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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.
martes, 31 de agosto de 2010
La actualidad
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Guillermo Urbizu
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lunes, 30 de agosto de 2010
Lo que he venido leyendo
Y luego está mi afición a los libros que me cuentan cosas de gentes enamoradas de los libros, o sobre la lectura. Reconozco que es algo que me conforta. Saber de algunas manías que no son sólo mías. Saber de esa pasión que no sé si tiene cura (¿quién la quiere?, la cura, digo). Y buscar fotografías de bibliotecas o al menos un detalle de ellas, como las que aparecen en la nueva edición de Tocar los libros, de Jesús Marchamalo (Fórcola). No me agradan las demasiado ordenadas. Prefiero cierto desorden, la verdad. Me parecen más humanas. Y he leído la extraordinaria novela La casa de papel, de Carlos María Domínguez (Mondadori). En un determinado momento dice: “(…) no consigo dejar de sumar una nueva estantería, otra doble fila; avanzan por la casa, silenciosos, inocentes. No logro detenerlos”. Si les ocurre algo parecido este tipo de literatura les encantará.
Libros como Enfermos del libro (breviario personal de bibliopatías propias y ajenas), de Miguel Albero (Universidad de Sevilla), o Vicios solitarios, de Alberto Manguel (Fundación Germán Sánchez Ruipérez). Manguel, con su habitual sagacidad, se pregunta en su breve ensayo “Julien Sorel, lector” -como ya saben ustedes Sorel es el protagonista de Rojo y negro, la novela de Stendhal-: “¿Cómo defender la lectura (que no promete ningún beneficio material, que no puede siquiera asegurar, más sabiduría, más destreza, más sensibilidad a quien lee) frente a una sociedad que insiste en alabar la codicia, el egoísmo, el goce del momento presente, una sociedad que intenta convencernos de que la reflexión es inútil, la dificultad absurda, la compasión flaqueza, una sociedad de realidades virtuales que se empeña en hacernos creer que la muerte no es un destino que nos aguarda, implacable a todos?”. Atinada pregunta para reflexionar un buen rato y sacar un par de conclusiones.
Como atinado es el libro del crítico norteamericano Sven Birkerts, Elegía a Gutenberg (Alianza Literaria). Es la tercera vez que lo leo. Espero que con provecho. El futuro de la lectura. Es decir, nuestro presente. La eterna preocupación, la inquietud que persiste. Por mí -y tal vez por usted, lector- no hay problema, seguiré seducido, amante de esa tinta impresa y encuadernada, de ese objeto llamado libro que atesora ideas y aventuras, sentimientos y pensamientos, la historia de tantos que han dejado por escrito su alma… En la página 293 del libro de Birkerts se puede leer: “Mi gran temor es que, como cultura y como especie, nos estamos convirtiendo en seres superficiales; que hemos huido de la profundidad -de la premisa judeocristiana del misterio insondable- (…)”. La tecnología no puede sustituir a Dios, pero lo que sí puede es desespiritualizarnos. Y el libro es una herramienta espiritual. Pensemos.
Y no hay que perderse Bibliofrenia o la pasión irrefrenable por los libros, de Joaquín Rodríguez (Melusina). Embriagador, irrenunciable, necesario. Por aquí desfilan anécdotas y sucedidos de gentes muy diversas, como Ciceron, el conde Libri-Carucci, o Samuel Pepys. (Hablando de Pepys, llevo unos tres meses con la extraña inquietud de volver a leer su Diario, y lo mismo me pasa con las Cartas a Lucilio, de Séneca). Y de postre Escribir y callar, de Nuria Amat (Siruela). En esa preciosa colección que es la serie menor de su biblioteca de ensayo. Está compuesto de dos textos, que forman una misma unidad de interés -interés que es amor en su más estricto sentido- por la literatura, por la biblioteca, por los libros, por la vida. Por la poesía como sustrato y germen. Su intimidad con la literatura es contagiosa y genuina, familiar. Da gusto leer páginas así. Es gratificante. Prueben.
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Guillermo Urbizu
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domingo, 29 de agosto de 2010
Un pensamiento de amor siquiera
Puede que se nos haya pasado por la cabeza alguna moción del Espíritu Santo (que no es ningún turista), como rezar un misterio del rosario durante un trayecto en coche, o sonreír a una azafata que ha resultado un poco amarga, o ir con el alma cerca del Papa (allá donde esté). Pero ¿saben?, nunca parece oportuno, quizá más tarde. Por no hablar de las ganas. En un hotel o balneario o lo que sea (la mejor calidad a los mejores precios), pensamos en descansar, en pasear, en un ratito de sauna o quizá jacuzzi, o en un estupendo masaje. ¿Qué tal un partido de pádel? Para el alma nada. Puede que un avemaría en caso de apuro o urgencia, o a última hora. Pero Dios, como escribió Robert H. Benson, “desea más la ternura, el amor y la compasión”.
Dios desea esas cosas inesperadas que suelen hacer y decir los enamorados, los amigos de verdad. Esos detalles espontáneos que pasan desapercibidos para todos menos para Él. Benditas locuras de amantes, de personas que todo lo ven por y para el Amado. Sin rarezas. Amar, amarle. Buceando en las islas Mauricio o bailando con nuestra mujer un vals en Viena o en Acapulco o en Valencia. Amar, amarle. El amor a Dios con viveza, con osadía. Con esa valentía y arrojo que se precisa cuando hemos de decir sin ir más lejos: “los míos y un servidor no vamos a ese sitio porque allí se ofende a Dios”. Y punto. ¡Qué vergüenza ni qué historias! O proponer a los demás, si les parece bien, la posibilidad de dar gracias a Dios por un paisaje que nos sabe a Paraíso, a Cielo.
