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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




martes, 31 de agosto de 2010

La actualidad



La actualidad es tan sumamente vertiginosa que apenas deja tiempo para reparar en lo importante, para profundizar siquiera un poco en las cosas. Esto es ya algo tan recurrente que no le damos importancia, y dejamos que vaya transcurriendo nuestra vida engañándonos con falsas promesas, creyendo felicidad lo que son espejismos o trampantojos, esperando en vilo el día en el que por fin podamos hacer un parón para pensar, para leer con sosiego, para estar de verdad con los nuestros, para tomar el pulso de una existencia que se nos escapa viva.

Pero ese día no acaba de llegar, inmersos como estamos en el frenesí de lo inmediato. Todo para ayer, comida rápida por favor, un vistazo -sólo un vistazo- a la prensa, mientras al mismo tiempo vemos la televisión o escuchamos la radio. O eso nos parece. Y el móvil que no cesa, la gente que no deja de gritar, y programarnos la vida, y la mentira como hábito... Un momento por favor. Todo esto no puede ser normal ni bueno. Pese a la degradación de no pocos cerebros políticamente correctos o hueros, pese a la prostitución del corazón de otros muchos, pese a la usura y el egotismo de aquellos que piensan -es un decir- que el hombre y la mujer son máquinas y no personas.

Es por todo esto por lo que es preciso sublevarse intelectualmente. Es más: espiritualmente. Y ser más críticos y menos pasivos. Porque la realidad no sólo está a este lado del espejo. Pensemos qué queremos para nuestros hijos, trascendamos de una vez todo este cúmulo de fatuas supercherías. Es preciso dedicar tiempo al pensamiento, a la lectura, al alma; huir decididamente de lo superficial y banal, de todo aquello que no requiera voluntad y esfuerzo.

lunes, 30 de agosto de 2010

Lo que he venido leyendo



¡Tanto como quería leer! Y he leído, pero libros que no eran los previstos. Tomándomelo con calma, disfrutando de cada página como si fuera la única, o acaso pudiera ser la última. Intentando aprenderme de memoria frases, estrofas, párrafos, versos y silencios. Leyendo en voz alta cuando he podido, subrayando, saboreando la fonética y el alma. Me he perdido durante horas en la revista del XIX La ilustración Española y Americana, casi más en sus estupendos grabados que en los textos; y he leído Los sitios de Zaragoza, según la narración del oficial sitiador barón Lejeune, en versión de Carlos Riba, y en una edición de 1908; y me he sumergido en abundantes capítulos de la Biblia (impresa en 1858), cuajada también de grabados y olores añejos (ante mí tengo el volumen sexto, con Los Proverbios, el Eclesiastés -“todas las cosas son difíciles: no las puede explicar el hombre con palabras”-, el Cantar de los Cantares, el Libro de la Sabiduría y el Eclesiástico). Y he releído, por segunda vez este año, la Poesía de Borges, esta vez en la edición de bolsillo de Alianza.

Y luego está mi afición a los libros que me cuentan cosas de gentes enamoradas de los libros, o sobre la lectura. Reconozco que es algo que me conforta. Saber de algunas manías que no son sólo mías. Saber de esa pasión que no sé si tiene cura (¿quién la quiere?, la cura, digo). Y buscar fotografías de bibliotecas o al menos un detalle de ellas, como las que aparecen en la nueva edición de Tocar los libros, de Jesús Marchamalo (Fórcola). No me agradan las demasiado ordenadas. Prefiero cierto desorden, la verdad. Me parecen más humanas. Y he leído la extraordinaria novela La casa de papel, de Carlos María Domínguez (Mondadori). En un determinado momento dice: “(…) no consigo dejar de sumar una nueva estantería, otra doble fila; avanzan por la casa, silenciosos, inocentes. No logro detenerlos”. Si les ocurre algo parecido este tipo de literatura les encantará.

Libros como Enfermos del libro (breviario personal de bibliopatías propias y ajenas), de Miguel Albero (Universidad de Sevilla), o Vicios solitarios, de Alberto Manguel (Fundación Germán Sánchez Ruipérez). Manguel, con su habitual sagacidad, se pregunta en su breve ensayo “Julien Sorel, lector” -como ya saben ustedes Sorel es el protagonista de Rojo y negro, la novela de Stendhal-: “¿Cómo defender la lectura (que no promete ningún beneficio material, que no puede siquiera asegurar, más sabiduría, más destreza, más sensibilidad a quien lee) frente a una sociedad que insiste en alabar la codicia, el egoísmo, el goce del momento presente, una sociedad que intenta convencernos de que la reflexión es inútil, la dificultad absurda, la compasión flaqueza, una sociedad de realidades virtuales que se empeña en hacernos creer que la muerte no es un destino que nos aguarda, implacable a todos?”. Atinada pregunta para reflexionar un buen rato y sacar un par de conclusiones.

Como atinado es el libro del crítico norteamericano Sven Birkerts, Elegía a Gutenberg (Alianza Literaria). Es la tercera vez que lo leo. Espero que con provecho. El futuro de la lectura. Es decir, nuestro presente. La eterna preocupación, la inquietud que persiste. Por mí -y tal vez por usted, lector- no hay problema, seguiré seducido, amante de esa tinta impresa y encuadernada, de ese objeto llamado libro que atesora ideas y aventuras, sentimientos y pensamientos, la historia de tantos que han dejado por escrito su alma… En la página 293 del libro de Birkerts se puede leer: “Mi gran temor es que, como cultura y como especie, nos estamos convirtiendo en seres superficiales; que hemos huido de la profundidad -de la premisa judeocristiana del misterio insondable- (…)”. La tecnología no puede sustituir a Dios, pero lo que sí puede es desespiritualizarnos. Y el libro es una herramienta espiritual. Pensemos.

Y no hay que perderse Bibliofrenia o la pasión irrefrenable por los libros, de Joaquín Rodríguez (Melusina). Embriagador, irrenunciable, necesario. Por aquí desfilan anécdotas y sucedidos de gentes muy diversas, como Ciceron, el conde Libri-Carucci, o Samuel Pepys. (Hablando de Pepys, llevo unos tres meses con la extraña inquietud de volver a leer su Diario, y lo mismo me pasa con las Cartas a Lucilio, de Séneca). Y de postre Escribir y callar, de Nuria Amat (Siruela). En esa preciosa colección que es la serie menor de su biblioteca de ensayo. Está compuesto de dos textos, que forman una misma unidad de interés -interés que es amor en su más estricto sentido- por la literatura, por la biblioteca, por los libros, por la vida. Por la poesía como sustrato y germen. Su intimidad con la literatura es contagiosa y genuina, familiar. Da gusto leer páginas así. Es gratificante. Prueben.

domingo, 29 de agosto de 2010

Un pensamiento de amor siquiera



¡Por Dios! Termina la misa y ya nos vamos. Es un hermoso lugar la playa, no lo niego, pero podríamos haber descubierto un resquicio para un rato de oración cien por cien contemplativa en esa maravilla que se nos ofrece a la vista; pero el caso es que no; si acaso una ocasional jaculatoria como mucho. Hemos hecho excursiones, pero en ninguna hemos tenido en cuenta a Dios en nuestros planes. Una sencilla visita a un sagrario, un pensamiento de amor siquiera. ¡Cuántas visitas a románicas o góticas o neoclásicas iglesias (o vetustos monasterios), admirando la hiedra de madera que trepa por el retablo, o la biblioteca, o las cinceladas piedras de los capiteles, o incluso esas imágenes de santos y vírgenes! Y nada. Secos, o quizá atolondrados. Inmersos en otras conversaciones o en dónde comemos hoy o se nos hace tarde para ver el valle de Ordesa, el Taj Mahal o las pirámides de Egipto.

Puede que se nos haya pasado por la cabeza alguna moción del Espíritu Santo (que no es ningún turista), como rezar un misterio del rosario durante un trayecto en coche, o sonreír a una azafata que ha resultado un poco amarga, o ir con el alma cerca del Papa (allá donde esté). Pero ¿saben?, nunca parece oportuno, quizá más tarde. Por no hablar de las ganas. En un hotel o balneario o lo que sea (la mejor calidad a los mejores precios), pensamos en descansar, en pasear, en un ratito de sauna o quizá jacuzzi, o en un estupendo masaje. ¿Qué tal un partido de pádel? Para el alma nada. Puede que un avemaría en caso de apuro o urgencia, o a última hora. Pero Dios, como escribió Robert H. Benson, “desea más la ternura, el amor y la compasión”.

Dios desea esas cosas inesperadas que suelen hacer y decir los enamorados, los amigos de verdad. Esos detalles espontáneos que pasan desapercibidos para todos menos para Él. Benditas locuras de amantes, de personas que todo lo ven por y para el Amado. Sin rarezas. Amar, amarle. Buceando en las islas Mauricio o bailando con nuestra mujer un vals en Viena o en Acapulco o en Valencia. Amar, amarle. El amor a Dios con viveza, con osadía. Con esa valentía y arrojo que se precisa cuando hemos de decir sin ir más lejos: “los míos y un servidor no vamos a ese sitio porque allí se ofende a Dios”. Y punto. ¡Qué vergüenza ni qué historias! O proponer a los demás, si les parece bien, la posibilidad de dar gracias a Dios por un paisaje que nos sabe a Paraíso, a Cielo.

Porque veamos, ¿un crucero sin Dios en qué se queda? ¿En qué se queda toda la Amazonia o ese atardecer en el lago Ontario o la grandeza de Machu Pichu o el nacimiento del río Martín (Teruel, España), si no nos lleva a desvivirnos por Dios, a darnos cuenta de lo que Es, de lo que somos? Seamos sinceros, ¿en qué se queda? ¿En un bello recuerdo, en un video, en unas fotografías? ¿Nos conformamos con tan poco cuando podemos ser infinitos, cuando podemos lograr que toda esa belleza que vemos o hemos visto y disfrutado se transforme en amor de Dios, en algo que no perece, que no se muda, que no olvida? Y en Dios no cabe nostalgia, ni tristeza. Está siempre pujante Su Presencia. Debemos aprender a reconocerle, ávidos de amor (que es la Primera Maravilla, y la segunda y la tercera… y todas las demás, estén en los recorridos de las agencias de viajes o pasen completamente desapercibidas).

