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Reflexiones, poemas, escorzos de vida, fe de lecturas, noticias de amigos... No pretende ser un desahogo, más bien un diálogo. Un demorarme en el resplandor de nuestra existencia. Y en su literatura.




viernes, 23 de noviembre de 2012

Sin duda alguna





La poesía es el alma del mundo. 
(Pensemos -todos- un poco en esto). 
Que sí, que la poesía es 
el alma del mundo. 
Pero nos deshacemos del alma enseguida, 
y la poesía se desvanece 
entre los dedos, los días y las palabras. 

¿El resultado? Un mundo sin apenas alma
(y sin alma no hay nada). 
Un mundo sin paz, sin compasión, sin alegría.




(Pintura de Édouard Vuillard)

jueves, 22 de noviembre de 2012

"La Buena Novela", de Laurence Cossé (Insistiré en ella las veces que haga falta)





He aquí una buena novela. He aquí la novela que a uno le hubiera gustado escribir. Porque aquí está mi mundo. La buena gente, los libreros y librerías, las interminables conversaciones, escritores y libros a mansalva. He aquí una gran novela que en poco tiempo he leído ya dos veces. Porque engancha, porque me cuenta con cariño y perspicacia de todo eso que a mí me importa. Recuerdo que comencé a leer la novela -“La Buena Novela”-en la cocina (hacía frío, y puse la calefacción en marcha). Y ya no pude parar. Todos esos personajes que leen y leen y leen, que aman los libros con inaudita pasión. Esa es la verdadera aventura. De la mano de la belleza y fragancia y elegancia de Francesca, y de la voluntad de trabajo de Ivan. Los dos socios de ese desafío -entre tanto paleto materialista y escéptico angustioso- que es siempre una nueva librería, situada en esta ocasión en el mismo centro de París: “La Buena Novela”. 

Es un libro de amor, eso está claro (con su pasión y su drama e intriga). Amor: esa constante búsqueda, esas miradas y esa desazón. Y amor por la lectura. Amor a la literatura. Amor a la novela. Y amor a la humanidad. En la página 81 recojo esta perla -toda "La buena novela" está plagada de perlas-: “De todas las cosas para las que sirve la literatura (…) una de las más gratificantes es la de conseguir que personas hechas para entenderse se reconozcan entre ellas y entablen comunicación”. En busca -¡el amor, el amor!- de la librería perfecta (“aquella que no venda más que buenas novelas”). En busca de la excelencia... Desde luego esta novela es muchas cosas. Y no la menos importante es la crítica mordaz (explícita e implícita) a la propia crítica literaria, a la fría mercadotecnia del negocio, al mundillo cultural plagado de poses y vanidades y mentiras. “El cinismo del comercio”. Todo ese cúmulo de falsos prestigios y literatura banal.

Y el lector-lector, el lectorenamoradodelasbuenasnovelas, queda inevitablemente prendado (en la novela y en su realidad). Pero la búsqueda de la excelencia levanta envidias y suspicacias. Por parte, claro, de los mediocres y más memos. Se ven señalados. Y eso les resulta insoportable, les asusta. Y comienzan los ataques. Mientras, Francesca y “Van”, y su comité secreto de escritores, de cuyas listas de las mejores novelas se nutre la librería, y su legión de admiradores y fieles clientes que sólo esperaban una señal así de drástica y pura, siguen leyendo con entusiasmo y defendiendo ese bastión. ¡Fuera todos esos tomos de naderías, todas esas sistemáticas y asfixiantes y triviales novedades! El éxito estaba asegurado. De hecho durante unos cuantos meses no se hablaba de otra cosa que de esa pequeña y atrevida librería. Pero entonces…

