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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




sábado, 31 de diciembre de 2011

Soñemos




Sí, soñemos.
Pongámonos a vislumbrar la dulzura
de unas manos
que se deslizan por la eternidad del tiempo.

Soñemos con una mirada,
y con una piel que nos cubra el alma por entero.
Soñemos más arriba los sueños,
o submarinos, en esos besos.

Soñemos más adentro de los propios sueños,
en su mismo centro,
hasta la médula de nuestro anhelo.

Todos los sueños
son de amor, quieren sernos.
Es eso lo que soñamos:
ese amor, esa eternidad, ese fuego.

Para eso nacemos: para soñar,
para vivir ensueños,
y dar en la verdad de lo que somos y no vemos.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Siempre juntos



No hay poema que diga lo que te quiero.
Para ti mi vida, entera, sin resquicios,
y unos zapatos, unas caricias y un vestido nuevo.
Y un bolso a juego con lo que escribo.
(Perdóname, mi amor es torpe).
Y una chaqueta con su ternura, y un abrigo
que te abrace conmigo dentro.
Y una pulsera y una mirada y un reloj
que te indique la hora del cielo.
Entre tantas palabras ya no sé ni lo que digo.
(Insisto: perdóname siempre).
Lo que importa es que estamos juntos, ¿no te parece?
Y por favor, dame un beso.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Con ella



Me acerco a ti por pura necesidad, un roce me basta,
sólo eso, así, sí... Ni te has dado cuenta.
¿Ves que fácil? Me acerco a ti
en el ascensor, en la calle o en la noche.
Te observo detenidamente,
y en medio de una conversación sin importancia
acaricio tu cuello y extiendo mi mano por tu pelo.
O rodeo con mi brazo tu presencia.

No estoy en las palabras -por eso me dices
que no te escucho-,
y es que estoy explorando el alma de tu cuerpo.
Te sigo expectante, persigo tu gracia
en un barullo de gente, de palomas, de coches...
(Vamos por aquí, dices, llegamos antes).

- ¿Qué harás dentro de una hora? No sé,
pero quiero estar allí: contemplarte.
Gozar, ser testigo de todo lo que eres
y presumir de tu entrega. Y llenarme así de ti:
vida, ofrenda. Ser tú y seguir el curso de tus manos,
y la curiosidad de tu mirada (te gustan esas flores),
y la prolongación de ti en mi existencia.

Y mirarte -mirarnos- en el reflejo de los escaparates,
mientras indagas en el diseño de la ropa.
En un vitrina veo la efusión de tus ojos.
- ¿Te gusta?, me preguntas.
Y yo, inepto, sólo sé que te quiero
y que esa camisola cuando te vista será la más perfecta,
y sus colores además -¿te has dado cuenta?-
van a juego con el cielo y los parques y la iridiscencia
de esta luz de diciembre.

Cómprala, por favor, y vamos fuera, lejos.
(Y compra también ese fular color fuego).
Vamos, corre, vamos.
Dame la mano. Y en tu mano mi vida.
Y en mi vida lo que tú sueñes.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Esa extraña congoja


A veces ocurre. La tristeza llega de improviso, y una extraña congoja se adueña del alma. Ocurre en ocasiones. Puede que ni siquiera sepamos el motivo, o puede que sí. El caso es que el alma se encoge, la mirada se apaga, y el cuerpo queda postrado, sin ganas, sin rumbo. Sucede pocas veces, pero sucede. Ese genio, ese enfado, o esa contradicción, o vaya usted a saber qué. En resumen, perdemos la paz, o es que todo lo sentimos o pensamos desde alguna vieja inopia. Dios quiera que no dure la prueba, y los ojos recobren su innato brillo, y el alma su habitual sonrisa (esa que es amor y es vida). Y seamos capaces de volver al buen juicio de la alegría. ¿Será el otoño y su alborotada melancolía, o será soberbia en flagrante desamor? ¡Arriba, venga, vamos! Habrá que afrontar -con ganas o sin ellas- esta lucha por alcanzar de nuevo un poco de esa felicidad, de ese cielo. Y como diría el poeta Novalis: "No quiero lamentarme más; quiero alzar mi corazón con gozo".

martes, 27 de diciembre de 2011

He dejado de ser yo




Lo mejor de mí eres tú, con diferencia.
Los demás perciben que hace tiempo
he dejado de ser yo.
Y leo sin leer en mí,
y sólo vivo de tus caricias, y me muero
de besos por verte.