La vida sin Dios amenaza ruina, servidumbre. El mundo sin Dios es mentira, o ceniza. El amor sin Dios está en la luna y es sólo un instante, o es una contradicción, o un laberinto. Vivir es aprender a descubrir a Dios en los caminos de la tierra, allá donde estemos; aprender a escucharle, a mirarle, a decirle nuestro corazón en silencio. Con ternura, con delicadeza, con determinación, con agradecimiento. Y que las almas por fin caigamos en la cuenta de la felicidad que nos espera, que ya está aquí.

sábado, 28 de agosto de 2010

Una conversación estival (en una piscina, y IV)




- ¿Está fría?
- Fresquita, pero agradable.
- No me atrevo.
- Sea fuerte.
- Es que no lo soy.
- Venga mujer…
- Voy a mojarme los pies primero.
- ¿Le ayudo?
- ¿A mojarme los pies?
- Si quiere.
- ¿Me tira los tejos?
- Ahora que lo dice…
- No sea mal educado.
- Es usted muy guapa.
- ¡Ay!
- Está buenísima.
- Pero, ¿qué se ha creído?
- Digo el agua.
- Ah.
- Venga, le espero.
- Me gusta nadar sola.
- Yo le miraré desde la orilla.
- No quiero.
- Es que me gusta...
- ¡Será desvergonzado!
- Digo que me gusta estar en la piscina.
- Eso bueno.
- Ya me salgo.
- Quédese señor mío.
- ¿En qué quedamos?
- En que está fría.
- Tírese de golpe.
- Voy a bajar por la escalerilla.
- Está bien.
- ¿Qué mira?
- ¿No puedo mirar?
- Depende.
- ¿De qué depende?
- De lo que mire.
- ¿Y qué piensa usted que voy a mirar?
- Es obvio.
- No lo veo tan obvio.
- Ni mire ni vea.
- ¿Le gustan los ciegos?
- Es un desconsiderado.
- Métase en el agua y calle.
- Voy a probar…
- No me lo creo.
- ¡Está helada!
- Exagerada.
- Congelada.
- Usted se lo pierde.
- Se me ha puesto la piel de gallina.
- Eso me interesa, déjeme ver.
- ¿El qué?
- Su piel.
- Mire…, pero mejor que no, quédese donde está.
- Soy dermatólogo.
- Y yo modelo.
- Estoy seguro.
- Es que es cierto.
- No lo dudo.
- ¿Es de verdad dermatólogo?
- Doctor en medicina y en otras bellas artes.
- ¿Cómo cuales?
- No la conozco lo bastante.
- ¡Ni se mueva!
- Estoy quieto.
- Mejor.
- Menuda bobada.
- No me fío.
- ¿Le doy miedo?
- Me da miedo que me salpique.
- Es buena idea.
- Ni se le ocurra o grito.
- Estamos solos.
- Bajo aquel árbol hay un hombre que lee.
- No lo había visto, usted perdone. ¿Es amigo suyo?
- Pues claro.
- Miente.
- Se quedará con la duda.
- Si usted me la regala me parece perfecto.
- Menuda labia tiene.
- Soy muy tímido.
- Ja.
- ¿No se lo cree?
- Desde luego que no.
- Pues lo soy.
- ¿Qué mira?
- Esa peca o lunar en su pecho.
- ¿No tiene vergüenza?
- Es deformación profesional.
- Ya, la dermatología claro.
- Pues ¿qué pensaba usted?
- Lo obvio.
- Ah, se me había olvidado que en eso es usted una experta.
- Sólo tengo que mirarle a los ojos.
- ¿Me mira los ojos?
- Retorcido.
- Es que me ha dado una alegría.
- Creído.
- Soy feliz.
- Me voy a bañar para no oírle.
- Otra alegría más.
- No tiene remedio.
- Estoy soltero y aprecio la belleza.
- Usted es un mujeriego lenguaraz.
- No es verdad.
- ¿Quiere que se lo demuestre?
- Sí.
- Dígame lo que piensa, sin pensarlo.
- Menuda forma de expresarlo.
- Dígalo.
- Pensaba en lo que sería darle un beso.
- Ahí lo tiene.
- ¿Eso es ser mujeriego?
- O eso o algo muy parecido.
- Le perdono porque soy un caballero.
- ¡Qué cara!
- Pero en castigo le voy a tirar a la piscina.
- ¡Socorro!
- Grite lo que quiera.
- ¡Socorro!
- No deje de mirarme a los ojos.
- Cobarde.
- Venga, nade en ellos un poco.
- ¿Está usted loco o es también poeta?
- ¿No es lo mismo? Si me mira el agua estará menos fría.
- ¡No, no, no!…

(Y llegó el inevitable y deseado chapuzón).

- Ya está. Tampoco era para tanto.
- Le voy a…
- Será si me pilla.
- Es usted un niño.
- Y usted una mujer muy hermosa.


(Escrito y rubricado por el lector que estaba en un rincón de la piscina).

viernes, 27 de agosto de 2010

Marina



¡Cómo recuerdo el agua del mar cuando llega a la playa y se estira hasta alcanzar casi la toalla! Una parte se queda en la arena -dejando con ella restos de conchas y corales y algas- y otra se retira hacia la ola que en ese instante llega. Los niños juegan, se sumergen, vuelven, saltan. Los niños que somos todos. Haciendo castillos de arena o cavando agujeros que son metáforas de otros abismos. Te adentras en el mar y piensas esas cosas que se piensan cuando la vida te deja exhausto. Quisieras que no se acabara nunca. Que no hubiera que volver a ningún sitio. No dejar de mirar esa superficie de brillos y espuma y colores. Se siente la misma ilusión que de niño (más tarde llegará la pena). Hay que atacar las olas de frente, con los ojos bien abiertos y el alma con entraña de velero. Y vuelta a sumergirse, a bucear en esa inmensidad donde no cabe el tiempo. Donde los sueños siguen vigentes ocurra lo que ocurra -los sueños submarinos-, como en un prolongado bautizo de alegría y posibilidades. La bandera está verde o amarilla, la piel morena o un poco quemada. Gaviotas que planean a lo largo de los años y una avioneta que anuncia algo. El mar, como un regazo de paz y de amor y de aventura. Lees libros de poemas. De memoria los declamas cuando nadas, sin nadie alrededor, dentro de esa música que son los versos y que es el agua. Te dejas llevar por las olas, y sientes su ritmo, su algarabía. Pareces un náufrago de los años, cansado de tanta sequedad. Vas recogiendo vestigios de tu vida, y los amontonas en la playa, en la arena que se empapa de una inevitable nostalgia. No te cansas de contemplar las olas, y esa lejanía que es su origen. No te cansas de escuchar su rumor, su compás de líquida providencia. Y paseas atento a la belleza, a la perspectiva que que va pintando Dios en una infinita acuarela, mientras espera que las almas le digan.

jueves, 26 de agosto de 2010

La literatura no siempre sirve



Saben de mi pasión por los libros y todo lo que ello significa. Pero debo decirlo alto y claro: la literatura no siempre sirve. Y sé que me entienden. Incluso los más reacios a querer entender. Los escépticos a cualquier otra cosa que no sea ese cúmulo de objetiva y elegante filología. Insisto: la literatura no siempre sirve. Para la felicidad, por ejemplo. No, no hablo de ese feliz estado de sonrisa, o de un buen ligue o negocio, o de la digestión de una grata y sabrosa comida. Etcétera. Hablo de la verdadera felicidad. De esa que no se desvanece a la primera contrariedad y su oleaje. De esa cuyo lenguaje está muy lejos del postín y del enredo.

No, no siempre sirve la literatura. En su grandeza no acaba de saciar la sed de una continua insatisfacción. Podemos no querer reconocerlo, pero es así. Leemos y leemos. Con los años se nos cansa algo más que la vista. Libros de mil autores y materias. ¡Cómo los amamos! ¡Cómo nos deleitamos con su presencia! Los abrimos siempre con esperanza y con una caricia. Leemos y releemos. Sin embargo… Lo saben, ¿verdad? Hay algo más. Esos poemas extraordinarios o la clarividencia de aquellas novelas y ensayos son sólo pistas, indicios, signos. Signos, indicios y pistas de un misterio de mayor calado al que doy por supuesto queremos llegar.

Pero no lo doy por supuesto. Porque puede resultar mucho más resultón las medias tintas. De hecho lo es. Quedarnos a medio camino y retorcerle el pescuezo al alma. No ser del todo sinceros con nosotros mismos y conformarnos con un poco de nada. Balbucear inhóspitas palabras, sacar brillo a la tinta, en una especie de rito que acaba siendo bastantes veces un oficio de lo más convencional o previsible. Y por más páginas que leamos -o escribamos- seguimos sin poder desembarazarnos de esa tristeza o desasosiego que no es otra cosa que el olvido de Dios. Por más que maquillemos nuestras vidas con alegorías y metáforas. Por más que neguemos con la cabeza o despreciemos a quien lo dice.