Porque veamos, ¿un crucero sin Dios en qué se queda? ¿En qué se queda toda la Amazonia o ese atardecer en el lago Ontario o la grandeza de Machu Pichu o el nacimiento del río Martín (Teruel, España), si no nos lleva a desvivirnos por Dios, a darnos cuenta de lo que Es, de lo que somos? Seamos sinceros, ¿en qué se queda? ¿En un bello recuerdo, en un video, en unas fotografías? ¿Nos conformamos con tan poco cuando podemos ser infinitos, cuando podemos lograr que toda esa belleza que vemos o hemos visto y disfrutado se transforme en amor de Dios, en algo que no perece, que no se muda, que no olvida? Y en Dios no cabe nostalgia, ni tristeza. Está siempre pujante Su Presencia. Debemos aprender a reconocerle, ávidos de amor (que es la Primera Maravilla, y la segunda y la tercera… y todas las demás, estén en los recorridos de las agencias de viajes o pasen completamente desapercibidas).
La vida sin Dios amenaza ruina, servidumbre. El mundo sin Dios es mentira, o ceniza. El amor sin Dios está en la luna y es sólo un instante, o es una contradicción, o un laberinto. Vivir es aprender a descubrir a Dios en los caminos de la tierra, allá donde estemos; aprender a escucharle, a mirarle, a decirle nuestro corazón en silencio. Con ternura, con delicadeza, con determinación, con agradecimiento. Y que las almas por fin caigamos en la cuenta de la felicidad que nos espera, que ya está aquí.
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sábado, 28 de agosto de 2010
Una conversación estival (en una piscina, y IV)
- Fresquita, pero agradable.
- No me atrevo.
- Sea fuerte.
- Es que no lo soy.
- Venga mujer…
- Voy a mojarme los pies primero.
- ¿Le ayudo?
- ¿A mojarme los pies?
- Si quiere.
- ¿Me tira los tejos?
- Ahora que lo dice…
- No sea mal educado.
- Es usted muy guapa.
- ¡Ay!
- Está buenísima.
- Pero, ¿qué se ha creído?
- Digo el agua.
- Ah.
- Venga, le espero.
- Me gusta nadar sola.
- Yo le miraré desde la orilla.
- No quiero.
- Es que me gusta...
- ¡Será desvergonzado!
- Digo que me gusta estar en la piscina.
- Eso bueno.
- Ya me salgo.
- Quédese señor mío.
- ¿En qué quedamos?
- En que está fría.
- Tírese de golpe.
- Voy a bajar por la escalerilla.
- Está bien.
- ¿Qué mira?
- ¿No puedo mirar?
- Depende.
- ¿De qué depende?
- De lo que mire.
- ¿Y qué piensa usted que voy a mirar?
- Es obvio.
- No lo veo tan obvio.
- Ni mire ni vea.
- ¿Le gustan los ciegos?
- Es un desconsiderado.
- Métase en el agua y calle.
- Voy a probar…
- No me lo creo.
- ¡Está helada!
- Exagerada.
- Congelada.
- Usted se lo pierde.
- Se me ha puesto la piel de gallina.
- Eso me interesa, déjeme ver.
- ¿El qué?
- Su piel.
- Mire…, pero mejor que no, quédese donde está.
- Soy dermatólogo.
- Y yo modelo.
- Estoy seguro.
- Es que es cierto.
- No lo dudo.
- ¿Es de verdad dermatólogo?
- Doctor en medicina y en otras bellas artes.
- ¿Cómo cuales?
- No la conozco lo bastante.
- ¡Ni se mueva!
- Estoy quieto.
- Mejor.
- Menuda bobada.
- No me fío.
- ¿Le doy miedo?
- Me da miedo que me salpique.
- Es buena idea.
- Ni se le ocurra o grito.
- Estamos solos.
- Bajo aquel árbol hay un hombre que lee.
- No lo había visto, usted perdone. ¿Es amigo suyo?
- Pues claro.
- Miente.
- Se quedará con la duda.
- Si usted me la regala me parece perfecto.
- Menuda labia tiene.
- Soy muy tímido.
- Ja.
- ¿No se lo cree?
- Desde luego que no.
- Pues lo soy.
- ¿Qué mira?
- Esa peca o lunar en su pecho.
- ¿No tiene vergüenza?
- Es deformación profesional.
- Ya, la dermatología claro.
- Pues ¿qué pensaba usted?
- Lo obvio.
- Ah, se me había olvidado que en eso es usted una experta.
- Sólo tengo que mirarle a los ojos.
- ¿Me mira los ojos?
- Retorcido.
- Es que me ha dado una alegría.
- Creído.
- Soy feliz.
- Me voy a bañar para no oírle.
- Otra alegría más.
- No tiene remedio.
- Estoy soltero y aprecio la belleza.
- Usted es un mujeriego lenguaraz.
- No es verdad.
- ¿Quiere que se lo demuestre?
- Sí.
- Dígame lo que piensa, sin pensarlo.
- Menuda forma de expresarlo.
- Dígalo.
- Pensaba en lo que sería darle un beso.
- Ahí lo tiene.
- ¿Eso es ser mujeriego?
- O eso o algo muy parecido.
- Le perdono porque soy un caballero.
- ¡Qué cara!
- Pero en castigo le voy a tirar a la piscina.
- ¡Socorro!
- Grite lo que quiera.
- ¡Socorro!
- No deje de mirarme a los ojos.
- Cobarde.
- Venga, nade en ellos un poco.
- ¿Está usted loco o es también poeta?