Pues eso, lo de siempre. Esa viscosidad sinuosa que es el mal manipula, ataca, escupe, difama. Y la defensa de Francesca e Ivan -y demás amigos- adquiere tintes épicos, porque es preciso resistir. Cada lector debe de hacerlo. Por ejemplo, Francesca escribe un artículo precioso para la prensa, que me parece resume espléndidamente la médula de toda esta maravillosa novela de Lauréese Cossé (editada primorosamente en español por Impedimenta y traducida por Isabel González-Gallarza). Dice Francesca cosas como las siguientes: “Pero esas novelas magistrales hacen mucho bien. Embelesan. Ayudan a vivir. Instruyen. Se ha convertido en algo necesario defenderlas y promoverlas sin tregua (…). Reclamamos libros necesarios. (…) No necesitamos libros insignificantes, libros huecos, libros confeccionados para gustar. No queremos libros escritos sin mimo, deprisa y corriendo. (…) Queremos libros escritos para nosotros que dudamos de todo, que lloramos por nada, que nos sobresaltamos por el más mínimo ruido. (…) Queremos buenas novelas. Queremos libros que no eludan nada de lo trágico de la condición humana ni de las maravillas cotidianas; libros que nos devuelvan el aire a los pulmones”. Decidme: ¿no os parece extraordinario? ¿No os parece que esta es la novela que estabais esperando? 

Y la autora va tejiendo su prodigio. Y el lector quisiera que no terminara nunca. Verdaderamente una espléndida novela de amor. Una buena novela.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El poema, antes de que lleguen las palabras






Estaba solo. 
Y en el centro de dicha soledad 
el ensueño, y el tacto 
de una sencilla mandarina. 
Sentado en la cocina contemplaba 
el poema, todavía sin palabras. 
Aquella luz del mediodía 
y un poco de tu ropa. 
Y se iban sumando el resto 
de la fruta, y tu amor,
y unas revistas de moda. 
¡Qué delicia 
ir haciendo acopio de la vida! 
Nada de palabras aún, 
solo aquel silencio -como si nada-, 
y la mirada, y el recuerdo 
de tus piernas entre las mías. 
Créeme si te digo que todo esto
es lo mejor de la poesía.






(Pintura de Laurits Andersen Ring)

martes, 20 de noviembre de 2012

Intrahistoria del otoño




(Para Agustín García Calvo. In memoriam)


Veamos. La mañana. 
El gozne de las puertas. 
Anónimos pasos por la calle. 
La mañana. 
El dolor de los ojos. 
Y esa multitud de hombres 
y de nubes y de hojas.

Y una duda: ¿mueren los poetas? 
El otoño florece 
y arrimo, al crepitar de sus colores, 
las palabras.

Esta joven mañana de noviembre 
se extasía 
en filamentos de luz amarilla, 
y en ese delgado talle que es la vida. 

El aire baila con las hojas 
en dulce vuelo. 
¡Qué dulzura siente la mirada! 
Y es del todo imposible 
que mueran los poetas,
y que esta mañana de otoño 
se quede en nada.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Escribir




Escribir es el intento 
de volver a vivir, 
o quizá de imaginar que vivimos
(y no querer quedarnos solos).

Escribir es ir tomando conciencia 
de lo que en realidad somos:
todo este poco
tan infinito.




(Pintura de Mark Selter)

domingo, 18 de noviembre de 2012

¿Cómo se mide el tiempo?




Y pasan los lunes, y los chopos, 
y las noches, y la lluvia. 
Y acabamos intuyendo que, en realidad, 
el tiempo se mide en usos 
muy distintos a los acostumbrados. 
Pues son los sueños 
los que en realidad llevan la cuenta, y el pulso. 
Cada segundo es el latido 
de un amor imposible (quizá en sencillo verso), 
o el de una visión fugaz de alegría. 
¡O yo que sé qué otra dulzura inconcebible!

sábado, 17 de noviembre de 2012

La hemorroísa




"Hija, tu fe te ha salvado; 
vete en paz y seas curada de tu mal".
(San Marcos 5, 34)



Aquella mujer, a rastras de la tierra 
y de su existencia, a empujones de amor 
se abría paso hacia el Mesías. 
Sus dedos vislumbraban toda la teología, 
y su cuerpo temblaba de Infinito 
entre el fragor de la voluble muchedumbre. 
Sus pies, firmes en la fe, 
avanzaban por los siglos de los siglos. 
Y su alma jadeaba en ese postrero esfuerzo. 
No podía más, ya no. Estiró su brazo 
hacia Dios, prolongó a lo largo de la historia su creencia. 
"Y tocó su vestido", en un resplandor de gracia. 
Entonces el Mesías se paró en seco. Y nos miraba.
¿Quién era ella? ¿Quién soy yo?
¿Quiénes somos todos, queridos lectores?
El flujo de sangre es universal.
El escepticismo es universal. Y la angustia,
y esa amargura que no cesa.
¿Cuándo nos atreveremos 
a tocar a Dios en su misericordia, 
como aquella mujer, a la que ya no le quedaba nada?