Sí, ya sé, que podría haberme ido por las ramas, o callarme, o enhebrar unos cuantos y selectos circunloquios. Y dejar en paz al personal. Pero la literatura no es un absoluto, ni nos podemos esconder siempre tras ella. Aunque nos vuelva locos de entusiasmo. Y la coleccionemos durante una gran parte de la vida.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Primera Carta a los Coríntios, cap.13



Dilucidando sobre la entraña del hombre y de la poesía
me ha venido a la mente un pasaje
(uno de esos paisajes del alma
que llegan cuando más los necesitas).
Es de San Pablo en su Primera carta a los coríntios.
Creo que es el inicio del capítulo 13
donde nos dejó dicho el apóstol de Tarso (Cilicia),
el núcleo de toda vocación poética:
Si, hablando lenguas de hombres y de ángeles,
no tengo caridad, soy como bronce
que suena o címbalo que retiñe.
Es decir ¿de qué servirá la ingente cantidad de versos
más o menos angelicales, o quizá huecos,
plagados de metáforas incandescentes,
si el quicio de su melodía
no se encuentra en la caridad y es sólo literatura?
Las palabras de los poetas
son la esperanza de una superior armonía,
de un conocimiento del alma
donde se van cifrando nuestras vidas.
Yo no puedo conformarme con menos.
Así que me adentraré más y más en la caridad
y en la percepción de la necesidad de los demás.
Hasta que Dios germine en cada palabra que escriba.

martes, 24 de agosto de 2010

La playa



Una niña de rubia luz que colecciona olas
y salpica la mirada de espuma.
El cielo, el amor, el poema de Borges ("La dicha")
que leo como si fuera el mar, o el tiempo
lleno de arena y de bruma y de viento.
Un horizonte de palabras que no existen todavía.
El silencio debajo del agua, en esa penumbra
de pensamientos y de burbujas... Flota la vida
en una constante cadencia de sueños.
Y la boca que paladea la sal y la sed de su alma
que nada junto a mi cuerpo.

lunes, 23 de agosto de 2010

Una palabra que no es como las otras



La envergadura del hombre está en su alma.
Alma, una palabra que no es como las otras.
Lo notas. Por eso no puedes dejar de escribirla.
De sentir que se alza
de entre tus dedos una potencia infinita.
Quisieras ser más preciso, pero no puedes.
O no sabes comprender del todo sus signos.
Esas cosas que hacen de tu vida algo distinto, digno.
Y la escribes una y mil veces, porque quieres
aprender de memoria el rumor de sus letras.
Eso que pocos oyen.
Porque no todas las palabras hablan de igual forma.
No todas saben quién eres.
Ella sí. Tu alma
conoce la verdad de ti mismo:
el abismo que callas o el miedo de la noche.
O ese anhelo que buscas en tantos libros.
Alma, ¡qué palabra tan ancha! Y tú, ¡qué ciego!

domingo, 22 de agosto de 2010

Si los otros no importan


“si los otros no importan”
IDEA VILARIÑO

Decidme, si los otros no importan ¿qué hago yo casado y con niños? ¡Seré idiota! Y además fiel, sin resquicios. Si los otros no importan ¿para qué madrugo todos los días? ¿Para qué vivo? Decidme por favor, decidme. ¿Qué sentido tiene todo si los otros no importan? ¿Para qué voy a cantar el vitral del otoño o el destello del verano o las caricias de los cuerpos, o voy a devanarme los dedos con los cerezos en flor? Si los otros no importan yo a lo mío, pero algo me dice que ni lo mío importaría nada. Tendría que dejar de escribir y abandonarme al capricho del instante. Y el silencio se haría insoportable de tanta soledad. Si los otros no importan, ¿se os ocurre alguna feliz idea para ser feliz? ¿La belleza? ¡Qué monotonía! ¿Los libros? Un dispendio de palabras. ¿La fama y el prestigio? Menuda algarabía de tristeza. ¿El dinero? Un laberinto en penumbra, lleno de pamemas, hipocondrías y malicias. ¿Qué hacer entonces? ¿Qué hacer cuando todo falla y no tengo amigos? ¿Con quién me tomo el aperitivo? Que alguien diga algo, os lo suplico. Porque si los otros no importan -o importan lo que importa el egocentrismo más sofisticado- cualquier cosa puede suceder. La vida se vuelve inestable y malcriada. Prescindible vamos. Podemos manipularla e incluso asesinarla por motivos democráticamente totalitarios. ¿Y qué me dicen de la política? Si los otros no importan la libertad es inaccesible, aherrojada en disparatadas milongas. O en estadísticas. Cuando los demás no importan ¿quién va a mantener las formas? Se escupe en la calle y no pasa nada. Y se vocifera, y se agrede, y se roba, y se humilla. La humanidad se desvanece en extraños ocultismos, y el amor es mero cálculo profiláctico. Si los otros no importan, decidme, ¿qué objeto tiene todo, para qué vivimos?

sábado, 21 de agosto de 2010

El matrimonio en tiempos de impureza



El matrimonio está sufriendo una campaña tremenda de trivialización y chanza. Todo vale. Se boicotea el buen gusto, el sentido común y el derecho. Y el matrimonio queda reducido al sexo y a los caprichos de turno. No existe pudor alguno en exhibir la pornografía, la infidelidad o la masturbación -entre otras cosas- como el colmo de la relación de pareja. Lo más íntimo se degrada a conciencia, y la raíz contractual y sagrada del matrimonio queda reducida a la caricatura de un vulgar kamasutra.

Estamos en la dictadura del placer, del hedonismo más brutal y despiadado. La fornicación como destino y cotilleo, como paraíso y mito. Y se nos presenta de mil modos la impureza como natural condición del hombre. Porque es lo moderno, y la desinhibición nos hará libres. ¡Cuánta pamplina y negocio! ¡Cuánta infernal amargura! ¡Cuánto interés en desterrar a Dios de las almas! Señores míos, vivimos entre los escombros de una sociedad enemiga del compromiso conyugal, de la lealtad, de la generosidad del amor en la procreación de nuevas vidas.

El acoso al matrimonio -no a las coyundas eventuales- viene de largo. Las políticas gubernamentales en familia y educación son cada vez más permisivas con lo raro (por decirlo suavemente) e insustancial. Si hay votos por detrás y de paso se puede meter un par de dedos -o el puño entero- en algún ojo de la Iglesia, pues adelante. Está muy bien visto. ¡Qué carcajadas a costa de los católicos y de nuestras creencias! Es para partirse de la risa.

Pero nos estamos jugando la felicidad. Todos. Creyentes y no creyentes. Y el futuro de nuestra sociedad. Y la paz de las familias y de nuestra patria y de otros países. Ya se está viendo. Por el camino del escándalo y de llamar matrimonio a lo que no lo es, lo único que se consigue es ir difuminando el verdadero amor entre un hombre y una mujer en un calculada ambigüedad donde primará el egoísmo, llegando muy pronto a la ruptura, y quizá a la violencia.

El amor conyugal nace de un pensar en el otro, de un enamoramiento que logra que nuestra felicidad pase por la felicidad de la otra persona. El amor conyugal es la intimidad más depurada, buscando siempre el bien y la virtud del cónyuge. Sin embargo, el olvido de Dios ha conseguido que el amor sea el más perfecto reflejo de nuestra sociedad escéptica y lasciva. El amor matrimonial cuando deja de ser la promesa de una vida en plenitud de confianza y pureza, pierde su identidad más propia, pierde su alegría y su belleza.

Los matrimonios cristianos, ante la avalancha de improperios mediáticos, mentiras supuestamente “éticas”, manipulación lingüística y dislates legislativos, debemos reaccionar con santidad. Pero conscientes de que la santidad es posible y que por eso mismo no se amilana y deprime. Debemos creer en el amor. Entonces -aunque no lo digan- no serán pocos los que nos miren con envidia. Porque verán la felicidad en nuestros ojos y la coherencia en nuestros actos.

viernes, 20 de agosto de 2010

Los ladrones de almas



¿Que no existen? ¿Que es una paranoia de mi coleto? Bueno, la verdad es que cada uno puede hacer de su ignorancia el sayo que le plazca, y vivir en esa apariencia de gelatina existencial que se suele. Pues nada. Pero haberlo hailos. Ladrones de almas me refiero. Y no es cuestión de broma, ni de medio pelo. Los hay en la calle, en la televisión, en los anuncios por palabras, en internet, en política, en supuestas religiones, en la moda, en algunos grupos de rock y en el cine, y hasta en cierta viscosa literatura o filosofía vacía de humanidad y de norte. Ay, esos ladrones de almas que poco a poco van apartando a la gente de Dios, de lo sagrado, de la virtud, de la verdad, de lo bueno. Y de lo bello. Sin darnos cuenta cualquiera de nosotros vamos dando por supuesto el impudor, la impunidad de la mentira, el celestineo moral, lo mediocre, la avaricia como rutina, la gula, el espantajo. Y nadamos en la superficie de las cosas, de las horas; consumiendo bagatelas de forma compulsiva. Y el alma se nos va quedando en nada, y la conciencia se ablanda, y el pecado dicen que no existe, o que no tiene consecuencias. Pero las tiene. Y graves.

Los ladrones de almas se esconden, se disfrazan, nos tientan con su consabida y sugestiva retórica. “¡Qué más da!”. “No todo va a ser penalidad, hombre”. “Se vive sólo una vez”. “Tampoco hay que exagerar”. “El catolicismo no es eso”. Es más cómodo seguir este juego. Pero nos notamos tristes. Algo no va. El disimulo y el trapicheo, el no querer pensar; el ceder constantemente, el dejarse estafar en lo sustancial, no nos deja apreciar la felicidad (no confundirla con el disfraz de turno, con lo que nos quieren vender como tal). Por eso nos quejamos de todo, por eso tenemos miedo a recapacitar o a estar en soledad. O a confesarnos… a nosotros mismos que no podemos seguir así ni un minuto más. Y nos corroe la ansiedad, la congoja y el sinsabor. Y hablamos del tiempo y del fútbol y de la fama del prójimo y del último episodio televisivo de no se qué. Y nos pegamos meses o años acomodándonos a lo pueril, doblegándonos, adocenándonos. Satisfechos ¿de qué? Si nos han quitado el alma. O al menos hemos consentido en ello. Y sin alma, sin amor de Dios, sin esa visión trascendente del mundo y de lo que hacemos ¿cómo vamos a disfrutar verdaderamente de la vida?