- ¿No es lo mismo? Si me mira el agua estará menos fría.
- ¡No, no, no!…
(Y llegó el inevitable y deseado chapuzón).
- Ya está. Tampoco era para tanto.
- Le voy a…
- Será si me pilla.
- Es usted un niño.
- Y usted una mujer muy hermosa.
(Escrito y rubricado por el lector que estaba en un rincón de la piscina).
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viernes, 27 de agosto de 2010
Marina
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jueves, 26 de agosto de 2010
La literatura no siempre sirve
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miércoles, 25 de agosto de 2010
Primera Carta a los Coríntios, cap.13
me ha venido a la mente un pasaje
(uno de esos paisajes del alma
que llegan cuando más los necesitas).
Es de San Pablo en su Primera carta a los coríntios.
Creo que es el inicio del capítulo 13
el núcleo de toda vocación poética:
Si, hablando lenguas de hombres y de ángeles,
no tengo caridad, soy como bronce
Es decir ¿de qué servirá la ingente cantidad de versos
más o menos angelicales, o quizá huecos,
plagados de metáforas incandescentes,
si el quicio de su melodía
no se encuentra en la caridad y es sólo literatura?
Las palabras de los poetas
son la esperanza de una superior armonía,
donde se van cifrando nuestras vidas.
Yo no puedo conformarme con menos.
Así que me adentraré más y más en la caridad
y en la percepción de la necesidad de los demás.
Hasta que Dios germine en cada palabra que escriba.
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martes, 24 de agosto de 2010
La playa
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lunes, 23 de agosto de 2010
Una palabra que no es como las otras
Alma, una palabra que no es como las otras.
Lo notas. Por eso no puedes dejar de escribirla.
De sentir que se alza
de entre tus dedos una potencia infinita.
Quisieras ser más preciso, pero no puedes.
O no sabes comprender del todo sus signos.
Esas cosas que hacen de tu vida algo distinto, digno.
Y la escribes una y mil veces, porque quieres
aprender de memoria el rumor de sus letras.
Eso que pocos oyen.
Porque no todas las palabras hablan de igual forma.
No todas saben quién eres.
Ella sí. Tu alma
conoce la verdad de ti mismo:
el abismo que callas o el miedo de la noche.
O ese anhelo que buscas en tantos libros.
Alma, ¡qué palabra tan ancha! Y tú, ¡qué ciego!
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domingo, 22 de agosto de 2010
Si los otros no importan
Decidme, si los otros no importan ¿qué hago yo casado y con niños? ¡Seré idiota! Y además fiel, sin resquicios. Si los otros no importan ¿para qué madrugo todos los días? ¿Para qué vivo? Decidme por favor, decidme. ¿Qué sentido tiene todo si los otros no importan? ¿Para qué voy a cantar el vitral del otoño o el destello del verano o las caricias de los cuerpos, o voy a devanarme los dedos con los cerezos en flor? Si los otros no importan yo a lo mío, pero algo me dice que ni lo mío importaría nada. Tendría que dejar de escribir y abandonarme al capricho del instante. Y el silencio se haría insoportable de tanta soledad. Si los otros no importan, ¿se os ocurre alguna feliz idea para ser feliz? ¿La belleza? ¡Qué monotonía! ¿Los libros? Un dispendio de palabras. ¿La fama y el prestigio? Menuda algarabía de tristeza. ¿El dinero? Un laberinto en penumbra, lleno de pamemas, hipocondrías y malicias. ¿Qué hacer entonces? ¿Qué hacer cuando todo falla y no tengo amigos? ¿Con quién me tomo el aperitivo? Que alguien diga algo, os lo suplico. Porque si los otros no importan -o importan lo que importa el egocentrismo más sofisticado- cualquier cosa puede suceder. La vida se vuelve inestable y malcriada. Prescindible vamos. Podemos manipularla e incluso asesinarla por motivos democráticamente totalitarios. ¿Y qué me dicen de la política? Si los otros no importan la libertad es inaccesible, aherrojada en disparatadas milongas. O en estadísticas. Cuando los demás no importan ¿quién va a mantener las formas? Se escupe en la calle y no pasa nada. Y se vocifera, y se agrede, y se roba, y se humilla. La humanidad se desvanece en extraños ocultismos, y el amor es mero cálculo profiláctico. Si los otros no importan, decidme, ¿qué objeto tiene todo, para qué vivimos?
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sábado, 21 de agosto de 2010
El matrimonio en tiempos de impureza
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viernes, 20 de agosto de 2010
Los ladrones de almas
Los ladrones de almas se esconden, se disfrazan, nos tientan con su consabida y sugestiva retórica. “¡Qué más da!”. “No todo va a ser penalidad, hombre”. “Se vive sólo una vez”. “Tampoco hay que exagerar”. “El catolicismo no es eso”. Es más cómodo seguir este juego. Pero nos notamos tristes. Algo no va. El disimulo y el trapicheo, el no querer pensar; el ceder constantemente, el dejarse estafar en lo sustancial, no nos deja apreciar la felicidad (no confundirla con el disfraz de turno, con lo que nos quieren vender como tal). Por eso nos quejamos de todo, por eso tenemos miedo a recapacitar o a estar en soledad. O a confesarnos… a nosotros mismos que no podemos seguir así ni un minuto más. Y nos corroe la ansiedad, la congoja y el sinsabor. Y hablamos del tiempo y del fútbol y de la fama del prójimo y del último episodio televisivo de no se qué. Y nos pegamos meses o años acomodándonos a lo pueril, doblegándonos, adocenándonos. Satisfechos ¿de qué? Si nos han quitado el alma. O al menos hemos consentido en ello. Y sin alma, sin amor de Dios, sin esa visión trascendente del mundo y de lo que hacemos ¿cómo vamos a disfrutar verdaderamente de la vida?