(Pintura de Paolo Veronese)

viernes, 16 de noviembre de 2012

Su cuerpo es mi cuerpo





El ángulo de sus codos, 
la curva de su cadera, el óvalo 
de su cara (donde fosforecen sus ojos 
y se ruboriza su alma). 
El fuste de sus piernas 
y el capitel corintio de su vientre. 
Adornos y detalles, piel, pies, 
las volutas de su pelo sobre el mundo, 
y las redondeces que fundan la belleza. 
Y ese florecer de sus manos en caricias. 
Y ese cuello de nácar 
donde flamea su pañuelo. 
Y ese horizonte de labios y deseo 
por donde amanece, o atardece, 
el mismo Dios en forma de beso.



jueves, 15 de noviembre de 2012

Reconocimiento




El amor -mi amor- 
no debe de estar muy lejos. 
Detrás de una cristalera siento 
el sol, y veo flores y el reflejo 
del otoño en el agua del instante. 
Me tomo un cappuccino y leo, 
en medio de toda esta luz, 
poemas de Pedro Salinas. 
La poesía te enseña 
a fijarte en los detalles, 
en ese color alma -o grana- de unas hojas. 
Y sentir en tu propia vida 
la intimidad del aire, la maravilla 
que mueve. 
Unas mesas y unas sillas, 
niños, música, destino; 
y unos sauces, donde hago memoria. 
"Salva querer salvarse", dice Salinas. 
Y levanto el corazón y la vista
en un brindis de santidad y sentidos. 
El cielo, en resplandor de ti, en ansia, 
en raíces que crecen hacia mi adentro. 
Y vuelvo a las hojas púrpuras, 
con ese ribete verde. 
Aquí sentado, en este bar, 
con mi cappuccino en la mano 
y la poesía destilada en palabras. 

Observo expectante 
el flamear de las ramas y de las rimas. 
Creo en ti, Dios, 
porque veo y porque leo; 
porque me llevo a los labios este beso, 
y me relamo de amor y de gozo. 
La poesía es una manera 
de reconocer el júbilo, y mi vida.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Flagelación





La velocidad del latigazo, ese estampido
de sangre, esa tortura al Inefable.
Salpicado de su infinito dolor, espantado
de cada espasmo de Dios uno, y trino.
¡Cabrones! Yo mismo: el peor de los tibios.
Los chasquidos, las heridas, los agravios.
¡Cabrones! Dios en hostia viva,
el mundo en carne viva, y purulenta.
Cada hombre en carne viva,
y todos esos traumatismos de las almas
rotas y descoyuntadas.
¡Cabrones! Y la velocidad del odio
en ese certero estampido, en ese golpe y escalofrío.
A lo largo de las generaciones el suplicio sigue
derramando la sangre redentora del Inefable.



(Pintura de William Bouguereau)

martes, 13 de noviembre de 2012

Y la belleza





La belleza también tiene sus preferencias. 
Y se afianza más en ciertas almas, 
y en algunos rostros. En esos ojos de cielo 
o en esos cuellos de garza. La belleza 
es la cadencia de unas piernas perfectas: 
de esas, no de otras. 
Y afirma su pecho y se ciñe a su talle...

Y uno se enamora del alma -más si cabe-, 
del cuello, de las piernas, de la cintura, del pecho, 
o de todo ese cielo que se abisma en su mirada. 