(Nutres mi alma, y dices que hace frío
ahí fuera, que me abrigue siempre contigo).

Son muchos los que en mí sólo te ven a ti.
Me delatan tus ojos, no hay duda,
y la forma de pronunciar mi vida, y estos poemas
donde nos amamos
desde el primero hasta el último verso.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Cristo entre los humildes



Fritz von Uhde fue un pintor a caballo entre los siglos XIX y XX. Yo lo conocí por una de sus pinturas religiosas: "Cristo entre los campesinos". Un óleo sobre tabla al que vuelvo con reiterada frecuencia. Porque me conmueve esa visión familiar de Cristo, esa presencia de Dios entre lo humilde. Cristo bendice con el gesto de su mano y con su palabra. Está hablando. A su derecha, la madre de familia le escucha atenta, y le contempla con urgencia (su necesidad es mucha). En esa mirada -quicio del cuadro- está todo su corazón, su amor... Esa mirada es su oración. Y Cristo está en ese hogar a causa de esa mirada. Y en el centro de la composición un poco de comida (el pan nuestro de cada día), y esa luz que entra por la ventana y por el alma. Se respira recogimiento y esperanza. Cristo es parte de esa familia (no un invitado), y se le nota que está a gusto con ellos. La fe sencilla, pero firme, de esos campesinos, se torna visible. Cristo resucitado está en su propia casa. Y la súplica de la mirada amorosa de la madre (y también la del hijo mayor, apenas un niño) cautiva a Dios Hijo, y expresa bien a las claras lo que el espectador del cuadro está pensando, o rezando, de una manera o de otra: "Jesús, quédate con nosotros, no te vayas".

sábado, 24 de diciembre de 2011

¡Feliz, muy feliz Navidad a todos!


Navidad. Y los dedos se quedan suspensos sobre el teclado. Navidad. Y se impone la niñez, sin remedio. Los abuelos, los villancicos, el turrón, los regalos. Y el belén, y el árbol. Y las carreras por el pasillo. Aquella felicidad. Y los ojos de mis hijos, donde siempre es Navidad. Y el aroma de la comida. “Mamá, mamá, ¿te ayudo?”. Y la sonrisa de mi madre, que me enviaba al portal para darle un beso al Niño. Y luego me sentaba sobre las rodillas de mi abuelo, al que le quitaba la boina, y reía, y reía, y reíamos juntos, mientras se le caía la ceniza del pitillo sobre la camisa. También él era -y es (mientras yo viva no se irá nunca)- la Navidad. En el belén jugaba con las ovejas, a las que -quisieran o no quisieran- las acababa metiendo en el río. Y cambiaba las palmeras de sitio, y aceleraba un poco el paso de los Reyes Magos, y sobrevolaba con los ángeles toda la casa. “¡Guillermo, ven, ayúdame a poner la mesa!”. Y salía del armario la vajilla de fiesta, y todos aquellos vasos con los que hacía música, y los cubiertos de plata, y aquellas servilletas bordadas de colores y tan enormes. Y ahora veo a mi familia en torno al Niño Dios. A mi mujer, que se afana en todos los detalles. Y ocurre que es Navidad. El Amor nace, y nos renueva de gozo y de niñez, y de ilusión, y de esperanza. “Venid, venid, adoremos”. “Venid, venid todos, vamos a ayudar a mamá con los platos”. Y suenan las campanas del villancico, y suenan todos los teléfonos de casa. ¡Feliz, muy feliz Navidad a todos! Nace Cristo.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Entre recuerdos y esperanzas



La vida es mitad recuerdo y mitad esperanza.
Y en ese recuerdo el naranja
de mil atardeceres. Cuando cerraba el libro
y, sentado en la hierba o en aquel campo de trigo,
contemplaba extasiado la puesta de sol
en sus distintos matices de color y alma.
Era una emoción intensa e íntima, absoluta de Dios,
inconmensurable. (Y el sol, himno
incandescente, evangelio, ascua infinita).

Aquellos naranjas sobrenaturales,
sobrecogían de gracia mi vida,
y se adentraban entre los árboles (como antorchas),
y se posaban en las piedras, en caminos y ribazos,
y en los tejados de las casas.