Sin alma no hay caridad, no hay manera de vivir con cierta alegría y orden de prioridades. Ya nos podemos poner como queramos. Ya podemos acudir a las más doctas ciencias y hacer fortuna de cara a la galería. E incluso escribir metódicos versos (¿puede haber poesía sin alma?). Todo queda en nada. En nada de nada. ¡Si cada uno reconociéramos de verdad nuestro meollo! Y es que no se puede vivir sin alma. ¿Cómo podemos dejar que nos expolien de esta manera?

jueves, 19 de agosto de 2010

En desagravio



Es tan descabellada la inclinación al mal que llevo dentro, tanta la ignominia con la que vuelvo a entregar a Cristo a cada momento, que pierdo el sentido de lo bello y de la justicia que rige el Universo. Total por esa fantasía o soberbia que deja el sabor amargo de la mentira. Por ese constante descuido de Dios que me lleva a dar vueltas y más vueltas en el tiovivo de mi mismo, perdiendo el equilibrio del alma y dando traspiés en el camino. ¿Excusas? Todas. La imaginación no cesa de estamparme contra esa multitud de bobos espejismos que me asaltan en cualquier modo y circunstancia.

Y es que no acabo de afinar mi entrega a la ternura divina. No, no acabo de creerme del todo que soy hijo de Dios y que por lo tanto mi comportamiento requiere de una educación más sobrenatural -y de una mayor entrega-, precisamente para ganar en excelencia humana. Si lo creyera con más fe mi vida no sería esta continua desbandada de palabras y buenas intenciones. Me estoy jugando la felicidad en cada uno de mis actos. Por lo tanto debo ser más fuerte en la piedad, en el sacrificio, en la humildad, en el ejemplo… Debo mirar más de cerca a Cristo mientras dure la lucha.

Porque estoy luchando por ser santo. Quiero luchar por el Amor a cualquier precio (¿lucho de verdad?). Y cuento para ello con la gracia y con la misericordia de Dios, lo sé. Pero miradme: desperdicio el significado eterno de casi todo lo que hago, ensimismado en caprichos, en naderías que absorben mi tiempo y mi aliento. No debo ser tan descuidado en los detalles si quiero asimilar más nítida la alegría. Y hacer partícipe de ella a los demás. La verdadera alegría digo, no el estrambote adulterado de una superficial o hueca o tibia espiritualidad.

El mal existe. Y ruge a mi alrededor, o se me insinúa sutilmente en el baile procaz de mil máscaras. Y sé que sólo triunfa el que reza, el que se enamora de Dios, el que cree todavía en la pureza y en la caridad. Con pulso firme. Y a pesar de las heridas y de la tristeza que provoca Satanás y mi descuido, debo resucitar siempre en el divino abrazo del hijo pródigo.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Relectura de la vida



Las vacaciones estivales son un buen momento para redescubrir el silencio, para apaciguar nuestros nervios, para descansar de tantas lívidas marejadas, para volver a encontrar en nosotros mismos algo de esa verdad que hemos ido dejando por el camino. Porque no hay nada como indagar en el núcleo de las cosas con un poco de sosiego. ¿Y qué mejor manera que leyendo un libro? El tiempo pasa que es una obviedad, y debemos aprovechar cada instante para intentar vislumbrar la plenitud. A la sinfonía de color y formas que se reflejan en el agua o en esos ojos que amamos, hay que ponerle letra. Por eso leemos, para ir hilvanando cada palabra a la conciencia. Por eso leemos, para no rendirnos a la mugre, para pensar y sentir en el pecho la belleza. El sol dorará la piel, mientras una luz más interior deletreará el alma. Sé que una buena parte de nuestra felicidad depende de lo que leamos, depende de la relectura que hagamos de la vida.

martes, 17 de agosto de 2010

El hogar



El hogar no es nuestra casa. El hogar es mi familia. El hogar es el abrazo a la altura de la cintura con el me recibe mi hijo Juan. El hogar es la oración en la que me recojo. El hogar es escribir de noche mientras escuchas la respiración de los niños. El hogar es la cama que comparto con Ana. El hogar es planchar la ropa u ordenar en el lavavajillas mis pensamientos. El hogar es la voz del cariño. El hogar es pedir las cosas por favor. El hogar son los versos de Antonio Colinas. El hogar es el beso en el ascensor (hasta el cuarto piso).

El hogar es la sonrisa al volver del trabajo. El hogar es respirar el aroma de las sábanas limpias. El hogar es dormir poco y trabajar mucho. El hogar es abrir las ventanas cuando llueve. El hogar es pasar la tarde con los amigos. El hogar es nadar en la piscina con Jaime. El hogar es sentir la brisa entre los árboles. El hogar es mirar a los ojos de una niña ucraniana que se llama Teresa (y que es mi sobrina). El hogar es despertar por la mañana y dar gracias por el nuevo día. El hogar es el refugio más íntimo del alma.

El hogar es preguntar la lección a mis hijos o ver una película juntos. El hogar es poner la mesa sin que a nadie parezca que le importe. El hogar es el poema que uno va componiendo a lo largo y ancho de la ternura. El hogar es tener conciencia de amar y ser amado. El hogar es la muerte del egoísmo. El hogar es la misa del domingo. El hogar es no tener tiempo -ni espacio- para uno mismo. El hogar es callar a tiempo. El hogar es la memoria de Dios. El hogar es nuestra historia. El hogar está en ese dibujo que Cristina quiere pintar contigo.

El hogar es el color de todos los rotuladores. El hogar es la biblioteca de los afectos. El hogar es el desahogo de las preocupaciones. El hogar es la caricia al que sufre. El hogar es el corazón del que uno no quiere salir nunca. El hogar es limpiar el polvo de la costumbre. El hogar… no es un lugar. Es la posibilidad de convivir con la felicidad todos los días.

lunes, 16 de agosto de 2010

Perdonen la impertinencia


Soy cristiano. Un católico que reza de rodillas, o mientras juega con sus hijos, o devora los libros. Rezo con piedad el rosario de los días (estén o no estén nublados), y voy a misa. Sí señores, voy a misa -¡pásmense!- porque tengo esa necesidad física del amor de Dios. Bebo los vientos por Él. Sin Él la vida se me hace añicos en medio de la calle, y la poesía se desmadeja en un sinfín de naderías. Y cuando las cosas se tuercen o pierdo definitivamente el norte -¡cuántas veces Señor, cuántas veces!- vuelvo contrito al abrazo del Padre y me confieso. Con algunos de esos curas que tienen un extraño parecido a Cristo, si se da con la adecuada perspectiva. Y salgo como nuevo, tan resucitado que suelo celebrarlo releyendo a Rubén Darío o Eliot (cada uno tiene sus costumbres). La cosa es que disfruto hablando con Dios de literatura. Lo que sabe. Y no tiene mal gusto este galileo. Cada domingo suelo presentarle -al concluir la misa- el libro que más me ha gustado de los leídos durante esa semana. Le leo algunos pasajes. Hablamos de sus virtudes y quizá de sus vacíos. Pone siempre mucho énfasis en el autor de turno y me pide rece por él, o por ella. Y lo hago. Ya ven, busco a Cristo en lo mío, quiero decir, en mi familia y amigos, en mis papeles y libros, en mi trabajo. Es lo más sensato. Pero ocurre que de pronto se me viene encima toda la luz de la mañana -yo la llamo Ana-, o el alma se me llena de verano… Y allí está Dios, cómplice de mi entusiasmo. Y yo me quedo contemplando la santidad que me rodea. Y le doy las gracias de inmediato. Sí, soy cristiano. Un católico que reza -“no uséis de muchas palabras”- hasta en sueños.

domingo, 15 de agosto de 2010

Aprendamos a leer poesía



“No sé leer poesía”, me confiesa un confuso corresponsal. Y prosigue: “A los pocos versos me siento cohibido y exhausto, y ya no sé qué pensar, o si debo sentir algo especial. Y termino más bien aburrido, sin ganas de seguir buscando ese algo más que por lo visto se esconde allí. Y siento pena por mi corto alcance, por perderme esos desconocidos paisajes”. Esto me dice el bueno de… Manuel, se llama Manuel. Y eso es lo único que sé de él, que ya es mucho, porque demuestra una inquietud excepcional. Y lo escribe muy bien, como quien está acostumbrado a vérselas de cerca con la literatura. Y por si me lee quisiera contestarle aquí.

De entrada, amigo, te diría que no hagas nada extraordinario. Pero fija tu mirada en el asombro de tu vida. En cualquier detalle de ese asombro, por nimio que sea. Cierra los ojos y mira por los rincones del alma. O abre los párpados del viento y contempla…, sí, contempla el color naranja del ocaso. Ese que deslumbra a los conductores que van camino de su cena. O, simplemente, contempla con atención un objeto cualquiera. Esa lámpara, por ejemplo. Aunque esté apagada. Mira su forma, y escucha el sonido de la palabra que la nombra. Y verás la sorpresa de todos cuando se encienda. O ese cenicero, pendiente de una colilla. Puede que te fijes en la ceniza del olvido, o en la brasa de ese cigarrillo que va quemando las horas en el humo de los días.

No vayas a creer que yo sé leer poesía muy bien. Pero lo que sí he ido aprendiendo -con los libros, pero sobre todo con la vida- es que no se lee en vertical. Más bien hacia dentro. (De ahí que nos refiramos a la inspiración como el gesto necesario que nos lleva a la revelación). Y que leí poesía durante muchos años sin darme cuenta, antes de confundirla exclusivamente con palabras. El verbo leer es equívoco. Hace falta ser muy necio para pensar que el misterio está encerrado ahí, entre esas cuatro paredes de tinta. Las palabras son la cifra, la combinación precisa que abre el alma a la adecuada perspectiva, a esa luz que te alumbra y que de vez en cuando crees percibir en ese espacio de silencio que dejan las palabras entre si.

Manuel, no debes pretender entenderlo todo a la primera, y además debemos luchar para no ponernos demasiado exquisitos. En poesía -como en el amor- lo mejor viene con los años (a pesar de lo que digan). Porque nunca un poema será siempre el mismo poema, como jamás se vuelve a repetir la misma caricia, o se respira la misma brisa. No te des por vencido. Un verso tiene su estrategia y su paciencia. Como un buen beso. Es el inicio…

sábado, 14 de agosto de 2010

Vivo




Vivir, vivir, lo que se dice vivir, vivo.
O sobrevivo, agotado de casi todo.
O malvivo, cuando me da por ser exagerado
y dar unas cuantas vueltas de más a la nostalgia.
Vivir, vivir, uno vive. O dice que vive.
Otra cosa es que sea siempre consciente de mi vida.
En fin, eso, que vivo. Y para darle más realce lo escribo,
así usted que me lee curioseará a su antojo.

