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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




sábado, 14 de enero de 2012

Más feisbuquerías I


Imágenes que se arremolinan en el tiempo. Espiral de recuerdos y formas que giran vertiginosamente en el interior de la memoria. Y en el fondo iridiscente del agua de las fuentes yacen los deseos, y la esperanza del hombre. Son monedas que brillan, como los días de diciembre, en un óxido de otoño y de nostalgia. Suena el mar en mis sueños, y suena el concierto de los poemas. Y un gato que baja las escaleras de los años, hacia aquella habitación donde leías música entre palabras.

Quiero decir cosas... y no sé cómo expresarlas. ¡Las estoy viviendo!

El cristianismo es amar a Dios amando a los demás (sobre todo a los que más lo necesiten). Ese es su núcleo, el Evangelio de verdad. Sin esto, ¿de qué sirve el resto?

Tenemos que ser sinceros entre nosotros y con la vida. De no ser así cundirá la amargura y la desesperanza.

¡Cuántos poetas amigos! ¡Y cuántos amigos con alma de poeta!

¿De qué puede estar uno seguro, pero completamente seguro, en estos tiempos de mofa y befa? Cuanto más avanzo en esta recurrente inestabildad que es la vida y su prosapia, más me quedo en Dios. Y nos quedamos de cháchara durante horas hablando sobre unos versos de Nicanor Parra (sabe Cristo la intemerata de poesía), o de misericordias varias, o alabando los divinos rasgos del rostro renacentista de mi amada. Así, los dos: Dios y yo. Y voy aprendiendo a amar (los que me conocen saben de mi torpeza), con más competencia. Y esto es lo que me da seguridad: este Amor. Prefiero su reputación, a cualquier otra risa burguesa.

Puede que no tenga otro remedio que imaginarme un paisaje. Unas colinas con sus bosques, con esa niebla matinal donde la luz juega de niña a los colores. O acudir a pasados ensueños de jardines, en oleadas de felicidad y flores. O al abrir la puerta de mi habitación encontrarme en un camarote del Nautilus, sumergido en la belleza y profundidad del océano de la literatura.

En poesía no se trata de lucir el palmito, de exhibirse en aderezos o abalorios. De lo que se trata es de despojarse de falacias, de contar la verdad desnuda del alma.

Puede parecer un poco fuerte, lo sé, pero no deja de ser la verdad: estoy delante de Dios, Creador y Señor de todo. Amor, alma, vida y poesía. Y me pongo a merced de Su mirada.

Vivir tampoco parece tan complicado, hasta que llega el momento de decidir si te conformas solo con lo accesorio de la vida.

Hacer acopio de libros no es otra cosa que esa necesidad que tenemos todos de esperanza. Esa esperanza de leer, es decir, de vivir.

En el espejo yo -o eso es lo que me parece-, y el movimiento del tiempo, y los rasgos que en mí dejan los sueños, y esta luz a raudales.

La obsesión por hablar mal del prójimo, de dar pábulo a cualquier correveidile es cansino y propio de gente que por lo visto no tiene otra cosa mejor que hacer. Opinar de todo y de todos sin tener la menor idea de nada. Ciscarse en la fama ajena, enjuiciar sobre la marcha. Y ese regusto por el morbo y el rumor y lo inane. ¡Qué cutrerío Dios mío, qué forma de perder el tiempo y enemistarse con la inteligencia!

Como lector, en esta apacible mañana de comienzos del siglo XXI, hago un necesario examen de conciencia: lo reconozco, hay en mi biblioteca (y puede que en mi vida) un exceso de novelería.

La educación es cosa de la familia, y de aquellos paisajes en bicicleta. Y de un buen profesor de literatura (y otro de filosofía) en el colegio. Y poco más.

Todo lo que nos parece imposible en la vida es en realidad un elaborado entramado de excusas.

¿La constante inquietud del poeta?
Que este sea su último poema.

¡Qué torpes somos! Empeñados en darnos con el alma en lo frívolo y con la cabeza en cualquier pared. Tozudos. Una vez y otra vez. Empecinados en que si el dinero, o en el propio y exclusivo antojo. Y vuelta a tomar la vida en su desvarío, y no en su espiritual perspectiva. O al menos con cierta proporción e inteligencia. Sin ese exceso de sandez. Habrá que aprender a sacar el corazón de los bolsillos y a ponernos manos al alma. Digo yo que de algo así va todo esto de la condición humana. Digo. ¿O qué?

¿Qué busca un hombre al escribir un poema? Pues lo mismo que buscamos cualquiera de nosotros en nuestras vidas. Se trata de ese darnos cuenta del amor, de ese ir tomando conciencia de nuestra alma (es decir, de nuestra identidad espiritual), y de saber expresar todo ello con la belleza de una sonrisa o con la armonía de unas palabras.

¡Ay, ese gran sueño que es la literatura!

Toda la literatura se mueve, y conmueve, entre la reflexión y el recuerdo. Y de por medio, a veces, un poco de fantasía, y siempre la esperanza.