Sólo de pensarlo...
Mi vida era -y es- aquel horizonte de fuego,
aquel imán de amor en el paisaje naranja.
Y, desde entonces, se me ha quedado en el alma
este rescoldo y este arrobo,
este deseo por la belleza soberana.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Cuando se escribe un poema




No es fácil escribir un poema.
Aunque lo parezca.
Miras a tu alrededor, o de tu interior
llega una inspiración -emoción o pensamiento-,
que te conmueve,
e impele a buscar palabras que digan,
o expresen, lo que verdaderamente sucede.
Palabras y un cierto ritmo, esa medida
del alma, ese compás humano.
Quieres dejar constancia de esa mirada,
del amor que es toda belleza.
Es una manera de amar,
de indagar en la transparencia de la luz,
o en la luz de la noche.

Escribes y escribes. Mides,
cifras tu dolor o un poco de felicidad.
Caes en el detalle, en la minucia,
y ante ti aparece el milagro que es la vida.
Y tu anhelo crece, insatisfecho siempre.
La vida es algo más.
Las palabras son algo más.
En lo más insignificante arrecia el pasmo,
esa certeza de que la poesía está justo ahí,
en ti, en ella, en todo, dentro.
Y vas tanteando las palabras
y su nostalgia de fuego o de armonía.

Un poema parece fácil, pero no lo es
acertar con la maravilla, con la enjundia de las cosas.
Somos hombres y somos almas.
Y el alma sensible percibe que algo pasa,
que en una rosa amarilla o en ese chopo o en esas piernas
o en esa colcha o en esa claridad del cielo o en esas olas
hay un mensaje, una trascendencia, una sorpresa.

La poesía es el idioma
con el que Dios nos habla,
es la memoria del Paraíso, es la esperanza.
Y es así, porque no puede ser de otra manera.

El poema es plegaria, esa liturgia minuciosa
de la existencia que vivimos,
del existir en el que amamos.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Navidad. Sobriedad.



Hace días que tengo ganas de escribir sobre la Navidad. Ya la tenemos aquí, a la vuelta de la esquina, y por las calles de nuestras ciudades brillan las luces y se adornan los escaparates. Eso está bien. La Navidad es una gran fiesta, especialmente para los cristianos. Pero confieso que hay algo que me produce auténtico rechazo: este derroche económico en forma de regalos y comidas sin sentido, compras sin fin, en una época de tanta necesidad.

Los cristianos de todo el mundo celebramos el Nacimiento del Niño Dios, motivo de gozo y profunda alegría. Y yo me pregunto: ¿Por qué el Padre mandó a su Hijo a vivir entre nosotros? Lo sabemos todos, aunque con frecuencia lo olvidemos. Jesús se hizo hombre para decirnos que Dios Padre nos ama, a todos sin excepción y que hay un mandamiento supremo (amar a Dios sobre todas las cosas) y otro que le sigue muy de cerca (amar al prójimo como a ti mismo). En realidad, amar al prójimo es la mejor manera de amar a Dios, porque ya sabemos que Él se encuentra en cada uno de nosotros.

Y ahora llega la Navidad. Y el mundo desborda… ¡en gastos, compras, comilonas y regalos! No sé a ustedes, a mí incluso llega a ofenderme. En realidad, estas fiestas deberían de ser para que pusiéramos en práctica ese 'Mandato de Amor'. Amar a los demás, muy especialmente a los pobres, marginados, enfermos, a los que se sienten solos o han perdido la esperanza, o sufren por cualquier motivo. Y en muchos casos, nos limitamos a gastarnos lo que no tenemos en regalos, en comidas pantagruélicas que dan hasta vergüenza si se miran con sentido cristiano… y nos olvidamos de tanta gente que, ahora especialmente, sufre los efectos de esta crisis horrenda, y a duras penas llega a fin de mes, cuando no vive directamente de la caridad (amor) de sus familias y amigos. Nos olvidamos de quienes nos necesitan.