¿Vivir? Eso, eso: escribir todos los días
la lección del prodigio que vivo.
Dar vueltas a las palabras
como si fueran un tiovivo desde donde miro
el movimiento de la vida y sus contornos amarillos.
Y con el paso de los días
creo que aprendo a valorar mejor el sentido
de la rutina, y me fijo más en los detalles. Por ejemplo,
su cabello. O la altura de su cuello
que, entre palabra y palabra, beso
para mantener viva mi vida.

Pero lo que realmente me fascina es el misterio.
Lo percibo muy bien, pero no sé decirlo.
Ustedes comprenderán aquí mi insistencia con los versos.
Tengan paciencia conmigo. Bastante tengo
con deletrear la luz y contar las sílabas del tiempo.
Ese misterio es lo que me lleva a trascender lo que respiro,
y por eso miro en el interior de sus ojos y de los libros.

Insensato de mí. ¡Mira que escribir todo esto!
Ya no sé ni lo que me digo.
Aunque después de todo mal no vivo.
Otros no sé, yo disfruto del paisaje y de los amigos.
Y de mi familia, que no acaba de salir del asombro
que vive con ellos. Y volvemos al principio:
vivir, vivir, lo que se dice vivir, vivo.
Vivimos.
Y hay que ser agradecido.
Así de sencillo.

viernes, 13 de agosto de 2010

Tres palomas, el alma y la vida



Tres palomas picotean el suelo. Una de ellas, cuando me acerco, emprende el vuelo hacia un tejado. He seguido su rumbo y la miro, allí, desde donde vuelve a volar hasta que la pierdo de vista. Quedan dos palomas paseando por la acera. Un coche se pone en marcha y las asusta, y se esconden entre las ramas de estos árboles callejeros. Ya no se las ve. Y el coche ruge y acelera su motor. El sol se pone a la sombra, o es la sombra la que toma discretamente el sol. Un anciano descansa en su bastón con las dos manos, inmóvil, en medio de sus pensamientos. El coche dobla la esquina y deja en la calle el eco de su recuerdo negro, que poco a poco se vuelve silencio, y olvido. Las piedras, la forja de los portales, los viejos ladrillos de los años 50. Acaricio los troncos de los árboles por costumbre, y sigo en su vertical existencia mis propios sueños, el gusto por irme. La mirada asciende por los balcones, de piso en piso, hasta llegar al rectángulo del cielo. La mirada es lo que nos queda del ángel que todos llevamos dentro. Esa altura que frecuenta, esa perspectiva del alma, esa inquietud que otea lo más puro. Mirada curiosa, que busca, que surca el aire y la ternura de las cosas. Porque las cosas hay que descubrirlas una a una, mirarlas sin prisa, en su poesía más sencilla. El flamear de una bandera, la hilera de hormigas, el niño que corre detrás de la brisa. Sólo has hecho que salir a la calle. Y el día se abre de cuajo, en su inicio de sorpresa. Nada se repite, aunque nos parezca lo mismo de ayer, o muy parecido. La vida entera de una señora se apoya en el carro de la compra, y te hace reflexionar también sobre el esfuerzo que supone vivir, llegar hasta donde quieres. O puedes. Se balancean las linternas de papel del restaurante chino, y me fijo en el escorzo de un beso en el portal número 12. Las campanas de un monasterio vecino tocan a misa, repican a Dios, y provocan una algarabía de pájaros, una ascensión de gozo. Me paro a mitad de calle. No quisiera perderme nada. Miro y remiro el sol y la sombra en las fachadas, en la acera, y se me echa encima el centelleo de la luz en los parabrisas de los coches o en las gafas de esa chica que deja a su paso el sabor de una vida. De la vida que oscila, que lucha, que tiembla, que duda, que ama, que camina, que se nos ofrece.

jueves, 12 de agosto de 2010

¿Cuántas perdidas has hecho hoy a Dios?



Pues eso. ¿Cuántas? ¿Y a tu novia o a tu mujer o a tu amigo? La comparación puede que nos deje en evidencia y nos dé apuro contrastar la realidad; la comparación nos puede ayudar a hacernos una ligera idea de donde se encuentra nuestro corazón. Y sin contar las llamadas, los mensajes, los correos. Venga, ¿cuántas veces hoy hemos dirigido un breve pensamiento a Dios, nos hemos acordado de Él? Seamos sinceros. ¿Cero pelotero? Bueno, bueno, puede que un par de veces. O a primera hora, que me he visto en un atolladero o repentina niebla. Vamos a ver, que no nos enteramos. Dios tiene móvil. Un móvil de una capacidad de memoria impresionante. Y de misericordia (eso sí que es “tecnología” punta). Le llega de todo. No se le escapa una frecuencia de alma. Su secreto no es la nanotecnología, es más bien el Amor infinito, salvífico. Y responde siempre. Dios tiene Alma-móvil, como nosotros. Y llama, nos llama, con una autonomía eterna, y con paciencia divina, y delicadeza extrema. Otra cosa es que nos hagamos los suecos (u otro tipo de gente no siempre escandinava), o tengamos la nuestra -el alma- en silencio, o apagada, o medio lela. Despertemos, puede que sea hora de espabilar de esa modorra espiritual en la que no sacamos nada en limpio. Que ya vamos teniendo experiencia y somos mayorcitos.

Mi mujer recibe del orden de veinte perdidas al día. (En otros casos es la novia, el novio o el marido o una hija, etcétera). Está claro: la quiero. Me robó el corazón y, pese a los misterios femeninos -o precisamente por ellos-, la quiero, le hago saber que estoy aquí, que la recuerdo, que es lo primero, que me tiene loco, que no me acostumbro, que ya no sé que hacer para decirle todo lo que siento y cómo siento mis meteduras de pata, y que quisiera estar ahí, con ella. Juntos. Siempre. ¿Qué sentido tiene que no esté con ella? Es el amor que sólo quiere unidad, saber del otro, por mínima que sea la señal. Pues Dios igual. No, igual no, mucho más. ¿A qué esperamos para soltar el lastre de la desidia y de una absurda vergüenza? Busquemos Su Nombre en la agenda. Las cosas cuanto antes. No tardaremos en escuchar Su voz. Nadie se queda sin respuesta. Puede que al principio nos cueste y andemos descreídos, puede que no sepamos identificar Su voz en esas palabras de un amigo o en un suceso inesperado que nos hace reflexionar. O puede que no acabemos de entender o que nos parezca que es todo en balde. Pero hay que perseverar. El amor es también perseverancia, insistir en esas llamadas, en esas perdidas, con la seguridad de que somos escuchados y queridos como no nos podemos hacer idea.

No es mal examen de conciencia para calibrar el estado en el que está mi alma, mi relación con Cristo, mi felicidad genuina. ¿Cuántas perdidas le he enviado hoy al Autor de mis días? De entrada, como decía, igual uno se asusta. Por lo necio que puedo llegar a ser, por lo desagradecido, porque puede que apenas quede rastro de fe (lo cual es cada vez más frecuente, o se trata de una fe desvaída). Puede que desde la primera comunión no tenga noticia de mí, o desde antes de las vacaciones, o desde un ataque súbito de emoción pía cuando se murió la abuela y que duró dos días, o… El cristianismo no tiene sentido si uno no está enamorado de Cristo, y lo demuestra. Todo lo demás es filfa, adorno, piruetas o puede que hasta teología. (Se ven cosas muy raras hoy en día y es que el déficit espiritual es de aúpa). Un padre del montón -o madre- está esperando como agua de mayo que su hijo le cuente, le diga, le exprese, le enumere sus sueños y aspiraciones. Venga, por Dios, ¿tanto cuesta un par de perdidas para empezar? Nada especial. “Oye, Dios, échame mano al alma, y al trabajo”. “Dios, me cuesta reconocerlo, pero te necesito ahora”. O ni eso. “Dios mío, ya sabes”. O “buenas días Jesús”. El amor necesita comunicarse, darse, anticiparse. Necesita de estos detalles, posiblemente nimios, pero detalles necesarios. ¿Dónde tenemos el corazón? Puede que hasta en un gato persa, o en unos libros, o en una colección de chapas, o en Internet, o en el coche tan limpito, o en la ropa, o en el sexo, o en la cuenta corriente. ¿No suena todo esto como muy pedestre por muy bonito, provechoso y orgásmico que sea? ¿Es eso la vida para nosotros, lo que realmente queremos? ¿Meras apariencias de vida? Apañados estamos. Y es que nos olvidamos de sintonizar el alma con Cristo. De enviarle alguna que otra perdida (que nunca se pierde). No tardaremos en recibir respuesta. Dios espera cualquier señal, por mala o pequeña que sea, para abalanzarse sobre nuestro corazón con todo Su Corazón divino. Y humano.

