De nuevo los indios. Alineados.
Están esperando el fuego enemigo.
Los soldados se encaraman sobre las mesas,
sillas, cama y estanterías.
Tienen todas las de ganar. Pero los indios
conocen muy bien el terreno.
Sigilosos se dispersan
detrás de la papelera y de la mochila.
Tensan los arcos y apuntan
sus flechas y algunos viejos rifles.
En sus apergaminados rostros se lee la astucia
y la experiencia de muchos años de guerra.
No tienen prisa. Saben que la muerte
siempre llega en el mejor momento.
Su jefe extiende la mirada por el desierto
y recuerda su niñez
cabalgando entre aquellas rocas.
Ahora es ya viejo, y está cansado
de tantas heridas.
Hoy puede que le toque morir a él.
Y eso es lo que en realidad espera:
un disparo certero que procure descanso a su alma,
un disparo que le lleve a las verdes praderas
donde está la verdadera patria de su pueblo.
Queda poco. La luz es ahora su aliada.
Su resplandor deslumbrará a esos soldados
que cada día inventan nuevas armas y nuevos odios.
Saca el cuchillo y se lo pone entre los dientes con coraje.
Es la señal. Tensan los guerreros
los músculos de sus brazos, y sus miradas.
El viento es muy seco y el corazón se apresta a la batalla.
Un alarido lleno de valor sale de sus bocas.
Disparan sus flechas
en una parábola que causa escalofríos.
El eco de los disparos
no asusta a ninguno de ellos. Y su jefe
corre entre el polvo, el pecho desnudo, sin esconderse…
¡Qué admirable su hombría y su figura! Un disparo
le ha alcanzado en el pecho.
Pero él se agarra al viento y sigue corriendo,
como si nada. Tira al suelo el rifle,
el arco y el vacío carcaj, y el afilado cuchillo.
Desprendido de todo corre hacia la vida.
Otro disparo más, y otro, y otro… Al fin se desploma.
Sus hombres le miran con lágrimas en los ojos,
y le miran con admiración sus enemigos (encaramados
en las rocas y en las estanterías). Ya nadie dispara.
Un hombre valiente
está tendido en el suelo, con los ojos abiertos.
Contempla el cielo
y las últimas nubes de su vida.
Ha llegado el momento que esperaba.
En algún lugar y en algún tiempo
un gran guerrero indio murió así de libre.
Bienvenidos
Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.
martes, 31 de enero de 2012
El heroísmo de una gran jefe indio
Publicado por
Guillermo Urbizu
Etiquetas: Poesía
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1 comentarios:
Ya sabes que sigo tu blog y que valoro mucho todo lo que escribes. Un abrazo de tu siempre amiga y admiradora.
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