¡Gran celebración ésta de la Navidad, del Nacimiento de nuestro Niño Dios! Pues qué mejor regalo que llenar nuestros corazones de su Amor y desparramarlo por todas partes. Amar de verdad, con obras concretas. Pongamos en marcha las obras de caridad. ¿No podríamos contener el gasto, y destinar parte de él a los más necesitados? ¿Compartir lo que tenemos con los más pobres? Y si no conocemos a nadie en estado de necesidad, demos parte de nuestro dinero a quienes se ocupan de los pobres, a parroquias, asociaciones… Compartamos. Amemos. Demostremos nuestra Alegría regalándole al Señor nuestro Amor por los demás.

Los que somos padres tenemos una especial responsabilidad. A veces incluso sufrimos porque no podemos comprar a nuestros hijos esa consola de última generación, esa bicicleta de moda o esa muñeca. ¡Pero qué es esto! ¿No sería mejor que enseñáramos con el ejemplo a nuestros hijos lo que de verdad es el espíritu navideño, que no es otra cosa que compartir? Recuerdo de pequeño ir con el colegio a alguna zona pobre de mi ciudad a repartir comida y juguetes entre los más pobres. No me parece mala idea. Pero hay mil formas de enseñar a nuestros niños. Y la SOBRIEDAD es una de ellas. Sobriedad en los regalos y en las comidas, que no por ser Navidad tenemos que comer lo que parece que no hemos comido en todo el año. Enseñémosles a preocuparse por los demás, por su abuelo que vive solo o está enfermo, por ese amigo triste que acaba de perder a su madre, visitando a enfermos en hospitales… ¡hay tantas maneras de dar!

Seamos sobrios, amigos, y compartamos lo nuestro con los más necesitados. Sobrios sólo en los gastos, porque al tiempo debemos derrochar AMOR y ALEGRÍA. Porque motivos tenemos para estar alegres y contentos. ¡Celebramos el Nacimiento de nuestro Niño Dios!

martes, 20 de diciembre de 2011

Sin palabras




Esas palabras que se esconden,
que no están cuando más se las precisa.
Esas palabras
con las que curar una herida
o consolar al alma.

¡Qué vacía se queda a veces la página!
Como la vida. (A solas
con su misterio).
Y te quedas en silencio,
con la mirada perdida.

No sabes qué hacer. Clamas,
quieres una respuesta,
para volver a ver
las cosas como estaban.

Que se produzca de nuevo el milagro
de aquella ternura.
Unas palabras solo, unas pocas palabras
que te digan la verdad desnuda.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Fragmentos de vida V


Cada vez sé menos de mí y no doy crédito a lo que vivo.

El estado natural del hombre debería de ser el embeleso.

El tiempo es sólo un equívoco.

Un viaje por remotas tierras, otra vida, quizá en un tiempo sin tanta pompa nerviosa, donde las horas fueran una larga espera. Soñar la amistad de Pío Baroja en los primeros años de su casa en Vera. Ordenar su biblioteca, pasear por el monte, releer un libro sin ninguna prisa y templar las manos junto al fuego.

Y ahora te vas (dos días son todo un mundo). Y yo me quedo. Y de por medio sólo palabras.

"Vivo para quererte, y porque te quiero, vivo". ¿Qué otra cosa puedo decirle?

Necesitamos llegar a la entraña, a la esencia, a la humildad de sabernos criaturas que precisan de cuidados sobrenaturales.

¡Cómo crecen mis hijos y las pilas de libros!

No siempre resulta fácil mantener el equilibrio en uno mismo y no precipitarse en el vacío.

Esto de la poesía tiene su punto de arrebato, de locura. Como todo lo que es amor.

No insistas en escribir. Lee. Y contempla lo que sueñas y lo que vives.

¡Cuántas veces me habrán dicho que ponga los pies en el suelo! Y yo ni caso, perdonadme. Yo a lo mío de ese cielo cada vez más azul, o de esos rayos de sol. Y mientras tanto el tiempo se hace nostalgia. ¿Qué hago? ¿Qué digo? Puede que se me ocurran sólo palabras o que me calle, pero sabed que amo. Con gran imperfección, pero amo. Y soy relativamente feliz. Y poco más es la vida.

¿No son todas las aventuras y desventuras de la literatura una apremiante historia de amor?