Sin alma no hay caridad, no hay manera de vivir con cierta alegría y orden de prioridades. Ya nos podemos poner como queramos. Ya podemos acudir a las más doctas ciencias y hacer fortuna de cara a la galería. E incluso escribir metódicos versos (¿puede haber poesía sin alma?). Todo queda en nada. En nada de nada. ¡Si cada uno reconociéramos de verdad nuestro meollo! Y es que no se puede vivir sin alma. ¿Cómo podemos dejar que nos expolien de esta manera?
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jueves, 19 de agosto de 2010
En desagravio
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miércoles, 18 de agosto de 2010
Relectura de la vida
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Guillermo Urbizu
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martes, 17 de agosto de 2010
El hogar
El hogar es la sonrisa al volver del trabajo. El hogar es respirar el aroma de las sábanas limpias. El hogar es dormir poco y trabajar mucho. El hogar es abrir las ventanas cuando llueve. El hogar es pasar la tarde con los amigos. El hogar es nadar en la piscina con Jaime. El hogar es sentir la brisa entre los árboles. El hogar es mirar a los ojos de una niña ucraniana que se llama Teresa (y que es mi sobrina). El hogar es despertar por la mañana y dar gracias por el nuevo día. El hogar es el refugio más íntimo del alma.
El hogar es preguntar la lección a mis hijos o ver una película juntos. El hogar es poner la mesa sin que a nadie parezca que le importe. El hogar es el poema que uno va componiendo a lo largo y ancho de la ternura. El hogar es tener conciencia de amar y ser amado. El hogar es la muerte del egoísmo. El hogar es la misa del domingo. El hogar es no tener tiempo -ni espacio- para uno mismo. El hogar es callar a tiempo. El hogar es la memoria de Dios. El hogar es nuestra historia. El hogar está en ese dibujo que Cristina quiere pintar contigo.
El hogar es el color de todos los rotuladores. El hogar es la biblioteca de los afectos. El hogar es el desahogo de las preocupaciones. El hogar es la caricia al que sufre. El hogar es el corazón del que uno no quiere salir nunca. El hogar es limpiar el polvo de la costumbre. El hogar… no es un lugar. Es la posibilidad de convivir con la felicidad todos los días.
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lunes, 16 de agosto de 2010
Perdonen la impertinencia
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domingo, 15 de agosto de 2010
Aprendamos a leer poesía
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sábado, 14 de agosto de 2010
Vivo
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viernes, 13 de agosto de 2010
Tres palomas, el alma y la vida
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jueves, 12 de agosto de 2010
¿Cuántas perdidas has hecho hoy a Dios?
Mi mujer recibe del orden de veinte perdidas al día. (En otros casos es la novia, el novio o el marido o una hija, etcétera). Está claro: la quiero. Me robó el corazón y, pese a los misterios femeninos -o precisamente por ellos-, la quiero, le hago saber que estoy aquí, que la recuerdo, que es lo primero, que me tiene loco, que no me acostumbro, que ya no sé que hacer para decirle todo lo que siento y cómo siento mis meteduras de pata, y que quisiera estar ahí, con ella. Juntos. Siempre. ¿Qué sentido tiene que no esté con ella? Es el amor que sólo quiere unidad, saber del otro, por mínima que sea la señal. Pues Dios igual. No, igual no, mucho más. ¿A qué esperamos para soltar el lastre de la desidia y de una absurda vergüenza? Busquemos Su Nombre en la agenda. Las cosas cuanto antes. No tardaremos en escuchar Su voz. Nadie se queda sin respuesta. Puede que al principio nos cueste y andemos descreídos, puede que no sepamos identificar Su voz en esas palabras de un amigo o en un suceso inesperado que nos hace reflexionar. O puede que no acabemos de entender o que nos parezca que es todo en balde. Pero hay que perseverar. El amor es también perseverancia, insistir en esas llamadas, en esas perdidas, con la seguridad de que somos escuchados y queridos como no nos podemos hacer idea.
No es mal examen de conciencia para calibrar el estado en el que está mi alma, mi relación con Cristo, mi felicidad genuina. ¿Cuántas perdidas le he enviado hoy al Autor de mis días? De entrada, como decía, igual uno se asusta. Por lo necio que puedo llegar a ser, por lo desagradecido, porque puede que apenas quede rastro de fe (lo cual es cada vez más frecuente, o se trata de una fe desvaída). Puede que desde la primera comunión no tenga noticia de mí, o desde antes de las vacaciones, o desde un ataque súbito de emoción pía cuando se murió la abuela y que duró dos días, o… El cristianismo no tiene sentido si uno no está enamorado de Cristo, y lo demuestra. Todo lo demás es filfa, adorno, piruetas o puede que hasta teología. (Se ven cosas muy raras hoy en día y es que el déficit espiritual es de aúpa). Un padre del montón -o madre- está esperando como agua de mayo que su hijo le cuente, le diga, le exprese, le enumere sus sueños y aspiraciones. Venga, por Dios, ¿tanto cuesta un par de perdidas para empezar? Nada especial. “Oye, Dios, échame mano al alma, y al trabajo”. “Dios, me cuesta reconocerlo, pero te necesito ahora”. O ni eso. “Dios mío, ya sabes”. O “buenas días Jesús”. El amor necesita comunicarse, darse, anticiparse. Necesita de estos detalles, posiblemente nimios, pero detalles necesarios. ¿Dónde tenemos el corazón? Puede que hasta en un gato persa, o en unos libros, o en una colección de chapas, o en Internet, o en el coche tan limpito, o en la ropa, o en el sexo, o en la cuenta corriente. ¿No suena todo esto como muy pedestre por muy bonito, provechoso y orgásmico que sea? ¿Es eso la vida para nosotros, lo que realmente queremos? ¿Meras apariencias de vida? Apañados estamos. Y es que nos olvidamos de sintonizar el alma con Cristo. De enviarle alguna que otra perdida (que nunca se pierde). No tardaremos en recibir respuesta. Dios espera cualquier señal, por mala o pequeña que sea, para abalanzarse sobre nuestro corazón con todo Su Corazón divino. Y humano.