La belleza: esa cumbre, esas formas 
moldeadas por el misterio de la gracia. 
Y ese deseo del que contempla. 
Y ese amor, y ese embeleso.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Elogio de la parsimonia





Pese a lo que pueda parecernos
es importante en la vida cierta parsimonia
-goza hoy de mala fama, lo sé, como todo
lo que es crucial y merece la pena-.
Esa calma, o demora, para apreciar el deleite 
y la urdimbre espiritual de lo que se mira,
para afrontar el fundamento
de lo que somos en lo que se piensa,
o para no perdernos ni siquiera un atisbo 
del amor, cuando nos ofrece el paraíso
así, despacio, tan caricia, sin precipitarse 
en el necio vacío de la impaciencia.







(Pintura de John Reinhard Weguelin, Lesbia)

domingo, 11 de noviembre de 2012

Soy otra vida




¿Cómo va a ser mi vida siempre lo mismo? 
¿Cómo va a serlo si la quiero 
cada vez más 
y su amor todo lo cambia?







(Pintura de Henri Labasque)



sábado, 10 de noviembre de 2012

En un brete





No sé qué hacer
con tantos sueños como tengo.
Pero si dejo de soñarme,
y de soñarlos,
¿qué quedaría de mí?,
¿qué sería del mundo?


Busco un verso, 
y me encuentro solo contigo.






(Pintura de Joaquín Mir)

viernes, 9 de noviembre de 2012

Esto es lo que somos, amor mío





La sensibilidad. El alma. Una rosa
en el corazón. La poesía 
que veo todos los días. 
Su femenina ternura (más o menos desnuda). 
El resplandor de la luz 
en sus ojos. El gozo 
de unas flores o de unas nubes naranjas. 
La sencillez de la brisa 
y el pálpito del amor en todo. ¡Qué fuego! 
El vuelo manso de unas palomas. Sus manos. 
Un cuadro de Gauguin o unos poemas 
de Pedro Salinas ("por ti supe también 
cómo se peina un sueño"). 
Resulta que es verdad la mística 
de nuestras vidas. 
Resulta que somos -tú y yo-
esta emoción de Cristo.



jueves, 8 de noviembre de 2012

La desgracia de ser romántico





El romanticismo se ha convertido en una acusación, o en lástima
-"pobre hombre (o mujer)"-;
es como si estuvieras derrochando tu vida,
como si huyeras de todos los sitios.
Ser romántico se ha convertido
en una absurda debilidad y negligencia.
No tienes nada que hacer en el mundo de los vivos.
¡Qué pragmáticos y perfectos son,
tan duchos y demás pantomimas evanescentes!
Te echan en cara los sueños,
y esgrimen su realidad con gesto adusto.
No hay otra verdad que la suya.
Pero son tan planos como bobos, tan sosos como previsibles.
Para ellos no cabe lo inaudito. Y se les nota
a las pocas palabras, o en ese no saber
qué hacer con el silencio.





(Pintura de Barend Koekkoek)

miércoles, 7 de noviembre de 2012

LA VIDA, LA ROSA Y EL POEMA (Homenaje a Miguel d'Ors, porque sí)




Un buen día (o bien entrada la noche) 
de abril, del año del Señor de 1984, 
el poeta Miguel d'Ors se interrogó con decisión 
-o puede que con titubeante melancolía- sobre su vida: 
"¿Quién soy?". Vamos, lo que todos 
nos preguntamos de cuando en cuando, 
por aquello del tedio y de la incertidumbre, 
o por si tuviéramos uno de esos escasos momentos de lucidez, 
que pudiera ser (la esperanza, ya se sabe). 
Pero mientras yo me quedo mirando la penumbra del pasillo 
o se me pone la existencia un tanto inhóspita, 
a Miguel d'Ors le vino al alma -y luego a la pluma 
de tinta azul- uno de sus más hermosos poemas: 

"¿Quién soy? 
-Este intervalo de misterio 
entre la rosa ardiente que corto para ti 
y la rosa sombría que mi mano te tiende".

martes, 6 de noviembre de 2012

Así me veo





Una persona normal, y bastante corriente.
A fuer de sincero,
más corriente de lo que yo quisiera
(pese a la ocasional pose, o al incentivo
romántico de sueños y demás fantasías).