Un agudo y perseverante dolor de estómago. Y este cielo, que no acaba de despertarse. Me he levantado con sueños pendientes, y con palabras que prefieren el silencio. De momento no ocurre nada extraordinario. Salvo una gotas de lluvia y un beso. Por lo demás, podría ser ayer, o mañana. Miro el icono y miro los libros, por algún sitio estará lo distinto, la sorpresa, algún inesperado verso. O quizá lo distinto esté en lo mismo, en lo de siempre; en este trago de agua, sin ir más lejos, en su transparencia.

A vueltas con la vida. Que puede estar más o menos viva. O desnutrida de alma, de pasión, de estudio, de sueños. La vida, con los años, se llena de cosas de todo tipo. La mayoría de las veces por simple inercia, en esa costumbre que es la rutina, o la desidia. Y va dejando de soñar, y la realidad le pesa más y más, como un lastre, como una tristeza. ¿De qué se nos llena el alma? Y ese hueco en la mirada, ¿qué es?

Lo óptimo es que apenas se note la literatura. Y que quede desnuda la emoción, la entraña de esos instantes.

Guillermo, ¿ser bueno, virtuoso? Deja, deja. Mal asunto para prosperar en el mundo de las letras. Lo que tiene que oír uno.

Sexo crónico y flácido seso. Es lo que hay.

Hay quien consulta al médico y hace acopio de recetas de medicamentos redentores. Otros acuden al psicólogo o van a un buen cura con experiencia, lo cual no es incompatible. O hacen yoga, o punto de cruz, o van al gimnasio, o compran alguno de los infinitos libros de autoayuda (más o menos esotérica), o simplemente se dedican a escribir palabras en un papel. Yo lo que prefiero es, en momentos así, abrir la primera ventana que me encuentre e intentar vaciarme de mí.

¿Se puede desear algo más que ser feliz?

¿Dónde estaba yo mientras soñaba?

‎(Para Judit Dávalos)

La vida sin Dios amenaza ruina, servidumbre. El mundo sin Dios es mentira, o ceniza. El amor sin Dios está en la luna y es sólo un instante, o es una contradicción, o un laberinto. Vivir es aprender a descubrir a Dios en los caminos de la tierra, allá donde estemos; aprender a escucharle, a mirarle, a decirle nuestro corazón en silencio. Con ternura, con delicadeza, con determinación, con agradecimiento.

El hombre vive para quedarse, para permanecer en el amor, para no morir nunca. Por ello ese sentimiento tan fugaz con el que percibimos la vida es una constante inquietud, un rebelarse. El hombre vive en esa tensión espiritual. Por eso nos cuestan tanto las despedidas. Sólo el que ama comienza a ser eterno. Sólo el que ama sabe, y no tiene miedo. El que ama percibe el secreto de la existencia real del hombre y del alma, de esa plenitud que no termina ni se despide.

¿Vosotros creéis que es normal que un tipo talludito como yo, un padre de familia numerosa y bullanguera, presidente de su comunidad de vecinos por cierto, en fin alguien con ciertas responsabilidades, del que se espera orden y ejemplo, ande siempre escribiendo versos, o con la mirada perdida en cualquier sitio?

Dios parece ser como un trasto viejo, y la vida se vuelve inestable y malcriada. Prevalece la malicia, el disparate y las estadísticas. El prójimo lo es tanto en cuanto nos conviene que lo sea. Arrecia el egoísmo y el ocultismo, y se vocifera en exceso, y se humilla, y se agrede. La verdad no parece importar demasiado, no da beneficios, y luego está esa historia de la conciencia. Y si esto es así, ¿se os ocurre alguna feliz idea para mantener la esperanza?

No puedo pasar sin ella. Me basta con su presencia, con su perfil, con la gracia de su figura, con la elegancia de su nombre. Desde luego que ya nada es lo mismo. Has nacido de nuevo. A un amor limpio, que me impulsa a ser mejor, a entregar mi vida todos los días.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Dos poemas muy breves



DE PRONTO ESE EMPEÑO POR DECIR POR ESCRITO LA POESÍA


Que si el amor, que si la vida...
¿Cómo expresarlo?