miércoles, 11 de agosto de 2010

El ímpetu de Dios por la mañana



Perdona Dios mío, me disponía a comenzar cualquier otra cosa y no te he dicho ni buenos días. Perdóname. Hoy me duele mucho la cabeza. Sabes que es verdad. Hoy sí. Y Juan está con fiebre. Es lo que por ahora tengo y te puedo dar. Este dolor persistente… Y este desmadejamiento. Mira, la verdad es que no tengo muchas ganas de hablar. Ni de columbrar o fantasear siquiera. Mira, vamos a hacer una cosa, yo abro la ventana y me quedo ahí, como un espectador de tu mañana, de tu gloria cotidiana. No me siento con fuerzas para más. Puede que sea una oración rara, y roma, pero ese cielo tan azul vale por mil tratados ascéticos, y después está la mística de este viento tan impetuoso, que suena y remueve el alma, en un remolino de amor en donde estás Tú, mi Dios, y yo, y el mundo, y la poesía, y la desazón de tantos, y el hambre, y los ojos infinitos de esos niños que juegan con barro en una desconocida barriada de Goa. Tú, mi Dios, que nos has dado la luz y el caudal amazónico de las lágrimas. Yo Te observo, mejor dicho Tú me observas, aquí, apoyado en tan escaso ánimo, en este día de agosto, en esta ventana, en esta mi vida que sólo sirve si Te ama, para qué vamos a engañarnos, aunque haya nubes tristes u óxido en las horas. Oye Dios mío, escucha, Te quiero. Con dolor de cabeza o sin dolor de cabeza; con ganas o sin ganas; en la calle o en la inopia; o en esta ventana donde a Ti me asomo (o donde a mí Te asomas desde la Cruz, desde el altar de Tu misericordia, desde este majestuoso cielo donde todo es gracia). Alivia estar Contigo. Conforta... Por favor, no descuides la fiebre de Juan. Tú eres Padre y sabes lo que inquietan estas cosas. No descuides mi alma, tan aficionada a olvidarte en ese cúmulo de ensueños que ya sabes y perdonas. Que no me acostumbre a Tu perdón, a la absolución completa de mis faltas. ¡Qué hermosura la de asomarse aquí, en esta mañana de agosto, a Tu Amor, a Tu presencia! Ya han desaparecido aquellas nubes que había antes. Estás sólo Tú, tan azul, tan Puro, tan Amigo. El viento no cede. Te respiro.

martes, 10 de agosto de 2010

Espero lo imposible




Espero. No sé muy bien qué, pero espero.
Quizá aguardo que llegue por fin la noche
en su refugio de lucidez y sueño
(o fuego).
Y entretengo las horas
limando las uñas del tiempo
o leyendo unos versos de Leopoldo Panero.

Entretanto podría ocurrir algo, no sé,
algo confidencial y con cierto misterio.
Algo como que, de repente, mi vida cambiara de tercio
y me ofrecieran trabajo en el Servicio Secreto.
Algo así como lo que hacía Robert Redford
en Los tres días del Cóndor, descifrando en los textos
esa oscura trama de conjuras y silencios
que son las semanas, los meses y los años.
O que me llamaran de Wellesley College (Massachusets)
para impartir a sus alumnas un semestre sobre la nostalgia
de Dios en la poesía de Pedro Salinas.

La verdad, estoy un poco harto
de la rutina y su desasosiego.
Quiero vivir sin contar el efímero dinero,
quiero vivir sin aguantar la respiración del alma
o desfigurado el cuerpo por el tedio.

Yo espero. Hace mucho tiempo
que espero y creo en lo imposible.

lunes, 9 de agosto de 2010

Blas de Otero y su poesía hermana





La última vez que leí la poesía de Blas de Otero fue nada menos que en la playa de El Sardinero (a veces la rima viene como caída del cielo). Era julio -¿o era agosto?- y habíamos ido a Santander con más ilusión que dinero. Es la verdad. Una oferta hotelera auspició que se hiciera realidad el deseo. Y luego a base de bocadillos y coca-colas, tumbados a la bartola casi todo el día, viendo como pasaban las piernas, y viendo como pasaban las olas. Y la arena entre las palabras del poeta; de Blas, de Otero, que nació en Bilbao (como mi abuelo Guillermo) y murió en Madrid (como mucha otra gente que no conozco). Era una antología… Pero yo miraba más al cielo, y al mar, subyugado por todo lo que suele subyugar a uno cuando está en una playa. De cuando en cuando me llevaba unos versos al alma, y seguía mirando (o contemplando, que queda más trascendente) un barco remoto, la estela de una rubia melena, la espuma del amor de Ana, los chapuzones de los cuerpos que emergían llenos de piedras preciosas. Y luego corrían hacia sus toallas jugando a vivir y salpicaban el rostro de Blas, su piel, tantas páginas que definitivamente quedaron arrugadas.

Mi hija Cristina se estudió muy bien a Blas de Otero en 4º de ESO. Y eso pone a cien mi orgullo paterno. Otros presumen de matemáticas, inglés o física. Pues a mí lo que me llena es que Cristina sepa que en España, de 1916 a 1979, hubo un poeta llamado Blas de Otero, que escribió Ancia, y que sus versos están llenos de solidaridad y angustia por los prójimos. Una poesía que nace de un amor superlativo por el hombre, y que se enfrenta a Dios cara a cara, con descaro de hijo que sufre, que no entiende, que se encorajina, que escribe para prolongar la esperanza. Dios siempre estuvo en él siempre. Y otra Cristina, buena amiga que trabaja en Círculo de Lectores, me llamó para decirme que iba a salir un libro que me iba a gustar. “Porque es de Blas de Otero, y sé que te encanta”. Cristina Gelonch está en todo. Y recibí el libro como una hogaza calentita. ¡Qué aroma de trigo, de cielo, de fuego, de tiempo! Hojas de Madrid con La galerna, es el título. Trescientas y pico páginas de poemas, casi desconocidos todos ellos. Ordenados por Sabina de la Cruz, compañera del poeta, y con sabio prólogo de Mario Hernández.

Entre las páginas de Hojas de Madrid con La galerna se me ha quedado un rastro de alma y de pasión poética. No sale uno indemne de la lectura de Otero. Te zarandea los cimientos y los sentimientos. “Pero hablar, escribir como le vienen / a uno las palabras, con aristas / y curvas de paloma, hablar de pronto / y escribir de repente, es carne viva”. En carne viva, en alma viva. “El alma estremecida y jironeada”. Enamorada de lo bello y de la sorpresa que es la rutina del cielo y de la vida. Escritura que se respira, con todas esas aristas que nos duelen todos los días. Tanto dolor y tan poco amor en nada. Tan escasa justicia social (“las grandes empresas anuncian el consumo de la sociedad consumiéndose a sí misma”). Poesía que es denuncia y proclama y plegaria. Poesía que quisiera desasirse incluso de las palabras. Poesía que debiera rimar más frecuentemente con la alegría. Pero no puede. “Tanto amor y no poder nada contra la muerte”. No poder ni distraerla un instante. Y los sueños a medio hacer. O ni eso. Al poeta se le pone un nudo en la garganta del alma, y la palabra y los poemas parecen ser sólo un sueño, o una atildada pesadilla.

Obra y vida. Vida, vida, vida. Unidad, comunión. Palabra almada. “Mi palabra / creció desde la vida”. Y literatura. Sus autores predilectos: el Romancero, el Cancionero popular, fray Luis, Quevedo, Rosalía (“estremecida como niebla en el valle”), Machado y el omnipresente Vallejo. Poesía: libertad. Ansía de muslos, colores, calles y rosas. Libertad, la belleza intrínseca de las cosas. “He llegado / hasta aquí: estas hojas / en que hablé con entera libertad / de todo, de todo al mismo tiempo, / liberando / el pensamiento, la imaginación / y la palabra”. Y en el libro -que comenzó a escribir tras su llegada de Cuba- me dejo una hojas (una es escarlata con varios folíolos), y un pétalo de flor de magnolio, y una estampa del glorioso Arcángel san Rafael, y unos recortes de periódicos viejos. Y me voy a cenar con la primicia que es siempre la poesía de Blas de Otero.

domingo, 8 de agosto de 2010

Una conversación estival (III, en una librería de gran almacén)


- Buenas tardes.
- Buenas.
- ¿Desea algo?
- Nada.
- Si quiere que le ayude.
- No, gracias.
- Para cualquier duda…
- Voy a mirar un rato.
- Estaré por aquí.
- Haga lo que le plazca.
- Sólo quería…
- Por favor, déjeme en paz.
- No se ofenda.
- ¿Puedo mirar tranquilamente?
- Por supuesto.
- ¿De verdad?
- Por supuesto.
- Pues lárguese.
- Por supuesto.
- Si encuentro algo será el primero en saberlo.
- Gracias señor.
- De nada, adiós.
- ¿Le interesan las novedades?
- Me interesa que se calle.
- Están a la izquierda de la entrada.
- No me lo puedo creer.
- Pues sí, están allí.
- ¿Se ha propuesto volverme loco?
- Sólo quiero ayudarle.
- Entonces cállese, por lo que más quiera.
- Por supuesto.
- No me lo creo.
- ¿Es para usted o para regalo?
- Váyase a paseo.
- A su servicio.
- Eso, váyase al servicio.
- Estaré por aquí, ya sabe.
- Si se calla y me deja en paz le prometo comprar en abundancia.
- Muy agradecido.
- Hala, a tomar viento fresco.
- ¿Le gustan las novelas?
- Me gusta la soledad y el silencio.
- Entonces le aconsejo…
- Una palabras más y dejo de ser consciente de lo que hago.
- Por supuesto.
- ¡Ay!
- ¿Le sucede algo?
(Silencio)
- Tenemos servicio médico.
(Silencio)
- Bueno, y si quiere le puedo ir guardando los libros que elija.
(Silencio)
- Y si no encuentra lo que busca tenemos una sección informática.
(Silencio)
- Tenemos buenas rebajas en novelas de aventuras y libros de viaje.
(Silencio)
- Bueno, veo que está concentrado en los ensayos.
(Silencio)
- ¿Ya se va?
- Sí.
- Tiene mala cara.
- Usted es una epidemia.
- ¿No encuentra ningún libro de su gusto?
- Ya me gustaría.
- Le aconsejo el último de Stephen King.
- ¿Se lo ha leído?
- La verdad es que no, pero se vende muy bien.
- Claro.
- O algo de César Vidal.
- ¿Cuál me recomienda?
- Uno que acaba de salir.
- Comprendo.
- Me han dicho que es ameno.
- ¿A usted le gusta leer?
- Bueno, de cuando en cuando.
- Ya.
- Es divertido, lo malo es el tiempo.
- Ya.
- Normalmente estoy en planta caballeros.
- Ahora entiendo.
- ¿El qué?
- Nada.
- Un compañero está de baja.
- Acabáramos.
- ¿No va a comprar algún libro?
- Se me han quitado las ganas.
- Aunque yo prefiero la sección de perfumes.
- Vaya, vaya.
- Huele bien y te entretienes con las chicas.
- ¡Qué cosas!
- No todo es trabajar.
- Natural.
- Si quiere le dejo tranquilo.
- Imposible.
- Que sí, le dejo.
- No me lo creo.
- ¿Usted lee mucho?
- Todo lo que puedo.
- ¿No se cansa?
- Nunca.
- Pues yo llevo un mes en libros y es de lo más soso.
- ¿No vienen chicas?
- Más bien señoras y niñas.
- ¡Qué injusto es el mundo!
- No lo sabe bien.
- Pida el traslado.
- Ni hablar, yo soy un buen vendedor.
- Un poco pesado.
- Normalmente funciona, he vendido de todo.
- Para vender libros hay que procurar leerlos.
- Le aseguro que no.
- ¿No?
- No.
- ¿Se va?
- Me voy.
- Que tenga buen día.
- En otra librería desde luego.

sábado, 7 de agosto de 2010

Agosto





Hay como un vacío. Y el pensamiento de que no es posible que yo esté todavía aquí, en esta ciudad vacía. Queda poco para irme, pero los días se alargan en un devaneo que parece no tener fin. Cuento las horas. Y los papeles pendientes, que revolotean alrededor del ordenador y del teléfono. Libros por todos lados, que van señalando el paso del tiempo hacia algo mucho mejor. Cuento el tiempo por palabras. Y las palabras a veces bailan en los prolegómenos de un posible cuento. Van a pensar que no estoy muy cuerdo, pero también las palabras forman la figura de un ventilador que gira en multitud de significados. Durante la lectura bajan los grados centígrados por un simple proceso de concentración. Y de ilusión.