Pero soy feliz así
de normal y de corriente. Y de soñador.
A veces me pongo al cuello un pañuelo fucsia,
o naranja, o verde, o azul turquesa.
Como para salir del atolladero,
y dar un toque más vivo a mi vida
(quizá para contemplar más de cerca la belleza
y el fulgor de algún horizonte impresionista).

O leo un libro de poesía allá donde esté,
para que las cosas cambien un poco en mí mismo.
Aunque hay días en los que me cuesta
darme por aludido. Ya digo, una persona
normal y corriente, muy corriente.

Lo que me salva de lo trivial, o anodino,
son esos detalles que Cristo tiene conmigo,
o de repente Ana (mejor no sigo),
o abrir cualquier ventana -o libro.

Y es que, por más que me empeñe,
de especial no tengo nada.

(Y dejémoslo aquí,
que, como dice el Eclesiastés,
'cuantas más palabras, más vanidad').

lunes, 5 de noviembre de 2012

Más escolios (y 2)






Lo sé, muchos libros recientes esperan, esa ingente cantidad que puebla mi mesa y la mesilla, en pilas que crecen, se amontonan y desbordan. Y qué placer verlos ahí, esperando el momento propicio, las albricias de poder leerlo todo (todos los libros que hay en esta mesa, mesilla o demás cercanas estanterías). Pero yo releo a alguien tan antiguo, o a desmano, como el monje Savonarola -que murió torturado, ahorcado y quemado en la plaza de la Señoría de Florencia en 1498-, y releído también ese librito tan increible y cercano para cualquier amante impenitente de lo impreso que es "Bibliofrenia", de Joaquín Rodríguez; esa pasión desenfrenada a lo largo de los siglos y de los libros.

Hay personas que son como ciertos libros: después del título o de las primeras frases ya no hay nada.

Sin poder leer en todo el día ni una sola página, sorteando las horas entre esto y aquello y lo de más allá. Esas cosas, nada en especial, unas aceitunas, el aire frío, los vaqueros, la vida.

Entre la muchedumbre, busco la soledad, como un salvavidas.

A vueltas con la felicidad. Es decir, con ella, con Ana. Con ella, sí, y con unos libros abiertos en el regazo. Contemplo. A Ana, y el delicioso discurrir de las palabras, y a unas flores blancas de lilium. Lo dicho: un poco de felicidad. Sentados en silencio.

¿Rebeldía? ¿Cabe mayor rebeldía que amar a Cristo y escribir versos? Y luego está esa especie de filosofía del corazón que ordena -o desordena- todo lo que hago.

Si me asomo tanto a las ventanas es para hacerme una idea más clara de lo que siente el alma cuando mira por los ojos.

Lo que dota de verdadera trascendencia a los calendarios, y su tiempo, es todo ese montón de santos a pie de fecha.

En lo que llevo de día he leído a Fray Luis de Granada, a primera hora. Luego un buen rato a Edward Gibbon, con su Roma. Y un descanso con unos cuantos poemas de Rilke (en noviembre de 1912 vino a España durante una temporada, hace ya 100 años). Rilke, tan influido por El Greco, y con una sensibilidad tan pasmosa y visionaria. 'Veía' la poesía de las cosas en el trasluz de la existencia, en su reflexión y gracia. Y ahora estaba leyendo unos capítulos del Evangelio de San Mateo. Ay, esa necesidad urgente de velar, de no despistarse de Dios ni un ápice de alma.

Los poemas, casi siempre, son lo de menos. Lo que importa es el motivo, lo de dentro.

¡Qué brillo y oropel tiene el bulo! ¡Cómo sugestiona su dicción! Hoy una cosa y mañana la contraria. Es la estrategia del mundo, y del hombre taimado. Nos quieren convencer de que la verdad es reaccionaria, que ya no sale a cuenta. Resulta que la mentira y lo trivial es lo moderno.

En la noche alguien, poco a poco, va soñando la luz.

