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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




lunes, 29 de marzo de 2010

“La hora 25”, de Constantin Virgil Gheorghiou



(El sentido de la vida es absolutamente individual)


El autor de esta magnífica novela es un sacerdote ortodoxo, testigo del horror que se abatió durante toda la segunda mitad del siglo XX, un horror que ya antes había tenido su bautismo de sangre y de caústica (de)generación durante la I Guerra Mundial y la Guerra Civil Española. El hombre dejó de ser individuo para ser un engranaje más en la maquinaria bélica, propagandística o de pecado. Como se apunta en La hora 25 (El buey mudo): “Los seres humanos que no eran culpables de nada, podían ser detenidos legalmente, torturados, despojados y exterminados”. Desde la perspectiva y el dramático peregrinaje por media Europa del agricultor Iohann Moritz (el hombre más pobre de Fantana, un pueblecito de Rumania, que se ve ocupada por el ejército nazi primero y luego por las hordas bolcheviques) se nos va relatando la historia de un sufrimiento que parece no tener fin. El piadoso y culto sacerdote ortodoxo del pueblo, Alexandru Koruga, y su hijo, el novelista Traian Koruga, y luego su mujer, la periodista Eleonora West (mujer de raza judía) serán los principales ejes sobre los que se vertebre toda la historia.

Una historia cargada de honda reflexión, de indagación en el ser humano. Una historia sobre el dolor y su redención por el amor. Una historia sobre la deshumanización: “El primer síntoma de esa deshumanización es el desprecio al ser humano”. Una historia sobre la orfandad de millones de almas. “La sociedad técnica puede crear la comodidad. Pero no puede crear el espíritu”. Una historia donde también se apunta la esperanza: “(…) Ese derrumbamiento de la sociedad técnica irá seguido del renacimiento de los valores humanos y espirituales. La gran luz se proyectará sin duda desde el Oriente”. Al individuo se le desgaja de su dignidad, de su pudor, de sus derechos, de su familia. El cuerpo gime, como gime el alma.

La novela es muy rica en jugosos diálogos, en conversaciones donde podemos leer verdaderos monólogos interiores o plegarias (ver la de Traian Koruga en la página 324). Por ellos fluye la conciencia, la inteligencia y los sentimientos del autor. Por ejemplo en boca de Nora West: “Los intereses de la sociedad occidental no son los de los hombres. Al contrario. En la Sociedad técnica occidental los hombres viven como los primeros cristianos, en las catacumbas, en las cárceles, en los guetos, al margen de la vida”. O en boca del conde Bartholy (un personaje marginal): “(…) Sólo por el respeto que sentía a esos tres símbolos: el hombre, la belleza y el derecho, pudo nuestra cultura occidental llegar a ser lo que fue. Sin embargo, ahora acaba de perder la parte más preciosa de su herencia: el amor y el respeto del hombre. Sin ese amor y ese respeto, la cultura occidental habrá dejado de existir. Habrá muerto”.

La novela tiene un evidente trasfondo religioso y de esperanza. "Al final, Dios -dirá el padre Koruga, el párroco ortodoxo de Fontana- se apiadará del hombre, como ha hecho ya tantas veces". La novela es el resultado de una inquietud y de una lucha. Es preciso denunciar esta desespiritualización descarnada del hombre (vigente aún en tantos y tantos lugares), es preciso reivindicar a Dios y todo lo que ello significa. Es preciso mostrar lo que supone vivir de espaldas a la dignidad que nos identifica. La aventura de esta novela, tan dura como entrañable, es la aventura de muchos que fueron, y de otros que hoy -en otras circunstancias de dolor- todavía son. ¿Aventuras? Dice Traian Koruga: “La mayoría de los hombres de este mundo no son aventureros. Y, sin embargo, todos se verán obligados a vivir aventuras como no las podría imaginar ningún escritor de novelas sensacionales”.

La hora 25 es una novela que quiere escribir –y de hecho se va escribiendo durante nuestra lectura- el personaje Traian Koruga. “No es la última hora, sino una hora después”. Es nuestra hora, la hora en la que la civilización occidental se lo está jugando el todo por el todo. Pero puede que ya sea demasiado tarde. “Es la hora veinticinco. La hora demasiado tardía para ser salvado, para morir y también para vivir. Una hora tardía para todo”. Pero tanto dolor no ha sido en vano, no puede ser en vano. Y Nora West -su mujer- toma el relevo y sigue escribiendo la novela, esa historia que hace mucho tiempo dejó de ser ficción.

Este libro tuvo su cierto reconocimiento durante los últimos años 60 y principios de los 70. Y sobre todo a raíz de la película dirigida por Henri Verneuil (1967), e interpretada por Anthony Quinn y Virna Lisi. Ahora la editorial "El buey mudo" la incorpora a su catálogo con buen tino, con la confianza de que nuevos lectores -ojalá sean abundantes- descubran su gran calidad literaria, y su indiscutible vigencia.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Puede que lea esta novela durante la Semana Santa.

Anónimo dijo...

La película es muy bonita...y el final también. La novela no la he leído, pero lo haré, ya se sabe que generalmente las películas van por detras de las novelas.

Anónimo dijo...

Puede que también estemos vivendo nosotros ahora la hora 25, la de la verdad.
Hay que rebelarse de un apuñetera vez. Todos estos nos llevan al infierno de cabeza.
Jordi.

Anónimo dijo...

El siglo XX fue un sacrilegio, un dominio constante de Satanás. Sin embargo, nunca ha habido más santos y más mártires, más personas que han vivido de su fe.

Anónimo dijo...

El siglo XX fue muy negro, pero de esa negrura surgió una luz como en ninguna otra época.

Gustav Becker dijo...

Leí la novela hace más de veinte años, en el poniente de mi adolescencia. Me marcó profundamente. Es la única novela que he leído en varias ocasiones y me ha hecho reflexionar bastante sobre lo trascendente de cualquier ser humano en una Historia que parece ser hecha solo para los más poderosos

Gustav Becker dijo...

Ha sido una novela fundamental en mi vida. La leí todavía siendo casi un adolescente y me marcó profundamente.