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miércoles, 11 de agosto de 2010
El ímpetu de Dios por la mañana
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martes, 10 de agosto de 2010
Espero lo imposible
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lunes, 9 de agosto de 2010
Blas de Otero y su poesía hermana
Mi hija Cristina se estudió muy bien a Blas de Otero en 4º de ESO. Y eso pone a cien mi orgullo paterno. Otros presumen de matemáticas, inglés o física. Pues a mí lo que me llena es que Cristina sepa que en España, de 1916 a 1979, hubo un poeta llamado Blas de Otero, que escribió Ancia, y que sus versos están llenos de solidaridad y angustia por los prójimos. Una poesía que nace de un amor superlativo por el hombre, y que se enfrenta a Dios cara a cara, con descaro de hijo que sufre, que no entiende, que se encorajina, que escribe para prolongar la esperanza. Dios siempre estuvo en él siempre. Y otra Cristina, buena amiga que trabaja en Círculo de Lectores, me llamó para decirme que iba a salir un libro que me iba a gustar. “Porque es de Blas de Otero, y sé que te encanta”. Cristina Gelonch está en todo. Y recibí el libro como una hogaza calentita. ¡Qué aroma de trigo, de cielo, de fuego, de tiempo! Hojas de Madrid con La galerna, es el título. Trescientas y pico páginas de poemas, casi desconocidos todos ellos. Ordenados por Sabina de la Cruz, compañera del poeta, y con sabio prólogo de Mario Hernández.
Entre las páginas de Hojas de Madrid con La galerna se me ha quedado un rastro de alma y de pasión poética. No sale uno indemne de la lectura de Otero. Te zarandea los cimientos y los sentimientos. “Pero hablar, escribir como le vienen / a uno las palabras, con aristas / y curvas de paloma, hablar de pronto / y escribir de repente, es carne viva”. En carne viva, en alma viva. “El alma estremecida y jironeada”. Enamorada de lo bello y de la sorpresa que es la rutina del cielo y de la vida. Escritura que se respira, con todas esas aristas que nos duelen todos los días. Tanto dolor y tan poco amor en nada. Tan escasa justicia social (“las grandes empresas anuncian el consumo de la sociedad consumiéndose a sí misma”). Poesía que es denuncia y proclama y plegaria. Poesía que quisiera desasirse incluso de las palabras. Poesía que debiera rimar más frecuentemente con la alegría. Pero no puede. “Tanto amor y no poder nada contra la muerte”. No poder ni distraerla un instante. Y los sueños a medio hacer. O ni eso. Al poeta se le pone un nudo en la garganta del alma, y la palabra y los poemas parecen ser sólo un sueño, o una atildada pesadilla.
Obra y vida. Vida, vida, vida. Unidad, comunión. Palabra almada. “Mi palabra / creció desde la vida”. Y literatura. Sus autores predilectos: el Romancero, el Cancionero popular, fray Luis, Quevedo, Rosalía (“estremecida como niebla en el valle”), Machado y el omnipresente Vallejo. Poesía: libertad. Ansía de muslos, colores, calles y rosas. Libertad, la belleza intrínseca de las cosas. “He llegado / hasta aquí: estas hojas / en que hablé con entera libertad / de todo, de todo al mismo tiempo, / liberando / el pensamiento, la imaginación / y la palabra”. Y en el libro -que comenzó a escribir tras su llegada de Cuba- me dejo una hojas (una es escarlata con varios folíolos), y un pétalo de flor de magnolio, y una estampa del glorioso Arcángel san Rafael, y unos recortes de periódicos viejos. Y me voy a cenar con la primicia que es siempre la poesía de Blas de Otero.
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domingo, 8 de agosto de 2010
Una conversación estival (III, en una librería de gran almacén)
- Buenas.
- ¿Desea algo?
- Nada.
- Si quiere que le ayude.
- No, gracias.
- Para cualquier duda…
- Voy a mirar un rato.
- Estaré por aquí.
- Haga lo que le plazca.
- Sólo quería…
- Por favor, déjeme en paz.
- No se ofenda.
- ¿Puedo mirar tranquilamente?
- Por supuesto.
- ¿De verdad?
- Por supuesto.
- Pues lárguese.
- Por supuesto.
- Si encuentro algo será el primero en saberlo.
- Gracias señor.
- De nada, adiós.
- ¿Le interesan las novedades?
- Me interesa que se calle.
- Están a la izquierda de la entrada.
- No me lo puedo creer.
- Pues sí, están allí.
- ¿Se ha propuesto volverme loco?
- Sólo quiero ayudarle.
- Entonces cállese, por lo que más quiera.
- Por supuesto.
- No me lo creo.
- ¿Es para usted o para regalo?
- Váyase a paseo.
- A su servicio.
- Eso, váyase al servicio.
- Estaré por aquí, ya sabe.
- Si se calla y me deja en paz le prometo comprar en abundancia.
- Muy agradecido.
- Hala, a tomar viento fresco.
