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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




jueves, 1 de marzo de 2012

"Por las calles del tiempo" (Antología personal), de Luis Alberto de Cuenca




Da la sensación de que la vida se marcha, pero no es del todo verdad, porque seguimos vivos, y recordamos. La vida está, sigue en nosotros, viva. La vida: este amor que sentimos, y la piedad, y los poemas, y la inquietud, y su ceñido pantalón vaquero. La vida, con sus ojeras y olvidos, esa búsqueda, ese otro amor, esos espejos de los viejos armarios donde cabían infinidad de sueños y sábanas limpias. Que no, que no se marcha. Seguimos en los mismos sitios. Leyendo a Lorca al lado de una fuente, esperando el atardecer, aquella luz sobrenatural donde se fraguó el alma para siempre (el que la ve no muere). Y en el asiento del aula magna de Letras, aburrido de la fonética o de la sintaxis, encandilado en el perfil de una chica iluminada por un rayo de sol, como en un fotograma de una película de José Luis Garci.

Por las calles del tiempo” (es la segunda antología personal de los poemas -1979/2010- que Luis Alberto de Cuenca ha reunido, esta vez editada por Renacimiento para uso y disfrute de todo buen lector de poesía, de todo aquel que quiera sentir y atreverse a un contacto más estrecho con el alma de lo que nos pasa). Por esas calles por donde recorremos la vida, en ese tiempo donde se ama y se duda, y donde parece reinar -o doler- a veces una excesiva melancolía, o soledad, o pena. Porque nadie puede negar que hay días -se hacen eternos- en los que no hay manera de que la vida te deje en paz, y desfalleces, o casi. Por eso, entre otras cosas, necesitamos de los poemas de Luis Alberto de Cuenca, ese hombre docto y humanista, ese amante superlativo de tantos anhelos y abismos y belleza (no le cabe un libro más en sus nutridas bibliotecas, pero sí le cabe esa esperanza en la poesía). El poeta canta alto y claro. Desde esa altura que es el lenguaje y su música, desde esa claridad donde se le entiende -nítida- el alma. “Porque la poesía no ha de ser un tedioso / festín esencialista e incomprensible para / los miembros de una secta, sino una fiesta alegre / y comunicativa donde quepamos todos / los hombres y mujeres del planeta (…)”. Poemas recogidos de sus siete libros, incluidos siete inéditos de otro libro más o menos inmediato.

Érase que se era un poeta español de los novísimos, o generación del lenguaje, o del 68, o del 70. Un poeta que rebusca la felicidad entre féminas, libros o tebeos. Érase que se era (o es) un niño que no se conforma, que se rebela, que quiere intentar una vez más la nostalgia, los sueños, el amor, lo que sea. Para sentirse vivo, para no ceder a esa funesta evidencia -así se lo parece- de que puede que todo resulte inútil. “Contra el silencio, contra el desamparo”. El poeta vive -o sobrevive- de esa sed que le devora la vida, esa entraña también de Dios (“Ahora que la muerte no está lejos…). Luis Alberto de Cuenca es un gran poeta al que acudo con frecuencia. Porque me gusta departir con el corazón, la inteligencia y el alma de un hombre que me habla claro, que me dice las cosas como son (y con alguna que otra anécdota). Alguien que, pese a todo, no ha dejado, ni por asomo, de creer en el amor, y en “las mil magias, en fin, de la poesía”.

¡Cómo se agradecen poetas así! Yo le doy las gracias por cada verso, y brindo por él, para que la luz no se apague.