Pero no todo es lectura. La agenda, los emails, la familia… Dentro de cada persona hay una preocupación. Algunos me lo dicen, otros no. Y miro a los ojos, intentando ayudar o queriendo descubrir esa fisura por donde se asoma el alma. Queda poco para comenzar las vacaciones. Necesito paisajes nuevos, una nueva perspectiva para descubrir un matiz distinto de la luz. Necesito pedalear por caminos de tierra, llenarme de polvo, esquivar las piedras de la memoria. Necesito ver para ser, para creer que el corazón del hombre no es sólo de asfalto y tedio. Aspirando la nieve tan blanca de esa luz que amanece en el silencio de la brisa, o en las olas.

En realidad, casi siempre el sueño de las vacaciones es reflejo de los recuerdos de nuestra infancia. Quisiéramos algo así, con las mismas tonalidades de color, con ese tiempo que se estira hasta la raíz del cariño de los que amamos. Agosto es la playa, las agujeros en la arena, las olas en los pies de tu madre, las conchas multicolores de aquellos días que conservas en el cajón de la entrada. Es la casa verde de Fuentes Claras, donde los poemas se desparraman por los rincones de una soledad inspirada. Agosto es el olor de las plantas recién regadas, es el frontón, es el pozo, es la bicicleta que pedalea hasta el atardecer, es el jardín encalado de un resplandor blanco, son los poemas de Luis Rosales o Leopoldo Panero ("vivir desde siempre a siempre"), es la torre donde las palomas dibujan el misterio de tu felicidad, que quizá comienza a volar un poco.

Lo mejor de todo son los sueños. Y estas maletas cargadas de libros que descansan a mi lado. Y el helado de chocolate con fresa. Tal vez agosto sea sólo eso: un sauce, un libro y un helado. Las ramas que salpican de hojas las páginas del libro. La luz que entrelaza tu alma a las ramas del árbol.

viernes, 6 de agosto de 2010

Pormenores de la adolescencia



Un hijo en edad adolescente es capaz de cualquier escape hormonal. Y se rebela, y se vuelve más y más irascible, y su vocabulario adquiere la limitada contundencia del exabrupto. Hablan gritando, se enfadan desproporcionadamente si les rozas o tocas cualesquiera de sus cosas. Sólo se ven a ellos mismos, a su ombligo, en una considerable espiral de egoísmos. Nunca se equivocan. Jamás. Los padres son los raros. Cada vez más raros. Ellos están a lo que están. Esa determinada forma de vestir o de flamear el pelo, esos primeros cigarrillos, el primer amor, el móvil más estupendo, el gesto adusto y, posiblemente, el desorden en sus obligaciones (incluida la ropa).

El asentamiento de su personalidad es una larga paciencia. Requiere tacto en el requiebro diario. Si se amotina su soberbia hay que mantener la calma en el puente de mando. Nada de gritos y ciscos impronunciables. Ya amainara la marejada y puede que hasta caiga en la cuenta de su tontería. Yo me veo reflejado en ellos y recuerdo, en el difumino del tiempo, aquellos pitillos, las primeras cervezas, el gusto por la soledad de mi cuarto, las desabridas contestaciones... ¡Quién era nadie para enseñarme nada!

Pero sobre todo recuerdo el cariño de mis padres, su sonrisa, su sabiduría. Ahora me doy cuenta de muchas cosas. Por eso, cuando siento el bullir de mis hijos o su aletargamiento en las musarañas, temo perder el norte de la eficacia -y de la tranquilidad familiar- con extravagantes castigos o con el sarcasmo de mis frases (lo reconozco, tiendo a ello). Y me digo a mi mismo: “Calla, calla, escúchales, haz como que no te has dado cuenta, y háblales con serenidad”. Es más eficaz el cariño que mil consejas.

Sin embargo… Ay, no aguantas esa contestación a su madre, esa apatía académica, o esa carencia de sueños… Y declaras la guerra y mandas a todos a la sentina del carajo. Y te quedas con mal cuerpo y una inevitable tristeza te deja varado en la playa de tu habitación o en medio de la acera, con ese sabor a sal en los labios, y a pena. No, no era la solución. Y vuelta a empezar. Y la madre -porque saben más- convoca a la reconciliación, y va desgranando un plan y unas palabras a la marinería donde cada uno pueda ser un poco más eficaz. Y por lo tanto feliz.

No todo es contrariedad en la adolescencia. Puede ser una edad de muchas lecturas, de grandes ilusiones, de generosidad y entrega, de goles increíbles, de amistades para toda la vida, de amores que celebran sus dos primeros meses. O ese abrazo imprevisto que te llega al alma. Y vuelta a empezar. Ellos solos no pueden. Y nosotros, padres, tampoco podemos ya nada sin ellos, pues nos dan la vida.

jueves, 5 de agosto de 2010

Que si unos libros para vacaciones (y II)



Al final la maleta está que desborda, a la que se le suma en plan extra una generosa cartera negra. “Pero, ¿dónde vas con tanto libro?”. Siempre la misma historia, la eterna cuestión. Como si molestara a alguien. Cada uno tiene sus caprichos y necesidades y manías. Me he pegado todo un año soñando con esto. Por favor, no me quitéis lo poco que tengo. Hoy en día leer -que te vean leer- es un acto de patriotismo, un reclamo, un ejemplo, una reivindicación de ese humanismo que nos han arrancado de las universidades y de la sociedad, cada vez más llena de soplagaitas ignorantes. Apenas queda vestigio del cultivo de las letras, de la filosofía. Ver leer a alguien es una alegría, un sentimiento fraternal, un asidero, una esperanza. No estoy solo, se dice uno.

La maleta y la cartera. Cómo pesan. He metido en ellas tres libros que quiero terminar de leer. De Tres maneras de volcar un barco, de Chris Stewart (Salamandra), apenas me quedan unas páginas. Chispeante, divertido. Chris se gana la vida cuidando ovejas, pero le ofrecen ser patrón de un pequeño barco sin tener ni idea sobre el asunto. Imaginarse pueden sus desventuras. Pero se anima, y toma clases y lee un libro para acelerar el proceso de aprendizaje en pocas horas. Y de las islas griegas pasará a engrosar una pequeña tripulación camino de Vinlandia, que es el nombre que los vikingos pusieron a la zona del Golfo de San Lorenzo y cercanías, en el actual Canadá. Otro libro que tengo para rematar es el Libro negro de Carrillo, de José Javier Esparza (Libros Libres). Pese a que estoy más que saturado del tema y todas sus mentiras, procuro seguir con atención la obra de Esparza, que no tiene desperdicio (¿no han leído todavía su magistral Asturias, así empezó la Reconquista (La Esfera)? ¿Y a qué esperan?). La publicación del libro sobre Carrillo ha coincido con la necesaria reedición de El libro negro del comunismo, en Ediciones B.

El tercer libro que tengo por concluir es Vampiros, una edición magnífica de Jacobo Siruela, donde reúne lo más granado del género (hay otra antología, en Valdemar, titulada Vampiras). Me han sorprendido por su calidad "La muerta enamorada", de Théophile Gautier y "La habitación de la torre", de Edward Frederick Benson. En fin, un cúmulo de estremecedoras obras maestras. Prueben a leer algunas de estas historias en voz alta y en familia o con unos amigos. De noche, por supuesto (como las imprescindibles Historias de fantasmas de Dickens, que pueden leer en Impedimenta). El libro ya había sido publicado en la editorial Siruela, pero era conveniente una puesta al día, dado el boom que tanto excita sobre todo a nuestros jóvenes, y también a los menos jóvenes. Leyendas, superstición, demonismo, mito, literatura. Del prólogo me quedo con una interpretación que cita Jacobo. Es de Claude Kappler, y me parece de lo más atinada. Dice: “si el vampirismo fascina, es porque representa, con enorme fuerza, una imagen del hombre contemporáneo”. Y matiza Jacobo Siruela: “la imagen de un muerto en vida que proyecta hacia adelante su tortuosa angustia a la muerte, una muerte cada vez más negada y ocultada socialmente que la hace cada vez más temible e inquietante”. Este libro es ya un clásico porque reúne lo tantas veces inencontrable, con sagaz criterio, con exquisito gusto. El libro está de muerte.

