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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




martes, 31 de enero de 2012

El heroísmo de una gran jefe indio


De nuevo los indios. Alineados.
Están esperando el fuego enemigo.
Los soldados se encaraman sobre las mesas,
sillas, cama y estanterías.
Tienen todas las de ganar. Pero los indios
conocen muy bien el terreno.

Sigilosos se dispersan
detrás de la papelera y de la mochila.
Tensan los arcos y apuntan
sus flechas y algunos viejos rifles.
En sus apergaminados rostros se lee la astucia
y la experiencia de muchos años de guerra.
No tienen prisa. Saben que la muerte
siempre llega en el mejor momento.

Su jefe extiende la mirada por el desierto
y recuerda su niñez
cabalgando entre aquellas rocas.
Ahora es ya viejo, y está cansado
de tantas heridas.

Hoy puede que le toque morir a él.
Y eso es lo que en realidad espera:
un disparo certero que procure descanso a su alma,
un disparo que le lleve a las verdes praderas
donde está la verdadera patria de su pueblo.

Queda poco. La luz es ahora su aliada.
Su resplandor deslumbrará a esos soldados
que cada día inventan nuevas armas y nuevos odios.

Saca el cuchillo y se lo pone entre los dientes con coraje.
Es la señal. Tensan los guerreros
los músculos de sus brazos, y sus miradas.
El viento es muy seco y el corazón se apresta a la batalla.

Un alarido lleno de valor sale de sus bocas.
Disparan sus flechas
en una parábola que causa escalofríos.
El eco de los disparos
no asusta a ninguno de ellos. Y su jefe
corre entre el polvo, el pecho desnudo, sin esconderse…

¡Qué admirable su hombría y su figura! Un disparo
le ha alcanzado en el pecho.
Pero él se agarra al viento y sigue corriendo,
como si nada. Tira al suelo el rifle,
el arco y el vacío carcaj, y el afilado cuchillo.
Desprendido de todo corre hacia la vida.

Otro disparo más, y otro, y otro… Al fin se desploma.
Sus hombres le miran con lágrimas en los ojos,
y le miran con admiración sus enemigos (encaramados
en las rocas y en las estanterías). Ya nadie dispara.

Un hombre valiente
está tendido en el suelo, con los ojos abiertos.
Contempla el cielo
y las últimas nubes de su vida.
Ha llegado el momento que esperaba.

En algún lugar y en algún tiempo
un gran guerrero indio murió así de libre.

1 comentarios:

MARÍA SANZ dijo...

Ya sabes que sigo tu blog y que valoro mucho todo lo que escribes. Un abrazo de tu siempre amiga y admiradora.