Miras a tu alrededor
intentando descubrir alguna novedad,
algo que se salga de la rutina.
Y lo único que te encuentras es
que hay que preparar el desayuno, que los niños
se hacen los dormidos,
que el ordenador no arranca,
y que hacerte la cama es el mayor desafío.
Abres las ventanas
para que se airee tu vida
(quisieras ver un paisaje de Gauguin),
y te permites el lujo de sentarte
cinco minutos en el sofá,
y leer unas páginas de cierta novela.
Ni un ruido, y las cortinas flamean su vuelo.
Es entonces cuando te acuerdas de Dios.
Y te santiguas y rezas
lo mismo que rezabas de niño.
Respira la casa, y respiras tú en ella.
O con ella. Y vuelves a tu ventana (y a la realidad)
para ver los gatos,
y el pequeño magnolio y la ropa tendida
de otras vidas de las que no sabes nada.
Sacudes las sábanas con brío,
y piensas en que es siempre lo mismo.
Sólo cambia el dibujo, o el color de tu esperanza.
Y la posición y forma de las nubes.
Recoges del suelo los blancos almohadones.
Y luego te afeitas recitando en voz alta
tu gozo, y un poema
de Claudio Rodríguez.
La ducha, el gel, el tiempo que resbala
por tu piel en un escalofrío.
Es la vida y su río, y es el comienzo del día.
Es lo mismo y lo distinto.
Bienvenidos
Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.
lunes, 16 de enero de 2012
Con las ventanas abiertas
Publicado por
Guillermo Urbizu
Etiquetas: Poesía
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