DÍSTICO DE MADRUGADA

Querido, esa pose ante tu biblioteca
no logrará que seas mejor poeta.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Pilar


Una mujer santa. Es lo primero que escuché de ella hace muchos años, nada menos que de labios de mi madre. Pilar, una mujer buena, gran lectora, mi suegra. Una mujer tranquila y paciente, de grata conversación, excepcionalmente sensible a los asuntos del alma. Enamorada esposa, algo que se le sigue notando en el brillo de sus ojos. "¡Pili, Pili!". Aquella voz que no podía vivir sin ella, que la seguía cortejando a su manera. "¡Pili!". Pilar Díaz, mi suegra, admirable mujer. Esas manos pequeñas y cansadas que aprietan las tuyas, que acarician tus preocupaciones sin prisa. Esa mirada inteligente, y presta a cualquier ayuda. Esa mirada pequeña, donde viven tantos sueños, donde se remansa tanto amor, donde lo contemplado se torna infinito. Ese pensar siempre en los demás, sin criticar a nadie, sin quejarse de nada. Pilar, la madre de mi mujer y de otras siete almas. Pilar, y el amor a Dios en la vida cotidiana, empujando ese carro de la compra, regando las plantas de la terraza, animando a sus hijos y nietos o tendiendo al sol la colada. Una vida, su vida, nuestras vidas. La sonrisa que te abre de par en par el corazón y la puerta de su casa. Ay, Pilar, tu voz suave dentro del bullicio. Ese cariño que no desfallece ni ahora, que estás postrada en el hospital, como un crucifijo. La lucha, tu lucha, y el sacrificio, y el dolor, y el cansancio inaudito. Tu mirada en la mirada de Cristo. Tu corazón exhausto en el Corazón resucitado de Cristo. Esa mano en mi mano, y esa voz de nuevo: "Guillermo, cuéntame cosas". Y cerraste los ojos mientras yo te hablaba del amor de Dios en ti, sierva buena y fiel (¡cómo cuesta no llorar en la vida!). Y ahí sigues, postrada en esa cama en forma de cruz, renovando tu sangre con la Sangre de Cristo. Sobrenatural diálisis, sin duda. Rodeada de ángeles y de hijos. Loren, Ana, Jesús y Fernando, Isabel, Mariajo y Merce. Y desde el cielo Mariapi, siempre Mariapi, y Lorenzo, aquel enamorado. Y tus padres y hermanos. Pilar, ese latido, esa necesidad que tenemos todos de ti: de tu ejemplo, de tu abrazo, de tu piedad, de tu presencia. Bendita seas.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Fragmentos de vida IV



Leo poco de un tiempo a esta parte, y todo por intentar decir algo que tenga que ver con mi vida.

Sé que estás pensando en mí. Y yo en ti. Lo demás tiene la importancia que le queramos conceder. Te pienso y me piensas: esa es la realidad más evidente. Y nos imaginamos al detalle el amor del uno al otro, con esa minuciosidad que pone siempre la ternura cuando se trata de nosotros.

¡Cuánto quiero a mis amigos! Aunque ahora que la costumbre es pensar mal, en una progresiva degeneración del corazón, a alguno se le podrá ocurrir: “menuda cursilada carininfa se nos trae el tío”. Pues sí, los quiero. Y estos son mis sentimientos, y mi razón de ser, y mi orgullo. No tengo miedo de manifestar a las claras lo que amo.

Me encantaría que los curas de toda la vida hablaran más de Dios y del alma, y que se les saliera el amor de Cristo por los ojos.

¡Y pensar que soy parte de la nostalgia de Dios!

Hay que dar a cada circunstancia la importancia de su eternidad.

Dice la amada: - "Me gustaría que te fundieras por completo conmigo y vieras lo que a veces llevo en mi corazón".
Dice el amado: - "Desde que te conozco es en tu corazón donde vivo. Y atisbo allí tu amor, y ya no me mueve otro motivo".

¿Perdonarte? ¿El qué? Yo te quiero.

En un recóndito lugar del mundo vivía un poeta del que apenas se sabía nada. Cultivaba su huerto, recogía los frutos y amaba a su familia. No escribió ni una palabra en toda su vida, pero le cantaba a su mujer todas las noches la belleza de la luna, y le decía al oído los poemas de su alma.

Si te das importancia estás perdido.

¿Qué quieres que te diga? El amor siempre da para mucho más, pero mucho más. Otro asunto es que te decidas de verdad y dejes de deambular por tu vida.

Me pides consejo. Y yo te leo con paciencia.
Escúchame, no es necesario que escribas nada.

Nuestro amor: estas almas que se acarician y estos cuerpos tan infinitos.