- ¿Le gustan las novelas?
- Me gusta la soledad y el silencio.
- Entonces le aconsejo…
- Una palabras más y dejo de ser consciente de lo que hago.
- Por supuesto.
- ¡Ay!
- ¿Le sucede algo?
(Silencio)
- Tenemos servicio médico.
(Silencio)
- Bueno, y si quiere le puedo ir guardando los libros que elija.
(Silencio)
- Y si no encuentra lo que busca tenemos una sección informática.
(Silencio)
- Tenemos buenas rebajas en novelas de aventuras y libros de viaje.
(Silencio)
- Bueno, veo que está concentrado en los ensayos.
(Silencio)
- ¿Ya se va?
- Sí.
- Tiene mala cara.
- Usted es una epidemia.
- ¿No encuentra ningún libro de su gusto?
- Ya me gustaría.
- Le aconsejo el último de Stephen King.
- ¿Se lo ha leído?
- La verdad es que no, pero se vende muy bien.
- Claro.
- O algo de César Vidal.
- ¿Cuál me recomienda?
- Uno que acaba de salir.
- Comprendo.
- Me han dicho que es ameno.
- ¿A usted le gusta leer?
- Bueno, de cuando en cuando.
- Ya.
- Es divertido, lo malo es el tiempo.
- Ya.
- Normalmente estoy en planta caballeros.
- Ahora entiendo.
- ¿El qué?
- Nada.
- Un compañero está de baja.
- Acabáramos.
- ¿No va a comprar algún libro?
- Se me han quitado las ganas.
- Aunque yo prefiero la sección de perfumes.
- Vaya, vaya.
- Huele bien y te entretienes con las chicas.
- ¡Qué cosas!
- No todo es trabajar.
- Natural.
- Si quiere le dejo tranquilo.
- Imposible.
- Que sí, le dejo.
- No me lo creo.
- ¿Usted lee mucho?
- Todo lo que puedo.
- ¿No se cansa?
- Nunca.
- Pues yo llevo un mes en libros y es de lo más soso.
- ¿No vienen chicas?
- Más bien señoras y niñas.
- ¡Qué injusto es el mundo!
- No lo sabe bien.
- Pida el traslado.
- Ni hablar, yo soy un buen vendedor.
- Un poco pesado.
- Normalmente funciona, he vendido de todo.
- Para vender libros hay que procurar leerlos.
- Le aseguro que no.
- ¿No?
- No.
- ¿Se va?
- Me voy.
- Que tenga buen día.
- En otra librería desde luego.
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Guillermo Urbizu
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sábado, 7 de agosto de 2010
Agosto
En realidad, casi siempre el sueño de las vacaciones es reflejo de los recuerdos de nuestra infancia. Quisiéramos algo así, con las mismas tonalidades de color, con ese tiempo que se estira hasta la raíz del cariño de los que amamos. Agosto es la playa, las agujeros en la arena, las olas en los pies de tu madre, las conchas multicolores de aquellos días que conservas en el cajón de la entrada. Es la casa verde de Fuentes Claras, donde los poemas se desparraman por los rincones de una soledad inspirada. Agosto es el olor de las plantas recién regadas, es el frontón, es el pozo, es la bicicleta que pedalea hasta el atardecer, es el jardín encalado de un resplandor blanco, son los poemas de Luis Rosales o Leopoldo Panero ("vivir desde siempre a siempre"), es la torre donde las palomas dibujan el misterio de tu felicidad, que quizá comienza a volar un poco.
Lo mejor de todo son los sueños. Y estas maletas cargadas de libros que descansan a mi lado. Y el helado de chocolate con fresa. Tal vez agosto sea sólo eso: un sauce, un libro y un helado. Las ramas que salpican de hojas las páginas del libro. La luz que entrelaza tu alma a las ramas del árbol.
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Guillermo Urbizu
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viernes, 6 de agosto de 2010
Pormenores de la adolescencia
El asentamiento de su personalidad es una larga paciencia. Requiere tacto en el requiebro diario. Si se amotina su soberbia hay que mantener la calma en el puente de mando. Nada de gritos y ciscos impronunciables. Ya amainara la marejada y puede que hasta caiga en la cuenta de su tontería. Yo me veo reflejado en ellos y recuerdo, en el difumino del tiempo, aquellos pitillos, las primeras cervezas, el gusto por la soledad de mi cuarto, las desabridas contestaciones... ¡Quién era nadie para enseñarme nada!
Pero sobre todo recuerdo el cariño de mis padres, su sonrisa, su sabiduría. Ahora me doy cuenta de muchas cosas. Por eso, cuando siento el bullir de mis hijos o su aletargamiento en las musarañas, temo perder el norte de la eficacia -y de la tranquilidad familiar- con extravagantes castigos o con el sarcasmo de mis frases (lo reconozco, tiendo a ello). Y me digo a mi mismo: “Calla, calla, escúchales, haz como que no te has dado cuenta, y háblales con serenidad”. Es más eficaz el cariño que mil consejas.
Sin embargo… Ay, no aguantas esa contestación a su madre, esa apatía académica, o esa carencia de sueños… Y declaras la guerra y mandas a todos a la sentina del carajo. Y te quedas con mal cuerpo y una inevitable tristeza te deja varado en la playa de tu habitación o en medio de la acera, con ese sabor a sal en los labios, y a pena. No, no era la solución. Y vuelta a empezar. Y la madre -porque saben más- convoca a la reconciliación, y va desgranando un plan y unas palabras a la marinería donde cada uno pueda ser un poco más eficaz. Y por lo tanto feliz.
