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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.


jueves 6 de mayo de 2010

Lo que deberíamos tener en cuenta los maridos


Misterio de misterios, pensarán algunos. Un enjambre de palabras, terciarán otros. Una manera de pasar la vida o de encauzar el sexo. Una costumbre como otra cualquiera. No entender casi nada o desesperarse. Y así hasta el hartazgo. Porque por regla general el concepto en el que el hombre tiene a la mujer es bastante precario, cuando no primario. Se habla mucho de Venus y de Marte, se escriben mil libros explicando lo evidente, y en otros mil foros se glosan sus tribulaciones feministas. Pero la mujer es mucho más que toda esa rancia habladuría que tiende al reduccionismo espiritual.

Siempre me he hecho la pregunta del millón: ¿qué piensan realmente las mujeres? Empecé a atisbar algo después de casarme. ¡Ay, la experiencia de los años! Y confieso que la literatura me ha entreabierto resquicios muy sugerentes. Pero debo decir que desde que comencé a escribir, las constantes observaciones de las lectoras me han hecho abrir definitivamente los ojos.

Me explico. Queridos amigos, ¿se han preguntado alguna vez si sus mujeres sufren? Todos sufrimos se me argüirá con razón. El mundo es un valle de lágrimas y tal. Tendré que ir al grano de una constatación: ellas sufren más porque aman más. Sí, ya sé que las generalizaciones son injustas y que este tipo de aseveraciones son demasiado rotundas. Pero me mantengo en lo dicho. La clave la encontré hace tiempo en unos versos de Lord Byron: “El amor en la vida del hombre, es un episodio. / En la mujer es toda la existencia.”

Fíjense bien, con atención, y sean sinceros consigo mismos. Por regla general las mujeres no piensan si no en complacer a los que les rodean, ¿no es así? Siendo capaces de sacrificios enormes, de aguantar lo inaguantable (reconozcamos que los hombres no somos ninguna perita en dulce). Viven la vida de los demás, no la suya. Mientras los hombres por ejemplo desvariamos egoístas en el sexo, en el fútbol o en las nubes, normalmente ellas aportan a la vida en común una ternura y una generosidad sin la cual no es posible una convivencia en condiciones. De ahí nace su mayor eficacia. Y su mayor atractivo.

En el hombre y en la mujer las prioridades son distintas. El orden de valores diferente. En cualquier relación la mujer siempre pone más y está dispuesta a mayores sacrificios. El hombre puede permitirse el lujo de atender a sus estados de ánimo o caprichos. La mujer no. Y muchas veces se queda sola en el intento. Vivimos en un mundo que desprecia los detalles. El sentimiento no se considera como valor pragmático. Ni el halago, ni el piropo. Y muchas mujeres están cansadas de vivir. De seguir viviendo así, tan desconocidas o sumisas o como queramos llamarlo. No son pocas las que en soledad lloran consumidas. Porque se ven solas.

¿Que exagero? No lo crean. Y todo ello porque existe un evidente déficit de cariño, una constante adulteración de las relaciones humanas. Como consecuencia tenemos el aumento desmesurado de rupturas familiares, que tiene un antes, un durante y un después de casarse. El “antes” y el "durante" es el desprecio de esos detalles que digo, el olvido de Dios, el trabajo como excusa, o la trivialización del sexo y del tiempo en común. El “después” es el traumatismo del alma, en un desánimo galopante.

Hombres, recobremos un poco de romanticismo y de determinación afectiva, y vamos a intentar olvidarnos de lo nuestro, al menos en ciertos momentos. Volvamos a casa apasionadamente enamorados -de forma más consciente-, limpios de escoria y de tristeza cansina. Optemos por ellas y sus confidencias, y no por la televisión u otro tipo de imaginación o trápala. La mayor eficacia es la del amor que se da y que escucha. En cuerpo y alma. Y la mayor felicidad. ¿Qué piensan nuestras mujeres? No nos engañemos, nuestras mujeres piensan en nosotros (nos necesitan), en aquellos que aman, aunque parezca que haya largos intervalos de rutina o que nos hacen relativo caso o que se suben por las paredes inopinadamente o el cansancio de los niños y la casa.

¿Nuestras mujeres? ¿Nuestras? ¿En razón de amor o de inercia? ¿Y nosotros? ¿Somos suyos por entero o nos reservamos para depende qué cosas o momentos o apetencias? Amemos sin trabas. Ajenas o propias. Como dice Gustave Thibon, "con la alegría grave, silenciosa e incorruptible de entregarse".

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Misterio es que llamemos a Dios padre cuando actúa como una madre.

Anónimo dijo...

Nada me has dado y para ti mi vida 
deshoja su rosal de desconsuelo,
porque ves estas cosas que yo miro, 
las mismas tierras y los mismos cielos,

porque la red de nervios y de venas
que sostiene tu ser y tu belleza
se debe estremecer al beso puro
del sol, del misino sol que a mí me besa.

Mujer, nada me has dado y sin embargo 
a través de tu ser siento las cosas:
estoy alegre de mirar la tierra 
en que tu corazón tiembla y reposa.

Me limitan en vano mis sentidos 
-dulces flores que se abren en el viento-
porque adivino el pájaro que pasa 
y que mojó de azul tu sentimiento.

Y sin embargo no me has dado nada,
no se florecen para mí tus años, 
la cascada de cobre de tu risa 
no apagará la sed de mis rebaños.

Hostia que no probò tu boca fina, 
amador del amado que te llame, 
saldré al camino con mi amor al brazo 
como un vaso de miel para el que ames.

Ya ves, noche estrellada, canto y copa 
en que bebes el agua que yo bebo, 
vivo en tu vida, vives en mi vida, 
nada me has dado y todo te lo debo.

Pablo Neruda

Anónimo dijo...

“El amor en la vida del hombre, es un episodio.
En la mujer es toda la existencia.”

Si eso es verdad no saben lo que se pierden.

Anónimo dijo...

El marido entra a la cama y le susurra suave y apasionadamente al oído a la mujer: " Estoy sin calzoncillos... "
Y la mujer le contesta: " Déjame dormir,...mañana te lavo unos..."