En el pecado llevo la penitencia. Estoy leyendo un libro exclusivamente por el titulo y su portada ("El devorador de libros", ustedes lo comprenderán). Y no es la primera ni será la última vez. Cada libro bueno de verdad que leo, lleva detrás de si -o delante o de por medio o por compañía- la lectura de un buen montón de bobadas. Aunque con el tiempo uno gana en voluntad y en habilidad y en cierta sabiduría, el caso es que nunca te libras de ello. Y siempre me acuerdo de la biblioteca de Borges, con apenas quinientos libros. De sobras. ¿Para qué más? Pero ya sé que no seré capaz de algo así.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Balbuceo enamorado en su más esencial vocabulario




Ama ama ama ama ama ama.
Ana llama Ana llama Ana llama.
Ama Ana ama Ana ama Ana.
Ana ama Ana ama Ana ama.
Ama ama ama ama ama ama.
Ana alma Ana llama Ana ama.
Ama el alma llama de Ana.
Ana llama.
Ama.
Ana.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Para los malos ratos




Un buen libro 
donde recoger el alma 
y los despojos. 
O contemplar el gozo 
y el dolor de lo que amamos.



viernes, 2 de noviembre de 2012

El poeta siente su impotencia





¿Cómo expresar lo inefable, lo indecible, lo invisible? 
¿Cómo aprehender la armonía 
que hace de cada hombre un ser irrepetible? 
¿Cómo creer en la belleza, en el bien y en la verdad, 
cuando hemos dejado de escuchar el silencio 
y la melodía sobrenatural que es la vida? 
¿Cómo decir el misterio insondable del alma, 
de la poesía, del amor de mi mujer y de la luz de octubre?
¿Existe algún lenguaje
para toda esta realidad infinita?
¿Existe para el poeta alguna solución posible?






(Pintura de Giulio Aristide Sartori)

jueves, 1 de noviembre de 2012

Más escolios





La literatura son todos esos sueños que vamos teniendo a lo largo de la vida, y que no recordamos, y que de repente leemos.

La entraña del lenguaje se encuentra en la sintaxis del alma.

Entre el alboroto y la afectación es complicado dar en la verdad de lo sencillo.

Ya en casa tomo la poesía de Pepe Hierro entre mis manos, y la acuno, y la mimo, y la leo.

Dice que es progresista. Y dice bien. En muy poco tiempo ha progresado a ojos vista. No importa su inteligencia roma. Importa lo que importa: solo él.

En literatura la vanidad lo echa todo a perder. No hay peor enemigo. Para el escritor y para lo que se escribe. Acaba siendo todo demasiado ridículo, repetitivo y memo.

Da mucho que pensar el texto de Witold Gombrowicz, "Contra los poetas". Dice sagazmente en una de sus páginas: “podemos definir al poeta profesional como un ser que no se puede expresar a sí mismo porque tiene que expresar los versos”. Embebido en rimas, sílabas y demás brillos y palabras y bisutería. Demasiado ocupado como para fijarse en el alma y en la emoción del misterio de lo de todos los días.

Un hombre y un libro. No es un título -que podría serlo-, es mi vida, es el universo donde vivo.

Para mí es más importante escribir un poema que publicar un libro. Deslizarme por sus versos y comprender cada día un poco mejor mi vida.

Lo mejor de una mujer es, sin duda, su ternura. Lo mejor de un hombre es, con más razón, su ternura.

En estos años de penuria moral que vivimos (lo económico es el oleaje de superficie), donde se quiere revivir el rencor y la malicia, viene bien que un poeta como Blas de Otero te diga con amor el amor, y la crecida de Dios (y la duda), y la pasión por España: “(…) borrad / los años fratricidas, / unid / en una sola ola / las soledades de los españoles”. Y del libro resbala, a la vez que las palabras, unos granos de cantábrica arena.

¡Qué raro se me hace ver estanterías a medias -con tantos espacios vacíos, sin libros-, o unas vidas a medias, de escaso contenido (tantas veces la mía)!

En este mundo nuestro solo una persona enamorada puede sobrevivir.

Gracias a Dios, de vez en cuando, se hace el silencio.

Cuantos más libros hay en casa más confortable es.

¿Yo? Estoy egotado de mí. Tú, tú: tuyo. En ti.