No todo es contrariedad en la adolescencia. Puede ser una edad de muchas lecturas, de grandes ilusiones, de generosidad y entrega, de goles increíbles, de amistades para toda la vida, de amores que celebran sus dos primeros meses. O ese abrazo imprevisto que te llega al alma. Y vuelta a empezar. Ellos solos no pueden. Y nosotros, padres, tampoco podemos ya nada sin ellos, pues nos dan la vida.
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jueves, 5 de agosto de 2010
Que si unos libros para vacaciones (y II)
La maleta y la cartera. Cómo pesan. He metido en ellas tres libros que quiero terminar de leer. De Tres maneras de volcar un barco, de Chris Stewart (Salamandra), apenas me quedan unas páginas. Chispeante, divertido. Chris se gana la vida cuidando ovejas, pero le ofrecen ser patrón de un pequeño barco sin tener ni idea sobre el asunto. Imaginarse pueden sus desventuras. Pero se anima, y toma clases y lee un libro para acelerar el proceso de aprendizaje en pocas horas. Y de las islas griegas pasará a engrosar una pequeña tripulación camino de Vinlandia, que es el nombre que los vikingos pusieron a la zona del Golfo de San Lorenzo y cercanías, en el actual Canadá. Otro libro que tengo para rematar es el Libro negro de Carrillo, de José Javier Esparza (Libros Libres). Pese a que estoy más que saturado del tema y todas sus mentiras, procuro seguir con atención la obra de Esparza, que no tiene desperdicio (¿no han leído todavía su magistral Asturias, así empezó la Reconquista (La Esfera)? ¿Y a qué esperan?). La publicación del libro sobre Carrillo ha coincido con la necesaria reedición de El libro negro del comunismo, en Ediciones B.
El tercer libro que tengo por concluir es Vampiros, una edición magnífica de Jacobo Siruela, donde reúne lo más granado del género (hay otra antología, en Valdemar, titulada Vampiras). Me han sorprendido por su calidad "La muerta enamorada", de Théophile Gautier y "La habitación de la torre", de Edward Frederick Benson. En fin, un cúmulo de estremecedoras obras maestras. Prueben a leer algunas de estas historias en voz alta y en familia o con unos amigos. De noche, por supuesto (como las imprescindibles Historias de fantasmas de Dickens, que pueden leer en Impedimenta). El libro ya había sido publicado en la editorial Siruela, pero era conveniente una puesta al día, dado el boom que tanto excita sobre todo a nuestros jóvenes, y también a los menos jóvenes. Leyendas, superstición, demonismo, mito, literatura. Del prólogo me quedo con una interpretación que cita Jacobo. Es de Claude Kappler, y me parece de lo más atinada. Dice: “si el vampirismo fascina, es porque representa, con enorme fuerza, una imagen del hombre contemporáneo”. Y matiza Jacobo Siruela: “la imagen de un muerto en vida que proyecta hacia adelante su tortuosa angustia a la muerte, una muerte cada vez más negada y ocultada socialmente que la hace cada vez más temible e inquietante”. Este libro es ya un clásico porque reúne lo tantas veces inencontrable, con sagaz criterio, con exquisito gusto. El libro está de muerte.
El sitio de Leningrado, de Michael Jones me gustó tanto, que me llevo su último libro: La retirada (Crítica). Todo el desbarajuste que supuso la retirada nazi ante el fracaso de conquistar Moscú y el gélido invierno. Jones describe no tanto lo bélico, como la tragedia, la intrahistoria, las vidas de personas concretas. El dolor, la emoción, el límite de la existencia. Ese es su principal valor e interés. Y por eso le he hecho un hueco en el equipaje. Y también me llevo Un hombre que duerme, de Georges Perec (Impedimenta); y Los monstruos de Templeton, de Lauren Groff (Salamandra); y La cruz de Honninfjord, de Giovanni Montanaro (Libros del Silencio); y Escribir y callar, de Nuria Amat (Siruela); y Memoria del corazón (antología poética), del gran Leopoldo Panero (Renacimiento). El festín se acerca. Las vacaciones anheladas. Esos rincones de silencio y tranquilidad. El sosiego, la soledad a ratos. Pero también la duda. Libros, libros, libros. Y como estoy con Blas de Otero me pregunto con él: “Para qué tantos libros, tantos papeles, tantas pamplinas. / (…) cuánto mejor callejear a la deriva, / esto sí que es un libro, lo que se dice un libro de tamaño natural / lleno de gente, tiendas, puestos de periódicos, casas en construcción / y otros versos”. Seguramente una cosa no quita la otra.
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Guillermo Urbizu
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miércoles, 4 de agosto de 2010
Película en familia
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Guillermo Urbizu
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martes, 3 de agosto de 2010
… Y en polvo te convertirás
Pero el caso es que la muerte llega y mata y para los relojes y se te lleva por delante. Y los que se quedan la miran con cara de pasmo y de tristeza, y puede que hasta de angustia. Tanteamos, no entendemos. O simplemente la miramos de lado, o la obviamos; o después de la conveniente misa funeral y los responsos y los albañiles tapiando con unos ladrillos y yeso y flores tantos sueños y recuerdos, se nos va la cabeza a lo siguiente. Y en esas puede que paseemos un rato por el cementerio, curioseando las tumbas (algunas son espectaculares), los rostros, las fechas, los adornos, las esculturas, los epitafios. Y encontramos de todo. ¡Qué grandilocuencia la de algunos! ¡Qué patéticos otros! El sentido del humor un tanto negro se combina con frasecitas convencionales o con cierta mala leche para el vivo que lo lee (“tú serás lo que yo soy”). También hay cierta pedagogía y ascética: “Detente, este sepulcro que indiferente miras, a despreciar te enseña lo que en el mundo admiras”. Y después los hay horteras hasta en la muerte. O cursis. O desagradables.
