó”. Era Sara. ¿Accidente? Todo parece indicar que es así. Pero la autopsia indica que no. Agua dulce y restos de una extraña ceniza en los pulmones. Los más cercanos a Sara son un cúmulo de sorpresas. Y de por medio la maternidad de Erica (compañera del policía Hedström) y el sacrificio que conlleva, y su amistad con la madre de la niña asesinada. Al mismo tiempo se nos evoca la historia de Agnes, desde 1923 -con el recurso de la retrospección, analepsis o flashback-, y su cúmulo de desgracias, egoísmos y tragedias. Todo converge en el presente, en un desenlace de lo más inesperado, como corresponde a este tipo de novelas. Para satisfacción del lector, como es lógico.
Al igual que en Stieg Larsson y Asa Larsson hay en Camilla Läckberg (por la que muestro mis preferencias) algo que da mucho que pensar, y es la sociedad que refleja. Una sociedad vacía, des-moralizada. Porque también hay aquí un retrato moral y social y una constante denuncia: por ejemplo de la hipocresía. Todo el mundo es muy respetuoso y educado, pero el trasfondo es triste, amargo. No es que estemos ante una literatura “de mensaje”, pero la ficción está construida sobre la realidad, sobre el entramado de problemas, como digo, morales y sociales. Y uno se estremece. ¿Somos así? ¿Estamos en camino de serlo?
Sinceramente: he disfrutado. Para el próximo mes de mayo la editorial Maeva tiene prevista la publicación de la cuarta novela. Se nos va a hacer muy largo.
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miércoles 11 de noviembre de 2009
Historia de las ocasiones perdidas
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martes 10 de noviembre de 2009
Se abandona la felicidad
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lunes 9 de noviembre de 2009
Incompetencia gubernamental
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domingo 8 de noviembre de 2009
Madre Teresa. “La alegría de amar (pensamientos para cada día)”
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sábado 7 de noviembre de 2009
¿Dónde está nuestro corazón?
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viernes 6 de noviembre de 2009
Idea
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jueves 5 de noviembre de 2009
Aparto un poco la cortina
Veo otras cortinas en otras ventanas.
Fachadas, tejados, chimeneas.
Una anciana se cruza de brazos en su vida.
Observa las correrías de unos gatos. O de los años.
Y yo pienso en su infancia, llena de muñecas.
O tal vez no, y sólo tenía príncipes y princesas imaginarios.
Y unas cajas del mercado, donde jugaba
que vivía y esperaba a un soldado muy guapo.
Cada ventana es un poema. Y una espera.
Vidas ocultas tras las cortinas. Actos. Familias
o la soledad de los días en la cocina.
Un poco de sol ilumina los tejados.
Y los pájaros inmóviles en las antenas,
y el humo de las chimeneas que se difumina
en la memoria o en los sueños que nunca soñamos.
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miércoles 4 de noviembre de 2009
Vivo rodeado de libros, ¿qué mejor deleite?
Mientras por competir con tu cabello
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:
goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente
no solo en plata o víola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
Libros. Rodeado por ellos. Tan queridos, siempre tan pocos aunque sean cientos o millares. Libros que abro con delectación y leo con más fruición si cabe. Bellos objetos de contenido intemporal, que no se acaban en las páginas ni en las palabras impresas. Libros. Siempre nuevos aunque sean viejos. Novedades del alma. Oraciones, caminos, esplendores, celosías, aliento. Silencios, que es cuando descansan los ojos y se despliega el corazón o el pensamiento. El tacto de los libros, la seguridad que procura su presencia. Mientras sigo leyendo a Luis de Góngora.
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Guillermo Urbizu
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martes 3 de noviembre de 2009
La niebla, la literatura y el otoño
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Guillermo Urbizu
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lunes 2 de noviembre de 2009
“Tal vez soñar”, de José Ramón Ayllón
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Guillermo Urbizu
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domingo 1 de noviembre de 2009
El armario
Ese armario guardaba mi ropa
cuando tenía quince años.
Al abrirlo me sorprende que esté vacío,
que no haya nada.
Sólo lleno de un tiempo
pasado de moda.
¡Cuánto polvo, cuánta rabia!
Cada mañana lo abría y buscaba
una camisa a juego con el día.
No es nostalgia, es otra cosa
distinta, algo parecido
a la impotencia, no sé.
Abro los cajones y me encaramo
al altillo donde guardaba el tabaco
o aquella pipa que compré
para parecer mayor o más sabio.
No hay nada,
salvo estas vetas de tiempo en la madera
o los tiradores dorados.
Y acarició la superficie de los años
en su bello barniz de vida.
Publicado por
Guillermo Urbizu
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