El sitio de Leningrado, de Michael Jones me gustó tanto, que me llevo su último libro: La retirada (Crítica). Todo el desbarajuste que supuso la retirada nazi ante el fracaso de conquistar Moscú y el gélido invierno. Jones describe no tanto lo bélico, como la tragedia, la intrahistoria, las vidas de personas concretas. El dolor, la emoción, el límite de la existencia. Ese es su principal valor e interés. Y por eso le he hecho un hueco en el equipaje. Y también me llevo Un hombre que duerme, de Georges Perec (Impedimenta); y Los monstruos de Templeton, de Lauren Groff (Salamandra); y La cruz de Honninfjord, de Giovanni Montanaro (Libros del Silencio); y Escribir y callar, de Nuria Amat (Siruela); y Memoria del corazón (antología poética), del gran Leopoldo Panero (Renacimiento). El festín se acerca. Las vacaciones anheladas. Esos rincones de silencio y tranquilidad. El sosiego, la soledad a ratos. Pero también la duda. Libros, libros, libros. Y como estoy con Blas de Otero me pregunto con él: “Para qué tantos libros, tantos papeles, tantas pamplinas. / (…) cuánto mejor callejear a la deriva, / esto sí que es un libro, lo que se dice un libro de tamaño natural / lleno de gente, tiendas, puestos de periódicos, casas en construcción / y otros versos”. Seguramente una cosa no quita la otra.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Película en familia





La cena en las bandejas, la película preparada para verla en familia. Una vez más no es total el acuerdo (ha triunfado el gancho de Bruce Willis sobre la intrigante y romántica Emma). El ventilador devana la espera. Cuando todo está dispuesto resulta que papá se ha fugado con un libro. Me llaman a gritos. Y yo ni caso. Leo una acuarela de Ramón Gaya pintada con palabras y agua clara. “Venga papá, te estamos esperando”. “Venga papá, que estás en otro mundo”. Y la mejor película son ellos.

martes, 3 de agosto de 2010

… Y en polvo te convertirás




Decimos algunos que la muerte cuando Dios quiera, y que miedo miedo tampoco, sin exagerar; puede que al sentir la de un ser querido y verla más de cerca, tan afilada y fría, tan tajante, entonces se nos erice un poco el bello y demos vueltas al tiempo que nos puede quedar, a los días en los que todavía vamos a respirar. Y que si sufriré o que me pille dormido o que ni me hables de esto. La realidad es que cierto temor hay, y que la procesión va por dentro. Y nos planteamos si volveremos a pasar por cierto lugar de nuevo, si nos dará la vida para leer determinados libros, si conoceremos la alegría de los nietos y la plenitud de los hijos. ¡Son tantas cosas! Para qué nos vamos a engañar, la muerte no es un pensamiento agradable. Aunque tengas fe y una fortaleza de ánimo estratosférica. No imaginas el mundo sin ti y a ti sin el mundo. Por más estoico y manso y trascendente y demás que seas, cuesta aceptar que todo seguirá sin ti. Como escribió Blas de Otero: “Cuando yo muera, continuarán saliendo los periódicos, publicándose mis libros, repartiéndose el correo”.

Pero el caso es que la muerte llega y mata y para los relojes y se te lleva por delante. Y los que se quedan la miran con cara de pasmo y de tristeza, y puede que hasta de angustia. Tanteamos, no entendemos. O simplemente la miramos de lado, o la obviamos; o después de la conveniente misa funeral y los responsos y los albañiles tapiando con unos ladrillos y yeso y flores tantos sueños y recuerdos, se nos va la cabeza a lo siguiente. Y en esas puede que paseemos un rato por el cementerio, curioseando las tumbas (algunas son espectaculares), los rostros, las fechas, los adornos, las esculturas, los epitafios. Y encontramos de todo. ¡Qué grandilocuencia la de algunos! ¡Qué patéticos otros! El sentido del humor un tanto negro se combina con frasecitas convencionales o con cierta mala leche para el vivo que lo lee (“tú serás lo que yo soy”). También hay cierta pedagogía y ascética: “Detente, este sepulcro que indiferente miras, a despreciar te enseña lo que en el mundo admiras”. Y después los hay horteras hasta en la muerte. O cursis. O desagradables.

Los camposantos -tengo ante mí un librito del de Génova de principios del XX- hay a quienes relajan. A otros los exasperan. Conozco a quien le mueve la vena romántica y literaria por esos lares. A muchos les conmueve, y rezan y se emocionan y lloran a sus seres queridos. La muerte tiene toda una liturgia, y un negocio. Tal vez lo más original o sorprendente son los epitafios. Nieves Concostrina -que ya nos había dejado una buena muestra en su libro Polvo eres- vuelve ahora con …Y en polvo te convertirás (editado también por La Esfera). El resultado es para pasar un buen rato. Los hombres es difícil que dejemos de dar la nota. Hay de todo. El lector sucumbe no pocas veces a la carcajada, otras se queda reflexivo, y otras no da crédito al estupor. ¿Es posible? Pues sí, es posible. Las abundantes fotografías hacen que el libro sea magnífico. No se trata de simple morbo o curiosidad boba. Se trata de la muerte que a cada uno conmociona de manera distinta, llegando a la astracanada o al esperpento, pero también siendo señal de que somos algo más que todo este osario. Este inusual y gran libro puede parecer al principio, pues eso, un fisgoneo de las postrimerías, pero es también introspección y examen de conciencia. Yo me quedé plantado en la lápida de un señor de Vitoria, muerto en 2006. Donde sus deudos grabaron dos palabras que son las que yo quisiera (y supongo que cualquiera): “Fue feliz…”. Pues eso.

lunes, 2 de agosto de 2010

Los poetas




Hay hombres de sensibilidad tan aguda
que escuchan en las olas el corazón de la historia.
O en el inmenso azul del cielo traducen la luz
en amor que transparenta el horizonte.
Descienden a los abismos de la tristeza
y se elevan a la altura de la música.
En las páginas de los libros observan el himno de la brisa.
Y debajo de los sauces perciben la presencia
de Dios entre las sombras.
En la soledad jamás están solos.
Resucitan las cenizas de la nostalgia
y de madrugada escuchan la respiración de la noche.
Piensan violetas en medio de la nieve.
Se pasan la vida buscando entre la espuma
del tiempo la eternidad de unos labios,
de unos lirios o de un sueño.
En la calle van al acecho de una pizca de silencio
o de una sencilla imagen donde posar el alma.
Transforman el dolor en melodía
que rebosa por dentro nuestra vida
(o lo que queda de ella, tan incierta).
Leen entre líneas la lluvia o el friso de un cuerpo desnudo.
Su escritura es el aliento del mundo, la espada
que lucha por hacernos inmortales de belleza.

domingo, 1 de agosto de 2010

La visita a Cristo



En realidad son cinco minutos. No mucho más. Cualquiera dirá que es un gran esfuerzo. Unos minutillos de nada para Dios. Un descanso, un acto de amor, una parada en el cielo. O al menos, al pasar por delante de una iglesia, decirle algo. “Hola”. “Te quiero”. “No puedo más”. “Hasta luego”. Pero cuando de verdad se ama se busca el tiempo donde sea, y no se piensa si se tienen o no ganas. Uno se entrega, se apresura, no quiere otra cosa que estar con el amado. Lo triste es no acordarse siquiera. Pasar por delante de Dios y no entrar dentro. Ni una palabra, ni un pensamiento. Y en la siguiente calle encontrarse con algún conocido y charlar durante un buen rato sobre lo que sea. ¿Y lo mismo con Dios? Cristo nos espera. Y no son pocas las veces que sentimos esa pequeña llamada del Espíritu Santo, esa moción interior que nos reclama un poco de cariño. Un poco de eso que nos preocupa o nos alegra. Quiere Dios que le digamos, que entremos en Su casa y le contemos confidencias o simplemente arrodillarnos, o sentarnos, o quedarnos de pie al lado de la puerta.

¡Viva Jesús sacramentado! Los cristianos debemos enamorarnos más de Cristo, sentir Su presencia, la urgencia de Su Amor, que nos reclama, que nos llama, que nos quiere como nadie nos querrá nunca en la tierra. Amar. Amarle. Entonces se hará más fácil todo. Entrar a visitarle. Cinco minutos. A media tarde, o por la mañana. Y entregarle el corazón, y no quitar los ojos del sagrario o de Su Cuerpo expuesto sobre el altar de tanto desprecio y olvidos y coyunturas desfavorables. Para cualquier cosa nos desvivimos y somos incapaces de visitar a Dios al menos una vez al día. ¿Tan presos estamos en la estulticia, en la comodidad o en la indiferencia? Obras son amores. Hay que demostrar con detalles y con reciedumbre y piedad que somos cristianos, católicos que ambicionan el Cielo en medio del mundo.

Es algo pequeño. ¿Es algo pequeño? ¿Un acto de fe y de amor y de esperanza en Dios es algo pequeño? Yo diría que es más bien infinito y crucial. Una breve visita al Señor sacramentado es retomar fuerzas, es recomenzar la vida (hacerla más feliz y natural, precisamente por sobrenatural), es educar al alma en la pedagogía de la Eucaristía que como sabemos significa “acción de gracias”. Visitar al Señor es algo familiar y es adoración. Es reconocer nuestra insuficiencia e insignificancia, y al mismo tiempo nuestro orgullo de ser hijos de Dios. ¿Qué nos cuesta? ¿Qué nos cuesta entrar en esa iglesia por la que pasamos todos los días? O aunque tengamos que desviarnos un poco (quizá sea un buen atajo para ser santo). Entrar en el templo, y entrar luego en el sagrario, para por fin entrar con el alma en Dios. ¿Qué nos cuesta? ¿Tan poco valoramos Su gracia? En realidad no nos costaría nada, pero seguimos andando, o nos vamos a tomar un café o un helado.

¡Viva Jesús sacramentado! ¡Viva y de todo sea amado! Por el amor de Dios vayamos a verle cada día un poco, estar con Él, decirle que estamos en medio del trabajo o que vamos a comprar la comida o que hemos quedado con un amigo para ir al cine. Nada, cinco minutos. Solos, o con la novia, o con un hijo (o con varios). Quizá distraídos. No importa. Estar allí, con Dios. Presentarle nuestro afecto, nuestro consuelo… Quiere contar con nuestro poco y transformarnos de raíz. Estar allí, quererle, adorarle. Y de paso saludar a la Virgen, a María, que no se separa jamás de Su Hijo, que nos lleva hacia Él, con ternura de Madre.