Los besos siempre son inconformistas.

Ojeo los periódicos. Que no, que no me acabo de acostumbrar a todo esto. Me pone enfermo que la denominada democracia consista en semejante festín para los mediocres y para los idiotas.

Uno cuando mejor se encuentra es cuando se siente querido. Lo demás son bagatelas, circunstancias más o menos favorables y márgenes de abismos.

Ese horizonte naranja donde se ensimisma la tarde. Ese espacio iluminado por el último vestigio de una luz que se duerme.

La gasa de la niebla va envolviendo las heridas de la tierra, esa sangre amarilla del otoño, esa luz estremecida en el difumino que es la vida.

Durante los viajes esa vieja costumbre de pegar la nariz a la ventanilla, y ver pasar tu vida y sus paisajes, y seguir siendo el mismo niño.

Quería ahora escribir algo sobre la proximidad de la muerte. Y se me ha quedado el alma pensativa en la mano. Esa hija, esa madre, por ejemplo. Ese dolor que besa su frente, y el amor que sufre y que anhela más vida. Es eso: el amor de toda una vida. El amor y su tacto, esas caricias de las que estamos hechos y que siempre esperamos. Su gesto cansado y los ojos cerrados, que se van abriendo por momentos hacia el otro lado. Y esa pena, y esas almas. Y ese no saber cuándo. ¡Cómo se perfecciona el amor cuando se aproxima la muerte! Mamá, te quiero. Mamá... Hija mía.

Yo la poesía la intento, no la logro.

El desprecio a lo más sagrado es consecuencia de un apagamiento intelectual. Es decir, espiritual. No sentimos la poesía de la vida, embobados en la última tontería que se pueda comprar, en la apariencia de una desganada paranoia relativista. Y si cunde lo intrascendente, lo abstruso y lo demencial es porque hemos dejado de creer en la felicidad. Así de claro.

Me duele no estar siempre con ella. Su amor es mi literatura, y es el idioma donde vivo.

Escribir poesía parece lo más sencillo del mundo. Igual que amar a una persona. Sin embargo se requiere de una extraordinaria pericia.

No hay momento en el que no esté recordando algo o a alguien.

Nuestras vidas discurren en una conexión de esencias, que diría Max Scheler, y son una vía de acceso a la misma intimidad de Dios, donde "Dios es la luz y el objeto del alma" (san Juan de la Cruz, en 'Llama de amor viva'), y por lo tanto al sentido de amor que transfigura la realidad del mundo y el ser del hombre.

Cuando me siento feliz me pregunto si de verdad tengo algo que ver en ello.

La vida cansa, y te sientes más y más imperfecto. Y lo peor es que, en ocasiones, no aciertas a saber dónde has dejado tus sueños.

Cuando mejor piensa uno que está -una tarde tranquila entre hijos y libros-, llega el egoísmo y lo desbarata todo.

¿Cómo va a ser mi vida siempre lo mismo? ¿Cómo va a serlo si la quiero cada vez más y su amor todo lo cambia?

La felicidad debe de estar por aquí dentro.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Podría ser de otra manera



Este viernes podría ser un lunes. O ni eso,
y ser un miércoles en medio de algún bosque
o en la biblioteca del Congreso (USA).
Los martes son desganados, bien podría ser hoy sábado,
o domingo, con sol, a la orilla del mar (y del deseo),
sin otra cosa que hacer que observar el cielo y las olas,
y la luz que rebota en el agua, o que en su destello flota.
O ser jueves y con lluvia, da igual. La verdad
es que no acabo de distinguir en qué se diferencian todos ellos.
Esas semanas tan organizadas, con sus días y sus horas
tan minuciosas, y perfectamente programadas
en el desasosiego de cada momento.
Cuando yo preferiría habérmelas exclusivamente con el día
y con la noche, y con ese amor castaño, y las estaciones, y mis libros,
y la nostalgia de una felicidad más asidua.
Y sentarme en cualquier lugar del tiempo
para contemplar mis sueños, y sentirme vivo.
Sin más. Sin tener que regresar a nada
o correr, para no llegar a ningún sitio.
¿Qué día es hoy? Muy sencillo: un incierto día de otoño,
con mi alma embebida en el gozo
de los infinitos matices cromáticos de sus ojos.