Los camposantos -tengo ante mí un librito del de Génova de principios del XX- hay a quienes relajan. A otros los exasperan. Conozco a quien le mueve la vena romántica y literaria por esos lares. A muchos les conmueve, y rezan y se emocionan y lloran a sus seres queridos. La muerte tiene toda una liturgia, y un negocio. Tal vez lo más original o sorprendente son los epitafios. Nieves Concostrina -que ya nos había dejado una buena muestra en su libro Polvo eres- vuelve ahora con …Y en polvo te convertirás (editado también por La Esfera). El resultado es para pasar un buen rato. Los hombres es difícil que dejemos de dar la nota. Hay de todo. El lector sucumbe no pocas veces a la carcajada, otras se queda reflexivo, y otras no da crédito al estupor. ¿Es posible? Pues sí, es posible. Las abundantes fotografías hacen que el libro sea magnífico. No se trata de simple morbo o curiosidad boba. Se trata de la muerte que a cada uno conmociona de manera distinta, llegando a la astracanada o al esperpento, pero también siendo señal de que somos algo más que todo este osario. Este inusual y gran libro puede parecer al principio, pues eso, un fisgoneo de las postrimerías, pero es también introspección y examen de conciencia. Yo me quedé plantado en la lápida de un señor de Vitoria, muerto en 2006. Donde sus deudos grabaron dos palabras que son las que yo quisiera (y supongo que cualquiera): “Fue feliz…”. Pues eso.
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lunes, 2 de agosto de 2010
Los poetas
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Guillermo Urbizu
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domingo, 1 de agosto de 2010
La visita a Cristo
En realidad son cinco minutos. No mucho más. Cualquiera dirá que es un gran esfuerzo. Unos minutillos de nada para Dios. Un descanso, un acto de amor, una parada en el cielo. O al menos, al pasar por delante de una iglesia, decirle algo. “Hola”. “Te quiero”. “No puedo más”. “Hasta luego”. Pero cuando de verdad se ama se busca el tiempo donde sea, y no se piensa si se tienen o no ganas. Uno se entrega, se apresura, no quiere otra cosa que estar con el amado. Lo triste es no acordarse siquiera. Pasar por delante de Dios y no entrar dentro. Ni una palabra, ni un pensamiento. Y en la siguiente calle encontrarse con algún conocido y charlar durante un buen rato sobre lo que sea. ¿Y lo mismo con Dios? Cristo nos espera. Y no son pocas las veces que sentimos esa pequeña llamada del Espíritu Santo, esa moción interior que nos reclama un poco de cariño. Un poco de eso que nos preocupa o nos alegra. Quiere Dios que le digamos, que entremos en Su casa y le contemos confidencias o simplemente arrodillarnos, o sentarnos, o quedarnos de pie al lado de la puerta.
¡Viva Jesús sacramentado! Los cristianos debemos enamorarnos más de Cristo, sentir Su presencia, la urgencia de Su Amor, que nos reclama, que nos llama, que nos quiere como nadie nos querrá nunca en la tierra. Amar. Amarle. Entonces se hará más fácil todo. Entrar a visitarle. Cinco minutos. A media tarde, o por la mañana. Y entregarle el corazón, y no quitar los ojos del sagrario o de Su Cuerpo expuesto sobre el altar de tanto desprecio y olvidos y coyunturas desfavorables. Para cualquier cosa nos desvivimos y somos incapaces de visitar a Dios al menos una vez al día. ¿Tan presos estamos en la estulticia, en la comodidad o en la indiferencia? Obras son amores. Hay que demostrar con detalles y con reciedumbre y piedad que somos cristianos, católicos que ambicionan el Cielo en medio del mundo.
Es algo pequeño. ¿Es algo pequeño? ¿Un acto de fe y de amor y de esperanza en Dios es algo pequeño? Yo diría que es más bien infinito y crucial. Una breve visita al Señor sacramentado es retomar fuerzas, es recomenzar la vida (hacerla más feliz y natural, precisamente por sobrenatural), es educar al alma en la pedagogía de la Eucaristía que como sabemos significa “acción de gracias”. Visitar al Señor es algo familiar y es adoración. Es reconocer nuestra insuficiencia e insignificancia, y al mismo tiempo nuestro orgullo de ser hijos de Dios. ¿Qué nos cuesta? ¿Qué nos cuesta entrar en esa iglesia por la que pasamos todos los días? O aunque tengamos que desviarnos un poco (quizá sea un buen atajo para ser santo). Entrar en el templo, y entrar luego en el sagrario, para por fin entrar con el alma en Dios. ¿Qué nos cuesta? ¿Tan poco valoramos Su gracia? En realidad no nos costaría nada, pero seguimos andando, o nos vamos a tomar un café o un helado.
¡Viva Jesús sacramentado! ¡Viva y de todo sea amado! Por el amor de Dios vayamos a verle cada día un poco, estar con Él, decirle que estamos en medio del trabajo o que vamos a comprar la comida o que hemos quedado con un amigo para ir al cine. Nada, cinco minutos. Solos, o con la novia, o con un hijo (o con varios). Quizá distraídos. No importa. Estar allí, con Dios. Presentarle nuestro afecto, nuestro consuelo… Quiere contar con nuestro poco y transformarnos de raíz. Estar allí, quererle, adorarle. Y de paso saludar a la Virgen, a María, que no se separa jamás de Su Hijo, que nos lleva hacia Él, con ternura de Madre.
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Guillermo Urbizu
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